Lope es perdonado y regresa a Madrid

Los recuerdos dolorosos del tiempo feliz vivido en Alba de Tormes le persiguen y Lope decide abandonar el lugar[1]. Vende todos sus bienes en pública almoneda, en el mes de febrero de 1595,  y quizá solicita el perdón de Jerónimo Velázquez para poder regresar a Madrid antes de que se cumpla la pena de destierro.

Perdón

Para algunos biógrafos, era el propio Velázquez quien estaba interesado en su regreso a Madrid, pues Lope, ahora viudo y libre, constituía un magnífico partido para Elena, que a su vez quedaría viuda el 30 de marzo de 1595. En este sentido se ha interpretado el vaticinio que en La Dorotea hace el astrólogo César a su amigo don Fernando:

Seréis notablemente perseguido de Dorotea y de su madre en la cárcel, donde os ha de tener preso. El fin desta prisión os promete destierro del reino; poco antes de lo cual serviréis una doncella que se ha de inclinar a vuestra fama y persona, con quien os casaréis, con poco gusto de vuestros deudos y los suyos [alusión a Isabel de Urbina]; ésta acompañará vuestros destierros y cuidados con gran lealtad y ánimo para toda adversidad constante; morirá a siete años de este suceso, y con excesivo sentimiento vuestro daréis vuelta a la corte, viuda ya Dorotea, que os solicitará para marido; pero no saldrá con ello, porque podrá más que su riqueza vuestra honra, y que sus amores y caricias vuestra venganza… Sabed que os esperan inmensos trabajos por causa de los amores; guardaos de alguna que os ha de dar hechizos, si bien saldréis de todo con oraciones a Dios, en otro estado del que ahora tenéis… Uno os ha de estimar y favorecer mucho, cuyo amor conservaréis hasta el fin de vuestra vida, que aquí parece larga.

Partiese de quien partiese la iniciativa, el caso es que en 1595 Lope obtiene el perdón de Jerónimo Velázquez, quien el 18 de marzo había efectivamente presentado el siguiente escrito ante las autoridades:

Que por cuanto él se querelló y acusó criminalmente a Lope de Vega en razón de decir había hecho cierta sátira contra Elena Osorio, su hija, y otras personas el año pasado de ochenta y siete u ochenta y ocho ante los señores alcaldes del crimen de ella, y fue condenado en diez años de destierro en esta forma: los ocho años de ellos, de esta corte y cinco leguas, y los dos del reino, según se contiene en la dicha sentencia, a que dijo se refiere, el cual en cumplimiento de ella salió a cumplir el dicho destierro y ha cumplido los ocho años y ahora por servicio de Dios Nuestro Señor y por la voluntad que tiene de servirle como cristiano, tiene por bien de perdonarle al dicho Lope de Vega de todo el delito que cometió y por el que le tiene acusado ante los dichos señores alcaldes, y le remite y perdona y consiente y tiene por bien que el susodicho libremente pueda entrar en esta corte, no embargante el dicho destierro que le falta por cumplir.

Lope, por su parte, también pidió el indulto real:

Suplica a Vuestra Majestad le mande alzar el destierro que le falta y darle licencia para que libremente pueda entrar y andar en esta corte, atento a que su culpa fue muy poca y como a Vuestra Majestad le constará, y que en cumplir el dicho destierro ha pasado y pasa grandes necesidades, enfermedades y trabajos, que en ello recibirá muy gran merced.

Una vez obtenido, el Fénix puede por fin regresar a Madrid.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Antecedentes de la novela histórica en la literatura española: la épica

La novela histórica moderna nace en el siglo XIX —según hemos visto en entradas anteriores— con Walter Scott y, en el caso de España, con sus imitadores. Sin embargo, cabe rastrear en la literatura española algunos posibles antecedentes de ese peculiar modo de narrar en el que se mezcla historia y ficción. En efecto, son muchas las obras en las que, de una forma u otra, encontramos una amalgama de ambos elementos, aunque esto no quiera decir, ni mucho menos, que la novela histórica del XIX descienda directamente de las producciones que a continuación voy a mencionar[1]. Guillermo Zellers ya dejó indicado que los orígenes de la novela histórica pueden buscarse desde los comienzos mismos de la literatura, y que

los elementos de ficción e historia en conjunto se encuentran en las epopeyas, en las crónicas, en traducciones de leyendas árabes y otras orientales, en cuentos de caballerías de fondo histórico y en unas pocas obras a las cuales se puede aplicar correctamente el nombre de «novelas históricas»[2].

Así pues, haré una referencia a esos posibles antecedentes de la novela histórica decimonónica, destacando características generales, y sin pretender que esta enumeración sea exhaustiva. Habría que comenzar hablando de la épica, de las crónicas medievales y de las obras del mester de clerecía.

La epopeya es propiamente la primera forma literaria inspirada por la historia. Y se pueden encontrar algunos puntos de contacto entre épica y novela histórica: la descripción de armas, batallas, combates singulares, embajadas y ceremonias de investidura de caballeros; la escasa presencia del pueblo (aunque en la novela histórica aparece un mundo algo más diferenciado socialmente); o la comunicación entre narrador y receptor (oyente en el caso de la épica, lector en el de la novela). Otros elementos menores de la épica como la lucha fronteriza o el enfrentamiento familiar entre miembros de un mismo clan reaparecen también en la novela histórica. Sin embargo, en la obra épica el héroe está mitificado, es un personaje nacional que ocupa el puesto central de la historia, en tanto que en la novela histórica casi nunca pasa de ser un «héroe medio» que concilia los dos extremos en lucha; aquí lo histórico queda en un segundo plano, y las relaciones entre lo público y lo privado, lo social y lo individual, son bien distintas.

Por otra parte, es conocida la teoría de Georg Lukács según la cual la novela cumple en la moderna sociedad burguesa el mismo papel que la épica en la antigua; en este sentido, la novela histórica vendría a ser la «épica moderna»: «La novela histórica clásica hizo patentes en forma ejemplar las leyes generales de la gran poesía épica»[3]. También para Vladimir Svatoñ la novela es un género problemático que constantemente está «volviendo la vista a la epopeya»[4], aspecto este que ha sido negado por María de las Nieves Muñiz: «Si el hombre moderno existe en el horizonte de la historia, ello […] no acerca más la novela a la epopeya»[5].

En cuanto a la mezcla de historia y ficción en la épica, convendría recordar que la epopeya castellana es muy verista o «realista», a diferencia de la de allende los Pirineos, más dada a incluir elementos fantásticos y maravillosos. Menéndez Pidal destacó la historicidad del Cantar de mio Cid, que se ciñe con bastante fidelidad a los sucesos acaecidos: acción, personajes, pensamientos y sentimientos corresponden en lo esencial a la realidad histórica (frente al desfigurado Cid, altanero e insolente, que hallaremos en los romances y en otras obras del ciclo de las mocedades). En fin, el Cantar de mio Cid es poético como documento histórico y es histórico como poema literario[6].

Primer folio del Cantar de mio Cid


[1] Como señala Juan Ignacio Ferreras, «la novela histórica que comienza en el primer tercio del siglo XIX no debe nada a los sin duda honrosos y honrados antecedentes nacionales de la misma; creer que existe un novelar histórico que viene de Las guerras civiles de Granada para acabar, pongamos por caso, en El doncel, de Larra, es un disparate crítico, o lo que es lo mismo, una curiosidad erudita» (El triunfo del liberalismo y la novela histórica, Madrid, Taurus, 1976, p. 70).

[2] Guillermo Zellers, La novela histórica en España (1828-1850), Nueva York, Instituto de las Españas, 1938, pp. 9-10.

[3] Georg Lukács, La novela histórica, trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977, p. 441.

[4] Vladimir Svatoñ, «Lo épico en la novela y el problema de la novela histórica», Revista de Literatura, LI, 101, 1989, pp. 5-20: «Por su concentración en el destino de la comunidad popular la llamada novela histórica está más cerca de la novela epopeya que de la historiografía racionalista» (p. 20).

[5] María de las Nieves Muñiz, La novela histórica italiana. Evolución de una estructura narrativa, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1980, 30. Cf. el capítulo I, «De la épica a la novela histórica» (pp. 21-52).

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

La muerte trunca la felicidad del Fénix

Sin embargo, esta felicidad disfrutada en Alba de Tormes se va a ver truncada: Isabel pasa enferma un año, en que Lope cuida amorosamente de ella, y finalmente muere al dar a luz a su segunda hija, Teodora, en ese año de 1594, dedicándole Medinilla una sentida elegía[1]. Y Lope la recuerda en el primer aniversario de su muerte:

Belisa, señora mía,
hoy se cumple justo un año
que de tu temprana muerte
gusté aquel potaje amargo.
Un año te serví enferma,
¡ojalá fueran mil años!,
que así enferma te quisiera
continuo aguardando el pago.
Solo yo te acompañé
cuando todos te dejaron,
porque te quise en la vida
y muerta te adoro y amo.

Vanitas, Barthel Bruyn

La niña Teodora fallecería también pronto, y Lope expresará su dolor en un soneto de las Rimas, «A la sepultura de Teodora de Urbina»:

Mi bien nacido de mis propios males,
retrato celestial de mi Belisa,
que en mudas voces y con dulce risa
mi destierro y consuelo hiciste iguales;

segunda vez de mis entrañas sales;
mas, pues tu blanco pie los cielos pisa,
¿por qué el de un hombre en tierra tan aprisa
quebranta tus estrellas celestiales?

Ciego, llorando, niña de mis ojos,
sobre esta piedra cantaré, que es mina
donde el que pasa al indio, en propio suelo

halle más presto el oro en tus despojos,
las perlas, el coral, la plata fina.
Mas, ¡ay!, que es ángel y llevolo al Cielo.

De otro titulado «A dos niñas» (incluido asimismo en las Rimas) se ha pensado que podría estar dedicado a la muerte de sus hijas, aunque se ha discutido el sentido funeral del poema, que admite más bien una lectura en clave amorosa:

Para tomar de mi desdén venganza
quitome Amor las niñas que tenía,
con que miraba yo como solía
todas las cosas en igual templanza.

A lo menos conozco la mudanza
en los antojos de la vida mía;
de un día en otro no descanso un día,
del tiempo huye lo que el tiempo alcanza.

Almas parecen de mis niñas puestas
en mis ojos que baña tierno llanto.
¡Oh, niñas, niño Amor, niños antojos!

¡Niño deseo que el vivir me cuestas!
Mas ¿qué mucho también que llore tanto
quien tiene cuatro niñas en los ojos?


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los imitadores de Walter Scott fueron legión

Scott tuvo, en efecto, infinidad de imitadores entre los escritores del Romanticismo, en toda Europa. La novela histórica es un género genuinamente romántico: y es que, como suele afirmarse, la imaginación romántica hizo ser historiadores a los novelistas y novelistas a los historiadores. Las ideas románticas ejercieron gran influencia en la historiografía de la primera mitad del siglo XIX: Agustin Thierry atribuyó a la imaginación un papel decisivo en la obra del historiador, en tanto que solo ella podía vivificar los documentos; en 1824 otro historiador, Prosper de Barante, afirmó que se había propuesto «restituir a la historia el interés de la novela histórica»[1]; incluso se pensaba que era posible aprender la historia inglesa en las novelas de Scott.

La novela histórica scottiana domina completamente el panorama de la narrativa europea entre 1815 y 1850, aproximadamente; los imitadores son legión, por lo que mencionaré solo algunos apellidos: en España, López Soler, Larra, Gil y Carrasco y Navarro Villoslada; en Francia, Hugo, Vigny[2], Balzac y Merimée[3]; en Alemania, W. Alexis, Arnim y Hauff; en Holanda, M. de Neufville, Van den Hage, Drost, Van Lennep y Bosboom-Toussaint; en Italia, Manzoni y Guerrazzi; en Suiza, Conrad F. Meyer; en Hungría, Josika; en Dinamarca, Ingemann; en Polonia, Bronikovski; en Portugal, Herculano, Rebello da Silva, Oliveira Marreca y Andrade Corvo; en Norteamérica, Fenimore Cooper, Irving y Whittier; a estos habría que sumar otros nombres de novelistas belgas, ingleses, checos y rusos.

Washington Irving

Con posterioridad a este auge del siglo XIX, la novela histórica se ha seguido cultivando en épocas de grandes crisis históricas: en los primeros decenios del siglo XX en España; en la Europa de entreguerras y, especialmente, en la Alemania de los años 30; después de la II Guerra Mundial en Europa Central, por influencia soviética o, en fin, en los años 50-60 en España tras el cansancio producido por la novela social. A lo que hay que añadir, por supuesto, el intenso cultivo del género en las últimas décadas…


[1] Citado por Paul Van Tieghem, La era romántica. El Romanticismo en la literatura europea, trad. de José Almoina, México, Unión Tipográfica Hispano-Americana, 1958, p. 293.

[2] A. de Vigny se alzó contra el panhistoricismo que en su momento dominaba la ideología francesa y su resultante literaria, la novela histórica; cf. Javier del Prado, «Realidad y Verdad: hacia la escritura como estructuración significante de la Historia. Notas a Réflexions sur la Vérité dans lʼArt de A. de Vigny», Filología Moderna, núms. 65-67, año XIX, octubre 1978-junio 1979, pp. 89-118.

[3] En el capítulo VIII de su Chronique du temps de Charles IX, en un supuesto «Diálogo entre el lector y el autor», Merimée ironiza sobre el tipo de novela cultivado por Scott y Vigny; cf. Arturo Delgado, «“Je nʼaime dans lʼhistoire que les anecdotes”. Consideraciones en torno a la novela histórica de Mérimée», Revista de Filología de la Universidad de La Laguna, núms. 8-9, 1989-1890, pp. 113-126.

Lope e Isabel: años tranquilos en Alba de Tormes

En 1590 terminan los dos años de destierro del reino y puede regresar a Castilla, aunque todavía no a la Corte[1]. Se asienta con su esposa en Toledo, donde se acomoda con don Francisco de Ribera Barroso, futuro marqués de Malpica, hecho que Pérez de Montalbán sitúa a la vuelta de la jornada de Inglaterra:

Al volver de esta desgraciada expedición, Lope marchó a Madrid y entró al servicio del marqués de Malpica, y después, con el mismo carácter, sirvió al conde de Lemos.

No sabemos cuánto tiempo duró en servicio de don Francisco. En cualquier caso, es mucho más importante su acomodo con don Antonio Álvarez de Toledo, duque de Alba, al que acompañará hasta sus estados en Alba de Tormes (Salamanca). Allí, en su palacio junto al río, el duque ha formado una rica corte artística y literaria, de la que forman parte también Pedro de Medina (Medinilla) y Juan Blas de Castro. En esta idílica corte ducal de Alba de Tormes permanecerá Lope hasta 1595. Su señor, que se ha casado el 23 de julio de 1590 con doña Mencía de Mendoza y Enríquez, es preso por desobediencia y ha de pasar tres años encerrado en el castillo de La Mota (Valladolid). En la fiesta de toros que se organiza para celebrar su regreso, el 15 de mayo de 1593, muere don Diego de Toledo, hermanastro del duque, y Lope le dedica una bella elegía.

Alba de Tormes por Nacho Alcalde

Al igual que los de Valencia, son estos años de sosiego al lado de su esposa Isabel, que es su musa literaria bajo el nombre poético de Belisa: «Ella parece inspirarle, provocarle, una estremecida emoción, casi un fervor poético», escribe Villacorta. En el poema «Descripción de la Tapada», la evoca bellamente «Suelto en ondas el mar de sus cabellos…». Por lo demás, el desempeño de su cargo como secretario o gentilhombre de cámara del duque de Alba le deja bastante tiempo libre para escribir (en Alba de Tormes firma varias comedias: El maestro de danzar, El leal criado, Laura perseguida, El dómine Lucas, El caballero del milagro…). Además, puede mantener contactos con el ambiente universitario de Salamanca (se sabe que el 26 de enero de 1594 alquiló una casa en esa ciudad), y se ha apuntado, como ya vimos en una entrada anterior, la posibilidad de que siguiese sus estudios en la célebre universidad salmantina, pero en modo alguno están documentados. Dedica un poema, «Descripción del Abadía», a la finca con hermosos jardines propiedad del duque en la sierra entre Salamanca y Cáceres.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Walter Scott, padre de la novela histórica

Si quisiéramos esbozar un brevísimo panorama de la novela histórica, podría resumirse en tres grandes fases: unos antecedentes más o menos cercanos antes de Scott; Scott y toda una multitud de imitadores en el siglo XIX; y la novela histórica post-scottiana del siglo XX, más diversificada en sus técnicas y estructuras.

Sir Walter Scott

Walter Scott ha sido calificado, con razón, como padre de la novela histórica. Situar la acción en épocas pasadas se hacía, ya lo he mencionado en otras entradas, desde mucho tiempo atrás, aunque cuidando poco la descripción detallada y exacta del ambiente pretérito y la vinculación entre la trama novelesca y el fondo histórico, que aparecía como algo postizo. Pero es Scott quien, partiendo de la tradición narrativa inglesa del siglo XVIII e influido por las tesis del historiador Macaulay, crea el patrón y deja fijadas las características de lo que ha de ser la fórmula tradicional del nuevo subgénero narrativo. Scott, «el Cervantes de Escocia», es ante todo un gran narrador, un escritor que sabe contar historias. En sus novelas históricas destaca en primer lugar la exactitud y minuciosidad en las descripciones de usos y costumbres de tiempos ya pasados, pero no muertos; su pluma consigue hacer revivir ante nuestros ojos ese pasado, mostrándonoslo como algo que tuvo una actualidad; y no solo eso, sino también como un pasado que influye de alguna manera en nuestro presente, es decir, muestra el pasado como «prehistoria del presente», según la terminología de Georg Lukács.

El escritor escocés sabe interpretar las grandes crisis, los momentos decisivos de la historia inglesa: momentos de cambios, de fricciones entre dos razas o culturas, de luchas civiles (o de clases, según Lukács); y lo hace destacando la complejidad de las fuerzas históricas con las que ha de enfrentarse el individuo. No altera los acontecimientos históricos; simplemente, muestra la historia como «destino popular» o, de otra forma, ve la historia a través de los individuos.

Aunque la crítica moderna considera unánime que sus mejores novelas son aquellas que menos se alejan en el tiempo, esto es, las de ambiente escocés (y entre ellas, sobre todo, El corazón de Mid-Lothian), la que más influyó en la novela histórica romántica fue, sin duda alguna, Ivanhoe (en menor medida, El talismán y Quintin Durward).

Ivanhoe, de Walter Scott

Ivanhoe nos traslada a un mundo de ensueño, a una Edad Media idealizada, que la actitud escapista de muchos románticos tomaría después como escenario de sus narraciones. En esa novela podemos encontrar además casi todos los recursos scottianos que serían asimilados posteriormente por los novelistas históricos de toda Europa[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

El destierro de Lope en Valencia

En fin, fuese cual fuese la participación exacta de Lope en la Armada contra Inglaterra, tenemos que, a su vuelta, marcha a Valencia para seguir cumpliendo la pena de destierro de Castilla[1]. Y este destierro en la ciudad levantina va a tener algo de providencial, sobre todo para el desarrollo de su carrera dramática. Es el caso que Lope llega a Valencia a finales de 1588 o primeros de 1599, acompañado de su esposa, de su amigo Claudio Conde y del empresario teatral Gaspar de Porres. Serán dos años, 1589-1590, felices, de rara tranquilidad, rota únicamente por la noticia de la muerte de la madre de Lope (que fue enterrada el 22 de septiembre de 1589). Esa felicidad queda reflejada en el célebre romance «Hortelano era Belardo».

Valencia era una ciudad rica y populosa, con una floreciente actividad comercial: abierta al Mediterráneo y mirando a Italia (recuérdense las históricas relaciones de la Corona de Aragón con las ciudades y estados italianos), no solo florecían los negocios, sino también la vida cultural y artística, que estaba en pleno desarrollo. En la ciudad del Turia las representaciones teatrales estaban cobrando una fuerza muy notable, y Lope, instalado allí por un tiempo, pronto entró en contacto con dramaturgos como Cristóbal de Virués, Francisco Agustín de Tárrega, Gaspar de Aguilar, Guillén de Castro, Carlos Boyl o Ricardo de Turia, los cuales están perfeccionando las fórmulas del teatro renacentista en busca de nuevas direcciones. Como ha puesto de relieve la crítica, Lope aprenderá muy bien algunas lecciones de sus colegas valencianos y, lo más importante, sabrá integrar armónicamente los diversos elementos dramáticos que aquellos escritores levantinos estaban tanteando y poniendo en práctica en sus comedias.

La viuda valenciana, de Lope

La escritura dramática, que había empezado como una afición, se ha ido convirtiendo en una «profesión», en su modus vivendi. Lope, poco a poco, consigue fijar una fórmula de enorme éxito popular, corta el patrón de la denominada Comedia nueva, en la que tantos discípulos e imitadores tendría. Lope tuvo que ajustarse al gusto de su público, y hay un pasaje muy significativo del Apologético de las comedias españolas de Ricardo de Turia que hace referencia a esta circunstancia:

Pues es infalible que la naturaleza española pide en las comedias lo que en los trajes, que son nuevos usos cada día. Tanto, que el príncipe de los poetas cómicos de nuestros tiempos, y aun de los pasados, el famoso y nunca bien celebrado Lope de Vega, suele, oyendo así comedias suyas como ajenas, advertir los pasos que hacen maravilla y granjean aplauso, y aquéllos, aunque sean impropios, imita en todo, buscándose ocasiones en nuevas comedias, que como de fuente perenne nacen incesantemente de su fertilísimo ingenio, y así con justa razón adquiere el favor que toda Europa y América le debe y paga gloriosamente.

Desde Valencia, Lope mandaba sus textos a Madrid para que fuesen representados; el autor Porres le enviaba un propio cada quince días con esta finalidad. En otro orden de cosas, sigue cultivando la poesía lírica y así, la Flor de varios romances nuevos y canciones que en 1589 da a las prensas Pedro de Moncayo, en Huesca, recoge varias composiciones juveniles de Lope. Respecto a su vida familiar, el 10 de noviembre de ese mismo año Lope e Isabel bautizan en Valencia a su primera hija, Antonia (que moriría, quizá en Alba de Tormes, en 1591).


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Aparición del subgénero novela histórica: el caso de España

En el caso concreto de España, lo que fue la Revolución francesa para toda Europa lo supuso el cúmulo de circunstancias de los años 30[1].

La Libertad conduciendo al pueblo, por Delacroix

En efecto, por esas fechas se alían poderosos factores de tipo político, social y cultural —cambio de régimen tras la muerte de Fernando VII, enfrentamiento civil con la primera guerra carlista, persecución de religiosos, regreso de los exiliados, tímido ascenso de la burguesía, desaparición de la censura, triunfo del Romanticismo, moda de las novelas de Scott, etc.— que facilitan la consolidación del género novelesco y, en concreto, el triunfo de la novela histórica en nuestro país.

Fernando VII, por Vicente LópezNinguna de estas circunstancias por separado puede explicar dicho fenómeno perfectamente, es decir, sin pecar de simplista; sí, en cambio, la conjunción de todas ellas[2].


[1] Cfr. Vicente Lloréns, El Romanticismo español, Madrid, Castalia, 1989, pp. 229-230.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Lope y sus «otros desaires de fortuna»

Por cierto, la explicación que Pérez de Montalbán da en la Fama póstuma para la salida de Madrid es completamente diferente (el enfrentamiento con un hidalgo maledicente)[1]. Calla, como ya se dijo en una entrada anterior, todo lo relacionado con Elena Osorio (cárcel, proceso judicial, destierro…) y además indica que Lope se alista en la Armada por el dolor provocado por la muerte de su esposa Isabel, y una vez cumplidos varios años de estancia en Valencia.

Juan Pérez de MontalbánLa cronología, en el compendioso relato de Montalbán, queda de esta forma bastante trastocada. En efecto, tras mencionar la boda con Isabel de Urbina, escribe:

Es pues el caso que había en este lugar un hidalgo entre dos luces (que hay también crepúsculos en el origen de la nobleza como en el nacimiento del día), de poca hacienda pero de mucha maña para comer y vestir al uso, donde pedía barato con desahogo a título de decir donaires a los presentes y cortar de vestir a los que no estaban delante. Supo Lope que una noche había entretenido la ociosidad del auditorio a su costa y disimuló la descortesía, no por temor sino por desprecio […] mas viendo que porfiaba en su civil tema, cansose, y sin tocar en la sangre ni en las costumbres, que lo primero es impiedad y lo segundo despropósito, le pintó en un romance tan graciosamente que causó en todos risa pero no escándalo, que en los versos escritos sin odio y con buen gusto cabe el donaire pero no la injuria. Picose el tal maldiciente con grande estremo […] y remitió su defensa a la espada, enviando a Lope un papel de desafío; lance de que salió tan airoso que dejó calificado su brío y enmendada la condición de su contrario. Éste y otros desaires de la fortuna, ya negociados de su juventud y ya encarecidos de sus opuestos, le obligaron a dejar su casa y su patria, su esposa con harto sentimiento, si bien se le templó la cortesana acogida que le hizo la ciudad de Valencia y sus ciudadanos, mientras fue su huésped.

Nótese cómo con la expresión «otros desaires de fortuna» corre Montalbán un tupido velo sobre el destierro y sus verdaderas causas. Y sigue así su narración:

Después de algunos años que estuvo en aquel reino, los afectos naturales de la patria, las floridas riberas de Manzanares, objeto lírico de su pluma, y los justos deseos de ver su esposa le restituyeron a sus brazos con tan destemplado contento que se temió su vida en el mismo regocijo, que es tanto el melindre de nuestra salud que peligra en el gozo como en la pena, si no es que fuese ensayo del dolor que le estaba esperando, pues dentro de un año el agudo acero de la muerte, que corta y deshace las más firmes lazadas, se la quitó intempestivamente de los ojos. Golpe que le partió el corazón por medio, y que solo pudo hacerle sufrible el respeto a la mano que le tiraba. Sucedió esta desgracia en ocasión de efetuarse la jornada de Inglaterra, que alentaba el generoso brazo del Excelentísimo Señor Duque de Medina Sidonia, a cuya sombra se alistó de soldado con ánimo de perder la vida porque acabasen con ella sus congojas. Salió de Madrid, cruzó toda la Andalucía, llegó a Cádiz y pasó a Lisboa, donde se embarcó con un hermano suyo que tenía, alférez, y había muchos años que no se vían; placer que también le duró pocas horas, porque en una refriega que tuvieron con ocho velas de holandeses, le alcanzó una bala y murió en sus brazos. Y como sea verdad que nunca viene un pesar solo, porque siempre el que se padece es víspera del que ha de seguirse, sucedió tras tantos azares que el viento, tirano príncipe de las provincias de Neptuno, con una borrasca continuada malogró, a pesar de la razón y de la justicia, el noble corazón de tantos esforzados leones, cuyo lamentable suceso volvió a Madrid a nuestro Lope más aprisa que imaginó su ardimiento.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Aparición del subgénero novela histórica en Europa

Según Georg Lukács[1], la novela histórica clásica nace a principios del siglo XIX como consecuencia de una serie de circunstancias histórico-sociales, viniendo a coincidir aproximadamente con la caída del imperio de Napoleón Bonaparte en 1815; de hecho, Waverley, la primera novela de Walter Scott, es de 1814.

Waverley, de Walter Scott

Existen, por supuesto, algunas novelas de tema histórico anteriores, como las denominadas «antiquary novels» inglesas de la segunda mitad del XVIII, pero en ellas no encontramos la voluntad de reconstruir el pasado; solo son históricas en su apariencia externa, pues la psicología de los personajes y las costumbres descritas corresponden a la época de sus autores. Scott, partiendo de la novela de sociedad, crea la novela histórica moderna (y dignifica literariamente todo el género novelesco) en un momento en que se dan en Europa una serie de circunstancias socio-políticas que facilitan su nacimiento.

En efecto, con la Revolución francesa y las posteriores guerras napoleónicas, se crean los primeros grandes ejércitos de masas y el pueblo comienza a tomar conciencia de su importancia histórica. Además, estas luchas despertarán el sentimiento nacionalista en los territorios sometidos, lo que conducirá a una exaltación del pasado nacional y a un interés creciente por los temas históricos. Así pues, Scott vive en una época de profundos cambios y, de hecho, también situará sus novelas en momentos críticos de la historia inglesa. Que las situaciones de grandes crisis históricas son especialmente favorables para suscitar la aparición de una filosofía de la historia es un hecho unánimemente destacado por pensadores y críticos[2].

Toda una serie de factores facilita, por consiguiente, el nacimiento de la novela histórica europea. Sin embargo, para María Isabel Montesinos hay que retrasar hasta después de 1848 la verdadera repercusión en la literatura de la novela histórica de Scott: si bien es cierto, en su opinión, que con la Revolución francesa la burguesía ha tomado conciencia de su función histórica, no será en cambio hasta después de las revoluciones del año 48 cuando esta burguesía se convierta en sujeto activo real del proceso histórico y se incorpore también de forma definitiva al papel de protagonista de la novela[3].


[1] Cf. Georg Lukács, «Las condiciones histórico-sociales del surgimiento de la novela histórica», en La novela histórica, trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977, pp. 15-29, al que sigo en lo fundamental aquí.

[2] «Las épocas de mayor turbulencia social, las situaciones históricas más caóticas y conflictivas conllevarían una mayor exigencia y demanda de historización, es decir, de organización narrativa para una desbordante avalancha de vivencias que el individuo no alcanza entera o perfectamente a asimilar o entender y que está pidiendo a gritos historia» (Ignacio Soldevilla-Durante, «Esfuerzo titánico de la novela histórica», Ínsula, núms. 512-513, 1989, p. 8).

[3] Cfr. María Isabel Montesinos, «Novelas históricas pre-galdosianas sobre la guerra de la Independencia», en Mercedes Etreros, María Isabel Montesinos y Leonardo Romero (eds.),  Estudios sobre la novela española del siglo XIX, Madrid, CSIC, 1977, p. 13.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.