Leandro Fernández de Moratín y la guerra de la Independencia

Los fusilamientos del 3 de mayo, de GoyaLa vida del escritor —como la de todos los españoles— se verá violentamente interrumpida en 1808 por la invasión francesa: tras el motín de Aranjuez cae Godoy y Moratín tiene que huir de Madrid[1]. Toma partido por los franceses y, cuando las tropas napoleónicas entran en Madrid, vuelve a ocupar puestos cortesanos: sigue primero con su cargo de Secretario de Interpretación de Lenguas hasta que José I lo nombra, en 1811, Bibliotecario mayor de la Biblioteca Real, en cuya modernización trabaja con entusiasmo. En 1812 estrena La escuela de los maridos, adaptación de la obra de Molière. Las circunstancias de la guerra (derrota de los Arapiles) hacen que José Bonaparte tenga que escapar de Madrid a Valencia, y Moratín le acompaña. Allí escribirá una oda en elogio del general francés Suchet; y se encargará, junto con el P. Pedro Estala, de la publicación del Diario de Valencia[2].

En 1813 se refugia en Peñíscola: la ciudad sufre un duro asedio y ha de permanecer allí once meses. Finalmente, cuando Fernando VII recupera el trono, Moratín se presenta ante la autoridad militar de Valencia, el general Elío, quien lo trata con desprecio y ordena que salga desterrado para Francia. Sin embargo, una tempestad hace que la goleta en que viaja Moratín deba refugiarse en Barcelona, y el capitán general Eroles le permite permanecer allí. Reside, pues, en la ciudad condal mientras se resuelve su situación oficial por haber colaborado con el ejército invasor. Estrena El médico a palos, nueva adaptación de una obra de Molière. En 1817, inquieto por las posibles represalias que se puedan tomar contra él, pide un pasaporte y se traslada a Montpellier, y luego a París, donde cuenta con la compañía de su amigo Melón.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Para la etapa valenciana del escritor, ver Rafael Ferreres, Moratín en Valencia, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 1999.

El «Quijote» y la novela de caballerías (1)

El propósito último del Quijote, al menos en teoría, es hacer una parodia de los libros de caballería, según lo indica explícitamente Cervantes en el prólogo de la I Parte[1]: recordemos que el amigo que le visita señala con respecto al libro que «todo él es una invectiva contra los libros de caballerías» (p. 17) y que «esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías» (pp. 17-18); y al final le aconseja a su autor: «llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más» (p. 18). Además, en el cierre del capítulo II, 74, rematando el discurso de Cide Hamete a su péñola, leemos estas palabras que son las últimas del Quijote:

… no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote, van ya tropezando y han de caer del todo sin duda alguna (p. 1223).

En cualquier caso, el Quijote es mucho más que una simple parodia de los libros de caballerías y, por otra parte, Cervantes demuestra ser un magnífico conocedor de ese género, del que le irritaban particularmente sus «fabulosos disparates», sus atentados contra las «puntualidades de la verdad», esto es, contra la verosimilitud. Es más, hay autores que opinan que su objetivo no era otro que escribir la mejor novela de caballerías de todos los tiempos. En este sentido, no debe extrañarnos que el Quijote haya sido considerado una parodia y, al mismo tiempo, una síntesis genial que clausura el género[2].

Amadís de GaulaA la hora de salir a sus aventuras andantescas, el modelo ideal que va a imitar don Quijote es Amadís, el más fiel y enamorado caballero del mundo. La obra donde se cuenta su historia, el Amadís de Gaula, había nacido bajo la influencia del ciclo caballeresco artúrico. Partiendo de un primer texto anónimo, hacia fines del siglo XV Garci Rodríguez de Montalvo reelabora la materia de Amadís, completando la historia y agregándole un cuarto libro, además de las denominadas Sergas de Esplandián. Una novedad de Montalvo es la inclusión en la novela del elemento moral, acentuando con esto el rasgo modélico del personaje, espejo de caballeros cuya conducta es digna de imitarse: su fidelidad a la sin par Oriana, con un amor casto que se encamina al matrimonio; y un periplo heroico que supone un camino de perfeccionamiento en la tierra (a diferencia del que guía a Galaad y a otros caballeros «celestiales» que van en busca del santo Grial).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Ver Sylvia Roubaud, «Los libros de caballerías», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998, pp. CV-CXXVIII.

Chile, «El país imaginario», por Jorge Edwards (y 2)

Transcribo hoy algunos párrafos más de la crónica «El país imaginario», de Jorge Edwards, incluida en su libro El whisky de los poetas, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1994, pp. 166-168, que está dedicada a trazar una semblanza de Chile.

BanderaDeChile2

¡Y muy feliz 18 a todos los amigos chilenos!

Las primeras noticias del país fueron invenciones interesadas o productos del asombro. Los indios del Cuzco, a comienzos del siglo XVI, decían que más allá de los desiertos del sur había un lugar frío, Chile o Chire, donde el oro abundaba. Los exploradores de las regiones australes por su parte describieron enormes fogatas, monstruos marinos y unos habitantes gigantescos, los indios patagones. En los comienzos imaginarios, por consiguiente, Chile fue un país de oro y de cíclopes. Mitología renacentista. La expedición de Diego de Almagro, que regresó al Perú arruinada, desharrapada, hambrienta, provocó la leyenda contraria. Cuando «los de Chile» se acercaban a las oficinas o a las tabernas cuzqueñas, los demás españoles huían como de la peste. El país del oro y de los cíclopes se había transformado de pronto en el país de los harapos. A sus desgraciados descubridores no les había quedado más alternativa que vivir del sablazo.

Quizás comenzaba ahí una larga historia de imágenes deformadas, extremas. La contradicción, sin embargo, está en el interior de nosotros, forma parte de nuestra manera de ser y de entendernos. Hemos sido pacíficos, negociadores, capaces de estabilidad, hasta el día en que los consensos se han roto en forma violenta. Nuestro siglo XIX, sólido, ordenado, institucional, evolutivo, desembocó en la guerra civil más sangrienta del continente. Benjamín Vicuña Mackenna, que fue, más que historiador, el gran cronista y ensayista de nuestra primera etapa republicana, escribía que Chile tiene sueño de marmota y despertares de león. Despertares, más bien, corregiría yo, de fiera peligrosa. En el siglo XX, el país donde nunca pasaba nada, idea arraigada en todos nosotros, se convirtió de la noche a la mañana en el país donde todo podía pasar, desde lo más imprevisible y lo más terrible. La frase de Vicuña Mackenna me hace sospechar que sabíamos y que callábamos, para mantener los demonios afuera.

[…]

¿Somos país tropical o antártico, de poetas o de prosistas, de tradición real o inventada? Mi respuesta es que somos un producto de la imaginación de los hombres. La de los indios del Cuzco, la de los navegantes del Estrecho, la del poeta épico Alonso de Ercilla, en los orígenes. La de todos nosotros, ahora. Para bien y para mal. Si el invento funciona, por fin, dependerá de nosotros.

(Por la transcripción: Carlos Mata Induráin.)

Chile, «El país imaginario», por Jorge Edwards (1)

Jorge EdwardsMañana, 18 de septiembre, se celebran las Fiestas Patrias en Chile (el proceso de Independencia de la Corona de España comenzó el 18 de septiembre de 1810 con la proclamación de la Primera Junta Nacional de Gobierno).  En una reciente lectura de El whisky de los poetas (Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1994), colección de crónicas periodísticas de Jorge Edwards, encuentro una dedicada a trazar una semblanza de Chile, la titulada «El país imaginario» (pp. 166-168), de la que me parece oportuno reproducir aquí ­­­­­en la entrada de hoy y en la de mañana­­­­­― algunos párrafos. Estas son, pues, las palabras de un escritor chileno para caracterizar ­­­­­―siquiera someramente­­­­­― a su país:

Los chilenos tenemos una tendencia irresistible a definir a Chile, a definir «lo chileno», a definirnos. Somos definidores y autodefinitorios, quizás porque no somos, en último término, fáciles de definir. Chile es la «loca geografía», la «fértil provincia», la «angosta faja», la «Inglaterra de América del Sur». Es, sucesivamente, el país de historiadores, el país de poetas, el país de la fruta y del hielo antártico. Queremos que nos defina un iceberg, un grano de uva, un filón de cobre, algo tangible. Quizás porque dudamos, en el fondo de nuestro inconsciente, de nuestra realidad. ¿No somos una cornisa amenazada, sacudida por cataclismos periódicos, y colocada al fin de la tierra, al sur del océano? Nuestra realidad, quizás, es la aspiración a ser, el deseo, la imaginación. Contradicción pura, realidades poderosas y precarias. No tenemos pampas ni selvas. Tenemos aire, mar, desiertos, un poco de tierra cultivable, y gente, gente que se moviliza por las islas y los mares, que cruza el desierto, que cultiva los valles, y que se comunica en una lengua idéntica, salvo raras excepciones, a lo largo de los más de dos mil kilómetros de geografía, fenómeno de cultura, al fin y al cabo, bastante extraño.

Chile, que se precia de su sensatez, de su pragmatismo, también es un país de fabuladores y un producto de la capacidad fabuladora. Hay, por suerte, fábulas positivas, que sirven de modelo, de orientación en la historia. La famosa tradición democrática chilena, por ejemplo. Es una leyenda útil, a la que conseguimos adaptarnos durante periodos más o menos prolongados. Una leyenda que conviene cultivar a conciencia.

Cervantes ante la novela picaresca

Para comprender mejor este proceso magistralmente culminado por Cervantes, debemos considerar con especial detenimiento el caso de la novela picaresca, que supuso un importante paso hacia la definición de este nuevo modo de novelar[1]. La mayor innovación de la picaresca radicaba en el hecho de aportar una perspectiva realista al relato. En estas obras el pícaro cuenta su vida él mismo, es decir, sin intermediarios. La condición de protagonista se la otorga el hecho de haber vivido unas andanzas que él considera que tiene la autoridad de contar, desde su propia perspectiva y con su voz propia. En este sentido, el pícaro se opone al protagonista heroico e idealizado de las novelas de caballerías, de las pastoriles, etc., porque es un antihéroe, un personaje con una genealogía ruin, que además refiere su historia en primera persona.

Por otro lado, las novelas picarescas introducen un ambiente costumbrista, cercano al lector, con la incorporación, desde el punto de vista lingüístico, del habla popular, de las expresiones coloquiales, junto con diversos aspectos de la problemática social (entre los que destaca el tema de la mendicidad o el deseo de ascenso en la escala social).

La pícara Justina, de López de Úbeda

Pues bien, el Quijote incorpora ciertos elementos del realismo propio del género picaresco, pero el resultado final es algo completamente distinto. Hay, en efecto, una diferencia básica, que ha destacado Riley: la picaresca no parodiaba las formas literarias anteriores, sino que hacía sátira social; en cambio, uno de los objetivos narrativos del Quijote es parodiar los géneros preexistentes, y en particular los libros de caballerías. Pero esta es cuestión que requiere algunas entradas aparte.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Leandro Fernández de Moratín: nuevos viajes, amores y estrenos teatrales

Tras estos viajes por Francia e Inglaterra, y también por Italia (Nápoles, Roma, Bolonia…), Moratín regresa a España en 1796, siendo nombrado por Godoy, al año siguiente, Secretario de Interpretación de Lenguas. Entonces puede dedicarse de nuevo a la literatura, a escribir para el teatro y asistir a las tertulias[1].

En 1798 conoce a su nuevo amor, Paquita Muñoz: la relación entre ambos es sincera y recíproca, pero Moratín no se decide a contraer matrimonio y la joven terminaría casándose (años después, en 1816) con otro, un militar llamado Francisco Valverde. Sea como sea, el escritor mantuvo siempre con Paquita una fiel y sincera relación de amistad.

Ese mismo año de 1798 publica su traducción de Hamlet. Al siguiente es nombrado Director de la Junta de Dirección y Reforma de los Teatros, y más tarde Director de los Teatros, cargos a los que renunciará al ver lo difícil que resulta introducir mejoras en la anquilosada escena española. Ese año de 1799 se repone La comedia nueva, bajo su propia dirección.

Cartel moderno de La comedia nueva o El café de Moratín

En 1803 tiene lugar el accidentado estreno de El barón, y en 1804 de La mojigata, obra igualmente polémica. Son los años de triunfo teatral para Moratín. En efecto, el 24 de enero de 1806 estrena El sí de las niñas, con un éxito sin precedentes en el teatro español (veintiséis días en cartelera). En lo personal, en 1807 llega la ruptura con Paquita Muñoz.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012. José Montero Padilla ha destacado esta faceta de «viajero de Europa» de Moratín: «El perfil viajero constituye un aspecto esencial en la personalidad de Leandro Fernández de Moratín. Por gusto primero, por necesidad de desterrado después, el escritor recorrió insistentemente los caminos de Europa» (introducción a su edición de El sí de las niñas, 7.ª ed., Madrid, Cátedra, 1981, pp. 15-16).

El «Quijote» frente a la narrativa anterior

Debemos comenzar revisando la importancia y la significación del Quijote como obra que inaugura la llamada «novela moderna»[1]. ¿En qué consiste ese nuevo modo de novelar? ¿Por qué el Quijote cambia los parámetros del género narrativo según se conocía hasta entonces? El Quijote es una novela que, en primer término, sintetiza las principales formas novelísticas de aquel tiempo: la novela de caballerías, la novela morisca, la novela sentimental, la novela pastoril (no olvidemos que Cervantes escribió una, La Galatea, publicada en 1585), la novela llamada «bizantina»[2] o de aventuras griegas (también se ejercitó en este subgénero con Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de aparición póstuma en 1617) y, por último, la novela picaresca, de gran auge a finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Pero no solo sintetiza esas formas narrativas: en realidad, la inmortal novela cervantina supera todas esas modalidades precedentes y contemporáneas.

Conviene en este punto revisar algunas de las ideas de Edward C. Riley, uno de los mayores especialistas en la obra cervantina, expresadas en su Teoría de la novela en Cervantes, cuyo original inglés es del año 1962. Como hace notar este autor, el potencial público lector al que se podía dirigir Cervantes era bastante reducido (solo un veinte por ciento de la población española, aproximadamente, sabía leer), y quienes leyeron el Quijote en el momento de su aparición fueron miembros de la alta nobleza, hidalgos, clérigos, escolares, etc. Ese número de lectores potenciales se ampliaba algo si consideramos que seguía vigente entonces la práctica de la lectura en voz alta por parte de una persona para un grupo más amplio (recordemos lo que sucede en la venta de Juan Palomeque el zurdo cuando el cura lee ante un variado auditorio la historia de El curioso impertinente).

Ese público lector del Quijote posiblemente había leído también —o conocía al menos su argumento— La Celestina de Fernando de Rojas (ficción dialogada, drama en prosa…), estaba al corriente de misceláneas educativas al estilo del Libro áureo del emperador Marco Aurelio de fray Antonio de Guevara, había tenido contacto con obras de tema morisco como la anónima Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa o las Guerras civiles de Granada de Ginés Pérez de Hita; novelas pastoriles como la Diana de Jorge de Montemayor y sus continuaciones; novelas de caballerías como el Amadís de Gaula; los romances sentimentales a la manera de la Cárcel de amor de Diego de San Pedro; y, especialmente, la novela picaresca, con obras señeras como el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán (auténtico best-seller de la época) o La pícara Justina de Francisco López de Úbeda (otro de los grandes rivales literarios de Cervantes en el momento de aparición del Quijote).

Guzmán de Alfarache

En aquella época de transición (finales del Renacimiento, Manierismo y principios del Barroco) aún no se utilizaba el término novela para designar a estas obras de ficción en prosa, ni había en castellano ningún vocablo específico para referirse a ellas. Se hablaba indistintamente de libro, historia y romance, término este último ambiguo porque se utilizaba también para un tipo de composición en verso. Los romances o protonovelas tenían en común un factor: la suma de aventuras de distinto tipo, según el principio de la variedad (la variedad era un elemento estimado porque se consideraba que gustaba y entretenía al lector[3]). La voz novela deriva del italiano novella, y comienza a utilizarse con el sentido específico de ‘relato breve’.

Cervantes fue, sin duda alguna, un gran escritor y también un magnífico lector que supo sacar gran provecho de sus abundantes y diversas lecturas[4]. Y, así, en el Quijote dará entrada a las distintas modalidades narrativas practicadas hasta entonces, incorporando y modificando sus técnicas y estructuras habituales, para fraguar algo nuevo y genial: Cervantes, con el Quijote, crea la novela moderna, un modo realista y verosímil de cultivar el género narrativo que cambiaría para siempre el curso de su expresión.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Ver Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, La novela bizantina española: apuntes para una revisión del género, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1988; y Javier González Rovira, La novela bizantina de la Edad de Oro, Madrid, Gredos, 1996.

[3] Se trata de un tópico formulado de diversas maneras: «Buen ejemplo nos da naturaleza, / que por tal variedad tiene belleza», «Que per troppo variare, natura è bella», etc.

[4] Salvador de Madariaga, Guía del lector del «Quijote». Ensayo psicológico sobre el «Quijote», prólogo de Luis María Anson, Madrid, Espasa Calpe, 1978.

Leandro Fernández de Moratín: primeros viajes y estrenos teatrales

Leandro, que ha heredado de su padre el sentido clasicista y didáctico del teatro, queda en una difícil situación económica al morir don Nicolás en 1780[1]. Trabaja entonces como aprendiz en la Joyería Real, junto con sus tíos Victorio Galeoti y Miguel, aunque el sueldo apenas le da para mantener a su madre y la casa. Conoce en 1781 al que sería uno de sus grandes amigos, Juan Antonio Melón. En 1785 muere su madre y se traslada a vivir con su tío Nicolás Miguel.

Por influencia y recomendación de Jovellanos, en 1787 viaja a París para trabajar como secretario del conde de Cabarrús. Allí vive un año; toma contacto con el teatro francés y conoce a Carlo Goldoni. Por esta época escribe su zarzuela El barón, que no llega a estrenarse. Cuando cae en desgracia Cabarrús, se queda sin protección y sin ingresos, así que en 1788 se ve precisado a regresar a España.

Intenta estrenar su comedia El viejo y la niña, pero la representación es prohibida por el vicario eclesiástico de Madrid. Indignado por las envidias y rivalidades de sus émulos literarios, publica su sátira en prosa La derrota de los pedantes. Unos versos suyos caen en gracia al conde de Floridablanca y este le concede un beneficio eclesiástico (una prestamera de 300 ducados) en un monasterio de Burgos; para poder disfrutarlo, Moratín tiene que tomar las órdenes menores o de primera tonsura. Junto con Forner, consigue entrar en contacto con Godoy, cuya protección resultará esencial: en 1790 logra estrenar por fin, en el Teatro del Príncipe, El viejo y la niña.

Manuel Godoy

Además le son concedidos dos nuevos beneficios eclesiásticos, con lo que resuelve sus preocupaciones económicas y dispone de más tiempo para dedicarse a escribir: en efecto, alternará su residencia en Madrid con estancias en la casa solariega de Pastrana, donde trabaja en sus escritos. Redacta La mojigata y La comedia nueva, pieza en la que expone su teoría dramática, estrenada en el Teatro del Príncipe en 1792.

El gobierno le concede una pensión de 30.000 reales para viajar por Europa. Marcha a Francia, y asiste en París al estallido de la revolución: es testigo en esos primeros días del apresamiento de Luis XVI; la violencia desatada y los sangrientos sucesos que contempla le empujan a salir con urgencia para Londres[2], donde le sorprenderá gratamente el ambiente de libertad ideológica. Estudia a los autores ingleses y comienza a traducir Hamlet. Al parecer, mantiene amores (o amoríos) con una joven inglesa[3]. Desde allí le escribe a Godoy para solicitar la plaza de Director de los Teatros madrileños, con el fin de llevar a cabo la profunda reforma que tiene proyectada[4].


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] La estancia de Moratín en Inglaterra ha sido estudiada por Pedro Ortiz Armengol, El año que vivió Moratín en Inglaterra (1792-1793), Madrid, Castalia, 1985.

[3] En carta a su amigo Juan Antonio Melón escribe: «¡Cómo bebo cerveza! ¡Cómo hablo inglés! ¡Qué carreras doy por Hay-Market y Covent Garden! Y, sobre todo, ¡cómo me ha herido el cieguezuelo rapaz con los ojos zarcos de una espliegadera!».

[4] Para sus proyectos reformistas ver Pablo Cabañas, «Moratín y la reforma del teatro de su tiempo», Revista de Bibliografía Nacional, V, 1944, pp. 63-102.

Cervantes, gran maestro del arte narrativo

Sabemos de los fracasos —de mayor o menor calado— de Cervantes como poeta y como dramaturgo[1]. El de la narrativa, en cambio, es un terreno en el que se desenvuelve con inigualable maestría: no solo muestra un enorme dominio de las técnicas tradicionales, sino que es, además, creador de algunas fórmulas muy novedosas. Incluso cuando retoma modelos narrativos anteriores, Cervantes siempre los renueva dándoles un toque de personal originalidad. Con razón se le ha considerado el «padre de la novela europea moderna», sobre todo por el Quijote, que es a la vez la genial síntesis de todas las modalidades de su tiempo y punto de partida de toda la novelística posterior.

En efecto, las novelas de Cervantes rezuman originalidad y él mismo, en el Viaje del Parnaso, elogió su capacidad de imaginación novelesca: «Yo soy aquel que en la invención excede / a muchos»[2], cualidad que va unida a la de la verosimilitud:

Yo he abierto en mis novelas un camino
por do la lengua castellana puede
mostrar con propiedad un desatino[3].

Viaje del Parnaso, de Cervantes

La producción narrativa de Cervantes está formada por La Galatea (1585), las dos partes del Quijote (1605 y 1615), las Novelas ejemplares (1613) y el Persiles (1617, obra póstuma). En las próximas entradas nos acercaremos a los principales aspectos del Quijote, ofreciendo algunas claves esenciales para su lectura e interpretación.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Viage del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, IV, vv. 28-29, p. 253.

[3] Viage del Parnaso, ed. Herrero García, IV, vv. 25-27, p. 253.

Leandro Fernández de Moratín: primeros estudios y amores

Leandro Fernández de Moratín nace en Madrid el 1 de marzo de 1760[1]. Es hijo de Nicolás Fernández de Moratín, poeta y dramaturgo ilustrado, y de Isidora Cabo Conde.

Nicolás Fernández de Moratín

En 1764 enferma de viruelas y está al borde de la muerte; las marcas que dejó en su cara la enfermedad explican, en parte, que se convirtiera en un ser tímido e introvertido. En efecto, da muestras desde muy joven de un carácter melancólico y solitario: prefiere la lectura, a la que se aficiona desde muy joven, a jugar con otros niños. Criado en un ambiente familiar culto, recibe una esmerada educación; toma clases de dibujo y acompaña a su padre a algunas tertulias literarias, como la famosa de la Fonda de San Sebastián.

Muy pronto realiza sus primeros intentos literarios. Así, en 1779 obtiene un accésit en un concurso de la Real Academia Española con un poema en romance heroico titulado La toma de Granada por los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, que presentó bajo el seudónimo (anagrama, más bien, de sus apellidos) Efrén Lardnaz y Morante. Tres años después lograría un nuevo accésit con su Lección poética. Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana.

De joven estuvo enamorado de una muchacha llamada Sabina Conti, a la que dedicó sus primeros poemas, la cual terminaría casándose con un tío suyo bastante mayor. Algunos críticos consideran que este temprano episodio biográfico podría explicar su interés en el tema de los matrimonios desiguales en edad, tan reiterado en su teatro.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012. Un buen resumen biográfico del autor es el de Fernando Doménech, Leandro Fernández de Moratín, Madrid, Síntesis, 2003.