Personajes del «Quijote»: Ginés de Pasamonte

Otro personaje destacado en el Quijote es Ginés de Pasamonte, uno de los galeotes liberados por don Quijote en I, 22[1].

Aventura de los galeotes

A través de su figura Cervantes entabla una relación dialogística con el género picaresco: en efecto, Ginés es una especie de pícaro, condenado a galeras, que está escribiendo su autobiografía (dejamos ahora de lado la posibilidad de que se trate de un trasunto de Jerónimo de Pasamonte, soldado compañero de Cervantes en la milicia que escribió su propia Vida, y la posibilidad de que fuera Avellaneda, el autor del Quijote apócrifo de 1614)[2].

FirmaPasamonte

Este personaje industrioso reaparece más adelante bajo distintas máscaras: como gitano, cuando roba el rucio a Sancho, y en la II Parte, encarnando a maese Pedro, que se gana la vida con el mono adivino y su retablillo de títeres.

Ginés de Pasamonte como maese Pedro


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Ver Jerónimo de Pasamonte, Autobiografía, prólogos de Miguel Ángel de Bunes Ibarra y José María de Cossío, Sevilla, Espuela de Plata, 2006; o también Jerónimo de Pasamonte, Relato de un cautivo: vida y trabajos, prólogo de Luisgé Martín, Madrid, La Tinta del Calamar / Servicio de Publicaciones de la Universidad Autónoma de Madrid, 2008; y el trabajo de Margarita Levisi, Autobiografías del Siglo de Oro: Jerónimo de Pasamonte, Alonso de Contreras, Miguel de Castro, Madrid, Sociedad General Española de Librería, 1985. Ver también, entre otros estudios posibles, los de Juan Antonio Frago Gracia, El «Quijote» apócrifo y Pasamonte, Madrid, Gredos, 2005; Alfonso Martín Jiménez, El «Quijote» de Cervantes y el «Quijote» de Pasamonte: una imitación recíproca. La «Vida» de Pasamonte y «Avellaneda», Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 2001; Cervantes y Pasamonte: la réplica cervantina al «Quijote» de Avellaneda, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005; y Las dos segundas partes del «Quijote», Valladolid. Universidad de Valladolid (Facultad de Filosofía y Letras), 2014. El Quijote de Avellaneda puede leerse en esta edición: Alonso Fernández de Avellaneda, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. de Luis Gómez Canseco, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000.

Walter Scott y la novela histórica romántica española

Sir Walter ScottMucho se ha discutido la influencia de Walter Scott en la novela histórica romántica española. Hay estudios completos al respecto[1], y no voy a explicar lo que debe cada novelista al autor de las Waverley Novels. Señalaré solo que esa influencia de Scott debe ser matizada. Es cierto que crea el patrón del género y todos los que le siguen utilizan unos mismos recursos narrativos, que se encuentran en las novelas del escocés, a modo de clichés. Ahora bien, esto no significa que todas las novelas españolas sean meras imitaciones, pálidas copias del modelo original, como se suele afirmar cuando se valora por lo ligero la novela histórica romántica. Además, cabe pensar que algunas de las coincidencias sean casuales: si dos novelistas describen un templario o un torneo o el asalto a un castillo, es fácil que existan elementos semejantes en sus descripciones, aunque uno no se haya inspirado directamente en otro[2].

La mayor influencia de Scott no radica, en mi opinión, en el conjunto de esas coincidencias de detalle, sino en el hecho de haber dignificado el género novela (que sufría un doble menosprecio, desde el punto de vista moral y desde el literario) y en el de haber creado una moda que, bien por ser garantía segura de éxito editorial, bien por otras razones, impulsó definitivamente el renacimiento de la novela española hacia los años 30 del siglo XIX. Así pues, no se trataría tanto de una influencia en la novela española de aquel momento, sino de una influencia para la novela española en general[3].


[1]  Phillip H. Churchman y Edgar A. Peers, «A Survey of the Influence of Sir Walter Scott in Spain», Revue Hispanique, LV, 1922, pp. 227-310; W. Forbes Gray, «Scottʼs Influence in Spain», The Sir Walter Scott Quarterly (Glasgow-Edimburgo), 1927, pp. 152-160; Manuel Núñez de Arenas, «Simples notas acerca de Walter Scott en España», Revue Hispanique, LXV, 1925, pp. 153-159; Edgar A. Peers, «Studies in the Influence of Sir Walter Scott in Spain», Revue Hispanique, LXVIII, 1926, pp. 1-160; Sterling A. Stoudemire, «A Note on Scott in Spain», Romantic Studies presented to William Morton Day, Chapell Hill, 1950, pp. 165-168; Luis Urrutia, «Walter Scott et le roman historique in Espagne», en AA. VV., Recherches sur le roman historique en Europe, XVIIIe. et XIXe. siècles, París, Les Belles Lettres, 1977, pp. 319-344; Guillermo Zellers, «Influencia de Walter Scott en España», Revista de Filología Española, XVIII, 1931, pp. 149-162.

[2] Coincido plenamente en esto con la opinión de Felicidad Buendía, «Preámbulo» a Patricio de la Escosura, Ni rey ni Roque, en Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 759: «Las influencias walterscottianas sabemos ya que son muchas y repetidas en esta fase de nuestra novela histórica, pero no hemos de considerar hasta la saciedad estas ni exagerarlas buscando precedentes a toda costa donde no los hay. Es natural que tratando de seguir una escuela los autores coincidan en puntos en que es necesario encontrarse: las figuras de una época histórica se pueden parecer, lo mismo que en sus atuendos, en sus pensamientos y reacciones, pero esto no demuestra que tal personaje de una obra tenga su antecedente en otro parecido de otro autor. […] En cuanto a otros rasgos de ruinas, paisajes, etc., bien sabemos que muchas veces son tópicos».

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes del «Quijote»: el cura y el barbero

El cura del QuijoteEn la Primera Parte destaca la pareja formada por el cura y el barbero, que son amigos del hidalgo Alonso Quijano y representan la voz de la razón frente a su locura libresca[1]. Estos personajes tienen una doble función en la novela: por un lado, salen al camino para devolver a don Quijote a casa después de su segunda salida. Sin embargo, para traerlo al redil del hogar, tendrán que entrar en su juego caballeresco e idear diversas tramas ajustadas a su modo aventurero de pensar y entender el mundo. La locura caballeresca, por momentos, se vuelve contagiosa. Para sacar a don Quijote de Sierra Morena, el cura no tendrá reparos en disfrazarse de mujer, aunque muy pronto se da cuenta de lo inadecuado del plan y será reemplazado en ese papel de doncella menesterosa por Dorotea-Micomicona.

La segunda función que encarnan estos personajes se relaciona con el mundo literario: ellos estarán presentes en los dos escrutinios y actuarán como censores de las obras que consideren perniciosas e inverosímiles, además de participar en los debates sobre los distintos géneros literarios.

El barbero del Quijote


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

López Soler, introductor de Walter Scott en España

Dejando aparte algunos antecedentes muy claros como el Ramiro, conde de Lucena (1823) de Rafael Húmara y Salamanca[1], Jicotencal (publicada anónima en Filadelfia, en 1826[2]) y las novelas escritas en Inglaterra y en inglés por Telesforo de Trueba y Cossío[3] (The Castilian, Gómez Arias), puede considerarse que la primera novela histórica española moderna es Los bandos de Castilla, de Ramón López Soler.

Los bandos de Castilla

Y es que Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne es la primera novela histórica española auténticamente efectiva, pues aunque no es la primera que se escribe en España y en español tomando como asunto el pasado nacional, sí que es la primera en manifestar expressis verbis la intención de crear, imitando conscientemente a Scott, una escuela novelesca nueva, labor en la que sería seguido el autor. Sus palabras al comienzo del «Prólogo» no pueden ser más claras:

La novela de Los bandos de Castilla tiene dos objetos: dar a conocer el estilo de Walter Scott y manifestar que la historia de España ofrece pasajes tan bellos y propios para despertar la atención de los lectores como las de Escocia y de Inglaterra. A fin de conseguir uno y otro intento hemos traducido al novelista escocés en algunos pasajes e imitádole en otros muchos, procurando dar a su narración y a su diálogo aquella vehemencia de que comúnmente carece, por acomodarse al carácter grave y flemático de los pueblos para quienes escribe. Por consiguiente, la obrita que se ofrece al público debe mirarse como un ensayo, no solo por andar fundada en hechos poco vulgares de la historia de España, sino porque aún no se ha fijado en nuestro idioma el modo de expresar ciertas ideas que gozan en el día de singular aplauso[4].


[1] Puede consultarse Vicente Lloréns, «Sobre una novela histórica: Ramiro, conde de Lucena (1823)», Revista Hispánica Moderna, XXXI, 1965, pp. 286-293.

[2] Esta obra se confundió durante algún tiempo con Xicotencal, príncipe americano, de Salvador García Bahamonde, publicada en Valencia en 1831; hoy sabemos que son novelas bien distintas, y hay bibliografía al respecto: D. W. McPheeters, «Xicoténcalt, símbolo romántico y republicano», Nueva Revista de Filología Hispánica, X, 3-4, julio-diciembre de 1956, pp. 403-411; José Rojas Garcidueñas, «Jicotencal, una novela hispanoamericana precursora del romanticismo español», Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas (México), 1956, 24, pp. 53-76; Luis Leal, «Jicotencal. Primera novela histórica en castellano», Revista Ibero-americana de Literatura, XXV, enero-julio de 1960, núm. 44, 9-32; Silvia Benso, «Xicoténcalt: para una representación del pasado tlaxcalteca», en Romanticismo 3-4. Atti del IV Congresso sul Romanticismo Spagnolo e Ispanoamericano, Génova, Universidad de Génova, 1988, pp. 145-148; Mercedes Baquero Arribas, «La conquista de América en la novela histórica del Romanticismo: Xicotencal, príncipe americano», Cuadernos Hispanoamericanos, 1990, núm. 480, pp. 125-132, entre otros trabajos. Como puede observarse, hay distintas variantes en la transcripción gráfica del nombre de este personaje americano.

[3] Cf. Vicente Lloréns, Liberales y románticos. Una emigración española en Inglaterra (1823-1834), 2.ª ed., Madrid, Castalia, 1968, pp. 260-284.

[4] Cito por la edición de Felicidad Buendía, Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 44.

Importancia estructural de Sancho Panza en el «Quijote»

Cabe destacar la importancia estructural que tiene Sancho en la construcción del Quijote[1]. Recordemos que su primera salida don Quijote la hace solo; pero al regresar a casa ya tiene pensado volver a salir en compañía de «un labrador vecino suyo que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería» (I, 4, p. 62). Y así, la segunda y la tercera salida son ya en la inseparable compañía de Sancho Panza. La presencia continua de ambos personajes permite que los capítulos se estructuren en forma dialógica: juntos don Quijote y Sancho por los caminos de las Españas se enfrascan en jugosas y amigables conversaciones en las que amo y escudero hablan de todo lo divino y lo humano.

La inocencia y la bondad natural de Sancho harán que jamás deje desamparado a su señor, la fidelidad será rasgo destacado en su servicio. Los dos, amo y escudero, son uña y carne y, aunque por momentos discutan y se enfaden, aunque don Quijote llegue a dar algún golpe con su lanzón a Sancho y este le engañe en ocasiones, llegan a formar una entrañable comunión espiritual, una auténtica, profunda y emotiva amistad.

Don Quijote y Sancho Panza

Y de esa estrecha relación entre personajes nace el que ambos cambien y se enriquezcan como personas a lo largo de la obra: Sancho se eleva en espíritu, entendimiento y palabra al contacto con don Quijote (se ha hablado de su proceso de quijotización), de la misma forma que don Quijote se «sanchifica» en cierto sentido. Don Quijote y Sancho, juntos en perpetuo diálogo, resultan inseparables, y juntos conforman la pareja central protagonista de la novela. Tanto es así que, sin la presencia de Sancho al lado de su amo, el Quijote sería inimaginable.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Marco cronológico de la novela histórica romántica española

Los bandos de Castilla, de López SolerNo obstante, aunque existen los antecedentes dieciochescos citados en la entrada anterior, y algunos más en la década de los 20 del XIX, considero que la producción propiamente dicha de la novela histórica romántica española comienza en 1830, con la publicación de Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne, de Ramón López Soler. Antes se podrían buscar algunos antecedentes más entre las novelas contenidas en las siguientes colecciones: Colección de varias historias (1760-1780), de Hilario Santos Alonso; otra del mismo título de Manuel Josef Martín (1771-1781); Lecturas útiles y entretenidas (1800), de Atanasio Céspedes y Monroy; Mis pasatiempos (1804), de Cándido María Trigueros; y El Decamerón español (1805), de Vicente Rodríguez de Arellano.

Por otra parte, algunas de las novelas que se escriben por estas fechas combinan elementos de la novela histórica y de la denominada «novela gótica»; de hecho, Guillermo Carnero considera que los conceptos de «novela gótica» y «drama gótico» deben ser incorporados al estudio de nuestra literatura, «aunque ésta no ofrezca el rico repertorio y las manifestaciones canónicas de otras, y debamos en ocasiones limitarnos a hablar de literatura con elementos góticos».

En cuanto al límite final de la producción[1], puede fijarse aproximadamente en 1870, fecha en que Pérez Galdós tiene ya escrita La Fontana de Oro; esta novela, El audaz y, sobre todo, las cinco series de los Episodios Nacionales constituyen una nueva forma, más moderna y realista, de entender la novelización de la historia española, si bien es cierto que se siguen escribiendo novelas históricas con características románticas años después de 1870. Por esta razón prefiero emplear la denominación de «novela histórica romántica» y no la de «novela histórica del Romanticismo español»[2].


[1] Para el conjunto de esta producción, ver especialmente Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976; también Antonio Ferraz Martínez, La novela histórica contemporánea del siglo XIX anterior a Galdós, Madrid, Servicio de Reprografía de la Universidad Complutense de Madrid, 1992, 2 vols.; Franklin García Sánchez, Tres aproximaciones a la novela histórica romántica española, Ottawa, Dovehouse Editions Canada, 1993; María-Paz Yáñez, La historia, inagotable temática novelesca. Esbozo de un estudio sobre la novela histórica española hasta 1834 y análisis de la aportación de Larra al género, Berna, Peter Lang, 1991; y Guillermo Zellers, La novela histórica en España (1828-1850), Nueva York, Instituto de las Españas, 1938; y un estado de la cuestión en Leonardo Romero Tobar, Panorama crítico del romanticismo español, Madrid, Castalia, 1994, pp. 369-388.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El personaje de Sancho Panza

Sancho PanzaEl personaje de Sancho Panza se construye por contraste, físico y psicológico, con el de don Quijote[1]. Sancho responde al tipo del labrador inculto (no sabe leer ni escribir), pero de ingenio despierto y con un sentido común a flor de piel. Por su simplicidad e ingenuidad entronca con el bobo o pastor rústico del teatro, pero no es un necio; al contrario, es un personaje que rebosa sabiduría popular y que sabe ser discreto, como lo demuestra con creces su gobierno de la ínsula Barataria. No ha recibido una educación escolar, pero tiene el conocimiento natural de las cosas, que expresa fundamentalmente a través de los refranes.

Si don Quijote ha sido caracterizado como un personaje cuaresmal, Sancho personifica el aspecto carnal de la humanidad. Si don Quijote es alto y avellanado, Sancho destaca por su oronda figura; el escudero disfruta con la comida y la bebida en abundancia y, en general, con todos los aspectos materiales de la existencia, en claro contraste con los altos vuelos del espíritu de su amo. Si uno campa por la región del ideal, el otro se mueve siempre muy a ras de tierra, y juntos sintetizan ese binomio de idealismo y materialismo presente en todo ser humano. El contraste con su amo se da también en el plano lingüístico, pues ambos utilizan registros muy distintos (fabla arcaizante, estilo culto y elevado vs. refranes y habla rústica y vulgar). Frente a la valentía extrema de don Quijote, Sancho rehuirá siempre que pueda las ocasiones de peligro, aunque en muchos momentos terminará compartiendo golpes y sufrimientos con su amo.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Antecedentes de la novela histórica romántica en el siglo XVIII español

El triunfo pleno de la novela histórica en España coincide con el triunfo del movimiento romántico español en la década de 1830 (concretamente para la novela histórica en torno a los años 34-35); y el inicio de su decadencia viene a producirse aproximadamente por las mismas fechas en que declina nuestro Romanticismo, después de 1844 (año de publicación de El señor de Bembibre, obra cumbre del género histórico), aunque la tendencia novelesca histórica subsistirá, más o menos degradada, durante algunas décadas más.

El Rodrigo, de Pedro MontengónPero ya en el siglo XVIII y primeros años del XIX habían aparecido algunas obras que son ya novelas y que constituyen antecedentes bastante claros del género histórico que se cultivará con profusión desde 1830[1]: Historia de Liseno y Fenisa (1701), de Francisco Párraga Martel de la Fuente, novela de tipo bizantino; Ascanio o el joven aventurero (1750), anónima; Historia verdadera del conde Fernán González, su esposa doña Sancha y los siete infantes de Lara (1750), de Juan Rodríguez de la Torre; El Antenor (1788), de Pedro Montengón; La verdadera historia de Inés de Castro (1791), de Bernardo María Calzada; El Valdemaro (1792), de Vicente Martínez Colomer; Eudoxia, hija de Belisario y El Rodrigo (1793), de Pedro Montengón; Historia del príncipe don Carlos, hijo de Felipe II (1796), anónima, de la que no se conserva ejemplar; Memorias de Blanca Capello, gran duquesa de Toscana (1803), de Antonio Marqués y Espejo; El emprendedor o Aventuras de un español en el Asia (1805), de Gerónimo Martín de Bernardo; y Anastasia (1818), de Marqués y Espejo.


[1] No obstante, aunque existen estos antecedentes, y algunos más en la década de los 20, considero que la producción propiamente dicha comienza en 1830, con la publicación de Los bandos de Castilla, de Ramón López Soler. Antes se podrían buscar algunos antecedentes más entre las novelas contenidas en las siguientes colecciones: Colección de varias historias (1760-1780), de Hilario Santos Alonso; otra del mismo título de Manuel Josef Martín (1771-1781); Lecturas útiles y entretenidas (1800), de Atanasio Céspedes y Monroy; Mis pasatiempos (1804), de Cándido María Trigueros; y El Decamerón español (1805), de Vicente Rodríguez de Arellano. Por otra parte, algunas de las novelas que se escriben por estas fechas combinan elementos de la novela histórica y de la denominada «novela gótica»; de hecho, Guillermo Carnero considera que los conceptos de «novela gótica» y «drama gótico» deben ser incorporados al estudio de nuestra literatura, «aunque ésta no ofrezca el rico repertorio y las manifestaciones canónicas de otras, y debamos en ocasiones limitarnos a hablar de literatura con elementos góticos». Ver su trabajo «La holandesa de Gaspar Zamora y Zavala y la literatura gótica del siglo XVIII español», en José Romera, Antonio Lorente y Ana María Freire (eds.), Homenaje al profesor José Fradejas Lebrero, Madrid, UNED, 1993, vol. II, pp. 517-539; la cita en la p. 533.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El personaje de don Quijote y sus interpretaciones simbólicas

Don QuijoteEn este sentido, interesa recordar que, para los contemporáneos de Cervantes, don Quijote era, exclusivamente, un personaje cómico, una figura ridícula, caracterizada por su comportamiento grotesco y disparatado: un loco del que todos se podían burlar para divertirse y reírse a su costa[1]. En el siglo XVIII, momento en que empiezan a aparecer estudios más profundos sobre la obra y el personaje, este se leerá en clave satírica, como personificación del daño que pueden causar las lecturas de ficción caballeresca. Y tendremos que esperar al siglo XIX, a las interpretaciones románticas, para ver convertido a don Quijote en un personaje más rico y complejo, de profundo carácter simbólico.

Cada generación irá añadiendo nuevas lecturas, nuevas interpretaciones del Quijote y de don Quijote, con una enorme pluralidad de enfoques y perspectivas. Así, don Quijote pasará a convertirse en símbolo de la lucha por la justicia y la libertad, o del conflicto entre lo ideal y lo real. Con la Generación del 98 se refuerza la lectura hispanista: las derrotas de don Quijote son el reflejo de la decadencia de la España heroica y caballeresca. Para Ortega y Gasset, unos años después, don Quijote es el espejo del hombre que tiene un proyecto vital auténtico y desarrolla la idea filosófica del heroísmo del fracaso: el personaje cervantino es un héroe que surge del fracaso, y en ese fracaso nos está brindando una enseñanza. Más recientemente, otros estudios (en especial los de Augustin Redondo[2]) han puesto de manifiesto el carácter cuaresmal del personaje, en el contexto de una interpretación en clave carnavalesca del conjunto de la novela. Etcétera.

Sea como sea, don Quijote es un personaje entrañable y rebosante de humanidad, coherente siempre con sus ideales hasta las últimas consecuencias, cuya peripecia vital no está exenta de tragedia y patetismo (recordemos las numerosas ocasiones en que resulta herido, sufre caídas, termina con los huesos molidos, pierde dientes y muelas…); un personaje que con su vivir y actuar nos lega una enseñanza que sigue plenamente vigente, pues viene a mostrarnos que la mayor hazaña del hombre es vencerse a sí mismo; un personaje, en fin, cuyas aventuras nos hacen reír muchas veces, en ocasiones sonreír y quizá también, en algunos momentos, llorar amargamente.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] En Otra manera de leer el «Quijote». Historia, tradiciones culturales y literatura, Madrid, Castalia, 1997, especialmente el capítulo II.2, «El personaje de don Quijote», pp. 205-230.

Importancia de la novela histórica romántica española

Todo lo que se refiere al pasado me parece de una belleza tal
como nunca volveré a verla (Thornton Wilder)

La novela histórica romántica española no había merecido excesiva atención por parte de la crítica, al menos hasta hace relativamente pocas décadas. En general, las historias de la literatura apenas le dedicaban unas páginas en las que se solía despachar el tema con un par de tópicos generalizadores: todas sus producciones, salvo El señor de Bembibre y unos pocos títulos más, no eran sino pálidas y serviles imitaciones de Walter Scott, de escasa o nula calidad literaria.

El señor de Bembibre, de Enrique Gil y Carrasco

Es innegable que la gran novela española del XIX es la realista, cultivada en el último tercio del siglo. Sin embargo, no debemos olvidar que fueron los románticos quienes continuaron la espléndida tradición novelística aurisecular, interrumpida casi por completo durante el poco novelesco siglo XVIII[1]. En efecto, resulta curioso comprobar que autores importantes como Larra o Espronceda, que no han pasado a la historia de la literatura como novelistas, escribieran cuando menos una novela histórica. Fue fundamentalmente por medio de la temática histórica como los novelistas románticos consiguieron, en primer lugar, elevar la categoría literaria del género novela en España y, por otra parte, educar a un público lector hasta entonces muy escaso. Sus obras son, sin duda alguna, inferiores en calidad a las de los escritores del Realismo, pero gracias a ellas se puede hablar ya ciertamente de una novela española en la década de 1830-1840. Pues bien, esta novela histórica romántica, que constituye ya una tendencia bien delimitada y posible de analizar, será el tema de las próximas entradas del blog[2].


[1] Hoy en día sabemos que expresiones del tipo «vacío»  o «desierto novelesco», «siglo novelesco», referidas tópicamente al XVIII español, deben ser matizadas, pues no resultan del todo exactas: además de las obras más conocidas de Torres Villarroel, el P. Isla o Montengón, se leyó novela en reediciones de los clásicos y, además, en los últimos quince años surgieron nuevos nombres (Cadalso, Mor de Fuentes, García Malo, Rodríguez de Arellano, Martínez Colomer, Valladares de Sotomayor, Céspedes y Monroy, Tóxar o Trigueros) que cultivaron el género narrativo, bien dentro de una corriente imitadora, bien con tendencias renovadoras; ver Juan Ignacio Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1972, y La novela en el siglo XVIII, Madrid, Taurus, 1987; y para un panorama completo de la producción novelesca de todo el siglo, Joaquín Álvarez Barrientos, La novela del siglo XVIII, Madrid, Júcar, 1991.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.