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Acerca de insulabaranaria

Soy Catedrático acreditado de Literatura española, investigador y Secretario del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra (Pamplona), Secretario del Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA, Madrid / Nueva York) y Secretario de la Asociación de Cervantistas. También correspondiente en España de la Academia Boliviana de la Lengua. Mis principales líneas de investigación se centran en la literatura española del Siglo de Oro: comedia burlesca, autos sacramentales de Calderón, Cervantes y las recreaciones quijotescas y cervantinas, piezas teatrales sobre la guerra de Arauco, etc. También me he interesado por la literatura virreinal (en especial la de ámbito chileno), la literatura española moderna y contemporánea (drama histórico y novela histórica del Romanticismo español, novela de la guerra civil, cuento español del siglo XX…) y la historia literaria de Navarra.

«Corte de corteza» de Daniel Sueiro: valoración final

Ana María Navales ofrecía esta valoración de Corte de corteza de Daniel Sueiro[1], con la que coincido en buena medida:

Sueiro ha puesto en Corte de corteza toda la imaginación de que probablemente es capaz aunque, en muchos pasajes, se ha quedado a mitad de camino entre la fantasía del futuro y la realidad del presente a que tan acostumbrado está. Lo verdaderamente interesante en esta novela, a la que quizás sobran páginas, perdidas en una confusa demagogia, es la manera de tratar el tema. […] Sueiro quiso salir del oscuro callejón de la novela social con un tema y un planteamiento universal. Su ambicioso proyecto se le quedó en una realidad conseguida de menor trascendencia que lo imaginado. Sus dos piedras de toque, literatura para una mayoría de público y su particular ideología, limitaron su obra en este caso en que el escritor no se limitaba a sí mismo, amparado en el consciente confusionismo de su planteamiento. No obstante, en Corte de corteza utilizó una fórmula valiosa en la que quizá no ahondó suficientemente. Algunos personajes quedan borrosos y desleídos en esa falsa ciencia-ficción y en su mundo de postulados y teorías que les resta enjundia y fuerza humana por exceso de cerebralismo[2].

Ciertamente, Corte de corteza fue una obra renovadora en su momento de aparición: lo fue en lo formal, aunque hoy estemos acostumbrados a experimentalismos mucho mayores; y lo fue también temáticamente, si bien ahora —a más de cuarenta años de distancia— tampoco nos llama tanto la atención desde ese punto de vista: muchos de los avances de los que habla Sueiro son en nuestros días realidad cotidiana, o casi lo son. La novela nació como un eco de la euforia de los trasplantes y hoy los maravillosos progresos de la medicina en este campo continúan sorprendiéndonos positivamente. Día a día la ciencia avanza, haciendo realidad proyectos que hace pocos años eran impensables (o solo soñados por la mente de algún escritor, como por ejemplo Julio Verne en su tiempo). Hoy por hoy, el argumento que plantea Corte de corteza, un trasplante de cerebro[3], no parece posible, afortunadamente, pero quizá no lo sea en un futuro más o menos lejano…

TrasplanteDeCerebro

En cualquier caso, la obra de Daniel Sueiro resulta interesante, fácil de leer y, lo más importante, nos hace reflexionar, entre otras cosas, sobre la pérdida de valores en una sociedad cada vez más deshumanizada[4].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, pp. 195-197.

[3] Este mismo tema lo ha planteado más recientemente Jesús Ferrero en su novela Doctor Zibelius, Sevilla, Algaida, 2014.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (7)

Otra escena interesante en la caracterización del marqués de Cañete en Arauco domado de Lope de Vega es el castigo ejercido sobre Galvarino, que reviste carácter de justicia[1]. La acusación es que mató a traición al español Juan Guillén; el indio se justifica diciendo que «Todo es guerra» (p. 818)[2], pero don García decide cortarle las manos y enviarlo a Caupolicán, como escarmiento para los rebeldes y muestra de su firme determinación. Pues bien, hasta el propio condenado a tan cruel castigo, Galvarino, reconoce el gran nombre de Mendoza.

Galvarino

Después lo vemos preocuparse por el hecho de que la presencia de Gualeva junto a don Felipe en el campamento español pueda dar mal ejemplo a los soldados (p. 819), pero su hermano lo tranquiliza diciendo que ha enviado a la india con Rebolledo de vuelta con Tucapel. Es más, se pone de manifiesto que Gualeva ha sido honrada mientras ha permanecido con los españoles (más en calidad de invitada que de prisionera), y por ello ha quedado obligada por don García. Así se lo explica la propia Gualeva a Tucapel, añadiendo nuevos elogios (p. 821).

Tucapel se mostrará pronto partidario de la paz al ver las victorias del español y que sigue fundando fuertes y ciudades (p. 824). Llega Galvarino al consejo y también él elogia a don García: «este mancebo cristiano / os vence en tantas batallas, / os rinde en tantos asaltos» (p. 827); clama por la libertad, los exhorta al combate, y su ejemplo los inflama, de forma que los araucanos deciden ir a la guerra, para lo cual se juntarán en las quebradas de Purén. Rengo cuenta que don García ha ido a Ancud y ha fundado la ciudad de Osorno «por un abuelo que tiene, / conde de Osorno» (p. 830).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

«Corte de corteza» de Daniel Sueiro, una novela de crítica social (y 2)

Chaplin, Charlie (Modern Times)En cuanto a los temas presentes en Corte de corteza[1], el propio Daniel Sueiro dice que en su novela se pasa revista a «todo lo divino y lo humano»[2]. Se habla, como indica Ana María Navales, de «la violencia, la represión, la publicidad comercial, las técnicas vitalistas, la discusión de primacía entre la religión y la ciencia, la demagogia, el inconformismo o lo contrario, la sexualidad, […] el endiosamiento profesional por vía del éxito, la sociedad de consumo, los desastres de las guerras…»[3]. Efectivamente, en el momento en que se sitúa la acción el mundo está envuelto en varias guerras, han vuelto a triunfar los fascismos en Europa, existe en Estados Unidos y Japón una sociedad capitalista que aliena al individuo, que lo esclaviza. Hay referencias claras el mayo del 68 en París, al movimiento hippie, a la guerra de Vietnam, al imperialismo estadounidense. En este sentido, se podría considerar Corte de corteza como una obra culturalista, en la medida en que su autor, Daniel Sueiro, trata de reflejar en ella algunos aspectos, los que más le interesan, de la cultura de una época, la que a él le ha tocado vivir. Se critica la opresión de la gran ciudad, el trabajo agobiante y deshumanizador, la vida automatizada, el Estado policial, el poder manipulador de los medios de comunicación de masas (prensa, radio, televisión, publicidad). No faltan las alusiones a otros temas como el mercado negro de órganos, la posibilidad de hibernar un cuerpo enfermo hasta que se descubra el remedio para su enfermedad o de elegir el sexo de los hijos, la existencia de vida inteligente en otros planetas o la venta de medicinas adulteradas que causan graves daños al ser comercializadas antes de tiempo, sin haber sido suficientemente estudiados sus efectos secundarios.

Sueiro parte de una anécdota concreta, el trasplante de cerebro, que plantea los límites del progreso científico, su choque con los valores humanos. Ese es el núcleo central, el punto de partida. Pero a partir de ahí surge toda una constelación de temas y, al final, más que el conflicto interior de Adam, el de la doble personalidad, importa el tema social, la problemática del mundo que le rodea. Ya lo apuntaba José Domingo:

Es más, mucho más que un caso de conciencia lo que Sueiro ha pretendido plantear en su novela pues, además del problema moral originado por el trasplante, se nos describe con toda precisión el panorama de la sociedad capitalista actual, en la que tan disgregador papel desempeña la alienación del individuo… Crítica rigurosa de un sistema en el que los progresos científicos […] plantean cuestiones de muy difícil solución[4].

He señalado que se está criticando un tipo de sociedad capitalista, concretamente la sociedad norteamericana. Ahora bien, indirectamente la crítica se puede aplicar a la realidad española de los años 60, sobre todo en lo relativo a la persecución de los intelectuales o a las violentas intervenciones de la policía (la censura no permitiría hablar de ello explícitamente, pero Sueiro lo deja caer como de pasada, veladamente). Por ejemplo, se dice que el periodista que resulte molesto

será expedientado, multado, procesado, juzgado, condenado, y si lo merece y no hay más remedio, a pesar de nuestra buena voluntad, ejecutado, y aquí paz y después gloria, y el que venga detrás que arree, ahí me las den todas y a ver quién es el chulo que se mueve. ¡Silencio!, que lo abraso, como abrasamos a todos los demás y seguiremos abrasando para que no nos abrasan a nosotros (pp. 50-51).

Y se menciona que, al disolver una manifestación, los policías daban

fuertes mazazos con las porras de goma o de plomo, que sonaban secamente, se oían los huesos al romperse, la carne al macerarse o abrirse. […] Al levantarse vio el final de la escena con un enjambre de negros cuervos picoteando, pisoteando, pateando y apaleando a una muchacha de unos dieciséis años, hecha un ovillo en el suelo, que no se movía, ni gritaba (p. 199).

Podría multiplicarse el número de citas, pero me limitaré a una pequeña selección de algunas de las más interesantes. Así, se pone de relieve la opresión de la gran ciudad, con sus inmensos rascacielos: «sentados ante la angosta ventana que daba a varios centenares, a miles de ventanas iguales en los grandes edificios de enfrente» (p. 38). Edificios iguales. Repetición. Monotonía. Rutina. Se construían

villas idénticas para aburrirse del mismo modo durante los largos, largos fines de semana, de modo que de pronto las grandes ciudades quedaron rodeadas de ciudades más grandes todavía de las que de momento nadie había encontrado aún la forma de escapar […] y ya todo a lo largo y ancho y por cualquier lado que mires la miríada, la colmena, el hormiguero de casitas bajas (p. 245).

El poder de la publicidad puede detectarse en estas palabras:

Realmente, la compañía de Key no fabricaba nada, pero lo vendía todo, ese era su lema. […] Conocían las técnicas de ventas, merced a las cuales conseguimos hacer necesario lo superfluo y sabemos hacer viejo lo nuevo en cuestión de semanas. Nunca hay riesgos así (p. 81).

Igualmente condenable resulta

el sucio y criminal negocio del trust o banco de órganos humanos, cuyo éxito crecía al mismo ritmo con que se registraban aquellas misteriosas desapariciones de la gente, hasta que llegó a saturarse el mismo mercado negro (p. 43).

Varias veces se describe el poder destructor de las guerras, como cuando vuelven a la patria

los restos de lo que fue nuestro flamante ejército pacificador: muchachos de quince años mutilados y envejecidos, hombres vendados, ensangrentados, taciturnos, soldados y oficiales barbudos y silenciosos, de ojos inmóviles y ensimismados, de uniformes rotos, y ataúdes (p. 107).

Son palabras duras, que invitan a pensar sobre el sentido de una guerra, de cualquier guerra. Se dice que los médicos de campaña «cada mañana ven llegar a sus bases batallones enteros de hombres jóvenes y sanos, frescos para la lucha, que cada noche les entregan mutilados, moribundos o muertos» (p. 115).

En algunos fragmentos apunta el tema de la doble personalidad (aunque, como insiste Tomás Yerro en su análisis, se deja de lado, sin que constituya, como podía haber sido, el elemento principal de la novela):

No se puede vivir la vida de otro, no se puede vivir con otra persona que no es ella misma, y esta misma persona tampoco puede, creía ella, vivir sin reconocerse (p. 116).

Ahora ya no son sólo los semejantes a los que ha de soportar usted [le dice Castro a Adam], ha de soportarse a sí mismo (p. 266).

Parecía como si pretendieran introducirle en unos carriles que él no pensaba seguir, habituarle a una serie de cosas, hechos, personas, a las que nada le unía (p. 267)[5].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] En Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974,  p. 193.

[3] Navales, Cuatro novelistas españoles…,  pp. 191-192.

[4] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3. En cambio, a De la Fuente (1989) el problema en torno a la identidad personal le parece el tema central.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (6)

Sigue avanzando la acción de la comedia[1]. Una conversación entre Gualeva y Rebolledo pone de relieve una vez más que Hurtado de Mendoza perdona y trata bien a los indios de paz; ella no ha tenido ocasión de verlo nunca, pero Rebolledo le hace la siguiente presentación de su persona:

REBOLLEDO.- Si le vas a ver y hablar,
pues ningún temor lo veda,
de cuanto en España queda
no tienes qué desear:
persona, virtud, valor,
gracia, ingenio, autoridad
y una real majestad
vestida de resplandor
verás en aqueste Hurtado,
tan suya, en honor del suelo,
que de algún jirón del cielo
dirás que fue hurtado Hurtado.
Ven, y vendrás de sus manos
cargada de ricos dones (p. 802)[2].

Nadie se resiste a las buenas prendas de don García. Engol, joven hijo de Caupolicán y Fresia, le cuenta a su madre que salió mal el ataque sorpresa a los españoles; y aunque achaca el resultado a la suerte (habla de «ese español capitán, / que con tal dicha nació», p. 811), también él elogia «la valentía / del heroico don García» (p. 812). Al final del acto segundo, Caupolicán, herido y vencido, y arrepentido de su anterior arrogancia, añade nuevos elogios:

CAUPOLICÁN.- ¡Oh, valor invencible de españoles!
¡Oh, generoso mozo don García,
sol que das resplandor a tantos soles! (p. 814).

Cañete (Chile)En ese momento se le aparece Lautaro como una sombra y le informa de que don García camina al cerro de Tucapel, y que en las ruinas de lo que fue la casa de Pedro de Valdivia ha fundado la ciudad de Cañete, «del nombre insigne / del Estado de su padre» (p. 815). Sigue, pues, adelante la labor fundadora del gobernador español. Ese detalle de que convertirá las ruinas de la casa de Valdivia en una ciudad se reitera más adelante (p. 821). Se trata de volver en victoria o vengar, de alguna manera, la suerte del anterior gobernador.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (5)

Si el acto primero termina mostrando la determinación de don García[1]: «¡Chile, yo he de sujetarte, / o tú quitarme la vida!» (p. 784)[2], el segundo comienza con nuevos elogios de su destreza militar, pues ha salido vencedor con muy pocos soldados (600 españoles para 40.000 araucanos), tal como apreciamos a través de un diálogo entre don Felipe y Alarcón (p. 785). Don Felipe relata que don García salió del fuerte de Penco y entró en la tierra rebelada, para llegar a orillas del río Bío-Bío; sigue una nueva comparación con Julio César, en concreto por su resolución; el paso de sus soldados con barcas a la otra orilla del río se equipara al paso del Rubicón (p. 786).

Cesar cruzando el Rubicón

Esta arriesgada maniobra, que le ha permitido marchar al cerro de Andalicán, arranca nuevos elogios:

FELIPE.- Alabarte al general,
encarecerte su espada,
lo que hizo, lo que dijo,
era mi propia alabanza,
porque soy hermano suyo,
mas solo decirte basta
que tembló Arauco su nombre
y le llamó sol de España (p. 788).

La escena de la junta de caciques araucanos reunidos por Caupolicán para ver si interesa seguir la guerra o pactar la paz sirve para resumir algunos de los hechos históricos anteriores a la llegada de don García a Chile (la rebelión de Lautaro, la muerte de Valdivia, la victoria de los indios sobre Villagra…). Para vencerlos, les dice Caupolicán, el virrey del Perú

a su hijo don García,
ese que llaman Hurtado
de Mendoza, envía a Chile;
él dice a pacificarnos,
y aunque es verdad que lo ha hecho
con piedad e ingenio tanto,
yo no sé determinarme
si a su valor nos rindamos.
Proseguir la guerra es cosa
de gran duda, imaginando
el valor deste mancebo
y sus principios extraños,
las batallas que ha vencido,
los ardides, los reparos
que a nuestras ofensas hace,
venciendo, hiriendo, matando (p. 794).

Los elogios del caudillo español están puestos en boca de su mayor enemigo: Caupolicán sabe que es noble y generoso en el perdón: «es verdad que el Mendoza / lo ha de ser perdonarnos» (p. 795, donde Mendoza vale ‘noble’). También Rengo pondera la nobleza y las virtudes de los españoles, y lo mismo hace Orompello, que se suma a los partidarios de la paz con estas palabras:

OROMPELLO.- Rengo propone muy bien,
que no es hombre don García,
aunque es mancebo, con quien
burlarse Arauco podría,
sino perderse también.
Si habéis visto tanta hazaña,
¿por qué no se han de rendir
por él a Carlos de España? (p. 797)


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

«Corte de corteza» de Daniel Sueiro, una novela de crítica social (1)

El análisis de los personajes —junto con el tiempo y el espacio en que se mueven— y de los temas servirán para comprobar que Corte de corteza de Daniel Sueiro es una novela[1] con abundantes elementos de crítica social, como certeramente han destacado diversos estudiosos. Así, Bienvenido de la Fuente señalaba:

Sueiro no ha abandonado su tarea de llamar la atención sobre problemas sociales y de criticarlos. El trasplante de cerebro de Corte de corteza no hay que verlo sino como un ejemplo para mostrar a qué extremo se puede llegar en nuestra sociedad. Ante el adelanto técnico, ante el progreso en general, y aquí ante el adelanto en el campo de la medicina, el individuo está en continuo peligro de perder su personalidad[2].

Por su parte, Rafael del Moral escribía:

Ciencia ficción comprometida, y no de aventuras, que anuncia, al poner en peligro la integridad humana, un fruto caótico y deshumanizado. El fondo es un trasplante de cerebro con sus significados éticos y morales. […] Crítica al mundo dominado por la técnica y el desarrollo ciego del capitalismo con una orientación más social que psicológica[3].

Pedraza Jiménez y Rodríguez Cáceres comentan que la apasionante historia en que se sustenta la novela sirve de pretexto a Sueiro para dar salida a una fuerte crítica a la sociedad de consumo deshumanizada:

Sueiro plantea los conflictos que presenta para el hombre un progreso que sólo atiende a los aspectos tecnológicos, y se cuestiona qué límites hay que ponerle. Aunque ha renovado su forma de expresión, manifiesta las mismas ideas de siempre, con idéntica crítica al sistema[4].

Y podrían añadirse otras citas similares. Ya mencioné que Corte de corteza era «una crónica escrita hoy acerca de lo que va a ocurrir dentro de quince años». Considerando que la obra estaba escrita para 1968, podemos calcular que la acción estaría situada hacia el año 1983. Hemos de suponer que la historia sucede en verano (se alude varias veces al calor sofocante, en un determinado momento se dice de un personaje que lleva un traje veraniego…), aunque no existe una datación exacta. Se trata de una historia lineal, que comienza con la matanza en la calle, sigue con la operación de trasplante (realizado a los dos días), cuenta el proceso post-operatorio y termina con la muerte de Castro y de Adam. Cuando esto ocurre, ha debido de pasar cierto tiempo, no se precisa cuánto, pero podemos imaginar que han sido algunos meses o, por lo menos, algunas semanas, ya que, cuando se encuentran ambos personajes, Adam nos indica que «no había vuelto a ver a Castro desde hacía tiempo». Encontramos, además, un tiempo evocado en las secuencias que nos refieren las vidas de Adam, David, Olga o el francotirador, entre otras.

Megaciudad.jpgPor lo que toca al espacio, sabemos que los personajes se mueven en una metrópolis de los Estados Unidos, probablemente Nueva York, si bien tampoco se dice expresamente. Sea como sea, la problemática que trata la novela podría darse perfectamente en cualquier otro país cuyo modelo de sociedad sea el mismo (capitalismo, mecanización…) y así lo hace notar José Domingo: «… vida que, aun localizada en un lugar fácilmente reconocible —el del primer estado mundial en cuanto riqueza, capacidad de empresa y ambición imperialista de dominio—, podría extenderse en su sentido general a buen número de otros países»[5]. Dentro de esa gran ciudad aparecen espacios concretos, como son la calle en que tiene lugar la escena del francotirador, el Hospital Central, la casa de Adam, la de David, un cementerio (pues de algún modo hay que deshacerse de las partes no aprovechables en la operación, el destrozado cuerpo de uno y el cerebro enfermo de otro), la finca del doctor Blanch o el circuito de carreras donde muere Castro. Igual que existía un tiempo evocado, aparece también otro tipo de espacios en los recuerdos (Castro fue guerrillero en las selvas venezolanas, Adam estuvo en Francia y en Canadá, Olga, por ser periodista, ha recorrido distintos lugares, etc.).

Son varios los personajes que quedan retratados en las páginas de la novela: Olga (la exmujer de Adam), Sonia (la joven que convive con él), Diana (la mujer de David), Rubén-Rubén (jefe de los periodistas encargados de filmar la operación), Douglas Key (prototipo del empresario sin escrúpulos que llega a eliminar físicamente a la competencia), los doctores Fushia y Marius (miembros del equipo médico que realiza la operación) y algunos otros. Sin embargo, centraré mi comentario en cinco de ellos: Adam y David, por un lado, y los doctores Castro y Blanch y el Padre Lucini, por otro. Por lo demás, conviene destacar que es tal la abundancia de temas tratados en la novela, que algunos personajes quedan un tanto borrosos, como si el peso de las ideas expuestas les restase fuerza humana.

Adam y David están caracterizados de forma maniquea. Adam es un profesor universitario, un intelectual culto y rebelde, insatisfecho y sincero, que se resiste a ser un simple número en una sociedad deshumanizada, despersonalizadora. Inconformista, lucha contra ese modelo de Estado autoritario y policial que rige en el país. No es de extrañar que se convierta en el portavoz de las ideas de Daniel Sueiro, autor inconformista e insatisfecho también. David es todo lo contrario: así como Adam es una persona que ha cultivado fundamentalmente el cerebro, él es un deportista que ha cuidado el cuerpo. Hombre de negocios que solo aspira a prosperar, sin importarle que para ello deba ir dejando jirones de su dignidad humana, representa al hombre-masa, despreocupado (o únicamente preocupado por sus propios intereses) y conformista.

El doctor Castro es, a semejanza de Adam, un hombre preocupado, otro inadaptado dentro de esa sociedad (de ahí el fin que les aguarda a ambos). No es extraño, por tanto, que los dos se hagan amigos tras la operación. El propio Adam indica que, de todos los doctores, Castro era el que le parecía más sincero y humano, el más cercano a él, sin saber bien el porqué: «No sabría aún explicar por qué, pero necesitaba como nunca aquella compañía [la de Castro], aquel afecto, en un momento en que me sentía más solo, más aislado y más extraño que nadie en el mundo» (p. 267). El ateísmo del doctor Castro se nos revela en su enfrentamiento con el Padre Lucini, sacerdote que desempeña su ministerio en el hospital y que representa el punto de vista de la Iglesia (tratando de fijar unos límites morales al avance de la ciencia). En cuanto a Blanch, Yerro le aplica el certero calificativo de «médico vedette». En efecto, solo le importa el éxito y la popularidad que va a proporcionarle la operación (aparte de los beneficios económicos). Es el jefe del equipo y se le califica de «maestro» y «dios», en tanto que los otros doctores no pasan de ser sus «vasallos»[6].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] Bienvenido de la Fuente, «El problema de la identidad personal en Corte de corteza de Daniel Sueiro», en Sebastián Neumeister (coord.), Actas del IX Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas: 18-23 agosto 1986, Berlín, Frankfurt am Main, Vervuert, 1989, vol. 2, p. 234.

[3] Rafael del Moral, Enciclopedia de la novela española, pról. de Andrés Amorós, Barcelona, Planeta, 1997, p. 141.

[4] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. XIII, Posguerra: narradores, Pamplona, Cénlit Ediciones, 2000, p. 875.

[5] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (4)

Cuando se produce el asalto de los araucanos, don García lucha cuerpo a cuerpo con Caupolicán: si el araucano es hijo del sol, el español es hijo del gran virrey don Andrés[1]. Sale a relucir de nuevo su mocedad, cuando el toqui se lamenta:

CAUPOLICÁN.- ¡Lástima a tus años tengo!

GARCÍA.- Tenla, bárbaro, de ti,
que yo Mendoza nací
y he de hacer a lo que vengo (p. 773)[2].

Caupolicán

Don García resulta herido por una pedrada, pero conserva la vida y tiene fuerzas para repeler el ataque. Las acotaciones de este pasaje indican hasta en tres ocasiones que se ve a don García «en lo alto» (pp. 771, 776 y 779): se trata, en principio, de una indicación física (los españoles se defienden desde lo alto del fuerte en el que están sitiados), pero esa visualización espacial no deja de tener un valor simbólico: don García domina la situación, está por encima de los indios, que atacan desde abajo y que terminarán siendo sojuzgados por él. En el transcurso del asalto, también Caupolicán resultará herido: le hirió, dice Tucapel, «el gran español, / el gallardo don García» (p. 778), «el Mendoza famoso» (p. 778), como señala Rengo.

Esta escena añade otro detalle importante desde el punto de vista de las cualidades militares de don García: vemos que es un capitán previsor y responsable pues, robando horas al descanso y el sueño, pasea por el fuerte para supervisar que los vigías cumplen bien con su obligación (ver las pp. 780 y 782). En este momento, remate del acto primero, dará muestras de su generosidad al perdonar la vida al soldado que por dos veces ha incumplido su deber quedándose dormido en su turno de guardia. Rebolledo se salva por su ingenio, y apelando a que «Mendoza eres» (p. 783) y «gran señor» (p. 784). También, ciertamente, porque el general español tiene pocos soldados y no puede desperdiciar ni siquiera a uno solo de ellos, aunque haya cometido una falta tan grave que les ha puesto en peligro a todos: «De virrey y reyes vienes» (p. 784), reconoce Rebolledo.

Esta escena final de la primera jornada todavía añade un dato más al retrato de don García: las palabras de Rebolledo hablando consigo mismo en su guardia, intentando no dormirse, señalan que don García no es codicioso. Se trata de un detalle importante, porque la codicia de los españoles es acusación que los indios dejan caer aquí y allá a lo largo de la comedia. Ciertamente, Arauco no da muchas riquezas (Rebolledo se refiere a la «estéril campaña», p. 781; en la p. 823 Tucapel le explicará al mismo soldado que Arauco produce pocas joyas). Pero, sea como sea, su general no viene en busca de plata, sino para aplastar la rebelión de los araucanos, que no son, ni mucho menos, indios pacíficos como los que encontró Colón en el momento del Descubrimiento:

REBOLLEDO.- Los que las Indias hallaron
vinieron por oro y plata;
halláronla tan barata,
que por vidrios la compraron.
No viene así don García,
ni plata intenta buscar,
que viene a pacificar
su bárbara rebeldía.
¡Pues es verdad que estos son
de los indios desarmados
que hallaba en selvas y prados
como corderos Colón,
sino los hombres más fieros,
más valientes, más extraños
que vio este polo en mil años! (pp. 781-782)

Más adelante, en el acto segundo, sí encontraremos una acusación de codicia por parte de Tucapel, cuando se refiere a don García como «un hombre, y hombre extraño, / que enriquecerse del sudor pretende / de nuestra mina de oro y fértil año» (pp. 795-796). Pero se trata de una frase exaltada, que Rengo contrarresta al decir: «del Mendoza adviertas / las grandezas que hay en él» (p. 796).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

«Corte de corteza» de Daniel Sueiro: breve apunte sobre el estilo

Daniel Sueiro quiso llegar con Corte de corteza[1] a un gran número de lectores, de ahí la sencillez y claridad de su estilo. Hemos visto en entradas anteriores que utiliza técnicas narrativas novedosas, pero su relato nunca se hace oscuro o ininteligible, como señala José Domingo:

Sueiro ha sabido escoger certeramente el estilo idóneo para su novela. El aire trepidante, raudo, de la vida neoyorkina, con su alternancia —sin signos ortográficos distintivos— de las descripciones del novelista y el diálogo interior de los protagonistas, la magnífica descripción de la operación, que parece copiada de una alucinante y lúcida realidad, el ritmo siempre creciente de una acción en la que, al lado de los sangrientos sarcasmos, figuran las notas humanas, la piedad por el desvalimiento de algunas de sus criaturas…[2].

A ese ritmo rápido se refiere también Ana María Navales:

La novela está escrita en un estilo conciso, trepidante, en el que contribuye a acelerar el ritmo de la narración el uso repetido y casi abusivo de la conjunción y en algunos momentos. Otras veces, por el contrario, la eliminación de toda clase de unión entre las palabras, la enumeración progresiva de objetos y sensaciones, le hacen adquirir a la prosa un tono telegráfico, que unido a una puntuación arbitraria o sin signos ortográficos, que distingan la descripción del autor del diálogo interior de los personajes, confiere un clima rápido y confuso a su prosa. Sueiro maneja aquí más recursos estilísticos que en obras anteriores: voces onomatopéyicas […], el empleo de la palabra etcétera para sugerir lo que está en el ambiente o para descargarse de mayores enumeraciones o como si él mismo se fatigase con sus propias disquisiciones. El diálogo está reducido al mínimo y el punto de vista del autor fluctúa entre la primera y la tercera persona, mezclándolas en ocasiones, uniendo diálogos de los distintos protagonistas sin una diferenciación. Esto, unido a un lenguaje no demasiado rico ni expresivo, contribuye a crear un tono uniforme y confuso, también intrincado, el que Sueiro ha elegido para pronunciarse contra la falsa civilización que estamos padeciendo[3].

Corte de corteza, de Daniel Sueiro

No encontramos en la prosa de Corte de corteza notas líricas o coloristas, pero sí algunos recursos retóricos; así, abundan las enumeraciones caóticas, como esta en la que la acumulación de objetos pone de relieve los efectos de la masacre:

… cuerpos inmóviles, cuerpos gimientes, brazos alargados y torcidos, brazos ocultos por el cuerpo, cabezas inclinadas, cuellos sangrantes y vueltos, piernas rotas, piernas descoyuntadas y pies descalzos, zapatos. Papeles, bolsos, carteras negras rectangulares (pp. 12-13).

Y también los paralelismos, para subrayar pasajes especialmente significativos:

No había restos que salvar, trozos que recomponer, rescoldos que avivar ni piltrafas que recoger (p. 111).

Ejemplos de onomatopeyas son «chup, chup, chup» para sugerir el sonido de los disparos o «tac, tac, tac» también para los disparos y para el ruido de un helicóptero. Como es lógico, dado el tema de fondo (el trasplante de cerebro), aparecen con frecuencia tecnicismos de la medicina: dolantina, craneotomía, clampar, glicerol, electro-oxigenador, gestarina, talidomida, toposcopio, sicometrías, imurán, hiperina… Mencionaré la abundancia de perífrasis, especialmente para designar, con mayor o menor respecto, a los doctores: Blanch es el «pequeño reyezuelo del quirófano» (p. 30), sus compañeros, «magos de la medicina» (p. 271), «sabios hechiceros de bata blanca» (p. 271) o una «pandilla de matarifes» (p. 136). En otra ocasión se dice que, con sus máscaras tapándoles las bocas, «parecen delincuentes, facinerosos, salteadores de caminos realizando un trabajo prohibido por la ley» (p. 171). Por último, cabe destacar también como rasgo de estilo el «sarcasmo y el disolvente poder del humor, típicos del arte narrativo de este autor»[4].


[1] La edición manejada es la de Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969.

[2] José Domingo, «Dos novelistas españoles: Elena Quiroga y Daniel Sueiro», Ínsula, 232, marzo de 1966, p. 3.

[3] Ana María Navales, Cuatro novelistas españoles: M. Delibes, I. Aldecoa, D. Sueiro, F. Umbral, Madrid, Fundamentos, 1974, p. 196. Y más adelante (p. 202) añade sobre el lenguaje: «La enorme intuición que tienen los escritores gallegos para utilizar el castellano está casi ausente en Sueiro. No depura, apenas corrige, pero a esto hay que añadir su excesiva sobriedad, su popularismo y taquismo».

[4] Palabras preliminares de la edición de 1982 de Corte de corteza. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Experimentación narrativa y crítica social en Corte de corteza (1969), de Daniel Sueiro», en Concepción Martínez Pasamar y Cristina Tabernero Sala (eds.), Por seso e por maestría. Homenaje a la Profesora Carmen Saralegui, Pamplona, Eunsa, 2012, pp. 387-408.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (3)

Una segunda tanda de elogios de don García la vamos a encontrar en labios de sus enemigos, los araucanos[1]. Se trata de la escena en que deciden consultar a su divinidad, Pillán, a través de Pillalonco, especie de sacerdote. Su presagio es completamente negativo para ellos: les dice que el famoso capitán que viene de Perú a Chile causará miedo a los fieros araucanos; y que, aunque lo vean mozo, los someterá en menos de dos años; vencerá nueve batallas y fundará siete ciudades, y llegará a ser tan querido que lo llamarán «san García»[2] (p. 763)[3].

Pillán

Poco después será Caupolicán quien relate a los suyos el vaticinio que le ha hecho Pillán tras abrasarse en el agua del baño: don García ha llegado a Concepción y ha formado un fuerte en Penco. Pillán le ha pedido a Caupolicán que ataque el fuerte y mate a los españoles, antes que vayan al valle de Engol. Frente a las bravatas de los principales capitanes (Tucapel, Rengo, Talguén, Orompello…), dispuestos a matar al «español cruel» (p. 768), Pillalonco les avisa de que pronto conocerán el valor del «español don García».

El siguiente bloque de acción nos muestra a don García supervisando personalmente, junto con su hermano don Felipe, los trabajos de construcción del fuerte de Penco: se preparan para la defensa mientras llegan refuerzos por mar. La condición noble y generosa que ha mostrado don García ha hecho que los indios de la zona hayan bajado en son de paz y que él les haya dado el perdón. Dice don Felipe:

FELIPE.- Tu persona excelente, y la nobleza
alta y real grandeza con que has dado
perdón al rebelado, los incita
y a venir solicita, reducidos
a la paz y movidos de tus dones (p. 768).

Don García pondera su «honesto celo» para «esta imposible hazaña», así como el valor y la sangre de su familia; don Felipe dice que sus conquistas le harán exceder la fama de Alejandro Magno, jugando de nuevo con las expresiones Hurtado / hurtar (p. 769).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Esta denominación de san García estaba ya en el exordio del Arauco domado de Pedro de Oña («¡oh, sublime garza Sant García!»).

[3] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (2)

La imagen de don García Hurtado de Mendoza que transmite la comedia es la de un militar intachable, fiel a su monarca y obediente a su padre, el virrey del Perú, que lo ha mandado a sujetar Chile[1]. El primer elogio estará en boca del soldado español Rebolledo. Se trata de la escena inicial, de los primeros versos de la comedia:

Salen Rebolledo, soldado, y Tipalco, indio yanacona.

TIPALCO.- ¿Que este soldado, amigo, es don García?

REBOLLEDO.- Este es aquel Hurtado de Mendoza
que a gobernar su padre a Chile envía.

TIPALCO.- La libertad que el rebelado goza
en el gobierno de la gente anciana
aumentarase con la gente moza (p. 753)[2].

Don García es todavía mozo y el indio Tipalco argumenta que, si los araucanos se rebelaron teniendo enfrente a dos capitanes maduros y experimentados como Aguirre y Villagrán, más lo harán «viendo que aqueste ejército acompaña / un mancebo tan tierno» (p. 753; este sustantivo mancebo se repetirá varias veces referido a él). A lo que responde Rebolledo:

REBOLLEDO.- Este mancebo
el César ha de ser de aquesta hazaña;
este Mendoza, este Alejandro nuevo,
este Hurtado que hurtó la excelsa llama
no solamente a Júpiter y a Febo,
sino a todos los nueve de la Fama,
viene a domar a Chile y a la gente
bárbara que en Arauco se derrama (p. 753).

Estos versos establecen las primeras identificaciones laudatorias con personajes de la mitología y la antigüedad greco-romana (César, Alejandro, los nueve de la Fama, Júpiter y Febo), así como el juego de palabras entre el apellido Hurtado y el verbo hurtar, aspectos ambos que se reiterarán con bastante frecuencia en la obra.

Los nueve de la Fama

Su valor —sigue exponiendo el soldado— se puede apreciar en su propia persona, y «por solo lo que ha hecho en La Serena, / de capitán merece la corona» (p. 754). Don García, en efecto, había desembarcado allí el 23 de abril de 1557 y mandado detener a Francisco de Aguirre y Francisco de Villagra, que litigaban por la gobernación de Chile. Las palabras del yanacona Tipalco ponderan lo bien que trata a los indios de paz e introducen el rico simbolismo de las palabras sangre y sol[3]:

TIPALCO.- Mucho me agrada el ver que en todo ordena
nuestra justicia y paz, pues nos alivia
a los indios de paz de tanta pena.
Allá, a los que mataron a Valdivia
y con Caupolicán y Tucapelo
están más fieros que áspides en Libia,
podrá mostrar la sangre de su abuelo;
que, pues su padre a tanto sol le envía,
ya habrá probado este águila al del cielo (p. 754).

Por su parte, en esta misma escena inicial, su hermano don Felipe pondera su valor, demostrado en sus hazañas anteriores en Europa («en Rentín, en Sena, en Flandes», p. 757). Don García da prueba de su prudencia ordenando embarcar a Aguirre y Villagrán para Perú, para que desde allí los manden a España; y manifiesta su intención de ir a la ciudad despoblada de Concepción, junto con su férreo deseo de sujetar la rebelión de Chile (véanse las pp. 757-758).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

[3] Tema que no puedo desarrollar aquí, pues daría materia para un exhaustivo análisis.