Cervantes y Calderón

Calderón de la BarcaLa relación existente entre Cervantes y Calderón ha sido puesta de manifiesto por varios autores, que han estudiado bien los puntos de contacto generales entre ambos escritores, bien los paralelos en determinadas obras o en pasajes concretos[1]. Por ejemplo, en un trabajo de 1957 Alberto Sánchez destacaba «la clara estela cervantina, siquiera se manifieste difusa una que otra vez, en la obra dramática de Calderón de la Barca», que en su opinión entraña una admiración singular, un homenaje, «la pleitesía rendida por el gran dramaturgo del barroco español al genio universal de Cervantes»[2].

Por su parte, Edward M. Wilson señalaba que pocos críticos habían relacionado «al mayor novelista español con uno de los dos más grandes dramaturgos de ese mismo país»; opinaba que «Calderón toma de Cervantes todo aquello que le sirve para sus propósitos, rehaciéndolo y situándolo en un nuevo contexto»; y que, aunque ambos parecen muy distintos entre sí, «en varias ocasiones el humorismo de estos dos grandes escritores resulta asombrosamente similar»[3]. Posteriormente, Ignacio Arellano y Franco Meregalli repasaron con exhaustividad los principales puntos de contacto que se aprecian en la producción literaria de ambos ingenios[4].

Miguel de CervantesUna de las reminiscencias cervantinas más claras en el teatro calderoniano —dejando aparte la perdida comedia El hidalgo de la Mancha— es la burla que sufre el criado Otáñez en el tercer acto de El astrólogo fingido, cuando don Diego y Morón fingen que son capaces de trasladarlo a sus Montañas natales y se consuma el engaño (se trata de un falso vuelo mágico, similar al de don Quijote y Sancho a lomos de Clavileño). Valbuena Briones afirma taxativamente:

La burla que se hace a Otáñez es la huella cervantina más concreta en Calderón. El paralelismo entre las escenas de don Quijote y Clavileño, y Otáñez y su encantamiento, es evidente[5].

Pues bien, en las próximas entradas me propongo analizar con detalle la relación entre ambos pasajes, deteniéndome especialmente en el estudio de la función de burla que desempeñan ambos episodios en el contexto de las respectivas obras en que se insertan. Para ello, bueno será comenzar recordando los principales datos del episodio de Clavileño en el Quijote.


[1] Ver, al menos, estos trabajos: Fred Abrams, «Imaginería y aspectos temáticos del Quijote en El alcalde de Zalamea», Duquesne Hispanic Review, 5, 1966, pp. 27-34; Ignacio Arellano, «Cervantes en Calderón», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 9-35; Jean Canavaggio, «En torno al Dragoncillo. Nuevo examen de una reescritura», en Estudios sobre Calderón, ed. Antonio Navarro, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1988, pp. 9-16; Franco Meregalli, «Cervantes en Calderón», en Antonella Cancellier, Donatella Pini Moro y Carlos Romero (eds.), Atti delle Giornate Cervantine, Padua, Unipress, 1995, pp. 127-135; Antonio Regalado, «Cervantes y Calderón: el gran teatro del mundo», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 407-417; Alberto Sánchez, «Reminiscencias cervantinas en el teatro de Calderón», Anales cervantinos, VI, 1957, pp. 262-270; Ana Suárez Miramón, «Cervantes en los autos sacramentales de Calderón», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 511-537; José Carlos de Torres, «“Enquijotóse mi amo” o el tema del caballero idealista en las comedias de Calderón», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (III-CINDAC), Mallorca, Universidad de las Islas Baleares, 1998, pp. 619-629; y Edward M. Wilson, «Calderón y Cervantes», en Hans Flasche y Robert D. F. Pring-Mill (eds.), Hacia Calderón. Quinto Coloquio Anglogermano Oxford 1978, Wiesbaden, Franz Steiner Verlag, 1982, pp. 9-19.

[2] Sánchez, «Reminiscencias cervantinas en el teatro de Calderón», pp. 262 y 270, respectivamente.

[3] Wilson, «Calderón y Cervantes», pp. 9, 17 y 18, respectivamente.

[4] Ver la referencia completa de sus trabajos en la nota 1.

[5] Ángel Valbuena Briones, «Nota preliminar» a El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, Madrid, Aguilar, 1956, p. 126.

Algo más sobre Cide Hamete Benengeli

Cide Hamete BenengeliCon respecto a Cide Hamete Benengeli, se han barajado múltiples interpretaciones relativas a su «identidad»[1]. El primero que da una etimología popular es el propio Sancho, quien en II, 2 deforma el nombre en Cide Hamete Berenjena y comenta que «por la mayor parte he oído decir que los moros son amigos de berenjenas» (p. 645). Dejando aparte esta explicación jocosa, los estudiosos han añadido hipótesis numerosas y diversas; así, algunos interpretan el nombre de esta manera: Cide (Señor) Hamete (que más alaba al Señor) Ben-engeli (hijo del Evangelio); otros, en cambio, creen ver en Cide Hamete Benengeli un anagrama casi perfecto de Miguel de Cervantes; otros encuentran en tal nombre una alusión a la comedia El Hamete de Toledo de Lope de Vega; otros lo vinculan con el término bengerinel, ‘hijo de Miguel’… Hay, en fin, muchas otras propuestas[2]. Sea como sea, coincido con Márquez Villanueva cuando señala que Cide Hamete es

el foco cristalizador de la estructura narrativa del Quijote. Tangible y evanescente a la vez, se halla dotado, igual que Dulcinea, de un ser literario que lo sitúa un escalón por encima y un escalón por debajo del plano «real» de la novela[3].

En fin, se podría concluir esta entrada señalando con Jean Canavaggio que Cide Hamete es «la más fascinante de las máscaras inventadas por Cervantes para disimularse y excitar así nuestra curiosidad»[4].


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

[2] Ver Santiago López Navia, «El autor ficticio Cide Hamete Benengeli en el texto del Quijote», en La ficción autorial en el «Quijote» y en sus continuaciones e imitaciones, Madrid, Universidad Europea-Cees Ediciones, 1996, pp. 43-151.

[3] Francisco Márquez Villanueva, «Fray Antonio de Guevara y Cide Hamete Benengeli», en Fuentes literarias cervantinas, Madrid, Gredos, 1973, p. 254. Más detalles y una bibliografía más completa sobre este aspecto en Santiago López Navia, La ficción autorial en el «Quijote» y en sus continuaciones e imitaciones, Madrid, Universidad Europea-Cees Ediciones, 1996.

[4] Jean Canavaggio, «Vida y literatura: Cervantes en el Quijote», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, p. XLVI.

Esquema de las voces narrativas del «Quijote»

En un segundo nivel de enunciación nos encontramos con un narrador-segundo autor que narra basándose en la lectura previa de fuentes diversas, que constituyen el tercer nivel de enunciación. Dentro de esas fuentes, existe una que se va a convertir en la fundamental a partir de I, 9, como he señalado en la entrada anterior: la de Cide Hamete, que es accesible merced a una traducción.

Cide Hamete Benengeli

En esquema, combinando todos los factores mencionados, tendríamos el siguiente esquema de las voces narrativas del Quijote:

DON QUIJOTE, SANCHO Y LOS DEMÁS PERSONAJES
(diálogos, monólogos, discursos…)

NARRADOR-SEGUNDO AUTOR
(narración que se basa en la pesquisa de materiales)

AUTORES VARIOS
(fuentes, anales de la Mancha y Cide Hamete Benengeli)

CIDE HAMETE BENENGELI
(autor identificado: historiador arábigo, pero ¿verdadero o mendaz?)

TRADUCTOR

(morisco aljamiado que hace de mediador)

AUTOR FINAL
(Cervantes, «padrastro» de don Quijote y del Quijote)

Como podemos apreciar, este complejo esquema —que aquí he perfilado tan solo en sus líneas esenciales— nos habla de una narración sumamente compleja, en la que muchas veces entra en juego la ambigüedad (historia / ficción, verdad / mentira…), el multiperspectivismo narrativo, el distanciamiento del autor real, Cervantes, con relación a la materia narrada y sus personajes, etc. Este carácter metanarrativo (la narración habla de la narración) es un aspecto de enorme modernidad que ha generado abundante bibliografía.

Cide Hamete Benengeli y la técnica de los «papeles hallados» en el «Quijote»

Cide Hamete BenengeliY, así, desde este punto del capítulo I, 9, la única fuente será este texto de Cide Hamete Benengeli[1]; va a ser, por tanto, un historiador arábigo quien cuente la historia de un caballero cristiano, lo que no deja de ser irónico: para un cristiano de aquella época, todo lo relacionado con el mundo musulmán presentaba connotaciones negativas; en concreto, los árabes tenían fama de mentirosos, de ahí que el origen arábigo del historiador de los hechos de don Quijote pudiera resultar altamente sospechoso en punto a su veracidad. Este será un aspecto puesto de relieve por el propio don Quijote en la II Parte, cuando se entere de quién es el sabio que cuenta sus aventuras:

… desconsolóle pensar que su autor era moro, según aquel nombre de Cide, y de los moros no se podía esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas. Temíase no hubiese tratado sus amores con alguna indecencia que redundase en menoscabo y perjuicio de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso; deseaba que hubiese declarado su fidelidad y el decoro que siempre la había guardado… (II, 3, p. 646).

En definitiva, el hallazgo de estos papeles permite al narrador o segundo autor reanudar la aventura interrumpida del vizcaíno, y contar, mediando la traducción, todas las que vienen después, incluidas las de la Segunda Parte. Recordemos que el capítulo primero del Quijote de 1615 comienza con estas palabras:

Cuenta Cide Hamete Benengeli en la segunda parte desta historia, y tercera salida de don Quijote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes sin verle… (p. 625).

Esta técnica de los «papeles hallados» era un recurso habitual en las novelas de caballerías, y su utilización por parte de Cervantes es un aspecto más de la parodia de tales obras. Sin embargo, aquí pasa a formar parte de un entramado narrativo mucho más complejo que tiene rasgos de plena modernidad. En efecto, en el Quijote se manejan, como vamos viendo, distintos niveles de enunciación. Tenemos por un lado a los personajes que se comunican a través de diálogos (forma predominante en esta novela), monólogos y discursos. A su vez, desde el nivel de los personajes, don Quijote, conocedor del género caballeresco, sabe que todo caballero debe tener un sabio historiador que cuente sus hazañas. Recordemos el célebre pasaje en el que, tras salir de casa, imagina cómo se contará su historia:

Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo:

—¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?: «Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos…» (I, 2, p. 46).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

El «Quijote»: la «historia de la narración» (y 2)

Otro hito importante para desentrañar la compleja construcción narrativa del Quijote lo encontramos al final del capítulo octavo, cuando queda suspendida la aventura del vizcaíno[1]: don Quijote y el escudero están peleando y el capítulo termina cuando ambos están con las espadas en alto, sin que se narre el desenlace.

Combate de don Quijote con el vizcaíno

Este recurso suspensivo, que ya había sido utilizado por Ercilla en La Araucana, cobra aquí un valor especial, pues el narrador confiesa que se le ha acabado el material, es decir, no puede contar al lector el resultado final de esa aventura porque no tiene una fuente que se lo detalle. Leemos ahí:

Pero está el daño de todo esto que en este punto y término deja pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas hazañas de don Quijote, de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autor desta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha, que no tuviesen en sus archivos o escritorios algunos papeles que deste famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin desta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en la segunda parte (II, 8, p. 104).

En efecto, en el capítulo noveno el narrador, que se ha declarado segundo autor, cuenta las peripecias que vive para encontrar la continuación de la aventura. Se nos ofrece, por tanto, la historia de la narración, cuyo «personaje» es este segundo autor. Estamos, por tanto, ante un narrador-lector que va a contarnos la historia de las pesquisas llevadas a cabo por él para hallar la continuación de los hechos de don Quijote:

Causóme esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leído tan poco se volvía en disgusto, de pensar el mal camino que se ofrecía para hallar lo mucho que a mi parecer faltaba de tan sabroso cuento (I, 9, p. 105).

Afortunadamente, el narrador encuentra un día por casualidad, en el Alcaná de Toledo, un cartapacio con diversos papeles escritos en árabe que, a la postre, resultarán ser la historia de don Quijote. Por desconocer el idioma, este segundo autor debe recurrir a un morisco aljamiado para que le traduzca tales documentos. Es entonces cuando, al sentir las risas del traductor, descubre gustoso que ha encontrado lo que andaba buscando:

Preguntéle yo de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo:

—Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha».

Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo (p. 108).

[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

El «Quijote»: la «historia de la narración» (1)

Quijote3Uno de los aportes de mayor modernidad en el Quijote reside en el terreno de las técnicas narrativas[1]. La obra de Cervantes no solo nos cuenta la historia de unos personajes, sino que incorpora a la narración la historia de la propia narración. Esto va a suponer la introducción de un complejo juego de perspectivas y de voces narrativas. Evidentemente, el autor de la novela es Miguel de Cervantes Saavedra, quien en el prólogo de la Primera Parte confiesa que «aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote» (p. 10). Que el autor se confiese padrastro de su personaje —por extensión, de la obra entera— puede causar extrañeza a quien va leyendo estas líneas del prólogo, pero la afirmación de Cervantes se va a aclarar, va a cobrar pleno sentido más adelante, como explicaré en una próxima entrada.

La historia de las aventuras de don Quijote es presentada por un narrador personal que se manifiesta ya en las primeras líneas de la obra: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…» (I, 1, p. 35; cursiva mía). Es una voz que no corresponde a la de un personaje protagonista de los sucesos que se van a narrar, es decir, no estamos ante un narrador protagonista como el de la novela picaresca. Sin embargo, tampoco se trata del tradicional narrador en tercera persona característico de la novela de caballerías. Es el del Quijote un narrador que no sabe todo acerca de los hechos que va a contar o, dicho de otra forma, tiene un conocimiento limitado de la materia objeto de su narración. En muchos momentos este narrador se declara dependiente de fuentes anteriores, por ejemplo en ese mismo capítulo I, 1, cuando alude a un detalle tan importante como el nombre de su protagonista:

Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada» o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana» (pp. 36-37; destacado mío).

Y en el capítulo I, 2 añade:

Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre (p. 48; destacados míos).

Es decir, el narrador maneja distintas fuentes (autores, los anales de la Mancha…) que le brindan información acerca de las andanzas de don Quijote. De esta forma, este narrador aparece como un compilador de la historia, una especie de pseudo-historiador que trata de presentar todos los hechos narrados como una «historia verdadera». De hecho, sintagmas de este tipo («verdadera historia», «grande historia», «puntual y verídica historia»…) se repiten continuamente a lo largo del relato y en los títulos de los capítulos.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Personajes femeninos del «Quijote»: las mujeres de la nobleza

Otro grupo femenino presente en el Quijote, aunque no muy representado, es el de las mujeres de la nobleza[1]. Podemos recordar, por ejemplo, a doña Guiomar, que aparece en la historia de Roque Guinart, o a la esposa de Antonio Moreno. Pero la única que alcanza un desarrollo más amplio es la Duquesa, a la que vemos por vez primera vestida de cazadora.

Encuentro de don Quijote con la Duquesa

Pero además de ser una gran amazona, es también lectora de novelas de caballerías, y de la Primera Parte del Quijote, y será precisamente el conocimiento de la historia del loco caballero y su simplón escudero lo que le lleve a tramar —junto con su marido— diversas burlas, no exentas de crueldad, de las que ambos son objeto. Los Duques constituyen un buen ejemplo de la nobleza cortesana y ociosa, tan criticada por Cervantes en el Quijote de 1615.

A los Duques se suma en las burlas una de las damas de su Corte, la cruel Altisidora, mujer que urde la escena del «temeroso espanto cencerril y gatuno» (II, 46) y la burla de los pellizcos y alfilerazos, y que se finge muerta de amor por el desdén de don Quijote, para luego «resucitar» como por milagro y desengañarlo despiadadamente.

Altisidora

En conclusión, Cervantes, aprovechando diversos modelos y tipos de mujer que la literatura le ofrecía, crea un rico universo femenino al incorporar en su caracterización el elemento de humanidad. De esta forma, nos entrega un completo retrato de la mujer en general y de diversas mujeres, muy individualizadas, en particular. De ahí que Azorín afirmara que, si hubiera que ponerle otro título al Quijote, este debería ser Un hombre y varias mujeres.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Otras mujeres del «Quijote»: Maritornes y doña Rodríguez

Quedan por examinar algunos personajes femeninos de relevancia[1]. Un caso particular es el de Maritornes, sirviente de la venta de Juan Palomeque, de la que se nos ofrece un retrato típicamente barroco que responde al canon de la turpitudo et deformitas (torpeza y deformidad). Sus rasgos físicos contradicen las ideas neoplatónicas, según las cuales la belleza externa se identifica con la interna, la del cuerpo con la del alma. Maritornes es fea por fuera, es horrible físicamente, pero tiene buen corazón (por ejemplo, se muestra compasiva con Sancho tras el manteo). Aparte, representa la carnalidad y así, cuando acude a su cita nocturna con el arriero, provoca la confusión del cuaresmal don Quijote, al pensar este que la «doncella» viene a verlo a él para solicitarlo de amores.

Maritornes

Otro caso digno de mención es el de doña Rodríguez, sirvienta de la casa ducal, que responde al tipo de la dueña, tópicamente ridiculizado en la literatura satírico burlesca aurisecular, pero aquí es también un personaje caracterizado en profundidad. En efecto, doña Rodríguez tiene un conflicto, es una víctima más de los Duques. Es la única persona que cree, en ese contexto festivo y burlón, que don Quijote es un caballero de verdad, y le pide ayuda para vengar a su hija, que ha sido deshonrada por el hijo de un prestamista del Duque.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Personajes femeninos del «Quijote»: el territorio de la aventura (y 4)

La historia de doña Clara y don Luis ejemplifica un caso de amor adolescente, que aquí lleva al muchacho a disfrazarse de mozo de mulas para ir en busca de la bella joven[1]. Otro es el caso de Leandra, cuyos enamorados lloran por su desdén y se han hecho fingidos pastores (emulando a los de la felice Arcadia).

In Arcadia, de Friedrich August von Kaulbach

Tras escapar con el soldado Vicente de la Roca, que la ha enamorado, es abandonada; y aunque no ha sido deshonrada, nadie le cree y ha de terminar sus días encerrada en un convento.

La hija de Diego de la Llana (protagonista de un episodio del Quijote de 1615, en el contexto de la ronda nocturna de Sancho en la Ínsula Barataria) tiene dieciséis años y es «hermosa como mil perlas» (p. 1029). Encerrada siempre en su casa, escapa vestida de varón para conocer el mundo; es una bella víctima del tedio que, según Américo Castro, encierra el germen de una madame Bovary. Y también en la Segunda Parte encontramos otra mujer «de armas tomar», Claudia Jerónima, la mujer vengativa que mata por celos a su amado.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Personajes femeninos del «Quijote»: el territorio de la aventura (3)

Baños de ArgelAl capitán cautivo, protagonista de otra historia intercalada, una mujer lo ayuda a escapar y lo acompaña con el fin de ser su esposa y hacerse cristiana[1]: se trata de Zoraida, cuyo modelo es la dama misteriosa y exótica de las novelas moriscas. La hija de Agi Morato es bella y astuta y lucha para conseguir su libertad, en el plano amoroso y en el de la religión: quiere ser cristiana y seguir a Lela Marién (la Virgen María) y la solución a su conflicto es la huida con el capitán cautivo, aunque ello le suponga abandonar a su padre y todo su mundo (aspecto juzgado duramente, en sentido negativo, por un sector de la crítica).

El catálogo de las mujeres del mundo morisco se completa con Ana Félix, la hija de Ricote, protagonista de un episodio de la Segunda Parte vinculado al drama de la expulsión de España tras los edictos de Felipe III.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.