«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: estructura y contenido

NovelistaDescubre.jpgEl libro de Miguel Delibes Un novelista descubre América[1] consta de una dedicatoria, un prólogo y dieciséis capítulos numerados en romanos: «Volando hacia Río de Janeiro», «Interpretación de Buenos Aires, una ciudad en marcha», «Argentina sigue siendo el país de las oportunidades», «Un país que ha puesto puertas al campo», «El gigantesco espectáculo de los Andes», «La superficie de Chile es alargada… e inestable», «Santiago: el decorado se traga la obra», «El chileno es un andaluz al baño maría», «Los chilenos mueren del corazón», «Juan Verdejo ‘el Roto’», «La cocina criolla es tan compleja como contradictoria», «Un paraíso para cazadores y pescadores», «Norte y Sur: dos paisajes, dos tipos, dos formas de vida», «El ocaso del indio araucano», «Valparaíso y Concepción, pilares provincianos» y «Mesa revuelta y punto final». Tal vez convenga recordar algunas palabras del prólogo, en las que Delibes nos advierte acerca del carácter de «escritos a vuelapluma» que tienen estas crónicas, que nos transmiten una impresión de cercanía y sinceridad con respecto a «lo visto y lo vivido»:

Uno está al cabo de la calle de que elaborando pacientemente estos materiales de que dispone, reunidos con cierta constancia e indiscutible amor en reciente viaje a Sudamérica, hubiera conseguido un volumen macizo, de ardua digestión; uno de esos hermosos volúmenes que incitan al lector a pensar del autor que está amplia, profusa, penosamente documentado. Está bien. Uno pudo hacer eso y, sin embargo, no lo hizo, porque, de haberlo hecho, uno, con el corazón en la mano, no se hubiera quedado a gusto. Uno, honradamente, ha preferido no manipular estos materiales porque acontece, en ocasiones, que en fuerza de dar vueltas a las cosas, de inducir y deducir, de dejarse arrastrar por apariencias causales, el escritor termina escribiendo «blanco» donde quiso —y debió— escribir «negro». En estos negocios de los viajes, nada como la primera impresión; el destello inicial que viola la conciencia virgen es lo que vale. La reflexión posterior no consigue sino deformar las cosas. […] Vayan, pues, al lector mis leves impresiones sobre Sudamérica tal y como nacieron. Tal vez de este modo no resulten profundas, pero a trueque —y uno cree lealmente que jugamos con ventaja— pueden ser espontáneas y hasta sinceras (pp. 9-10).

Estoy plenamente de acuerdo con José Francisco Sánchez, quien ha sintetizado las características de estos escritos, poniendo de relieve su adscripción al género periodístico antes bien que al literario:

Estas primeras crónicas de viaje —sin duda influenciadas en alguna medida por las que Pla y otros escritores de Destino enviaban a esta revista— fijan casi todas las características que mantendrá, en adelante, para las crónicas de este tipo. Aunque Delibes recopilaría con el tiempo todas sus crónicas de viaje en diversos libros, éstos no son propiamente «libros de viaje», en el sentido que de modo habitual se otorga a tal género literario, sino lo dicho: un compendio de crónicas periodísticas. Delibes, ante todo, hacía periodismo. Es decir, pretendía informar antes que hacer literatura. Escribe para los lectores de periódicos, no para ese otro público, mucho más reducido, que compra o lee los libros de viajes. Pero tampoco son informes asépticos: normalmente sus crónicas carecen de datos estadísticos, de citas, de referencias a estudios y manuales. Delibes describe desde sí mismo, desde sus propias y personalísimas impresiones —no se documenta previamente sobre el país que pretende visitar—, pero pensando en cómo verían sus lectores eso mismo que él ve y describe. Y precisamente porque al hombre le interesa, primero que nada, el hombre. Nada parece interesarle —ni siquiera el paisaje— sino en conexión inmediata con la vida del hombre. Todo ello lleva consigo un alud de consecuencias prácticas en su estilo. Concebirá, por ejemplo, todas sus crónicas de viaje como una conversación con el lector[2].

El contenido esencial del libro es, por tanto, el hombre y su marco físico o, dicho con otras palabras, el paisaje y el paisanaje. Por otra parte, Sánchez destaca que Delibes no narró sus impresiones por orden cronológico, sino agrupándolas por temas. En las entradas que seguirán, trataré de sintetizar esas impresiones que despertó en Delibes su estancia en Chile en torno a dos grandes apartados: el escenario físico, por un lado, y la sociedad (tipos y costumbres), por otro, con una referencia final sobre el habla del país andino[3].


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] José Francisco Sánchez, Miguel Delibes, periodista, Barcelona, Destino, 1989, p. 116.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

Miguel Delibes: un viaje a América, dos obras literarias

Miguel_DelibesEn la primavera de 1955, invitado por el Círculo de Periodistas de Santiago de Chile, Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) realizó su primer viaje a América. Voló desde el aeropuerto de Barajas el 26 de marzo, para regresar a España en los primeros días de junio. Dejando de lado las escalas en Brasil, Uruguay y Argentina, en su viaje el periodista tuvo la oportunidad de conocer, con cierta profundidad, Chile y sus gentes. Dictó conferencias en Santiago, Valparaíso y Concepción y escribió una serie de dieciséis artículos para El Norte de Castilla que aparecieron bajo el título «Del otro lado del charco». Esas crónicas se recopilarían al año siguiente en el libro Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (Madrid, Editora Nacional, 1956[1]). Dos años después, ese conocimiento directo de la realidad chilena volvería a transformarse, ahora no en materia periodística sino literaria, en su novela Diario de un emigrante (1958), continuación de Diario de un cazador, con el bedel Lorenzo y su esposa Ana trasladados a Chile como emigrantes en busca de fortuna. La génesis de esta novela la explicaba Delibes a César Alonso de los Ríos con estas palabras:

Diario de un cazador salía el mismo día que yo cogía el avión para Chile. Me llevaron el primer ejemplar al aeropuerto. De manera que mi lectura del Diario de un cazador durante la travesía me dejó tan reciente la conciencia de Lorenzo que, cuando me enfrenté con Sudamérica, lo vi todo a través de los ojos del cazador. Era ya una especie de obsesión llegar a Río de Janeiro y pensar qué diría Lorenzo de esta ciudad, de este «traumatismo», qué diría Lorenzo de este campo, qué diría Lorenzo de estas perdices. De manera que lo del emigrante vino rodado[2].

Y, de forma similar, se expresa en el prólogo al tomo II de su Obra Completa:

Cuando yo volé a Chile en marzo de 1955, Vázquez Zamora me llevó al aeropuerto el primer ejemplar de Diario de un cazador, lo que quiere decir que la primera lectura de mi libro coincidió con mi viaje a Sudamérica. Dado el contagio antedicho [alude al de las expresiones populares] y los profundos relejes que la concepción y gestación del diario de Lorenzo habían dejado en mi cerebro, no tiene nada de particular que yo me enfrentase a la realidad americana desde una mentalidad pareja a la de Lorenzo y, en consecuencia, mis ojos romos y vírgenes reaccionasen ante las nuevas formas de vida que aquel continente me brindaba lo mismo que hubieran reaccionado los del sencillo protagonista de mi libro. […] Yo miraba las cosas con ojos de Lorenzo y mis cacerías en Melipilla, ante la tórtola andina o la perdiz cordillerana, me invitaban a sentar un juicio, pero, antes que mi propio juicio, yo sentaba el de Lorenzo que, en definitiva, era yo, pero un «yo» rebajado. Así se fraguó, impensadamente, el Diario de un emigrante[3].

Como es lógico, la crítica ha señalado la clara relación existente entre ambos libros «americanos»; por ejemplo, Amparo Medina-Bocos, en su estudio preliminar a la edición de la novela, escribe:

La lectura en paralelo de Un novelista descubre América y Diario de un emigrante depara no pocas sorpresas. Sorprende, en primer lugar, comprobar hasta qué punto las experiencias del viajero Delibes se convierten en materia novelesca en el nuevo diario de Lorenzo. Hasta cincuenta referencias similares aparecen en ambas obras: observaciones sobre costumbres, paisajes, tipos, gastronomía, anécdotas realmente vividas o conocidas por Delibes en su estancia en el país andino se incorporan a la experiencia chilena del cazador castellano. Desde el momento en que Lorenzo y su mujer llegan a Río, las anotaciones de viaje de Delibes y lo que Lorenzo escribe en su diario resultan asombrosamente coincidentes (p. XVI).

Pero matiza, acertadamente, respecto al tono diferente que presentan ambos discursos:

La lectura simultánea de los dos textos delibeanos permite no sólo constatar coincidencias sino algo aún más fascinante: comprobar cómo una misma realidad se encuentra verbalizada de dos formas tan distintas. La objetividad del Delibes periodista contrasta con la expresividad del discurso de Lorenzo, lo que en Por esos mundos es pura referencia se convierte en discurso emotivo, en expresión de sentimientos (asombro, sorpresa, emoción…) cuando es el cazador quien lo enuncia (p. XVII)[4].

Por su parte, Ramón García Domínguez apunta que «en ambos libros es fácil reconocer que el paisaje, los escenarios y la galería de tipos son prácticamente los mismos»[5] (p. 174), y también un cotejo de ambas obras lo ofrece Marta Portal, al estudiar la construcción de la novela sobre la falsilla del libro de viajes[6].

Las impresiones de Chile que Delibes dejó reflejadas tanto en el libro recopilatorio de sus crónicas de viaje como en la novela posterior son muy precisas: tanto el periodista Delibes como el escritor Delibes supieron captar con notable acierto —y también, lo adelanto ya, con mucho humor— los principales aspectos (geográficos, sociales, culturales, económicos…) del Chile de mediados del siglo XX, así como la idiosincrasia de sus habitantes, sus costumbres o su peculiar forma de hablar y su léxico (dará entrada, por ejemplo, a varios chilenismos léxicos y otros giros lingüísticos). Dado que la novela Diario de un emigrante ha recibido más atención por parte de la crítica[7], voy a centrar mis comentarios de las próximas entradas en Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), obra cuyo contenido quizá no resulte demasiado conocido en el propio país objeto de la visita. Puede decirse que, en su viaje, Delibes descubre Chile, y con su libro nos lo describe: capta la realidad del país con la atenta mirada de un periodista despierto y nos transmite sus impresiones añadiendo, pudiéramos decir sin casi exagerar, la finura de análisis de un experto sociólogo[8].


[1] Cito por esta edición, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010). Ver también la muy reciente biografía de Ramón García Domínguez, Miguel Delibes, de cerca, Barcelona, Destino, 2010. Otros trabajos interesantes para contextualizar al autor son los de Edgar Pauk, Miguel Delibes: desarrollo de un escritor (1947-1974), Madrid, Gredos, 1975; Alfonso Rey, La originalidad novelística de Miguel Delibes, Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 1975; Ramón García Domínguez, Miguel Delibes: un hombre, un paisaje, una pasión, Barcelona, Destino, 1985; Manuel Alvar, El mundo novelesco de Miguel Delibes, Madrid, Gredos, 1987; Cristóbal Cuevas García (dir.) y Enrique Baena Peña (coord.), Miguel Delibes: el escritor, la obra y el lector, Barcelona / Málaga, Anthropos / Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga, 1992; y José Jiménez Lozano (dir.), El autor y su obra: Miguel Delibes. Madrid, Actas, 1993.

[2] César Alonso de los Ríos, Conversaciones con Miguel Delibes, Madrid, Magisterio Español, 1971, p. 137.

[3] Miguel Delibes, Prólogo al tomo II de su Obra Completa, Barcelona, Destino, 1966, pp. 14-15.

[4] Y más adelante remacha: «El aprovechamiento masivo de lo observado por el Delibes periodista para la construcción de su novela es claro. Y evidente es, asimismo, la maestría con que lo escrito por el reportero cambia de registro al ser puesto en boca del personaje novelesco» (p. XXIII). Ver también Gloria Inés Sanabria Martínez, Presencia de América en la novelística de Camilo José Cela, Miguel Delibes y Gonzalo Torrente Ballester, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2001.

[5] Ramón García Domínguez, «El mundo y yo. (Libros de viajes de Miguel Delibes)», en Ramón García Domínguez y Gonzalo Santonja (eds.), El autor y su obra: Miguel Delibes, Madrid, Actas, 1993, p. 174.

[6] Ver Marta Portal, «Diario de un emigrante, una lectura sobre falsilla», Especulo. Revista de Estudios Literarios, 28, 2004-2005, s. p.

[7] Pienso, especialmente, en el trabajo de Marta Portal mencionado en la nota anterior y también en el de Susanna Regazzoni, «L’America nel Diario de un emigrante di Miguel Delibes», Studi di Letteratura Ispano-americana, 10, 1980, pp. 129-133.

[8] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

El soneto «Caupolicán» de Rubén Darío

Este soneto en alejandrinos (versos de catorce sílabas divididos por una cesura interna en dos hemistiquios de 7 + 7; es un tipo de forma estrófica muy cultivada por los poetas parnasianos franceses) pertenece al poemario Azul… de Rubén Darío. Publicado originalmente el 1 de noviembre de 1888 en La Época de Santiago de Chile con el título de «El toqui», fue incluido después en la segunda edición de Azul… (Guatemala, 1890), en la sección añadida de «Sonetos áureos» (que pasaría a ser «Sonetos» en la nueva edición de Buenos Aires, 1905). Se trata de una evocación modernista del mítico caudillo araucano Caupolicán y, más concretamente, de la prueba de resistencia física (cargar un tronco sobre sus hombros) en la que logra imponerse a los demás guerreros de Arauco, siendo elegido de esta forma toqui (capitán, jefe militar) para comandar la lucha contra los españoles. La figura heroica de Caupolicán ha dado lugar a numerosas evocaciones literarias, desde la propia Araucana de Ercilla hasta este famoso soneto de Rubén Darío (y otras evocaciones líricas debidas a José Santos Chocano y a Pablo Neruda), pasando por obras teatrales del Siglo de Oro español (con el Arauco domado de Lope de Vega a la cabeza), romances, novelas históricas, dramas y piezas musicales del siglo XIX, junto con otros destacados hitos textuales que llegan hasta nuestros días[1].

Carmen Ruiz Barrionuevo ha resumido los datos esenciales sobre el poema de Darío (fuente, datación, referencias míticas y bíblicas que contiene, etc.):

Hace referencia al conocido episodio heroico del Canto II (octavas 35-58) de La Araucana de Alonso de Ercilla, donde el anciano Colocolo propone: «mas ha de haber un capitán primero / que todos por él quieran gobernarse. / Éste será quien más un gran madero / sustentase en el hombro sin pararse» (Alonso de Ercilla, La Araucana, ed. de Isaías Lerner, Madrid, Cátedra, 1993, pág. 116).

El uso por parte de Darío de un tema heroico del pueblo araucano responde a la apropiación de una época edénica y a la ejecución de un ideal indianista, además de entrañar un homenaje a Chile, donde residía desde 1886, mediante uno de los personajes más notables de su poema épico nacional. Caupolicán, al que se compara con héroes mitológicos y bíblicos, Hércules, Sansón (v. 4) o Nemrod (v. 7), «el heroico cazador ante Yaveh» (Génesis, 8-10), es elegido toqui (v. 12), general en lengua araucana, y puede simbolizar en el presente un ejemplo vivo para la nueva generación.

Fechado en noviembre de 1888, está dedicado a Enrique Hernández Miyares (1859-1914), poeta y periodista cubano, director de La Habana elegante. Fue publicado el 1 de este mismo mes en La Época de Santiago de Chile con el título de «El toqui», junto a otros dos poemas que no recogió, agrupados todos bajo el título de «Sonetos americanos». Se apuntaba en una nota que formaban parte de un nuevo proyecto de Darío.

Destaca cómo el autor sintetiza el episodio original adaptándolo a la sensibilidad de su tiempo y a la novedad de un soneto en alejandrinos, con lo que inicia la rehabilitación de este metro en la poesía contemporánea. (Véase Homero Castillo, «Caupolicán, en el modernismo de Darío», en Revista Iberoamericana, 37, XIX [1953], págs. 111-118; y de modo más general para la significación de estos sonetos: Ricardo Llopesa, «Los sonetos de Azul… como origen de la renovación en la poesía de lengua castellana», en Ínsula [1889, sic por 1989], 510, págs. 7-8)[2].

Caupolican_Tronco2.jpg

Este es el texto del soneto:

A Enrique Hernández Miyares

Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: «Basta»,
e irguiose la alta frente del gran Caupolicán[3].


[1] Para estas recreaciones de la figura, los hechos y el carácter del cacique araucano, pueden verse, entre otros, los siguientes trabajos: Eduardo Toda Oliva, «Arauco en Lope de Vega», Nuestro Tiempo, 17, 1962, pp. 48-71; Valentín de Pedro, «Homenaje a Lope de Vega del Instituto Nacional de Estudios de Teatro: Lope de Vega diviniza a Caupolicán», Revista de Estudios de Teatro, 6, 1963, pp. 5-14; Fidel Sepúlveda, «Huellas de La Araucana en las letras hispánicas», en Jorge Román-Lagunas et al., Don Alonso de Ercilla, inventor de Chile, Santiago de Chile, Universidad Católica de Chile / Pomaire, 1971, pp. 137-159; José Durand, «Caupolicán, clave historial y épica de La Araucana», Revue de Littérature Comparée, 205-208, 1978, pp. 367-389; Claudio Cifuentes Aldunate, «Caupolicán: creación y recreaciones de un mito», Versants (Genève), 4, 1983-1984, pp. 59-76; Melchora Romanos, «La construcción del personaje de Caupolicán en el teatro del Siglo de Oro», Filología (Buenos Aires), XXVI, núms. 1-2, 1993, pp. 183-204; Miguel Ángel Auladell Pérez, «De Caupolicán a Rubén Darío», América sin nombre, 5-6, diciembre de 2004, pp. 12-21; José Promis, «Formación de la figura literaria de Caupolicán en los primeros cronistas del Reino de Chile», en Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa (eds.), Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 195-219; y Carlos Mata Induráin, «La guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, diciembre de 2011, pp. 171-186, y «El imaginario indígena en el Arauco domado de Lope de Vega», Taller de Letras, Número especial 1, 2012, pp. 229-252.

[2] Carmen Ruiz Barrionuevo, en Rubén Darío, Antología poética, edición y guía de lectura de…, Barcelona, Planeta (Austral), 2017, pp. 75-76.

[3] Cito por Rubén Darío, Obra poética, ed. de Ignacio Zuleta, Barcelona, Edhasa (Castalia), 2016, p. 281.

El soneto «A un Cristo crucificado» de Manuel José de Oteiza

De la producción literaria del agustino Manuel José de Oteiza y Dongo (Santiago de Chile, 1742-Talca, 1798) se nos han conservado algunos sonetos y décimas, además del poema titulado Liberto penitente, una glosa de los Salmos de David que quedó sin terminar. Ya en una entrada anterior comenté su «Décima a una flor nacida en un cráneo», buen ejemplo del tema del desengaño barroco. Hoy copiaré uno de los sonetos que se le atribuyen, «A un Cristo crucificado»:

CristoCrucificado.JPG

¡Dios de mi alma! ¡Vos crucificado!
Y siendo el sumo gozo y alegría…
Sujeto a las tinieblas y agonía,
y del cabello al pie todo llagado…

De sacrílegas lenguas blasfemado,
de la gente cruel que os perseguía…
¡Todo por mi dolor y causa mía!
¡Y estoyme yo de asiento en un pecado!

Ya no pienso, Señor, más ofenderos.
Antes a Vos, de nuevo convertido,
hacer enmienda de mis tratos vanos;

que yo seguro estoy de no perderos,
pues para remediarme os tengo asido
y clavado en la Cruz de pies y manos[1].


[1] Cito por Ginés Albareda y Francisco Garfias, Antología de la poesía hispanoamericana. Chile, Madrid, Biblioteca Nueva, 1961, pp. 101-102 (en el v. 8 tal vez fuera mejor lectura «mi pecado»). En las pp. 18-19 de su estudio introductorio los editores recogen los escasos datos biográficos del autor de que disponemos.

«Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza», de nueve ingenios: conclusión

A modo de conclusión[1], cabe destacar que en esta comedia de nueve ingenios, Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete[2], la cual forma parte de la campaña de propaganda que la familia Hurtado de Mendoza desarrolló durante tres décadas largas[3], se pone más de relieve la actuación militar de don García, como sucede también en el Arauco domado de Lope, y no se atiende tanto a su faceta de gobernador prudente, nuclear en la obra de Ávila ya desde su propio título, ni se incide tampoco en los elementos religiosos.

Portada de Algunas hazañas...

Desde el punto de vista literario, Algunas hazañas se nos presenta como una obra de desigual calidad y de poca enjundia dramática. Con escasa acción sobre las tablas, pese a las idas y venidas de tantos personajes, se deja todo a la fuerza de la palabra y prevalece la yuxtaposición de largos parlamentos por sobre la acción, que no queda dramáticamente bien imbricada[4]. Es posible que la colaboración de los nueve ingenios pretendiera emular, como sugirieron algunos estudiosos, a las nueve musas; pero ya se ve que estas debían de andar distraídas en aquella ocasión, u ocupadas tal vez en otros asuntos más importantes, pues resulta patente que no les brindaron toda su inspiración y que, en justa consecuencia, los resultados dramático-literarios logrados por los nueve dramaturgos dejan mucho que desear.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Cito por la edición moderna de Lerzundi, que cuenta con numeración de los versos, pero modificando levemente, sin indicarlo, algunas grafías y la puntuación: Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, edited and annotated, with an Introduction, by Patricio C. Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2008. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, núm. 85, noviembre de 2013, pp. 203-227.

[3] Ver Victor Dixon, «Lope de Vega, Chile and a Propaganda Campaign», Bulletin of Hispanic Studies, LXX, 1993, pp. 79-95.

[4] Escribe Germán Vega García-Luengos, «Las hazañas araucanas de García Hurtado de Mendoza en una comedia de nueve ingenios. El molde dramático de un memorial», Edad de Oro, X, 1991, p. 207: «La coordinación de los distintos ingenios se esmeraría tan sólo en los insoslayables compromisos panegíricos. El único instrumento para llevarlos a cabo son las palabras, las muchas palabras enhebradas en interminables parlamentos. hay una confianza sin límites en la fuerza de las palabras, tanto en las dichas como en las escritas. […] Por el contrario, la acción, sustancia específica de lo dramático, no va a ningún lado».

«Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza», de nueve ingenios: el desenlace

Tras la cristiana muerte del toqui Caupolicán[1], los indios de la belicosa Arauco quedan por fin sojuzgados al poder, no de don García, sino del rey de España, en cuyo nombre el marqués de Cañete sabrá ser clemente y gobernar con justicia (tal como refleja el diálogo de los vv. 3148-3174)[2].

Don García Hurtado de Mendoza

Finalmente, se procede al reparto de premios y mercedes. Don García se ofrece para ser el padrino en la boda de Rengo y Guacolda, que se convierten al cristianismo y se van a bautizar. Afirma que el rey premiará a Rebolledo; y ninguno de sus soldados quedará «sin el premio merecido, / aunque de mi hacienda sea» (vv. 3190-3191). El ultílogo le corresponde al propio Rebolledo:

REBOLLEDO.- Y aquí Arauco, aquí su invicto
conquistador tenga fin,
aunque en la fama infinito (vv. 3192-3194).

Un detalle importante, para finalizar. El interlocutor último (o el primero, según se mire…) de este mensaje relativo a premios y mercedes no podía ser otro, dada la intencionalidad de la obra, que el propio rey de España, el cual habría asistido a la representación de la comedia en Palacio. La lección estaba clara, y además, a buen entendedor pocas palabras bastan: si don García había sabido ser generoso con los suyos, con todos los que le habían servido bien, igualmente debería serlo el monarca premiando espléndidamente a la familia de los Hurtado de Mendoza, en justa recompensa de los magníficos esfuerzos y servicios prestados a la Corona por uno de sus mejores servidores en Europa y América: don García Hurtado de Mendoza.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Cito por la edición moderna de Lerzundi, que cuenta con numeración de los versos, pero modificando levemente, sin indicarlo, algunas grafías y la puntuación: Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, edited and annotated, with an Introduction, by Patricio C. Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2008. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, núm. 85, noviembre de 2013, pp. 203-227.

El retrato de don García Hurtado de Mendoza en «Algunas hazañas…», comedia de nueve ingenios (y 11)

Un comentario aparte merece la actuación del marqués de Cañete, en la parte final de la comedia, con relación al bautismo y muerte de Caupolicán (los acontecimientos finales, igual que sucede en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila, se presentan aquí de forma distinta al desenlace del Arauco domado de Lope, diluyendo la responsabilidad de don García en la muerte del toqui araucano)[1]. El soldado que llega a anunciarle que Reinoso ha prendido a Caupolicán lo saluda de esta manera:

SOLDADO.- Ilustre blasón de España,
Mendoza al fin, que has traído
yugo a Arauco no vencido,
terror ya de su campaña,
el cielo tu esfuerzo ayuda (vv. 2901-2905)[2].

Le cuenta que aquel ha sentenciado a muerte al indio: Reinoso es sobrino de Pedro de Valdivia, y quiere vengar ahora el escarnio de la calavera convertida en copa para las libaciones. Don García señala que tal acción ha sido excesivamente rigurosa; don Felipe y Rebolledo interceden por Caupolicán y don García indica: «Hoy pienso, por socorrelle, / pasar sin pisar el valle» (vv. 2935-2936).

Caupolicán capturado

Vemos luego que Caupolicán, bautizado como Pedro[3], se muestra feliz: «muriendo estoy por morir» (v. 2968). Gualeva le reprocha su rendición, pues se ha humillado y los ha humillado a todos, y se ofrece para ser su verdugo. Caupolicán le responde: «dichosamente tengo / honor nuevo y alma nueva» (vv. 2999-3000). Y estando ya empalado reconoce que «El gran Dios de los cristianos / es solo Dios verdadero» (vv. 3005-3006), en un pasaje en el que, tanto en las palabras como en las acciones, podemos apreciar ciertas reminiscencias cristológicas[4].

En fin, al propio Luis de Belmonte le correspondió, o él mismo se reservó para sí, la redacción del tramo final de la obra, siendo así el único dramaturgo de los nueve que aporta dos pasajes al conjunto. Al llegar don García, reprocha duramente a Reinoso por haber matado a un enemigo que tenía rendido como prisionero indefenso, y no frente a frente en el campo de batalla (vv. 3051-3060). Emplea un tono muy duro, y apela incluso a razones de Estado al decir que habría sido mucho más útil conservar la vida de un preso tan valioso (vv. 3061-3086). Don Felipe intercede por Reinoso, pero don García está resuelto a castigarlo: «Sepa el rey que a un hecho injusto / castigo justo le doy» (vv. 3099-3100). El hermano del gobernador alega en defensa del capitán el argumento, ya antes mencionado, de que el caudillo araucano había matado a su tío Valdivia, pero este razonamiento no le sirve a don García. La cita que sigue es importante:

MARQUÉS.- No, hermano: jamás alcanza
la vitoria la venganza.
Este es el oficio mío:
pues premio, he de castigar (vv. 3114-3117).

Por su parte, Caupolicán, en medio de su tormento —sigue empalado en escena—, se muestra agradecido a su enemigo:

CAUPOLICÁN.- Don Felipe, mucho debo
al gran Marqués, pues que miro
que voy por su causa al cielo
por tan seguro camino (vv. 3129-3132).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Cito por la edición moderna de Lerzundi, que cuenta con numeración de los versos, pero modificando levemente, sin indicarlo, algunas grafías y la puntuación: Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, edited and annotated, with an Introduction, by Patricio C. Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2008. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, núm. 85, noviembre de 2013, pp. 203-227.

[3] Un nuevo Pedro/piedra sobre la que asentar la Iglesia de Cristo en Arauco, tal como escribe Moisés R. Castillo, Indios en escena: la representación del amerindio en el teatro del Siglo de Oro, West Lafayette (Indiana), Purdue University Press, 2009, p. 123: «Es este “Pedro”, a imagen y semejanza de la figura bíblica, el personaje sobre el que Don García edificará la evangelización de todo el territorio».

[4] Detalle interesante para relacionarlo con el auto sacramental de La Araucana, donde Caupolicán con el tronco a hombros es trasunto de Cristo con el madero de la cruz. Ver Carlos Mata Induráin, «La Guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, 2011b, pp. 171-186.

El retrato de don García Hurtado de Mendoza en «Algunas hazañas…», comedia de nueve ingenios (10)

Guerreros araucanosLa comedia sigue acumulando nuevos elogios de don García como soldado valeroso y general prudente[1]. Cuando Reinoso prende a Caupolicán, no está presente don García, pero el capitán español reconoce que todo lo pueden los que pelean con su general: «Tu osadía / no en mí solo el triunfo emplea, / que esto puede quien pelea / en nombre de don García» (vv. 2467b-2470)[2]. Más adelante, en la contribución de Guillén de Castro, el marqués de Cañete se asombra de ver tan bien labrado un fuerte que han preparado sus hombres, y su hermano don Felipe le ofrece esta explicación: «tú los enseñaste / a ser soldados, señor» (vv. 2807-2808). Se preparan para el ataque 14.000 araucanos, mientras que los españoles solo son 200, pero no hay nada que temer porque don García pelea al frente de los suyos (vv. 2827-2832).

Ya señalaba en una entrada anterior que el elemento religioso se hace poco presente en esta obra, pero apunta de nuevo brevemente en estas palabras del gobernador:

MARQUÉS Siendo Dios de nuestra parte,
la ventaja es nuestra: vea,
pues por nosotros pelea
nuestro Dios, que es nuestro Marte.
¡Ea, ea, al arma toca!
¡Santiago, Santiago! (vv. 2833-2838).

Don García alienta a los soldados españoles cuando se retiran (vv. 2845-2852 y 2855-2856) y su valor es ponderado por Chilindrón, en una escena ticoscópica (vv. 2857-2872). Se ensalza, pues, su esfuerzo personal en el combate, al pelear al frente de los suyos, arriesgando su vida. Cuando don Felipe, su hermano, le dice que es locura que se exponga en la batalla el general en jefe de las tropas, él responderá alegando que «Alejandro peleó / y Julio César también» (vv. 2879-2880).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Cito por la edición moderna de Lerzundi, que cuenta con numeración de los versos, pero modificando levemente, sin indicarlo, algunas grafías y la puntuación: Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, edited and annotated, with an Introduction, by Patricio C. Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2008. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, núm. 85, noviembre de 2013, pp. 203-227.

El retrato de don García Hurtado de Mendoza en «Algunas hazañas…», comedia de nueve ingenios (9)

La comedia de los nueve ingenios continuamente pone de relieve la resolución militar del marqués de Cañete[1]. En el pasaje siguiente, correspondiente a Vélez de Guevara, don García dialoga con su hermano don Fernando. Comentan que los indios los temen ya, pues tratan de paces. Un indio mensajero de Cagueyano, cacique amigo, advierte al «general noble y valiente» (v. 1591)[2] para que salve su vida, pues se lanzan contra él copiosos escuadrones que suman más de 40.000 indios, y enumera a sus principales caudillos. Don García decide ir a esperarlos cruzando al otro lado del río, «y así será el despreciarlos / comenzarlos a vencer» (vv. 1614-1615). Esa arriesgada decisión de cruzar el caudaloso Nibequetén se equipara a la de César de pasar el Rubicón (vv. 1636-1649; se trata de un elemento de la Antigüedad romana puesto al servicio del panegírico).

Batalla entre españoles y araucanos

Se muestra también su valentía en el combate, peleando al frente de los suyos para contagiarles su valor. El acto tercero comienza con el pasaje de don Jacinto de Herrera en el que don García arenga a los españoles para que ganen una montaña a los araucanos, de la misma forma que Caupolicán lo hace con los suyos; pero él da ejemplo a todos corriendo el primero al asalto (vv. 2131-2134). Después, el mágico Leocotán vaticina la derrota de los araucanos y el creciente poder de don García, quien (se trata de un motivo muy reiterado) vencerá nueve batallas y fundará nueve ciudades (vv. 2261-2300), añadiendo todavía un largo elogio (vv. 2303-2330) con una clara función de prolepsis: de la misma forma que don García ha heredado el valor de su padre, el hijo que en España le cría su mujer heredará sus virtudes: don Juan Andrés, impulsor por estos años de la campaña de propaganda familiar y mecenas, por tanto, de esta comedia donde se le elogia en vaticinio por boca del mágico araucano. En fin, concluye Leocotán que para los suyos lo mejor es rendirse, pues todo está a favor de los españoles (vv. 2361-2380).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Cito por la edición moderna de Lerzundi, que cuenta con numeración de los versos, pero modificando levemente, sin indicarlo, algunas grafías y la puntuación: Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, edited and annotated, with an Introduction, by Patricio C. Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2008. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, núm. 85, noviembre de 2013, pp. 203-227.

El retrato de don García Hurtado de Mendoza en «Algunas hazañas…», comedia de nueve ingenios (8)

En la comedia vamos a asistir al enfrentamiento personal de don García con Caupolicán[1]. En efecto, se da en algunos pasajes de la pieza la caracterización en paralelo de ambos caudillos, que no solo rivalizan en armas, sino también en cortesía[2]. En efecto, en el momento del ataque de los indios al fuerte español, don García se enfrentará cuerpo a cuerpo al toqui araucano (vv. 1041-1049)[3]. En medio del combate, Orompello logra entrar en el fuerte, mientras que el reformado Rebolledo, que ha perdido su arma, se echa fuera de la empalizada para pelear contra los indios. Caupolicán, que ve el valor con que se defiende, ordena que no lo ataquen varios, sino solamente Orompello. A su vez, cuando los españoles vayan a disparar sus arcabuces, don García lo impedirá por ser «acción vergonzosa»: «¿Pues no fuera afrenta / que estos bárbaros conozcan / la ley de la cortesía, / pues la publican con obras, / y que me faltase a mí?» (vv. 1092-1096). Y luego Caupolicán y don García pelearán cuerpo a cuerpo (ver vv. 1179-1217 acot.).

Batalla entre mapuches y españoles

Más adelante, al comienzo de la segunda jornada, en el tramo dramático de Ruiz de Alarcón, don García en diálogo con Chilindrón pondera que lo que mueve su actuación es el deseo de aumentar la fama y el honor de sus antepasados (vv. 1258b-1275).

Su cortesía con el enemigo es un rasgo de su carácter, que se aprecia incluso cuando este intenta atentar contra su vida. La excusa es una nueva embajada de paz cuyas condiciones (que incluyen la retirada de los españoles) él no puede aceptar. Rechaza igualmente una corona de flores que se le ofrece, pues la acción de ser coronado —explica— corresponde únicamente a su soberano. En realidad, la embajada de paz ocultaba un plan de atentado contra don García, que falla porque a Nacol se le cae la daga que lleva escondida entre las flores. Una vez más, don García da muestras de su nobleza al perdonar a sus agresores (ver vv. 1516-1525 y 1532-1543), y ambos indios, Tucapel y Nacol, no pueden menos que reconocer su valor (vv. 1568-1571) y dedicarle nuevos elogios.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Es algo muy similar a lo que sucedía en los romances fronterizos, o en la deliciosa novela morisca Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa, entre personajes moros y cristianos que entablaban una lucha caballeresca de valor, honor y galanía. Ver Fausta Antonucci, «El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», en Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, coord. Ysla Campbell, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992, pp. 33-34.

[3] Cito por la edición moderna de Lerzundi, que cuenta con numeración de los versos, pero modificando levemente, sin indicarlo, algunas grafías y la puntuación: Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, edited and annotated, with an Introduction, by Patricio C. Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2008. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, núm. 85, noviembre de 2013, pp. 203-227.