Las jarchas, junto con las cantigas galaico-portuguesas y los villancicos castellanos, componen el corpus fundamental de la lírica tradicional medieval. Las jarchas, en concreto, constituyen el eslabón más remoto de esa poesía tradicional (la más antigua conservada puede datarse hacia el año 1040). En una entrada anterior ofrecía algunos datos esenciales sobre las jarchas, aporté la bibliografía esencial sobre el tema y reproduje una de ellas, «Ven, çidi Ibrahim». Añado ahora otras dos, «Garrid vos, ¡ay, yermanellas!» y «Qué faré, mama?», ambas con las correspondientes versiones en español moderno y los comentarios de Vicenç Beltran, que abordan los principales elementos relativos a voz emisora y destinataria, tema y estructura métrica de estas breves composiciones (una de cuatro versos, otra de dos). La primera dice así:
Garrid vos, ¡ay, yermanellas! Cóm contener a mieo male? Sin el habib[1] non vivireyo: advolarey[2] demandare.
Decid vosotras, ¡ay, hermanillas, / ¿cómo contener mi mal? / Sin el amigo no viviré: / volaré a buscarlo[3].
El comentario de Beltran pone de relieve la relación con las cantigas de amigo en lo que respecta al interlocutor. En este trato se trata de las ‘hermanillas’ (yermanellas) a las que se dirige la voz lírica femenina:
Nos ha sido conservada en una moaxaja hebrea de Yehudá Haleví, de contenido panegírico, a cuyo fin el texto romance es puesto en boca de una doncella. El esquema métrico es del tipo de la copla: 8x 8a 8x 8a. Nótese también la construcción del poema como interpelación a un oyente y la aparición de las hermanas en el papel de confidentes, ambos motivos característicos de la canción tradicional románica y de la cantiga de amigo[4].
Notemos además que la transición de la moaxaja a la jarcha queda marcada en ocasiones, como sucede en este caso, por la introducción de un verbum dicendi: «Garrid» ‘decid’.
En la segunda jarcha, la voz poética se dirige a la madre ante la sorpresiva llegada del amigo-amado (al-habib) a la casa:
¿Qué haré, madre? / Mi amigo está en la puerta[7].
Y comenta Beltrán:
Procede de una moaxaja hebrea de Yosef ibn Saddiq, muerto en 1149, del tipo ‘calva’ o sea, sin estrofa inicial, de tema amoroso, y la jarcha aparece puesta en boca de una joven. La forma estrófica es un dístico irregular asonantado (5a 8a). Adviértase la invocación de la joven a la madre, que es presentada como confidente en asuntos amorosos, una visión de las relaciones madre-hija común a la cantiga de amigo; en la lírica francesa o italiana, la madre encarna más a menudo un papel represor. El estilo es muy sencillo y directo, característico en todo de la lírica tradicional. La presencia de la madre en las jarchas ha sido objeto de discusión, pero puede aceptarse con seguridad por su aparición simultánea en la lírica latina[8].
Como tendremos ocasión de seguir comprobando, las jarchas —escritas, no lo olvidemos, en grafía semítica: árabe o hebrea— pueden ser estrofas de dos, de tres o de cuatro versos, y los versos que las forman son casi siempre de seis, de siete o de ocho sílabas (aunque a veces los hay de más extensión), con rima asonantada.
[1]habib: variante de habibi, deriva de la voz siríaca-árabe antigua حبيبي (habbebi), cuyo significado literal es ‘amado, querido’.
[2]advolarey: del verbo latino advolo, advolare ‘volar, acudir corriendo’.
[3] Vicenç Beltran, Edad Media: lírica y cancioneros, Madrid, Centro para la Edición de los Clásicos Españoles / Visor Libros, 2009, p. 87; modifico ligeramente la puntuación (añado la coma en el primer verso, separando la exclamación del vocativo).
[4] Beltran, Edad Media: lírica y cancioneros, p. 87.
[5]al-habib: de acuerdo con lo dicho en la nota anterior, podría interpretarse etimológicamente como ‘el que es bien amado’.
[6]yana: la voz es casi puramente latina, janua ‘puerta’.
[7] Beltran, Edad Media: lírica y cancioneros, p. 89.
[8] Beltran, Edad Media: lírica y cancioneros, p. 89.
Las jarchas mozárabes constituyen los primeros testimonios de la lírica popular primitiva en territorio hispánico. Fueron dadas a conocer a mediados del siglo XX por el hebraísta Samuel M. Stern[1].
Las jarchas (del árabe خرجة, jarŷa, que significa ‘salida’ o ‘final’) son sencillas poesías, de temática amorosa, escritas la mayoría de ellas en árabe vulgar y algunas otras en lengua romance (mozárabe), que se añadían al final de las moaxajas (del árabe موشحة, muwaššaḥa o muwashshaha, que significa ‘collar’), composiciones escritas por poetas andalusíes —árabes o hebreos— en el territorio de al-Ándalus. La jarcha más antigua parece remontarse a mediados del siglo XI, mientras que la más moderna es de la primera mitad del XIV. Vicenç Beltran, en su antología Edad Media: lírica y cancioneros[2], reúne varias de estas jarchas bajo el significativo epígrafe de «Protohistoria de la lírica castellana». Francisco Rico, por su parte, en El primer siglo de la literatura española, escribe:
Cuando se habla de los «orígenes» o, como aquí se dirá, del «primer siglo de la literatura española», la palabra que al punto se nos viene a las mientes es jarcha. Bien está. El descubrimiento de las moaxajas árabes y hebreas con jarchas en vulgar andalusí es uno de los momentos estelares de las literaturas románicas: darse de pronto, y se diría que por sorpresa, desde nada menos que el siglo XI, con medio centenar de cancioncillas de inequívoco corte popular suponía ver corroborados de un plumazo los principales planteamientos y líneas de investigación de la escuela tradicionalista de Gaston Paris y Menéndez Pidal, cuyo debate con el individualismo de Bédier venía siendo desde finales del Ochocientos el núcleo mismo de la disciplina[3].
Transcribo aquí una de ellas, «Ven, çidi Ibrahim» (Ibrahim es la forma árabe de Abraham), con la versión en español moderno de Viçent Beltrán:
Ven, çidi Ibrahim, yá nuemne dolche; vent a mib de nojte; in non, si non queres, ireym’a tib. Gárreme a ob ligarte.
Mi dueño Ibrahim, / ¡oh, nombre dulce!, / vente a mí / de noche; / si no, si no quieres, / iré yo a ti. / Dime a dónde / [puedo] unirme[4].
Copio, en fin, el erudito comentario del citado antólogo, que aporta la información esencial en lo que atañe al tema y la versificación de esta jarcha:
El primer eslabón en la tradición lírica peninsular se abre con la aparición de las jarchas, que son asimismo las primeras piezas de tipo tradicional. Esta jarcha se nos ha conservado en una moaxaja árabe de Muhammad ibn Ubada al-Qazzaz de Málaga (siglo XI). La moaxaja describe el amor apasionado e insatisfecho del poeta por un amigo a quien una doncella, también enamorada de él, dedica la jarcha. La estructura métrica y estrófica es, además de compleja y difícil, probablemente irregular; Galmés propone aplicar la Ley de Mussafia (que asegura la equivalencia de versos con el mismo número total de sílabas, volviendo métricamente equivalentes, por ejemplo, versos agudos acentuados en la quinta sílaba con graves acentuados en la cuarta, con una átona final), lo que daría el esquema 5a 5b 3a 3b 6c 5a 5b 3d, con asonancia en varios versos; con todo, no queda clara cuál pueda ser la combinación de las rimas en la segunda parte, a la que García Gómez propone diversas opciones de enmienda. La cita nocturna es uno de los motivos característicos de la poesía popular medieval, y una de sus variantes más conocidas resulta la adaptación trovadoresca del alba[5].
[1] Samuel Miklos Stern, «Les vers finaux en espagnol dans les muwasshas hispano-hébraiques: Une contribution à l’histoire du muwassahas et à l’etude du vieux dialecte espagnol “mozarabe”», Al-Andalus, tomo XIII, núm. 2, 1948, pp. 299-343; y, del mismo autor, Les chansons mozarabes: Les vers finaux (Kharjas) en espagnol dans les Muwashshahs arabes et hébreux. Édités avec introduction, annotation sommaire et glossaire par…, Oxford, Bruno Cassirer, 1964. Ver también Emilio García Gómez, Las jarchas de la serie árabe en su marco. Edición en caracteres latinos, versión española en calco rítmico y estudio de 43 moaxajas andaluzas, 3.ª ed., Madrid, Alianza, 1990 [1965] y Métrica de la moaxaja y métrica española, Madrid, Al-Andalus, 1975; Margit Frenk, Las jarchas mozárabes y los comienzos de la lírica románica, México, El Colegio de México, 1975; Josep Maria Solà-Solé, Las jarchas romances y sus moaxajas, Madrid, Taurus, 1990; Álvaro Galmés de Fuentes, Las jarchas mozárabes. Forma y significado, Barcelona, Crítica, 1994; Federico Corriente, Poesía dialectal árabe y romance en Alandalús, Madrid, Gredos, 1998; Anne Cenname, Las jarchas romances. Voces de la Iberia medieval, Almería, Editorial Universidad de Almería, 2021. Para una síntesis del tema y bibliografía adicional remito a Pedro Martín Baños, «El enigma de las jarchas», Per Abbat. Boletín filológico de actualización académica y didáctica, 1, 2006, pp. 9-34, entre otros trabajos.
[2] Vicenç Beltran, Edad Media: lírica y cancioneros, Madrid, Centro para la Edición de los Clásicos Españoles / Visor Libros, 2009. Es el volumen 1 de Poesía española. Antología crítica dirigida por Francisco Rico.
[3] Francisco Rico, El primer siglo de la literatura española, ed. de Rosa Bono, Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, 2022, p. 9.
[4] Beltran, Edad Media: lírica y cancioneros, p. 83; modifico ligeramente la puntuación (añado la coma en el primer verso y el punto y coma en el cuarto). La versión en español moderno que reproduce Pedro Martín Baños («El enigma de las jarchas», p. 26) es esta: «Ven, mi señor Ibrahim, oh dulce nombre, vente a mí de noche; si no, si no quieres, iré yo a ti. Dime dónde encontrarte».
[5] Beltran, Edad Media: lírica y cancioneros, p. 83.
Las obras legislativas[1]escapan al terreno de la estricta literatura, aunque a veces incorporen determinados pasajes o elementos con valor literario (piénsese, por ejemplo, en los exempla contenidos en el Fuero general de Navarra, especie de apólogos, patrañas o cuentecillos a la manera de los de El conde Lucanor de don Juan Manuel). Recordaré brevemente los títulos de algunas de estas obras, comenzando por el Liber Regum, escrito en romance navarro hacia el año 1200, que forma parte del códice llamado Cronicón Villarense. El Fuero de Estella, los Fueros de la Novenera, el Fuero extenso de Tudela, el Fuero general de Navarra (recopilado al llegar al trono Teobaldo I, «rey de extraña lengua y nación»), de mediados del siglo XIII, del que destacan sus apólogos o exemplos. En fin, Felipe de Navarra, que vivió en el siglo XIII, es autor de otro libro con recopilaciones legales: Libro de Felipe de Navarra; y al siglo XIV corresponde la figura del pensador villavés Pedro de Atarrabia[2].
En el terreno de la historiografía, debemos mencionar a don Rodrigo Ximénez de Rada (Puente la Reina, ¿1170?-Vienne, Francia, 1247). Fue arzobispo de Toledo, alma de la memorable batalla de las Navas de Tolosa y un destacado cronista, hasta el punto de haber sido calificado como «padre de la Historia de España». Es autor de Rerum in Hispania gestarum libri IX o Historia Gothica (que abarca hasta el año 1243, y también se conoce como De rebus Hispaniae), el Breviarum Ecclesiae Catholicae (una historia eclesiástica) y una Historia Arabum. Otro historiador navarro, ya del siglo XIV, es fray García de Eugui, que fue obispo de Bayona y confesor de Carlos III el Noble. Escribió una Corónica de los fechos subcedidos en España dende sus primeros señores fasta el rey Alfonso XI. En fin, podríamos aludir en este apartado a Los Diez Mandamientos, que sería la erudita obra de un anónimo religioso navarro de principios del siglo XIII. Escribe Zalba a este respecto:
Casi al mismo tiempo que en Castilla aparece el romance en Navarra, si bien no se usa sino en los documentos oficiales y en las obras escritas por monjes u obispos; y antes de que los reyes de Castilla San Fernando y su hijo Alfonso el Sabio ordenaran el uso oficial del romance, aparece la obra titulada Los Diez Mandamientos, una de las primeras muestras de la prosa erudita, debida a la pluma de un religioso navarro, cuyo nombre se ignora, a principios del siglo XIII[3].
Pasando al terreno de la literatura religiosa, podríamos recordar el libro editado por González Ollé en 1995 Sermones navarros medievales. Una colección manuscrita de la Catedral de Pamplona. Incluye este trabajo, que es edición parcial de ese sermonario, los titulados «In die Ascensionis», «In die santo Pentecostes», «Dominica XIII», «Sancti Laurencii sermo» y «San Martín». Destaca su editor que estos textos son interesantes por la escasa atención prestada al estudio de la oratoria sagrada en España durante la Edad Media; pero también por otra circunstancia: «las piezas ahora por vez primera publicadas se hallan escritas en un dialecto iberorrománico, el navarro, de exigua aplicación —a juzgar por los testimonios hasta el momento descubiertos— en registros expresivos superiores al idóneo para su empleo en documentación de carácter jurídico y legal»[4].
Estas son las conclusiones que en otro lugar establece el mismo González Ollé a propósito del conjunto de la producción literaria del periodo que acabo de reseñar, en el que encontramos obras y autores tan variopintos:
Escasas manifestaciones literarias en romance navarro; inexistentes, hoy por hoy, en vascuence, tal resulta el pobre balance con que termina el examen de las lenguas mayoritarias de Navarra en la época medieval. Algunas noticias documentales sobre circulación de libros y otras actividades análogas no bastan para mejorar el desolador panorama. Sí queda sensiblemente modificado, en abierto contraste con la situación expuesta, si se atiende a una heterogénea —en cuanto a lengua y modalidad literaria— nómina de obras relacionadas por diversas circunstancias con Navarra. Proceden de grupos sociales que son considerados no tanto navarros como asentados en Navarra, por lo general con un determinado status personal o colectivo, que lleva aparejada, para cada uno, la utilización de su propia lengua. A esas minorías étnicas se adscriben varios autores, de los que no en todos los casos consta su naturaleza navarra; otros sí la poseen, por su lugar de nacimiento, pero su vida entera, desvinculada de Navarra, transcurre en tierras lejanas y nada afines a la originaria. Adviértase que Navarra se emplea aquí con un alcance geográfico semejante al actual, pues sirve para denominar aquellas zonas de la Frontera Superior árabe que luego incorporará a sus dominios la monarquía pamplonesa[5].
[1] Ver Juan Antonio Frago Gracia, «Literatura navarro-aragonesa», en José María Díez Borque (coord.), Historia de las literaturas hispánicas no castellanas, Madrid, Taurus, 1980, pp. 262-264.
[2] Ver Ana Azanza Elío, Diccionario de pensadores. I, Pensadores navarros, siglos XII-XX, Pamplona, Ediciones Eunate, 1996.
[3] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, p. 346.
[4] Fernando González Ollé, Sermones navarros medievales. Una colección manuscrita (siglo XV) de la Catedral de Pamplona, estudio, edición parcial, notas y glosario de…, Kassel, Edition Reichenberger, 1995, «Nota previa».
[5] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, pp. 69-70. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.
En el mismo periodo cronológico que el «Roncesvalles navarro», tenemos que aludir asimismo a otras composiciones inspiradas en hechos históricos, pero escritas en lengua occitana[1]. Uno de los más famosos trovadores de este momento, Guillem o Guillermo de Tudela, familiar del conde Balduino y cortesano de Pedro II de Aragón (parece ser de familia franca asentada en Tudela, lugar de su nacimiento), es autor de la primera parte de la Cansó de la Crozada contra’ els eretges dʼAlbegés (Canción de la Cruzada contra los albigenses), poema épico escrito en provenzal. Para Zalba, se trata de una «historia verídica y verdadera epopeya, no solo por el ritmo, sino también por la forma narrativo-descriptiva; caracterizándose además por el color y la fidelidad en la exposición de los hechos, por las delicadezas de ingenio, por la originalidad y por las creaciones robustas de caracteres»[2]; González Ollé señala que interesa «como muestra sobresaliente del cultivo de la poesía provenzal en Navarra y por autor navarro»[3].
Por su parte, Guilhem Anelier de Toulouse (su nombre se consigna con distintas variantes: Guillem Anelier de Tolosa, Guillermo de Anelier, Annelier, Aneliers, Anheler…) es autor de La guerra civil de Pamplona (se trata de un título facticio), poema escrito también en lengua occitana (aunque el autor da entrada a varios vocablos navarros) formado por más de cinco mil versos dodecasílabos (divididos en hemistiquios de seis sílabas) repartidos en ciento cuatro tiradas. Anelier llegó a Navarra acompañando al gobernador Eustaquio de Beaumarché y estuvo presente en las graves revueltas que devastaron gran parte de Pamplona a lo largo del año 1277. Se ha comentado que en esta composición el narrador ahoga al poeta, y que, por tanto, su valor es más histórico que literario. El manuscrito de esta obra perteneció al monasterio de Fitero, de donde pasó a manos de don Pablo Ilarregui, quien lo publicó en Pamplona el año 1847, donándolo después a la Academia de la Historia. Va encabezado con una inscripción latina, en letras góticas mayúsculas, de color encarnado y azul alternas, que dice «Guillermus Anelier de Tolosa me fecit». Existe una edición facsímil y modernizada del texto original occitano, con traducciones al castellano y al euskera, publicada por el Gobierno de Navarra en 1995[4].
González Ollé nos ofrece la siguiente valoración de estos dos títulos en provenzal: «Las dos obras últimamente mencionadas cuentan entre las de mayor envergadura literaria de la Navarra medieval y representan la más notable manifestación —existen otras de menor alcance— del cultivo de la poesía provenzal en dicho reino»[5].
Debemos recordar también en este apartado a don Teobaldo, cuarto conde de Champagne de ese nombre, que reinaría en Navarra en el periodo 1234-1253 como Teobaldo I[6]. Trovero más que trovador, es autor de unas cincuenta canciones (pastorelas, serventesios, chansones, descorts o lamentaciones). Teobaldo habría estado enamorado supuestamente de la hermosa Blanca de Castilla, reina viuda de Francia; y, en opinión de Zalba, ese amor imposible cristalizó
en hermosas y sentidas poesías, que él mismo ponía en música: en ellas hace gala de su ingenio y de las delicadezas que sentía su corazón hacia su amada; cuenta las heridas que lo desgarran, ensalza los ojos de su dama, y quiere morir como el ruiseñor, amando y cantando. En todas resplandecen la galantería, la sutileza, la dulzura, el gracejo, la nobleza, y no faltan tampoco los rasgos de ingenuidad, llegando en algunas a promover la sexta cruzada a la que él asistió[7].
Sin embargo, debemos considerar que la poesía trovadoresca se construye con los tópicos del amor cortés y del servicio amoroso a la dama, a la que se adora de forma casi religiosa (religio amoris), y no es necesario, por tanto, buscar modelos en la vida real para esos amores literarios. Se trata más bien de convenciones genéricas, aunque en algún caso pueden tener correlatos en experiencias amorosas reales de la vida del trovador.
Otro nombre que merece la pena citar es el de Guillem o Guillaume de Machaut, quien el año 1356 dedicó a Carlos II (reinante en Navarra entre 1349 y 1387) Le confor d’ami. Podríamos recordar también a Roberto de Ketton y la Chanson de Sainte Foy[8].
[1] Ver Fernando González Ollé, «La lengua occitana en Navarra», Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, 25, 1969, pp. 299-300; y Hortensia Viñes Rueda, Textos de España. Literatura navarra / Literatura francesa, Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Dirección de Educación), 1980, pp. 11-13.
[2] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 348.
[3] González Ollé, «La lengua occitana en Navarra», p. 300. Ver Joaquín Guillén Sangüesa, «Guillermo de Tudela y “La Canción de la Cruzada contra los Albigenses”», Centro de Estudios Merindad de Tudela, 14, 2006, pp. 103-138.
[4] Ver también Ignacio Elizalde, «Navarra en “les romans courtois”», Letras de Deusto, vol. 5, núm. 10, julio-diciembre de 1975, pp. 5-43.
[5] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 72.
[6] Ver Viñes Rueda, Textos de España. Literatura navarra / Literatura francesa, pp. 9-11; Alexandre Micha, introducción a Thibaud de Champagne, Recueil de Chansons, París, Klincksieck, 1991, pp. 7-15; Víctor Manuel Arbeloa, «Teobaldo I de Navarra, rey y poeta», Río Arga, 68, tercer trimestre de 1993, pp. 5-10; y Aurelio Sagaseta, «Teobaldo I: poeta y músico», Río Arga, 68, tercer trimestre de 1993, pp. 31-35.
[7] Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», pp. 347-348.
[8] Ver Antonio Ubieto Arteta, «Poesía navarro-aragonesa primitiva», Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, VIII, 1967, pp. 16-27; Juan Antonio Frago Gracia, «Literatura navarro-aragonesa», en José María Díez Borque (coord.), Historia de las literaturas hispánicas no castellanas, Madrid, Taurus, 1980, pp. 254-261; y María Rosa Pan Sánchez, «Navarra y la literatura inglesa: trovadores, juglares y ministriles ingleses en la Corte navarra», Notas y Estudios Filológicos, 11, 1996, pp. 157-177. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.
Como es sabido, en el ámbito castellano el mester de clerecía aporta obras importantes como las de Gonzalo de Berceo (la Vida de Santo Domingo de Silos o los Milagros de Nuestra Señora), y también el Libro de Alexandre y el Poema de Fernán González. Pertenecen al mester autores cultos que emplean la cuaderna vía, esto es, escriben sus obras «a sílabas cuntadas, ca es gran maestría». En Navarra disponemos de un breve poema, el llamado Roncesvalles latino, que sería asimilable a esta corriente literaria culta, con la diferencia de que se trata de una composición escrita en latín, no en romance. El Roncesvalles latino data de fines del siglo XII o principios del XIII, y es una composición de cuarenta y dos estrofas en elogio del Hospital de Roncesvalles.
Hospital de la Caridad de Roncesvalles (Navarra).
Se conserva en los folios 89v-90v del Códice «La Pretiosa» de la Real Colegiata de Roncesvalles. Fue publicado en 1884 por el padre Fita en su trabajo «Roncesvalles. Poema histórico del siglo XIII»[1]. Empieza así:
Domus venarabilis, domus gloriosa, domus admirabilis, domus fructuosa, Pirineis montibus, floret sicut rosa, universis gentibus valde gratiosa.
Sobre este poema, además del mencionado trabajo del padre Fita, pueden verse el de Francisco Rico, «La clerecía del mester» (1985)[2], y el muy completo de Fernando González Ollé, «El Roncesvalles latino» (1986)[3].
[1] Fidel Fita, «Roncesvalles. Poema histórico del siglo XIII», Boletín de la Real Academia de la Historia, 4, 1884, pp. 172-184.
[2] Francisco Rico, «La clerecía del mester», Hispanic Review, 53, 1985, pp. 1-23
[3] Fernando González Ollé, «El Roncesvalles latino», en Homenaje a José María Lacarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución «Príncipe de Viana»), 1986, tomo I, pp. 269-284. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.
Tras Yehuda ha-Leví, cuya figura evocamos en una entrada anterior, el segundo judío tudelano ilustre es Abraham ibn Ezra (Tudela, h. 1092-Londres, 1184), erudito, poeta, astrónomo, astrólogo, bohemio y vagabundo, comentarista de las Escrituras… Cuenta en su haber con obras de muy variada índole: poéticas, gramaticales, de matemáticas, anatomía y astronomía, filosofía, exégesis bíblica y talmúdica, etc. Algunas de ellas están escritas en latín y ejercieron gran influencia en Europa. Compuso también poesías, en una de las cuales se lee como acróstico el nombre de Tutila (Tudela). Es autor además de algunas moaxajas hebreas con jarchas que recogen elementos lingüísticos romances. Apunta José María Corella:
Dueño de una cultura verdaderamente enciclopédica, predominó en su formación lo científico sobre lo meramente literario. En su obra poética, donde se recogen algunas poesías de carácter hímnico entre las que hay que destacar una conmovedora elegía sobre la destrucción de las aljamas judaicas por parte de los fanáticos almohades, destacan las composiciones de carácter profano. En cuanto a las composiciones de carácter sagrado, lo más destacable es la fuerza, el fervor e incluso la gracia con que las matiza. Encontramos en ella poesías penitenciales, suplicatorias y poesías del destierro, éstas, sin duda, las mejores de toda su producción en verso[1].
En fin, Benjamín de Tudela, cuyo nombre era Benjamín ben Jonad (h. 1130-h. 1173), hizo un largo viaje por el Mediterráneo, Tierra Santa y Asia Menor, y escribió en hebreo Sefer-Massa’ot, esto es, un Itinerario o Libro de viajes, que fue traducido al latín por Arias Montano (Amberes, 1575) con el título Itinerarium Benjamini Tudelensis. Se trata de una obra geográfica y una especie de guía comercial, más que de una pieza literaria, aunque se ha dicho que viene a inaugurar el género del libro de viajes. Y, ciertamente, el libro de Benjamín de Tudela contiene algunas descripciones interesantes, no estando exenta su prosa de ciertos valores literarios. En 1994 el Gobierno de Navarra publicó una edición trilingüe, en euskara, castellano y hebreo, con un estudio introductorio de varios autores. Ricardo Ciérbide, en las pp. 143-144 de ese trabajo, añade los nombres de otros intelectuales aportados en las mismas fechas por las comunidades hebraicas de Navarra.
José María Romera, tras reseñar la figura de estos tres personajes (Yehudá ha-Leví, Abraham ibn Ezra y Benjamín de Tudela), matiza su consideración como escritores navarros: «Sin embargo, ninguno de los autores mencionados admite la clasificación restrictiva de “escritor navarro”, y ello no por su pertenencia a culturas minoritarias, sino por haber transcurrido su vida en otros lugares»[2]. Otros nombres de menor importancia que podríamos mencionar son los de Abraham abu Laifa (un exegeta que marchó a Roma dispuesto a convertir al judaísmo al papa), Chaun ben Samuel (filósofo, autor de varias obras que glosan la teoría cabalista), Izchag Sephorot (comentarista de Abraham ibn Ezra y traductor de Aristóteles), Abu Yayya Zakariyya al-Kalbí, Muhammad ben Shibl… Y ya en el siglo XIV, Menahem ibn Zerah, natural de Estella (nacido hacia 1310, que conoció el ataque de 1328 a la judería de su ciudad natal y escribió Zedah le-Derek o Provisión para el camino, exposición de los deberes religiosos de los judíos) y el rabí David Destiliiah (jurista y predicador, autor de Ciudad del libro, recopilación de los preceptos o instituciones rituales de los judíos, Casa de Dios, una exposición de los preceptos de la ley de Moisés, y Libro de la Torre de David, una colección de sermones tradicionales).
Entre los autores árabes cabe destacar a Abul Abbas al-Tutilí, el Ciego de Tudela (nacido a fines del siglo XI, muerto en 1126), compositor de numerosas jarchas «que se cuentan entre las mejores del género»[3]. Fue un poeta callejero, seguidor del Ciego de Cabra, que escribió ciento cuarenta y nueve zéjeles, coplas y moaxajas. Puede consultarse una edición (del año 2001) de sus moaxajas publicada por el Gobierno de Navarra[4].
[1] José María Corella Iráizoz, La literatura y los escritores hebraicos en Navarra, Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Dirección de Educación), 1980, p. 15.
[2] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Editorial Mediterráneo, 1993, p. 172a.
[3] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 70.
[4] Abu Al-Abbás Ahmad ben Abdullah Ben Abi Hurayra al-Qaysi (El ciego de Tudela), Las moaxajas, edición al cuidado de Milagros Nuin Monreal y Waleed Saleh Alkhalifa, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2001. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.
La ciudad de Tudela, y en concreto su judería (la más importante de Navarra), fue el lugar de nacimiento de tres navarros ilustres y universales: Yehudá ha-Leví, Abraham ibn Ezra y Benjamín de Tudela. Hemos de tener presente que la cultura hispano-judía alcanzó un gran desarrollo en torno al reino de taifa de los Banu Hud en Zaragoza y que Tudela sería una prolongación de la taifa zaragozana hasta el año 1119 en que fue incorporada a la cristiandad por Alfonso I el Batallador. Según comenta José María Corella Iráizoz,
Tudela, la Tutila de al-Andalus, florón sobresaliente del reino taifa de Zaragoza de los Banu Hud, es la cuna de la literatura de nuestra tierra y hasta el presente, considerándose en bloque la trayectoria histórica de la literatura en Navarra, nadie puede discutirle la capitalidad de las letras navarras[1].
En los tres judíos tudelanos mencionados vamos a encontrar representados, respectivamente, los campos de la poesía, la ciencia y la literatura de viajes. En conjunto, sus obras constituyen una singular aportación al mundo cultural de ese momento. Los tres escritores nacieron en Tudela en una franja temporal de unos cincuenta años, en un momento que los estudiosos califican como de verdadera Edad de Oro para la comunidad judía. Sin embargo, los tres personajes, inteligentes y cultivados, verdaderos ilustrados para la época, emigraron a centros culturales de otros lugares y fueron embajadores del acervo de la comunidad hispana en toda Europa. Hoy examinaremos la figura del primero de ellos.
Yehudá ha-Leví (Yehudá ben Semuel ha-Leví), nacido en Tudela hacia el 1070, fue llamado por Menéndez Pelayo «príncipe de los poetas hebraico-hispanos»; también en opinión de González Ollé es «el mejor poeta hispanohebreo». Se le ha conocido con el sobrenombre de «El castellano», porque durante cierto tiempo se le creyó natural de Toledo (la confusión tiene su origen en el parecido de las grafías árabes de Toledo y Tudela). Cultivador de temas religiosos y profanos, sus composiciones se clasifican en diversas categorías: poesías báquicas, amorosas, florales, festivas, enigmáticas, de amistad, latréuticas (de glorificación al Creador), del mar, epitalámicas… Del conjunto de su producción cabe destacar las Siónidas (poesía sagrada) y el Qesudá o Himno de la Creación, composición que sigue el Salmo 104. «En ella canta a Dios y a los reinos de la creación con una gran densidad de conceptos bíblicos, hallándose estructurada en series rítmicas pareadas», escribe Corella[2], para quien esta obra, la más famosa y universalmente conocida de Yehudá ha-Leví, es también «lo mejor de toda la literatura hebraicoespañola».
Merece la pena transcribir aquí un par de textos poéticos de Yehudá ha-Leví. En primer lugar, una poesía amorosa (son poemas que suelen centrarse en la descripción de la belleza o el recuerdo de la amada, equiparada muchas veces a una cierva o gacela):
La cierva lava sus vestidos en las aguas de mis lágrimas y los tiende al sol de su esplendor. No precisa agua de manantiales, pues tiene mis ojos, ni sol, con la belleza de su figura.
El segundo texto es un poema báquico, que canta al vino:
Las copas sin vino son pesadas, son arcilla como las vajillas de barro, mas al llenarlas de vino se hacen leves lo mismo que los cuerpos con las almas.
Estos poemas, que reproduzco en traducción española, los compuso Yehudá ha-Leví en hebreo. Pero también se le recuerda como autor de varias cancioncillas o jarchas. Las jarchas son la primera muestra de una manifestación literaria en lengua romance peninsular (son asimismo el testimonio más antiguo de poesía lírica en una lengua románica). Las jarchas han llegado hasta nosotros en escritura hebrea o árabe. No son composiciones autónomas, sino estrofas que cierran a modo de estribillo o finida los poemas llamados muwassahas o moaxajas, cuya composición inició Muqqadam ibn Muafa, el Ciego de Cabra. He aquí tres jarchas de Yehudá ha-Leví, con su correspondiente versión en castellano actual:
Des kuand mieu Cidiello vénid, tan buona albixara!, com’rayo de sol éxid en Wadalachyara.
Cuando mi Cidiello llega, ¡qué buenas albricias!, como rayo de sol sale de Guadalajara.
Bayse meu qorazón de mib. ¡Ya Rabb, si se me tornarad! ¡Tan mal me dóled li-l-habib! Enfermo yed: kuand sanarad?
Vase mi corazón de mí. ¡Ay, Señor, si se me volverá! ¡Tanto dolor por el amigo! Enfermo está: ¿cuándo sanará?
Garid bos, ay yermanellas, kom kontener he mew male. Sin el-habib non bibreyo: ad ob l’irey demandare?
Decid vos, ay, hermanitas, cómo contendré mi mal. No viviré sin mi amigo, ¿adónde le iré a buscar?[3]
Con estas palabras valora José María Corella la aportación lírica del poeta judeo-navarro:
Todo en la poesía y en la obra de Yehudá ha-Leví […] nos habla de un carácter amable, cortés y suave, fácil a los encantos con que le brinda la naturaleza, la juventud, los amigos con cuyo trato se deleita. Conforme los años discurren y la mayor parte de los amigos de su juventud van desfilando bajo las sombras de la muerte, un acento de mayor gravedad se delinea en sus escritos. Es el alma de un poeta, herida por dolores y recuerdos, por experiencias y nostalgias, que madura en sazón sublime de aromas y sentidos sentimientos. El espectáculo de la triste situación de su pueblo (ese pueblo que fue elegido de Dios y tomó en depósito los más altos destinos), sujeto a continuos desmanes y atropellos fuera del oasis que los reinos del norte brindaban, llena de dolor el corazón de este navarro judío y poeta. Pero no encontramos en él ningún atisbo de desaliento. Yehudá es cantor excelso de la esperanza, una esperanza que reside en la nobleza del alma curtida en la afirmación de la más depurada espiritualidad bíblica. Por eso encontramos en su poesía la contraposición de la perenne belleza del alma con la caducidad de las cosas mundanas. Su poesía, ante todo y sobre todo, es una poesía moral entonada a través de la más cálida emoción bíblica y que huye de cualquier tópico de corte moralista y estoico[4].
Yehudá ha-Leví es autor también de una obra filosófica, el tratado titulado Kuzario Libro de la prueba y del fundamento sobre la defensa de la religión despreciada, de enorme importancia en la apologética judaica, y que ejerció poderosa influencia en títulos concretos de don Juan Manuel y de Raimundo Lulio. Corella nos ofrece un resumen de su contenido:
Obra apologética, moldeada sobre un cañamazo de clásica estirpe oriental, tenía el prestigio de un hecho histórico: un rey —el de los Kuzares—, lleno de buena fe en sus obras, pero envuelto en la ignorancia del paganismo, siente la necesidad de remontarse a la verdadera religión. A tal efecto, procura ser instruido en la de los cristianos, en la de los musulmanes después, y, por fin, viendo la base bíblica en que descansan ambas, acude a un sabio judío, quien le conquista para su religión y le instruye en la misma, solventándole las dificultades de toda índole que asaltan al regio neófito[5].
[1] José María Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 12.
[2] Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra, p. 12.
[3] Una aproximación a su poesía puede verse en Yehuda Halevi, Nueva antología poética, traducción, prólogo y notas de Rosa Castillo, Madrid, Hiperión, 1997.
[4] Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra, p. 13.
[5] Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra, p. 15. Ver Yehuda Halevi, El Cuzarí. Edición facsímil del Ms. 17.812 (s. XV) de la Biblioteca Nacional, edición literaria y pórtico de Antonio José Escudero Ríos, introducción a cargo del Dr. Carlos del Valle, epílogo del Dr. Manuel Sánchez Mariana, Madrid, [s. n.], 1996. Sobre el autor puede consultarse ahora la ficha que le dedica Rafael Ramón Guerrero en el Diccionario Biográfico electrónico de la Real Academia de la Historia, «Yehudá ben Samuel ha- Levi». Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.
El Poema de la reina doña Leodegundia («Versi domna Leodegundia regina») se conserva en el misceláneo Códice de Roda (Madrid, Biblioteca de la Academia de la Historia, cód. 78), que «parece haber sido escrito, en su mayor parte, según diversos indicios materiales, a fines del siglo X»[1]. Se trata de una canción epitalámica (ochenta y siete versos latinos distribuidos en trísticos) compuesta para las bodas de esta princesa, hija de Ordoño I de Asturias, con un infante o rey navarro[2]. Con las letras iniciales de los versos se lee el acróstico: «Leodegundia pulc[h]ra Ordonii filia» («Leodegundia, bella hija de Ordoño»). Este poema resulta sumamente interesante porque demuestra que en ese temprano momento había ya cierta actividad cultural (literaria y musical) en el reino de Pamplona.
El Códice, conservado antiguamente en la catedral de Roda, en el Alto Aragón, se tuvo por desaparecido durante algún tiempo, aunque se guardaba una descripción del mismo en la Biblioteca Real de Madrid (2-F-8) y dos copias en la Real Academia de la Historia; sin embargo, en 1928 García Villada dio la noticia de que había aparecido, ofreciendo la siguiente descripción del mismo:
El códice está escrito en pergamino grueso y a una columna, salvo algunos folios que lo están a dos, cuatro y aun cinco. Mide 205 x 285 mm, y se compone de 232 folios, numerados modernamente y en perfecto estado de conservación. La letra del códice es minúscula visigoda, con algunas notas marginales en cursiva del mismo carácter. […] Paleográficamente el códice pertenece al tercer período de la escritura visigoda, que abarca desde el segundo tercio del siglo X hasta principios del XI[3].
La datación del códice nos llevaría, por tanto, a los últimos años del siglo X o principios del XI, y «se puede conjeturar que fue copiado en algún territorio de la Rioja, Navarra o el Alto Aragón»[4]. Sospecha este estudioso que en su transcripción han intervenido varias manos y destaca su importancia, tanto por ser un «ejemplar paleográficamente inestimable» como también por los textos que encierra (el crítico ofrece una descripción completa de su contenido).
Para Lacarra, el códice, que parece copiado de una sola vez, es navarro. Indica que contiene textos de origen astur-leonés y otros de indudable origen navarro, razón por la que aventura que quizá fuera confeccionado en un scriptorium de Nájera:
Sabemos que éste estaba en Nájera en el siglo XI. Ahora podemos lógicamente deducir que el códice fue copiado en un lugar del reino de Pamplona —¿Pamplona, Leire, Nájera?—, sin que de los datos que llevamos recogidos podamos precisar más. Teniendo las Genealogías un carácter esencialmente palatino, como diremos luego, y siendo Nájera la residencia habitual de la Corte navarra en el siglo X, nada tendría de extraño que el códice fuera todo él escrito en la Rioja y tal vez en Nájera mismo. Seguramente habría en la ciudad alguna iglesia palatina o monasterio, antecedente de Santa María la Real que fundara García el de Nájera (1052), con su scriptorium, y en él pienso que pudo confeccionarse el códice de Roda[5].
Y apunta sobre la autoría: «Cotarelo supone al autor eclesiástico, “acaso monje de aquellos monasterios navarros, cuya cultura ensalza San Eulogio, que muy bien pudo ser el famoso cenobio de San Zacarías”»[6].
Pues bien, el Poema de doña Leodegundiaocupa el folio 232 recto y vuelto de este valioso Códice de Roda (el vuelto, sobre todo, resulta ilegible en buena parte por la acción de los ácidos empleados para reavivar las tintas).
Poema de la reina doña Leodegundia, incluido en el Códice de Roda.
Transcribo aquí el comienzo:
Uersi domna Leodegvundia regina
Laudes dulces fluant tibiali modo magnam Leodegundiam Ordonii filiam; exultantes conlaudemus manusque adplaudamus.
Ex genere claro semine regali talis decet utique nasci proles optima que paternum genus ornat maternumque sublimat.
Cotarelo Valledor nos ha ofrecido una versión castellana del mismo:
Brote copioso raudal de dulces loas, tan dulces como los arpegios de la flauta, y batamos palmas celebrando jubilosos a la excelsa hija de Ordoño, Leodegundia.
Flor preciadísima de famosa estirpe regia, ornato de la alcurnia paterna, gloria sublime de la materna.
Con himnos de suave melodía, alabemos sus virtudes esplendentes, su clara elocuencia, su hondo saber en letras humanas y sagrada doctrina.
González Ollé, tras destacar que la composición merece ser estudiada «por sus propios meritos literarios», resume así su contenido:
Se inicia el poema con una invitación a cantar las alabanzas (laudes dulces fluant) de Leodegundia, motivo que se repite en otros varios pasajes (dulci uoce conlaudate.- Laudent Leodegundiam.- Etc.) Luego ensalza a su linaje (ex genere claro), sus valores morales e intelectuales (Ornata moribus, eloquiis clara, / erudita litteris sacrisque misteriis), su belleza (facies eius rutilat decore), sus dotes domésticas (moderata regula imperat familiis, / ornat domum ac disponit mirabile ordine). Tras implorar la ayuda divina (lumen uerum Dei te ubique tegat), siguen diversas recomendaciones espirituales (inquirantur more pio cuncti semper pauperes.- Idonea semper sis ad obseruandam / legem Dei melleam.- Limen domus Dei mansueta mente / alacrique animo frecuentare piisime: / Lacrimando et orando deprecare Dominum). Acaba el poema haciendo votos por una larga vida terrenal y luego eterna (post longa tempora / regnum Xristi consequeris) [7].
Respecto a su género literario, ha escrito el erudito investigador:
El desconocido poeta sabe atenerse a las convenciones propias del género epitalámico y al mismo tiempo consigue ciertamente que su obra se desarrolle con fluidez y elegancia, envuelta en un profundo sentimiento religioso, con resonancias de ecos escriturarios (algunas de tales características quedan patentes tras la anterior exposición de su contenido). Manifiesto resulta, por tanto, que el autor de la composición no se atiene a los modelos de la antigüedad clásica[8].
Por su parte, Higinio Anglès dedicó un apartado de su libro Historia de la música medieval en Navarra a mostrar la «Importancia artístico-cultural del canto epitalámico de Pamplona dedicado a la reina Leodegundia». En concreto, llama la atención sobre la circunstancia de que un reino que en el siglo IX pugna por nacer pueda ofrecer ya un canto epitalámico con su música, siendo «caso único en las culturas europeas». En efecto, el texto del Poema de la reina doña Leodegundiava acompañado de notación musical coetánea de la copia del códice, razón que lo convierte en el «canto epitalámico más antiguo de los conservados con notación musical, único en su género, que respira un arcaísmo pronunciado, recordando con ello y por su contenido el Carmen o Hymnus de numentibus visigodo […] y compuesto en el siglo VII»[9].
Más adelante explica Anglès algunas otras características que lo hacen peculiar:
Una cosa admira en este poema, y es que todo está escrito en vistas a la esposa, sin decir nada del esposo. En este poema ya no aparece nada de la mitología antigua, cuando en los cantos epitalámicos salía casi siempre el nombre de Venus. […] Leyendo con atención el Carmen dedicado a Leodegundia, admira que como instrumentos musicales menciona sólo la cítara, la lira y la tibia que S. Isidoro enumera entre los instrumentos. […] Otra cosa que admira en este Carmen es que, en vez de dar importancia a la parte activa que tomaban los instrumentos para festejar la esposa, se limite con preferencia a invocar el canto de las voces y el batir de las manos[10].
Además de comentar esta singularidad, explica respecto a su recitación que el poema se cantó ante el pueblo de Pamplona como un himno litúrgico y como una canción tradicional, con la misma melodía para todas las estrofas, que tenían que ser rítmicamente siempre iguales. Los versos de cada trístico no presentan rima; los dos primeros se subdividen en dos hemistiquios, siendo de seis sílabas los del primero, de siete los del segundo y de ocho los del tercero. El texto del Poema de la reina doña Leodegundia ha sido editado por Cotarelo Valledor, Valls Taberner, Lacarra, Anglès, Díaz y Díaz… Para la identidad de la princesa asturiana y de su cónyuge navarro, puede verse lo escrito por Sánchez-Albornoz[11].
[1] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), p. 29.
[2] Ver Antonio Ubieto Arteta, «El matrimonio de la reina Leodegundia», Medievalia, 10, 1992, pp. 451-454.
[3] Zacarías García Villada, «El códice de Roda recuperado», Revista de Filología Española, 15, abril-junio de 1928, p. 115.
[4] García Villada, «El códice de Roda recuperado», p. 116.
[5] José María Lacarra, «Textos navarros del códice de Roda», Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón. Sección de Zaragoza, 1, 1945, pp. 199-200.
[6] Lacarra, «Textos navarros del códice de Roda», p. 272.
[7] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, pp. 31-32.
[8] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, p. 32.
[9] Higinio Anglès, Historia de la música medieval en Navarra, Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Institución «Príncipe de Viana»), 1970, p. 42.
[10] Anglès, Historia de la música medieval en Navarra, p. 45.
[11] Claudio Sánchez-Albornoz, «Problemas de la historia navarra del siglo IX», Príncipe de Viana, XX, núms. 74-75, 1959, p. 24. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.
La Edad Media es, en general, una época de anonimia literaria: conocemos pocas obras y en muchas ocasiones ignoramos todo acerca de sus autores, aunque también irán apareciendo ya los primeros nombres propios. Sabemos, por los vestigios conservados, que en Navarra hubo una rica cultura visigoda (que se mantuvo especialmente en Navarra y en Cataluña por la mayor relación de estos territorios con Francia). Un dato se suele recordar a este respecto: el viaje que hacia el año 848 realiza san Eulogio de Córdoba, quien visita varios monasterios navarros y se lleva copias de distintos manuscritos que no eran conocidos en su lugar de origen, la Hispania andalusí. Como es bien sabido, es esta una época en la que la cultura permanece refugiada en los monasterios, y fuera de estos focos difusores del saber la incultura es bastante general: no es ya que el pueblo sea analfabeto; es que son muy pocos los nobles que saben leer y escribir. Incluso en épocas bastante avanzadas no serán muy numerosas las escuelas de Gramática que funcionan en el reino de Navarra.
A los monasterios y a las órdenes conventuales corresponde, por tanto, la tarea de conservar en estos siglos oscuros —aunque quizá no tan oscuros como una imagen tópica de la Edad Media nos ha venido transmitiendo— los saberes de la Antigüedad clásica y de irradiar cultura. En este sentido, podemos destacar la importancia del monasterio benedictino de San Salvador de Leyre como núcleo de extensión del dialecto navarro de que hablábamos en una entrada anterior. Un importante documento escrito de ese romance hispánico son las glosas de San Millán de la Cogolla (monasterio enclavado en territorio riojano, pero bajo dominio del reino de Pamplona en aquel momento), que son del siglo X, conocidas como Glosas Emilianenses. Las glosas son breves apuntes en lengua romance que los copistas colocaban interlineadas o en los márgenes de documentos latinos para aclarar determinadas palabras cuyo significado latino empezaba ya a serles dificultoso entender.
Manuscrito 60, que contiene las Glosas Emilianenses (Real Academia de la Historia).
En el caso de las primeras glosas, el monje que estaba anotando un sermón de san Agustín escribe:
Cono ayutorio de nuestro dueño dueño Christo, dueño Salbatore, qual dueño yet en honore e qual dueño tienet ela mandacione cono Patre, cono Spiritu Sancto, enos siéculos de los siéculos. Fácanos Deus omnipotes tal serbicio fere que denante ela sua face gaudiosos seyamus. Amen.
Con la ayuda de nuestro Señor Don Cristo, Don Salvador, señor que está en el honor y señor que tiene el mando con el Padre, con el Espíritu Santo, en los siglos de los siglos. Háganos Dios omnipotente hacer tal servicio que delante de su faz gozosos seamos. Amén.
Las glosas emilianenses se habían tenido tradicionalmente por el primer testimonio escrito de un romance hispánico, aunque se han visto desplazadas por un glosario datado en 964, estudiado por los hermanos García Turza. Recordaré, en fin, que algunas de esas glosas están escritas en vascuence[1].
Los primeros nombres propios que podemos consignar son los de Salvio (o Salvo) y Vigila, dos abades del monasterio navarro de San Martín de Albelda, también del siglo X. El primero es autor de la Regla a las vírgenes sagradas y de varios himnos religiosos «escritos, según los que de él tratan, con lucido estilo, sentimiento y suavidad»[2]. Al segundo, iluminador o miniaturista, colector de Concilios, historiador y poeta, se le atribuye el Códice Vigilano, también llamado Códice Albeldense: «Todos los primores de sus variadas aptitudes —escribe Zalba— los desplegó en el Códice Vigilano, denominado también albeldense, que llama la atención por la frescura de los colores y por la rica labor de imaginería, al mismo tiempo que es un conjunto de Crónicas interesantes para la historia y un Código del Derecho Canónico de aquellos tiempos»[3]. Cabe destacar que tanto el Códice Albeldense como los Códices de San Millán los consultaría en el siglo XIII Alfonso X el Sabio[4].
[1] Víctor Manuel Arbeloa, Navarra y el vascuence, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura-Dirección General de Universidades y Política Lingüística), 2001, p. 19.
[2] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 346.
[3] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 346.
[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.
Al empezar a tratar de la historia literaria de Navarra, y al tener que referirnos a su época más lejana, la Edad Media, debemos también comenzar matizando algunos conceptos y dejando claras algunas ideas esenciales. Por ejemplo, qué vamos a entender por literatura y qué por Navarra.
Una primera cuestión es a qué llamamos literatura. Ocurre que los historiadores de la literatura tienden muchas veces a incluir en sus estudios obras que, en sentido estricto, no pertenecen al terreno de la literatura, sino que son tratados de filosofía, historia, oratoria, ciencias, artes, etc. Esta tendencia es más acusada sobre todo al abordar el estudio de la Edad Media, porque en esa época son mucho más escasos los textos estrictamente literarios que se conservan. Ante esa carencia de textos, se intenta “rellenar” el panorama —que de otra forma quedaría con bastantes huecos— con obras de corte más bien erudito y hasta científico, obras que no son propiamente literatura, aunque puedan contener, en mayor o menor medida, algunos elementos con valor literario. En este panorama también daré entrada a ese tipo de obras, pero de forma más breve, reservando el espacio principal para las composiciones estrictamente literarias, esto es, aquellas en cuya génesis está la intención de crear una obra de ficción. Ese es el criterio fundamental que manejo para considerar que una obra es literaria: el que predominen los elementos de ficción, la fantasía fabuladora del autor, en definitiva, que se trate de verdaderas obras de creación.
Scriptorium medieval.
En segundo lugar, qué entendemos por Navarra. Hay que tener en cuenta que los límites geográficos del antiguo reino pirenaico —primero de Pamplona, luego de Navarra— van a ser muy variables en el largo periodo medieval (en su momento pertenecieron a él las Vascongadas, la merindad de Ultrapuertos, territorios de La Rioja, Aragón…). Al trazar el panorama de estos siglos medievales, consideraré que han de entrar en la historia literaria de Navarra los escritores nacidos o las obras concebidas dentro de los territorios que en cada momento comprendía el reino.
Otra cuestión preliminar importante es de orden lingüístico. En efecto, al referirnos a la Edad Media, además de las cuestiones geográficas recién apuntadas, hay que tener en cuenta la riqueza idiomática del territorio navarro. Podemos considerar, al menos, estas seis variedades idiomáticas: el latín (lengua culta ligada a los monasterios, difusores de cultura); el vascuence (es el idioma del pueblo en buena parte del territorio, pero se trata de una lengua oral, que solo muy tardíamente pasaría a ser escrita[1]); el romance navarro (que es el dialecto romance derivado del latín en territorio navarro, tradicionalmente estudiado en conjunto con el aragonés —navarro-aragonés—, aunque con rasgos lingüísticos propios que permiten diferenciarlo, según demostraron los estudios de Fernando González Ollé y Carmen Saralegui[2], entre otros; este dialecto, el romance navarro, fue la lengua oficial de la Corte navarra, ya que facilitaba los contactos con los otros reinos cristianos). Y hemos de considerar también los idiomas correspondientes a tres minorías de población: el árabe (hablado por la población musulmana), el hebreo (hay importantes juderías o aljamas en Pamplona, Estella, Viana, Los Arcos… que cuentan con la protección real) y los dialectos occitanos[3] correspondientes a la población de origen franco (con la que se van repoblando los burgos de nuestras ciudades medievales). Por supuesto, habría que estudiar la distinta extensión geográfica y la difusión social de cada una de estas lenguas. Pero importa consignar que todas ellas nos dejaron sus testimonios literarios escritos en la Edad Media, con la excepción del vascuence, de tradición eminentemente oral y cuyas primeras manifestaciones literarias escritas no se presentan, como veremos, hasta el siglo XVI. José María Corella, en un trabajo del año 1980, tras referirse a la romanización de Pamplona y del territorio de Navarra y recordar los diferentes pueblos (vascones, romanos, bárbaros, godos…) que pasaron por nuestra tierra, alude a esa situación de plurilingüismo:
Navarra, pues, es una tierra que se configura multirracialmente y que se expresa en varias lenguas: el latín (del que salió el romance navarro, hablado ya en el siglo IX en el reino de Pamplona), el vascuence (mantenido en el reducto montañés no romanizado) y un pequeñísimo conjunto de dialectos mozárabes que muy pronto ceden y desaparecen ante el empuje avasallador del romance, implantado como lengua oficial en el reino de Navarra incluso antes que lo hiciera para sí el reino de Castilla[4].
Por último, no hemos de olvidar que la historia política del reino de Navarra (reino de Pamplona en sus orígenes) es muy compleja. Esta tierra fronteriza fue —y sigue siendo— cruce de culturas, idiomas y religiones, encrucijada de caminos, y esa circunstancia tendrá importantes repercusiones culturales. Pensemos en la importancia del proceso histórico de la Reconquista. Pensemos en las relaciones que mantuvo Navarra a lo largo de los siglos con sus poderosos vecinos (Aragón, Castilla, Francia), a veces con periodos más o menos largos de unión dinástica con algunos de esos territorios. Pensemos también, por señalar otros dos ejemplos señeros, en la importancia del Camino de Santiago y en la introducción de la reforma cluniacense, con el correspondiente trasiego de ideas y de movimientos artísticos procedentes de Europa que ambos fenómenos supusieron para Navarra. Sumemos a todo esto las distintas relaciones políticas y diplomáticas establecidas con los demás reinos hispánicos y con los territorios franceses. Todos estos factores históricos marcarán, sin duda alguna, los hechos culturales y también, cómo no, los literarios[5].
[1] Ver Fernando González Ollé, «Vascuence y romance en la historia lingüística de Navarra», Boletín de la Real Academia Española, 50, enero-abril de 1970c, pp. 31-76.
[2] Ver Fernando González Ollé, «El romance navarro», Revista de Filología Española, 53, 1970a, pp. 45-93, y Carmen Saralegui, El dialecto navarro en los documentos del Monasterio de Irache (958-1397), Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Institución «Príncipe de Viana»), 1977.
[3] Ver Fernando González Ollé, «La lengua occitana en Navarra», Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, 25, 1969, pp. 285-300.
[4] José María Corella Iráizoz, La literatura y los escritores hebraicos en Navarra, Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Dirección de Educación), 1980, p. 6.
[5] Una buena aproximación al panorama literario y cultural de Navarra en la Edad Media puede verse es el trabajo de Juan Antonio Frago Gracia, «Literatura navarro-aragonesa», en José María Díez Borque (coord.), Historia de las literaturas hispánicas no castellanas (Madrid, Taurus, 1980), pp. 219-276. Ver también Antonio Ubieto Arteta, «Poesía navarro-aragonesa primitiva», Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, VIII, 1967, pp. 9-44. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.