Los cuentos de José María Sanjuán: «La gran tarde»

EspontáneoLeo, Pedrete y Marcial son los protagonistas de «La gran tarde» (pp. 51-68)[1]. Camino de la feria de San Isidro discuten sobre si los toreros lo son por afición o por dinero. Por su conversación (salpicada de expresiones coloquiales: lila, parné, pelao, verde ‘billete de mil pesetas’, leandras ‘pesetas’…) nos enteramos de que un millonario americano les dará mil pesetas si uno de ellos salta como espontáneo durante la corrida. Necesitan dinero para una entrada y Leo lo consigue haciendo de gancho en una atracción. Marcial es quien va a la plaza; horas más tarde, no aparece en el bar donde habían quedado después de la corrida, y tampoco en casa del ricachón extranjero.

Al final llega éste, borracho, diciendo que su amigo ha muerto corneado por el toro y se niega a pagarles el dinero prometido. Con las palabras finales, el título cobra un valor irónico: «Se tapó los ojos con la mano, como con asco, y cerró bruscamente la puerta. Como si la gran tarde hubiese terminado ya» (p. 68). La indiferencia del millonario contrasta con las ganas de salir adelante de los desvalidos muchachos; es interesante además, en este relato, el contraste entre dos de ellos, Leo, que es el más cerebral, y Marcial, símbolo del valor, que al final termina pagando con su vida.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Un olor a leña húmeda y quemada»

«Un olor a leña húmeda y quemada» (pp. 39-49)[1] también comienza in medias res. De madrugada, varios hombres, dirigidos por un mayoral, tratan de meter en un camión una bestia que se ha astillado los cuernos para llevarla al matadero. Contempla la escena un joven de quince o dieciséis años, que protesta porque le habían prometido que torearía esa vaca brava.

Maletillas

Un aspecto destacado del relato es la incorporación de sensaciones olfativas, circunstancia a la que alude el título (véanse las pp. 41, 44, 46, 49 y passim), desde la perspectiva del muchacho anónimo —como otros muchos personajes de los cuentos de Sanjuán—, en particular el agrio contraste entre el olor a leña del fuego y el bravío de la vaca lastimada.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Lo que tú siempre quisiste ser»

El segundo relato de El ruido del sol de José María Sanjuán, «Lo que tú siempre quisiste ser» (pp. 29-37)[1], presenta un comienzo in medias res: «El hombre se volvió hacia el muchacho y le dijo…» (p. 31). En la taberna, un hombre habla con un joven, Loro, de un famoso torero cuya fotografía está colgada en la pared. El hombre insiste en que pudo haber ido con él, pero no quiso.

Taberna

Sigue el diálogo, fluido, también cuando llega el limpiabotas Jerónimo. El hombre aconseja al muchacho: le explica que, en la profesión taurina, arriba llegan muy pocos, insiste en que él pudo haber triunfado como el matador de la foto y le vaticina que él no llegará. La frase final del limpia Jerónimo aclara el resentimiento del frustrado maletilla: «Desde que le dieron la cornada y lo echaron de peón por malo, siempre discute así… ¡Un asco!» (p. 37).


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Los cuentos de José María Sanjuán: «La espera»

El libro de cuentos El ruido del sol (1968) de José María Sanjuán se abre con «La espera» (pp. 17-27)[1], que va encabezado por una cita de Edward Glover, con la que enlaza el comienzo del relato. Julián y una muchacha acuden a la habitación del matador para saludarlo y desearle suerte. El torero confiesa a un periodista que tiene miedo. En la habitación el calor es grande, y más que a la acción invita a la reflexión, lo que se traduce en el ritmo lento del relato:

Es ahora cuando llega la sombra aciaga y se enturbian los pensamientos. Y sucede así porque todavía la cabeza funciona bien y los gritos del público y el fragor de la fiesta no ha emborrachado al ídolo. Se ve muy claro el peligro y la figura de la bestia (p. 24).

Al maestro le acompaña Rafael, su mozo de espadas. Las varias frases que se van reiterando en el discurso narrativo indican que todo sigue igual, que no pasa el tiempo o que pasa muy lentamente.

Torero

Poco a poco se acerca la hora decisiva: el torero siente un gusano en el pecho, reza, tiene miedo… hasta que salta a la arena: «Luego, en la plaza, se pasa» (p. 27). Ha llegado la hora de la verdad: «De pronto rompió la tarde un ruido de músicas. Y fue como la liberación de todo». No hay otro desenlace. Sanjuán ha construido el relato tomando como centro, no el momento culminante de la faena, sino las lentas horas previas (el relato termina precisamente cuando aquella va a empezar) y sabe transmitir al lector la angustiosa espera del matador.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

«El ruido del sol» (1968), de José María Sanjuán

José María Sanjuán Urmeneta (Barcelona, 1937-Pamplona, 1968) fue un brillante periodista y escritor, cuya prometedora carrera literaria se vio truncada por una temprana muerte. En las próximas entradas me propongo un acercamiento a su producción cuentística, que está formada fundamentalmente —dejando aparte algunos relatos sueltos[1]— por dos libros: El ruido del sol (1968) y Un puñado de manzanas verdes (1969).

Para escribir el primero de esos dos libros Sanjuán contó con una beca March de Literatura. Se publicó en 1968, y conoció una segunda edición en 1971[2]. Se trata de una colección de quince relatos que tienen en común el mundo del toro y, sobre todo, del torero.

El ruido del sol, de José María SanjuánEl «Prólogo» de José María Pemán (pp. 9-16) va encabezado por una cita de Eugenio Noel que da una pista sobre el significado del título: «El sol, un sol de estío, lleno de ruidos, alumbraba todo eso». Pemán rememora una entrevista que Sanjuán le hizo, en la que aprendió «cosas de una juventud de nueva conciencia, de una seriedad y una autenticidad pasmosa» (p. 10). Habla de su originalidad y modernidad y recuerda que ganó el premio «Hucha de oro» con un cuento «impresionante», «novísimo»: el autor «parecía resuelto a hacerse una vida literaria ahorrando clasicismo en hucha de oro, y despilfarrando sus rentas en originalidad y modernidad» (p. 12). Nos informa asimismo de que, ya enfermo, Sanjuán organizó desde la cama este libro de relatos, El ruido del sol: «Buen título. El sol, sobre todo en los toros, es vociferante y ruidoso: como la luna, sobre todo para los enamorados, es confidente y romántica» (p. 14).

Sigue comentando Pemán que estos «relatos de cosas de toros y toreros» nacieron un verano en el que el autor fue de plaza en plaza tras Antonio Ordóñez. Algunos de ellos recuerdan a Hemingway, aunque en su opinión son otra cosa: «En Sanjuán ha vuelto a funcionar el modo de hacer del cuento una “supernovela” que se escapa hacia el poema lírico» (p. 15). Con el «estímulo melancólico del más vivo y colorista de los temas», el de toros y toreros, Sanjuán produce una «renovación literaria y poética», que explica así:

Sus relatos —poemas— remachan su originalidad, además de por la manera de hacer, por su escorzo de contemplación. En el libro de Sanjuán está todo lo más humano y recóndito del tema profundísimo. Son las narraciones taurinas de antes y después de la corrida (pp. 15-16).

Y concluye Pemán que el autor es «el narrador-poeta de la más densa colección de escenas taurinas, generalmente sin toro».

Los títulos de los quince cuentos (cuyo comentario iré abordando en las próximas entradas) son: «La espera», «Lo que tú siempre quisiste ser», «Un olor a leña húmeda y quemada», «La gran tarde», «El triunfador», «Una lluvia suave y pegajosa», «El silencio está lleno de ruidos», «Un día es un día», «El aire sabe a caliente», «El extraño», «La camisa amarilla», «Las cenizas de todos nosotros», «No es bueno volver a empezar», «Mañana será un hermoso día» y «El último tercio».


[1] Por ejemplo, «El cerco», publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 150, junio de 1962, pp. 354-358 (impreso también en edición exenta: El cerco, Madrid, Imprenta del BOE, 1962, 5 pp., en tirada aparte de la revista); o «Una nueva luz», recogido en Los mejores cuentos. Antología de premios «Hucha de Oro», Madrid, Novelas y cuentos (EMESA), 1969, vol. I, pp. 19-23 (puede leerse también en Una nueva luz y vientinueve premios más. El cuento en la literatura española actual, Madrid, Confederación Española de Cajas de Ahorros Benéficas, 1966, pp. 3-8; se publicó también en prensa con el título «Las luces de Bartimeo»).

[2] José María Sanjuán, El ruido del sol, Barcelona-Tarragona-Madrid, Ediciones Terra, 1968, con dibujos interiores de Juan José Plans y prólogo de José María Pemán; José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), también con prólogo de Pemán, edición por la que citaré.

Un «Retablillo navideño en tres cuadros» de Pedro García Merino

Pedro García Merino (Mélida, 1908-Pamplona, 1977) compuso un Retablillo navideño en tres cuadros, subtitulado Nochebuena en la Ribera. Incluye voces riberas y está lleno de gracia y salero, como comenta Víctor Manuel Arbeloa:

El Retablillo vuelve a la larga tradición de las églogas castellanas, donde los pastores son las voces del pueblo, que piensa, habla y ríe como ellos[1].

Los personajes son el señor Juan (pastor viejo), el Repatán primero y segundo, y las señoras Inés, Lucía, Graciosa y Nicereta. El señor Juan les anuncia la profecía del próximo nacimiento de un Niño; cuando eso suceda, todo será felicidad en el mundo (va enumerando una serie de sucesos positivos que tendrán lugar: habrá paz, alegría, comida en abundancia para todos…).

El nacimiento de Cristo, por Lorenzo Costa

El Repatán segundo le replica:

—Una cosa le discuto:
dice usté quiabrá tocino.
¿Pues no es preceto divino
no comer carne de cuto?

A lo que responde el señor Juan:

—Eso es ley de Moisén,
pero en la nueva ordenanza
se podrá comer matanza
y longaniza tamién.

Pero, además de estas bromas a propósito de la comida, hay lugar asimismo en el Retablillo para los pasajes líricos. Por ejemplo, en el cuadro tercero, las mujeres y los pastores se acercan al portal y dedican al Niño estos bellos piropos:

—Precioso, rico, clavel…
—Majico, guapo, salero…
—Florecica del romero…
—Lirio, gotica de miel…


[1] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 45.

«Pastoral de Navidad» (1942) de Genaro Xavier Vallejos

Escuchad, hermanos, una gran noticia:
«Hoy en Belén de Judá
os ha nacido el Salvador.» 

En Pastoral de Navidad —obra que ha sido representada durante varios años en Sangüesa por la Agrupación «Misterio de Reyes»— Genaro Xavier Vallejos retoma algunos personajes del libro anterior: Pola, Luperca, la Garula… Se trata de un Poema escénico que se estrenó en Madrid en 1942. En el prólogo, el sacerdote sangüesino explica que introduce en su obra varios anacronismos —es decir, referencias que no corresponden al tiempo y al lugar histórico real de los hechos— para dar mayor fuerza emotiva y evocadora a su obra, porque el misterio del Verbo encarnado es de todos los siglos. Cito:

Para él no hay ni ayer ni hoy, mientras exista esta medida del tiempo. […] Diariamente nace Cristo entre nosotros.

Nacimiento de Cristo

Como se trata de un hecho universal, el escritor localiza la acción en un lugar cercano, e introduce diversas referencias a las costumbres y a la forma de hablar de su localidad natal y de la zona (así, alude a las alubias de Sangüesa, a las ollas fabricadas en Lumbier…).

La obra se divide en seis cuadros: «La Anunciación», «La Visitación», «Camino de Belén», «Belén», «Nacimiento» y «Adoración de los Reyes». En el primero se oyen cañonazos y el tableteo de ametralladoras (este es uno de esos anacronismos de que hablaba antes, porque obviamente tales armas no existían en la época). «¿Hasta cuándo la miseria, y el odio, y el dolor, y las lágrimas?», se pregunta una voz, porque reina en el mundo una noche oscura, de sangre y guerras. Parece que Vallejos hubiera escrito estas palabras en nuestros días. Sin embargo, algo va a cambiar: el ángel Gabriel viene a anunciar a María la concepción y el nacimiento del Salvador; la luz que en ese momento se hace en el escenario simboliza la pronta llegada de Cristo, que será la Luz de los hombres.

El cuadro segundo describe «La Visitación» de la Virgen a su prima Isabel. En el tercero, «Camino de Belén», la acción se traslada a una posada, donde aparecen simpáticos personajes populares: Pola, Luperca, Taratoles y su nieto Peli, que piden alojamiento por caridad… Tras las riñas y discusiones de Luperca y Pola, se oyen unos bellos versos que alguien canta en el campo:

Alma, ya vienen
llamando a tu puerta.
Alma, date prisa,
que la hallen abierta.
Que la hallen abierta,
que la noche es fría.
¡Alma, si supieras,
qué pronto abrirías!

Cuando llegan la Virgen María y San José se encuentran con el «No hay posada» de la poco caritativa Pola, enfadada porque se imaginaba unos huéspedes más ricos. El cuadro se resume en estos cuatro versos finales:

Solitos vinieron,
solitos se van.
La noche está helada.
¿Quién les abrirá?

En el cuadro cuarto, «Belén», vuelven a aparecer esos mismos personajes del pueblo: María Sarmiento, Luperca, María la de la panadería, Agapita, la Garula, Pedro Matú y Manasén, quienes murmuran y cotillean en las ventanas de sus casas. María y José llaman a sus puertas, pero nadie les abre.

No hay posada...

El cuadro quinto se titula «Nacimiento»; un coro de ángeles anuncia a los pastores la Buena Nueva de la llegada del Mesías, y siguen unas coplas de Taratoles y el alegre villancico de la Pastora:

Caminitos del monte,
caminitos en flor.
¿Quién ha ido a contaros
que nacía el Señor?

[…]

Todo es paz en el mundo.
Todo vuelve a nacer
por la gracia de un Niño
que os nació en Belén.

Diversos personajes van entrando en una danza festiva, según son nombrados en el villancico, y al final la Virgen María eleva al Niño como una hostia.

Niño Jesús en la Hostia

En fin, el cuadro sexto representa la «Adoración de los Reyes». Luperca y Pola, ya reconciliadas, acuden al portal, invadidas por la alegría, bailando y cantando:

A Belén, pastores,
que el Rey celestial
ha nacido anoche
en un pobre portal.

Ahora «Todo está cambiado» tras el nacimiento del Niño-Dios y los distintos personajes vienen a adorarlo, al tiempo que Taratoles entona una canción de cuna que comienza:

Duérmete, Niño,
duérmete ya,
no tengas prisa
por despertar.

Gracias al tratamiento humano que les da Genaro Xavier Vallejos, esos personajes humildes que han sido testigos del Nacimiento de Jesús —Pola, Luperca, Taratoles, Peli, los pastores…— se hacen muy cercanos al espectador o al lector de esta Pastoral de Navidad, y con ellos también ese misterio de la Natividad del Salvador del Mundo, según era la intención del escritor.

Escuchad, hermanos, una gran noticia:
«Gloria en los cielos a Dios
y en la tierra al hombre paz.»

«Viñetas antiguas» (1927) de Genaro Xavier Vallejos

Los que soñáis y esperáis
la Buena Nueva,
abrid las puertas al Niño
que está muy cerca.

El sacerdote sangüesino Genaro Xavier Vallejos (1897-1991) es autor de dos obras navideñas, que son Viñetas antiguas (1927), narrativa, y Pastoral de Navidad (1942), teatro.

Viñetas antiguas es un libro que incluye veintiocho semblanzas narrativas; varias de ellas refieren episodios de la vida de Jesús, y en concreto su nacimiento y su infancia. Tras «Campanas de la Anunciación», la titulada «Las nueve jornadas» describe el viaje de María desde Galilea a Belén, que hace montada en «un jumento gracioso, cegato, vejete, pelón y trotón».

De Nazaret a Belén

Esta secuencia narrativa es interesante porque contiene en germen la acción de la segunda obra navideña del autor, Pastoral de Navidad. María y José van primero a casa de su prima Rebeca, pero son rechazados; lo mismo les sucede en casa de Marta. Acuden entonces al mesón de «la avara, la dura, la terca Luperca», y allí reciben la misma respuesta negativa. Copio el fragmento que corresponde a este pasaje:

El mesón es grande, capaz para muchos huéspedes. Pero la dueña del mesón es la avara, la dura, la terca Luperca. Y antes de que ella admita a un pasajero, mucho tiene que cerciorarse de sus dineros, de sus haciendas, y hasta del repuesto que trae en las alforjas. Esta noche, como es muy copiosa la afluencia de forasteros que vienen al padrón, ella misma está a la puerta con una vigilancia impropia de su extrema vejez.

San José, que la conoce de tiempos atrás, se acerca solícitamente:

—¡Buenas noches, señora Luperca!

De una sola mirada de sus ojos astutos, Luperca investiga la pobre catadura de los viajeros.

—¡Bien crudas están para mi reúma!

—A sus años, debiera cuidarlo.

—¡Ya lo creo! ¡Yo estaría en la cama y el mesón sin huéspedes!

—¿Tendrá un rincón para nosotros, señora Luperca?

—¡Qué pensamiento! Ni para mí lo hay, que tengo que estarme en este poyo toda la noche.

—Aunque sea en el pajar, en el corral, en la cuadra. Algo que no esté a la intemperie.

—¡Doblones me han pagado por un poco de paja! ¡Todo está así!

Y junta los diez dedos de sus manos y miente descaradamente. Como San José había arrimado un poco el jumento, ella se levanta recelosa y les da con la puerta en el rostro. Aún asoma por un resquicio su cara de corcho y dice con verdadera burla:

—¡En las cuevas de allá abajo tendrán casa de balde!

Entonces de los ojos de San José se desbordan dos lágrimas de fuego. Piensa en la Virgen María.La Virgen también llora, pensando en el Niño Jesús. Están en mitad del camino. Un poco más abajo, junto al recodo, se dibuja, bajo la luna, la negra silueta de la cueva. No queda otro recurso.

Me parece un texto especialmente bonito y emotivo, por la ternura con que Vallejos sabe captar la desolación de la Sagrada Familia, en contraste con la avaricia de la mesonera. María y José encuentran la cueva hecha una cuadra, con un buey que no se sabe bien quién dejó allí. Y comenta el narrador: «Los cielos y la tierra aguardan en un silencio de maravilla. / Se acerca la medianoche». Y es que va a ocurrir algo milagroso: la encarnación del Verbo.

La Virgen María encinta

La misma ternura y la misma sensibilidad muestra Vallejos en otras dos viñetas, «Ya sale el niño Jesús», donde vuelve a aparecer la chismosa Luperca, y «La Virgen estaba lavando», donde se refiere la adoración de los Reyes Magos; Luperca, viendo posibilidad de ganancia, quiere llevar a su mesón a los regios personajes, pero otra vecina, Tiberga, los guía hasta el portal.

La Virgen sueña caminos,
está a la espera;
la Virgen sabe que el Niño
está muy cerca.

El desengaño del mundo en «Desengaños místicos» de fray José Alberto Gay

Comentaba en la entrada anterior que la última sección de los Desengaños místicos (1757) del tudelano fray José Alberto Gay es la más interesante del libro. Ya los primeros versos nos sitúan frente a los tópicos clásicos de la «vida retirada» y del desengaño del mundo:

Del mundo retirado,
huyendo tu fatal, infiel abismo,
en mí reconcentrado,
hablando el corazón consigo mismo,
con luz al desengaño, a que me inspira
conocerlo, del mundo me retira (pp. 56-57).

El yo lírico, desde sus «soledades» y «oculto del bullicio de las gentes», va a mostrar el carácter falso del mundo, en diversos aspectos: el amor es engañoso, la belleza resulta efímera (una flor que se marchita al más breve soplo)… todo es «engañosa apariencia», y cuando llega la muerte todo lo mundano queda convertido «en hediondez, en asco y en horrura» (p. 59). Tampoco es un bien estimable la nobleza, salvo únicamente la que se identifica con la virtud:

Es todo fantasía,
es apariencia todo y falsedades;
quien bien lo conocía
exclamó: vanidad de vanidades;
sin virtud no hay grandeza,
que sola la virtud es la nobleza (p. 69).

Ni siquiera la sabiduría debe llevar al hombre a enorgullecerse: el sabio presumido no debe olvidar que toda la ciencia que tiene se la debe a Dios. Del mismo modo, las riquezas no son un bien estimable. Al final, todo cede ante el poder igualador de la muerte:

Aquel que obstenta galas,
el otro que se engríe en la nobleza,
otra bizarra Palas,
otro armado de mando y de riqueza,
a un breve volver de ojos
los veo de la parca ser despojos (p. 62).

A continuación aparece la imagen tópica de la voltaria fortuna, con su rueda:

Con la suerte oportuna
se mira aquel feliz entronizado,
pues ciega la fortuna
en la cumbre le puso colocado;
pero, ¡ay!, ¿qué le sucede?
Que a otra vuelta desde lo alto ruede (p. 62).

Fortuna

Después, para desengañar la «loca fantasía» del hombre, introduce el poeta cinco imágenes simbólicas: la selva exuberante de belleza que se marchita en cuanto sopla el noto; los primorosos cedros convertidos en frágil heno; la fuente risueña que va a morir en el mar; el ave parlera atrapada en la red o en la liga; y el corzo ligero abatido por un disparo. Esta es la parte más bellamente elaborada del poema, con algunas hermosas imágenes de sabor barroco (en la línea de las de la «Canción real a una mudanza» de José de Sarabia):

La fuente corre aprisa,
risueña entre las guijas se dilata,
al campo causa risa,
es en el césped cítara de plata;
mas su curso armonioso
en el mar halla su sepulcro undoso.

El ave que, parlera,
se desmiente clarín del vago viento,
sirviéndole a la esfera
de vistoso plumaje con contento,
cuando más se divierte
en la liga, en la red halla la muerte.

El corzo que, ligero,
es viviente bajel de selva y prado,
pues natural velero
céfiro se desmiente desatado,
para infelicemente
siendo rémora al curso el plomo ardiente (pp. 62-63).

La conclusión es, en suma, que todo cuanto ofrece el mundo «embustero», «engañoso» e «inconsecuente», no son más que «gustos fugitivos», de ahí que el hombre deba poner sus ojos en objetivos más altos:

En Dios fija la mira,
este es amigo fiel y verdadero;
del mundo te retira,
que es falaz, mentiroso y lisonjero:
allá hay sin contingencia
lo que aquí solo ves en apariencia.

[…]

Maldigo tus halagos,
mentiras, falsedades y traiciones;
conozco tus estragos,
mundo engañoso, lleno de ficciones,
y escarmentado vuelo
a buscar a mi Dios, por quien anhelo (pp. 63-64).

No faltan en esta composición las alusiones mitológicas (Jano, Cupido, Venus, Palas, la parca…) y bíblicas («se ocultan para Abneres los Joabes», p. 57), junto con referencias a otros personajes históricos (san Francisco de Borja). Asimismo, advertimos la presencia de varios tópicos clásicos, como el virgiliano latet anguis in herba («solapadamente / encontré entre las flores la serpiente») o el medieval Ubi sunt? (al tiempo que se recrea un célebre verso gongorino):

¿Adónde están los Ciros,
Nabucos, Alejandros, Baltasares?
El orbe corre a giros,
reconoce sus glorias militares,
verás su honra pasada
disuelta en tierra, en humo, en sombra, en nada.

Sus soberbios palacios,
el cetro, la grandeza, la corona,
los diamantes, topacios,
y cuanto grande de su ser blasona,
del tiempo al voraz diente
todo es pasado, nada de presente (p. 60).

En fin, los Desengaños místicos del Padre Gay se cierran con una «Protesta» (una décima) en la que el autor pone todo lo escrito bajo la corrección de la Iglesia, según fórmula usual.

Los «Desengaños místicos» (1757) de fray José Alberto Gay

He manejado una copia del ejemplar de la «segunda impresión, corregida y aumentada por el mismo autor» conservado en la Biblioteca Pública de Tudela, sign. R 2.545[1]. Esta segunda edición del libro se dio a las prensas en Zaragoza, en la imprenta de Francisco Moreno, el año de 1757.

Los Desengaños místicos están escritos en verso. Tras la «Dedicatoria a la fidelísima Esposa de Cristo Santa Gertrudis la Magna, honor y timbre glorioso de la sagrada, esclarecida religión del G. P. S. Benito» (nueve octavas reales, que ocupan cuatro páginas sin numeración), el libro se divide en las siguientes secciones:

1) «Introducción que hace el pecador lloroso para explicar en los Psalmos Penitenciales su arrepentimiento». Se trata de una larga glosa, en romance de rima –é o, de los siete salmos penitenciales. El uso continuo de esa misma rima para las siete glosas imprime un ritmo bastante monótono a esta sección inicial, que apenas se ve compensado por algunos aciertos de expresión (por ejemplo, la habitual interpretación exegética del agua como tribulación).

2) «Glosa de 19 cuartillas en que el alma propone amorosos afectos, después de haber llorado sus pecados», donde ya encontramos algo más de poesía. El modelo seguido es ahora el Cantar de los cantares: en efecto, en estas glosas se cantan los amores de la Esposa (el Alma) con el Esposo (Dios). Hay alguna bastante lograda, como por ejemplo la número II, que glosa estos versos: «¡Oh, Pastorcito divino!, / Lucero del alma mía, / resplandor del mejor día / que ha logrado mi destino» (p. 25a).

3) «Pinta el alma presente el Infierno, para librarse del pecado». Son 46 décimas en las que el yo lírico, al tiempo que describe las penas y los tormentos del infierno, incita al hombre a huir del vicio para evitar el castigo de la justicia divina. Termina así:

Este es un corto bosquejo
del mayor mal de los males;
abrid los ojos, mortales,
miraos en este espejo:
las luces de su reflejo
contengan vuestra maldad,
temed la severidad
del Infierno que os espera,
y evitad de esta manera
penas de una eternidad (p. 44).

Infierno

4) «Explica el alma el dolor que padece en el destierro de la celeste Corte», tirada de 26 octavas reales que glosan en estilo solemne y elevado el salmo 136, «Super flumina Babylonis».

5) «Glosa de la secuentia Dies irae, dies illa», 19 nuevas décimas que se construyen artificiosamente incorporando, junto con los versos castellanos, algunas de las expresiones latinas originales.

6) «Misterioso sueño para dispensar del pecado, propuesto en el siguiente romance, habiendo dado la primera cuartilla, para proseguir», romance de rima aguda en : el desengaño se ofrece en esta ocasión a través de un sueño del yo lírico en el que ha visto cómo, tras su muerte, su alma era condenada al Infierno; hace propósito de enmienda y confía en que los demás pecadores sigan su ejemplo.

7) «Exhortación a la resignación y paciencia en la siguiente glosa», donde los versos comentados son: «Sufre con amor igual, / alma, lo que más lastima, / que la más áspera lima / limpia mejor el metal».

8) «Para desengañar a otros, habla el corazón desengañado consigo mismo, proponiendo los engaños del mundo», que es una canción (43 estancias de seis versos heptasílabos y endecasílabos, con esquema de rima 7a 11B 7a 11B 7c 11C). Esta es, sin duda alguna, la sección más interesante del libro, y merece un comentario más detenido en una entrada aparte.


[1] Agradezco a Roberto San Martín Casi, responsable del Fondo Antiguo de la Biblioteca de Navarra, sus amables gestiones para la obtención de esta copia y las de otras obras del Padre Gay.