La poesía festiva de José Joaquín Benegasi y Luján

Dado el considerable número que suman las poesías de José Joaquín Benegasi y Luján, mi acercamiento a este corpus suyo en estas entradas habrá de ser, a la fuerza, parcial y selectivo. No pretendo un análisis sistemático del conjunto de su producción poética, sino hacer tan solo algunas calas[1] que puedan servir para ejemplificar los principales temas, motivos y procedimientos estilísticos presentes en su poesía festiva. Serán pues, algunas consideraciones muy generales que permitan, eso sí, apuntar los rasgos más significativos y citar, a modo de pequeña antología, algunos de sus versos.

La primera conclusión que se obtiene tras una lectura de los textos poéticos de Benegasi hijo es la de su inclinación preferente a lo festivo y jocoso, a los chistes y las gracias. Un ambiente lúdico —podría decirse— impregna la mayor parte de sus poemas, en los que predomina la estética conceptista de la agudeza, con abundancia de dilogías y otros juegos de palabras, con el empleo jocoso de rimas agudas (muy frecuentes) y esdrújulas[2], versos de cabo roto[3], anáforas y otros juegos de repetición…

Juegos de palabras

Consideremos por ejemplo el texto «Preguntándole un caballero erudito y forastero “¿Qué hay en Madrid?”, respondió en este SONETO»:

Hay necios, hay mordaces, hay groseros;
hay temosos, hay ruines, hay dotores;
hay señores no tales y hay señores,
hay sillas, coches, bestias y cocheros.

Hay mujeres (mujeres) usureros,
escribanos que son procuradores,
hay sobrados letrados, relatores
y arrendadores como caballeros.

Hay falsedad, ficción, enredos, maulas,
hay discretos, por que haya desgraciados,
con obras dignas de que tú las rayes.

Hay muchos que habitar debieran jaulas;
hay varios mozos, bien desengañados,
¡y hay (que es lo peor) imponderables hayes![4]

(Obras líricas jocoserias…, p. 21)

El humor apunta ya muchas veces en la propia forma de rotular las composiciones, con títulos curiosos como el del soneto «Diálogo en que se supone al dios Apolo distribuyendo parte de la puntuación que halló en cierta imprenta entre un ingenio, un caballero pobre y un conde» (Obras líricas jocoserias…, p. 6). Tenemos «Otro [romance] a lo que dice (si lo dice)» (Obras líricas jocoserias…, pp. 90-92), etc. Un recurso muy frecuente para conseguir la comicidad en estas poesías es el empleo de rimas jocosas, particularmente las agudas. Un ejemplo de soneto con rimas agudas lo tenemos en el dedicado «A un caballero que se casó por solo el interés, y le costó un gran trabajo el conseguir el sí»:

Mucho extraño, señor, digan de ti
que el dote, y no tu esposa, te llevó,
pues quien solo del dote se acordó,
siendo tan noble, se olvidó de sí.

Que te llevó el dinero dije, y
mi musa, en realidad, se equivocó;
tú le llevaste, tú, que él te arrastró,
según el gran afán con que te vi.

Filis en ti, y en todo, mandará;
y tú habrás de callar, solo por qué
no te recuerde lo que dicho va.

Conque, siendo esto así, respondemé:
¿Estás como comprado? Claro está.
Luego ¿estarás vendido? Ya se ve.

(Obras líricas jocoserias…, p. 15)

Con rimas agudas y dialogado —otra estructura habitual[5]— es el soneto titulado «Diálogo entre un enfermo y sus tripas, en ocasión de ir a tomar un caldo, por haber mandado el médico no tomase otro alimento hasta que él volviese, y no haber vuelto» (Obras líricas jocoserias…, p. 20). En unas seguidillas de Poesías líricas y jocoserias… alude expresamente a su gusto por las rimas agudas:

Agudos uso siempre
los consonantes,
porque gusto de agudos
y no de graves.
Si bien lo advierten,
como agudos penetran,
pero no hieren.

(Poesías líricas y jocoserias…, p. 32)


[1] Me centraré en los dos volúmenes recopilatorios de Poesías líricas y jocoserias. Su autor, don José Joaquín Benegasi y Luján, Señor de los Terreros y Valdelosyelos, Regidor perpetuo de la ciudad de Loja, quien las dedica al Excelentísimo Señor Marqués de Villena, Duque de Escalona, Conde de San Esteban de Gormaz, caballero del insigne Orden del Toisón, etc., en Madrid, en la imprenta de José González, vive en la calle del Arenal, año de 1743; y de Obras líricas jocoserias que dejó escritas el Sr. D. Francisco Benegasi y Luján, caballero que fue del orden de Calatrava, Gobernador y Superintendente General de Alcázar de San Juan, Villanueva de los Infantes y Molina de Aragón, del Consejo de Su Majestad en el de Hacienda, Regidor perpetuo de la Muy Noble Ciudad de Loja, Patrono de la Capilla que en el Real Monasterio de San Jerónimo de esta Corte fundó la Señora doña María Ana de Luján, etc. Van añadidas algunas poesías de su hijo don Josef Benegasi y Luján, posteriores a su primer tomo lírico, las que se notan con esta señal *, con licencia, en Madrid, en la oficina de Juan de San Martín, y a su costa; se hallará en su librería, calle de la Montera, donde se vende el Mercurio, año 1746.

[2] Ver un romance en esdrújulos en Poesías líricas y jocoserias…, pp. 109-111.

[3] Ver dos sonetos con versos de cabo roto en Poesías líricas y jocoserias…, pp. 14 y 30.

[4] Aquí podría editarse también ayes; se juega con la homofonía de hayes (la palabra hay repetida varias veces) y ayes ‘lamentos’, por extensión ‘sucesos tristes, desgracias’.

[5] Otro soneto dialogado y con rima aguda es el titulado «Diálogo entre el dios Apolo y el autor» (Obras líricas jocoserias…, p. 29).

José Joaquín Benegasi y Luján (1707-1770), un escritor jocoserio

No es mucho lo que se sabe de la vida de José Joaquín Benegasi y Luján, hijo del también escritor Francisco Benegasi y Luján, autor especialmente dado a lo jocoserio. Algunos detalles autobiográficos se desprenden de comentarios personales incluidos en sus propias obras. A modo de resumen, consignaré los datos biográficos que, junto con la semblanza de su carácter, ofrece José Herrera Navarro:

Nació el día 12 de abril de 1707 en Madrid. Hijo de D. Francisco Benegasi y Luján, fue Señor de Terreros y Valdeloshielos, del Mayorazgo de Luján y Regidor perpetuo de la ciudad de Loja. De carácter humilde y desinteresado, se conformó con las rentas de su Casa, y no ambicionó otros cargos o empleos.

Al quedar viudo y sin hijos (tuvo un hijo que murió muy joven), y encontrándose sumido en la mayor pobreza, tomó el hábito en la Real Casa Hospital de San Antonio Abad de Madrid en el mes de junio de 1763, y vivió en ella hasta el 18 de abril de 1770, en que murió. Era amigo del Marqués de la Olmeda y de Fr. Juan de la Concepción, del que escribió una Fama póstuma (Madrid, 1754).

Poeta y escritor que se distinguió por su facilidad para versificar y por una gran actividad creadora: espíritu inquieto que convertía en literatura cualquier hecho, acontecimiento o pensamiento[1].

Algunos datos complementarios aporta Eduardo Tejero Robledo, por ejemplo sobre sus amistades literarias: «Participó en los círculos literarios madrileños contaminados de popularismo y epígonos de un conceptismo abaratado: F. Monsagrati y Escobar, F. Scoti Fernández de Córdoba, José Villarroel, Diego de Torres Villarroel, el marqués de Avellaneda… eran sus contertulios». Este crítico juzga a Benegasi como «Poeta festivo, ingenioso a veces, prosaico en demasía»[2].

Ya Cayetano Alberto de la Barrera dedicaba en su Catálogo algunos párrafos al comentario de su obra y ofrecía esta valoración general:

Coplero discreto, sazonadamente festivo, llano y sencillo en el estilo como pocos de sus contemporáneos, nuestro don José Joaquín se dedicó toda su vida, casi por oficio, a la composición métrica, fatigando incesantemente las prensas con libros y papeles poéticos, muchos de estos populares, otros panegíricos, descriptivos de festejos y sucesos públicos, y así a esta manera. Supo manejar fácilmente los versos cortos, más adecuados a los asuntos que le inspiraba su festivo numen. Fue poco feliz en las composiciones de asunto grave y elevado […]. Él mismo se declara poco aficionado al verso de arte mayor. […] Pero si los versos de nuestro autor no son ciertamente sublimes, ofrecen en cambio pensamientos sentenciosos, oportuna moralidad, intención satírica de los vicios y costumbres sociales[3].

Por su parte, Emilio Palacios Fernández ha escrito:

Mención especial merece también el madrileño José Joaquín Benegasi y Luján (1707-1770), de gran influencia en la poesía de la época, pues en su casa se reunía dos veces por semana una tertulia literaria. Fue poeta habilidoso, pero de escasa calidad. Practica, sobre todo, la poesía festiva haciendo de ella su finalidad poética («Diome Apolo mi destino / para lo festivo sólo»). Pero, a veces, sus versos se tornan cáusticos y duros para criticar a la nobleza. Siendo noble él también, resulta extraña su actitud, que le obligó al anonimato en aquellas composiciones que publicaba en pliegos de cordel y vendían los ciegos.

Tiene también otro tipo de poemas de asunto más elevado («A Santa Teresa», «Lo que es el mundo, la hermosura, la nobleza y el aplauso»…), de épica religiosa con estilo festivo (Vida de San Benito de Palermo, 1750, en seguidillas, y Vida de San Dámaso, 1752, en redondillas) y otros intranscendentes, incluso chabacanos.

Sus obras poéticas —también escribe comedias, entremeses y bailes— se recogieron fundamentalmente en dos libros: Poesías líricas y joco-serias (Madrid, 1743) y Obras métricas a distintos asuntos, así serios como festivos (Madrid, 1760).

La intencionalidad festiva y el destino popular de la mayoría de sus versos le llevaron a cultivar un estilo natural, a veces vulgar; y su desmedida fantasía se opuso a los que, ya en el reinado de Fernando VI, trabajaron por poner orden y normas en la literatura sin freno[4].

José Joaquín Benegasi y Luján

Aguilar y Piñal[5] añade el dato de que, como ingenio literario, usó los seudónimos Juan Antonio Azpitarte, Juan del Rosal, Joaquín de Paz y Joaquín Maldonado. Las entradas bibliográficas que recoge este crítico conforman una producción en la que destacan las poesías de circunstancias, algún pronóstico jocoso y, sobre todo, varios títulos que acreditan a Benegasi y Luján como ingenio inclinado a las chanzas y a lo jocoso. Cito a modo de ejemplo: Poesías líricas y jocoserias… (1743), Vida del portentoso negro San Benito de Palermo, descripta en seis cantos jocoserios… (1750), Poesías líricas, y entre estas la Vida del glorioso San Dámaso … escrita en redondillas jocoserias (1752), Obras métricas … a distintos asuntos, así serios como festivos (s. a., ¿1760?), Papel nuevo. Benegasi contra Benegasi… (1760), Motes diferentes en varios metros, así serios como festivos… (1760), Descripción festiva de la suntuosa carrera… Escribíala en seguidillas y con la introducción en octavas jocosas (1760), Metros diferentes, así serios como festivos… (1761), Vida del glorioso San Dámaso… Escríbela en redondillas jocoserias (1763, 2.ª ed. aumentada) o, en fin, El fiambre de cuantos papeles han salido con motivo de las Reales Fiestas, así por tardo como por frío; el que sin sal ni pimienta compuso en prosa y metros distintos… (1766). Creo que la mera transcripción de estos títulos sirve para dejar constancia de la decidida inclinación a lo festivo y jocoserio de este poco estudiado escritor dieciochesco.

En fechas más recientes, Pedro Ruiz Pérez le ha dedicado atención en varios trabajos, del que me interesa destacar el titulado «Para una bibliografía de José Joaquín Benegasi y Luján. Hacia su consideración crítica»[6], donde, además de establecer un corpus muy completo de su producción, aporta interesantes datos para contextualizarla en unos nuevos tiempos en que los escritores «ya no rehúyen el mercado, sino que lo buscan y alimentan»[7]. Y así, explica a propósito de los muchos y variados títulos que publicó:

En ellos se aprecia la variedad de los modelos y la flexibilidad alcanzada en la acomodación de los mismos a los moldes impresos, en una gama que discurre desde el pliego más o menos culto al grueso volumen de versos, aun con el predominio absoluto del tamaño en cuarto, que no debía de estar muy alejado de una cierta voluntad recopilatoria del autor, como se aprecia también en la recurrencia en las portadas de alusiones al número de tomo que el volumen ostenta en una presumible compilación ordenada del conjunto de la producción. Esta se caracteriza por la gran amplitud del arco temático y pragmático de sus piezas, revelador del grado de extensión alcanzado por el verso para dar cauce a las materias más dispares, enmarcadas por la expresión lírica, de un lado, y la poesía pública y de circunstancia, del otro. Y en ello Benegasi no presenta más singularidad que la abundancia de su escritura y la regularidad de su impresión[8].


[1] José Herrera Navarro, Catálogo de autores teatrales del siglo XVIII, Alcalá / Madrid, Fundación Universitaria Española, 1993, p. 48.

[2] Ver Eduardo Tejero Robledo, «Dos poetas (Nicolás F. Moratín y José Joaquín Benegasi) para un Infante, más un pretexto didáctico», Didáctica (Lengua y Literatura), 3, 1991, pp. 134-139; las dos citas corresponden a las pp. 134 y 135.

[3] Cayetano Alberto de La Barrera, Catálogo bibliográfico y biográfico del teatro antiguo español, desde sus orígenes hasta mediados del siglo XVIII, Madrid, Rivadeneyra, 1860, p. 36b.

[4] Emilio Palacios Fernández, «Evolución de la poesía en el siglo XVIII», en Historia de la literatura española e hispanoamericana, coord. Emilio Palacios, Madrid, Orgaz, 1981, vol. IV, p. 31.

[5] Francisco Aguilar Piñal, Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII, tomo I, A-B, Madrid, CSIC, 1981, tomo I, pp. 587-593.

[6] Ver también Pedro Ruiz Pérez, «La epístola poética en el bajo barroco: impreso y sociabilidad», Bulletin Hispanique, vol. 115, núm. 1, 2013, pp. 221-252 y su edición de sus Composiciones epistolares, ed. Pedro Ruiz Pérez, Madrid, EDOBNE / Musa a las 9, 2012.

[7] Pedro Ruiz Pérez, «Para una bibliografía de José Joaquín Benegasi y Luján. Hacia su consideración crítica», Voz y letra. Revista de literatura, vol. 23, núm. 1, 2012, p. 148. Añade: «Al penetrar en los textos de Benegasi descubrimos un autor con marcada conciencia de su estatuto y situación, deseoso de mejorar en ellos y conocedor de los medios para lograrlo» (p. 149).

[8] Ruiz Pérez, «Para una bibliografía de José Joaquín Benegasi y Luján. Hacia su consideración crítica», pp. 168-169. Y concluye que la figura de Benegasi responde a la del poeta «que va encontrando su acomodo en un nuevo marco social» (p. 169).

Antecedentes de la novela histórica romántica en el siglo XVIII español

El triunfo pleno de la novela histórica en España coincide con el triunfo del movimiento romántico español en la década de 1830 (concretamente para la novela histórica en torno a los años 34-35); y el inicio de su decadencia viene a producirse aproximadamente por las mismas fechas en que declina nuestro Romanticismo, después de 1844 (año de publicación de El señor de Bembibre, obra cumbre del género histórico), aunque la tendencia novelesca histórica subsistirá, más o menos degradada, durante algunas décadas más.

El Rodrigo, de Pedro MontengónPero ya en el siglo XVIII y primeros años del XIX habían aparecido algunas obras que son ya novelas y que constituyen antecedentes bastante claros del género histórico que se cultivará con profusión desde 1830[1]: Historia de Liseno y Fenisa (1701), de Francisco Párraga Martel de la Fuente, novela de tipo bizantino; Ascanio o el joven aventurero (1750), anónima; Historia verdadera del conde Fernán González, su esposa doña Sancha y los siete infantes de Lara (1750), de Juan Rodríguez de la Torre; El Antenor (1788), de Pedro Montengón; La verdadera historia de Inés de Castro (1791), de Bernardo María Calzada; El Valdemaro (1792), de Vicente Martínez Colomer; Eudoxia, hija de Belisario y El Rodrigo (1793), de Pedro Montengón; Historia del príncipe don Carlos, hijo de Felipe II (1796), anónima, de la que no se conserva ejemplar; Memorias de Blanca Capello, gran duquesa de Toscana (1803), de Antonio Marqués y Espejo; El emprendedor o Aventuras de un español en el Asia (1805), de Gerónimo Martín de Bernardo; y Anastasia (1818), de Marqués y Espejo.


[1] No obstante, aunque existen estos antecedentes, y algunos más en la década de los 20, considero que la producción propiamente dicha comienza en 1830, con la publicación de Los bandos de Castilla, de Ramón López Soler. Antes se podrían buscar algunos antecedentes más entre las novelas contenidas en las siguientes colecciones: Colección de varias historias (1760-1780), de Hilario Santos Alonso; otra del mismo título de Manuel Josef Martín (1771-1781); Lecturas útiles y entretenidas (1800), de Atanasio Céspedes y Monroy; Mis pasatiempos (1804), de Cándido María Trigueros; y El Decamerón español (1805), de Vicente Rodríguez de Arellano. Por otra parte, algunas de las novelas que se escriben por estas fechas combinan elementos de la novela histórica y de la denominada «novela gótica»; de hecho, Guillermo Carnero considera que los conceptos de «novela gótica» y «drama gótico» deben ser incorporados al estudio de nuestra literatura, «aunque ésta no ofrezca el rico repertorio y las manifestaciones canónicas de otras, y debamos en ocasiones limitarnos a hablar de literatura con elementos góticos». Ver su trabajo «La holandesa de Gaspar Zamora y Zavala y la literatura gótica del siglo XVIII español», en José Romera, Antonio Lorente y Ana María Freire (eds.), Homenaje al profesor José Fradejas Lebrero, Madrid, UNED, 1993, vol. II, pp. 517-539; la cita en la p. 533.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Otros autores de la comedia neoclásica

Mencionaré brevemente otros autores y obras que acompañan a Leandro Fernández de Moratín, comenzando por La petimetra (publicada en 1762), de Nicolás Fernández de Moratín[1]. Es una comedia de capa y espada, híbrido de comedia barroca y comedia a la francesa, que describe un tipo femenino, el de la presumida. El delincuente honrado (escrita en 1773), de Gaspar Melchor de Jovellanos, es obra de tesis sobre los desafíos. Puede ser considerada un melodrama o comedia lacrimosa, un tipo de teatro con abundantes elementos trágicos y sentimentales.

El delincuente honrado, de Jovellanos

Podemos recordar asimismo las comedias de Tomás de Iriarte: Hacer que hacemos (1770), El señorito mimado (1788) y La señorita malcriada (1788, estrenada en 1791). Las dos últimas son las más importantes. En la primera, el protagonista es Mariano; su madre, la viuda doña Dominga, le permite todo, de forma que se convierte en un calavera. Entabla relaciones con Mónica, una chica ligera de costumbres, y firma con ella un compromiso matrimonial. Entra en contacto con una banda de estafadores, que es detenida. Él se salva, pero pierde el verdadero amor de Flora. Se trata, como podemos apreciar, de una obra con intención didáctica, que presenta además algunos rasgos costumbristas. La señorita malcriada viene a ser el reverso de la moneda; aquí la protagonista es Pepita, una joven insolente y de vida desenfada. Su padre, don Gonzalo, un juerguista, la incita incluso a ello, sin preocuparse lo más mínimo de su educación. Pasa por diversas peripecias y al final es recluida en un convento para ver si enmienda su malcrianza. Esta obra denuncia los vicios de la mala educación, con un respeto escrupuloso de las tres unidades.

De Juan Pablo Forner podemos mencionar La escuela de la amistad o El filósofo enamorado (1795) y La cautiva española. María Rosa Gálvez es autora de Un bobo hace ciento, La familia moderna, Las esclavas amazonas, Los figurones literarios, El egoísta… En fin, Cándido María Trigueros escribió Juan de buen alma y otras obras, que son refundiciones de Lope, Molière, etc.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

La comedia neoclásica o moratiniana (y 2)

Las comedias neoclásicas son sentimentales, pero no líricas; de ahí que se prefiera la prosa al verso[1]. Sus autores pretenden moralizar, dar una lección provechosa al auditorio (es un género con marcado afán didáctico: verdad y virtud, retomando las antes palabras de Leandro Fernández de Moratín citadas en otra entrada, son conceptos claves). Están ajustadas a las normas y a la regla de las tres unidades y se persigue la verosimilitud. Se desarrollan en ambientes urbanos y sus protagonistas pertenecen a la clase burguesa[2]. Junto a esta comedia de costumbres burguesas (en la línea de Molière), encontraremos también la denominada comedia lacrimosa o sentimental, que muestra ya cierto espíritu prerromántico.

La comedia lacrimosa

Leandro Fernández de Moratín es el autor más conocido e importante y, según ya señalé, el que con sus obras caracteriza toda la comedia neoclásica. Podría extrañarnos que con solo cinco comedias pudiera concitar en su tiempo tantos admiradores (llegaron a llamarle «el Molière español») y también tantos detractores. Es algo que debemos explicar en su contexto histórico-literario. Efectivamente, el teatro español, a mediados del siglo XVIII, había llegado a un estado de extrema postración y se hacía necesaria una rápida reforma. De esta manera, resulta más fácil de entender que sus cinco piezas fuesen suficientes para colocarlo en la cima de la comedia neoclásica, pues fue el único autor representativo con cierto grado de calidad estética, el suficiente para hacerle merecedor del calificativo de «padre de la comedia moderna»[3].


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Ver Loreto Busquets, «Iluminismo e ideal burgués en El sí de las niñas», Segismundo, 37-38, 1983, pp. 61-88.

[3] Para la «Modernidad de Moratín», ver Fernando Lázaro Carreter, estudio preliminar a la edición de El sí de las niñas de Jesús Pérez Magallón (Barcelona, Crítica, 1994), pp. IX-XI.

La comedia neoclásica o moratiniana (1)

En el siglo XVIII los preceptistas distinguían claramente dos géneros teatrales, la tragedia y la comedia[1]. Los límites entre uno y otro estaban netamente marcados, así que la separación era obligada. Y si en otra entrada anterior he señalado que la tragedia del XVIII no gozó en general de mucho éxito, habrá que decir ahora que algo más afortunada —pero tampoco demasiado— fue la comedia neoclásica.

El sí de las niñas, de MoratínEn efecto, a la larga resultó también un intento fallido. El único autor capaz de arraigar entre el público fue Leandro Fernández de Moratín, cuyas obras se estrenaron tardíamente: su primera comedia subió a las tablas en 1790. El panorama está dominado por su figura hasta tal punto, que el conjunto de la comedia neoclásica suele a veces recibir el nombre de comedia moratiniana. Ello se debe a que él consiguió fijar una fórmula característica del Neoclasicismo[2]. ¿Cuáles son sus rasgos? En primer lugar, una crítica social moderada, dentro de unos límites no escandalosos; en segundo término, la aparición de unos caracteres idealizados (no hay estudios psicológicos completos, sino tipos que no evolucionan a lo largo de la pieza: conocemos cómo son y cómo van a reaccionar los personajes en cada momento). Esto no quiere decir que se trate de una comedia de caracteres; significa simplemente que el autor ha conseguido retratar con mucho detalle a distintos tipos, esto es, ha llegado a una universalización de los personajes.

Otra característica es la simplificación de la intriga, evitándose las complicaciones argumentales típicas del Barroco. Se eliminan los episodios subalternos para ceñirse a lo esencial. Igualmente, se sigue un desarrollo cronológico lineal, sin desvíos ni saltos atrás que puedan complicar la trama y despistar al espectador.




[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Una buena síntesis de «La poética dramática de Moratín» se encontrará en el prólogo de Jesús Pérez Magallón a su edición de El sí de las niñas, Barcelona, Crítica, 1994, pp. 5-30.

La tragedia neoclásica en España (y 2)

Teatro completo de Nicolás Fernández de MoratínSea como sea, las tragedias neoclásicas españolas son obras con ausencia de sentido teatral y de emoción[1]. La imposición de las tres unidades constriñe la libertad creadora del artista. Es un género eminentemente culto, no apto para todos, para un público heterogéneo. Ante la supuesta inexistencia de una tradición de tragedia en España, se toman otros ejemplos: en efecto, junto a los modelos franceses, se utilizan también los italianos y clásicos. La tragedia neoclásica española tocó primero temas de la antigüedad clásica, de ambientación oriental o bíblica. Luego se centró en la historia nacional, dando paso a la llamada «tragedia original española» (por ejemplo, la Hormesinda de Nicolás Fernández de Moratín, de 1770). Son piezas que ponderan la virtud, el patriotismo y la nobleza, con un universo dramático donde solo tienen cabida los sentimientos sublimes. El tema preferido será la lucha por la libertad que lleva al más heroico sacrificio (se establece un juego dialéctico libertad / tiranía).

Los nombres que cabe recordar son los de Agustín Montiano y Luyando, Juan José López Sedano, Nicolás Fernández de Moratín, Cándido María Trigueros, Ignacio López de Ayala o Vicente García de la Huerta. También Gaspar Melchor de Jovellanos, José Cadalso, Nicasio Álvarez Cienfuegos o Manuel José Quintana cultivaron en alguna ocasión la tragedia.

Considerada en conjunto, la tragedia neoclásica fracasó en su intentó de renovar el teatro español, sobre todo por la enorme distancia entre el gusto de la minoría ilustrada y el del pueblo.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de MoratínEl sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

La tragedia neoclásica en España (1)

La tragedia neoclásica en España es, en palabras de Francisco Ruiz Ramón, la «historia de un fracaso»[1]. El corpus lo forman un conjunto de obras con un objetivo muy distinto del de la comedia: no pretenden divertir, sino enseñar, pero lo que consiguieron fue, por lo general, aburrir. Como siempre, la tragedia constituía el género más valorado por los preceptistas y el que era capaz de consagrar a un escritor; de ahí que la mayoría de los ilustrados con pretensiones y ambiciones literarias se dediquen a ella.

Orígenes de la tragedia neoclásica española, de José J. Berbel RodríguezEl XVIII no continúa, salvo excepciones, la tradición barroca, sino que enraíza en la tragedia francesa, aunque los personajes pertenezcan casi siempre a la historia española. Los dramaturgos barrocos no habían mantenido la regla de las tres unidades, ni el decoro, ni la distinción de géneros (permitían la inclusión en la tragedia de elementos cómicos), etc. La tragedia del Barroco era todo lo contrario de lo que los neoclásicos consideraban teatro. Como ya he apuntado, ahora se vuelven los ojos a la tragedia francesa y, en consecuencia, se empleará el verso largo (endecasílabos, romances heroicos) y sin rima, frente a la polimetría característica del Barroco. El verso va en consonancia con la elevación del registro lingüístico en la tragedia.

Los ilustrados buscarán sus argumentos tanto en la antigüedad clásica como en la antigüedad nacional. La mayoría de las tragedias francesas apuntaban a sucesos franceses contemporáneos: la acción solía estar situada en la antigüedad, pero los temas tratados eran de actualidad. Pues bien, este mismo rasgo se observa en la tragedia española, que señala hacia aspectos de la sociedad contemporánea, con un importante componente político: se aprecia una intención política en estas obras (exaltación del despotismo político borbónico). Además, los protagonistas son ofrecidos al público como modelos de conducta.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de MoratínEl sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

La comedia de la decadencia del Barroco en España

Hay que señalar que los primeros cincuenta años del siglo XVIII son postbarrocos en el teatro: hay una clara pervivencia de las formas del XVII[1]. Los epígonos del Barroco mantienen en el siglo XVIII formas caducas, sin la calidad literaria de sus predecesores. No interesa la imitación de Lope o de Tirso, sino la de Calderón, al que todos tienen por modelo. La mayoría de ellos no escriben piezas originales, sino que tienden a la refundición y la rescritura de obras antiguas que se intentan revivir con representaciones de más o menos éxito. No surgen fórmulas nuevas que sustituyan el éxito de las anteriores (tramoya, lances, enredos…). El teatro neoclásico, cuando hace aparición, no despierta el entusiasmo de las masas.

Sin embargo, resulta también evidente que las fórmulas barrocas están ya agotadas: los autores carecen de creatividad, de originalidad y de genio; se da una repetición casi mecánica de esquemas que han perdido vigor y fuerza expresiva; la intriga se complica hasta límites insospechados. Es un teatro sobrecargado de recursos escénicos, música, tramoyas, etc. Hay un gusto exagerado por la aparatosidad (comedias de santos, de bandoleros, heroicas, de magia…).

Loas completas de Bances CandamoEn esta etapa de transición se representan los autores del XVII: Calderón, Moreto, Rojas Zorrilla, Solís, Matos Fragoso, pero curiosamente Lope y Tirso apenas interesan. El último autor barroco destacado es Francisco Antonio de Bances Candamo, dramaturgo oficial de Carlos II, que vive entre 1662 y 1704 y presenta un teatro de transición. Además de varias comedias y autos sacramentales, dejó una obra teórica (de preceptiva dramática) titulada Teatro de los teatros de los pasados y presentes siglos.

En el terreno de los géneros de éxito popular debemos destacar las comedias de santos y de magia; las comedias heroicas y militares; y las comedias sentimentales. Es un corpus de obras de escasa calidad literaria y un gusto exagerado por los excesos. Autores representativos de estas tendencias son Luciano Francisco Comella, Gaspar Zavala y Zamora o Antonio Valladares y Sotomayor. La pata de cabra, comedia de magia debida a Juan de Grimaldi, fue uno de los mayores éxitos de todo el teatro dieciochesco.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.