Novela histórica vs. Episodio nacional

Otra cuestión interesante que podríamos considerar al tratar de las novelas históricas es la siguiente: ¿qué distancia temporal entre el presente del autor y la historia narrada es necesaria? La crítica ha señalado una separación mínima de unos cincuenta años[1], que, en cualquier caso, no deja de ser una cifra arbitraria. Para Juan Ignacio Ferreras, las novelas históricas pueden construirse de tres formas distintas, por lo menos: «o alejándolas en el tiempo y llegando a lo que pudiéramos llamar novela arqueológica; o alejándose hasta la generación de los abuelos; o, finalmente, escribiendo acerca de la actualidad histórica contemporánea o muy presente»[2].

Creo que sería útil establecer una distinción entre novela histórica y «episodio nacional contemporáneo», reservando este término para aquellas obras que no alejan demasiado su acción en el tiempo, esto es, para aquellas que novelan acontecimientos históricos vividos —o que pudieron llegar a ser vividos— por el autor, como sucede con las cinco series de Episodios Nacionales de Pérez Galdós, en las que se recogen los acontecimientos de la historia de España desde unos años antes de la guerra de la Independencia (la batalla de Trafalgar) hasta la Restauración borbónica[3].

Trafalgar, de Pérez Galdos


[1] Cf. Biruté Ciplijauskaité, Los noventayochistas y la historia, Madrid, José Porrúa Turanzas, 1981, p. 13.

[2] Juan Ignacio Ferreras, La novela en el siglo XVII, Madrid, Taurus, 1987, pp. 56-57.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

La novela histórica, género híbrido

Así pues, vemos que aquí radica uno de los principales peligros de este tipo de narración; por su propia naturaleza, la novela histórica es un género híbrido, mezcla de invención y de realidad. Por un lado, le exigimos a este tipo de obras la reconstrucción de un pasado histórico más o menos remoto, para lo cual el autor debe acarrear una serie de materiales no ficticios; la presencia en la novela de este andamiaje histórico servirá para mostrarnos los modos de vida, las costumbres y, en general, todas las circunstancias necesarias para nuestra mejor comprensión de aquel ayer. Pero, a la vez, el autor no debe olvidar que en su obra todo ese elemento histórico es lo adjetivo, y que lo sustantivo es la novela. Y esta es una piedra de toque fundamental a la hora de decidir si una determinada obra es una novela histórica o no: la ficcionalidad, ya que el resultado final de esa mezcla de elementos históricos y literarios no es una obra correspondiente a la historia, sino a la literatura, es decir, una obra de ficción.

Historia y novela histórica

Todo esto hace que la novela histórica sea un subgénero relativamente complicado. De hecho, la dificultad mayor para el novelista histórico residirá en encontrar un equilibrio estable entre el elemento y los personajes históricos y el elemento y los personajes ficcionales, sin que uno de los dos aspectos ahogue al otro[1]. Si peca por exceso en su labor reconstructora del pasado, la novela dejará de serlo para convertirse en una erudita historia anovelada; por el contrario, si por defecto, la novela será histórica únicamente de nombre, por situar su acción en el pasado y por introducir unos temas y unos personajes pseudohistóricos.


[1] Umberto Eco distingue, en este sentido, tres formas de acercarse literariamente al pasado histórico: el «romance», que toma simplemente el pasado como fabuloso telón de fondo, como base para dejar volar la fantasía; la «novela de capa y espada», al estilo de Dumas, en la que se inventan personajes y hechos sobre un fondo histórico más o menos real; y la «novela histórica», cuyos personajes, aunque fingidos, se comportan como lo harían los personajes reales de aquella época (Umberto Eco, Apostillas a «El nombre de la rosa», Barcelona, Lumen, 1984, pp. 80-81).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

¿Qué es la novela histórica?

¿Qué es la novela histórica? ¿Qué requisitos debe reunir una novela para poder aplicarle el adjetivo histórica? ¿Qué es lo que hace que podamos reunir bajo esa etiqueta obras tan dispares como Ivanhoe y La cartuja de Parma, Guerra y paz y El último mohicano, El señor de Bembibre y Bomarzo?

El último mohicano, de Fenimore Cooper

Todos tenemos una noción más o menos precisa de qué cosa sea una novela histórica, y poseemos intuitivamente la certeza de si tal novela es histórica o no lo es. Pero a la hora de plantearse una definición genérica la cuestión no es tan sencilla[1]. La característica más evidente es que todas las novelas mencionadas, tan diferentes entre sí, sitúan su acción (ficticia, inventada) en un pasado (real, histórico) más o menos lejano. Esta es una primera aproximación, aunque todavía demasiado vaga y general, que viene a coincidir con una definición aportada por Felicidad Buendía:

Definir la novela histórica en un sentido estricto supone decir de ella sencillamente que desarrolla una acción novelesca en el pasado; sus personajes principales son imaginarios, en tanto que los personajes históricos y los hechos reales constituyen el elemento secundario del relato[2].

En otra entrada me referiré con más detalle a los personajes de la novela histórica. De momento, podría añadirse para nuestra definición provisional otra característica: para que una novela sea verdaderamente histórica debe reconstruir, o al menos intentar reconstruir, la época en que sitúa su acción, tal como propugna Amado Alonso:

En este sentido, novela histórica no es sin más la que narra o describe hechos y cosas ocurridos o existentes, ni siquiera —como se suele aceptar convencionalmente— la que narra cosas referentes a la vida pública de un pueblo, sino específicamente aquella que se propone reconstruir un modo de vida pretérito y ofrecerlo como pretérito, en su lejanía, con los especiales sentimientos que despierta en nosotros la monumentalidad[3].

Salambó, de FlaubertOcurre, sin embargo, que si señalamos como condición sine qua non para que una novela sea histórica la reconstrucción arqueológica de una época pretérita, su número se reduce notablemente, ya porque no todas logran esa reconstrucción, ya porque las que lo consiguen pierden muchos puntos como novelas. Bien sabido es que Flaubert, refiriéndose a su novela Salammbô, reconoció que al final había levantado un pedestal demasiado grande (la reconstrucción de Cartago) para una estatua que se le quedó chica (la caracterización psicológica de la protagonista). Ramón Solís Llorente afirma que «debe haber una intención en el autor de presentar una época, de aprovechar la ambientación de la novela para dar a conocer la realidad histórica de un momento determinado»[4]. Del mismo modo, Francisco Carrasquer insiste claramente en esta característica:

Porque si es un subgénero de la novela, la novela histórica tiene que ser y no puede ser otra cosa que novela. No «ante todo» o «sobre todo» novela, sino novela de arriba abajo. Después de ser novela, solo después, puede mojarse, teñirse o colorearse de histórica. Pero este adjetivo no puede sustantivarse, so pena de dejar de ser literatura[5].


[1] No pretendo ahora una definición completa, pero considero conveniente, antes de seguir hablando de novela histórica, aportar brevemente algunas ideas al respecto.
[2] Felicidad Buendía, «La novela histórica española (1830-1844)», estudio preliminar en su Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 16-17.
[3] Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, pp. 143-144. A título de curiosidad indicaré que esta característica se menciona en la definición del DRAE (20.ª ed., 1992): «Novela histórica. La que se constituyó como género en el siglo XIX, desarrollando su acción en épocas pretéritas, con personajes reales o ficticios, y tratando de evocar los ambientes, costumbres e ideales de aquellas épocas».
[4] Ramón Solís Llorente, Génesis de una novela histórica, Ceuta, Instituto Nacional de Enseñanza Media, 1964, p. 41.

[5] Francisco Carrasquer, «Imán» y la novela histórica de Sender, London, Tamesis Books Limited, 1970, p. 70. Y añade: «Pero no basta con referirnos al pasado para que nuestra novela pueda llamarse histórica. Ese pasado ha de sernos conocido o cognoscible, ha de estar registrado, cronicado, ha de ser histórico». Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

La novela histórica: historia y literatura

Uno es escribir como poeta y otro como historiador; el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna (Cervantes, Quijote, II, 3).

La historia y la literatura se han desarrollado siempre a la par desde los tiempos más remotos. Pensemos en las primeras manifestaciones épicas de la cultura occidental, los poemas homéricos, que, al tiempo que magnifican unos héroes y un pueblo, cantan un suceso con base histórica probada, la guerra de Troya. Pensemos igualmente en el doble valor de nuestro Cantar de mio Cid, que es a la vez un monumento literario y una fuente histórica, o en la utilización de gran cantidad de material épico prosificado en las antiguas crónicas medievales.

Monumento al Cid, Burgos

Pensemos, en fin, que en la antigüedad grecolatina la historiografía constituía un género literario, y como tal se ha mantenido prácticamente hasta el siglo XIX, desde Herodoto de Halicarnaso a Ranke: durante muchos siglos, la historia ha sido la «narratio rerum gestarum», el relato simple y fiel de las cosas que habían pasado, y la tarea del historiador consistía, según el mencionado historiador positivista, en «mostrar solo que realmente aconteció» («wie es eigentlich gewesen»). Solo desde mediados del XIX, conforme se vaya tomando conciencia de la autonomía de la historia y la literatura, habrá una progresiva reducción de la dimensión épica, mítica y dramática de la historia, pasando a predominar la explicación e interpretación sobre el mero relato de los hechos.

La frontera que separa los territorios de la historia y la literatura ha sido, pues, permeable a lo largo de los tiempos y, así —pese a la conocida distinción aristotélica de historia y poesía— se han producido frecuentes incursiones de un género en el otro: la savia de la historia vivifica la literatura, y viceversa, la literatura es una fuente —si bien indirecta o secundaria— para el conocimiento histórico. El hombre es un ser histórico, vive inserto en un tiempo y en un espacio concretos, y en esa coordenada espacio-temporal protagoniza una serie de hechos históricos, ya pertenezcan a la gran historia, ya formen parte de la denominada intrahistoria. Y la literatura, siempre reflejo en mayor o menor medida de la realidad del momento, incluirá en sus creaciones todos esos hechos, tanto los decisivos para el discurrir de la humanidad toda, como los pequeños sucesos particulares, que no por cotidianos son menos determinantes para cada persona[1].

Lo que ahora nos interesa es el primer aspecto de esta mutua relación. La historia ha sido un magnífico vivero de asuntos, temas y personajes para todas las artes: hay una pintura histórica, un cine histórico y, por lo que hace a la literatura, no solo la novela, sino también el teatro, el cuento o la poesía narrativa han buscado sus argumentos en ese inagotable filón que constituye la historia, el conjunto de hechos del pasado, preferentemente nacional. Pues bien, en diversas entradas pretendemos acercarnos en concreto a la novela histórica, subgénero narrativo cuyo patrón clásico fue fijado en el siglo XIX por Walter Scott y que, con mayor o menor intensidad, con variaciones en sus técnicas narrativas y de caracterización de personajes (paralelas, por otra parte, a las conocidas por la novela en general) ha seguido cultivándose hasta la actualidad, momento en el que goza de un cultivo y un éxito nada desdeñables[2] .


[1] En este sentido, toda novela, sea o no de temática histórica, presenta de alguna manera un carácter histórico, pues sus protagonistas no pueden prescindir del devenir histórico en el que están insertos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Sobre la novela y el drama románticos

Apenas hay en la Historia asunto importante y extraordinario que no encierre en sus propias entrañas un tesoro de poesía (Francisco Martínez de la Rosa).

La recuperación de temas y personajes de la historia que se produce en España en los años que dura —numerosos, para algunos críticos, más bien escasos y raquíticos para otros— el movimiento romántico es consecuencia en parte del exotismo buscado por los autores que se enmarcan en dicha tendencia literaria. Exotismo en el espacio, por un lado, que llevó a su fantasía a imaginar aventuras en escenarios lejanos, como el Oriente Medio, la India o China; pero también exotismo en el tiempo, acudiendo sobre todo a una tópicamente idealizada Edad Media, cristiana y caballeresca.

Tanto los novelistas como los dramaturgos españoles encontraron en la historia, preferentemente la nacional, un verdadero filón para los argumentos de sus respectivas producciones[1]. Y aunque no toda la novela que se escribió durante el Romanticismo es novela histórica, ni todos los dramas de la misma época son dramas históricos, resulta innegable, a la vista de los catálogos y de otras fuentes de información[2], que tanto las novelas como los dramas de temática histórica dominan con claridad el conjunto de la producción literaria en los años 30 y 40, cuando menos, del siglo XIX.

Dama y caballero

Tanto la novela como el drama históricos contaban con claros antecedentes en épocas pasadas de la historia literaria, si bien su nacimiento como subgéneros literarios[3] modernos dentro de la narrativa y la dramática coincide con la época romántica, merced al impulso que le dan algunos autores señeros —Scott y Manzoni, en el caso de la novela, o Schiller para el teatro—, quienes consiguen en sus obras fijar unos patrones definitorios que serán imitados por una legión de seguidores. En opinión de Juan Ignacio Ferreras, y para el caso de España,

Se podría afirmar que el drama romántico vino a ensanchar el drama histórico o, mejor aún, que el drama romántico vino a resucitar toda la libertad «romántica» de nuestros dramas clásicos de Lope, Tirso y Calderón y tantos otros. Si esto fuera así, el romanticismo fue también una recuperación y la liquidación definitiva del neoclasicismo dieciochesco[4].


[1] Para los motivos que explican el tratamiento de la materia histórica en determinadas épocas, puede consultarse el clásico estudio de Georges Lukács, La novela histórica, 3.ª ed., trad. de Jasmin Reuter, México, Ediciones Era, 1977, donde se dedica además el cap. II a «La novela histórica y el drama histórico» (pp. 103-206). Puede verse también Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976.

[2] Por ejemplo, para la novela son útiles dos trabajos de Juan Ignacio Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1972 y su Catálogo de novelas y novelistas españoles del siglo XIX, Madrid, Cátedra, 1979; para el drama, Ermanno Caldera, Il dramma romantico in Spagna, Pisa, Università di Pisa, 1974, Piero  Menarini et al., El teatro romántico español (1830-1850). Autores, obras, bibliografía, Bolonia, Atesa Editrice, 1982, Tomás Rodríguez Sánchez, Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1994, o el panorama de David T. Gies, El teatro en la España del siglo XIX, Cambridge, Cambridge University Press, 1996. El drama histórico no se agota con el Romanticismo; se seguirá cultivando en la época realista, si bien con menor intensidad, con títulos como Un hombre de Estado, Rioja y Los dos Guzmanes, de Adelardo López de Ayala; La venganza de Atahualpa, de Valera; Locura de amor, de Tamayo y Baus; Gerona, Zaragoza y Santa Juana de Castilla, de Pérez Galdós; En el puño de la espada y En el seno de la muerte, de Echegaray, etc.

[3] Considero la novela y el drama históricos como subgéneros literarios, reservando la etiqueta de géneros para los tres grandes bloques de la narrativa, la lírica y la dramática; cfr. Kurt Spang, Géneros literarios, Madrid, Síntesis, 1993.

[4] Juan Ignacio Ferreras, El teatro en el siglo XIX, Madrid, Taurus, 1989, p. 51.

José García de Villalta (1801-1846), novelista histórico

De José García de Villalta (Sevilla, 1801-Atenas, 1846), periodista liberal, hay que recordar su novela El golpe en vago. Cuento de la decimaoctava centuria, del importante año de 1835. Esta obra supone una nueva aportación a la tendencia de la novela histórica, pues sirve para introducir en ella las opiniones políticas del autor. En efecto, García de Villalta defiende sus ideas liberales y lanza duros ataques contra los jesuitas, bajo el nombre encubierto de «alquimistas».

Portada de El golpe en vago

Las aventuras de los dos amantes, separados por varias personas que se oponen a su amor, constituyen la trama central de la intriga, pero se ven interrumpidas por constantes digresiones que rompen el ritmo narrativo, además de perderse en una maraña de personajes y episodios secundarios con muy poca ilación entre sí. No ha podido comprobarse si es cierto, como se ha dicho alguna vez, que la novela fue redactada primero en inglés —García de Villalta estuvo emigrado y fue traductor— con el título de The Dons of the Last Century.

Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), novelista histórico

Después de publicar en 1834 la obra Hernán Pérez del Pulgar, el de las hazañas. Bosquejo histórico, Francisco Martínez de la Rosa dio a las prensas su novela Doña Isabel de Solís, reina de Granada (en los años 37, 39 y 46), que es una de las más históricas del género aunque, por la misma razón, una de las menos novela. Martínez de la Rosa hace gala de su erudición añadiendo más de trescientas notas de considerable longitud (las coloca, eso sí, al final, «como en un lugar de destierro», para no romper el ritmo de lectura), lo que convierte a la obra en una biografía novelada.

El volumen de lo histórico casi ahoga la fantasía del autor, que tampoco era novelista y que trabaja más bien como historiador; pero, por otro lado, su trabajo no puede alcanzar la categoría de historia por la mezcla de elementos ficticios. Menéndez Pelayo la calificó de «erudita y soporífera novela»[1]; de la misma forma, ha sido juzgada con excesiva severidad por toda la crítica. Es cierto, sería absurdo negarlo, que las descripciones son muy prolijas y los diálogos muy escasos pero, a pesar de todo, puede leerse con cierto interés; cuando menos, está escrita en una prosa culta y cuidada, con ciertos toques arcaizantes.

Francisco Martínez de la Rosa

En esta novela, frente a lo que es habitual en el género, sí aparecen personajes históricos importantes en el primer plano de la acción. La reconstrucción, como es obvio, alcanza el grado de lo arqueológico, hasta el punto de que se ha podido decir que el verdadero protagonista de la novela es la ciudad de Granada y que al autor importó más pintar un cuadro de época que novelar la historia de la cautiva cristiana. Tiene también su importancia por ser la primera novela romántica de tema granadino (si exceptuamos el Gómez Arias de Trueba), que recupera además el viejo tema de las novelas moriscas del amor entre personas pertenecientes a distinta raza y religión.


[1] Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, Madrid, CSIC, 1943, vol. III, p. 143.

Patricio de la Escosura (1807-1878), novelista histórico

Patricio de la Escosura (Oviedo, 1807-Madrid, 1878) fue militar liberal y conoció el exilio. Sus novelas tocan temas muy variados, desde la ambientación medieval en el reinado de doña Urraca de Castilla en El conde de Candespina (1832) hasta el episodio contemporáneo en El patriarca del valle (1846-1847) pasando por el tema del pastelero de Madrigal y el reinado de Felipe II en Ni rey ni Roque, su mejor obra, o el tema americano en La conjuración de Méjico o Los hijos de Hernán Cortés (1850).

Menos interesantes nos resultan sus Estudios históricos sobre las costumbres españolas (1851) que, pese al título, son una «novela original», y sus Memorias de un coronel retirado (1868), de carácter autobiográfico.

Patricio de la Escosura

En Ni rey ni Roque no pretende una reconstrucción histórica ambiciosa, sino que su propósito declarado es distraer al lector; se le ha criticado su estilo narrativo simple y hasta incorrecto a veces en lo gramatical (frases mal construidas, redundancias…). Sin embargo, sus diálogos son buenos y consigue que su obra resulte amena y se lea con facilidad…, lo que no es poco en este tipo de obras.

Estanislao de Cosca Vayo (1804-1864), novelista histórico

El valenciano Estanislao de Cosca Vayo (Valencia, 1804-1864) inicia su producción con una novela no histórica, sino sentimental, El Voyleano o La exaltación de las pasiones (1827); le sigue una de las primeras de ambiente histórico contemporáneo, Los terremotos de Orihuela (1829). Al año 1830, el mismo de Los bandos de Castilla de López Soler, corresponde Grecia o La doncella de Misolonghi. De 1831 es Historia imparcial de la emperatriz Eudoxia Foederovna, esposa del Czar Pedro I el Grande, y de 1832 La amnistía y Aventuras de un elegante o Las costumbres de antaño, otro relato no histórico.

Su obra más importante en la materia que nos ocupa, la novela histórica romántica, es La conquista de Valencia por el Cid, de 1831.

Portada de La conquista de Valencia por el Cid

Del año 34 es Los expatriados o Zulema y Gazul, y del siguiente Juana y Enrique, reyes de Castilla. Después publicaría La hija del Asia (1848).

Sus novelas aparecen, salvo Los expatriados, en Valencia y en ellas, sobre todo en La conquista de Valencia por el Cid podemos encontrar el paisaje levantino; sus descripciones, un tanto genéricas pero no exentas de cierta suave melancolía, hacen que, junto con Cortada y Sala, se adelante a Gil y Carrasco en traer a la novela histórica escenas coloristas del paisaje de su región. Señalar que sus personajes se caracterizan por la escasa penetración psicológica sería hablar de un mal corriente en la mayoría de todos estos autores (por ejemplo, el carácter del Cid, idealizado al máximo por el patriotismo de Vayo en su novela, resulta inverosímil). Sus diálogos son muy poco vivos. Por lo demás, destaca su estilo limpio, castizo, con alguna reminiscencia cervantina, demasiado florido y ampuloso en ocasiones.

Juan Cortada y Sala (1805-1868), novelista histórico

Este escritor catalán (Barcelona, 1805-Sant Gervasi, 1868) era historiador y pudo documentarse para sus relatos, que guardan por tanto una fidelidad histórica aceptable.

Juan Cortada y Sala

Publica en Barcelona varias novelas que destacan precisamente por su catalanismo: Tancredo en Asia. Romance histórico del tiempo de las cruzadas (1833-1834), La heredera de Sangumí. Romance original del siglo XII (1835), El rapto de doña Almodis, hija del conde de Barcelona, don Berenguer III. Narración histórica (1836), Lorenzo. Novela histórica del siglo XIV (1837), Las revueltas de Cataluña o El bastardo de Entença (1838) y El templario y la villana (1840-1841). Su segunda novela inaugura, de hecho, la corriente regionalista dentro de la novela histórica romántica. La última pudo influir en la obra de Gil y Carrasco, que aparecerá en 1844.

Algunos de los subtítulos parecen indicar (y algunas características de sus novelas, como la invocación a las musas, por ejemplo, lo confirman) que Cortada entendía la novela histórica como un poema heroico en prosa.