Leandro Fernández de Moratín y la guerra de la Independencia

Los fusilamientos del 3 de mayo, de GoyaLa vida del escritor —como la de todos los españoles— se verá violentamente interrumpida en 1808 por la invasión francesa: tras el motín de Aranjuez cae Godoy y Moratín tiene que huir de Madrid[1]. Toma partido por los franceses y, cuando las tropas napoleónicas entran en Madrid, vuelve a ocupar puestos cortesanos: sigue primero con su cargo de Secretario de Interpretación de Lenguas hasta que José I lo nombra, en 1811, Bibliotecario mayor de la Biblioteca Real, en cuya modernización trabaja con entusiasmo. En 1812 estrena La escuela de los maridos, adaptación de la obra de Molière. Las circunstancias de la guerra (derrota de los Arapiles) hacen que José Bonaparte tenga que escapar de Madrid a Valencia, y Moratín le acompaña. Allí escribirá una oda en elogio del general francés Suchet; y se encargará, junto con el P. Pedro Estala, de la publicación del Diario de Valencia[2].

En 1813 se refugia en Peñíscola: la ciudad sufre un duro asedio y ha de permanecer allí once meses. Finalmente, cuando Fernando VII recupera el trono, Moratín se presenta ante la autoridad militar de Valencia, el general Elío, quien lo trata con desprecio y ordena que salga desterrado para Francia. Sin embargo, una tempestad hace que la goleta en que viaja Moratín deba refugiarse en Barcelona, y el capitán general Eroles le permite permanecer allí. Reside, pues, en la ciudad condal mientras se resuelve su situación oficial por haber colaborado con el ejército invasor. Estrena El médico a palos, nueva adaptación de una obra de Molière. En 1817, inquieto por las posibles represalias que se puedan tomar contra él, pide un pasaporte y se traslada a Montpellier, y luego a París, donde cuenta con la compañía de su amigo Melón.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Para la etapa valenciana del escritor, ver Rafael Ferreres, Moratín en Valencia, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 1999.

Leandro Fernández de Moratín: nuevos viajes, amores y estrenos teatrales

Tras estos viajes por Francia e Inglaterra, y también por Italia (Nápoles, Roma, Bolonia…), Moratín regresa a España en 1796, siendo nombrado por Godoy, al año siguiente, Secretario de Interpretación de Lenguas. Entonces puede dedicarse de nuevo a la literatura, a escribir para el teatro y asistir a las tertulias[1].

En 1798 conoce a su nuevo amor, Paquita Muñoz: la relación entre ambos es sincera y recíproca, pero Moratín no se decide a contraer matrimonio y la joven terminaría casándose (años después, en 1816) con otro, un militar llamado Francisco Valverde. Sea como sea, el escritor mantuvo siempre con Paquita una fiel y sincera relación de amistad.

Ese mismo año de 1798 publica su traducción de Hamlet. Al siguiente es nombrado Director de la Junta de Dirección y Reforma de los Teatros, y más tarde Director de los Teatros, cargos a los que renunciará al ver lo difícil que resulta introducir mejoras en la anquilosada escena española. Ese año de 1799 se repone La comedia nueva, bajo su propia dirección.

Cartel moderno de La comedia nueva o El café de Moratín

En 1803 tiene lugar el accidentado estreno de El barón, y en 1804 de La mojigata, obra igualmente polémica. Son los años de triunfo teatral para Moratín. En efecto, el 24 de enero de 1806 estrena El sí de las niñas, con un éxito sin precedentes en el teatro español (veintiséis días en cartelera). En lo personal, en 1807 llega la ruptura con Paquita Muñoz.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012. José Montero Padilla ha destacado esta faceta de «viajero de Europa» de Moratín: «El perfil viajero constituye un aspecto esencial en la personalidad de Leandro Fernández de Moratín. Por gusto primero, por necesidad de desterrado después, el escritor recorrió insistentemente los caminos de Europa» (introducción a su edición de El sí de las niñas, 7.ª ed., Madrid, Cátedra, 1981, pp. 15-16).

Leandro Fernández de Moratín: primeros viajes y estrenos teatrales

Leandro, que ha heredado de su padre el sentido clasicista y didáctico del teatro, queda en una difícil situación económica al morir don Nicolás en 1780[1]. Trabaja entonces como aprendiz en la Joyería Real, junto con sus tíos Victorio Galeoti y Miguel, aunque el sueldo apenas le da para mantener a su madre y la casa. Conoce en 1781 al que sería uno de sus grandes amigos, Juan Antonio Melón. En 1785 muere su madre y se traslada a vivir con su tío Nicolás Miguel.

Por influencia y recomendación de Jovellanos, en 1787 viaja a París para trabajar como secretario del conde de Cabarrús. Allí vive un año; toma contacto con el teatro francés y conoce a Carlo Goldoni. Por esta época escribe su zarzuela El barón, que no llega a estrenarse. Cuando cae en desgracia Cabarrús, se queda sin protección y sin ingresos, así que en 1788 se ve precisado a regresar a España.

Intenta estrenar su comedia El viejo y la niña, pero la representación es prohibida por el vicario eclesiástico de Madrid. Indignado por las envidias y rivalidades de sus émulos literarios, publica su sátira en prosa La derrota de los pedantes. Unos versos suyos caen en gracia al conde de Floridablanca y este le concede un beneficio eclesiástico (una prestamera de 300 ducados) en un monasterio de Burgos; para poder disfrutarlo, Moratín tiene que tomar las órdenes menores o de primera tonsura. Junto con Forner, consigue entrar en contacto con Godoy, cuya protección resultará esencial: en 1790 logra estrenar por fin, en el Teatro del Príncipe, El viejo y la niña.

Manuel Godoy

Además le son concedidos dos nuevos beneficios eclesiásticos, con lo que resuelve sus preocupaciones económicas y dispone de más tiempo para dedicarse a escribir: en efecto, alternará su residencia en Madrid con estancias en la casa solariega de Pastrana, donde trabaja en sus escritos. Redacta La mojigata y La comedia nueva, pieza en la que expone su teoría dramática, estrenada en el Teatro del Príncipe en 1792.

El gobierno le concede una pensión de 30.000 reales para viajar por Europa. Marcha a Francia, y asiste en París al estallido de la revolución: es testigo en esos primeros días del apresamiento de Luis XVI; la violencia desatada y los sangrientos sucesos que contempla le empujan a salir con urgencia para Londres[2], donde le sorprenderá gratamente el ambiente de libertad ideológica. Estudia a los autores ingleses y comienza a traducir Hamlet. Al parecer, mantiene amores (o amoríos) con una joven inglesa[3]. Desde allí le escribe a Godoy para solicitar la plaza de Director de los Teatros madrileños, con el fin de llevar a cabo la profunda reforma que tiene proyectada[4].


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] La estancia de Moratín en Inglaterra ha sido estudiada por Pedro Ortiz Armengol, El año que vivió Moratín en Inglaterra (1792-1793), Madrid, Castalia, 1985.

[3] En carta a su amigo Juan Antonio Melón escribe: «¡Cómo bebo cerveza! ¡Cómo hablo inglés! ¡Qué carreras doy por Hay-Market y Covent Garden! Y, sobre todo, ¡cómo me ha herido el cieguezuelo rapaz con los ojos zarcos de una espliegadera!».

[4] Para sus proyectos reformistas ver Pablo Cabañas, «Moratín y la reforma del teatro de su tiempo», Revista de Bibliografía Nacional, V, 1944, pp. 63-102.

Leandro Fernández de Moratín: primeros estudios y amores

Leandro Fernández de Moratín nace en Madrid el 1 de marzo de 1760[1]. Es hijo de Nicolás Fernández de Moratín, poeta y dramaturgo ilustrado, y de Isidora Cabo Conde.

Nicolás Fernández de Moratín

En 1764 enferma de viruelas y está al borde de la muerte; las marcas que dejó en su cara la enfermedad explican, en parte, que se convirtiera en un ser tímido e introvertido. En efecto, da muestras desde muy joven de un carácter melancólico y solitario: prefiere la lectura, a la que se aficiona desde muy joven, a jugar con otros niños. Criado en un ambiente familiar culto, recibe una esmerada educación; toma clases de dibujo y acompaña a su padre a algunas tertulias literarias, como la famosa de la Fonda de San Sebastián.

Muy pronto realiza sus primeros intentos literarios. Así, en 1779 obtiene un accésit en un concurso de la Real Academia Española con un poema en romance heroico titulado La toma de Granada por los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, que presentó bajo el seudónimo (anagrama, más bien, de sus apellidos) Efrén Lardnaz y Morante. Tres años después lograría un nuevo accésit con su Lección poética. Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana.

De joven estuvo enamorado de una muchacha llamada Sabina Conti, a la que dedicó sus primeros poemas, la cual terminaría casándose con un tío suyo bastante mayor. Algunos críticos consideran que este temprano episodio biográfico podría explicar su interés en el tema de los matrimonios desiguales en edad, tan reiterado en su teatro.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012. Un buen resumen biográfico del autor es el de Fernando Doménech, Leandro Fernández de Moratín, Madrid, Síntesis, 2003.

Leandro Fernández de Moratín, escritor neoclásico e ilustrado

El XVIII es un siglo capital en la historia de España, no tanto en su literatura[1]. La época de las Luces, de la Ilustración, que trae grandes reformas y avances en el pensamiento, produce una literatura eminentemente didáctica, que busca transmitir una enseñanza y en la que, por tanto, interesará mucho más el fondo que la forma. Además de ser instructiva y moralista, se trata de una literatura ajustada al buen gusto y a las normas y preceptos del arte. En el teatro se impone, como es sabido, la regla de las tres unidades, se da la proscripción de los elementos imaginativos, fantásticos y misteriosos, y se propugna una separación radical entre lo trágico y lo cómico.

Leandro Fernández de MoratínLeandro Fernández de Moratín (Madrid, 1760-París, 1828) es un autor altamente representativo de esa literatura neoclásica e ilustrada española, de la que su comedia El sí de las niñas nos brinda muchas e importantes claves: didactismo, actitud crítica, defensa de las reglas del arte… tales son algunos rasgos sobresalientes de la pieza más importante del teatro español del siglo XVIII.

Pues bien, a Leandro Fernández de Moratín, a las características de la comedia neoclásica en general y a El sí de las niñas en particular irán dedicadas varias entradas en los próximos días.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012. Diversos aspectos sobre la España del siglo XVIII y la Ilustración española pueden consultarse en los trabajos de Jean Sarrailh, La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, México, Fondo de Cultura Económica, 1957; Francisco Aguilar Piñal (ed.), Historia literaria de España en el siglo XVIII, Madrid, Trotta, 1996 y La España del absolutismo ilustrado, Madrid, Espasa Calpe, 2005; Francisco Aguilar Piñal y Ricardo de la Fuente, (eds.), Introducción al siglo XVIII, Madrid, Júcar, 1991; o Joaquín Álvarez Barrientos, Ilustración y neoclasicismo en las letras españolas, Madrid, Síntesis, 2005, entre otros muchos.

Expresividad romántica en los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda

Romanticismo hay también, en estas piezas dramáticas de Gertrudis Gómez de Avellanedaen el nivel de la expresión; así, encontramos el empleo de dos muletillas muy características: una, el sorpresivo grito de «¡Es ella!» (en Saúl, p. 179b; Egilona, pp. 15a y 31b; Baltasar, pp. 199b, 227b y 241b; El Príncipe de Viana, p. 86b); otra, la frase «Ya es tarde» —u otra similar—, que lanza un personaje para borrar en otro el último rastro de esperanza que quedarle pudiera (Baltasar, IV, 1 y en p. 244a).

Lasciate ogni speranza

Dejando aparte el empleo de algunos arcaísmos, para reforzar la ilusión de antigüedad (magüersic, por maguer—, aquesto, infelice, priesa, do, agora, mesmo…), o la adjetivación, tan característica siempre en estas obras («hórrido secreto», «criminal unión», «ponzoñoso germen», «pérfidas promesas», «ceguedad funesta», «tropel insano», «delirio ciego»…, ejemplos de Egilona), cabe destacar el tono exclamativo y entrecortado que caracteriza determinados pasajes. Así, en esa misma obra, este parlamento de Rodrigo en presencia de Caleb, que viene a libertarlo:

Salvarla quiero: de mis brazos caigan
estos hierros infames: cual el rayo
rápido mi furor hiera, devore
al enemigo vil. ¿Cómo dilato
su castigo cruel?… Siento la sangre
mis venas abrasar… ¿Cómo no lavo
con la suya el baldón?… Corra a torrentes:
ya la demandan los iberos campos,
y el lecho y trono que manchó su crimen,
de esa sangre también están avaros.
Yo sólo, sólo yo verterla debo…
ardiendo está el puñal; mas apagarlo
quiero en su corazón… ¿quién me detiene?
¿quién me detiene? ¿quién?… ¿dónde me hallo?…
¡Estos hierros aún!

Como podemos apreciar, el tono y los recursos retóricos se aúnan para tratar de expresar el estado anímico del personaje: las interrogaciones retóricas, las reticencias, los continuos encabalgamientos y las pausas internas en muchos de los versos, logran crear un ritmo que transmite de forma expresiva y acertada la duda y la perplejidad, el desasosiego y la impaciencia de don Rodrigo[1].


[1] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda: otras características románticas

Aparte de en las estructuras que he ido mencionando en entradas anteriores, el carácter romántico de los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda queda patente en el gusto por los escenarios sombríos, como la «lóbrega cárcel» de don Rodrigo en el cuadro I del acto III de Egilona; no es solo la acotación, sino las propias réplicas de los personajes las que nos ofrecen datos de esa prisión. Por ejemplo, cuando Rodrigo se encara, en escena efectista, con las cadenas que lo sujetan: «¡Este fuego voraz en que me abraso / tus eslabones derretir no puede!» (p. 42a). Lo mismo sucede con la prisión del Príncipe de Viana (comienzo del segundo acto), o con la de Joaquín en Baltasar, acto I, escenas 1-5; la acotación indica que se trata de una «lúgubre estancia», y el diálogo de los personajes lo corrobora: «Cárcel tenebrosa», «Impura mazmorra», «esta mazmorra en que respiras / atmósfera letal», «prisión / tan horrible» viciada por «infecto vapor», etc.

Mazmorra

También romántico es el gusto por la noche, siempre adecuada para sombrías empresas o melancólicos pensamientos:

¡Silencio, soledad, muros espesos!…
¡todo es propicio!… Con su negro manto
cubre la noche las tinieblas frías
de esta horrible mansión que convidando
parece estar a los misterios tristes (Egilona, p. 39b).

Y más tarde:

                          …con su opaco
velo la noche tu camino cubre;
muda su voz, los fúnebres arcanos
nunca vendió de la esperanza impía,
y siempre fue del asesino amparo (p. 43a).

Otra característica muy repetida en las obras de los autores románticos es el hecho de hacer coincidir el estallido de una fuerte tempestad con los momentos climáticos de furia ciega, de pasión incontrolada, de crímenes violentos: en Saúl, la tormenta se desata en el momento en que el protagonista se rebela contra Dios al hacer los sacrificios prohibidos (acto I, escenas 5-9). En Baltasar, acto IV, el salón del banquete aparece alumbrado por la «siniestra luz de los relámpagos», y los truenos van creciendo en intensidad (así lo indica una acotación) hasta que la tempestad estalla con toda su fuerza al producirse el sacrilegio (escena 8). Lo mismo sucede un momento antes de producirse el asesinato de Fronilde en Munio Alfonso (fin del acto III).

En fin, respecto al empleo de disfraces, cabría mencionar únicamente en Baltasar, II, 4 el hecho de que Rubén asista disfrazado de esclavo babilonio a la fiesta del rey, para advertir a Elda que está en peligro su inocencia. Como empleo del fuego para suscitar situaciones dramáticas, solo el incendio del palacio de Baltasar, al que prende fuego Nitocris (acto IV, escenas 12 y 13) al producirse la invasión extranjera[1].


[1] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

Prendas y objetos simbólicos en los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda

El uso de prendas y objetos simbólicos adquiere cierta importancia en algunos de estos dramas de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Por ejemplo, en El Príncipe de Viana, acto II, escena octava, Carlos da a Isabel el anillo de su madre; más tarde, en III, 13, besa la mano de Isabel y dice: «En mi anillo os dejo un gaje / de esperanza y de amor» (p. 88a). Aquí el anillo no ejerce otra función dramática sino la de simbolizar el amor, malogrado, entre ambos jóvenes. Algo similar sucede en Baltasar, I, 5; Elda protesta: «¡Juro conservarme fiel / a Dios, mi patria y mi amor» (p. 202b); entonces Rubén le da su mano «ante mi padre y el cielo» y Joaquín, con sus manos sobre sus cabezas, bendice «su casta y eterna unión» (p. 202b). La sencilla ceremonia matrimonial es rubricada por la entrega, por parte de Rubén, del anillo que perteneció a su madre.

Anillo

Una nueva sortija en Recaredo: este da su anillo a Bada (p. 105b), y ella le pide que no olvide su promesa: «Queda para siempre aquí, / como tu imagen, impresa» (p. 105b). La mención de este anillo sí que tiene más adelante una función específica, ya que sirve para que Bada pueda entrar en palacio e impedir la traición de Agrimundo, cuando ya estaba todo preparado para el asesinato de Recaredo (II, 9). Y otro anillo, con función similar, aparece en Egilona; en I, 3 Abdalasis le entrega su sello real, símbolo de su poder:

Y porque nadie en tus piedades trabas
pueda oponer jamás, orne tu diestra
el áureo anillo que doquier se acata,
prenda de autoridad, de mando insignia:
de todo mi poder depositaria
te hago al cederte tan preciosa joya (p. 16a).

Egilona lo utilizará para ordenar la libertad de Rodrigo, presentándolo a Caleb, quien acatará su autoridad: «Ese sagrado símbolo respeto» (p. 33a)[1].


[1] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

La superstición en los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda (y 3)

En Baltasar, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, aparte de los presentimientos manifestados en I, 4 por Elda (y, en un aparte, por Rubén), lo más interesante se concentra en la parte final, con la escena del sacrílego banquete. En IV, 6 entra Elda «desmelenada, el vestido en desorden, y pintado en todo su aspecto el extravío de la razón» (acotación en la p. 241b); en efecto, ha perdido el juicio y se siente acosada por cien espectros, por «sangrientos / fantasmas»; además cree ver multitud de tumbas a su alrededor, todo el palacio como un vasto cementerio; en la escena octava se desata la tempestad, se abren puertas y ventanas, se apagan las luces, caen las estatuas y aparece en una pared la famosa inscripción «Mane, Thecel, Phares».

La cena del rey Baltasar

Un mago la considera «¡hórrido arcano!», «enigma oscuro», pero nadie puede dar al rey una explicación fiable de su significado. Solo Daniel lo podrá aclarar: «Siempre su acento / órgano fue de la verdad divina», dice Nitocris (p. 247a); «Dios mismo le ilumina!», apostilla Joaquín. Daniel niega que sea mago, ni siquiera sabio; es profeta: «Cual eco humilde repito / voz de suprema verdad…» (p. 237a). Como tal profeta adelanta «presagios fatídicos», vaticinando la caída del rey y del trono asirio bajo el poder de Ciro.

También los vaticinios que se mencionan en Saúl están relacionados con lo religioso, ya desde la primera escena; me refiero a las palabras proféticas de Samuel, cuando pide misteriosamente al sacerdote Achimelech que ruegue por el rey Saúl; los relámpagos que estallan en el momento en que el rey ofrece los sacrificios son tenidos por «fúnebres presagios»; más tarde su hija Micol sentirá un «presentimiento horrible»; y en la escena primera del acto II el propio Saúl, delirante, siente la presencia de un «aterrador vestiglo». En IV, 7 el rey consulta a una Pitonisa que afirma ver «denso vapor de sangre» (p. 181a), un peligro que le amenaza a él y a su hijo. Siguen los delirios de Saúl: ve la sombra de Samuel, pierde el sentido, es acosado después por otra «sombra implacable», ve crecer «un piélago de sangre sin orillas / hondo, espumante, inmensurable!…» (p. 184b). Todos estos presagios negativos se cumplen: Saúl mata, por equivocación, a su hijo Jonathas (que ha cambiado su casco con David) y a continuación se hiere a sí mismo, arrojando la corona al joven pastor belemita; le dice que «en ella va la maldición escrita», pero Achimelech la coloca en la cabeza de David y proclama:

¡Ella, Israel, perpetuo patrimonio
será de sacrosanta dinastía;
que el reinado que aquí comenzar vemos
otro reinado eterno simboliza! (p. 187b)[1].


[1] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

La superstición en los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda (2)

Sombras, presagios y premoniciones desempeñan un papel importante en Egilona, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, ya desde la segunda escena del primer acto. La viuda de Rodrigo siente que su pasión por Abdalasis es «un criminal amor», una «unión nefanda»; la víspera tuvo una visión en que se le apareció su esposo con aureola de santo (p. 13b) anunciándole que su sombra le seguiría siempre. En II, 1 insiste en los «fúnebres presagios que me asedian». En la escena siguiente, ella siente la «pérfida influencia» de los delirios y «presagios funestos» que perturban su razón: «Tristes ensueños, fúnebres visiones / me persiguen doquier» (p. 25a).

El rey don Rodrigo

La figura y la voz de don Rodrigo reaparecen en su imaginación (se repiten expresiones como «iracunda imagen», «fantasma», «espantosa visión» o «fatal delirio»). También Abdalasis cree que vería interponerse entre los dos, si mata a Rodrigo, una sombra sangrienta y airada. Por fin, cuando Egilona ve aparecer a Rodrigo, al que creía muerto, retrocede con espanto: «¡Fantasma despiadado! / ¿Siempre doquier habrás de perseguirme?… / ¿Tu perpetuo furor jamás aplaco?» (p. 44b), cuando esta vez no se trata ya de una sombra imaginaria, sino de la realidad. En esta obra, lo mismo que en Recaredo, son frecuentes las alusiones al hado, a la suerte, a la estrella de los personajes, especialmente en boca de los musulmanes (aunque también figuran en los demás dramas, referidas por otros personajes). En este sentido, resulta interesante un comentario de Rodrigo, quien, como cristiano, manifiesta que el hombre no queda sujeto a un ciego azar:

Del voluble destino los halagos
debes mirar cual miro yo su ceño:
que nada influye en grandes corazones
que se les muestre próspero o adverso (p. 54b)[1].


[1] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.