El teatro de Antonio de Solís como reflejo de la sociedad española

Cervantes en Quijote, I, 48 afirmaba por boca del canónigo que la comedia había de ser «espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres e imagen de la verdad». Por su parte Lope de Vega, en el Arte nuevo (1609), indicaba que la finalidad de la comedia es «imitar las acciones de los hombres / y pintar de aquel siglo las costumbres» (vv. 52-53). Consideremos también estas palabras de Díez Borque sobre la mimesis que lleva a cabo el teatro:

Creo que ver reflejada en las tablas la vida de cada día, los verdaderos afanes cotidianos no hubiera atraído al público y no hubiera sido razón para pagar los maravedises que suponía ir al teatro. Decididamente no puedo entrar aquí en tan complejas cuestiones como las del «realismo» en la literatura, lo que llevaría, además, a plantearse el significado y alcance de géneros como la picaresca frente a libros de caballerías o prosa de ficción pastoril. El hecho cierto es que ha sido utilizado nuestro teatro aurisecular como «documento histórico», como fuente de datos de la vida diaria, usos y costumbres, valores ideales, conceptos operativos para la convivencia. Creo que Schevill (1918) acierta al señalar que en la comedia hay una presencia de «datos de la realidad», combinados con elementos imaginarios, encaminado todo a la diversión. Divierte lo extraordinario, no lo ordinario, pero éste da un marco creíble a aquél. A fin de cuentas, volvemos al problema de la mimesis o, en términos más próximos, del cuotidianismo en literatura. La comedia tiene sus propias leyes y fines, y en ello es fundamental la diversión, atrayendo a cuantos más mejor[1].

El amor al uso, de Antonio de SolísEs en las comedias de capa y espada de Solís, por sus propias convenciones genéricas, donde vamos a encontrar reflejados diversos detalles de la España del XVII. Hay que tener en cuenta que estas comedias desarrollaban acciones urbanas, es decir, ambientadas en ciudades españolas como Madrid, Toledo o Sevilla, protagonizadas por caballeros particulares (el sistema onomástico está formado por nombres como: don Luis, don Juan, don Pedro, don Diego…; doña Clara, doña Beatriz, doña Leonor, doña Ana…), con gran concentración temporal y múltiples enredos de amor, amistad y celos. La ambientación contemporánea, cercana al aquí y ahora del espectador áureo, facilitaba la introducción de rasgos costumbristas. Ejemplificaré esta cuestión haciendo algunas calas en dos comedias de Antonio de Solís[2], El amor al uso y El doctor Carlino. Sabemos que vida y literatura son cosas distintas, pero no deja de ser cierto también que se trata de vasos comunicantes que se influyen y relacionan mutuamente. En este sentido, las comedias de capa y espada del dramaturgo complutense, con su ambientación contemporánea y la inclusión de rasgos costumbristas, vienen a reflejar algunos rasgos de esa sociedad española del XVII, que son los que me propongo exponer en las próximas entradas[3].


[1] José María Díez Borque, «Lope y sus públicos: estrategias para el éxito», en El «Arte nuevo» de Lope y la preceptiva dramática del Siglo de Oro: teoría y práctica, ed. J. Enrique Duarte y Carlos Mata, Pamplona, Universidad de Navarra, 2010 (número monográfico de la revista Rilce, 27:1), pp. 7-54.

[2] Ver el portal dedicado a este autor, Antonio de Solís, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, coordinado por Judith Farré Vidal. Recientemente se ha publicado su teatro breve: Judith Farré Vidal (coord.), Antonio de Solís. Teatro breve, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2016.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española aurisecular en el teatro de Antonio de Solís: El amor al uso y El doctor Carlino», en Hala Awaad y Mariela Insúa (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, 2, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2010 (Ediciones Digitales del GRISO), pp. 133-152.

Antonio de Solís (1610-1686) y su obra

El año 2010 se cumplió el cuarto centenario del nacimiento de Antonio de Solís y Rivadeneira (Alcalá de Henares, 1610-Madrid, 1686), que fue una ocasión oportuna para recuperar la figura de este dramaturgo, que ciertamente no es un desconocido en el panorama áureo, pero que no cuenta hasta la fecha con una edición crítica solvente de su corpus teatral. Existe una edición completa de sus comedias, en dos tomos, y de su obra dramática menor, a cargo de Manuela Sánchez Regueira, que tiene el mérito de ofrecer reunido el corpus dramático de Solís, si bien es la suya una edición con muchas carencias[1]. Contamos, sí, con una edición modélica de alguna comedia suya (me refiero concretamente a la de El amor al uso debida a Ignacio Arellano y Frédéric Serralta), pero no sucede lo mismo con el resto de sus obras[2]Recientemente se ha publicado su teatro breve, en una edición coordinada por Judith Farré Vidal (Antonio de Solís. Teatro breve, New York, Instituto de Estudios Auriseculares, 2016).

Antonio de Solís nació en Alcalá de Henares en 1610. Tras estudiar en la universidad de su ciudad natal y en la de Salamanca, se licenció en ambos Derechos, civil y canónico. Como literato, dio tempranas muestras de un ingenio precoz; así, por ejemplo, estrenó su comedia Amor y obligación cuando contaba tan solo diecisiete años. Desempeñó el cargo de secretario del conde de Oropesa y fue luego oficial de la Secretaría de Estado de Felipe IV, además de cronista mayor de Indias. En 1667, cuando a sus cincuenta y siete años de edad ocupaba una posición brillante en la corte, decidió ingresar en la Compañía de Jesús. Moriría en Madrid en 1686.

Antonio de Solís, por Juan Alfaro

Solís es autor de una muy interesante Historia de la conquista de México (1685). En 1692 apareció póstuma una colección de Poesías varias sagradas y profanas, y en 1716 salieron publicadas nueve comedias suyas. En este ámbito del teatro, se suele decir que Solís es un discípulo de Calderón, al que ciertamente imita en el comienzo de su carrera dramática. Ahora bien, esa etiqueta aplicada tradicionalmente está siendo revisada en las últimas décadas; así, fue criticada por Sánchez Regueira, quien destacó el valor intrínseco del teatro de Solís[3]. También Arellano y Serralta, años después, han dejado escrito que, aunque el dramaturgo complutense sigue a Calderón como modelo, «en nuestra opinión, le viene muy estrecho el mero título de discípulo suyo»[4]. Estamos ante un autor teatral que tiene ingenio, y que maneja con soltura el verso y los resortes de la acción dramática.

De sus comedias de enredo o capa y espada destaca El amor al uso, sin duda la mejor de toda su producción. Otros títulos son El doctor Carlino, La gitanilla de Madrid y Un bobo hace ciento. Dramas de tono heroico para fiestas cortesanas de palacio, en los que repite clichés y estructuras habituales, son El alcázar del secreto, Eurídice y Orfeo, Las amazonas y Triunfos de amor y fortuna. Fragmentariamente se conserva otra comedia, Amor es arte de amar. Entre su obra dramática menor se cuentan tres entremeses: el Entremés del Salta en banco, el del Niño caballero y el de Los volantines; también varias loas, una representación graciosa titulada El retrato de Juan Rana, la representación panegírica Conde de Oropesa y algunos sainetes[5].


[1] Comedias de Antonio de Solís, ed. crítica de Manuela Sánchez Regueira, Madrid, CSIC, 1984, 2 tomos. Ver Frédéric Serralta, «Las comedias de Antonio de Solís: reflexiones sobre la edición de un texto del Siglo de Oro», Criticón, 34, 1986a, pp. 159-174.

[2] Ver el portal dedicado a este autor, Antonio de Solís, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, coordinado por Judith Farré Vidal. Sobre el autor pueden verse los trabajos de Ignacio Arellano y Frédéric Serralta, «Introducción» a Pedro Calderón de la Barca, Mañanas de abril y mayo; Antonio de Solís y Rivadeneyra, El amor al uso, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail / GRISO-Universidad de Navarra, 1995, pp. 9-39; Luis A. Arocena, Antonio de Solís, cronista indiano. Estudio sobre las formas historiográficas del Barroco, Buenos Aires, Editorial Universidad de Buenos Aires, 1963; Danièle Becker, «Jeroglífico y apocalipsis del secreto en el teatro del Siglo de Oro: el caso de Eurídice y Orfeo de Antonio de Solís», en Antonio Vilanova (ed.), Actas del X Congreso de la Asociación de Hispanistas, I-IV, Barcelona, Promociones y Publicaciones Universitarias, 1992, vol. I, pp. 773-788; Mercedes de los Reyes, «Una nueva muestra de la presencia del teatro castellano en Portugal: Loa para el cumpleaños de un rey», en Mosaico de varia lección literaria en homenaje a José María Capote Benot, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1992, pp. 113-130; Laura Dolfi, «Góngora y El Doctor Carlino de Antonio de Solís», Diálogos Hispánicos de Amsterdam, 8:2, 1989, pp. 481-502; Juan de Goyeneche, «Vida de don Antonio de Solís», en su edición de Varias poesías sagradas y profanas, Madrid, Antonio Román, 1692; Alfredo Hermenegildo, «El gracioso y la mutación del rol dramático: Un bobo hace ciento, de Antonio de Solís», Diálogos Hispánicos de Amsterdam, 8:2, 1989, pp. 503-526; Elvira López de Gutiérrez Báez, «La Historia de Solís: testimonio del siglo XVII», Historia Mexicana, 15, 1965, pp. 84-96; Francisco López Estrada, «Del “dramma pastorale” a la “comedia española” de gran espectáculo: la versión española de Il pastor fido de Guarini, por tres ingenios (Solís, Coello y Calderón)», en Sebastian Neumeister (ed.), Actas del IX Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, 18-23 agosto 1986, Berlín, Berlín / Frankfurt, Ibero-Amerikanisches Institut, Preussischer Kulturbesitz, Freie Universität Berlin, Institut für Romanische Philologie / Vervuert, 1989, vol. I, pp. 535-542; y «La recreación española de Il pastor fido de Guarini por los tres ingenios españoles Solís, Coello y Calderón de la Barca», en Kurt y Roswitha Reichenberger (eds.), Varia Bibliographica. Homenaje a José Simón Díaz, Kassel, Reichenberger, 1988, pp. 419-428; Daniel Ernest Martell, The Dramas of Don Antonio de Solís y Rivadeneyra, Philadelphia, International Printing Co., 1902; Estela Moreno-Mazzoli, «Calas en las fuentes textuales de la Historia de la conquista de México de Antonio de Solís», en Luis Martínez Cuitiño y Elida Lois (eds.), Actas del III Congreso Argentino de Hispanistas «España en América y América en España», Buenos Aires, Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas (Universidad de Buenos Aires), 1993, pp. 702-708; Jack H. Parker, «El tricentenario de Antonio de Solís y Rivadeneyra (1610-1686)», en Ángel González, Tamara Holzapfel y Alfred Rodríguez (eds.), Estudios sobre el Siglo de Oro en homenaje a Raymond R. MacCurdy, Albuquerque / Madrid, University of New Mexico / Cátedra, 1983, pp. 235-240; «La gitanilla de Montalván: enigma literario del siglo XVII», en Actas del Primer Congreso Internacional de Hispanistas (Oxford, 6-11 septiembre 1962), Oxford, The Dolphin Book, 1964, pp. 409-414; y «The Versification of the comedias of Antonio de Solís y Rivadeneyra», Hispanic Review, XVII, 1949, pp. 308-315; Juan José Pastor Comín, «La comedia de “enredo”: Abrir el ojo, de Francisco de Rojas y El amor al uso, de Antonio de Solís. Análisis comparativo», Epos, XV, 1999, pp. 149-174; Maria Grazia Profeti, «Le comedias di Solís: un curioso episodio di editoria teatrale», Cuadernos bibliográficos, XXXII, 1975, pp. 77-87; José Romera Castillo, «De cómo Cervantes y Antonio de Solís construyen sus Gitanillas», en Lenguaje, ideología y organización textual en las «Novelas ejemplares», Madrid, Universidad Complutense de Madrid / Université de Toulouse / Le Mirail, 1983, pp. 145-158; Manuela Sánchez Regueira, «Introducción», a Antonio de Solís, Comedias, Madrid, CSIC, 1984, tomo I, pp. 1-47; «Introducción», a Antonio de Solís, Obra dramática menor, Madrid, CSIC, 1986, pp. 1-20; y «La gitanilla en la novela, La gitanilla en el teatro», en Manuel Criado de Val (ed.), Cervantes: su obra y su mundo, Actas del I Congreso internacional sobre Cervantes, Madrid, Edi-6, 1981, pp. 437-443; Russell P. Sebold, «Mena y Garcilaso, nuestros amos: Solís y Candamo, líricos neoclásicos», Dieciocho, 1, 1997, pp. 155-171; Frédéric Serralta, «Amor al uso y lágrimas de moda: una refundición de 1809», Criticón, 72, 1998, pp. 165-176; «Antonio de Solís y el teatro menor en palacio (1650-1660)», en Luciano García Lorenzo (ed.), El teatro menor en España a partir del siglo XVI. Actas del Coloquio celebrado en Madrid, 20-22 de mayo de 1982, Madrid, CSIC, 1983a, pp. 155-172; «Antonio de Solís y Rivadeneyra», en Kurt y Theo Reichenberger (eds.), Siete siglos de autores españoles, Kassel, Reichenberger, 1991, pp. 187-188; «Donjuanismo y feminismo, decoro y modernidad: El amor al uso, de Antonio de Solís», en Felipe B. Pedraza Jiménez (ed.), El redescubrimiento de los clásicos (Actas de las XV Jornadas de Teatro Clásico, Almagro, julio de 1992), Almagro, Universidad de Castilla-La Mancha, 1993, pp. 91-101; «El gracioso y su refundición en la versión palaciega de Eurídice y Orfeo (Antonio de Solís)», Criticón, 60, 1994a, pp. 93-101; «El testamento de Antonio de Solís y otros documentos biográficos», Criticón, 7, 1979b, pp. 1-57; «La doble visión de los gitanos en las Gitanillas de Antonio de Solís», en Critique sociale et théâtre: domaine ibérique, Pau, Université de Pau et des Pays de l’Adour, 1988, pp. 37-48; «Las comedias de Antonio de Solís: reflexiones sobre la edición de un texto del Siglo de Oro», Criticón, 34, 1986a, pp. 159-174; «Nueva biografía de Antonio de Solís y Rivadeneyra», Criticón, 34, 1986b, pp. 51-157; «Sobre el origen de la atribución errónea de La gitanilla a Juan Pérez de Montalbán», Bulletin of the Comediantes, 29:2, Winter 1977, pp. 118-119; «También hay duelo en las damas: Calderón y Solís», Criticón, 38, 1987a, pp. 101-111; «Temas de La vida es sueño en dos comedias de Solís (Las Amazonas y El alcázar del secreto)», en Calderón: Actas del Congreso internacional sobre Calderón y el teatro español del Siglo de Oro, ed. Luciano García Lorenzo, Madrid, CSIC, 1983b, pp. 1319-1329; «Una loa particular de Solís y su refundición palaciega», Criticón, 62, 1994b, pp. 111-144; Antonio de Solís et la «comedia» d’intrigue, Toulouse, France-Ibérie Recherche / Université de Toulouse-Le Mirail, 1987b; «Amor al uso y protagonismo femenino», en La mujer en el teatro y la novela del siglo XVII: Actas del II Coloquio del Grupo de Estudios sobre Teatro Español, Toulouse-Le Mirail, Université de Toulouse-Le Mirail, 1979a, pp. 95-106; y María Dolores Solís Perales, «Enredos amorosos en una comedia de Antonio de Solís: El amor al uso», en Roberto Castilla Pérez (ed.), Ronda, cortejo y galanteo en el teatro español del Siglo de Oro, Granada, Universidad de Granada, 2003, pp. 321-341. Para el tema concreto de la recreación de La gitanilla cervantina ver también ahora Katerina Vaiopoulos, De la novela a la comedia: las «Novelas ejemplares» de Cervantes en el teatro del Siglo de Oro, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2010.

[3] Ver Manuela Sánchez Regueira, «Introducción», a Antonio de Solís, Comedias, Madrid, CSIC, 1984, tomo I, p. 3. Comenta que es buen versificador y hábil en el manejo de las estructuras dramáticas, y de tanto mérito como Calderón y Moreto. En su estudio ofrece un listado de valoraciones del teatro de Solís a lo largo del tiempo.

[4] Ignacio Arellano y Frédéric Serralta, «Introducción» a Pedro Calderón de la Barca, Mañanas de abril y mayo; Antonio de Solís y Rivadeneyra, El amor al uso, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail / GRISO-Universidad de Navarra, 1995, p. 10.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española aurisecular en el teatro de Antonio de Solís: El amor al uso y El doctor Carlino», en Hala Awaad y Mariela Insúa (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, 2, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2010 (Ediciones Digitales del GRISO), pp. 133-152.

Historia y literatura, de la mano en la novela histórica

He tratado de repasar en sucesivas entradas algunos aspectos generales relativos a la novela histórica, deteniéndome particularmente en la relación entre historia y ficción en este subgénero narrativo. He insistido en que la historia es un acercamiento científico a la realidad histórica y la novela histórica, un acercamiento artístico, literario: el historiador debe ceñirse a la verdad histórica y el novelista ha de atenerse a la verdad novelesca, y ambas aproximaciones se complementan. En la novela no cuenta tanto la verdad o la objetividad, como que se trate de una historia bien contada, de ahí que se permitan al novelista ciertas licencias y falsificaciones en el tratamiento de los personajes y los hechos históricos, siempre que se mantenga dentro de unos límites: tiene libertad para deformarlos, pero no hasta el punto de hacerlos irreconocibles o falsos. Por otra parte, la objetividad total es imposible, incluso para el historiador, porque es un hombre inserto en una sociedad y en un tiempo concretos: «El historiador no pertenece al ayer, sino al hoy», señala Edward H. Carr, y el mero uso del lenguaje «veda la neutralidad al historiador»[1].

NovelaHistorica

La novela histórica, situada entre la historia y la literatura, puede narrar y explicar los acontecimientos con mayor viveza y emoción, sin la gravedad del relato puramente histórico, puede revivir el pasado, infundir vida nueva a ese material, penetrar en los caracteres principales de una época o una sociedad, en suma, calar en su esencia. No existe una incompatibilidad entre historia y literatura; la historia supone rigor, fidelidad, exactitud, y la novela aporta fantasía, imaginación, en una palabra, ficción literaria. La presencia de elementos históricos en una obra literaria no solo no la destruye como tal, sino que puede contribuir poderosamente a embellecerla y enriquecerla. Todo se reduce a una cuestión de proporciones, a que ambos elementos, el histórico y el ficcional, se mezclen en la cantidad y de la manera adecuadas (siempre y cuando, claro está, esa mezcla esté hecha además con arte).

Gracias al carácter ejemplarizante de la historia, la novela histórica constituye además un género que ayuda a la reflexión del hombre, ya que le obliga a pensar sobre el transcurso del tiempo. El hombre contemporáneo es consciente de sí mismo y de la historia, como nunca antes lo había sido. Presente y pasado se hermanan en la novela histórica: por un lado, la visión del pasado se ilumina con los conocimientos del presente y, a su vez, la comprensión del pasado enriquece la del mundo actual y nos hace mirar con ojos nuevos al porvenir; el hombre que se interroga sobre su pasado desea saber de dónde viene para saber mejor lo qué es y hacia dónde camina. Contribuye, asimismo, a recuperar nuestra memoria histórica, la memoria colectiva de un pueblo y, por tanto, a profundizar en nuestra libertad.

En la novela histórica, la historia y la literatura se dan la mano, y de ese colocar la una cabe la otra resulta un diálogo, constructivo y a la vez ameno, entre pasado y presente, una reactualización de la experiencia pasada. La novela histórica es, por tanto, una invitación a la historia, una invitación a ampliar el conocimiento de nuestro propio pasado y, en definitiva, el conocimiento de nosotros mismos porque, en frase de Witold Kula, «sin la historia, la sociedad humana nada sabría de sí misma»[2].


[1] Edward H. Carr, ¿Qué es la historia?, trad. de Joaquín Romero Maura, Barcelona, Seix Barral, 1967, p. 34.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Géneros limítrofes con la novela histórica

ElTriangulo.jpgDejando aparte algunas coincidencias lejanas o generales de la novela histórica con la épica, la novela de caballerías, la novela bizantina, la poesía narrativa o, de forma más clara, la novela gótica (Horace Walpole, The Castle of Otranto; Matthew G. Lewis, The Monk), existen otros subgéneros más próximos como son las memorias, biografías, autobiografías, diarios y cartas: los actores de la historia atraen también como simples individuos, en su faceta de humanidad más cercana, perdiendo así la historia parte de su tono majestuoso. Recuérdese, a este respecto, la importante colección «Memoria de la historia» de la editorial Planeta[1]. La historia novelada es un relato fragmentario de hechos del pasado con una parte de recreación imaginaria; así, la trilogía que dedica Ricardo de la Cierva al reinado de Isabel II de España, titulada El triángulo (Alumna de la libertad, La cuestión de Palacio, La dama de Montmartre). Un libro de historia, para un no especialista, puede resultar farragoso o demasiado erudito; la historia novelada, a la que no se le pide tanto rigor, pero sí más amenidad, cumple una importante función divulgativa y satisface el deseo de los lectores interesados en la temática histórica. Parecido éxito obtienen en la actualidad libros que tratan temas pseudohistóricos y esotéricos (el mundo de los templarios, enigmas y misterios de las religiones…). Por otra parte, hay casos en los que las fronteras entre historia novelada y novela histórica son difusos: por ejemplo, la obra de Nancy Rubin Isabel de Castilla. La primera reina del Renacimiento (Madrid, Ediciones Apóstrofe, 1993) se ofrece como una novela: los capítulos presentan títulos novelescos y en la cubierta figura tras el título y nombre de autor: «Apóstrofe. Novela histórica», probablemente un subterfugio para facilitar su venta, aprovechando el tirón ya mencionado de la moda de la novela histórica.

Cierta relación con la histórica guarda la denominada «novela documento, testimonio o reportaje», nacida al calor de grandes acontecimientos históricos, de forma inmediata, sin apenas perspectiva, en la que predominan muchas veces las experiencias autobiográficas del autor, sin demasiada elaboración ficcionalizadora: así, la novela de la revolución mexicana (Los de abajo, de Mariano Azuela, entre otras), la novela surgida en Europa tras la I Guerra Mundial (El fuego, de Henri Barbusse; Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque) o la novela de la guerra civil española (Agustín de Foxá, Rafael García Serrano, Arturo Barea, Ramón J. Sender, etc.).

La novela histórica mira hacia el pasado; pero hay también otro tipo de novela «de anticipación» que mira hacia el futuro: Viaje a la luna, Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, La guerra de los mundos, de Orson Wells, 1984, de George Orwell, Walden Dos, de B. F. Skinner, e infinidad de novelas de ciencia-ficción que anticipan futuras guerras nucleares y mundos apocalípticos sobre este planeta o nuevas formas de vida en la inmensidad del universo. Un relato de tipo similar a este es el cultivado por Fernando Vizcaíno Casas en Y al tercer año resucitó, libro en el que especula con las reacciones motivadas por una supuesta «resurrección» del general Franco; o por Rafael García Serrano en V Centenario, donde el antiguo escritor falangista, preocupado por el avance de los nacionalismos agresivos que amenazan la integridad territorial de España, imagina la degeneración del estado de las autonomías hasta el punto de convertir nuestro país en un conglomerado de nuevos reinos de taifas, en un mosaico de insignificantes repúblicas y minúsculos cantones enfrentados entre sí.

Esta posibilidad de tratar la «historia» nos lleva a preguntarnos: ¿ha de ser la novela histórica forzosamente realista? ¿Puede haber una «novela histórica fantástica», una novela que historie «lo que pudo haber sido y no fue»? Se trataría entonces de una novela «de historia-ficción» o claramente antihistórica. ¿Sería posible escribir un relato que tratase de responder a estas preguntas?: ¿qué habría pasado si Alejandro Magno no hubiera muerto joven, si la batalla de Accium hubiese sido ganada por Marco Antonio, si Napoleón no hubiera sufrido el revés de Waterloo o si Alemania y sus aliados hubiesen vencido en la II Guerra Mundial? Esta última posibilidad es la que plantea Robert Harris en su novela Patria, cuya acción se sitúa en 1964: el Tercer Reich, victorioso, se dispone a celebrar el 75 cumpleaños de Adolf Hitler; el imperio nazi se extiende desde el Rin hasta los Urales, etc. En el día de hoy, de Jesús Torbado, es una visión novelesca de lo que habría podido suceder si los republicanos hubiesen triunfado en la guerra civil española.

También guardan relación con la novela histórica muchas novelas futuristas pero con ambientación histórica vagamente medieval en cuanto a la descripción de vestidos, armas y estructuras feudales o de vasallaje, como El bastón rúnico (Crónicas de Dorian Hawkmoon), de Michael Moorcock. Igualmente las novelas de «fantasía épica» que inventan mundos fabulosos poblados de hadas, elfos, gigantes y otros personajes mágicos, al estilo de las narraciones de J. R. R. Tolkien (El hobbit, El señor de los anillos). Hay, en fin, novelas policiacas enmascaradas bajo una envoltura histórica: eso es, entre otras cosas, El nombre de la rosa, de Umberto Eco, o toda la serie dedicada por Lindsay Davis al detective privado Marco Didio Falco (La plata de Britania, La Venus de cobre, La estatua de bronce, La mano de hierro de Marte, El oro de Poseidón), ambientada en la corrupta época del emperador Vespasiano. Néstor Luján, en Decidnos, ¿quién mató al conde?, juega con siete hipótesis sobre el asesinato del conde de Villamediana, con distintos móviles y personas implicadas, todas ellas posibles desde el punto de vista novelesco.

Por último, comentaré que hay novelas que nacen con la voluntad de ser históricas; pero existen otras originariamente no históricas a las que el tiempo o las circunstancias las pueden convertir en históricas. Mencionaré un solo ejemplo: de la misma forma que las novelas no históricas de Pérez Galdós sirven para conocer la intrahistoria del siglo XIX español, Nada de Carmen Laforet y muchas otras novelas que reflejan la dura situación de la posguerra española han adquirido con el paso del tiempo un cierto carácter histórico[2].


[1] Cada título de la colección se presenta con estas palabras: «Memoria de la Historia pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos personajes que en vez de figurar en las páginas de los libros como objeto pasivo, adquieren voz y nos cuentan su vida y su peripecia en primera persona. La Historia como una novela personal, autobiográfica, en la que todo lo que aparece en estas páginas es verdad, con hechos ciertos y comprobados, pero que se presentan con la inmediatez y el dramatismo que da al relato la voz del protagonista, supuesto historiador de sí mismo gracias a la pluma de unos escritores que consiguen el difícil y apasionante equilibrio entre los materiales de la crónica, tratados con el máximo respeto, y el enfoque que corresponde a la más amena de las narraciones novelescas [De hecho, abundan los títulos como Yo, Aníbal; Yo, Conde Duque de Olivares; Yo, Felipe II; Yo, Julio Verne; Yo, Juan Prim; Yo, Mahoma…]. Otra vertiente de estas semblanzas es la evocación de episodios del pasado en tercera persona con todo el rigor que exige el trabajo del historiador y la amenidad de la novela. / Este es el objetivo de una colección que aspira a fundir lo más atractivo que pueden ofrecer la historia y la literatura».

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Valoración crítica de Espronceda

Juan Valera opinaba que «ni los ingleses tienen más derecho a calificar de genio a lord Byron, ni los alemanes a Goethe, que a Espronceda nosotros»[1]. Estas palabras son aplicables, sobre todo, al Espronceda poeta, aspecto de su producción en el que da su verdadera talla de creador genial. En general, en toda la poesía de José de Espronceda se muestra una concepción pesimista de la vida y del hombre, como es frecuente en el Romanticismo. Ortega y Munilla, en unas líneas dedicadas a Espronceda en El Imparcial, decía:

Espronceda es el poeta de los amores tristes y de las indignaciones vehementes. La memoria de lo que fue Espronceda no se compadece con la idea del eterno reposo. Vida de lucha, de febril inquietud, de ininterrumpidas batallas; batallas con las ideas y los hombres, procesamiento, persecuciones, destierros, protesta constante contra todo orden de tiranía. Tal fue el vivir de Espronceda: una tempestad continua. Espronceda es la síntesis de la inspiración desordenada, de la genialidad indomable, del numen frenético, de la exaltación morbosa, de la locura convertida en arte y del frenesí, tratando de romper las duras ordenanzas de la rima…[2].

Espronceda

A veces esa tristeza se ha relacionado con ciertos datos biográficos (concretamente, con su fracaso amoroso con Teresa Mancha); pero más que en esas circunstancias personales hay que pensar en una sensibilidad lúgubre y triste común a toda su época. En ocasiones se le ha acusado, ya lo apuntamos, de no ser original y se ha exagerado su deuda con Byron. Sea como sea, Espronceda encarna el Romanticismo revolucionario en España. Los rasgos más destacados de sus versos son el ya apuntado tono pesimista, el efectismo y la sincerísima pasión. Por lo común, hay en ellos una adecuación perfecta entre lo que escribe y lo que siente. Para muchos críticos es la encarnación del poeta como vate o genio. Y no podemos olvidar que su poesía influye poderosamente en poetas tan señalados como Antonio Machado o Rubén Darío[3].


[1] Citado por Narciso Alonso Cortés, Espronceda: ilustraciones biográficas y críticas, 2.ª ed., Valladolid, Librería Santarén, 1945, p. 130.

[2] Citado por Julio Romano, Espronceda: el torbellino romántico, Madrid, Editora Nacional, 1950, p. 200.

[3] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: referencias carnavalescas (y 2)

En cuanto a las mujeres que intervienen en El mariscal de Virón, comedia burlesca de Juan de Maldonado[1], ya sabemos que Blanca mata de sífilis (vv. 55 y ss.)[2]; las damas son comparadas con ranas (vv. 110-112 y 480) y equiparadas a infernales langostas (v. 1472); Blanca va a engordar como una lechona de amor (vv. 250-252) y sus ojos, que son como linternas (v. 301) y luciérnagas en rastrojos (v. 794), están llenos de lagañas (v. 305), no tiene ningún recato (v. 400), un callo adorna su pie (v. 407) y es una buena ganga (v. 422). Por lo que toca a la Reina, se elogia su rara belleza, diciendo que viene sin alabarda (vv. 82-83); se despereza delante de todos (v. 102) y es, en fin, una linda pieza (v. 108), expresión que hay que tomar a mala parte.

Mujeres-rana

En fin, la reducción costumbrista se consigue con alusiones contemporáneas como las Vistillas (v. 523), Atocha (v. 1404) y la Vitoria (v. 1406) o el Sotillo (v. 1742). Hay también algunas indicaciones festivas relacionadas con la religión: cuatro padres franciscos (v. 346), Padre Prior (v. 560), capacha (v. 590)…

La Comedia burlesca del mariscal de Virón, cuyos procedimientos cómicos hemos examinado someramente a lo largo de varias entradas, constituye una de las piezas más entretenidas de este peculiar subgénero dramático del Siglo de Oro. Se asemeja bastante al modelo serio, la comedia homónima de Juan Pérez de Montalbán[3], en cuanto a personajes, estructura y acción. Pero la versión burlesca de Maldonado es, sin duda, una joya dentro del corpus de las comedias burlescas, y también dentro de las creaciones artísticas inspiradas por las figuras históricas del rey Enrique IV de Francia y el mariscal de Biron. A lo largo de sus casi dos mil versos (extensión bastante considerable en comparación con otras piezas paródicas áureas), el autor despliega una muy amplia gama de recursos cuya función primaria, casi única, es provocar y mantener la risa del espectador.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

[3] Para este autor, remitimos al Portal a él dedicado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Juan Pérez de Montalbán, dirigido por Claudia Demattè, donde el lector interesado encontrará datos sobre su vida y obra, bibliografía, imágenes, etc.

Los personajes en la novela histórica

Hemos visto al hablar de la mezcla del elemento histórico y el elemento ficticio cómo el novelista suele tomar la época histórica como telón de fondo sobre el que inventar la trama novelesca. Eso mismo es lo que sucede a la hora de crear los personajes de su novela: normalmente (siempre hay excepciones), los personajes históricos reales no son los protagonistas sino que desempeñan un papel secundario[1]; no importan tanto para el desarrollo de la acción como para la labor de reconstrucción de ese pasado[2]. En general, el novelista inventa los protagonistas principales para poder jugar así con distintos sentimientos y pasiones, ya que el carácter de los personajes históricos está fijado de antemano, y si el novelista los situara en primer término de su obra, correría el riesgo de convertir la novela histórica en una historia novelada. Como indica Juan Ignacio Ferreras, los personajes reales vienen predeterminados por la historia y, por tanto, su relación con el universo novelesco creado por el novelista queda prefigurada, no es libre[3].

Georg Lukács muestra en su estudio cómo los protagonistas principales de las novelas de Scott (y Scott es el representante típico de la novela histórica clásica) son «héroes medios» que muchas veces sirven para relacionar grupos opuestos. Scott explica sus figuras a partir de la época a la que pertenecen, y no al revés, como harán los románticos. Los suyos son personajes «apropiados para encontrarse en el punto crítico de las grandes colisiones socio-históricas», de tal forma que los destinos individuales se entrecruzan con lo histórico-social colectivo[4]; dicho de otra forma, esos personajes son representación de la vida del pueblo. Scott jamás moderniza la psicología de sus personajes, cosa que sí harán los novelistas románticos españoles. De hecho, captar la psicología verdadera de los hombres de tiempos pasados constituye una de las mayores dificultades de este tipo de novelas, aspecto al que ya hizo referencia Azorín:

Y aquí tenemos uno de los escollos capitales de la novela histórica; podréis reconstruir paciente, minuciosamente, con toda clase de detalles, el vivir de un siglo pasado —un tanto remoto—; podréis hacernos ver los trajes, las calles, las casas, los espectáculos, etc. Pero, ¿y la psicología de los personajes? ¿Y esa materia tan sutil, tan efímera, tan alada que constituye el carácter? Un peligro estará en creer que la naturaleza humana ha cambiado fundamentalmente en el espacio de tres siglos; otro, no menos grave, en juzgar que no ha cambiado casi en nada. Y siempre el novelista, instintivamente, al simpatizar con un personaje, le prestará a este maneras de ver y sentir de su tiempo, del tiempo del autor[5].

Yo Claudio, de Robert GravesPara Baroja, esta dificultad era insalvable, al menos en las novelas que alejan su acción hasta tiempos remotos[6]. Una posible solución para que los personajes resulten interesantes y creíbles, sin necesidad de modernizar su psicología, consiste en enfrentarlos con problemas eternos, como el amor, la ambición o la envidia. En cualquier caso, la libertad del novelista es bastante amplia, sobre todo si no sitúa grandes personajes históricos en primera línea de su novela, esto es, si los protagonistas del relato son personajes de ficción, en cuyo caso puede describir a su antojo su carácter. Los experimentos posibles son muchos: en la novela de Néstor Luján En Mayerling una noche, encontramos personajes históricos, personajes de ficción de la novela y lo que podríamos denominar «personajes de ficción en segundo grado», es decir, personajes de ficción tomados de otras novelas (Sherlock Holmes y Hércules Poirot). Ahora bien, los grandes personajes de la historia han atraído la atención de los novelistas, siendo frecuente la presentación de sus vidas en primera persona, como autores de sus diarios o memorias: así, Yo, Claudio, de Robert Graves; Vida de Napoleón contada por él mismo, de André Malraux; o Urraca, de Lourdes Ortiz. Por cierto, este último ejemplo sirve para ilustrar magníficamente la evolución de la novela histórica: en efecto, en esta novela los protagonistas son los mismos que en Doña Urraca de Castilla, de Francisco Navarro Villoslada o en El conde de Candespina, de Patricio de la Escosura, pero la caracterización de los mismos y las técnicas narrativas y estructurales han variado ya mucho respecto al simple relato lineal en tercera persona, con narrador omnisciente, característico de la novela histórica romántica española[7].


[1] Cf. Hans Hinterhäuser, Los «Episodios nacionales» de Benito Pérez Galdós, Madrid, Gredos, 1963, p. 230.

[2] Ver Ángel Antón Andrés, «Estudio preliminar» a José de Espronceda, Sancho Saldaña, Madrid, Taurus, 1983, pp. 13-14.

[3] Cf. Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y la novela histórica, Madrid, Taurus, 1976, p. 31.

[4] Georg Lukács, con sus presupuestos marxistas, concibe la novela histórica como expresión de un «destino popular»: «¿Qué es lo importante en la novela histórica? En primer término, que se plasmen destinos individuales tales que se expresen en ellos de forma inmediata y a la vez típica los problemas vitales de la época» (La novela histórica, trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977, p. 354). Este hecho es negado por María de las Nieves Muñiz (La novela histórica italiana. Evolución de una estructura narrativa, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1980, p. 22).

[5] José Martínez Ruiz (Azorín), «La novela histórica», en Clásicos y modernos, 6.ª ed., Buenos Aires, Losada, 1971, pp. 133-134.

[6] Pío Baroja, «Condiciones de la novela histórica», en Divagaciones apasionadas, Obras Completas, V, Madrid, Caro Raggio, 1948, p. 499.

[7] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: referencias carnavalescas (1)

Como ya hemos indicado en otras entradas, las comedias burlescas se representaban durante el Carnaval, época del año en la que el «mundo al revés» se adueñaba de las calles y los palacios[1]. Algunos de los dramaturgos nos recuerdan este detalle, introduciendo en sus obras burlescas —representadas en fiestas cortesanas— distintas referencias a dicha celebración. En la que ahora nos ocupa, El mariscal de Virón de Juan de Maldonado, encontramos las siguientes: correr una gansa (v. 675)[2], típica actividad de Carnaval; rey de gallos (v. 680); «le puso el Rey una maza, / que al fin son Carnestolendas» (vv. 832-833). Otras pudieran ser las de fechas religiosas: Malas Pascuas (v. 309, que es frase hecha, pero actualizada en este contexto y situación), Miércoles Corvillo (v. 415), Domingo de Ramos (vv. 563-564); las de comidas propias del Carnaval: morcón (v. 574), morcillas (v. 1072) y longaniza (v. 1978); o las de instrumentos y sonidos carnavalescos: tocar a cencerra (v. 738) y cascabeles (v. 1801).

Además, no debemos olvidar que el Rey que interviene aquí es un auténtico Rey de Carnaval, como demuestra esta acumulación de notas e indicaciones sobre su persona: se trata de un hombre prolijo (v. 10); se dice de él que tiene su cortijo de «sarracinos y aliatares» (vv. 11 y 70) y mira airado (v. 95); es un rey Cachumba (v. 178); apuesta con Carlos, en el sueño de Blanca, a ver quién come más buñuelos (vv. 278-281), y en realidad el apetito no le falta, porque come más que los obispos griegos (vv. 282-285); es un rey de bastos (v. 368), más baldado que un buboso (v. 369), con hipocondría (v. 383); un rey de mojiganga (v. 421), rey farandulero (v. 467), equiparable al rey Perico (vv. 472-473); no trae dinero (v. 501) y se está en la cuna ‘es un niño’ (v. 666); es rey de copas, de espadas (vv. 1039-1040), un Rey Alfaro (v. 1145), es hombre impertinente (v. 1169), goloso (v. 1263), rico y codicioso (v. 1266), caprichoso (v. 1315), severo (v. 1336), cuyo reino es una bambolla (v. 1386), riguroso y esquivo (v. 1705), un rey de tomo y lomo (v. 1712), y por todo ello no extrañará que se indique que su Alteza ya «caduca» (v. 1939).

Bufón El Primo, de Velázquez

Pero no pensemos que el Mariscal y los demás nobles quedan mejor parados: ya hemos aludido en la entrada anterior a su mal vestido, que se compara con un queso añejo (vv. 35-40); añadamos ahora que el Duque de Saboya sufre jaqueca y almorranas (v. 74), es una buena lanza (v. 86) y queda asimilado a un escribano (v. 88); el Conde de Fuentes es un dormilón y un menguado (vv. 131 y ss.) y vive en una cabaña (v. 153); los nobles, en general, son buena boya (v. 170), unos borrachos y unos muertos de hambre (v. 1072).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.

Mezcla de elementos históricos y ficticios en la novela histórica (y 3)

Hemos visto que en una novela histórica se requiere un mínimo de fidelidad histórica para ambientar de forma verosímil los sucesos inventados por la imaginación del novelista. Ese respeto necesario a la verdad histórica exige del novelista un esfuerzo de documentación más o menos minucioso: no se trata solo de colocar a unos personajes sobre un fondo histórico, sino de reconstruir en la medida de lo posible una época pasada, con sus costumbres, sus modos de vida y todas las circunstancias de aquel momento; no se trata únicamente de vestir el pasado con ropajes del presente, sino de presentarlo con vida y relieve propios y con un lenguaje atractivo. Pero después de llevar a cabo su tarea documentadora, el novelista debe esforzarse por difuminar y aligerar esa carga erudita que embarazaría el normal desarrollo narrativo de la novela. En este sentido, me parecen muy interesantes las palabras de Arthur Koestler en el Post scriptum a su novela The Gladiators:

En oposición a estas especulaciones sobre los desconocidos héroes del relato, sentí la necesidad de describir el trasfondo histórico con minuciosa, incluso presuntuosa, exactitud. Esta necesidad me indujo a investigar asuntos tan complejos como las características y aspecto de la ropa interior de los romanos, o sus complicadas formas de sujetar las prendas con hebillas, cinturones y fajas. Al final, ninguno de estos elementos encontró un sitio en la novela, y la ropa apenas se menciona en el texto; pero me resultaba imposible describir una escena mientras fuera incapaz de visualizar los atuendos de los personajes o la forma en que los sujetaban. Del mismo modo, los meses dedicados al estudio de los sistemas de importación, exportación, tributación y asuntos afines redituaron en las escasas tres páginas en que Craso explica al joven Catón la política económica de Roma con una sarcástica terminología marxista[1].

En cualquier caso, como señala Ramón Solís Llorente, el autor debe escribir su novela destacando aquellos elementos que llamarían la atención de los personajes de aquella época, y no la nuestra: «La principal virtud de la novela histórica está en atribuir a los hechos el valor exacto que tenían en el momento [en] que se producen», pues es cierto que algunos hechos históricos cobran su verdadera importancia tiempo después de haber sucedido[2]. En una novela histórica pueden entrar, en distintas proporciones, la historia y la arqueología[3]. Ahora bien, cuanto mayor sea la actitud arqueologista, cuanto más se persiga la fidelidad histórica, menos posibilidades habrá para que pueda cristalizar en la novela el elemento poético, pues la arqueología ahoga su posible valor universal. Eso es lo que sucederá con la novela histórica realista. La novela romántica, en cambio, buscó sus argumentos en épocas lejanas, no solo para suscitar fácilmente la emoción y la actitud evasiva de los lectores, sino también porque así era posible dejar volar la fantasía, pues era poco lo que se sabía todavía de aquellos tiempos remotos. En la novela romántica, la verdad novelesca triunfa siempre sobre la verdad histórica.

I promessi sposi, de ManzoniPero si la arqueología no constituye un material adecuado para la plasmación poética en una novela, la historia, en cambio, sí que resulta apropiada para dicho fin. Amado Alonso se refiere también a las opiniones de Alessandro Manzoni sobre las obras de tipo histórico. El autor de Los novios, en su Carta sobre las unidades dramáticas, hizo una gran apología del drama histórico, que será mejor cuanto más fiel sea a la historia; pero más tarde, en otro ensayo teórico[4], condenó como género contradictorio toda mezcla de historia y ficción. Para Manzoni, la novela histórica tiene que fracasar necesariamente como historia y como poesía, pues ambos elementos se estorban recíprocamente: la novela histórica fracasa como historia por su parte novelesca; y queda arruinada como novela precisamente por su aspecto histórico. Alonso no está de acuerdo con esto, y la mejor prueba que aporta para contradecir al escritor italiano es su propia novela, Los novios, que es una de las novelas históricas que alcanza mayores cotas de poesía[5].

En efecto, señala que «por ningún lado que se le mire se le puede negar a la Historia la calidad de idóneo material poético»[6], aunque reconoce que hay diferencias entre historia y poesía:

La historia quiere explicarse los sucesos, observándolos críticamente desde fuera y cosiéndolos con un hilo de comprensión intelectual; la poesía quiere vivirlos desde dentro, creando en sus actores una vida auténticamente valedera como vida[7].

La infidelidad histórica no es un defecto, sino un carácter constitutivo del género; e indica que «no hay novela histórica de alguna importancia a la que no se hayan reprochado fallas eruditas», pero ello es así porque al autor le resulta imposible situarse completamente en el pasado, porque no puede abandonar su perspectiva actual:

Jamás nos ofrecen los novelistas una vida pretérita funcionando otra vez según su propia regulación, jamás se instalan los autores de las novelas históricas dentro de la vida que nos quieren cinematografiar, sino que la ven desde su lejano hoy, interviniéndola permanentemente con criterios de actualidad. No, no es el funcionamiento veraz de un modo pretérito de vida lo que podemos exigir a estos autores, sino su visión actual de aquel pretérito vivir[8].


[1] Arthur Koestler, «Post scriptum», Espartaco. La rebelión de los gladiadores, Barcelona, Edhasa, 1992 (trad. de M.ª Eugenia Ciocchini).

[2] Cf. Ramón Solís Llorente, Génesis de una novela histórica, Ceuta, Instituto Nacional de Enseñanza Media, 1964, pp. 45-47.

[3] Empleo los términos de la conocida dicotomía establecida por Amado Alonso en su Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

[4] De la novela histórica y, en general, de las composiciones mezcla de historia y de ficción. Traducido por Federico Baráibar y Zumárraga y publicado en el tomo CLI de la Biblioteca Clásica, Madrid, 1891, pp. 267-340.

[5] Con excepción de los capítulos dedicados a la peste y al hambre en los que, como señaló Goethe, Manzoni se muestra más historiador que poeta. Para las opiniones de Manzoni, vid. Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, pp. 88-126.

[6] Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, p. 10.

[7] Alonso, Ensayo sobre la novela histórica…, p. 18.

[8] Alonso, Ensayo sobre la novela histórica…, p. 157. De ahí que las novelas históricas no puedan prescindir de los anacronismos, debido a lo que él denomina «perspectiva de monumentalidad». Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

La comicidad en «El mariscal de Virón», comedia burlesca: vestidos y accesorios

Las acotaciones en el texto de la burlesca de El mariscal de Virón son muy pobres, en la mayoría de los casos simplemente se anota la entrada y salida de los personajes, al igual que los ruidos de la batalla[1]. Sin embargo, a partir de los diálogos podemos inferir algunos de los gestos y movimientos que deben hacer los actores. Igualmente, el texto no ofrece muchas indicaciones sobre los vestidos y accesorios de los personajes; pero hay que destacar el pasaje en el que se alude directamente a la forma pobre y andrajosa en la que viste el protagonista: al llegar a Palacio en la primera jornada, Jaques, el criado del Mariscal, compara a su amo, por lo viejo y arrugado de sus vestidos, con un queso añejo: «(porque siempre andas de mala / conmigo y con tu vestido), / no vinieras de manera, / que mirando en un espejo / parecieras queso añejo / metido en la ratonera» (vv. 35-40)[2].

El joven mendigo, de Murillo

Hay también un par de referencias a accesorios de la época, como los chapines (vv. 62, 495 y 1859) y el guardainfante (v. 216), ambos artículos femeninos, aludidos aquí en referencias festivas: los chapines, para hacer grande (en vez de Grande, título honorífico) a un personaje; el guardainfantes, para que se lo ponga un hombre (v. 216, en un carnavalesco cambio de género).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] La numeración de las citas responde a la siguiente edición: Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, El Mariscal de Virón. No hay vida como la honra. El robo de Elena. El muerto resucitado, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 27-187 (que utiliza como texto base el de 1658). Más detalles sobre la pieza se pueden ver en el estudio preliminar a esa edición y también en Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre comedia burlesca y Carnaval: a propósito de El Mariscal de Virón, de Juan de Maldonado», eHumanista. Journal of Iberian Studies, 2, 2002, pp. 161-175. El texto de esta entrada actualiza lo recogido en esos dos trabajos conjuntos de Hurtado y Mata Induráin.