«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: estructura externa

Ambas piezas forman un díptico sobre el Descubrimiento y los primeros años de conquista y colonización del Nuevo Mundo[1]. En busca del Gran Kan se divide en tres partes[2], formada cada una por seis capítulos: «El hombre de la capa raída» (título que hace referencia a Colón, cuando todavía es un personaje pobre y misterioso), «El señor Martín Alonso» (alude al mayor de los hermanos Pinzón) y «El paraíso pobre» (marbete que designa a las regiones recién halladas)[3]. La novela se cierra con un epílogo donde Blasco Ibáñez explica su interés por la figura del Almirante y amplifica algunas ideas ya apuntadas en las páginas precedentes.

En busca del Gran , de Blasco IbáñezLa acción comienza en mayo de 1492, cuando Fernando y Lucero (personajes de ficción) se dirigen a Córdoba. En el primer capítulo el joven Fernando Cuevas hace balance de los últimos acontecimientos de su vida. Sus recuerdos nos ponen en antecedentes sobre su historia y la de su acompañante, Lucero, hija del judío don Isaac Cohen, que viaja disfrazada de varón para escapar de la persecución religiosa (acaba de proclamarse el decreto de expulsión de los judíos). El flash-back de Fernando acaba cuando pide ayuda a la Virgen de Guadalupe, momento en que aparece en el camino un caballero y el muchacho presiente que este personaje a cuyo servicio se pone —Colón— influirá poderosamente en su vida futura. El capítulo segundo completa el panorama histórico-político de Castilla. El tercero refiere los progresos en la navegación de Portugal, convertida en la primera potencia marítima. En el capítulo cuarto, titulado «De cómo el amor se fue abriendo paso a través de la geografía delirante», Colón entra en contacto con las personas influyentes de la Corte de los Reyes Católicos y conoce a Beatriz Enríquez de Arana, mujer pobre y virtuosa por la que pronto se siente atraído. El resto de la novela —es imposible resumir el argumento en pocas líneas— lo constituyen las andanzas del desconocido Colón en pos de la Corte mientras se prolonga la guerra de Granada y la ejecución de su proyecto se va aplazando, la organización del primer viaje y los sucesos del mismo, hasta el descubrimiento de las islas caribeñas. Todo ello siguiendo muy de cerca los sucesos reales de ese primer viaje trasatlántico.

La segunda novela, El caballero de la Virgen, también se divide externamente en tres partes, «La reina de Flor de Oro», «El oro del rey Salomón» y «El ocaso del héroe», de cinco, seis y cinco capítulos respectivamente. El título de la primera alude a la princesa Anacaona, que no es personaje con demasiada importancia en la novela, pero que el autor privilegia por su exotismo; el segundo recuerda una de las obsesiones quiméricas del Almirante; y el tercero hace referencia a los últimos años de Alonso de Ojeda (y nótese que para Blasco Ibáñez el héroe es Ojeda, no Colón). Su arranque es muy similar al de la otra novela, con un primer capítulo de estructura circular (enmarcado por el sonido de unas campanas) en el que Fernando vuelve a hacer balance de los últimos sucesos de su vida: estamos ahora a la altura de enero de 1494, y el antiguo paje de Colón tiene casa propia en la ciudad de Isabela, en la Española; se ha casado con Lucero (que se convirtió al cristianismo) y ha tenido lugar el bautizo de su hijo Alonsico. Ahora su principal protector es Alonso de Ojeda, de forma que ya desde el primer capítulo quedan imbricados los dos planos del relato: la peripecia ficticia (los hechos de Lucero y Fernando) y la materia histórica (se incluyen aquí los otros tres viajes del Almirante, más otras expediciones de descubrimiento y conquista de Ojeda y otros).

Algunas características generales de estas dos obras las emparientan con la novela histórica romántica del siglo anterior[4]. Así, una de esas viejas técnicas que recupera Blasco Ibáñez es la ocultación de la verdadera personalidad de un personaje (Lucero viste de hombre y finge ser hermano de Fernando). Por otra parte, el empleo de largos epígrafes para encabezar los capítulos recuerda una forma de titular que fue habitual en el Romanticismo. Por último, puede mencionarse la frecuente intromisión del narrador para señalar parecidos o diferencias entre la época histórica evocada y el tiempo contemporáneo del autor: por ejemplo, cuando compara los monasterios de entonces con los hoteles de nuestros días (p. 1266a) o la velocidad de las naves del Descubrimiento con la de los modernos buques de vapor (pp. 1311a y 1314b), o bien cuando habla de «nuestro criterio de hombres modernos» (p. 1266b)[5].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Esta división tripartita se repite en las cuatro novelas históricas mencionadas.

[3] «Habían descubierto, tal vez, un paraíso, pero un paraíso pobre» (p. 1371b).

[4] Cabría recordar aquí que Blasco Ibáñez sirvió como secretario a Manuel Fernández y González, verdadero maestro del género histórico-folletinesco.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Las novelas históricas de Vicente Blasco Ibáñez

Vicente Blasco IbáñezVicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867-Menton, Francia, 1928) se acercó con cierta frecuencia al género de la novela histórica. Dejando aparte Sónnica la cortesana (1901), en la que la crítica ha visto un intento de novela arqueológica a la manera de Salambó de Flaubert, hay otras cuatro novelas históricas del escritor valenciano que pueden agruparse por su proximidad cronológica y por su intención. Me refiero a El Papa del mar (1925), A los pies de Venus (1926), En busca del Gran Kan (1929) y El caballero de la Virgen (1929). Estas cuatro obras se agrupan por parejas, en dos series: una está centrada en la Italia de los siglos XIV y XV (la historia de los Papas de Aviñón, el Gran Cisma de Occidente y el pontificado de Pedro de Luna, más una semblanza de la familia Borgia); la otra tiene como referencia histórica el Descubrimiento de América. Además, ambos dípticos mantienen relación entre sí porque algunos personajes históricos del primero, como Alejandro VI, son aludidos en el otro, y viceversa, la persona de Colón, que unifica a las dos últimas novelas, ya se mencionaba en las anteriores[1].

Al abordar la temática histórica en estas novelas, Blasco Ibáñez no se muestra neutral, sino que toma claro partido, bien para procurar la vindicación histórica de algunos personajes denostados (el Papa Luna, los Borgia), bien para lo contrario, para desmitificar a un héroe ensalzado a su juicio en exceso (Cristóbal Colón). Desde un punto de vista ideológico, esa revisión histórica le sirve para lanzar algunas pullas contra la monarquía y las autoridades eclesiásticas —se complace, por ejemplo, en recordar los hijos naturales de reyes como Fernando el Católico, de Papas como Alejandro VI y de otros cargos eclesiásticos, como el cardenal Mendoza[2]—. Por otra parte, en todo momento queda manifiesto su profundo españolismo: en la primera serie se destaca la importante actuación de personajes españoles al frente de la Iglesia y en la segunda se presenta la magna aventura americana como una empresa popular y española.

De estas cuatro novelas, las dos primeras, El Papa del mar y A los pies de Venus (los Borgia), resultan más conocidas y han recibido mayor atención por parte de la crítica[3], así que me centraré en las próximas entradas en las de tema americano, En busca del Gran Kan (Cristóbal Colón) y El caballero de la Virgen (Alonso de Ojeda)[4].


[1] En El Papa del mar se menciona a Colón en la p. 957b, y en A los pies de Venus en las pp. 1094a, 1105b, 1124b-1126a, 1163b, 1209a y 1210ab. En En busca del Gran Kan hay referencias a Rodrigo de Borja en las pp. 1220b y 1284a. Las citas de estas cuatro novelas históricas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] También deja caer algún comentario irónico contra los gobiernos, en general: cuando se comenta que en la Junta que ha de juzgar los planes de Colón hay algunos miembros designados por la dignidad de su persona, no por sus saberes y estudios, el narrador apostilla: «como ocurre en toda reunión organizada por un Gobierno» (p. 1246b).

[3] Pienso en el trabajo de Rodolfo Cortina Gómez, Blasco Ibáñez y la novela evocativa: «El Papa del mar» y «A los pies de Venus», Madrid, Maisal, 1974. Sobre la novela histórica en general, pueden verse, entre otros muchos, estos trabajos: Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica, Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942; George Lukács, La novela histórica, 3.ª ed., trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977; y Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, 2.ª ed, Pamplona, Eunsa, 1998.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: el bando enemigo y los indiferentes ante la guerra

En La fiel infantería[1], de Rafael García Serrano, los combatientes del lado republicano a veces están vistos muy hostilmente. El odio y el deseo de venganza se transparentan en estas palabras de Ramón, cuando se refiere a la situación padecida por los falangistas en Madrid, de donde él consiguió escapar:

Nos cercaron como a bichos peligrosos, como a alimañas. No teníamos derecho a morir limpiamente; para nosotros el balazo en la nuca, el paseo, la mutilación, el suplicio. Tú los has tenido siempre enfrente, no alrededor, como yo, en Madrid. Ya no son ni fieras, porque no se hartan; son otra vez hombres enfurecidos, bebedores de sangre. Hombres, mierda, eso son. —Escupió—. Y ahora yo también odio y me paso el amor por el arco de triunfo. Para ellos y para los de fuera mi odio, mi venganza (p. 148).

En ocasiones se les niega a los enemigos —«borrachos de barbarie»— su valentía e incluso su condición de soldados; pero lo más frecuente es que se reconozca su valor en la lucha: «Benditos los de enfrente, que también saben manejar las armas» (p. 208). La comprensión del autor aparece asimismo cuando la muerte iguala a unos y otros: «Acabamos con un responso por todos los muertos de la campaña, por sus muertos también» (p. 21). Todos los críticos coinciden en destacar ese carácter abierto de García Serrano, pese a que ni por un momento ceja en sus ideas[2]. El dolor provocado por la lucha entre los compatriotas españoles se expresa claramente en estas bellas palabras:

Entender el idioma del enemigo, hablar la misma lengua de los que matan, de los que tienes que matar, es un suplicio que deprime como si una montaña cayese en los hombros o un grano de arena en la conciencia…. Disparar sobre un hombre que dice madre igual que tú. Como tú lo dirías en su trance de muerte. O que repicaría la palabra igual que tú al ir de permiso o al escribir una carta luego de quebrar un peligro, cuando se desea contar que se vive. Un hombre que dice como nosotros, novia y amigo, árbol y camarada. Que se alegra con las mismas palabras y jura también con las palabras que juras tú. Que iría a tu lado bajo tú bandera, cargando sobre gentes extrañas. Al principio, todo esto me hacía cerrar los ojos y orar de noche, aislado, por el pecado sin perdón: más tarde aprendí a encoger los hombros por necesidad (p. 65).

Combatientes

Toda guerra es triste. Pero mucho más triste, si cabe, una guerra entre hermanos. Los republicanos tuvieron al menos el valor y el coraje de defender con las armas sus ideas: «[…] entonces combatíamos los fanáticos de los dos bandos, los que sólo podíamos luchar sin cuartel. Los que forzosamente teníamos que ser eliminados con el triunfo del adversario. La gente de caricruz, los generosos» (p. 65). Frente a los hombres «voz y voto», ellos —todos los que pelearon— fueron hombres «voz y fusil» que se echaron al campo para «garantizar el vítor con la bayoneta». García Serrano critica duramente la cobarde pasividad burguesa de quienes se quedaron tranquilamente en sus casas mientras se resolvía a tiros el futuro de España[3] y lo mejor del país, de uno y otro bando, moría en el empeño: «Cuando la Patria se parte en dos, son pocos los indiferentes, los del tercer estado, que deberían de ahorcar, puestos de acuerdo, los bandos combatientes» (p. 175). Las posiciones de unos y otros quedan claramente perfiladas al estallar la guerra:

El 19 de julio calibró a las gentes: unos salimos y otros no. Aquel día se jugaba España definitivamente y mientras nosotros marchábamos al choque cubiertos de rosas, ellos nos lanzaban las rosas desde el cielo de su indiferencia o de su cobardía. Bien limpia la chaqueta, entonada la corbata y lustrosos los zapatos, veían pasar la Patria en mangas de camisa, ronca y brava, un poco callejera para su británica elegancia. Sin los que entonces salimos a dar un paseo militar, como después han dicho los rencorosos, los mariquitas y los tacaños, nada hubiera sido posible. En las primeras semanas, minuto a minuto, hora a hora, día a día, íbamos ganando España para nosotros, para los que nos amaban, para nuestros enemigos y hasta para los miserables que, por ocultar su pánico, fingían ignorar cómo muchas veces se nos secaba la boca en los peligros de un divertido paseo militar (p. 62).

Para ellos, para los indiferentes ante la tragedia patria, se reserva un odio mayor que para el enemigo combatiente: «Porque aun gustando la miel que nos brindaban al pasar los caciques y los cobardes, estábamos todos seguros —todos— de que un día habríamos de volver los fusiles contra sus aplausos, que tenían voluntad de asqueroso dinero con que hacernos mercenarios» (pp. 62-63)[4].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] En el Prólogo de la edición manejada señala García Serrano que «cuando se escribió la novela de Ramón, Miguel y Matías los vencedores ya habían firmado la reconciliación con sus hermanos vencidos simplemente por su manera de comportarse en los campos de la guerra».

[3] También se ataca la actitud de algunos países extranjeros, en particular de Francia, donde en los caseríos y villas cercanas a la frontera se anunciaba «café con vistas a la guerra de España», como si de un espectáculo se tratara (cfr. las pp. 107 y 110). Este será el tema central de otra novela de García Serrano, La ventana daba al río.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«San Manuel Bueno, mártir» y «La agonía del cristianismo», de Unamuno: intertextualidad

Denario romano

La relación entre ambas obras[1] de Unamuno puede buscarse también en la abundancia de reminiscencias evangélicas —o bíblicas, en general— que comparten. Así, la novela se abre con una cita de San Pablo, 1 Cor, XV, 19, que le sirve de lema: «Si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de los hombres todos»; pues bien, esa cita ya estaba recogida en La agonía del cristianismo —al hablar de que el cristianismo fue una preparación para la muerte y para la resurrección, para la vida eterna— de esta forma: «Si Cristo no resucitó de entre los muertos, somos los más miserables de los hombres» (La agonía del cristianismo, p. 38). El recuerdo de la indicación de Jesús de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo, XXII, 23-33 y Lucas, XX, 25) aparece en San Manuel Bueno, mártir, p. 17 y en La agonía del cristianismo, pp. 39, 71 y 72; la frase «Mi reino no es de este mundo» (San Manuel Bueno, mártir, p. 57) la encontramos al principio del capítulo VI, «El supuesto cristianismo social», de La agonía del cristianismo. Igualmente, el «Bienaventurados los pobres de espíritu» del Sermón de la Montaña (Mateo, V, 3) figura tanto en San Manuel Bueno, mártir, p. 47 como en La agonía del cristianismo, p. 69; «Mi alma está triste hasta la muerte» (Marcos, XV, 34) la leemos en San Manuel Bueno, mártir, p. 59 y en La agonía del cristianismo, p. 44; la frase de Jesús al buen ladrón «Mañana estarás conmigo en el paraíso» (Lucas, XXIII, 39-44) figura repetida en San Manuel Bueno, mártir, p. 61 y en La agonía del cristianismo, p. 92. En fin, otra reminiscencia bíblica muy del gusto de Unamuno es la afirmación de que quien ve la cara a Dios muere, presente en San Manuel Bueno, mártir, pp. 66 y 72 y en La agonía del cristianismo, p. 103[2].

También hay intertextualidad común no bíblica. Así, la conocida frase del catecismo del Padre Astete «…doctores tiene la Iglesia…» está en San Manuel Bueno, mártir, pp. 30 y 62 y en La agonía del cristianismo, pp. 93-94; y la afirmación de Karl Marx de que «La religión es el opio del pueblo», con la que juega Unamuno en San Manuel Bueno, mártir, p. 58, quedaba aludida en La agonía del cristianismo (por ejemplo, en la p. 96).

A veces la coincidencia textual entre ambas obras, novela y ensayo, no estriba en la cita común de un pasaje ajeno, sino que viene a desarrollar una misma idea unamuniana. Un ejemplo bastará. Un pasaje de La agonía del cristianismo (cap. VI, «La fe pascaliana», p. 92) dice así: «Y un cristiano debe creer que todo cristiano, más aún, que todo hombre, se arrepiente a la hora de la muerte; que la muerte es ya, de por sí, un arrepentimiento y una expiación, que la muerte purifica al pecador». Pues bien, es indudable la relación con el fragmento del capítulo quinto de San Manuel Bueno, mártir en el que el padre de un suicida pregunta al sacerdote si dará tierra sagrada a su hijo, a lo que responde: «Seguramente, pues en el último momento, en el segundo de la agonía, se arrepintió sin duda alguna» (San Manuel Bueno, mártir, pp. 21-22).

Por último, también coinciden ambas obras en el empleo de las etimologías, tan frecuentes junto con los juegos de palabras en La agonía del cristianismo (algunas de las que aparecen en San Manuel Bueno, mártir: de Miguel, de arcángel, de diablo… estaban recogidas igualmente en el ensayo previo).

Aunque no he podido detenerme a desarrollar algunos aspectos complejos, ni he pretendido apurar todas las afinidades existentes entre ambas piezas, creo que lo apuntado basta para comprobar la estrecha relación que las une. La proximidad de redacción facilita ese trasvase de ideas del ensayo a la novela, no menos que la idea unamuniana de que la novela es filosofía y teología, a la vez que agónica autobiografía espiritual de su autor[3].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Otros motivos simbólicos que convendría examinar son la caravana en la que muere el guía (San Manuel Bueno, mártir, p. 18) y el guía que no logra entrar en la tierra de promisión (San Manuel Bueno, mártir, pp. 65-66).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: la Patria y la Revolución para la posguerra

Los jóvenes falangistas de la novela[1] de Rafael García Serrano intuyen que su sacrificio y sus muertes no son estériles: «Sabían que estaban celebrando, eso sí, unas míticas bodas con su Patria y que toda aquella sangre —inmensa sangre— era nupcial. Después vendría el fruto. Ahora tocaban dolor y gozo de conquista» (p. 123). Son conscientes de que para después de la victoria quedará todavía una tarea, reconstruir la Patria, y viven esperanzados porque confían en que entonces podrán llevar a cabo su Revolución Nacional-Sindicalista:

Presentíamos que la guerra —corta o larga— no nos iba a servir para que los árboles diesen monedas de oro, ni para que en la Patria deshecha que nos legaba la experiencia de nuestros padres las cosas caminasen por un camino de fina yerba, con la carrera cubierta de sombras propicias y aguas tranquilas. Precisamente lo mejor de los primeros momentos era la claridad con que veíamos la revolución como una tarea de la posguerra y a los árboles con fruto y al campo con mies y al agua en el verso inmejorable de los canales (pp. 62-63).

Los objetivos de su revolución se expresan en los tópicos falangistas que Ramón emplea en sus alocuciones a obreros y campesinos:

Una paz hermosa e igual para todos. Una vida nueva, un afán superior a la minucia. Un plantarse en el mundo con los brazos en jarras y decir aquí estamos. Un imperialismo, el imperialismo de las gentes humildes. La grandeza de la Patria es la única finca para la felicidad de los desheredados. Esas doctrinas que aprendió en los mítines, en las conversaciones universitarias, en los versos generalmente inéditos y en las acciones callejeras, le parecían en plenitud. O ellas o nada. O la vida o la muerte, ahora o nunca. Había surgido, en limpio salto, el momento, sin abuelos y sin hijos. Ganarían en la guerra el deber de la revolución —los deberes se cumplen, los derechos se reclaman— y el hombre predestinado que guardaba la cárcel de Alicante vendría a ordenar el tiempo nuevo. Os lo prometo, les decía, profeta armado, la revolución y él (p. 176).

Cartel de Falange Española

A esta idea de una Patria fuerte y unida va ligada la idea de imperialismo español: España como «unidad de destino en lo universal», como «comunidad total de destino». Otra vez es Ramón quien expresa el ideario falangista: «Al chirrión los imperios espirituales. Nosotros queremos tierra de todos los colores […]. El dominio sobre los demás y en la cima el Emperador» (p. 154)[2].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«San Manuel Bueno, mártir» y «La agonía del cristianismo», de Unamuno: ideas comunes (y 2)

Segismundo encadenado

Me referiré ahora a la idea unamuniana del nacimiento como pecado original del hombre. En efecto, en La agonía del cristianismo[1] (p. 105) exponía Unamuno la idea de que el verdadero pecado original del hombre consistía en haber nacido, recordando los famosos versos de La vida es sueño, de Calderón de la Barca: «pues el delito mayor / del hombre es haber nacido», que cita de memoria como: «Porque el pecado mayor del hombre es haber nacido» (con una sustitución, seguramente voluntaria, de delito por pecado: en efecto, delito presenta connotaciones penales civiles, mientras que las de pecado son religiosas). Pues bien, en San Manuel Bueno, mártir no solo se habla de la «cruz del nacimiento» (p. 34, Ángela quiere aliviarle de su peso a su padre espiritual) y luego del sueño de la vida (p. 64), sino que también se citan, correctamente, esas palabras calderonianas: «el delito mayor del hombre es haber nacido» (p. 63).

Otra cuestión interesante es la negación del cristianismo social. El ataque al cristianismo social es idea plasmada igualmente en ambas obras, la ensayística y la novelesca, en reflexiones que parten de la frase de Jesús: «Mi reino no es de este mundo». En La agonía del cristianismo, capítulo VI, se lanzan duras críticas contra el cristianismo social y el político: Unamuno se opone al cristianismo como poder político temporal, «el catolicismo del decreto, la inquisición y la cruzada», la religión defendida a golpe de cruz y espada. También critica el cristianismo como religión institucionalizada, en especial el jesuitismo, al que aplica acerbos epítetos. Ni cristianismo conservador ni cristianismo progresista, sino cristianismo agónico, tal es el ideal propugnado por Unamuno. En la novela, Lázaro propone crear un sindicato agrario católico, posibilidad que don Manuel rechaza enérgicamente: «No, Lázaro, no; la religión no es para resolver los conflictos económicos o políticos de este mundo que Dios entregó a las disputas de los hombres» (p. 58). Ya antes había afirmado el sacerdote: «La justicia humana no me concierne» (p. 17). Y es que tanto el integrismo católico como el catolicismo progresista son para Unamuno dos formas de «enfeudamiento político de la fe»[2].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Ver Pedro Cerezo Galán, Las máscaras de lo trágico. Filosofía y tragedia en Miguel de Unamuno, Madrid, Editorial Trotta, 1996, pp. 727-728. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

La figura de José Antonio en «La fiel infantería» de Rafael García Serrano

La figura del César Joven aparece, como es lógico, idealizada en La fiel infantería[1] de Rafael García Serrano: «Ahí lo tenéis, hombres, él os guiará, él es un don de Dios para vosotros, encenagados en la disputa» (p. 178).

José Antonio Primo de Rivera

También son claras estas otras palabras:

Los campesinos creían ya en el hombre lejano como en Dios; el milagro era fácil de aceptar entre los que esperan la cosecha. Los obreros aguardaban en el hombre la claridad para sus confusas ideas, la armonía entre su valor de soldados y su antiguo valor de huelguistas. Querían la cruz y el sindicalismo […]. En los pueblos del norte y del sur, del relativo este y del oeste, se bautizaba a los recién nacidos con su nombre amado; los de la tercera escuadra del segundo pelotón […] clavaban el retrato como una bandera en cada alojamiento y el retrato bendecía aquella piña increíble. Hombres y mujeres oraban por él y el pueblo lo llamaba por su nombre, como a un hermano, como a un césar, como a Dios, José Antonio, José Antonio… Era la vida y la esperanza (pp. 176-177).

Esa esperanza puesta en el fundador de Falange Española se expresa en esta copla: «Con dos puñados de sal / y uno de canela en rama / hizo Dios a José Antonio / para que salvara a España». Igualmente, los rumores sobre su fusilamiento se manifiestan también en forma de canción popular: «Échale amargura al vino / y tristeza a la guitarra: / compañero, nos mataron / al mejor hombre de España». Aunque en algún momento se pone en duda la veracidad de esta noticia (pp. 176-178), sin embargo no llega a desarrollarse en La fiel infantería la leyenda del Ausente[2].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.

«San Manuel Bueno, mártir» y «La agonía del cristianismo», de Unamuno: ideas comunes (1)

Además del problema de fondo de la fe, de la agonía del protagonista (valga la redundancia) consistente en querer creer y no poder creer, que he resumido en la entrada anterior, existen otras ideas más concretas comunes a ambos textos. Veamos en primer lugar lo relativo a la paternidad carnal y la paternidad espiritual, tema recurrente en la obra de Unamuno.

La Resurrección de la Carne, por Luca Signorelli.

Una línea de pensamiento fundamental en La agonía del cristianismo[1] es la tensión entre la esperanza escatológica de la resurrección de la carne y el dogma filosófico de la inmortalidad del alma. Una vez desarrollada esa dicotomía, Unamuno afirma que una manera de eternizarse estriba en la paternidad, no tanto carnal como espiritual[2]. En ese ensayo se expresa, en especial en el capítulo IX dedicado a «El padre Jacinto», la posibilidad de buscar la fe en la resurrección de la carne. Don Manuel también tratará de engendrar en medio de su agonía, compatibilizando las nociones de virginidad y «maternidad». Angelina confiesa desde el comienzo de la novela que don Manuel es su padre espiritual (p. 7); se dice de él que entró en el Seminario para poder sustentar a unos sobrinos (p. 12); el sacerdote consigue que Perote se case con la hija de la Rabona y que prohíje a la criatura nacida, fruto de otra relación amorosa (p. 13); Angelina siente crecer su «afecto maternal» hacia su padre espiritual (p. 34), y ese sentimiento también aflora en ella al absolver al cura en nombre del pueblo (p. 51); por el contrario, es una mujer con un complejo de maternidad frustrada (se insiste varias veces en que ha renunciado a casarse) y, en fin, en la p. 75, vuelve a explicar que don Manuel es «padre de mi alma». A su vez, su hermano Lázaro es otro hijo espiritual del sacerdote, lo mismo que todos sus feligreses[3].

Una idea relacionada con el punto anterior es la vida solitaria como ideal para la santidad. La afirmación de que el solitario (monachos) está más cerca de la santidad queda apuntada en las páginas 30 y 62 de San Manuel Bueno, mártir. Y en La agonía del cristianismo había escrito Unamuno: «Sólo el eremita se acerca al ideal de vida individualista» (p. 80), y distinguido dos tipos de cristianos, los civiles (cristianos del mundo o del siglo) y los puros cristianos (los regulares, los del claustro). Pero a continuación reconocía que «cabe llevar el mundo al claustro, el siglo a la regla, y cabe guardar en medio del mundo el espíritu del claustro» (La agonía del cristianismo, p. 80). En la novela, don Manuel —y también, en cierto modo, Ángela— hace del pueblo su monasterio; pero no es un solitario, sino que allí, entregándose a la acción, no a la contemplación, llega a alcanzar en el sentir de todos la condición de santo[4].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Otra posibilidad, expuesta por Unamuno en varios lugares, consiste en eternizarse a través de sus obras literarias, a través de la fama.

[3] Cfr. La agonía del cristianismo, p. 32: «El sufrimiento de los monjes y de las monjas, de los solitarios de ambos sexos, no es un sufrimiento de sexualidad, sino de maternidad y paternidad, es decir, de finalidad. Sufren de que su carne, la que lleva al espíritu, no se perpetúe, no se propague. Cerca de la muerte, al fin del mundo, de su mundo, tiemblan ante la esperanza desesperada de la resurrección de la carne»; y el capítulo IX, «El padre Jacinto».

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

«San Manuel Bueno, mártir», de Unamuno: la identificación entre don Manuel y Cristo agonizante

Según las ideas expuestas por Unamuno en su ensayo del año 1931[1], el cristianismo es agonía. Para él, el cristianismo es la religión del Hijo[2], de Cristo, y sobre todo la religión del Cristo que lucha con la muerte y agoniza en la Cruz. En La agonía del cristianismo, p. 30, leemos este párrafo:

Terriblemente trágicos son nuestros crucifijos, nuestros Cristos españoles. Es el culto a Cristo agonizante, no muerto. […] El Cristo al que se adora en la cruz es el Cristo agonizante, el que clama consumatum est! Y a este Cristo, al de “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo, XXVII, 46), es al que rinden culto los creyentes agónicos. Entre los que se cuentan muchos que creen no dudar, que creen que creen.

Cristo agonizante

Unamuno, en efecto, se interesa sobre todo por ese Cristo agónico y agonizante: «Y todo es luchar contra la muerte, o sea agonizar» (La agonía del cristianismo, p. 101). Pues bien, en la novela un aspecto importante es la identificación de don Manuel con ese Cristo sufriente —luchador, agonista— en la Cruz: la lucha interior del cura, a la que asistimos a lo largo de la novela, es la misma que la de Jesús en el Huerto de los Olivos al pedir a su Padre pase sin necesidad de apurarlo el amargo cáliz de sufrimiento que le espera; es la lucha del Cristo que, clavado en el infamante madero, se lamenta del supuesto abandono de su Padre. De hecho, las palabras de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», mencionadas en el ensayo, se repiten en varias ocasiones, como un insistente leitmotiv, en San Manuel Bueno, mártir. La primera vez (p. 16) es durante un sermón de Viernes Santo, cuando la voz de don Manuel suena tan parecida a la del Cristo «como si la brotara de aquel viejo crucifijo a cuyos pies tantas generaciones de madres habían depositado sus congojas»; tan desgarrada es que su madre le responde con un angustiado grito, «¡Hijo, mío!», identificándose a su vez con la Virgen como Mater Dolorosa[3]. Luego la encontramos mencionada en el recuerdo de Ángela (p. 30), en los ecos del bobo Blasillo (este repite la frase que ha escuchado al sacerdote en dos ocasiones, pp. 31 y 45) y en el último sermón de Semana Santa que pudo pronunciar el sacerdote (p. 61)[4].

Pero hay además otros pasajes en los que se opera esa identificación: don Manuel cura a varios endemoniados y poseídos que acuden la noche de San Juan al lago, convirtiéndose él mismo en lago y piscina probática, con tal éxito que las gentes le piden milagros (pp. 14-15); igual que el Buen Pastor, presta más atención «a los desgraciados y a los que aparecían como más díscolos» (p. 15); en cierta boda, manifiesta su deseo de poder convertir el agua del lago en un vino que «alegrara siempre, sin emborrachar nunca», en clara reminiscencia del primer milagro de Jesús, el de las bodas de Caná (p. 23); ya enfermo, don Manuel pide a sus cuidadores que permitan se le acerque Blasillo (p. 67), de la misma forma que Cristo indicó a sus discípulos: «Dejad que los niños se acerquen a mí». Y, en fin, por si quedara algún tipo de duda, la identificación se hace explícita en las propias palabras de Ángela, cuando habla de «nuestros dos Cristos, el de esta Tierra y el de esta aldea» (p. 61)[5].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] «El cristianismo es la religión del Hijo, no la del Padre, del Hijo virgen» (La agonía del cristianismo, p. 101).

[3] Si don Manuel se identifica con el Cristo agónico, también a Angelina, en tanto en cuanto «madre» de su padre espiritual, le conviene la comparación con la Mater Dolorosa, madre y virgen a la vez.

[4] Comp. con el final de la conclusión de La agonía del cristianismo: «¡Cristo nuestro, Cristo nuestro!, ¿por qué nos has abandonado?»

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

«La fiel infantería» de Rafael García Serrano: la juventud falangista (glorificación del soldado y muerte heroica)

Aunque en la novela de Rafael García Serrano[1] aparecen también requetés y legionarios, la mayoría de los personajes son falangistas que luchan por la Religión, la Patria y la Revolución, los más de ellos uniformados «sencillamente con el entusiasmo». Son jóvenes decididos, valientes e intransigentes[2]. Esta es una caracterización general de ellos:

Gente joven, altiva, facciosa, acostumbrada a tirar los pies por alto, sin respeto a las mil costumbres aspaventosas del tiempo podrido que combatían, guardaban para sus ceremonias una reconcentrada seriedad de catacumba. Se burlaban de cosas grandes, de enormes ideas declinantes y en cambio una fe elemental y alegre les volvía al viejo lugar de los primeros símbolos. Despreciando al mundo, encontraron la Patria. Eran sencillos, creyentes y pecadores. Adoraban a Dios, servían a lo cesáreo, y porque se dejaban mandar de un solo hombre, desconfiaban de la Humanidad. Pastores armados del tiempo nuevo, sus confusos rebaños se esparcían por distintos pastos, pero en el caos que precede a toda creación una fuerza dominaba, augusta, sobre las demás: la de la unidad rabiosa, la de la revolución implacable por la que morían a miles, cantando (pp. 152-153).

También aparecen poéticamente idealizados en el recuerdo de Ramón:

Cerró los ojos al reciente pasado sin poder llorar. Recordaba a sus camaradas peregrinos por la ciudad y el campo, vivificando con sangre la Patria, despertando la Patria a muertos, entre la risa escocida de los cobardes, hijos de los que fueron a los toros un día de Santiago del 98, y la maligna agresión de los traidores. Solos con su bandera y su César, ellos, enseñando la verdad con el supremo razonamiento de las venas, bautizando a los asesinos con el perdón; ellos, locos sagrados, hijos de Dios, falangistas (pp. 147-148).

FalangistaGarcía Serrano destaca siempre la amistad, el heroísmo y el espíritu de sacrificio de estos jóvenes que se hacen camaradas nada más conocerse; entre ellos nadie es más que nadie, ni siquiera los superiores en el rango: los oficiales hacen enlaces con los soldados rasos o «pelan parapeto» con ellos: «Todos nos dábamos a todos en ofrenda de amistad» (p. 34). Para ellos —«magníficos bisoños», «bisoños imberbes»— ser soldado es la máxima prueba de virilidad. Son los que volverán a rememorar las hazañas de los antiguos soldados españoles —Flandes, Italia, América—: «Otra vez iban juntas las antiguas gentes imperiales» (p.128). Esperaron la guerra «con impaciencia de cita amorosa»; de ahí que, cuando estén lejos del frente, anhelen poder entrar en combate: «Si aquí sonase un tiro, la vida sería más amable» (p. 103). Su primer deber es combatir por España —por la Patria y la Falange— y están dispuestos a darlo todo en generoso sacrificio, incluso su vida recién abierta a la juventud: todos desean partir «hacia donde la Patria reclamase un parapeto de pechos exaltados» porque confían en «morir como los fuertes», en alcanzar, en amorosa entrega, «la bella muerte de los héroes»[3]:

Nunca es el hombre tan generoso como a la hora de partir para la guerra: una vez en ella es posible que se arrepienta de su rasgo y añore la paz sin gloria. A la hora de marcar el paso tras la música, borracho de banderas y de historia —esa historia familiar del abuelo que murió en la otra guerra o del padre que tiene una cruz—, loco de virilidad, el hombre piensa que nada hay comparable a ser soldado y dar la vida por la Patria (p. 37).

Sin embargo, Ramón no podrá obtener esa muerte heroica que tanto anhela, pues tiene que ser evacuado del frente, sin ninguna herida, simplemente por enfermedad, que es precisamente lo que ocurrió con el autor[4]. La gran desgracia de Ramón será morir lejos del frente, en la cama de un hospital, sin las botas puestas:

De tren a tren va la vida y aunque para un soldado partir no es morir un poco, sino vivir del todo, en aquel momento Ramón pensaba que se moría a chorros, generosamente, sin que la muerte le correspondiese con el honor de reservarle una hermosa ocasión de decir adiós al mundo que amaba […]. ¿Es Dios justo al matar así, así, tan pobremente, tan sin gloria, a un varón que lleva con coraje sus armas y soporta con valor las contrarias […]. Nada se reparte equitativamente, menos la muerte que se da a todos. Mentira, mentira: en la muerte hay clases y privilegios. No da igual morir que morirse. Ni da igual morirse a que lo maten a uno. Ni es lo mismo el garrote vil que el fusilamiento, ni el fusilamiento que el paseo canalla, ni éste que la muerte limpia de un buen tiro en la cresta (pp. 199-200).

Todo esto constituye el aspecto idealizado de la guerra y de la muerte. No obstante, en ocasiones, los personajes o el narrador se preguntan por el sentido de todo esto. Así razona Pozo: «Pero si morir en el combate es bello, ha de ser, también, bueno. O eso sirve para engrandecer la vida o es una canallada» (p. 179). Y el narrador corrobora sus palabras: «Tenía razón Pozo: o servía el morir para algo superior y hermoso o era un crimen matarse» (p. 182). La muerte, sin una razón que la explique, sería un absurdo sinsentido:

Era preciso justificar cada día la razón poderosa de la pelea. Sin una realización diaria del ideal agarrado a las banderas, España aparecería como una tierra muerta, sembrada de muertos; de muertos por nada, para los cuervos infames (p. 131; cfr. también las pp. 32, 155, 190 y 198)[5].


[1] Cito por Rafael García Serrano, La fiel infantería, Barcelona, Planeta, 1980 (3.ª edición en Colección Fábula).

[2] De un tal Navarro se dice: «Si discute de política no admite más razón que la suya, lo cual es una excelente cualidad para andar por el mundo. Siendo él falangista, ¿cómo no han de serlo los demás?» (p. 100).

[3] El título de la tercera parte reza: «Bienaventurados los que mueren con las botas puestas». Para el tema de la muerte heroica, cfr. especialmente las pp. 199-202.

[4] En el prólogo a La fiel infantería, Madrid, Sala, 1973, pp. XCIII-XCIV, escribe García Serrano: «¿Qué más hubiera querido yo que en lugar de atacarme el bacilo del jodido Koch en el frente de Teruel me hubiesen obsequiado mis hermanos rojos con un buen balazo en el pecho?»; recoge la cita José Luis Martín Nogales, Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, p. 98.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos, núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87.