«Volcán de amor» (1922) de Genaro Xavier Vallejos (y 4)

El Epílogo de Volcán de amor[1] sitúa la acción en la isla de Sanchón, a la que el Padre Francisco ha llegado en un junco de pescadores. Ahora está enfermo en la arena, mientras varios niños chinos rezan por él un «Ave María». Sigue encendido en amor divino (cfr. la p. 131), y se lamenta: «¡Y tener ahora / que rendir la vida / a las mismas puertas!» (p. 132). Llega Duarte, avisando de la venida de Pereira: el Virrey ha desposeído del gobierno a don Álvaro. El Padre Francisco se dirige a Dios: «Soy tu siervo, Señor» (p. 134); desearía más peleas y más labores en su nombre, pero está fatigado, rendido de cansancio; se reclina y queda recostado «en ademán sublime. Su rostro se reanima con misteriosa vida» (acotación en p. 135). Y, mirando a la cercana costa de la China, declama su parlamento final, con el que concluye la obra:

Aún te veo, tierra, esperanza mía…
Allí, mi esperanza… aquí, mi agonía…
Y en medio… la lengua bravía del mar,
en medio, la muerte que viene a llamar.
¡Mis hijos del alma!, a todos os veo…
¡Ay!, mi voz no alcanza cuanto mi deseo…
Me muero… Las olas que vienen y van,
las olas os cuenten mi postrer afán
y os digan que en este desierto paraje,
pensando en vosotros, consumé mi viaje.
No lloréis, mis hijos, porque yo no vaya.
Seguid esperando firmes en la playa.
Otros sembradores, detrás de mis huellas,
vienen ya como una bandada de estrellas.
¿No los veis? Ya se acercan.
¡Qué luz deslumbradora!
¡Se acabó la tiniebla!
¡Ya despierta la aurora…!
¿Cuántos venís?… ¡A cientos!
¡Señor, espera…, espera…!

(Desfalleciendo.)

                        Déjame que los cuente… Déjame antes que muera
que les muestre el camino que me cerraste a mí…
Que ellos lleven allí
estos afanes míos, de mi agonía presos…
Y entre tanto, Señor,
que bajo esta colina que ha de cubrir mis huesos,
hasta mis huesos sean un volcán de tu amor.

                      (Muere.) (pp. 135-136).

MuerteFranciscoJavier

La acción de Volcán de amor es sencilla y se encamina exclusivamente a elogiar la actividad misional del santo navarro, poniendo de relieve, en concreto, su deseo incumplido de predicar la fe de Jesucristo en el inmenso imperio de la China. A lo largo de toda la obra cobra importancia el desarrollo de las metáforas o imágenes implícitas en el título: volcán, fuego, abrasar…, que subrayan esa locura de la cruz, ese amor divino que ardía en el pecho del Apóstol de las Indias y el Japón. Por lo demás, el universo dramático de los personajes se divide maniqueamente en dos bloques, los buenos, muy buenos (el santo, Pereira, Duarte, Visva Mithas, Kadilah…) y los malos, muy malos (don Álvaro, Kanna, Abul-Bemar). Cabe destacar también la búsqueda por parte del autor de cierto exotismo patente no solo en los nombres geográficos, algunos de obligada mención (Triwalaor, Meliapur, Malaca, Sanchón…) o en la onomástica (dioses indios, brahmanes), sino también en la intercalación de algunas palabras originarias de lenguas orientales (pettisa, vaiscías, bakulas, sarong…).

Si nos fijamos en los personajes, en Volcán de amor asistimos, sobre todo, a la contraposición de dos caracteres, San Francisco Javier y don Álvaro de Ataide. En efecto, Javier concibe los territorios por los que pasa (India, Molucas, Japón…) como tierra de misión, mientras que Ataide los considera meramente como un mercado, «tierra de aventura». El santo se muestra en todo momento como padre de sus hijos, llevado siempre por su ansia de conquistar más almas para Dios; en cambio, a Ataide solo le impulsa el ansia de mercadear y queda caracterizado como «un traficante sin alma». Algo muy similar sucederá en la obra de José María Pemán, El Divino Impaciente, que es diez años posterior, que analizaremos próximamente[2].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

Los cuentos de Gabriel Miró

Aunque en la abundante bibliografía sobre Gabriel Miró[1] (Alicante, 1879-Madrid, 1930) existen algunos títulos dedicados específicamente al estudio de sus cuentos (pienso sobre todo en los trabajos de Baquero Goyanes, Hoddie, Norden, Rodríguez Puértolas, Torres Nebrera, Díez de Revenga y Lozano Marco[2]), no cabe duda de que este apartado de la producción literaria del escritor alicantino ha suscitado menos atención por parte de la crítica, en comparación con la dedicada a sus obras mayores, sus novelas.

Gabriel Miró

No obstante, los trece relatos escritos entre 1899 y 1908 que forman el libro Corpus y otros cuentos[3] (1908), además de tener suficiente calidad e interés en sí mismos, compendian muchas de las preocupaciones temáticas y de las peculiaridades técnicas y estilísticas que caracterizarán las producciones de madurez de Miró. Así lo destacaba Norden, a finales de los años 70:

Los estudios sobre la prosa de Gabriel Miró han tendido a pasar por alto sus cuentos para concentrarse en sus novelas. Esta indiferencia crítica frente a sus narraciones breves es desafortunada porque entre éstas se encuentran algunas de sus obras más exquisitas. Su estilo rico tal vez se saborea mejor en sus piezas cortas donde su intensidad es complementada por la unidad de efecto […] Los cuentos de Miró son representativos de su prosa en general y exhiben, en forma condensada, los temas y técnicas que se repiten con frecuencia a lo largo de sus novelas[4].

Mariano Baquero Goyanes[5], sin centrarse exclusivamente en los relatos de Corpus y otros cuentos, estudió la cuestión de la indeterminación genérica de las narraciones de Miró. En su artículo repasaba los distintos nombres dados por el escritor a sus relatos breves: cuentos, novelas cortas, estampas, fábulas, consejas, leyendas, figuras, glosas, viñetas, tablas…, circunstancia que podría explicarse por la tendencia modernista o neomodernista a la fusión de las artes: Miró intentaría en sus piezas cortas «conseguir una significativa traslación literario-pictórica»[6].

Destacaba Baquero Goyanes el «especial tono que, tantas veces, presentan los cuentos mironianos»[7], pues en muchos de ellos lo descriptivo predomina sobre lo argumental, de forma que sus narraciones son muchas veces “estampas” estáticas, a veces sin connotación cuentística alguna. De ahí que la consideración de Miró como cuentista sea paradójica: por un lado, su naturaleza lírica y meditativa, su indudable sensibilidad literaria, le capacitaba para ser un «excelente cuentista»[8], pero, por contra, su excesiva tendencia hacia lo lírico-meditativo, «como algo capaz de resolverse en estático descriptivismo, suponía un riesgo de completo alejamiento del cuento» (p. 134).

Por su parte, Rodríguez Puértolas indicó en otro trabajo que en estos trece cuentos están ya presentes los rasgos del «gran estilo» de Miro: paisajismo plástico, detallismo expresivo, sensualidad enfermiza… Destacaba igualmente el tono mórbido y el sentimiento decadentista, que se traduce en «una casi complacencia en la descripción del dolor, la crueldad, la tristeza, que conduce, por fin, a un pesimismo que podemos llamar cósmico»[9]. El autor tiene conciencia de la necesidad de amor entre los hombres y conciencia también de la inexistencia de ese amor en el mundo, «o al menos de la incapacidad para el amor de muchos seres humanos» (p. 154)[10]. «Y en este universo de dolor, la presencia continua, ominosa, de la muerte» (p. 156). Rodríguez Puértolas finalizaba su artículo subrayando el carácter modernista, por los temas y por el estilo, de estos relatos, citando varios pasajes que evocan a Darío, Rueda y Valle-Inclán[11].


[1] Además de los trabajos específicos sobre Corpus y otros cuentos, me han resultado de utilidad algunos estudios generales sobre Miró, a saber: Francisco Márquez Villanueva, La esfinge mironiana y otros estudios sobre Gabriel Miró, Alicante, Instituto de Cultura Juan Gil-Albert / Diputación Provincial de Alicante, 1990; Antonio Porpetta, El mundo sonoro de Gabriel Miró, Alicante, Fundación Caja del Mediterráneo, 1996; Vicente Ramos, El mundo de Gabriel Miró, 2.ª ed., Madrid, Gredos, 1970; y Carlos Sánchez Gimeno, Gabriel Miró y su obra, Valencia, Castalia, 1960.

[2] Ver Mariano Baquero Goyanes, «Los cuentos de Gabriel Miró», en Homenaje a Gabriel Miró, Alicante, Caja de Ahorros Provincial, 1979, pp. 123-148; James H. Hoddie, «El tema de la alienación en algunos cuentos», cap. I de su libro Unidad y universalidad en la ficción modernista de Gabriel Miró, Madrid, Orígenes, 1992, pp. 23-34; Ernest E. Norden, «Elementos estilísticos del “Corpus” de Gabriel Miró», en Explicación de textos literarios, vol. VI-1, Sacramento (California), California State University, 1977-1978, pp. 73-79; Julio Rodríguez Puértolas, «Decadentismo, pesimismo, modernismo: los cuentos de Gabriel Miró», en Homenaje a Gabriel Miró, Alicante, Caja de Ahorros Provincial, 1979, pp. 149-159; Gregorio Torres Nebrera, Introducción a Gabriel Miró, Corpus y otros cuentos, Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo / Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, 1995, pp. 11-59; Francisco Javier Díez de Revenga, Introducción a Gabriel Miró, Corpus y otros cuentos, Madrid, Castalia, 2004, pp. 7-49 (con una bibliografía selecta en pp. 53-57); y Miguel Ángel Lozano Marco, «Corpus y otros cuentos (1908-1915)», en su introducción a Gabriel Miró, Obras completas, vol. II, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2007, pp. XXI-XXI.

[3] Citaré por Gabriel Miró, Corpus y otros cuentos, en Obras completas, 5.ª ed., Madrid, Biblioteca Nueva, 1969. Hay otras ediciones modernas, por ejemplo: Corpus y otros cuentos, ed. de Gregorio Torres Nebrera, en Obra completa, vol. 7, Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo / Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, 1995; Corpus y otros cuentos, ed. de Francisco Javier Díez de Revenga, Madrid, Castalia, 2004; y Corpus y otros cuentos, en Obras completas, vol. II, ed. y prólogo de Miguel Ángel Lozano Marco, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2007.

[4] Norden, «Elementos estilísticos del “Corpus” de Gabriel Miró», p. 73a.

[5] Mariano Baquero Goyanes, «Los cuentos de Gabriel Miró», pp. 123-148. Para la relación entre cuentos y artículos periodísticos, cfr. Marta E. Altisent, Los artículos de Gabriel Miró en la prensa barcelonesa, 1911-1920, Madrid, Pliegos, 1992; para los “cuentos” intercalados en las piezas narrativas mayores de Miró, cfr. Enrique Rubio Cremades, «Cuentos interpolados en el “corpus” novelístico de Gabriel Miró», en Francisco Javier Díez de Revenga y Mariano de Paco (eds.), Literatura de Levante, Alicante, Fundación Cultural Caja de Ahorros del Mediterráneo, 1993.

[6] Mariano Baquero Goyanes, «Los cuentos de Gabriel Miró», p. 130.

[7] Mariano Baquero Goyanes, «Los cuentos de Gabriel Miró», p. 130.

[8] «El talante poético y meditativo de Miró, su extraordinaria capacidad descriptiva, su tan profundo sentido de la emoción temporal del instante y del tiempo pasado, su gusto por determinados temas y formas, temas de niños, de animales, manejo de símbolos, de alegorías, de parábolas, todo ello facultaba prodigiosamente al autor para el género más acorde con tales rasgos o circunstancias: el cuento» (Baquero Goyanes, «Los cuentos de Gabriel Miró», p. 148), aunque su extrema sensibilidad le lleva a traspasar las estrictas fronteras del género y a cultivar modalidades próximas de la narrativa corta.

[9] Rodríguez Puértolas, «Decadentismo, pesimismo, modernismo: los cuentos de Gabriel Miró», p. 154.

[10] A continuación citaba tres ejemplos de crueldad con los animales: la perra de «Los amigos, los amantes y la muerte», el insecto que mata la niña del cuévano y los pájaros y el cuervo maltratados en «El señor maestro».

[11] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Corpus y otros cuentos, de Gabriel Miró. Análisis temático y estructural», en Miguel Ángel Lozano y Rosa María Monzó (coords.), Actas del I Simposio Internacional «Gabriel Miró», Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo, 1999, pp. 313-332.

«Volcán de amor» (1922) de Genaro Xavier Vallejos (3)

El acto tercero de Volcán de amor[1] se sitúa en Malaca, en una pieza en la factoría de los mercaderes chinos junto a la lonja del puerto. Don Álvaro, que acaba de cerrar un negocio con dos comerciantes, recibe al Padre Francisco, cuyo único pensamiento sigue siendo convertir a los chinos; tan solo falta para poder embarcar el permiso del gobernador, que no es otro que don Álvaro. Pero este, cegado por la codicia, los detiene con la excusa de que debe honrar debidamente al embajador Pereira. Entonces, señalándose el corazón, dice el santo: «aquí […], aquí tengo otro sol que revienta por derramar afuera su luz y su fuego, y, como no le dejan, todo se me revierte desde lo más hondo y no lo puedo resistir» (p. 96). Desde este punto se insistirá en esa imagen de la fiebre —real y metafórica— que le abrasa cuerpo y espíritu.

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A continuación, un grupo de indígenas malayos acude al santo para pedirle que no los abandone; destaca por su originalidad la canción que entonan para encantar las serpientes[2]. Llega don Diego, que trae una carta del Virrey autorizando la embajada; don Álvaro cree que a Pereira le guía tan solo su impulso de mercader, y desea la embajada para él: «Es un traficante sin alma», resume Pereira (p. 104). Mientras, el Padre Francisco sigue soñando con la China y lamentándose de la detención:

Jesús mío, me llamas desde China hace mucho tiempo y la codicia de los hombres me cierra el camino. Y yo entre tanto, preso aquí, me desgarro y me consumo en este afán. Con esta ansia, cada vez más grande, me has traído hasta las puertas de China; y ahora… ¿me vas a dejar aquí, viéndoles morir para que sea mayor mi tormento? No me des castigo tan horrible. No te pido descanso ni galardón. ¡Solo te pido almas! ¡Almas! Oigo sus voces; me traspasan las entrañas; ¡qué angustia, Dios mío! (pp. 104-105).

Se dirige a Pereira, insistiendo en que le abrasa ese intenso fuego misionero; y pide a Dios le quite la vida pues, sabedor de que los chinos no tienen quien les predique, ya no puede soportar tanto dolor. Indica la acotación: «Aunque todo este apóstrofe es muy exaltado, apártese del Santo todo ademán fingido, declamatorio, artificioso; que solo resalte en sus palabras la intensidad del divino amor» (p. 105). Sigue otro monólogo del santo, sobre el fuego que le abrasa, en el que la emoción le hace llorar. Luego le explica a Duarte: «Lloro por mis hijos de China como llorabas Tú, Señor, por los tuyos de Jerusalén» (p. 108). Duarte, ante el vil comportamiento de su amo don Álvaro, le ataca, pero el Padre Francisco lo defiende de nuevo: «No se puede ir allá por caminos torcidos. Si el comienzo de nuestra jornada había de ser un charco de sangre, nunca sea» (p. 112). Para tratar de convencer al gobernador y obtener su permiso, el santo resume su vida (cfr. las pp. 112-113: su nacimiento en el seno de una familia noble, su salida de Navarra, su paso por París, el descubrimiento de su vocación religiosa y misionera…). Ahora un hombre tan solo le detiene, interponiéndose como obstáculo cuando apenas unas pocas millas de mar le separan de la China, y ese hombre, reprocha a don Álvaro, es con su conducta doblemente traidor, a Dios y al rey.

Don Álvaro le dice entonces que puede partir, pero Pereira no; sin embargo, esto no sirve de nada, porque el misionero solamente podría predicar al amparo de la embajada oficial (pues hay decretada pena de muerte para todos los extranjeros que pongan sus pies en la China). El santo se arrepiente ahora de su supuesto orgullo y cree que son sus propios pecados los que le cortan el camino; el brazo que sostiene el crucifijo se le desmaya:

¡Apártate, amor de mi alma! ¡No me atrevo a mirarte…! Pero, ¿adónde iré sin Ti? ¡No puedo vivir más…! Todo lo abandoné, Divino Salvador, por venir a buscarte almas en estas tierras, y ahora… mis pecados me apartan de Ti… ¡Señor… luz de mi alma! ¿También Tú me vas a desamparar? Vete, Señor, pero dime adónde me he de volver y dime qué he de hacer con este fuego que me abrasa el alma… ¡que Tú encendiste para abrasar el mundo…! Estrellas del cielo por donde me miraban sus divinos ojos, ¡apagaos! ¡Ya no le veré más! Voces de las aves y de los vientos y de las olas del mar, ¡ya no me repetiréis más las palabras que Él os decía para mí!… Y pues de nada me sirven ya, quítame, Señor, los ojos, y déjame ciego, sordo, mudo; y quítame esta vida que es un martirio sin Ti (p. 116).

Se le nubla la vista, queda sin fuerzas y, entre visiones, se le aparecen los montes de su tierra, el castillo natal, su capilla, y en ella un Santo Cristo sangriento[3]. Sigue una nueva exhortación lírica, en la que se explicita el título de la obra:

¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Es la China…!

                        (La figura del Santo se ilumina con un nimbo sobrenatural.)

Ya voy, hijos míos, los que Dios me diera.
Ya voy, que no sufre mi alma más espera.

[…]

¡Hijos de mi alma!, hincad las rodillas.
Se acerca al Imperio vuestro Emperador:
la sangre de Cristo, ¡mi volcán de amor…! (pp. 118-119).

Y Vallejos cierra el acto poniendo en boca de San Francisco Javier el tan famoso como bellísimo soneto anónimo «No me mueve, mi Dios, para quererte…», que, en efecto, ha sido atribuido —entre otros muchos posibles autores— al santo navarro[4].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] «Mingaya / Dungaya / Petaya / Lahí, lahí, lahí, / Pengayaré, / Lahí, lahí, lahí, / Perampampuán / Lalaqué, lalaqué, babayé, / Perampampué / Lahí, lahí, lahí, / Perampampuán / Perampampué» (p. 99).

[3] El autor anota al pie: «Recojo en este pasaje la tradición del sudor de sangre que sudó el milagroso Cristo moribundo del Castillo de Xavier, los viernes del último año de la vida del santo» (p. 118).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: estructura y contenido

NovelistaDescubre.jpgEl libro de Miguel Delibes Un novelista descubre América[1] consta de una dedicatoria, un prólogo y dieciséis capítulos numerados en romanos: «Volando hacia Río de Janeiro», «Interpretación de Buenos Aires, una ciudad en marcha», «Argentina sigue siendo el país de las oportunidades», «Un país que ha puesto puertas al campo», «El gigantesco espectáculo de los Andes», «La superficie de Chile es alargada… e inestable», «Santiago: el decorado se traga la obra», «El chileno es un andaluz al baño maría», «Los chilenos mueren del corazón», «Juan Verdejo ‘el Roto’», «La cocina criolla es tan compleja como contradictoria», «Un paraíso para cazadores y pescadores», «Norte y Sur: dos paisajes, dos tipos, dos formas de vida», «El ocaso del indio araucano», «Valparaíso y Concepción, pilares provincianos» y «Mesa revuelta y punto final». Tal vez convenga recordar algunas palabras del prólogo, en las que Delibes nos advierte acerca del carácter de «escritos a vuelapluma» que tienen estas crónicas, que nos transmiten una impresión de cercanía y sinceridad con respecto a «lo visto y lo vivido»:

Uno está al cabo de la calle de que elaborando pacientemente estos materiales de que dispone, reunidos con cierta constancia e indiscutible amor en reciente viaje a Sudamérica, hubiera conseguido un volumen macizo, de ardua digestión; uno de esos hermosos volúmenes que incitan al lector a pensar del autor que está amplia, profusa, penosamente documentado. Está bien. Uno pudo hacer eso y, sin embargo, no lo hizo, porque, de haberlo hecho, uno, con el corazón en la mano, no se hubiera quedado a gusto. Uno, honradamente, ha preferido no manipular estos materiales porque acontece, en ocasiones, que en fuerza de dar vueltas a las cosas, de inducir y deducir, de dejarse arrastrar por apariencias causales, el escritor termina escribiendo «blanco» donde quiso —y debió— escribir «negro». En estos negocios de los viajes, nada como la primera impresión; el destello inicial que viola la conciencia virgen es lo que vale. La reflexión posterior no consigue sino deformar las cosas. […] Vayan, pues, al lector mis leves impresiones sobre Sudamérica tal y como nacieron. Tal vez de este modo no resulten profundas, pero a trueque —y uno cree lealmente que jugamos con ventaja— pueden ser espontáneas y hasta sinceras (pp. 9-10).

Estoy plenamente de acuerdo con José Francisco Sánchez, quien ha sintetizado las características de estos escritos, poniendo de relieve su adscripción al género periodístico antes bien que al literario:

Estas primeras crónicas de viaje —sin duda influenciadas en alguna medida por las que Pla y otros escritores de Destino enviaban a esta revista— fijan casi todas las características que mantendrá, en adelante, para las crónicas de este tipo. Aunque Delibes recopilaría con el tiempo todas sus crónicas de viaje en diversos libros, éstos no son propiamente «libros de viaje», en el sentido que de modo habitual se otorga a tal género literario, sino lo dicho: un compendio de crónicas periodísticas. Delibes, ante todo, hacía periodismo. Es decir, pretendía informar antes que hacer literatura. Escribe para los lectores de periódicos, no para ese otro público, mucho más reducido, que compra o lee los libros de viajes. Pero tampoco son informes asépticos: normalmente sus crónicas carecen de datos estadísticos, de citas, de referencias a estudios y manuales. Delibes describe desde sí mismo, desde sus propias y personalísimas impresiones —no se documenta previamente sobre el país que pretende visitar—, pero pensando en cómo verían sus lectores eso mismo que él ve y describe. Y precisamente porque al hombre le interesa, primero que nada, el hombre. Nada parece interesarle —ni siquiera el paisaje— sino en conexión inmediata con la vida del hombre. Todo ello lleva consigo un alud de consecuencias prácticas en su estilo. Concebirá, por ejemplo, todas sus crónicas de viaje como una conversación con el lector[2].

El contenido esencial del libro es, por tanto, el hombre y su marco físico o, dicho con otras palabras, el paisaje y el paisanaje. Por otra parte, Sánchez destaca que Delibes no narró sus impresiones por orden cronológico, sino agrupándolas por temas. En las entradas que seguirán, trataré de sintetizar esas impresiones que despertó en Delibes su estancia en Chile en torno a dos grandes apartados: el escenario físico, por un lado, y la sociedad (tipos y costumbres), por otro, con una referencia final sobre el habla del país andino[3].


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] José Francisco Sánchez, Miguel Delibes, periodista, Barcelona, Destino, 1989, p. 116.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

Miguel Delibes: un viaje a América, dos obras literarias

Miguel_DelibesEn la primavera de 1955, invitado por el Círculo de Periodistas de Santiago de Chile, Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) realizó su primer viaje a América. Voló desde el aeropuerto de Barajas el 26 de marzo, para regresar a España en los primeros días de junio. Dejando de lado las escalas en Brasil, Uruguay y Argentina, en su viaje el periodista tuvo la oportunidad de conocer, con cierta profundidad, Chile y sus gentes. Dictó conferencias en Santiago, Valparaíso y Concepción y escribió una serie de dieciséis artículos para El Norte de Castilla que aparecieron bajo el título «Del otro lado del charco». Esas crónicas se recopilarían al año siguiente en el libro Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (Madrid, Editora Nacional, 1956[1]). Dos años después, ese conocimiento directo de la realidad chilena volvería a transformarse, ahora no en materia periodística sino literaria, en su novela Diario de un emigrante (1958), continuación de Diario de un cazador, con el bedel Lorenzo y su esposa Ana trasladados a Chile como emigrantes en busca de fortuna. La génesis de esta novela la explicaba Delibes a César Alonso de los Ríos con estas palabras:

Diario de un cazador salía el mismo día que yo cogía el avión para Chile. Me llevaron el primer ejemplar al aeropuerto. De manera que mi lectura del Diario de un cazador durante la travesía me dejó tan reciente la conciencia de Lorenzo que, cuando me enfrenté con Sudamérica, lo vi todo a través de los ojos del cazador. Era ya una especie de obsesión llegar a Río de Janeiro y pensar qué diría Lorenzo de esta ciudad, de este «traumatismo», qué diría Lorenzo de este campo, qué diría Lorenzo de estas perdices. De manera que lo del emigrante vino rodado[2].

Y, de forma similar, se expresa en el prólogo al tomo II de su Obra Completa:

Cuando yo volé a Chile en marzo de 1955, Vázquez Zamora me llevó al aeropuerto el primer ejemplar de Diario de un cazador, lo que quiere decir que la primera lectura de mi libro coincidió con mi viaje a Sudamérica. Dado el contagio antedicho [alude al de las expresiones populares] y los profundos relejes que la concepción y gestación del diario de Lorenzo habían dejado en mi cerebro, no tiene nada de particular que yo me enfrentase a la realidad americana desde una mentalidad pareja a la de Lorenzo y, en consecuencia, mis ojos romos y vírgenes reaccionasen ante las nuevas formas de vida que aquel continente me brindaba lo mismo que hubieran reaccionado los del sencillo protagonista de mi libro. […] Yo miraba las cosas con ojos de Lorenzo y mis cacerías en Melipilla, ante la tórtola andina o la perdiz cordillerana, me invitaban a sentar un juicio, pero, antes que mi propio juicio, yo sentaba el de Lorenzo que, en definitiva, era yo, pero un «yo» rebajado. Así se fraguó, impensadamente, el Diario de un emigrante[3].

Como es lógico, la crítica ha señalado la clara relación existente entre ambos libros «americanos»; por ejemplo, Amparo Medina-Bocos, en su estudio preliminar a la edición de la novela, escribe:

La lectura en paralelo de Un novelista descubre América y Diario de un emigrante depara no pocas sorpresas. Sorprende, en primer lugar, comprobar hasta qué punto las experiencias del viajero Delibes se convierten en materia novelesca en el nuevo diario de Lorenzo. Hasta cincuenta referencias similares aparecen en ambas obras: observaciones sobre costumbres, paisajes, tipos, gastronomía, anécdotas realmente vividas o conocidas por Delibes en su estancia en el país andino se incorporan a la experiencia chilena del cazador castellano. Desde el momento en que Lorenzo y su mujer llegan a Río, las anotaciones de viaje de Delibes y lo que Lorenzo escribe en su diario resultan asombrosamente coincidentes (p. XVI).

Pero matiza, acertadamente, respecto al tono diferente que presentan ambos discursos:

La lectura simultánea de los dos textos delibeanos permite no sólo constatar coincidencias sino algo aún más fascinante: comprobar cómo una misma realidad se encuentra verbalizada de dos formas tan distintas. La objetividad del Delibes periodista contrasta con la expresividad del discurso de Lorenzo, lo que en Por esos mundos es pura referencia se convierte en discurso emotivo, en expresión de sentimientos (asombro, sorpresa, emoción…) cuando es el cazador quien lo enuncia (p. XVII)[4].

Por su parte, Ramón García Domínguez apunta que «en ambos libros es fácil reconocer que el paisaje, los escenarios y la galería de tipos son prácticamente los mismos»[5] (p. 174), y también un cotejo de ambas obras lo ofrece Marta Portal, al estudiar la construcción de la novela sobre la falsilla del libro de viajes[6].

Las impresiones de Chile que Delibes dejó reflejadas tanto en el libro recopilatorio de sus crónicas de viaje como en la novela posterior son muy precisas: tanto el periodista Delibes como el escritor Delibes supieron captar con notable acierto —y también, lo adelanto ya, con mucho humor— los principales aspectos (geográficos, sociales, culturales, económicos…) del Chile de mediados del siglo XX, así como la idiosincrasia de sus habitantes, sus costumbres o su peculiar forma de hablar y su léxico (dará entrada, por ejemplo, a varios chilenismos léxicos y otros giros lingüísticos). Dado que la novela Diario de un emigrante ha recibido más atención por parte de la crítica[7], voy a centrar mis comentarios de las próximas entradas en Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), obra cuyo contenido quizá no resulte demasiado conocido en el propio país objeto de la visita. Puede decirse que, en su viaje, Delibes descubre Chile, y con su libro nos lo describe: capta la realidad del país con la atenta mirada de un periodista despierto y nos transmite sus impresiones añadiendo, pudiéramos decir sin casi exagerar, la finura de análisis de un experto sociólogo[8].


[1] Cito por esta edición, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010). Ver también la muy reciente biografía de Ramón García Domínguez, Miguel Delibes, de cerca, Barcelona, Destino, 2010. Otros trabajos interesantes para contextualizar al autor son los de Edgar Pauk, Miguel Delibes: desarrollo de un escritor (1947-1974), Madrid, Gredos, 1975; Alfonso Rey, La originalidad novelística de Miguel Delibes, Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 1975; Ramón García Domínguez, Miguel Delibes: un hombre, un paisaje, una pasión, Barcelona, Destino, 1985; Manuel Alvar, El mundo novelesco de Miguel Delibes, Madrid, Gredos, 1987; Cristóbal Cuevas García (dir.) y Enrique Baena Peña (coord.), Miguel Delibes: el escritor, la obra y el lector, Barcelona / Málaga, Anthropos / Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga, 1992; y José Jiménez Lozano (dir.), El autor y su obra: Miguel Delibes. Madrid, Actas, 1993.

[2] César Alonso de los Ríos, Conversaciones con Miguel Delibes, Madrid, Magisterio Español, 1971, p. 137.

[3] Miguel Delibes, Prólogo al tomo II de su Obra Completa, Barcelona, Destino, 1966, pp. 14-15.

[4] Y más adelante remacha: «El aprovechamiento masivo de lo observado por el Delibes periodista para la construcción de su novela es claro. Y evidente es, asimismo, la maestría con que lo escrito por el reportero cambia de registro al ser puesto en boca del personaje novelesco» (p. XXIII). Ver también Gloria Inés Sanabria Martínez, Presencia de América en la novelística de Camilo José Cela, Miguel Delibes y Gonzalo Torrente Ballester, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2001.

[5] Ramón García Domínguez, «El mundo y yo. (Libros de viajes de Miguel Delibes)», en Ramón García Domínguez y Gonzalo Santonja (eds.), El autor y su obra: Miguel Delibes, Madrid, Actas, 1993, p. 174.

[6] Ver Marta Portal, «Diario de un emigrante, una lectura sobre falsilla», Especulo. Revista de Estudios Literarios, 28, 2004-2005, s. p.

[7] Pienso, especialmente, en el trabajo de Marta Portal mencionado en la nota anterior y también en el de Susanna Regazzoni, «L’America nel Diario de un emigrante di Miguel Delibes», Studi di Letteratura Ispano-americana, 10, 1980, pp. 129-133.

[8] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

«Volcán de amor» (1922) de Genaro Xavier Vallejos (2)

La acción del segundo acto de Volcán de amor[1] ocurre en Meliapur, ciudad llamada por los cristianos Santo Tomé; en concreto, en el parador de los mercaderes portugueses cerca del puerto. Ha pasado un día desde el final de la jornada anterior. Se nos indica que el gran sacerdote Visva Mithas se ha bautizado y se llama ahora Alfonso; y lo mismo ha hecho Kadilah, con el nombre de Antonio de Santa Fe. Pereira avisa a don Álvaro de que él y el misionero van a embarcar para Goa: van a China en embajada del rey de Portugal don Juan III. Don Álvaro se refiere irónicamente a esa misión: «A él solo la China, los chinas, las almas, la conversión de los pecadores, la vida perdurable…» (p. 68). Habla así porque ha vislumbrado el gran negocio comercial que puede realizarse al amparo de esa embajada oficial a la China (cfr. p. 69) y se siente invadido por la codicia, lo que le lleva a detener a Pereira y encerrarlo en su castillo de Malaca.

ViajesSanFranciscoJavier2

Después don Álvaro recibe la visita de Kanna, quien le ofrece el valioso collar que ambicionaba con la única condición de que ajusticie a los dos brahmanes bautizados, Visva Mithas y Kadilah. En esto llega el Padre Francisco con los dos indios. Duarte, arrepentido ya de los excesos de su amo, previene al santo de los malvados planes de don Álvaro. Pero el Padre, sencillo y confiado, no termina de creer cierta la maldad del gobernador, a quien indica:

Advierto que nuestros oficios se parecen mucho. Vos, buscando siempre la honra del Rey, sin descuidar la de Dios; yo, siempre buscando la honra de Dios, que nunca será en perjuicio de la del Rey (p. 79).

Javier reitera la noticia de que van al imperio de la China: el embajador será Diego Pereira y él, bajo su amparo, podrá predicar la fe católica. Duarte le avisa otra vez del peligro que corren los nuevos bautizados, pero ya es tarde. Don Álvaro, enfadado por las intromisiones de su escudero, se lanza al ataque y hiere de muerte con su espada a Alfonso, aunque Antonio consigue huir. El acto se remata con unas palabras del jesuita: «¡Caín! ¿Qué has hecho de tu hermano?», y la acotación explicita: «La voz del Santo queda vibrando como un anatema» (p. 86)[2].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

Sobre el posible alcance crítico de las comedias burlescas del Siglo de Oro

He procurado mostrar en la serie de entradas anteriores cómo las comedias burlescas del Siglo de Oro presentan sobre las tablas a numerosos personajes nobles (emperadores, reyes, caballeros, damas…) completamente ridiculizados[1]. Para lograr ese universo grotesco y degradado —verdadero «mundo al revés» carnavalesco— los autores echan mano de todos los recursos expresivos y las distintas modalidades de la jocosidad disparatada: onomástica y tratamientos ridículos, comparaciones con personajes folclóricos, procesos de animalización y cosificación, mención de enfermedades, comida y bebida, juego, sexualidad primaria, necesidades fisiológicas y baja corporalidad… No olvidemos que las comedias burlescas se representaban en un contexto carnavalesco. En buena medida, esta comicidad degradatoria es verbal, aunque también se explota la comicidad escénica y de situación.

Comedias burlescas y teatro breve del Siglo de Oro

Todo esto tenía lugar a la vista de los reyes, nobles caballeros y damas, porque se representaban en un ámbito palaciego. ¿Qué alcance crítico podían tener estas obras? Es esta una cuestión sobre la que han apuntado interpretaciones diferentes Frédéric Serralta (quien ve en ellas piezas eminentemente festivas, sin mayor trascendencia) y Luciano García Lorenzo (serían a su juicio obras con alcance de crítica social). En mi opinión, el rey y sus nobles no se verían seguramente concernidos por lo que en estas comedias burlescas se decía y se representaba; ellos tenían las claves para captar posibles alusiones directas a un personaje determinado de la nobleza, o bien al estamento real y nobiliario. Si se tratase de piezas críticas, potencialmente peligrosas, sus representaciones habrían sido prohibidas inmediatamente. Recordemos que eran obras que no pasaban al corral, con lo que ese potencial alcance crítico quedaría bastante reducido: las comedias burlescas se representaban en unos días muy concretos, los de Carnestolendas o San Juan (marco carnavalesco en el que más o menos está permitido todo, pero, ojo, solamente por unos pocos días y sin salirnos de ese marco específico, el palaciego). Caso aparte sería el de La mayor hazaña de Carlos VI, obra de un judío, sátira despiadada de Carlos V y de su retiro en Yuste. En este caso, estamos ante una pieza publicada en los Países Bajos y seguramente nunca representada (por lo menos, no en territorios bajo dominio español)[2].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El “noble al revés”: el anti-modelo del poderoso en la comedia burlesca del Siglo de Oro», Literatura. Teoría, Historia, Crítica (Bogotá, Colombia), 6, 2004, pp. 149-182; y «Reyes de la risa en la comedia burlesca del Siglo de Oro», en Luciano García Lorenzo (ed.), El teatro clásico español a través de sus monarcas, Madrid, Fundamentos, 2006, pp. 295-320. Entre la bibliografía más reciente destaco el trabajo de Ignacio Arellano, «La degradación de las figuras del poder en la comedia burlesca», Bulletin of the Comediantes, 65:2, 2013, pp. 1-19.

La parodia de las damas y el amor en las comedias burlescas (y 3)

Son muy frecuentes en las comedias burlescas las alusiones explícitas a distintas prácticas sexuales[1]. De nuevo Angélica y Medoro[2] nos brinda un amplio muestrario de alusiones. No se trata aquí de delicados amores corteses propensos a refinadas galanterías; con estas palabras le explica Roldán a Medoro lo que piensa hacer con Angélica cuando la encuentre:

ROLDÁN.- Si yo la cogiera aquí,
por el siglo de mi madre
que en aquel zaquizamí,
aunque viniera su padre,
la enseñara a quis vel qui (vv. 106-110).

Y es que la dama se muestra por lo general esquiva con todos:

RUGERO.- ¡Que tanto noble francés,
que tanto gabacho honrado,
ya por la haz y el envés
acometerla ha intentado
y haya guardado el pavés! (vv. 141-145).

Aunque cuando ella quiere, sabe aparecer bien dispuesta al juego erótico:

ANGÉLICA.- ¡Oh moro peregrino!,
holgárame que fueras mi vecino
y que por los desvanes
me enseñaras a hacer tus ademanes (vv. 242-245).

ANGÉLICA.- … pero ya tengo a Medoro
que es de mi altar alfaquí,
valiente como un virote
y esforzado como un Cid (vv. 613-616).

Mujer

En fin, otros ejemplos que podríamos comentar son los de las princesas Pocris y Filis en Céfalo y Pocris[3], o el de otra princesa ridícula, la que encontramos en El desdén con el desdén[4] (vv. 2056 y ss.), que riega el perejil del jardín, poda los repollos, escarda y se dedica a otras tareas agrícolas[5].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Anónimo, Angélica y Medoro, ed. de Ignacio Arellano y Carlos Mata, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo II, ed. del GRISO dirigida por Ignacio Arellano, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2001.

[3]  Pedro Calderón de la Barca, Céfalo y Pocris, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, ed. de Ignacio Arellano, Celsa Carmen García Valdés, Carlos Mata y M. Carmen Pinillos, Madrid, Espasa Calpe, 1999. Hay otra edición más reciente: Pedro Calderón de la Barca, Céfalo y Pocris, introducción de Enrica Cancelliere, ed. de Ignacio Arellano, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2013.

[4] El desdén con el desdén, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo IV, ed. de Alberto Rodríguez, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2003. En adelante, abrevio El desdén.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El “noble al revés”: el anti-modelo del poderoso en la comedia burlesca del Siglo de Oro», Literatura. Teoría, Historia, Crítica (Bogotá, Colombia), 6, 2004, pp. 149-182; y «Reyes de la risa en la comedia burlesca del Siglo de Oro», en Luciano García Lorenzo (ed.), El teatro clásico español a través de sus monarcas, Madrid, Fundamentos, 2006, pp. 295-320. Entre la bibliografía más reciente destaco el trabajo de Ignacio Arellano, «La degradación de las figuras del poder en la comedia burlesca», Bulletin of the Comediantes, 65:2, 2013, pp. 1-19.

La parodia de las damas y el amor en las comedias burlescas (2)

Respecto a la pareja central de amantes de Angélica y Medoro[1], los encontramos equiparados con Hero y Leandro (comparación elegante, procedente del mundo clásico de la mitología), pero también, a renglón seguido, con personajes rufianescos como son Escarramán y la Pava (vv. 752-754)[2]. En la obra se parodian los tópicos de la descriptio puellae, quedando dinamitados los cánones de belleza tradicionales. Angélica sería nada menos que una mujer barbuda[3] (v. 1274, «mucha borra en esa barba»).

Mujer_barbuda_Ribera

Completamente paródico es este elogio que le dirige su enamorado galán, en el que no falta la metáfora gastronómica[4]:

MEDORO.- ¡Qué belleza tan rara!
Tu nariz es canuto de alquitara.
A amarte me dispongo,
que me pareces olla de mondongo (vv. 246-249).

Este otro es el retrato que de Angélica nos ofrece la celosa —y seguramente envidiosa— doña Alda, que encuentra en el uso de cosméticos las verdaderas razones de la belleza de la mora:

DOÑA ALDA.- Roldán enamorado
de Angélica la bella,
bella por badulaques
no por naturaleza,
mora barbada a copos,
sin colmillo ni muela,
pasada como higo,
ventosa como pera,
por quien los doce Pares
a la taba no juegan
y olvida don Gaiferos
a Melisendra presa (vv. 565-576).

Y pocos versos después añade que tiene el cabello lleno de liendres: «… que mis horrendos celos / te arrancarán guedejas / y con ellas las liendres / que tú presumes perlas» (vv. 583-586). Muy intensa es también la expresividad de este otro pasaje descriptivo de Medoro (en el que de nuevo la belleza femenina queda preterida frente a lo sustancioso de una buena pitanza):

MEDORO.- De Angélica la plata del cabello
y la arrugada calva de la frente,
los dos ojos que pueden ser de puente,
de su nariz pestífera el resuello,
el labio royo, el erizado cuello,
las manos de papel de estraza fino,
la jarifa cintura de rodezno,
la panza de furioso torbellino,
los halagos de hermoso viborezno,
aquella suavidad de tronco espino,
todo lo dejaré por un torrezno (vv. 716-726).

Diversos motivos de la descriptio femenina entran en este nuevo parlamento de Medoro:

MEDORO.- Antes que yo naciera te adoraba
y después de nacido no te quiero;
tus ojos, que de amor fueron aljaba,
a mí encararon el arpón primero;
no tanto Escarramán quiso a la Pava
ni al ahogado quiso tanto Hero
como te quiero yo, borracha mía,
con ser tan gorda, puerca, floja y fría.
A tus mejillas usurpó el aurora
para las rosas de asno los colores,
y dibujando aquesos labios Flora
echó a perder los campos y las flores;
mereces el tus tus, oh perra mora,
mejor que los lebreles cazadores,
y yo, como conozco que eres diestra,
me he vuelto, como tú, perro de muestra.
Temiendo estoy que de tus ojos bellos
Mahoma se enamore y, en mi daño,
águila de alquiler baje por ellos
como por Ganimedes bajó antaño.
Tú, a quien su pelo ofrecen los camellos,
y vistiendo albornoz desprecias paño,
préstame esas faldillas, que me hielo,
que ni tengo albornoz ni terciopelo (vv. 748-771).

En fin, el propio Emperador reconocerá que Angélica excede en hermosura a la «pintada harpía» (v. 1371), lo cual no es, en verdad, encarecer demasiado[5].


[1] Anónimo, Angélica y Medoro, ed. de Ignacio Arellano y Carlos Mata, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo II, ed. del GRISO dirigida por Ignacio Arellano, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2001.

[2] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[3] No es personaje extraño en las comedias burlescas; baste recordar la Infanta Barbada de La ventura sin buscarla.

[4] La comparación de la belleza femenina con la comida es un motivo carnavalesco muy repetido en estas obras.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El “noble al revés”: el anti-modelo del poderoso en la comedia burlesca del Siglo de Oro», Literatura. Teoría, Historia, Crítica (Bogotá, Colombia), 6, 2004, pp. 149-182; y «Reyes de la risa en la comedia burlesca del Siglo de Oro», en Luciano García Lorenzo (ed.), El teatro clásico español a través de sus monarcas, Madrid, Fundamentos, 2006, pp. 295-320. Entre la bibliografía más reciente destaco el trabajo de Ignacio Arellano, «La degradación de las figuras del poder en la comedia burlesca», Bulletin of the Comediantes, 65:2, 2013, pp. 1-19.

La parodia de las damas y el amor en las comedias burlescas (1)

Las mujeres nobles que aparecen en estas comedias burlescas del Siglo de Oro no se libran, en modo alguno, de la parodia y la caricatura[1]. Encontramos algunos tratamientos ridículos, como el neologismo conda ‘condesa’ (La más constante mujer[2], v. 332) o Reina del haba, que calca expresiones como tonto del haba, pero que además evoca burlescamente reina de Saba (El mariscal de Virón[3], v. 90). Con frecuencia se las trata de perras o perrengas, y sus caballeros —muy poco caballerosos, en realidad— no dudan en prestárselas unos a otros, jugárselas a los dados o a las cartas o, más sencillo todavía, cedérselas directamente a sus rivales para que las gocen.

Así pues, las damas linajudas sufren también esa visión completamente desmitificadora propia del género: de Angélica la bella afirma taxativamente Roldán que no es doncella (Angélica y Medoro[4], v. 104); es dama que, con sus ojos matadores, tiene rendidos a todos los caballeros cristianos; saeta y veneno de los hombres, a todos los hace cabrones (v. 1279); suele ir montada en un ridículo asno palafrén (vv. 136-138); enamorada de Medoro, no tiene reparo en lavarle los pañales y la ropa (cfr. los vv. 230-232 y 363; entronca así con la Juana lavandera del Manzanares cantada en las Rimas de Tomé de Burguillos de Lope); es una pidona (vv. 251 y 669), que invita a Medoro a su choza (vv. 256 y ss.), y se sugiere que de esos tratos el galán tendrá que ir a recuperarse a la Capacha, al hospital de los sifilíticos (v. 261); y también bebe: «unos tragos aquí sin escudilla / Angélica sorbió junto a ese copo» (vv. 791-792).

La duquesa fea, de Quentin Massys

Por lo que toca a doña Alda, podemos recordar el grotesco autorretrato con que se presenta ante el Emperador:

DOÑA ALDA.- … yo, la más flaca mujer
que trae carne sobre hueso,
la estantigua de las doñas
y la tilde de los hembros,
ante tus zapatos rotos,
rota también me presento,
que los rotos y las rotas
suelen rodar por el suelo (vv. 1065-1072).

Es dama que sufre los dolores de dos sabañones que tiene (v. 1130) y que anda de continuo sin dinero; así, el Emperador le recomienda: «Vender la toca y no seguirla puedes / porque sé que tienes poca mosca / ni alcanzas un bodigo ni una rosca» (vv. 1152-1154). Para su propio marido es «hermosa como un salvaje» (v. 282)[5].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Cito por la edición en preparación de Alberto Rodríguez Rípodas.

[3] Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011. En adelante, abrevio Mariscal.

[4] Anónimo, Angélica y Medoro, ed. de Ignacio Arellano y Carlos Mata, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo II, ed. del GRISO dirigida por Ignacio Arellano, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2001.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El “noble al revés”: el anti-modelo del poderoso en la comedia burlesca del Siglo de Oro», Literatura. Teoría, Historia, Crítica (Bogotá, Colombia), 6, 2004, pp. 149-182; y «Reyes de la risa en la comedia burlesca del Siglo de Oro», en Luciano García Lorenzo (ed.), El teatro clásico español a través de sus monarcas, Madrid, Fundamentos, 2006, pp. 295-320. Entre la bibliografía más reciente destaco el trabajo de Ignacio Arellano, «La degradación de las figuras del poder en la comedia burlesca», Bulletin of the Comediantes, 65:2, 2013, pp. 1-19.