«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (4)

Isabel de Borbón, por VelázquezEn esta pieza dramática de Eduardo Galán, del personaje de la reina Isabel de Borbón también se destaca su belleza (así lo hacen Madre Apolonia y Polilla). Sin embargo, frente a la vitalista Calderona, la francesa es una mujer embargada por la tristeza, ya que no consigue dar un hijo varón al rey. Madre Apolonia comenta que es «generosa y austera, como nuestro pueblo» (p. 55)[1]. Su dama doña Elvira se sorprende de que no tenga amigos o admiradores secretos, pero ella no imita al rey en sus devaneos: «Una reina está obligada a ser esposa fiel y madre ejemplar» (p. 90). Al final del primer acto se rebela tímidamente, trazando un plan para que don Felipe, como rey y como esposo, regrese a Palacio; y al comienzo del siguiente se apresta a jugar sus bazas. Se viste y adorna para estar lo más seductora posible; quiere lucir su belleza en la fiesta de toros para que el rey la desee y pase esa noche, que es el aniversario de sus bodas, con ella. Pero su habilidad no es tanta como la de la cómica, y fracasará en su intento de manejarlo. Por otra parte, no solo como mujer, sino también como soberana es más responsable que Felipe IV, y así lo demuestra al preparar un decreto para que los gobernadores hagan un inventario de los bienes que poseen al comenzar un mandato, de forma que luego se pueda comprobar si se han enriquecido indebidamente[2].


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

[2] El carácter de los hombres no cambia con el paso del tiempo, y aquí podemos ver referencias claras a la realidad española actual.

Lope de Vega, alcahuete del duque de Sessa (1)

En casa de la alcahueta, de Jan Vermeer

Lope atiende a su papel de alcahuete de los amores del duque, sobre los que graceja en sus cartas sin eludir la alusión obscena, aconseja estrategias y comenta episodios de estas aventuras de su patrón sobre todo con la llamada Flora y la llamada Jacinta, principal de las amantes de Sessa en el epistolario[1]. En abril de 1614 el duque había roto con Flora, a la que Lope califica de culebra engañosa de la que es mejor huir. Para esa fuga ayuda la nueva pasión del duque por la llamada Jacinta («gracias a Dios y a Jacinta / que nos puso en salvamento»), pasión que no ha de ser precisamente platónica, según recomienda Lope, sino un placer sin mayores compromisos, porque mucho más no cabe esperar de las mujeres

Crea al hombre del mundo que más le adora y estima, y destas cosas no la haga mayor que para lo que ellas son, que no importa nada que sea puerta ni puerto el padre de lo que tiene entre las piernas Jacinta, pues Vuestra Excelencia no lo quiere más de para encajar en el quicio de esa puerta su excelentísimo carabajal, y acabado esto, todo es arrepentimiento y quejas, y por ventura odios y venganzas. Quien esto considera con maduro juicio no hace del gusto disgusto, ni va por la posta en este deleite, sino en silla de borrenes, con más descansado asiento que ellas le tienen en su almohada, donde con sus amigas viejas o mozas no se trata más que del desollamiento de un galán, si alto, por los diamantes, si bajo, por los servicios personales, etcétera (enero-febrero de 1616).

El tono desvergonzado no ahorra la crueldad; así, cuando muere el marido de Jacinta, dejando la vía libre sin preocupaciones al duque, Lope le escribe (septiembre-octubre de 1614):

Deseaba hallar camino por donde dar el pésame a Vuestra Excelencia de la muerte deste caballero que Dios tiene, y no se me había ofrecido hasta que esta carta de su majestad usó conmigo de piedad, como si fuera la del Cielo. Realmente, señor, que si hallara a Jacinta y a Vuestra Excelencia, que no sé a cuál de los dos se le diera con mayor sentimiento: ¿hay tal retirarse del mundo, hay tal viudez, hay tal encerramiento? ¿Cuál de los dos ha enviudado, vos o Jacinta, señor?, que siendo uno mismo Amor, será uno mismo el cuidado. Pero yo no pongo duda de que quedastes los dos tan juntos, que seréis vos la mitad de la vïuda. Señor, dígame Vuestra Excelencia: ¿para qué le fuera bueno un hombre que le dio tantos celos? Pero como es tan discreto Vuestra Excelencia, débele de haber pesado que le quiten la dificultad al gusto, porque suele ser la que los hace mayores; y agora que el de Vuestra Excelencia queda solo en la estacada, ¿quién duda que le ha de parecer que sin contradicción, que sin celos, se ha de cansar presto de la abundancia? Que un mismo mantenimiento cansa el gusto, aunque él sea por sí mismo precioso. ¡Alegre Vuestra Excelencia esa cara, por Dios! Cosas son que Él hace; no era tanto lo que él amaba a Vuestra Excelencia que le merezca esta tristeza; consuélese Vuestra Excelencia con que lo debe de estar Jacinta, aunque todas se consuelan fácilmente, y advierta que no ha tenido suceso de hombre dichoso tan feliz como éste después que nació Duque de Sessa, porque si se quiere holgar, nadie se lo impide; y si holgándose mucho ha de cansarse, ¿qué mayor dicha que estarlo para no vivir con el cuidado que solía? Dios, finalmente, haya dado a los difuntos descanso, y a los vivos tenga de su mano piadosa. Amén.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (3)

Además de por su comportamiento general, en la obra de Eduardo Galán Felipe IV queda caricaturizado en varios pasajes concretos como un rey cómico, propio de una comedia burlesca del Siglo de Oro. Recordemos, por ejemplo, el momento en que declama unos ridículos versos con rimas esdrújulas, que la Calderona califica de «latinicultos y cultiparlantes». Otro aspecto que le degrada es la ridícula comparación con Juan Rana, un actor de la época especializado en papeles cómicos. Más tarde Luzmán parodia su muletilla preferida «Soy el rey», etc.

María Calderón, la CalderonaEnorme importancia adquiere el personaje de la Calderona, hasta el punto de ser el que, perifrásticamente, da título a la obra: ella, la Calderona, es «la amiga del Rey» (condición de la que se jacta orgullosa en su parlamento final; cfr. infra). Hay que tener en cuenta que en la lengua clásica, la palabra amiga era polisémica y, además de significar ‘compañera en una relación de amistad’, valía ‘amante, manceba, concubina’ (cfr. las menciones de la expresión «amiga del rey» en las pp. 57, 63, 90, 100, 118 y 134)[1]. Los primeros elogios de la dama están puestos en boca de don Diego y de Luzmán, que la admiran como actriz y como mujer («¡Qué prodigio de hembra, don Diego!», p. 52). Es su diálogo el que informa al espectador, en una de las primeras escenas, de que el rey se ha encaprichado de ella y desea verla en la casa de conversación de don Lope.

Frente al carácter tiránico y despótico del rey, ella intentará mostrar y hacer valer su independencia: «Y Vos [veréis] cómo una mujer decide cuándo y con quién se complace de amores» (p. 64). Con habilidad logra llevar la iniciativa de la relación, juega con el rey y retrasa una semana el entregarse físicamente a él pretextando que le ha venido a visitar el nuncio (‘la menstruación’). También se muestra valiente al anunciar que intercederá por los judíos, prevaliéndose de su estima con el monarca (que ha crecido al quedar embarazada): «Fuera de escena no finjo sentimientos jamás» (p. 106), explica a don Diego.

También se nos informa de que la Calderona es adorada por el pueblo de Madrid, que la aclama al verla en el balconcillo de la Plaza Mayor rivalizando con la reina. Ella sigue jugando sus armas: en ese episodio de la fiesta de los toros, la Calderona da un pañuelo verde (el color que significa ‘esperanza’, tanto en el Siglo de Oro como en nuestros días) al capitán Polilla, porque sabe que eso pondrá celoso al rey y que los celos acrecientan los amores. Si Felipe IV pregona continuamente: «¡Yo soy el rey!», ella podrá igualmente blasonar: «¡Soy la Calderona!» (p. 101). Al final quedará derrotada y resignada, pues el rey afirma categórico que no va a reconocer a su hijo, sino que lo inscribirá, cuando nazca, como «hijo de la tierra». Ahora su suerte está echada: el rey destierra a los cómicos y a ella la manda a un convento; y la obra concluye con un pasaje efectista[2], en el que Eduardo Galán le concede la última réplica para que pueda rebelarse y desafiar a la autoridad regia, por lo menos de palabra, con el siguiente alegato:

Ved que me estáis quitando hasta mi nombre y mi voz. Ayer los aplausos del público me ensalzaban y las gentes gritaban a coro mi nombre. Mañana trocaré vestidos de cómica por hábito de monja, mudaré de nombre, pero con la cabeza bien alta, pues sólo yo, María Calderón, la Calderona, he sido y seré siempre ¡la amiga del Rey! (p. 134).


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

[2] Este final tiene algo de decimonónico, por su efectividad romántica; y también de comedia aurisecular, pues en los ultílogos se solía recordar, como se hace aquí, el título de la comedia representada.

Lope de Vega y sus cartas con el duque de Sessa

El tono familiar que se permite muchas veces Lope en estas cartas personales dirigidas al de Sessa deriva hacia lo obsceno y el chiste grotesco[1]. Así, no se recata en contar alguna aventura, ya antigua cuando escribe en octubre de 1611:

… llegando yo mozuelo a Lisboa, cuando la jornada de Ingalaterra, se apasionó una cortesana de mis partes, y yo la visité lo menos honestamente que pude. Dábale unos escudillos, reliquias tristes de los que había sacado de Madrid a una vieja madre que tenía; la cual, con un melindre entre puto y grave, me dijo así: «No me pago cuando me güelgo.»

Lope de Vega, Cartas sobre Amarilis

Con algo más de contención, aunque sin ocultar la índole de sus relaciones, comenta sus amores con Amarilis, Marta de Nevares, loando la belleza de sus piernas (carta de febrero-marzo de 1617); el gusto de la reconciliación de los amantes tras el enojo («El enojo en los amantes es tempestad de verano, que llevando las escorias de las calles, dejan el lugar más fresco. Con todo eso, no por los gustos de las paces querría los pesares de los enojos, y como de muchos actos se hace un hábito, así de muchas pendencias algún odio», mayo de 1617); o las ansiedades de la pasión:

Verdad es que Amarilis me ha hecho algunas visitas, con cuyo consuelo (que al parecer de Vuestra Excelencia no le hay mayor) he pasado una sed insaciable, que es lo que más me ha atormentado, y templado la de verla, que es lo que más me podía atormentar (junio de 1617).


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (2)

Felipe IV, por VelázquezEl retrato de los personajes constituye uno de los puntos más interesantes de La amiga del Rey. Eduardo Galán nos presenta negativamente a Felipe IV, mal esposo y mal rey. Es un monarca obsesionado con el sexo, autoritario solo con los inferiores, tiránico con los débiles, incapaz de emplear su energía para mejorar la caótica situación de su arruinado país. Cegado por la pasión, con María Calderón emplea un lenguaje casi obsceno, que revela que en ella no busca amor, sino tan solo la satisfacción del deseo carnal: «Y tú, prepárate, porque vas a comprobar cómo el rey sacia de amor y placeres a una mujer» (p. 64)[1]. Su comportamiento roza lo sádico, pues en los dos meses que dura la pasión con la cómica la trata sin miramientos (sus golpes le causan varios moratones, y ella misma se quejará: «Esto ni es amor ni es placer»). Con su esposa es capaz de emplear un lenguaje más cortesano, pero tiene la indelicadeza de reconocer delante de ella que desea a la cómica y que prefiere sus «caderas» y «tetas». Es, por supuesto, una persona posesiva («¡Eres mía y sólo mía!», grita a la Calderona, p. 115), celosa (cfr. los comentarios de don Diego y la cómica) e iracunda: cuando sorprende a Polilla abrazando a María, estalla su cólera y abofetea al capitán (p. 109). Para humillar a la reina, dispone que actué en Palacio su rival; la Calderona trata de oponerse pero, como otras veces, ha de someterse a los caprichos del superior: «¡Soy el rey!» (p. 92), «En Palacio mando yo» (p. 116), «¡Lo digo yo y basta!» (p. 121) son las frases favoritas de Felipe IV para hacer cumplir su voluntad, y no tiene más argumentos.

Lo peor de este comportamiento liviano del monarca es que le aparta del ejercicio del poder. En un determinado momento se comenta que lleva quince días sin recibir al embajador francés, ya que ha permanecido fuera de palacio por «Asuntos de mujeres»[2]. Cuando la reina Isabel lo reclame a su lado, responderá: «Me iré con quienquiera y en cualquier lugar me mostraré en compañía de damas, cortesanas o mancebas. (Soberbio.) ¡Que soy el Rey, vive Dios!» (p. 92). Él exige a su bella esposa obediencia y sumisión, pero no tendrá reparo en exhibir a la cómica en un balcón de la Plaza Mayor, aunque sabe que mancilla el honor de doña Isabel y que degrada su propia dignidad real. La reina le pide que, si no puede dejar a sus amantes, se ocupe al menos de los asuntos de gobierno, porque el pueblo murmura, y la única respuesta que se le ocurre consiste en amenazar con cortar las cabezas a todos. Insiste la reina tratando de hacerle ver que, si no a ella, deberá rendir cuentas ante Dios, y de nuevo el monarca no sabe salir de su eterna cantinela: «¿Es que no soy el rey?». Así las cosas, a la hermosa francesa no le queda más remedio que reconocer, resignada y dolida: «Con razón dicen las gentes que en las Españas reina un conde y desgobierna un rey» (p. 96).


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

[2] Aquí se imbrican magníficamente los ámbitos de lo público y lo privado: sus amoríos con la Calderona, al tiempo que le apartan de su esposa, le impiden recibir al embajador francés Jean Pierre du Fargis.

«El grito silencioso», un relato sanferminero de Jesús Carlos Gómez Martínez

Tres elementos claves en la producción literaria de Jesús Carlos Gómez Martínez son la fantasía, el humor y el tema sanferminero. Baste recordar, en este sentido, sus libros Sanfermines forever, publicado en 1995, o La historia secreta de los kilikis de Pamplona, del año 2001. En esta ocasión quiero comentar uno de sus relatos sanfermineros, «El grito silencioso», que el autor recogió en dos recopilaciones de sus cuentos: Actos de amor ingrato, recopilación de 1993 (el relato ocupa las pp. 11-16), y también en Capricho de faraones, de 1995 (aquí figura en las pp. 55-59).

«El grito silencioso», que va encabezado por una cita de Fenelón: «El verdadero valor consiste en prever todos los peligros y despreciarlos», fue Primer Premio Internacional «Ayuntamiento de Carreño» (Asturias, 1988). Se trata de un relato en tercera persona sobre Javier, experto corredor del encierro de Pamplona. Una gitana le ha vaticinado: «Estos sanfermines te va a matar un toro». A pesar del vaticinio, ha visto a un toro negro que le incita a correr. Presiente que algo no será igual en esa mañana. «Hoy, el miedo fracasará de nuevo» (p. 15). Al final, Javier cae ante el toro Facineroso y los gritos de la gente anuncian su muerte: «Su pensamiento último es para el grito más sentido, que nunca podrá oír» (p. 16), es decir, el de su madre, a la que ya no podrá telefonear para tranquilizarla, como hacía siempre al acabar la carrera.

Cogida en el encierro de San Fermín

La frase corta, impresionista, logra transmitir acertadamente la emoción y la tensión del encierro. El relato tiene también cierto tono de artículo periodístico.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (1)

La amiga del Rey, de Eduardo Galán FontEn esta comedia en dos actos, escrita en solitario por Eduardo Galán[1], el fondo histórico tiene mucho mayor peso; la acción se ambienta en primavera de 1628. Felipe IV está casado con Isabel de Borbón, hermana de Luis XIII de Francia. España vive sumida en la miseria y la corrupción, bajo el poder del valido, el conde-duque de Olivares. Felipe IV, despreocupado de las tareas de gobierno, se dedica a ganarse el calificativo de «el rey galante», con que fue conocido, siendo una de sus últimas conquistas la actriz María Inés Calderón, apodada «la Calderona». Fruto de su relación con ella nacerá un hijo, Juan de Austria, en 1629, que sería reconocido varios años después, en 1642. La actriz fue encerrada en un convento del valle de Utande, en la Alcarria, donde llegó a ser abadesa. Todos estos datos históricos los recoge la comedia y puede afirmarse que, en conjunto, el autor consigue un alto grado de veracidad, resultando patente el esfuerzo de documentación llevado a cabo. Eso sí, en su interpretación de los hechos Eduardo Galán carga las tintas en el retrato negativo de Olivares —verdadero protagonista ausente de la obra—, lo mismo que en el del monarca, como veremos.

Como recuerda Fernández Insuela, la obra fue redactada entre noviembre de 1993 y abril de 1994 y obtuvo el Premio «García Enrique Llovet» de la Excelentísima Diputación Provincial de Málaga correspondiente a ese año 1994. El mencionado crítico habla de la «notable complejidad y riqueza temáticas» de la pieza, por la imbricación en ella de un doble plano, el de lo público y el de lo privado, en las relaciones de los personajes: entre el rey y la actriz se abre el foso de la diferencia de clases, a lo que hay que añadir el hecho de que él sea casado. Pero, además de esa relación entre Felipe IV y la Calderona, hay otras acciones dramáticas, secundarias aunque conexas entre sí, que llegan a hacer sombra a la principal por su alto interés dramático. Desde el punto de vista estructural, cabe destacar la importancia de la última escena, que Fernández Insuela califica como «de auténtica maestría compositiva» (p. 23): basada en la técnica del «teatro dentro del teatro», la mezcla de ficción y realidad es completa, y en ella se decide el destino de la protagonista, que queda derrotada en sus objetivos, pero vencedora en su lucha por la dignidad personal. Otros aspectos generales que deberíamos destacar son la soltura de los diálogos y el sabio aprovechamiento de la cultura aurisecular (no solo la literatura, también las costumbres, la «intrahistoria» del periodo en que la pieza se ambienta), perfectamente asimilada por el dramaturgo. Un buen ejemplo es la construcción del personaje de Madre Apolonia, claro homenaje a la Celestina (cfr., por ejemplo, la p. 87)[2] .


[1] Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

Lope de Vega y el mecenazgo (8): el epistolario con el duque de Sessa

Epistolario de Lope de Vega

De toda esa relación entre Lope de Vega y el duque de Sessa tenemos en el Epistolario testimonio excelente[1]. Llama la atención ese tono servil extremo en muchas ocasiones, por más que se descuente la retórica de la adulación. Rastreando las cartas se pueden acumular pasajes sin cuento en los que Lope se manifiesta esclavo sumiso del duque, sometido a su voluntad, decidido a brindarle su sangre si la necesita un caballo del noble…; ahí van algunos testimonios:

Por vida de Carlillos, Señor Excelentísimo, que me pesa de no haber ganado a Vuestra Excelencia la gracia en tantos días que es necesaria para abonar una voluntad tan lisa, como lo ha de ser la de un desigual a los rayos de un gran señor, pues no cree Vuestra Excelencia lo que le adoro, estimo y reverencio por sí mismo. ¿Qué se me da a mí de mi cuñado, de mi hijo, de mi mujer, de mí, para con la tierra que Vuestra Excelencia pisa, mas que ni haya beneficios ni difuntos? Lo que yo quisiera tener en esta ocasión fuera cien mil doblones que enviar a Vuestra Excelencia, todos en las arcas del duque, porque fueran de Segovia. Y es esto tanta verdad, que el día que Vuestra Excelencia lo pruebe en mi sangre y en un alma que tengo, la aventuraré por servirle, como si tuviera muchas, y como debo y deseo a quien ya elegí por dueño, amo y señor lo que durare la vida; su estilo de Vuestra Excelencia, su entendimiento, su prudencia, su cordura, su generosa condición, me obligan, me enseñan, me cautivan, me pagan.

… no sé que Vuestra Excelencia me haya buscado, porque de rodillas hubiera ido desde aquí a su casa, como me obliga amor natural que le tengo, y la razón de servir al mayor príncipe que tiene España en grandeza, en entendimiento y en saber hacer honra y merced. […] tengo hecha resolución de no tener otro amparo que a Vuestra Excelencia, hijo de tan gran padre y nieto de tales agüelos cuales no los vio ni tendrá el mundo. […] Vuestra Excelencia me mande avisar cuándo quiere que vaya a verle, a servirle, a reverenciarle, que por vida de Carlos que le saque la sangre por darla a un criado de Vuestra Excelencia, que no tengo más que encarecer.

Yo no deseo ni quiero más bien que asistir a servir a Vuestra Excelencia lo que tuviere de vida, porque es mi bienhechor y en quien tengo fundadas las esperanzas della, aunque Dios manda que nadie las tenga en los príncipes, pero no dijo en los que tienen tantas virtudes y excelencias, que aunque no hubieran nacido con ella, se lo llamaran por las muchas de sus virtudes. Lisonjero parezco en esta carta, y no es, señor mío, ansí […] la razón desto es el estar yo tan enamorado, que el lenguaje a los que lo están corre con este estilo, aunque sea hablando con Dios, que es el último encarecimiento.

… si fuera de importancia mi sangre, ya no tuviera un átomo en las venas. Por vida de Vuestra Excelencia, señor, que no se fatigue, sino mire cómo y en qué quiere entretenerse, que como un lebrel de Irlanda está a sus pies, leal y firme, mientras tuviere vida…

… le juro como montañés que si mi sangre fuese necesaria a un caballo de Vuestra Excelencia, no dudaría sacármela toda…

Este tono de rendimiento y este lenguaje que parece amoroso en ocasiones han hecho pensar al psiquiatra Carlos Rico Avello en una «psicopatología» peculiar y en inclinaciones homosexuales entre mecenas y poeta, muy poco verosímiles. Las inclinaciones de ambos iban por otro camino y las cartas ofrecen abundante material para reconstruir parte de las historias amorosas de los dos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La posada del Arenal» de Eduardo Galán y Javier Garcimartín (y 4)

El conde-duque de OlivaresLa posada del Arenal nos interesa sobre todo aquí como antecedente de La amiga del Rey. Hay dos aspectos concretos que luego Eduardo Galán desarrollará en su comedia en solitario, La amiga del rey: la figura de Olivares y el personaje de la Calderona[1]. Así, se alude a los comentarios que circulan en los mentideros madrileños sobre la privanza del Conde-Duque (p. 21)[2] y Petra comenta que es soberbio y que busca el poder a toda costa. Respecto a la cómica, unos hombres comentan lo «bien dotada» que está, y una mujer les encarece la cautela, «que la Calderona es ahora la amiga del rey» (p. 17). Poco después, al comienzo del acto primero, don Lope, para ganarse a sus criados, les dice que les llevará al corral del Príncipe y Luzmán pregunta: «¿A ver a la Calderona?» (p. 22).


[1] También el nombre y el carácter del personaje Luzmán, que traslada a La amiga del Rey.

[2] Manejo estas ediciones: Eduardo Galán y Javier Garcimartín, La posada del Arenal, Madrid, Sociedad General de Autores de España, 1994; Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

Lope de Vega y el mecenazgo (7): conoce al duque de Sessa

Para la relación de Lope con los mecenas resulta crucial el año de 1605, cuando conoce al joven duque de Sessa, don Luis Fernández de Córdoba Cardona y Aragón, sexto duque del título, que tenía a la sazón veinte años menos que el poeta[1]. El encuentro marca la vida de los dos, que ya no se separarán hasta la muerte del Fénix, cuyo entierro sufraga el duque.

Conocemos muy bien estas relaciones gracias a un copioso epistolario, donde Lope va recogiendo infinidad de noticias, detalles, episodios domésticos, solicitudes de ayuda, peticiones de dinero, y todo tipo de asuntos —especialmente amorosos y eróticos— suyos y de Sessa, quien lo empleó de alcahuete, portavoz de sentimientos y autor de poesías encargadas para el consumo de los placeres eróticos del potentado, entre gestiones menos escabrosas. Sessa, con afición de coleccionista, recogía comedias y versos de Lope, y guardó también muchas cartas que formaban cinco tomos, de los cuales se han perdido dos.

Lope de Vega

Nunca se ha establecido seguramente en la historia de España una servidumbre tan estrecha, que se permita un tono tan familiar, a veces jocoso y hasta obsceno, aliado a la autohumillación más extrema del poeta frente al noble, para desembocar al fin en una melancólica resignación al no conseguir entrar en la nómina de servidores fijos de Sessa, con derecho a ración y quitación (alimento, o dietas, y salario). El duque nunca perteneció a las camarillas más próximas al poder: en numerosas cartas alude Lope de Vega a los posibles apoyos que podría solicitar el duque de don Rodrigo Calderón, favorito del privado Lerma. Poco consigue y las esperanzas depositadas en el nuevo régimen del conde-duque de Olivares tampoco resultan satisfechas, aunque el duque forma parte de comitivas reales, fiestas y embajadas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.