Lope de Vega y Góngora (3)

Aunque no falten las burlas, llaman la atención las constantes alabanzas que Lope dedica a Góngora[1]. El soneto a que se refiere la pluma anónima de la carta citada en una entrada anterior es el famoso:

Canta, cisne andaluz, que el verde coro
del Tajo escucha tu divino acento,
si, ingrato, el Betis no responde atento
al aplauso que debe a tu decoro.

Más de tu Soledad el eco adoro
que el alma y voz de lírico portento,
pues tú solo pusiste al instrumento,
sobre trastes de plata, cuerdas de oro.

Huya con pies de nieve Galatea,
gigante del Parnaso, que en tu llama,
sacra ninfa inmortal, arder desea,

que como, si la envidia te desama,
en ondas de cristal la lira orfea,
en círculos de sol irá tu fama.

Con ese soneto cerraba Lope su reflexión sobre la nueva poesía que inserta en La Filomena, en la «Respuesta de Lope de Vega» a un «Papel que le escribió un señor de estos reinos a Lope de Vega Carpio en razón de la nueva poesía», donde leemos entre otras cosas:

El ingenio deste caballero [Góngora], desde que le conocí, que ha más de veinte y ocho años, en mi opinión (dejo la de muchos) es el más raro y peregrino que he conocido en aquella provincia, y tal que ni a Séneca ni a Lucano, nacidos en su patria, le hallo diferente, ni a ella por él menos gloriosa que por ellos. De sus estudios me dijo mucho Pedro Liñán de Riaza, contemporáneo suyo en Salamanca; de suerte que […] rindió mi voluntad a su inclinación, continuada con su vista y conversación, pasando a la Andalucía, y me pareció siempre que me favorecía y amaba con alguna más estimación que mis ignorancias merecían. Concurrieron en aquel tiempo en aquel género de letras algunos insignes hombres, que quien tuviere noticia de sus escritos sabrá que merecieron este nombre: Pedro Láinez, el Excelentísimo Señor Marqués de Tarifa, Hernando de Herrera, Gálvez Montalvo, Pedro de Mendoza, Marco Antonio de la Vega, doctor Garay, Vicente Espinel, Liñán de Riaza, Pedro Padilla, don Luis de Vargas Manrique, los dos Lupercios y otros, entre los cuales se hizo este caballero tan gran lugar, que igualmente, decía dél la fama lo que el oráculo de Sócrates. Escribió en todos estilos con elegancia, y en las cosas festivas, a que se inclinaba mucho, fueron sus sales no menos celebradas que las de Marcial y mucho más honestas. Tenemos singulares obras suyas en aquel estilo puro, continuadas por la mayor parte de su edad, de que aprendimos todos erudición y dulzura […] Mas no contento con haber hallado en aquella blandura y suavidad el último grado de la fama, quiso (a lo que siempre he creído, con buena y sana intención, y no con arrogancia, como muchos que no le son afectos han pensado) enriquecer el arte y aun la lengua con tales exornaciones y figuras, cuales nunca fueron imaginadas ni hasta su tiempo vistas […] Bien consiguió este caballero lo que intentó, a mi juicio, si aquello era lo que intentaba; la dificultad está en el recibirlo, de que han nacido tantas, que dudo que cesen si la causa no cesa: pienso que la escuridad y ambigüidad de las palabras debe de darla a muchos. […] a muchos ha llevado la novedad a este género de poesía, y no se han engañado, pues en el estilo antiguo en su vida llegaron a ser poetas, y en el moderno lo son el mismo día; porque con aquellas trasposiciones, cuatro preceptos y seis voces latinas o frasis enfáticas se hallan levantados adonde ellos mismos no se conocen, ni aun sé si se entienden. […] Y así, los que imitan a este caballero producen partos monstruosos que salen de generación, pues piensan que han de llegar a su ingenio por imitar su estilo. […] para que mejor Vuestra Excelencia entienda que hablo de la mala imitación, y que a su primero dueño reverencio, doy fin a este discurso con este soneto que hice en alabanza deste caballero, cuando a sus dos insignes poemas no respondió igual la fama de su misma patria…

Góngora (sello).

Y en La Circe, a la vez que critica a los malos defensores del maestro, pone a don Luis en las alturas del Parnaso:

Claro cisne del Betis que, sonoro
y grave, ennobleciste el instrumento
más dulce, que ilustró músico acento,
bañando en ámbar puro el arco de oro,

a ti lira, a ti el castalio coro
debe su honor, su fama y su ornamento,
único al siglo y a la envidia exento,
vencida, si no muda, en tu decoro.

Los que por tu defensa escriben sumas,
propias ostentaciones solicitan,
dando a tu inmenso mar viles espumas.

Los Ícaros defienda, que te imitan,
que como acercan a tu sol las plumas
de tu divina luz se precipitan.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Los de abajo» de Mariano Azuela y la Revolución Mexicana (1)

Paso ahora a centrarme en el tema de la Revolución. En realidad, se podría hablar en Los de abajo de Mariano Azuela de un único tema, la Revolución, en un doble plano: por un lado, el sueño, la esperanza que significó para los mexicanos, y, por otro, la desilusión tras su «fracaso». La Revolución triunfó militarmente en un primer momento, se consiguió expulsar del poder a Porfirio Díaz. Pero entonces se vio que no era lo mismo acabar con el tirano que modificar todas las estructuras de su régimen. Se logró lo primero, no así lo segundo. Pronto llegó la división de los revolucionarios, las luchas por el poder político, en las que el interés particular se anteponía al interés colectivo. Se había hecho la Revolución, pero todo quedaba más o menos igual, los de abajo, abajo, y los de arriba, arriba (ya fuesen los mismos de antes, cambiado su nombre, ya se tratase de otros nuevos).

Caudillos de la Revolución mexicana

Azuela se dio cuenta de esta situación y eso es lo que trata de reflejar su novela. El idealista Azuela también soñó con la Revolución, pero la Revolución que se estaba haciendo no era la que él había soñado. La realidad le hace despertar del sueño. Y entonces se produce la desilusión. Tras la esperanza, llega el desencanto.

Lope de Vega y Góngora (2)

GongorayLope

Por su lado Lope de Vega aspiraba a la admiración de los doctos, quería ser —más que el ídolo popular que era entre las masas urbanas aficionadas al teatro— respetado por los más cualificados; quería ser, en una palabra, además de Lope, don Luis de Góngora[1]. La participación de Lope en las polémicas literarias lleva siempre un signo antigongorino, pero procura dejar a salvo su respeto y admiración esencial por la poesía del propio don Luis, insistiendo en la burla a sus secuaces; a Lope y su círculo de fieles se deben seguramente la mayoría de las cartas y críticas contra la poesía culterana, como la maliciosa «Carta de un amigo a don Luis de Góngora» o la «Carta que se escribió echadiza a don Luis de Góngora». En esta última parece especialmente clara la inspiración, si no la escritura directamente lopiana; uno de los motivos centrales de la carta es contraponer la actitud de Góngora, siempre agresiva, frente a la de Lope mismo:

… él no le escribió en ofensa suya, y que se engañó Mendoza, pues mal pudiera hacer esto quien en las desgracias que aquí sucedieron a sus Soledades escribió aquel tan elegante como mal agradecido soneto que comienza:

Canta, cisne andaluz, que el verde coro…

De suerte que todo su estudio de vuesa merced es solicitar el deshonor de este hombre, y todo el suyo celebrar su ingenio de vuesa merced entre tantas calumnias y disparates como este día ha puesto a la singularidad de vuesa merced la multitud de los que le envidian. Vuesa merced me la haga de responderme satisfaciendo a esto, o por lo menos a mi amor, que bien puedo merecer mejor que Mendoza respuesta de vuesa merced por bien nacido y no lego ni ignorante de letras humanas y divinas, que mejor sabré defender las figuras retóricas de sus escritos que los que las murmuran entenderlas. Vivo a la calle de Francos, junto a las mismas casas de Lope de Vega, a quien me holgaría que vuesa merced estimase, no por su ingenio, sino por sus costumbres, y si esas no agradan a vuesa merced, a lo menos por la obligación que le tiene y la paciencia con que ha resistido sus injurias.

Algo de razón lleva Lope en lo que dice la carta echadiza.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el sueño de la Revolución (y 3)

Marta Portal ha señalado el paralelismo entre el hacer de Demetrio y el proceso de la Revolución:

Los de abajo es no solo la biografía de su héroe-protagonista sino, conjuntamente, la de la Revolución. O mejor, podríamos decir que los segmentos biográficos del héroe y del movimiento revolucionario crecen en la obra en tensión y convergen […]. El sentimiento de opresión que padece el héroe le obliga a revolverse contra el orden establecido, su descontento personal coincide con el descontento general que se manifiesta en grupos de alzados en toda la nación. El sentimiento del héroe se inserta en el movimiento Revolución y se hace destino. En la novela de Azuela pasamos de la necesidad de la reivindicación particular e íntima del protagonista (sin morosidad física ni psicológica) a la general, a la actividad participante, y de ahí, de la intervención en el destino colectivo en marcha que es la Revolución, a la muerte del héroe, en que el destino particular se cumple. La Revolución sigue[1].

Demetrio ha entrado en la Revolución y, una vez dentro del huracán revolucionario, resulta difícil escapar de él, de forma que termina por morir en la batalla, si bien Enrique Caracciolo Trejo, en su artículo titulado «¿El suicidio de Demetrio?»[2], plantea la hipótesis de que el jefe revolucionario no muriera abatido por los disparos de los carrancistas, la facción enemiga. En realidad, Azuela no dice expresis verbis ni una cosa ni otra, indica simplemente que «Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil…». Pienso, en cualquier caso, que el suicidio no cuadra con la figura de Demetrio Macías. Lo hemos visto caracterizado como héroe cuasi-épico, y la característica principal de un héroe es la muerte, la muerte trágica. En este sentido, es más fácil imaginar que muere pelando con los enemigos y no que se quita la vida. Se podría alegar en contra que otro personaje, el odioso güero Margarito, sí se suicida (y, en principio, tal hecho resulta bastante extraño para el lector, a tenor de su carácter). Pero la discusión resulta baladí. Cada lector puede formar su propia opinión: si son posibles varias interpretaciones, es precisamente porque el autor así lo ha querido, dejando abiertas varias posibles soluciones para el destino personal de su protagonista. De hecho, ese final con la imagen congelada —valga el símil cinematográfico— de Demetrio Macías constituye un innegable acierto expresivo.

Muerte de Demetrio Macías


[1] Marta Portal, Proceso narrativo de la Revolución Mexicana, México, Ediciones de Cultura Hispánica, 1977, p. 74. Y John S. Brushwood añade: «Es justo decir que la Revolución misma es la protagonista de Los de abajo. En un sentido amplio, sí lo es. Pero Azuela es demasiado buen novelista como para hacer abstraer algo tan intensamente humano como la Revolución. Demetrio Macías es el protagonista, aunque no cobra las dimensiones heroicas que nos gustaría que alcanzase un protagonista revolucionario. Macías se ve empujado a la revolución como una manera de defenderse a sí mismo. Al modo de un animal, retrocede y luego ataca. Piensa —o no piensa— en estos términos hasta que el curro, Luis Cervantes, trata de educarlo en la ideología revolucionaria. Demetrio no acepta fácilmente las grandiosas ideas de Cervantes, pero no rechaza sus adulaciones. Y a medida que la banda de Macías va de éxito en éxito y se incorpora a una fuerza mayor, Demetrio es deliciosamente ingenuo al asumir su nueva jerarquía. A medida que aumenta su importancia, se preocupa menos por los individuos y solo la derrota es capaz de reavivar su interés» (México en su novela. Una nación en busca de su identidad, trad. de Francisco González Aramburo, México, Fondo de Cultura Económica, 1973, pp. 315-316).

[2] Ver Enrique Caracciolo Trejo, «¿El suicidio de Demetrio?», en «Hojas de crítica», Revista Universidad de México, núm. 7, 3 de marzo de 1959.

Lope de Vega y Góngora (1)

El caso de Góngora merece unas pocas palabras más[1]. Refleja toda una compleja trayectoria de respeto e irritación por parte de Lope, y de distanciado desprecio por parte de Góngora. No se trata ya solo de actitudes personales, sino del enfrentamiento de dos modos de concebir la poesía, y la relación de los dos se enmarca en un ambiente de polémicas literarias en torno a la «nueva poesía» de los gongorinos.

Don Luis de Góngora, poeta de minorías, consciente de la revolución que estaba protagonizando, obsesionado por la perfección estética, distante del odiado vulgo, no podía menos que despreciar la fama popular y la facilidad torrencial de Lope.

Don Luis de Góngora y Argote

Cada vez que sale una obra de Lope la recibe Góngora con un desprecio. Escribe el soneto «A un señor que le envió La Dragontea de Lope de Vega» donde le dice que «para ruido de tan grande trueno / es relámpago chico», y que el poeta navega mal porque «potro es gallardo, pero va sin freno»; para La Arcadia va el conocido «Por tu vida, Lopillo, que me borres / las diez y nueve torres del escudo / porque aunque todas son de viento, dudo / que tengas viento para tantas torres» (pues Lope, que no era noble, había estampado al frente del libro el escudo del apellido Carpio); parodia otro soneto de Lope en «Embutiste, Lopillo, a Sabaot / en un mismo soneto con Ylec», etc. Y ultimadamente se burla de la «llaneza» de la poesía castellana de Lope y sus seguidores en el tantas veces citado

Patos de la aguachirle castellana,
que de su rudo origen fácil riega
y tal vez dulce inunda nuestra Vega,
con razón Vega por lo siempre llana:

pisad graznando la corriente cana
del antiguo idïoma y, turba lega,
las ondas acusad, cuantas os niega
ático estilo, erudición romana.

Los cisnes venerad cultos, no aquellos
que escuchan su canoro fin los ríos;
aquellos sí, que de su docta espuma

vistió Aganipe. ¿Huís? ¿No queréis vellos,
palustres aves? Vuestra vulgar pluma
no borre, no, más charcos. ¡Zabullíos!


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el sueño de la Revolución (2)

Marta Portal ha hablado de la alta carga mitificante encerrada en este personaje ensalzado por Mariano Azuela hasta «alcanzar una talla genérica excepcional». En la introducción a su edición de la novela indica que Demetrio

es el jefe revolucionario que Azuela hubiera querido para sí […]. En él ha puesto una carga importante de afectividad, de emotividad, consiguiendo despegarlo de la medida cotidiana, a tal punto que su grandeza es un poco irreal. El carisma de que goza y la rara ecuanimidad de sus decisiones son cualidades que configuran un misterioso poder en el héroe que le viene de fuera, de lejos»[1].

A continuación recoge este testimonio del autor sobre su personaje: «Lejos de ser un típico revolucionario, el Demetrio Macías es un tipo excepcional». Es más, Azuela dejó también escrito lo siguiente: «Si yo hubiera encontrado entre los revolucionarios un tipo de la talla de Demetrio Macías, lo habría seguido hasta la muerte»[2].

Monumento a Azuela en Lagos de Moreno

Sabemos que para construir a su personaje Azuela se basó en dos personas reales, el general villista Julián Medina, a cuyas órdenes sirvió como oficial médico, y un joven revolucionario llamado Manuel Caloca. Por supuesto, además de rasgos reales entran en el carácter de su personaje —un ente de ficción y no una figura histórica— otros elementos inventados. Así lo explica el autor:

En Guadalajara bauticé al protagonista de mi proyectada novela con el nombre de Demetrio Macías. Me desentendí de Julián Medina para forjar y manejar con amplia libertad el tipo que se me ocurrió. Manuel Caloca, el más joven de una familia de revolucionarios de Teúl, del Estado de Zacatecas, muchacho de menos de veinte años […] sucedió a Julián Medina en la construcción de mi personaje[3].


[1] Marta Portal, introducción a Mariano Azuela, Los de abajo, Madrid, Cátedra, 1980, p. 45.

[2] Mariano Azuela, Obras completas, ed. de Francisco Monterde, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, vol. III, p. 1082. Tomo la cita de Manuel Prendes, «Los de abajo», de Mariano Azuela [guía de lectura], Berriozar (Navarra), Cénlit Ediciones, 2007, pp. 99-100.

[3] Mariano Azuela, Obras completas, ed. de Francisco Monterde, México, Fondo de Cultura Económica, 1960, vol. III, p. 1080.

Lope de Vega y Calderón

Es más comprensible el recelo que Lope debió de sentir hacia Calderón, que venía renovando la escena con empuje y cuya genialidad no se le ocultaría al Fénix, que sin duda lo vio como un rival peligroso[1].

Calderón y Lope

No le gustó tampoco el episodio de enero de 1629, cuando el actor Pedro de Villegas hiere a un hermano de Calderón, y este allana el convento de las Trinitarias, donde se había refugiado el cómico, y donde estaba de monja una hija de Lope, el cual escribe al duque de Sessa quejándose del abuso:

Amo y señor mío, yo había querido suplicar a Vuestra Excelencia fuese servido de conducirme al señor don Rafael Ortiz, para que conociese un novicio de su orden y criado de su casa y de la de sus padres, y veníame a pedir de boca verle esta noche. Pero la revolución de nuestras monjas, la molestia de los alcaldes, la prisión de nuestro sacristán y las diligencias para librarle no me dan lugar a cumplir este deseo, porque tengo que andar de señor en señor, como de viga en viga. Grande ha sido el rigor buscando a Pedro de Villegas: el monasterio roto, la clausura y aun las imágines, que hay alcalde que se traga más excomuniones que un oidor memoriales. Ana de Villegas con guardas, el mozo en Osuna y la justicia buscándole entre las monjas, a quien sacrílegamente han dado los golpes que pudieran a Cristo, si le hallaran en la defensa de sus esposas. Yo estoy lastimado, tanto por todas como por mi hija. El delito es grande, pero ¿qué culpa tienen los inocentes? Mas ¿cuándo no la tuvieron los corderos de la hambre de los lobos? Nuestro Señor guarde a Vuestra Excelencia más que a mis hijos y a mí, que es lo que yo deseo y desearé mientras tuviere vida.

El elogio correspondiente a Calderón en el Laurel de Apolo no puede ser más lacónico («en estilo poético y dulzura / sube del monte a la suprema altura», silva VII), sobre todo si se compara con los que acaba de hacer unos pocos versos antes a un poeta tan desconocido como Pedro Milián (silva VIII, versos 429-451) o a otros muchos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: Demetrio Macías o el sueño de la Revolución (1)

Demetrio Macías es el principal personaje de la novela de Mariano Azuela (si reservamos el término de protagonista para el conjunto del pueblo alzado en armas). Quedó ya mencionada en entradas anteriores su importante función estructural, puesto que su figura hilvana los distintos episodios y aglutina a todos los demás personajes a su alrededor. No es, ya lo indiqué, uno de los grandes caudillos de la Revolución, sino un héroe que se va haciendo poco a poco. Es un simple campesino que se alza frente a la injusticia cometida contra su persona, a título individual, no integrado en el movimiento revolucionario general. Forma su partida tras los atropellos del cacique don Mónico (que culmina con el asalto de su casa por parte de unos soldados, el intento de abusar de su mujer y, tras su huida, el incendio de su rancho).

Demetrio Macías, interpretado por Miguel Ángel Ferriz

Es valiente y decidido, pero medita bien todas sus decisiones antes de actuar. Conocedor de la tierra en que se mueve, consigue pequeños triunfos locales. Es entonces cuando se incorpora a las tropas de Natera y participa en la toma de Zacatecas, en la que desempeña un papel decisivo. Este hecho de armas le vale el águila, el símbolo del generalato en México. Toma después partido por Villa, en la lucha que le enfrenta con el otro jefe revolucionario, Carranza, por la conquista del poder. Pero esta vez ha elegido el bando del perdedor. Derrota tras derrota, Demetrio irá huyendo con sus hombres hasta que todos ellos mueran en la última emboscada en el cañón de Juchipila.

Lope de Vega y Tirso de Molina

Tirso de Molina

Tirso de Molina es uno de los seguidores más importantes de la fórmula de Lope, y uno de sus grandes admiradores[1]. En distintas ocasiones defiende con entusiasmo la comedia nueva, y a su principal inventor. No viene a cuento recoger aquí la teoría dramática de Tirso, donde se evidencia su cercanía al teatro del maestro, pero merece la pena citar algún pasaje de La villana de Vallecas, donde alaba como primera en su género la comedia de Lope El asombro de la limpia Concepción (o La limpieza no manchada): «De Lope; que no están bien / tales musas sin tal Vega», y sobre todo el extenso pasaje de La fingida Arcadia, inspirada en La Arcadia de Lope, y que incluye una serie de juicios sobre distintas obras lopianas, a cual más elogioso:

ÁNGELA.- Pluma de Lope de Vega
la fama se deja atrás.

LUCRECIA.- ¡Prodigioso hombre! ¡No sé
qué diera por conocelle!
A España fuera por velle,
si a ver a Salomón fue
la celebrada etiopisa.

ÁNGELA.- Compara con proporción
que no es Lope Salomón.

LUCRECIA.- Lo que su fama me avisa,
lo que en sus escritos leo,
lo que enriquece su tierra,
lo que su espíritu encierra
y lo que velle deseo,
mi comparación excusa;
y a él le da más alabanza
lo que por su ingenio alcanza
que a esotro su ciencia infusa.
[…]

LUCRECIA.- Yo, después acá que estoy
en el español idioma
ejercitada, si a Roma
a Tulio por padre doy
de la latina elocuencia,
y al Boccaccio en la toscana,
a Lope en la castellana
no le hallo competencia.
Más de un desapasionado
me ha dicho de su nación
que en la prosa a Cicerón
estilo y gracia ha imitado,
y a Ovidio en la suavidad
y lisura de sus versos
sonoros, limpios y tersos,
confirmando esta verdad
con lo que en sus libros hallo.

ÁNGELA.- Si él ese favor oyera,
¡qué bien le correspondiera!,
¡qué bien supiera estimallo!

LUCRECIA.- ¿Agradece?

ÁNGELA.- Aunque hay alguno
que apasionado lo niega,
es tan fértil esta vega
que paga ciento por uno.
Pero ¿qué piensas hacer
con tantos libros aquí?

LUCRECIA.- Todos son suyos y ansí,
ya que no le puedo ver,
mientras gasto bien los ratos
que recreo en su lección,
si los libros suyos son,
veré a Lope en sus retratos.

ÁNGELA.- Con tanto libro parece
estudio éste, y no jardín.

(Están todas las obras de Lope en un estante.)

LUCRECIA.- Mejor dirás camarín
que al alma deleite ofrece.

ÁNGELA.- Aquéste es el Labrador
de Madrid
, primero fruto
de Lope.

LUCRECIA.- Hermoso tributo
que a un tiempo da fruto y flor.

ÁNGELA.- Es divino.

LUCRECIA.- De justicia,
lo primero a Dios se debe;
por eso quiere que lleve
Lope el cielo su primicia.

ÁNGELA.- No ha escrito él otro mejor.

LUCRECIA.- Imitó, discreto, en él
a la ofrenda que hizo Abel,
si Caín dio lo peor.

ÁNGELA.- Ésta es la Angélica bella.

LUCRECIA.- ¿Que Ariosto se le compara?
¡Valientes octavas!

ÁNGELA.- Rara
habilidad, y con ella
la Dragontea compite
del rayo de Ingalaterra.

LUCRECIA.- Escribe en la paz la guerra
lo que la pluma permite.

ÁNGELA.- Mira en un cuerpo pequeño
mil almas.

LUCRECIA.- Bien le sublimas.

ÁNGELA.- Éste se llama Las rimas
de Lope.

LUCRECIA.- Son como el dueño.
¡Qué canciones, qué sonetos,
qué églogas, qué elegías!
Las noches gasto y los días
en meditar sus concetos.
¡Si viviera Gracilazo,
celebrárale más bien!

ÁNGELA.- Ésta es la Jerusalén.

LUCRECIA.- No la iguala la del Taso.
Mira sus octavas llenas
de sentencias y dotrinas.
Sabio en las letras divinas,
pues no escribe verso apenas
sin allegar un autor,
y hallarás en cualquier parte,
entre las veras de Marte,
mezcladas burlas de Amor.

ÁNGELA.- Aquéste es el Peregrino.

LUCRECIA.- Más lo es quien lo escribió.

ÁNGELA.- ¡Qué bien faltas enmendó,
siguiendo el mismo camino
de aquel Luzmán y Arborea,
cuyas Selvas de aventuras
por Lope quedan escuras!

LUCRECIA.- ¡Qué bien los autos emplea
que mezclados en él van!
¡Qué elegantes, qué limados!

ÁNGELA.- Y más bien acomodados
que los que mezcló Luzmán.
Los pastores de Belén
son éstos.

LUCRECIA.- Si labrador
fue con Isidro, pastor
sabe Lope ser también.

ÁNGELA.- Resucitó villancicos
en su mocedad cantados,
y agora en Belén honrados
entre amorosos pellicos.
Todas éstas son comedias.

LUCRECIA.- Décima séptima parte
ha impreso.

ÁNGELA.- No hay que espantarte,
que no son aun las medias
que tiene escritas.

LUCRECIA.- Pues ¿cuántas
ha compuesto?

ÁNGELA.- Novecientas.

LUCRECIA.- Si los años no le aumentas,
¿dónde hay vida para tantas?

ÁNGELA.- Ésta es verdad conocida
en España.

LUCRECIA.- Yo le diera
por cada una, si pudiera,
Ángela, un año de vida.

ÁNGELA.- A novecientos llegara,
siendo otro Matusalén.

LUCRECIA.- En él se lograran bien.

ÁNGELA.- En este último repara,
que es La Filomena.

LUCRECIA.- Canta
Lope aquí por Filomena,
de suerte que ya es sirena,
si ave fue, pues nos encanta.
Pero, para echar el resto
al nombre que le hace claro,
y afrentar al Sanazaro
en La Arcadia que ha compuesto,
metafóricos amores
en la otra Arcadia mira,
sus sutilezas admira,
ten envidia a sus pastores;
que yo, creyendo que piso
márgenes de su Erimanto,
si con Belisarda canto,
lloro celos con Anfriso.
No sé divertir los ojos
de sus versos y sus prosas,
de sus quejas sentenciosas,
de sus discretos enojos.
De día ocupa mi mano,
de noche mi cabecera…

Es difícil hallar en otra obra literaria de la época una loa tan ferviente de cualquier escritor. Sin embargo, aunque por boca de Ángela se asegure que Lope agradece la admiración que se le tributa, con Tirso no parece haber sido muy generoso. En su aprobación a la Cuarta parte de comedias tirsianas escribe lo menos que puede con términos bastante convencionales y poco efusivos:

La Cuarta parte de las comedias del maestro Tirso de Molina, que por mandado y comisión de V. A. he visto, no tiene cosa en que ofenda ni a nuestra fe ni a las buenas costumbres. Muestra en ellas su autor vivo y sutil ingenio en los conceptos y pensamientos, y en la parte sentencia grave sus estudios en todo género de letras con honestos términos tan bien considerados de su buen juicio. Puede seguramente V. A. siendo servido concederle la merced que pide para que salga a luz y le gocen todos. Este es mi parecer. En Madrid, 10 de marzo de 1635 años.

Y en una carta de julio de 1615 apunta directamente contra la comedia de Don Gil de las calzas verdes:

Perdía el tal hombre el juicio de celos, porque había averiguado que se echaba con San Martín, y prometía no ir con ella a Lisboa, con tantos desaires, voces y desatinos, que se llegaba más auditorio que ahora tienen con Don Gil de las calzas verdes, desatinada comedia del mercedario.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: los personajes

Ya comentaba en una entrada anterior, al explicar el título, que los protagonistas de esta novela de iban a ser los de abajo. Y así es. En la obra de Mariano Azuela no aparecen como protagonistas las grandes figuras de la Revolución: sí vemos actuar al general Natera, la única figura histórica que interviene como protagonista en Los de abajo, pero su importancia es muy secundaria. Villa es nombrado varias veces, se cuentan sus triunfos y, al final, su derrota, pero es un personaje siempre aludido, ajeno en realidad a la historia narrada. Los grandes personajes históricos están fuera del círculo formado por Demetrio Macías y sus hombres (y las mujeres que se mueven en torno a ellos), que son los verdaderos protagonistas de la novela y de la Revolución.

Los de abajo en armas

Todos ellos constituyen ese protagonista colectivo, ese personaje-masa que caracteriza a la novela de la Revolución mexicana. Todos ellos aparecen con sus nombres propios o apodos y poseen cierta individualidad (pese al esquematismo y brevedad con que están trazados sus caracteres, hecho forzoso dada la corta extensión de la novela), pero son además arquetipos, elementos representativos de tantos y tantos hombres y mujeres del México de la Revolución. Aparte quedarían los personajes de Luis Cervantes, el curro, y de Solís, que serían «los de en medio» —si se me permite la expresión— en la escala social. Pero me detendré ya (en las próximas entradas) en el análisis de la figura de Demetrio Macías.