Lope de Vega y Cervantes (y 2)

Si Lope había leído el Quijote recién impreso (en 1604), poco hubieron de gustarle, en efecto, las palabras del canónigo (Quijote, I, capítulo 48) sobre las comedias de su tiempo, que eran sobre todo las comedias de Lope[1]:

Pero lo que más me le quitó de las manos y aun del pensamiento de acabarle fue un argumento que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representan, diciendo: «Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las de historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo, y no de otra manera, y que las que llevan traza y siguen la fábula como el arte pide no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio, y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos que no opinión con los pocos, deste modo vendrá a ser mi libro al cabo de haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendré a ser el sastre del cantillo». Y aunque algunas veces he procurado persuadir a los actores que se engañan en tener la opinión que tienen y que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que sigan el arte que no con las disparatadas, ya están tan asidos y encorporados en su parecer, que no hay razón ni evidencia que dél los saque.

Cervantes y Lope de Vega, historia de una enemistad, de Felipe Pedraza

Que entre Cervantes y Lope había una tensa amistad muy precaria se trasluce en otros testimonios, como el del prólogo del Quijote apócrifo, en el que Avellaneda acusa a Cervantes de atacar a Lope envidiosamente:

… pero quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte, pues no podrá por lo menos dejar de confesar tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lición de los vanos libros de caballerías, tan ordinaria en gente rústica y ociosa, si bien en los medios diferenciamos, pues él tomó por tales el ofender a mí, y particularmente a quien tan justamente celebran las naciones más extranjeras, y la nuestra debe tanto por haber entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas e innumerables comedias, con el rigor del arte que pide el mundo y con la seguridad y limpieza que de un ministro del Santo Oficio se debe esperar…

A lo que responde Cervantes en el prólogo de la segunda parte del Quijote, con palabras que suenan a ironía, pues ciertas ocupaciones de Lope, si bien eran continuas, no podían calificarse de «virtuosas»:

He sentido también que me llame envidioso, y que como a ignorante me describa qué cosa sea la envidia; que en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañose del todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques. Ver, entre otros trabajos, Felipe B. Pedraza Jiménez, Cervantes y Lope de Vega: historia de una enemistad y otros estudios cervantinos, Barcelona, Octaedro, 2006.

Estructura y técnicas narrativas de «Los de abajo» de Mariano Azuela

Los de abajo, de Mariano AzuelaLa novela de Mariano Azuela consta de tres partes, de 21, 14 y 7 capítulos. Buscada o no, la simetría es perfecta: la segunda parte está formada por siete capítulos menos que la primera, y la tercera tiene siete menos que la segunda. La extensión de cada parte disminuye progresivamente, conforme se van acelerando los acontecimientos. La primera parte describe la formación de la partida de Demetrio y sus primeros triunfos militares, triunfos que culminarán con la toma de Zacatecas. La segunda parte refiere la degradación que sufre el movimiento revolucionario: se trata de una serie de escenas de robos, saqueos, destrucción, violencia gratuita y muerte, ya presentadas directamente, ya narradas por los protagonistas. La tercera parte muestra la retirada en derrota de los hombres de Demetrio Macías, la emboscada final y la muerte de todos ellos en el mismo escenario de su primer triunfo militar, el cañón de Juchipila.

No me voy a detener en el comentario de la génesis de la novela (bien conocida[1]), ni de la falta aparente de estructura (en realidad, la novela dispone de una estructura fragmentaria y episódica, en parte debido a que fue compuesta por Azuela al calor de los hechos históricos). Además es posible percibir una clara estructura circular y un destacado dominio en el manejo de las técnicas y estructuras narrativas por parte del autor. Cabe poner de relieve, por ejemplo, la continua movilidad de los personajes, que lleva aparejada una gran agilidad narrativa, que dota a la novela de un ritmo casi cinematográfico: la sucesión rápida de los hechos sirve para ofrecer una visión, si no completa, al menos bastante panorámica de la Revolución. Por otra parte, la división de la novela en cuadros independientes es una forma adecuada para reflejar la realidad cambiante y palpitante que el escritor nos quiere transmitir. En fin, la figura de Demetrio es la que contribuye a estructurar la novela, al ser el hilo conductor que aglutina a su alrededor a los demás personajes y que une, por tanto, los distintos episodios de la trama argumental.


[1] Ver Stanley L. Robe, «La génesis de Los de abajo», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, pp. 153-184; y las palabras del propio escritor, «Cómo escribí Los de abajo», en el mismo volumen, pp. 279-280.

Lope de Vega y Cervantes (1)

Es interesante examinar en particular qué tipo de relación liga a Lope con otros grandes escritores de su tiempo, como son Cervantes, Tirso de Molina, Góngora y Calderón[1]. Comencemos examinando las relaciones con el autor del Quijote.

Cervantes y Lope de Vega

Entre Lope y Cervantes las cosas nunca estuvieron muy claras. Hay entre los dos una corriente subterránea, que aflora cuando se descuidan, de rivalidad, poco aprecio y algo de envidia mutua. Cervantes debió de ver con dolor y frustración que su propuesta teatral era ignorada por los autores y el público, mientras triunfaba la de Lope, que en el fondo siempre le pareció superficial y hasta disparatada. La lectura de algunos textos evidenciará sin necesidad de muchos comentarios este vaivén ambiguo de admiración y desprecio que se establece entre los dos genios. En el prólogo a las Ocho comedias y ocho entremeses incluye Cervantes este elogio para Lope, que parece forzado en el marco de la oposición de ambos estilos teatrales:

Compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese prueba de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; […] tuve otras cosas en que ocuparme; dejé la pluma y las comedias y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzose con la monarquía cómica: avasalló y puso debajo de su jurisdicción a todos los farsantes. Llenó el mundo de comedias propias, felices y bien razonadas, y tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos; y todas (que es una de las mayores cosas que puede decirse) las he visto representar, u oído decir, por lo menos, que se han representado…

Y en el Viaje del Parnaso lo llama poeta insigne:

Llovió otra nube al gran Lope de Vega,
poeta insigne a cuyo verso o prosa
ninguno le aventaja ni aun le llega.

Lope corresponde en el Laurel de Apolo, silva VIII:

… la fortuna envidiosa
hirió la mano de Miguel Cervantes,
pero su ingenio en versos de diamantes
los de plomo volvió con tanta gloria
que por dulces, sonoros y elegantes
dieron eternidad a su memoria…

Pero en una carta de agosto de 1604 a un amigo de Valladolid no es tan complaciente:

De poetas no digo: buen siglo es éste. Muchos están en cierne para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote. […] «A sátira me voy mi paso a paso»… cosa para mí más odiosa que mis librillos a Almendárez y mis comedias a Cervantes.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: el título

Los de abajo son Demetrio Macías y, con él, todos los hombres y mujeres del pueblo que hacen la Revolución: son los de abajo en el escalafón social. Luis Leal hace notar que «ya en Los fracasados el autor omnisciente se refiere a los de arriba… y los de abajo, frase que en 1915 utiliza como título de su nueva novela»[1]. Más adelante señala este crítico:

No hay que olvidar que el éxito de la novela es el resultado, en parte, del hallazgo de la imagen titular: Los de abajo. ¿Quiénes, en la novela, son los de abajo? En el capítulo tercero de la primera parte hay una escena en que los hombres de Demetrio están en lo alto del cañón y los federales abajo. Cuando éstos tratan de huir, Demetrio les grita a sus compañeros: «A los de abajo… A los de abajo». Pero no son estos «de abajo», en el sentido recto de la palabra, o los federales (carrancistas) a los que el título se refiere, sino a aquellos que se encuentran en el fondo de la escala social y económica, esto es, a los pobres, los desheredados como el Meco, Serapio el charamusquero, Antonio el que tocaba los platillos en la banda de Juchipila, la Codorniz, Camila, Pancracio, Anastasio Montañés, Venancio, la Pintada, el Manteca, el cojitranco y aun Demetrio —el protagonista de la novela—. Todos ellos luchan porque han sido objeto de alguna injusticia de parte de los de arriba, de los caciques, simbolizados en la figura de don Mónico, los hacendados y los curros, o sea la llamada gente decente. Al abrir la novela, los de abajo, con Demetrio como jefe, han decidido luchar contra las injusticias cometidas por los de arriba. La lucha es cruenta, los sufrimientos intolerables. ¿Y todo para qué? Todo para volver a quedar en el mismo lugar, abajo, al cabo de dos años de penalidades. Esta actitud de derrota, de fracaso, es uno de los elementos que mantienen vivo el interés de la novela y le dan valor permanente.

Existe otro momento en la novela que alude indirectamente al título, en su parte final (p. 208)[2]. En el mismo cañón en el que los hombres de Demetrio Macías sorprendieron a los federales al comienzo de su andadura revolucionaria son ahora sorprendidos ellos por los miembros de la facción enemiga. En aquella ocasión los de Demetrio estaban en la sierra y él podía gritar «A los de abajo». Ahora es al revés: ellos están en el fondo del cañón y los contrarios les disparan desde arriba; Demetrio ruge como una fiera: «¡A quitarles las alturas!»… pero no será posible. Todos morirán.

Los de abajo

Mónica Mansour concluye: «El juicio más importante del narrador, desarrollado a lo largo de la novela, es la crítica respecto de que los de arriba siempre se quedan arriba y los de abajo siempre están abajo, con o sin Revolución»[3]. Efectivamente, en próximas entradas insistiré en este punto, a saber, que, pese a la Revolución, los de abajo siempre van a seguir estando abajo.


[1] Luis Leal, «Los de abajo: lectura temática», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. 232.

[2] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[3] Mónica Mansour, «Cúspides inaccesibles», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. 273.

Lope de Vega y Ruiz de Alarcón

Juan Ruiz de Alarcón

Juan Ruiz de Alarcón es el blanco de numerosas sátiras en el Siglo de Oro, fácil por su condición de jorobado, que da pie a infinitas comparaciones burlescas[1]. Quevedo destaca en el ejercicio denigratorio, pero Lope no es mucho más misericordioso en la dedicatoria a Cristóbal Ferreira de Los españoles en Flandes, donde se refiere a los señalados por la naturaleza como gente de mala condición, perversa y mala; alusión a Ruiz de Alarcón ha de ser el ataque a los poetas ranas «en la figura y en el estrépito» y a los gibones envidiosos. Verdad es que Ruiz de Alarcón también le dirigió sus pullas al Fénix en Los pechos privilegiados, aludiendo a sus amoríos con Marta de Nevares:

Culpa a un viejo avellanado
tan verde que, al mismo tiempo
que está aforrado de martas,
anda haciendo madalenos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Los de abajo» de Mariano Azuela: un éxito tardío

Los de abajoUna de las primeras circunstancias que debemos notar es que Los de abajo fue un éxito tardío. La novela se publicó por primera vez en forma de folletín en 1915, en el periódico El Paso del Norte, de El Paso, Texas. Fueron veintitrés entregas aparecidas entre el 27 de octubre y el 21 de noviembre de ese año. Posteriormente fue editada varias veces en forma de libro[1], pero no llegaría a ser conocida por el público y valorada por la crítica hasta mediados los años 20. Se suelen recordar algunos datos curiosos: por ejemplo, los veinticinco dólares que cobró Azuela por la publicación de la novela en forma de folletín; o el hecho de que tan solo se vendieran cinco de los mil ejemplares tirados en la primera edición en forma de libro, la de 1916. Pero luego la situación cambió y se sucedieron las ediciones; además, en 1938 se llevó a cabo una segunda adaptación teatral de la obra (había habido otra anterior del propio autor); y en 1940 se filmó una película inspirada en Los de abajo.

El éxito le llegó a Los de abajo a raíz de una polémica literaria (en la que intervinieron críticos como José Corral Rigau, Julio Jiménez Rueda, Francisco Monterde, Víctor Salado Álvarez, Federico Gamboa, Salvador Novo y José Vasconcelos) iniciada en noviembre de 1924 a propósito de un debate sobre la existencia o no de una novelística mexicana viril. Mariano Azuela ya había publicado por entonces varios libros, y habían aparecido antes de esa fecha algunas ediciones de Los de abajo. Sin embargo, Azuela y su novela apenas eran conocidos. Fue necesaria esa polémica para valorar en su justa medida al autor y a su obra. No sin razón pudo titular Englekirk su trabajo El Descubrimiento de «Los de abajo»[2]. A partir de entonces, el éxito obtenido estuvo refrendado por las sucesivas reediciones y por la entrada de Azuela en el canon de los novelistas de la Revolución.


[1] Indico aquí las ediciones más importantes de aquellos años: 1915 (octubre-noviembre), en el periódico El Paso del Norte, con el subtítulo Cuadros y escenas de la revolución actual; 1916, Imprenta El Paso del Norte, Texas, ya en forma de libro, con el subtítulo Cuadros de la revolución mexicana; 1917, periódico El Mundo, Tampico, Tamaulipas; 1917, Editorial El Mundo, Tampico, Tamaulipas; 1920, Tipografía Razaster, México; 1925 (enero-febrero), en el periódico El Universal Ilustrado; 1927, Biblioteca Popular. Ediciones del Gobierno de Veracruz, Jalapa; 1927, Editorial Biblos, Madrid; 1928, primera traducción al francés (en Le Monde, noviembre-marzo); 1929, arreglo dramático de la novela; 1929, primera traducción al inglés, Brentanos, New York; 1930, Editorial Espasa-Calpe, Madrid. Por supuesto, la obra ha conocido numerosas ediciones posteriores y traducciones a otros idiomas, pero estas son las que me interesaba destacar ahora. Todas mis citas serán por la edición de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

[2] Ver John E. Englekirk, El Descubrimiento de «Los de abajo», México, Imprenta Universitaria, 1935.

Lope de Vega y Quevedo

Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo, exigente y mordaz, debió de respetar a Lope, aunque se despachó sin medida contra Montalbán, tan estrechamente ligado al Fénix[1]. De su amistad dan muestra los elogios mutuos que se dirigen. En una carta de enero de 1622 Lope trata a Quevedo de «gran don Francisco de Quevedo» («Oí un romance del gran don Francisco de Quevedo un día en que trataban desta materia con ingenioso estilo, diciendo que los calvos se reían de los teñidos, y los lampiños de los barbados, con otras cosas que fundaban bien las diferencias de las opiniones»). En el Laurel de Apolo la alabanza a Quevedo parece menos formularia que en otros casos:

Al docto don Francisco de Quevedo
llama por luz de tu ribera hermosa,
Lipsio de España en prosa
y Juvenal en verso,
con quien las musas no tuvieron miedo
de cuanto ingenio ilustra el universo
ni en competencia a Píndaro y Petronio
como dan sus escritos testimonio.
Espíritu agudísimo y süave,
dulce en las burlas y en las veras grave,
príncipe de los líricos que él solo
pudiera serlo si faltara Apolo.

Quevedo, por su parte, corresponde con otra serie de ditirambos, entre los que copiamos como ejemplos el soneto laudatorio a El peregrino en su patria y la aprobación a las Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos (otra aprobación la hizo Valvivielso):

Las fuerzas, Peregrino celebrado,
afrentará del tiempo y del olvido
el libro que, por tuyo, ha merecido
ser del uno y del otro respetado.

Con lazos de oro y yedra acompañado,
el laurel con tu frente está corrido
de ver que tus escritos han podido
hacer cortos los premios que te ha dado.

La envidia su verdugo y su tormento
hace del nombre que cantando cobras,
y con tu gloria su martirio crece.

Mas yo disculpo tal atrevimiento,
si con lo que ella muerde de tus obras
la boca, lengua y dientes enriquece.

Aprobación

Por mandado de los señores del Supremo Consejo de Castilla he visto este libro cuyo título es Rimas del Licenciado Tomé de Burguillos, escrito con donaires, sumamente entretenido sin culpar la gracia en malicia, ni mancharla con el asco de palabras viles, hazaña de que hasta agora no he visto que puedan blasonar otras tales sino éstas. El estilo es no solo decente, sino raro, en que la lengua castellana presume vitorias de la latina, bien parecido al que solamente ha florecido sin espinas en los escritos de Frey Lope Félix de Vega Carpio, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo bueno, prerrogativa que no ha concedido la fama a otro hombre. Son burlas que de tal suerte saben ser doctas y provechosas, que enseñan con el entretenimiento y entretienen con la enseñanza, y tales que he podido lograr la alabanza en ellas, no ejercitar la censura…

Más confusas y problemáticas o francamente negativas son las relaciones que tiene Lope con otros significados ingenios de su tiempo, como iremos viendo en las próximas entradas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Los de abajo», de Mariano Azuela, novela de la Revolución mexicana

De entre la producción literaria de Mariano Azuela, que engloba obras pertenecientes a los más variados géneros literarios, destaca especialmente su novela Los de abajo, que se publicó en 1915 en el folletín de un periódico texano, y como libro al año siguiente, en 1916. No obstante, el éxito le llegaría algo más tarde, en los años 20, y hoy la crítica considera que Los de abajo inicia ese ciclo de obras que conocemos bajo el marbete de la «novela de la Revolución mexicana», siendo la obra más importante del género, junto con El águila y la serpiente (1928) de Martín Luis Guzmán.

Los de abajo, de Mariano Azuela

La novela, que incorpora experiencias autobiográficas del autor, nos ofrece la visión que Azuela tuvo de la Revolución, contada desde la perspectiva de «los de abajo», de Demetrio Macías (el campesino convertido en jefe de una partida tras los atropellos cometidos en su persona y familia por el cacique local) y de todos los hombres y mujeres del pueblo llano que la hicieron. Demetrio Macías es un personaje altamente mitificado e identificado simbólicamente con el proceso de la Revolución, desde la esperanza de los primeros momentos hasta la desilusión final (subrayada por la muerte del caudillo y de toda su partida en la emboscada del cañón de Juchipila).

Lope de Vega, Guillén de Castro y Mira de Amescua

También de Guillén de Castro y de Antonio Mira de Amescua habla positivamente Lope de Vega[1]. Alaba en distintas cartas el ingenio de ambos, y en la silva II del Laurel de Apolo loa

el vivo ingenio, el rayo,
el espíritu ardiente
de don Guillén de Castro,
a quien de su ascendente
fue tan feliz el astro
que despreciando jaspe y alabastro
piden sus versos oro y bronce eterno.

Guillén de Castro

Y también la «inexhausta vena / de hermosos versos y conceptos llena» del doctor Mira de Amescua… de cuya comedia La rueda de la Fortuna se burla, sin embargo, en carta a Sessa de agosto de 1604, donde consigna algunas prácticas curiosas del público toledano, al que se le había prohibido silbar con escándalo, y que no pudiendo hacer ruidos con la boca, los hacía con el trasero:

… representa Morales; silba la gente; unos caballeros están presos porque eran la causa desto; pregonose en el patio que no pasase tal cosa, y así apretados los toledanos por no silbar, se peen, que para el alcalde mayor ha sido notable desacato, porque estaba este día sentado en el patio. Aplacó esto porque hizo La rueda de la Fortuna, comedia en que un rey aporrea a su mujer, y acuden muchos a llorar este paso, como si fuera posible.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La producción literaria de Mariano Azuela

La producción literaria de Mariano Azuela (1873-1952) puede agruparse en cinco apartados:

1) novelas (Francisco Monterde lo ha calificado de «novelista de voz irrefrenable»). Cuenta en este apartado con títulos como María Luisa (1907), Los fracasados (1908), Mala yerba (1909), Andrés Pérez, maderista (1911), Sin amor (1912), Los de abajo (1916), Los caciques (1917), Las moscas (1918), Domitilo quiere ser diputado (1918), Las tribulaciones de una familia decente (1919), El que la debe…, La Malhora (1923), El desquite (1925), La luciérnaga (1932), El camarada Pantoja (1937), San Gabriel de Valdivias, comunidad indígena (1938), Regina Landa (1939), Avanzada (1940), Nueva burguesía (1941), La marchanta (1944), La mujer domada (1946), Sendas perdidas (1949), La maldición (1955, póstuma), Esa sangre (1956, póstuma);

2) cuentos («Impresiones de un estudiante», «De mi tierra», «Víctimas de la opulencia», «En derrota», «Avichuelos negros», «De cómo al fin lloró Juan Pablo», «El jurado», «El caso López Romero», «Paisajes de mi barrio», «Un rebelde», «José María», «La nostalgia de mi coronel», «Anuncios a línea desplegada», «Era un hombre honrado», «Petro», «Mi amigo Alberto», «¡Tal será la voluntad de Dios!»…);

3) piezas teatrales (Los de abajo, El búho en la noche, Del Llano hermanos, s. en c.);

4) biografías (Pedro Moreno, el insurgente, Precursores, El Padre don Agustín Rivera, Madero, biografía novelada);

y 5) ensayos y conferencias: Esbozo, Pinceladas, Cien años de novela mexicana, Algo sobre la novela mexicana contemporánea, Divagaciones literarias, Letras de provincia, Grandes novelistas, El novelista y su ambiente, Registro, Páginas íntimas, Miscelánea.

Mariano Azuela

Las Obras completas de Mariano Azuela aparecieron publicadas a cargo de Francisco Monterde[1] en tres volúmenes, los años 1958 (vols. I y II) y 1960 (vol. III).


[1] Este crítico ha resumido la evolución de Azuela, tanto en lo que toca a los estilos como a los diversos géneros a los que se acercó: «Partió del artículo, de la nota, del ensayo periodístico (para volver a él en sus últimos años) y, a través del cuento, entró en los confines de la novela corta y la novela: regional, costumbrista primero. En tal parcela, explorada por él en sucesivos tramos, se hallará cuando el estallido de la Revolución, que sorprende a otros novelistas nuestros mientras estaban desprevenidos, a él lo confirme en su vocación definitiva. Después vendrán —tras las presiones y reacciones, en la etapa de hermetismo— la evasión al pasado, por inconformidad con el presente, y las fugas transitorias hacia otros géneros: biografía y crítica, que incluye la autocrítica de sus obras, artículos, conferencias, teatro… Pero la constancia literaria, dentro de esas justificadas fluctuaciones, seguiría siendo la novela, porque en ella, al placer de crear caracteres, se unía la satisfacción de dar cauce libremente a sus discrepancias de la actualidad por él vivida» (Francisco Monterde, introducción a Mariano Azuela, Obras completas, México, Fondo de Cultura Económica, 1958, vol. I, pp. XX-XXI). Para Los de abajo es interesante la documentación reunida en Luis Leal, Mariano Azuela: el hombre, el médico, el novelista, selección y prólogo de …, México D. F., CONACULTA, 2001, vol. I, pp. 168-355.