La teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica (y 6)

En definitiva, el Ensayo sobre la novela histórica de Amado Alonso constituye, como ya señalaba en una entrada anterior, una de las principales aportaciones teóricas al análisis de este peculiar subgénero narrativo y, evidentemente, en sus páginas se recogen otros planteamientos valiosos: ideas sobre la relación entre tragedia, epopeya y novela; una breve «Historia de la novela histórica» (pp. 53-72)[1], con especial atención a las obras de Walter Scott; apuntes sobre los momentos de crisis del género, etc.

Walter Scott

En estas entradas solamente pretendía presentar de forma quintaesenciada sus principales aportaciones teóricas, como la pareja de dicotomías historia / arqueología e historia / poesía, su concepto de «perspectiva de monumentalidad» o su visión del subgénero como posible cristalización entrañable de un modo excepcionalmente valioso de sentir la vida; conceptos e ideas que, pese a su ya lejana formulación en 1942, siguen teniendo todavía plena vigencia a la hora de analizar las producciones que se engloban bajo la etiqueta general de «novela histórica».


[1] Cito por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro»,Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

Lope de Vega y el mecenazgo (1): introducción

El caso de Lope en relación con el fenómeno del mecenazgo es uno de los más significativos de su época[1]. Aunque sus ingresos no parecen escasos, sus gastos eran más. Pérez de Montalbán, en la Fama póstuma, habla de las economías de Lope con tonos admirativos:

Fue el poeta más rico y más pobre de nuestros tiempos. Más rico porque las dádivas de los señores y particulares llegan a diez mil ducados; lo que le valieron las comedias, contadas a quinientos reales, ochenta mil ducados; los autos seis mil; la ganancia de las impresiones mil y seiscientos, y los dotes de entrambos matrimonios siete mil, que hacen más de cien mil ducados, fuera de doscientos y cincuenta de que le hizo merced su majestad en una pensión de Galicia […] sin otras liberalidades secretas de tanta cantidad, que hablando una vez el mismo Lope de las finezas del duque, su señor, aseguró que le había dado en el discurso de su vida veinticuatro mil ducados en dinero…

Monedas

Sin embargo, a juzgar por las quejas que disemina el poeta, en bastantes ocasiones sufrió dificultades, seguramente exageradas para provocar la generosidad de sus mecenas. Se vislumbra, además del objetivo de conseguir beneficios materiales y respaldo social, una fascinación de Lope por el mundo aristocrático, que en el caso de sus relaciones con el duque de Sessa derivan a un tono de verdadera autohumillación.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica (5)

Una segunda dicotomía en la teoría alonsiana sobre la novela histórica es la que enfrenta historia y poesía. Ya desde el principio de su formulación teórica insiste Alonso en que «por ningún lado que se le mire se le puede negar a la Historia la calidad de idóneo material poético» (p. 10)[1], aunque reconoce que hay diferencias entre historia y poesía: «La historia quiere explicarse los sucesos, observándolos críticamente desde fuera y cosiéndolos con un hilo de comprensión intelectual; la poesía quiere vivirlos desde dentro, creando en sus actores una vida auténticamente valedera como vida» (p. 18).

Dicho de otra forma, lo que el historiador profundo intuye son relaciones entre acciones y sucesos, mientras que el poeta capta la presencia del vivir personal. En este sentido, las infidelidades históricas que encontramos en algunas novelas de este tipo no son un defecto, sino un carácter constitutivo del género. Más adelante indica que «no hay novela histórica de alguna importancia a la que no se hayan reprochado fallas eruditas» (p. 87), pero ello es así por dos razones: la primera, porque el novelista no está escribiendo un tratado histórico en el que tenga la obligación de atenerse a la verdad con exactitud y rigor científico, sino haciendo literatura, esto es, creando una obra de ficción en la que le están permitidas ciertas licencias poéticas; la segunda, porque al autor le resulta imposible situarse completamente en el pasado, ya que no puede abandonar su perspectiva actual:

Jamás nos ofrecen los novelistas una vida pretérita funcionando otra vez según su propia regulación, jamás se instalan los autores de las novelas históricas dentro de la vida que nos quieren cinematografiar, sino que la ven desde su lejano hoy, interviniéndola permanentemente con criterios de actualidad. No, no es el funcionamiento veraz de un modo pretérito de vida lo que podemos exigir a estos autores, sino su visión actual de aquel pretérito vivir (p. 157).

Eso explica que las novelas históricas no puedan prescindir de los anacronismos, que son debidos a lo que él denomina «perspectiva de monumentalidad». Cedámosle de nuevo la palabra:

Esas insinuantes valoraciones actuales se manifiestan en el adjetivo elegido, en el aspecto elaborado, en el detalle subrayado, en el tono de aceptación o repulsa que la prestación lleva, en la red de cómos y de porqués del agrado o desagrado que lo referido nos va causando, etc. Y a esto es a lo que llamamos sentimiento y perspectiva de monumentalidad, porque la materia histórica elegida se ve en junto alejada del autor, ella allá, en su tiempo remoto, y él acá, en su hoy (pp. 166-167).

Así pues, los anacronismos conscientes —los buscados por el novelista, no los que se deben a su falta de información o a la escasa calidad de la misma— no constituyen un defecto; mas bien sucede lo contrario: esa perspectiva es fuente de placer estético, porque la lejanía de la vida que se presenta hiere favorablemente la imaginación del lector y provoca su emoción (cfr. p. 168).

En suma, la novela histórica renuncia a veces a la creación poética de vidas particulares para dedicarse a las genéricas y a los ambientes culturales (arqueología, no historia); pero es también perfectamente capaz de ese aspecto de la poesía narrativa que consiste en la «manifestación sugestivamente contagiosa de un modo de ver y sentir el mundo y la vida que se nos impone como universalmente valioso» (p. 30). La novela histórica puede alcanzar cotas de «altísima poesía», siempre y cuando el afán reconstructor o arqueologista del escritor no eche por tierra ese propósito. En fin, integrando los tres conceptos fundamentales de la teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica, tendríamos que en este tipo de obras, la historia no es necesariamente un estorbo para la poesía, pero la arqueología: cuanta más arqueología se busque, menos poesía entrará en una novela histórica.


[1] Cito por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro»,Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

El mecenazgo en tiempos de Lope de Vega (y 3)

Una modalidad más estricta de mecenazgo es la que consiste en aceptar a un escritor como secretario o servidor, con puesto fijo en nómina (meta que no resulta siempre fácil de conseguir a los escritores)[1]. La relación de ingenios auriseculares que ejercieron de secretarios de nobles sería larga: Luis Vélez de Guevara mantiene una constante vinculación a la nobleza (sirve al cardenal don Rodrigo de Castro, arzobispo de Sevilla, y luego al conde de Saldaña) que se manifiesta en el tratamiento y selección de asuntos de sus comedias, igualmente vinculados a esa aristocracia a la que sirve. Antonio de Solís fue secretario del conde de Oropesa. El poeta Pedro de Espinosa sirve al duque de Medina Sidonia en Sanlúcar de Barrameda, a quien dedica su principal poesía panegírica. Gabriel Bocángel fue bibliotecario del cardenal infante don Fernando de Austria. Al conde-duque de Olivares debe Francisco de Rioja los nombramientos de Cronista de Su Majestad y Bibliotecario Real, así como varios beneficios de capellanías diversas.

Los hermanos Argensola

En cuanto a los hermanos Argensola, su buena relación con la aristocracia de su tiempo es proverbial: Lupercio Leonardo sirve como secretario a don Fernando de Aragón, duque de Villahermosa, y más tarde (en 1610) acompaña, también en calidad de secretario, al conde de Lemos, que parte al virreinato de Nápoles, donde forma una corte literaria en la que entran Mira de Amescua, Barrionuevo y otros poetas. A los mismos señores sirve su hermano Bartolomé Leonardo… Muchos otros siguen parecidas trayectorias, con mejor o peor fortuna, en las casas de los nobles.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica (4)

Amado Alonso se detiene bastante (pp. 88-126)[1] en recordar las opiniones de Alessandro Manzoni sobre las obras de tipo histórico. El autor de I Promessi Sposi (Los novios), en su Carta sobre las unidades dramáticas, hizo una brillante apología del drama histórico, que será mejor cuanto más fiel sea a la historia.

Retrato de Alessandro Manzoni, por Giuseppe Molteni

Pero más tarde, en otro ensayo teórico[2], condenó como género contradictorio toda mezcla de historia y ficción. Para Manzoni, la novela histórica tiene que fracasar necesariamente como historia y como literatura, pues ambos elementos se estorban recíprocamente: la novela histórica fracasa como historia por su parte novelesca; y queda arruinada como novela precisamente por su contenido histórico. Alonso no está de acuerdo con esto, y la mejor prueba que presenta para contradecir al escritor italiano es su propia obra Los novios, que es una de las novelas históricas que alcanza mayores cotas de poesía.


[1] Cito por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

[2] Alejandro Manzoni, De la novela histórica y, en general, de las composiciones mezcla de historia y de ficción, trad. de Federico Baráibar y Zumárraga publicada en el tomo CLI de la Biblioteca Clásica, Madrid, 1891, pp. 267-340.

El mecenazgo en tiempos de Lope de Vega (2)

El fenómeno más característico de la relación literatura-nobleza es sin duda el del mecenazgo, fenómeno nada nuevo, pero que en el Siglo de Oro conoce una expansión extraordinaria[1].

Portada de la Primera parte del Quijote, dedicada al duque de Béjar

Quizá la manifestación más superficial del mecenazgo es la constituida por las omnipresentes dedicatorias de libros que los escritores enderezan a los nobles, generalmente para conseguir poco más que los gastos de impresión o como muestra de deferencia, pleitesía u ofrecimiento de servicios. Para el duque de Béjar va la Primera parte del Quijote, y para el conde de Lemos la segunda, las Novelas ejemplares y el Persiles; al duque de Uceda dedica las Tardes entretenidas Castillo Solórzano, cuya Huerta de Valencia se ofrece al marqués de Molina, don Pedro Fajardo; Quevedo dedica al conde de Lemos el Sueño del Juicio final y El alguacil endemoniado; en el Sueño del infierno redacta una dedicatoria irónica «Al ingrato y desconocido lector», pero El mundo por de dentro se dirige al duque de Osuna… La lista sería, claro está, inacabable.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica (3)

Una de las aportaciones fundamentales de la teoría de Amado Alonso tiene que ver con esto que acabo de exponer; me refiero a su formulación de la dicotomía historia / arqueología. Con el término historia se refiere a un proceso, a una sucesión de acciones que entran en la novela, en tanto que la arqueología vendría a ser el estudio de un estado socio-cultural, es decir, del marco o medio histórico en que se sitúan esas acciones. Veámoslo con sus propias palabras:

Vamos a llamar historia a la sucesión de acciones que en su eslabonamiento forman una figura móvil con unidad de sentido; y vamos a llamar arqueología al estudio de un estado social y cultural con todos sus particularismos de época y de país, y cuyo sentido y coherencia no está en la sucesión sino en la coexistencia y en la recíproca condicionalidad de sus elementos: instituciones, costumbres, técnicas, viviendas, indumentaria, alimentación, instrumental, etc. También le interesa a la arqueología el hacer humano, pero no lo individualizable, sino lo despersonalizado, lo genérico al hombre de una época en un país, de modo que, aunque es un hacer que transcurre, se puede considerar como un estado por lo que tiene de habitual y genérico. Se le suele llamar «el espíritu de una época”» (pp. 12-13)[1].

Como vemos, la arqueología es lo que se ha llamado también «el color local», aquel con el que los grandes novelistas históricos (Walter Scott, creador del género; el propio Navarro Villoslada, por citar un ejemplo cercano; Flaubert, con su Salammbô, etc.) consiguen en sus obras una impresión de verdad o, cuando menos, de verosimilitud, «resucitando» ante nuestros ojos la época en que se desarrolla la acción. A ese esfuerzo del novelista por presentarnos de forma viva el retrato íntimo, no superficial, de una época pasada lo he llamado en otra ocasión «reconstrucción arqueológica»[2].

Episodios Nacionales, de GaldósEn una novela histórica —siguiendo con la teoría de Amado Alonso— pueden entrar, en distintas proporciones, lo histórico y lo arqueológico. Ahora bien, cuanto mayor sea la actitud arqueologista, cuanto más se persiga la fidelidad histórica, menos posibilidades habrá para que pueda cristalizar en la novela el elemento poético, pues la arqueología ahoga su posible valor universal. Eso es lo que sucede, según nuestro crítico, con la novela histórica de corte realista, con acciones menos alejadas en el tiempo (recuérdense, por ejemplo, los Episodios Nacionales de Pérez Galdós), que por su deseo de desarrollar al máximo el carácter documental y verista de este subgénero narrativo produjo el descarrío y posterior abandono del mismo (cfr. p. 144). En cambio, la anterior novela romántica, que buscó sus argumentos en épocas lejanas en parte para suscitar la emoción y la actitud evasiva de los lectores, permitió igualmente a sus cultivadores dejar volar su fantasía e imaginación: los autores novelaban sobre tiempos remotos, en un momento en que la historiografía no estaba tan desarrollada como ahora, y eran mayores las libertades que se podían permitir en sus novelas, mezclando con hechos históricos otros pertenecientes a la tradición o a la pura leyenda (un ejemplo señero de esto sería Amaya). En la novela histórica romántica, la verdad novelesca triunfa siempre sobre la verdad histórica.

En definitiva, la «arqueología» no constituye un material adecuado para la construcción novelesca, pero la «historia» sí que resulta apropiada para dicho fin; explica el de Lerín que

como hacer de hombres, la historia es una materia favorable para la forma poética, tanto si pensamos en la creación de vidas particulares henchidas de sentido, como en la manifestación de una visión de la vida, de base afectivo-estimativa, que se nos impone como excepcionalmente valiosa. La arqueología, no. Se puede describir artísticamente, virtuosistamente también, un estado arqueológico. Podrán hacerse sobre él consideraciones de alto valor filosófico. Pero esta creación de concretísima vida personal, privilegio de la poesía en la tragedia, en la epopeya y en la novela, no puede hacerse sobre un material arqueológico (p. 21).


[1] Cito por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

[2] Cfr. Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, pp. 269 y ss.

El mecenazgo en tiempos de Lope de Vega (1)

El cortesano, de Luis Milán

Las relaciones entre nobleza y literatura durante la época de Lope de Vega son de enorme intensidad[1]. Es una sociedad refinada, suntuosa, que propicia la actividad artística y las exhibiciones espectaculares. Un ejemplo significativo, todavía en el siglo XVI, es el de la corte virreinal valenciana, inmersa en un ambiente poético, festivo y teatral, con influencias italianas, que se entretiene con fiestas, tertulias y academias literarias, certámenes y debates, danzas y máscaras, torneos y representaciones, como refleja, por ejemplo, El cortesano. Libro de motes de damas y caballeros de Luis Milán, publicado en la misma ciudad en 1561.

El noble aprecia la literatura, se convierte en su protagonista, emplea al escritor para su mayor lustre y gloria, lo protege y utiliza.

Debajo de cada noble importante hay un poeta a su servicio, que depende en muchas ocasiones para su supervivencia de la protección de su patrón, la cual debe propiciarse con su trabajo literario.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica (2)

LibrosEn principio, todos tenemos una idea más o menos clara de qué es una novela histórica: aquella que, sin dejar de ser fundamentalmente una narración ficticia, incluye en su construcción una serie de datos y personajes históricos y que, en determinados casos, plantea además la reconstrucción de una época pasada. En consecuencia, todos sabemos a priori si a una determinada novela le podemos aplicar o no el calificativo de histórica. Ahora bien, las cosas no resultan tan sencillas cuando se intenta definir el subgénero novela histórica y fijar sus características peculiares: en efecto, la unión de elementos ficticios (inventados) sobre un fondo pasado histórico (real) da lugar a producciones diversas, según las proporciones y la intencionalidad con que ambos ingredientes se mezclen. Varios críticos —por ejemplo, Ortega y Gasset en sus Ideas sobre la novela— han discutido e incluso negado la existencia de la novela histórica como un subgénero narrativo independiente, con unas estructuras propias distintas de las de otro tipo de novelas. E incluso quienes aceptan su existencia expresan su opinión de que no basta con que el argumento de una novela suceda en un tiempo pasado, por lejano que sea, para que pueda apellidarse histórica. En palabras de Solís Llorente: «Debe haber una intención en el autor de presentar una época, de aprovechar la ambientación de la novela para dar a conocer la realidad histórica de un momento determinado»[1].

Así pues, para que una novela sea verdaderamente histórica debe reconstruir, o al menos intentar reconstruir, la época en que sitúa su acción. Eso mismo es lo que opina Amado Alonso, en unas palabras que vienen a ser una definición del subgénero:

En este sentido, novela histórica no es sin más la que narra o describe hechos y cosas ocurridos o existentes, ni siquiera —como se suele aceptar convencionalmente— la que narra cosas referentes a la vida pública de un pueblo, sino específicamente aquella que se propone reconstruir un modo de vida pretérito y ofrecerlo como pretérito, en su lejanía, con los especiales sentimientos que despierta en nosotros la monumentalidad (pp. 143-144)[2].

Sin embargo, aquí radica uno de los principales peligros de la novela histórica: por su propia naturaleza, la novela histórica es un género híbrido, mezcla de invención y de realidad. Por un lado, le exigimos a este tipo de obras la reconstrucción de un pasado histórico más o menos remoto, para lo cual el autor debe acarrear una serie de materiales no ficticios; la presencia en la novela de este andamiaje histórico servirá para mostrarnos los modos de vida, las costumbres y, en general, todas las circunstancias necesarias para nuestra mejor comprensión de aquel ayer. Pero, a la vez, el autor no debe olvidar que en su obra todo ese elemento histórico es lo adjetivo, y que lo sustantivo es la novela. Por consiguiente, la dificultad mayor para el novelista histórico estará en encontrar un equilibrio entre el elemento histórico y el elemento ficcional, sin que uno de los dos aspectos ahogue al otro. Si peca por exceso en su labor reconstructora del pasado, la novela dejará de serlo para convertirse en una erudita historia anovelada; por el contrario, si peca por defecto, entonces será histórica únicamente de nombre, por situar su acción en el pasado y por introducir unos temas y unos personajes pseudohistóricos.


[1] Ramón Solís Llorente, Génesis de una novela histórica, Ceuta, Instituto Nacional de Enseñanza Media, 1964, p. 41. Véase además Kurt Spang, «Apuntes para una definición de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 65-114.

[2] Cito por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

El soneto «A la rosa» de Antonio de Solís

Este texto, que se presenta con el subtítulo de «Moralidad burlesca», nos ofrece una versión paródica del tópico de la brevedad de la rosa. En efecto, cuando un tema literario se ha gastado, por su excesiva reiteración, una de las formas de renovarlo, de lograr cierta originalidad, consiste precisamente en buscar su revés burlesco, que es lo que hace aquí Solís: dejando de lado el juego de palabras del primer cuarteto basado en la dilogía de botones (los ʽcapullos de las rosasʼ, las ʽflores todavía cerradasʼ y ʽlas piezas pequeñas para abrochar los vestidosʼ), que se actualiza a su vez por la derivación hojas / ojales, las connotaciones humorísticas se concentran en los dos tercetos, en los que se expresan los distintos (y siempre negativos) posibles destinos de la rosa; culminado todo ello, a modo de epifonema jocoso, con el decimocuarto verso: «Si esto es ser rosa, ¡el diablo que sea rosa!».

Monos oliendo una rosa

Viene abril y ¿qué hace? En dos razones
viste a un rosal de hojas, que ha tejido,
y luego toma y dice: «Este vestido
tiene ojales; pues démosle botones».

Dáselos, y los rompen a empujones
las hormillas, que el tiempo ha colorido,
ascuas hoy que la púrpura ha encendido
de los que eran ayer verdes carbones.

Nace la rosa, pues, y apenas deja
el botón, cuando un lodo la salpica,
un viento la sacude, otro la acosa,

ájala un lindo, huélela una vieja,
y al fin viene a parar en la botica.
Si esto es ser rosa, ¡el diablo que sea rosa![1].


[1] Cito por Varias poesías sagradas y profanas que dejó escritas (aunque no juntas ni retocadas) don Antonio de Solís y Ribadeneyra…, recogidas y dadas a luz por don Juan de Goyeneche…, en Madrid, por Manuel Fernández, 1732, p. 61.