Producción literaria de Navarro Villoslada (1)

En el terreno de la literatura, Francisco Navarro Villoslada[1] es conocido fundamentalmente como novelista histórico, autor de Doña Blanca de Navarra (1847), Doña Urraca de Castilla (1849) y Amaya o Los vascos en el siglo VIII (1879). Las tres novelas se ambientan en momentos conflictivos de la historia: en la primera, como luego veremos con más detalle, describe la lucha de bandos en Navarra en el siglo XV; Doña Urraca de Castilla, cuya acción ocurre en Santiago de Compostela en el siglo XII, plantea el enfrentamiento entre ciertos nobles gallegos, la reina de Castilla y León y el obispo Diego Gelmírez; la trama de Amaya, en fin, se sitúa en torno al año 711, poco después de la conquista musulmana, y expone la unión de godos y vascones, tras varios siglos de encarnizada lucha, para defender la religión católica frente al enemigo común, el Islam.

Sin embargo, nuestro autor se acercó, con mayor o menor dedicación y acierto, a muchos otros géneros literarios dentro de la narrativa, la lírica y la dramática[1]. En primer lugar, conviene recordar que escribió algunas novelas no históricas. La primera, El Ante-Cristo (1845), es una narración folletinesca (género de moda en aquellos años), que quedó sin concluir por la quiebra de El Español, periódico en cuyas páginas iba saliendo. Las dos hermanas (también de 1845) es otra obra del mismo estilo, repleta de episodios inverosímiles, en la que no faltan los consabidos amores ideales ni la presencia de un malvado «villano» perseguidor de una de las dos inocentes jóvenes protagonistas. Historia de muchos Pepes (publicada en 1879 en el folletín de El Fénix), mejor escrita y adornada con abundantes rasgos humorísticos, es una novela pseudo-autobiográfica, por reflejar el ambiente de los círculos literarios y periodísticos madrileños de mitad de siglo, que tan bien conocía el autor. Está narrada en primera persona, por boca de Pepe Gil, un personaje que tiene mucho de pícaro, ya que con su astucia intentar medrar a costa de los demás; pero, finalmente, recibe un merecido castigo, quedando desacreditado a los ojos de la sociedad.

Castillo de Marcilla (Navarra)Navarro Villoslada es también autor de numerosos relatos, algunos de los cuales están en la frontera entre el artículo de costumbres y el cuento («Un hombre arruinado», «Hacer negocios», «Un hombre público»). Otros, en cambio, pueden denominarse cuentos con toda propiedad («Mi vecina», «Aventuras de un filarmónico», «El remedio del amor» o «La luna de enero», divertida burla de los excesos románticos). También escribió dos leyendas históricas, ambas de ambiente navarro: «La muerte de César Borja» (ocurrida en 1507 en las cercanías de Viana) y «El castillo de Marcilla» (sobre la defensa de esa fortaleza por doña Ana de Velasco al producirse la conquista castellana).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Lengua y estilo en el «Quijote» (2)

En el extremo contrario de los registros del Quijote, debemos mencionar la lengua de germanía (el lenguaje típico o argot de los delincuentes), que aparece por ejemplo en el encuentro con los galeotes; y, sobre todo, el lenguaje vulgar, encarnado fundamentalmente en el hablar de Sancho Panza y caracterizado, de forma muy especial, por sus innumerables refranes que va ensartando uno detrás de otro y que le sirven para dar expresión al saber popular[1].

Refranes de Sancho Panza

En efecto, los refranes del Quijote están puestos sobre todo en boca de Sancho, pero también don Quijote y otros personajes los emplean[2]. De los muchos pasajes de la novela en que se introducen refranes[3] o se reflexiona sobre su empleo, podemos destacar este de I, 21, en que el hidalgo comenta:

—Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas (p. 223).

Lo que molesta a don Quijote no es que su escudero utilice refranes, sino que los meta en la conversación sin venir a cuento. Esa idea, expresada en I, 25, se reitera en II, 10, cuando don Quijote lo envía en embajada al Toboso:

—Yo iré y volveré presto —dijo Sancho—; y ensanche vuestra merced, señor mío, ese corazoncillo, que le debe de tener agora no mayor que una avellana, y que donde hay tocinos, no hay estacas; y también se dice: donde no piensa, salta la liebre […].

—Por cierto, Sancho —dijo don Quijote—, que siempre traes tus refranes tan a pelo de lo que tratamos cuando me dé Dios mejor ventura en lo que deseamos (p. 701).

En II, 30, cuando don Quijote lo manda a presentarse ante la gallarda señora que, en traje de cazadora, viene montada sobre un palafrén, Sancho encaja dos refranes nada más decir que no los va a emplear:

—Y mira, Sancho, cómo hablas, y ten cuenta de no encajar algún refrán de los tuyos en tu embajada.

—¡Hallado os le habéis al encajador! —respondió Sancho—. ¡A mí con eso! ¡Sí, que no es ésta la primera vez que he llevado embajadas a altas y crecidas señoras en esta vida!

—Si no fue la que llevaste a la señora Dulcinea —replicó don Quijote—, yo no sé que hayas llevado otra, a lo menos en mi poder.

—Así es verdad —respondió Sancho—; pero al buen pagador no le duelen prendas, y en casa llena presto se guisa la cena, quiero decir que a mí no hay que decirme ni advertirme de nada, que para todo tengo y de todo se me alcanza un poco (p. 875).

Y, en fin, este otro pasaje de II, 43, cuando don Quijote da consejos a Sancho antes de que acuda al gobierno de la ínsula Barataria:

—También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles; que puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias.

—Eso Dios lo puede remediar —respondió Sancho—, porque sé más refranes que un libro, y viénenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que riñen por salir unos con otros; pero la lengua va arrojando los primeros que encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo tendré cuenta de aquí adelante de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena presto se guisa la cena, y quien destaja no baraja, y a buen salvo está el que repica, y el dar y el tener seso ha menester.

—¡Eso sí, Sancho! —dijo don Quijote—. ¡Encaja, ensarta, enhila refranes, que nadie te va a la mano! ¡Castígame mi madre, y yo trómpogelas! Estoyte diciendo que escuses refranes, y en un instante has echado aquí una letanía dellos que así cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de Úbeda. Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal un refrán traído a propósito; pero cargar y ensartar refranes a troche moche hace la plática desmayada y baja (pp. 974-975).

Diálogo que se completa algo más adelante:

—Y siendo yo gobernador, que es más que ser alcalde, ¡llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y calóñenme, que vendrán por lana y volverán trasquilados, y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe, y las necedades del rico por sentencias pasan en el mundo, y siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que se me parezca. No, sino haceos miel, y paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía mi agüela, y del hombre arraigado no te verás vengado.

—¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho! —dijo a esta sazón don Quijote—. ¡Sesenta mil satanases te lleven a ti y a tus refranes! Una hora ha que los estás ensartando y dándome con cada uno tragos de tormento. Yo te aseguro que estos refranes te han de llevar un día a la horca, por ellos te han de quitar el gobierno tus vasallos o ha de haber entre ellos comunidades. Dime, ¿dónde los hallas, ignorante, o cómo los aplicas, mentecato? Que para decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase.

—Por Dios, señor nuestro amo —replicó Sancho—, que vuesa merced se queja de muy pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro que venían aquí pintiparados, o como peras en tabaque, pero no los diré, porque al buen callar llaman Sancho (pp. 976-977).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.  Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998. Como estudios de conjunto sobre este tema, ver los trabajos clásicos de Ángel Rosenblat, La lengua del «Quijote», Madrid, Gredos, 1971; y de Helmut Hatzfeld, El «Quijote» como obra de arte del lenguaje, Madrid, CSIC, 1972.

[2] La afición a los refranes y frases proverbiales no era exclusiva del pueblo bajo; en el Renacimiento también gustaban de ellos las clases cultas y es un momento en que se publican distintas recopilaciones de materiales parémicos.

[3] Para los refranes del Quijote se puede remitir, entre la abundante bibliografía existente, al apéndice «Los refranes del Quijote», en Don Quijote de la Mancha, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Gredos, 1987, vol. III, pp. 324-328, donde ofrece un listado completo; y también a los trabajos de María Cecilia Colombí, Los refranes en el «Quijote»: texto y contexto, Potomac (Maryland), Scripta Humanistica, 1989, y de Jesús María Ruiz Villamor y Juan Manuel Sánchez Miguel, Refranero popular manchego y los refranes del «Quijote», 2.ª ed., Ciudad Real, Diputación de Ciudad Real (Área de Cultura), 1999.

Últimos años de Navarro Villoslada

Acabada la guerra en 1876, Francisco Navarro Villoslada[1]  se había negado a participar en la reorganización del partido carlista, alegando su precario estado de salud. Pero en 1885, al morir Nocedal padre, acepta el nombramiento como jefe de la Comunión Tradicionalista de España para ser el representante de don Carlos en Madrid. Trata de poner orden en la dividida prensa tradicionalista, enzarzada entonces en numerosas polémicas, pero algunos sectores le dirigen durísimos ataques (acusándole incluso de desertor y traidor al carlismo). Nuevamente desilusionado con la política, renuncia definitivamente a sus cargos y se retira, ahora sí, a Viana. En 1894 participa en la campaña contra las medidas fiscales anunciadas para Navarra por el ministro de Hacienda, Germán Gamazo, escribiendo unas pocas líneas para el número único de Navarra Ilustrada. Sería su última intervención en un asunto público.

Monumento a Navarro Villoslada en Pamplona

Al año siguiente, el día 29 de agosto, moría en la misma ciudad que le viera nacer, rodeado de su familia. A su funeral y entierro acudió el Ayuntamiento de Viana en pleno. Más tarde llegarían otros homenajes: la celebración del Centenario de su nacimiento en 1918, con la colocación de la placa conmemorativa en su casa natal en que se recuerda al «cantor de la raza vasca», la erección de un monumento en Pamplona, a la entrada de los Jardines de la Taconera, y la publicación de un número especial de La Avalancha; la dedicatoria de calles (Navarro Villoslada, Amaya) y de un Instituto de Bachillerato; la celebración del 150 Aniversario de su nacimiento en 1968 (al que se sumó la revista Pregón); y después, en 1995, el Centenario de su muerte, con diversos actos con los que se quiso honrar su memoria.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Lengua y estilo en el «Quijote» (1)

El Quijote, novela escrita en un lenguaje que ha sido calificado como natural y sencillo, constituye la cumbre de la prosa literaria española[1]. Cervantes se muestra, en efecto, poseedor de una enorme riqueza idiomática y estilística. Su vida y su quehacer literario se sitúan en una encrucijada de épocas (y también de ideas, mentalidades, valores y estilos artísticos). Ya vimos en otras entradas que Cervantes es un hombre del siglo XVI cuya producción literaria se da mayoritariamente en el XVII. De ahí que la crítica haya dudado a la hora de clasificarlo como escritor renacentista, manierista o barroco. Además, no olvidemos que su obra literaria tiene mucho de síntesis —síntesis certera— de diversos géneros y tendencias literarias.

El Quijote como obra de arte del lenguaje, de Helmut Hatzfeld

En aquella época, los escritores utilizaban distintos estilos y registros lingüísticos: el sublime (habitual en los géneros más prestigiosos y propio de los personajes nobles), el medio y el bajo (correspondiente a los géneros menores y a los personajes más populares, que se expresan con un habla coloquial). Todos estos registros están presentes en el Quijote, cuya característica más notable es precisamente la variedad de hablas y estilos.

Tenemos, por un lado, el lenguaje del discurso narrativo. Tenemos también el lenguaje elevado de los grandes parlamentos de don Quijote, sin olvidar su fabla caballeresca y arcaizante, que aparece ligada al relato de sus aventuras. Este lenguaje medievalizante supone una burla del estilo caballeresco (vemos, pues, la parodia llevada al terreno lingüístico; por ejemplo, en el célebre pasaje de I, 1 en que el narrador alude al estilo intrincado de Feliciano de Silva: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura», p. 38), que a su vez es parodiado por otros personajes cuando lo utilizan para dirigirse burlescamente a don Quijote. Por otra parte, encontramos el lenguaje elevado correspondiente a los episodios pastoriles, donde los personajes se expresan en parlamentos amorosos plagados de conceptos neoplatónicos e imágenes petrarquistas.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.  Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998. Como estudios de conjunto sobre este tema, ver los trabajos clásicos de Ángel Rosenblat, La lengua del «Quijote», Madrid, Gredos, 1971; y de Helmut Hatzfeld, El «Quijote» como obra de arte del lenguaje, Madrid, CSIC, 1972.

Navarro Villoslada vuelve a la literatura

Entre 1872 (en abril estalla de nuevo la guerra carlista) y 1885 Francisco Navarro Villoslada[1] vive unos «años oscuros». Tradicionalmente se venía diciendo que se retiró a su ciudad natal, ganándose así el sobrenombre de «El Solitario de Viana», y que allí, en la paz de la vida rural, escribió la que sería su obra maestra, Amaya. La realidad es algo distinta. Se retira, sí, de toda actividad pública, pero continúa viviendo en Madrid la mayor parte del año; en los meses de verano viaja al norte para descansar en alguna localidad de las Provincias Vascongadas y para visitar su hacienda en Viana.

Después de varios años sin publicar, entregado a la política y el periodismo, en 1877-1878 vuelve a dar a las prensas algunos trabajos literarios, sobre todo su novela Amaya (primero en el folletín de la revista La Ciencia Cristiana; en 1879 en volumen).

Amaya, de Navarro Villoslada

En reconocimiento a sus méritos vascófilos Navarro Villoslada es elegido miembro de honor de la Asociación Éuskara de Navarra, promovida en Pamplona por Juan Iturralde y Suit y Arturo Campión.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Enfermedad de Lope y agravamiento de Marta de Nevares

En marzo y abril de 1628, Lope está enfermo de gravedad y decaído (a sus 66 años es una persona anciana, dada la esperanza de vida de la época)[1]. Así se percibe en las cartas al de Sessa, que ya no se muestra tan espléndido como antes:

Ya tiene Vuestra Excelencia, gracias a Dios, a Lope de Vega, que hasta hoy no le tenía: así se dudó de mi vida. Truje en pie este negro mal, que negro debe ser, pues Vuestra Excelencia me receta negras, más de veinte días con grande trabajo y pena, tanto que entendí que me había vuelto don Juan de Alarcón; y al fin caí en la cama, hoy hace dieciocho días, de una hinchazón tan dolorosa, que me encendía en terribles calenturas y me causó tantos males que ya me lloraban las musas domésticas y extrañas. Sea Dios alabado, su Santísima Madre y San Isidro, que estoy en puerto de claridad, que en abril, y no pocos años, mucho había que temer.

Lope de Vega

Por lo demás, su amada Marta sigue sin vista y con frecuentes accesos de locura. De alguna manera, en este cuidar de la amada enferma —circunstancia que trasladará tanto a sus cartas como a sus versos, por ejemplo en su égloga Amarilis (1633)— Lope rehabilita su persona:

Solo la escucho yo, solo la adoro
y de lo que padece me enamoro…

[…]

Ejemplo puede ser mi amor de amores,
pues quiere amor que más aumente y crezca,
que si en amar defectos se merece,
ese es amor que en las desdichas crece.

Terminaré esta sección de la biografía lopesca citando unas palabras de Villacorta que hacen balance de esta relación, la que fue, sin duda alguna, la gran pasión de madurez del Fénix:

Si el amor de Lope por Micaela de Luján fue ciego y desde una plenitud física, el que sintió por Marta de Nevares fue febril, más desesperado, suplicante y desde las carencias físicas. Fue un último amor que se tornó en compasivo y purificador. Fue un honroso colofón a tantas aventuras irrelevantes.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Navarro Villoslada y el carlismo

El triunfo de la Revolución de septiembre de 1868 provocó el acercamiento de Francisco Navarro Villoslada[1] y los denominados neocatólicos (Nocedal, Aparisi y Guijarro, Canga Argüelles, Tejado…) al carlismo. En efecto, tras el destronamiento de Isabel II la legitimidad estará representada para ellos por don Carlos María de Borbón y Austria-Este (Carlos VII), y se unen a él por ser su partido el que mejor podía defender, en aquel determinado momento, los intereses católicos por los que venían luchando.

Don Carlos de Borbón y Austria-Este

En 1869 Navarro Villoslada es detenido y ha de pasar mes y medio en la prisión del Saladero de Madrid por haber publicado, antes de que lo hiciera la prensa oficial, una nota en la que avisaba de la intención del gobierno de incautarse todos los bienes eclesiásticos. Tras salir de la cárcel, se exilia para evitar nuevas persecuciones.

En París se pone a las órdenes del pretendiente, al que acompaña por Centro Europa, y prepara algunos folletos de propaganda carlista, siendo especialmente famoso el artículo titulado «El hombre que se necesita», en el que presentaba a don Carlos a los españoles como el único candidato al trono capaz de acabar con la anarquía reinante en España. Según dijo Aparisi, con este escrito ganó para su causa a millares de partidarios. Desde finales de 1869 pasa a ser secretario personal del duque de Madrid pero, estando en Viena, el 25 de enero de 1870 se rompe una pierna y ha de permanecer cinco meses en cama, teniendo que abandonar el cargo. Esta es la razón de que no se encuentre presente en la famosa Junta de Notables de Vevey.

En 1871 es elegido senador por Barcelona, y la inmunidad parlamentaria le permite volver a España; ejercerá el cargo de secretario de la minoría carlista en el Senado. Se opone con Aparisi y otros a las medidas liberalizantes propuestas por el general Cabrera y discute con don Carlos, empeñado en seguir los consejos «cesaristas» de su nuevo secretario, Arjona. Se muestra igualmente contrario a que toda la prensa carlista esté bajo la dirección de una sola persona, Cándido Nocedal. Al final, para no seguir oponiéndose en público a su rey, renuncia a la dirección de El Pensamiento Español y, desengañado, se retira de la política activa.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Lope de Vega, «indigno sacerdote»

La correspondencia con el duque de Sessa (cuya protección, con altibajos, se mantiene, muchas veces en forma de regalos en especie: vestidos, alimentos…) sigue aportándonos numerosos datos del cotidiano vivir, de su vida íntima y familiar[1]. Así, en carta del 6 de diciembre de 1627 Lope se reconoce «indigno sacerdote». Y siempre apunta la escasez de dineros:

Aquí, señor, está todo en peor estado que solía, porque si había algunos celajes de remedio, ya se han divertido entre las nubes de tantas variedades. No hay sustento, ni vestido, ni dinero.

Hombre sin dinero

Y en otro pasaje:

La necesidad, señor, es como los consonantes en los poetas, que obligan a la razón a lo que el dueño no piensa.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Navarro Villoslada y los neocatólicos

Durante todos estos años, se va destacando dentro de las filas moderadas el grupo denominado neocatólico, formado por donosianos y nocedalinos. Portavoz destacado de esa corriente será el periódico El Pensamiento Español, fundado por Francisco Navarro Villoslada[1] y otros socios a finales de 1859, en el que el de Viana pondría durante más de diez años toda su alma y todo su corazón.

Cabecera de El Pensamiento Español

«Católico a machamartillo», desde sus columnas defenderá las ideas tradicionalistas y al Papa Pío IX al suscitarse la «cuestión romana», batiéndose en formidables polémicas con toda la prensa liberal.

En 1865 y 1867, Navarro Villoslada es elegido diputado para dos nuevas legislaturas, siempre por Navarra (aunque ahora por Pamplona, en las dos ocasiones).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Frey Lope Félix de Vega Carpio

En 1626 añade Lope a sus publicaciones Soliloquios amorosos de un alma a Dios, versión ampliada de sus Cuatro soliloquios, donde en diálogo con Cristo expresa su dolor y arrepentimiento[1].

Soliloquios amorosos de un alma a Dios, de Lope de Vega

Estos versos constituyen una muestra del tono general del volumen:

Si tus penas no pruebo, Jesús mío,
vivo triste y penado;
dámelas por el alma que te ha dado,
que si este bien me hicieres,
¡ay, Dios, cómo veré lo que me quieres!
Quiéreme bien, y en dármelas lo muestra,
que es ley entre amadores
partir, como los gustos, los dolores;
que no es partir al justo
tener Tú los dolores y yo el gusto.
Mas ¿qué te pido yo que Tú me quieras,
si Tú, mi bien, me quieres
de suerte que por darme vida mueres?
Yo soy quien no te quiero,
pues viéndote a la muerte no me muero…

El 10 de diciembre de ese año fecha el manuscrito de su comedia Amor con vista. Al año siguiente, 1627, el Papa Urbano VIII le concede el título de Doctor en Teología por el Collegium Sapientiae de Roma y el distintivo de la Cruz de Malta (es decir, el hábito de la Orden Hospitalaria de los caballeros de San Juan de Jerusalén) por haberle dedicado la Corona trágica, un poema sobre el triste destino de la reina María Estuardo de Escocia.

Hábito de la Cruz de Malta

El hábito le autoriza a llevar el honroso título de frey, que Lope usaría orgullosamente a partir de entonces, pasando a firmar como frey Lope Félix de Vega Carpio.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.