Los cuentos de José María Sanjuán: «Tranquilízate, muchacho»

Cierto parecido con el anterior relato del libro guarda «Tranquilízate, muchacho» (pp. 39-47)[1]. El protagonista es de nuevo un ser anónimo, «el muchacho», con lo que su experiencia adquiere, de alguna manera, valor universal. Este muchacho, mientras muerde una hierba sentado junto al río, recuerda una frase de su maestro: «Cuando se mira al pasado, el corazón da un vuelco…» (p. 41). El maestro les ha explicado que, estudiando, pueden ser mucho en la vida; sin embargo, el muchacho se siente feliz allí, libre, oyendo el ruido del río y de los pájaros:

Esto es vivir, pensó el muchacho. Esto y no el pueblo, y la escuela y el maestro. […] Los pájaros, las nubes, el río y la flor aquella, con el tallo húmedo y jugoso en la boca. Era su mundo, nada más (p. 42).

En cualquier caso, nota que le late deprisa el corazón. Recuerda que cinco días antes le llamó el maestro porque había faltado a clase: «Al río no van los muchachos», le dijo, palabras que le hacían ver que no era todavía un hombre, sino un chico; el maestro le explicó que debía ir a la escuela y no al río; pero él —replicó— amaba el río y odiaba la escuela. «Yo amo el río», se reafirma ahora ante un pastor, que le sonríe, y añade que quiere ir hasta el mar, llevar una vida libre. El pastor le dice: «Un día será, un día…».

Niño en las rocas, de Joaquín Sorolla

La nueva escapada causa desazón al muchacho[2], pero en vez de regresar, se va más lejos; camina durante tres días, y siente de nuevo el remordimiento de su fuga: «y le dolió el corazón, como si brincara dentro de su pecho, revuelto e inquieto» (p. 46). Al final, decide regresar, aunque teme la reprimenda del maestro: «El muchacho sintió miedo y también como si el corazón quisiera salírsele fuera» (p. 46). El maestro le pregunta si, en algún momento de su aventura, el corazón le dio un vuelco. El chico se muestra intranquilo, pero el maestro pone la mano sobre su cabeza (igual que el soldado viejo del anterior relato, «El casco en la cabeza», en señal de protección) y le dice las palabras del título: «Tranquilízate, muchacho». Al verlo llorar, el viejo le asegura: «Un día será, un día…» y le sonríe, igual que hiciera el pastor, «porque ahora comenzaba a amar de verdad el mundo». Tras repetir la frase: «Tranquilízate, muchacho», suben los dos juntos hasta lo más alto de la montaña.


[1] Cito por José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).

[2] «Y fue entonces cuando el corazón le dio un golpe y recordó las viejas palabras del maestro» (p. 45).

Nace Antonia Clara, hija de Lope y Marta de Nevares

Fuera del ámbito idealizado de los versos, en el terreno más prosaico de la pura y dura realidad, Lope aconseja a su amada que inicie los trámites de separación de su marido, y así se comienzan en 1619, logrando Marta que se declarara nulo su matrimonio[1]. Desde entonces las relaciones de los amantes se hacen menos recatadas. Por ejemplo, el Fénix le pedirá el coche al duque de Sessa para ir con Marta-Amarilis a San Isidro.

Carroza

De esta sacrílega relación resultará una sola hija, Antonia Clara, nacida el 12 de agosto de 1617. Fue su padrino don Antonio de Córdoba y Rojas, conde de Cabra, hijo primogénito del duque de Sessa, si bien Lope había mostrado su deseo de que lo fuera el propio duque, tal como refiere esta carta de junio de 1617:

De los sucesos de Amarilis no hay más de cielo y agua y esperar el puerto con el curso de los días, que en fin no paran; yo lo deseo por mil cosas, y no es la menor volver a emparentar con el Almirante de Nápoles, no porque le quiero poner en las pasadas liberalidades de Feliciana, sino para honrar mi sangre, que sin duda está allí, y porque hasta el cielo que deseo para mis hijos sea de mano de Vuestra Excelencia.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «El casco sobre la cabeza»

Cascos de combate«El casco sobre la cabeza» (pp. 29-38)[1] lleva como lema una cita de León Felipe: «Ahora… / cuando el soldado se / afianza bien el casco / sobre la cabeza». Presenta a unos soldados que marchan de nueve en fondo, con su sargento al frente. El más joven pregunta si les darán casco y le contestan que luego. «Era joven, un muchacho. La sonrisa era también así: joven, fácil, franca, con algo de ilusión» (p. 32). El muchacho (anónimo, como los otros de estos relatos) insiste en pedir el casco y un soldado viejo, que se convierte en su protector, le explica que tomarán medidas a su debido tiempo.

El anciano, que habla poco —y en tono sentencioso cuando lo hace—, es un soldado experimentado, cansado y con el alma encallecida: «El viejo tenía raíces ya. […] Pero era viejo y sabía bien del oficio y de la vida» (p. 33). Mientras el joven recuerda la ciudad, los amigos, las muchachas, la unidad recibe el aviso de que va a pasar la aviación enemiga, y el viejo le da su lección: «En la guerra no hay muertos. Hay cementerios. ¡Apréndelo, muchacho! […] Como una lección. Es ley» (p. 35). Ahora, en la posición de combate, el joven dispone por fin de un casco. El cielo rojizo parece un presagio de sangre[2]; pero el bisoño soldado nota que una mano se posa tranquilizadora sobre su cabeza[3]. Es el viejo soldado, que trata de animarlo con ese gesto protector y con su sonrisa: «Calma, muchacho, no pasa nada…» (p. 38).


[1] Cito por José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).

[2] «Había luna, y al fondo en el horizonte llameaba el cielo. Rojo, violeta a veces» (p. 35); «Arriba el cielo aparecía coloreado del todo, entintado y jubiloso como si fuese de día» (p. 37).

[3] Este mismo gesto lo encontramos en otros dos relatos: en «Tranquilízate, muchacho» y en «Es cosa de muchachos»; cito de este último: «Luego me ponía su ancha mano sobre mi pelo revuelto y movía su cabeza» (p. 72).

Marta de Nevares, gran pasión de madurez de Lope

Si Elena Osorio fue su gran pasión de juventud, Marta de Nevares es su gran pasión de madurez[1]:

Duque mi Señor: yo no he cerrado los ojos en toda la noche, y hasta ahora he estado en la cama con mil accidentes; y no me levantara della, si una persona que los ha entendido no me enviara a llamar; ni aun he querido comer, que he estado con tantas desesperaciones, que le he pedido a Dios me quitase la vida […] Yo nací en dos extremos, que son amar y aborrecer; no he tenido medio jamás.

¡Bien cierta resulta esta última afirmación! En Lope todo es extremado, exagerado, sin medida, así en su vida como en su creación literaria… A Marta la retrata en hermosos versos de su égloga Amarilis:

Criose hermosa cuanto ser podía
en la primera edad belleza humana,
porque cuando ha de ser alegre el día
ya tiene sus albricias la mañana.
Aprendió gentileza y cortesía,
no soberbio desdén, no pompa vana,
venciendo con prudente compostura
la arrogancia que engendra la hermosura.

Si cátedra de amar Amor fundara,
como aquel africano español ciencias,
la de prima bellísima llevara
a todas las humanas competencias;
no tuvieran contigo, fénix rara,
las letras y las armas diferencias,
ni estuvieran por Venus, tan hermosa,
quejosa Juno y Palas envidiosa.

El copioso cabello, que encrespaba
natural artificio, componía
una selva de rizos, que envidiaba
Amor para mirar por celosía;
porque cuando tendido le peinaba
un pabellón de tornasol hacía,
cuyas ondas sulcaban siempre atentos,
tantos como cabellos, pensamientos.

En la mitad de la serena frente,
donde rizados los enlaza y junta,
formó naturaleza diligente,
jugando con las hebras, una punta.
En este campo, aunque de nieve ardiente,
duplica el arco Amor, en cuya junta
márgenes bellas de pestañas hechas
cortinas hizo y guarnición de flechas.

Dos vivas esmeraldas, que mirando
hablaban a las almas al oído,
sobre candido esmalte trasladando
la suya hermosa al exterior sentido,
y con risueño espíritu templando
el grave ceño, alguna vez dormido,
para guerra de amor de cuanto vían
en dulce paz el reino dividían.

La bien hecha nariz, que no lo siendo
suele descomponer un rostro hermoso,
proporcionada estaba, dividiendo
honesto nácar en marfil lustroso;
como se mira doble malva abriendo
del cerco de hojas en carmín fogoso,
así de las mejillas sobre nieve
el divino pintor púrpura llueve.

¿Qué rosas me dará, cuando se toca
al espejo, de mayo la mañana?
¿Qué nieve el Alpe, qué cristal de roca,
qué rubíes Ceilán, qué Tiro grana,
para pintar sus perlas y su boca,
donde a sí misma la belleza humana
vencida se rindió, porque son feas
con las perlas del Sur rosas pangeas?

Con celestial belleza la decora,
como por ella el alma se divisa,
la dulce gracia de la voz sonora
entre clavel y roja manutisa;
que no tuvo jamás la fresca aurora,
bañada en ámbar, tan honesta risa
ni dio más bella al gusto y al oído
margen de flores a cristal dormido.

No fue la mano larga, y no es en vano,
si mejor escultura se le debe
para seguirse a su graciosa mano
de su pequeño pie la estampa breve;
ni de los dedos el camino llano,
porque los ojos, que cubrió de nieve,
hiciesen, tropezando en sus antojos,
dar los deseos y las almas de ojos.

Marta de Nevares

Y en la dedicatoria de La viuda valenciana «A la señora Marcia Leonarda» le dirige estos encendidos elogios:

Si vuesa merced hace versos, se rinden Laura, terracina; Ana Bins, alemana; Safo, griega; Valeria, latina, y Argentaria, española. Si toma en las manos un instrumento, a su divina voz e incomparable destreza el padre de esta música, Vicente Espinel, se suspendiera atónito; si escribe un papel, la lengua castellana compite con la mejor, la pureza del hablar cortesano cobra arrogancia, el donaire iguala a la gravedad y lo grave a la dulzura; si danza, parece que con el aire se lleva tras sí los ojos y que con los chapines pisa los deseos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Volveremos a empezar»

El protagonista de «Volveremos a empezar» (pp. 19-27)[1] es un joven que, en la playa de un pueblo costero, recuerda a la muchacha que ama: «Las cosas estaban claras… La muchacha y él se querían. Nada más» (p. 21).

Niño mirando al mar

El Pancho y Caracorta le invitan a ir en barca y luego al parque «Paraíso», lugar donde la conoció, circunstancia que suscita de nuevo su evocación:

En el Paraíso había conocido a Marta y se habían dicho muchas cosas bonitas, al atardecer de aquel domingo, cuando las gentes iban deshojando triste, dulce, melancólicamente, la pálida tarde de fiesta. […] Pensó que la vida sin la muchacha era como si el cielo no tuviese estrellas o el mar horizonte o el Paraíso gente los domingos por la tarde (pp. 22-23).

Sin embargo, las cosas han cambiado y se encuentra entre la decepción y la esperanza: «El amor lo puede todo, hasta matar. Y yo moriré; es lo mejor» (p. 23). Poco a poco, el estilo indirecto de la narración nos va aclarando la situación: el muchacho y Marta se carteaban, y él era feliz: «Pero ahora no. Ahora había visto a la muchacha y al señorito besarse. Y aquello era el fin» (p. 24). Además, sus padres le han dicho que Marta, dos años mayor, es ya una mujer, en tanto que él sigue siendo un chaval. Mientras mira al mar, ahonda en su dolor y llega a la conclusión de que la muchacha no le quiere:

Y pensó que no valía la pena amar, ni querer, ni sufrir por esas cosas. Pero había una cosa clara todavía. Que él y la muchacha se habían amado. Y que él seguía amando a la muchacha (p. 26).

Entonces el narrador nos dice que ve las aguas como «pistas hasta el horizonte»; la indicación que sigue parece sugerirnos que el adolescente se va a suicidar tirándose al mar: «Se puso de pie sobre el vacío… […] Era una idea que le dominaba desde que había visto a Marta y a su acompañante, de la mano, por el camino alto» (p. 26). Sin embargo, en ese momento lo recogen sus amigos para ir en barca: «Les contestó que bueno. Y sonrió. El sol, ahora, quedaba atrás, y no le hacía daño ni le cegaba. Era como empezar otra vez. Igual».


[1] Cito por José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).

Lope de Vega, sacerdote y amante

Lope se amanceba con Marta de Nevares a finales de 1616[1]. Ella tiene 26 años y él, 54. Son los de ahora unos amores sacrílegos (Lope es sacerdote) y adúlteros (Marta está casada, aunque pronto será viuda). Una vez más, el espíritu sigue en lucha tenaz con la carne. A Marta la conoció en una fiesta poética, y fue primero un sentimiento platónico, como le escribe al duque de Sessa, en carta con posible datación a comienzos de septiembre de 1616:

Certifico a Vuestra Excelencia que ha grandes tiempos que es este amor espiritual y casi platónico, pero que en el atormentarme más parece de Plutón que de Platón, porque todo el infierno se conjura contra mi imaginación.

Pero la carne es débil, y unos meses después, en junio de 1617, cambia de tono al referirse a ella:

Porque yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve, por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar en esto, ni vivir sin gozarlo […] Esta noche no he dormido, aunque me he confesado. ¡Malhaya amor que se quiere oponer al cielo!

Ello es estrella mía; yo pienso rogar a las canas que me enseñen dónde vive la prudencia, pues dicen que son sus aposentadoras, aunque la ira siempre hace que se yerre el camino de hallarla y el bien y descanso de poseerla.

Firma de Lope de Vega

Y en otra, con el tono de picardía y desvergüenza tan habitual en estas cartas, refiere:

… estoy en el estado que pintaré aquí, pasando muy lindas mañanas en los brazos de un sujeto entendido, limpio, amoroso, agradecido y fácil, cuya condición, si no mienten principios, parece de ángel. […] he hallado, finalmente, médico a mis heridas, que desde una legua se me ve el parche; trabajo y cuidado me costaron estos principios, pero como me resolví, todo se hizo a pedir de boca.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Por primera vez»

Abre el libro Un puñado de manzanas verdes el cuento «Por primera vez» (pp. 7-17)[1], que consta de tres secuencias separadas por espacios blancos. La primera empieza con la frase: «Estuvo callado durante toda la comida» (p. 9); el relato se va construyendo con frases similares, muy cortas, que reflejan los pensamientos del muchacho protagonista, lo que él llama «su lío»:

Por la mañana, sí, por la mañana sí que le había pasado algo. Total, nada. Un poco de lío en la cabeza, unas palabras del maestro, luego otras palabras de los compañeros. Y el lío. Por la mañana sí que le había pasado algo. Pero ahora no (p. 9).

La segunda secuencia explica lo ocurrido previamente: a la mañana, el maestro ha comentado en clase que vio a algunos niños fumando. Sus palabras desatan un rumor entre los alumnos; mientras, afuera, llueve. El maestro sigue explicando la lección, pero ya todos sólo piensan en lo sucedido, algo que, considerado por sus infantiles mentes, debe de ser pecado. A la salida, «el muchacho» —así se le denomina a lo largo del cuento— se encuentra con Nico, Juan, el Perote y el Nito, quienes le cuentan que fueron ellos los que fumaron, un cigarro negro, y le invitan a sumarse al grupo para volver a hacerlo; él duda, pero al final se va a su casa, aunque dando vueltas en la cabeza al asunto:

El maestro tenía razón, pero también tenía razón el Nito cuando decía que ellos ya no eran niños. Evidentemente, eso era verdad. Se miró en la cristalera de una tienda. Estaba crecido, tenía pelusa en la cara… Ya no era un niño. Y le dio rabia no haber ido con los otros a la iglesia vieja, a fumarse un cigarro de la petaquita color azufre (p. 15).

Niño fumandoEn la tercera secuencia la acción vuelve a situarnos en la tarde[2]. El muchacho ni se concentra en el estudio, ni puede hablar en casa del tema que le preocupa. Las repeticiones subrayan estilísticamente el lento paso del tiempo, captado desde la perspectiva y el estado anímico del joven: «Las tardes son largas. Las tardes pesan. Y los libros no aguantan toda la tarde» (p. 16). Al final, el niño baja a la calle y compra dos cigarrillos rubios, que fuma apresuradamente en el portal y que le producen mareos y náuseas. Por la noche sus padres le preguntan si le pasa algo, pero no les cuenta nada de lo sucedido. Al acostarse, el muchacho comprende que su padre tiene razón, que él y el maestro siempre tienen razón: «Y cerró los ojos. Y encontró la paz y el sueño. Y ya nada le daba vueltas encima, sobre la cabeza» (p. 17), concluye el relato.


[1] Cito por José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).

[2] «Las tardes son largas. Las tardes pesan. Por las tardes hay que preparar las lecciones para el día siguiente. El muchacho tenía un libro de geografía en las rodillas. Pero no estudiaba. No podía estudiar» (p. 15).

Lope conoce a Marta de Nevares

Lope de Vega

El Fénix sigue acumulando cargos y dignidades eclesiásticas, e igualmente los amores se suceden sin pausa[1]: «Lanzado otra vez por la pendiente de la pasión y el desenfreno, Lope se esclaviza con una querencia definitiva», señala bellamente Donald McGrady. Se trata en esta ocasión de Marta de Nevares (Amarilis, Marcia Leonarda), nacida en el seno de una familia hidalga de Alcalá («adonde el claro Henares se desata / en blando aljófar»), una mal casada desde los trece años con un mercader soez y grosero llamado Roque Hernández de Ayala, al que evoca Lope en unos versos recogidos en La vega del Parnaso:

… rudo y indigno de su mano hermosa,
a pocos días mereció su mano,
no el alma, que negó la fe de esposa,

en cuyo altar le confesó tirano;
aquella noche infausta y temerosa,
con tierno llanto resistida en vano […]

¿Qué desdicha fatal de las hermosas
es esa de tener tales empleos?
¿Siempre las feas han de ser dichosas?


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Un puñado de manzanas verdes» (1969), de José María Sanjuán

Un puñado de manzanas verdes[1] reúne diez narraciones cortas que tocan, de una manera u otra, el tema de la adolescencia. Esta circunstancia, el hecho de existir un hilo conductor que engarza los relatos, o mejor, un tema central que sirve de telón de fondo para todos ellos, es característica que lo emparenta con el libro anterior. Igual que sucedía en El ruido del sol, también aquí la relación con los cuentos de Aldecoa resulta bastante clara.

Manzanas verdes

Los títulos de los diez cuentos contenidos en el volumen son: «Por primera vez», «Volveremos a empezar», «El casco sobre la cabeza», «Tranquilízate, muchacho», «El miedo», «Cerca del horizonte», «Es cosa de muchachos», «Un puñado de manzanas verdes», «El ojo del mundo» y «El secreto». Los iré analizando en entradas sucesivas.


[1] José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).

Un amorío más de Lope: Lucía de Salcedo

Y ahora es cuando debemos sumar un nombre más a la ya extensa nómina de mujeres en la vida de Lope de Vega[1]. Se enreda en amores con otra actriz, Lucía de Salcedo, apodada la Loca, con el consiguiente enfado de Jerónima de Burgos (porque ahora el genial dramaturgo dará sus comedias a la compañía de Salcedo), aunque no son muchos los datos de que disponemos acerca de esta relación.

En octubre de 1615 se celebra la boda por poderes del príncipe de Asturias (el futuro Felipe IV) con Isabel de Borbón. El duque de Sessa forma parte de la comitiva real que marcha hasta Irún para recibir a la novia, y Lope le acompaña. En la Isla de los Faisanes, en el Bidasoa, se produce el intercambio de princesas entre las cortes de España y Francia (los españoles entregan a Ana de Austria, que va a ser la esposa del joven Luis XIII de Francia).

Intercambio de princesas en el Bidasoa, Pieter Van der Meulen

El cortejo regresa a Burgos y Lerma, donde Felipe III ha organizado grandes fiestas para conmemorar el enlace, y el viaje queda descrito en la comedia Los ramilletes de Madrid.

En diciembre Lope vuelve a Madrid, y allí pasa el año 1616. A finales de junio de ese año le explica a Sessa que piensa ir a Valencia para encontrarse con el hijo habido en 1599 («voy a Valencia por aquel hijo mío fraile descalzo»). Eso es, al menos, lo que se dice sobre el papel; pero tal explicación parece más bien una excusa: en realidad acude allí para encontrarse con Lucía de Salcedo, que está trabajando con la compañía de Sánchez y viene desde Barcelona. Allí enferma («Diecisiete días he estado en una cama con tan recias calenturas, que entendí que era el último tiempo de mi vida», le escribe al de Sessa el 6 de agosto), y regresa finalmente a Madrid sin el hijo a cuyo encuentro había supuestamente ido. Publica Alabanzas al glorioso San Josef. Gracias a la intercesión de Sessa, es nombrado procurador fiscal de la Cámara Apostólica en el Arzobispado de Toledo.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.