La naturaleza en la novela histórica romántica (1)

La descripción del paisaje tiene distinta importancia en cada una de estas novelas. En principio, y como siempre, los entreguistas se despreocupan de la naturaleza, que desaparece de sus obras casi por completo. En el lado contrario tenemos a un Gil y Carrasco que llega al primor en la descripción del paisaje del Bierzo en su novela, El señor de Bembibre, aunque hay otros autores de novela histórica anteriores a él que también han fijado su atención en el paisaje de sus regiones (especialmente, el valenciano Vayo y el barcelonés Cortada). Por lo demás, son frecuentes las típicas menciones románticas de ruinas, nocturnos (la luna, sobre todo)[1] y tempestades; suele ser interesante la visión de la naturaleza, agitada o en calma, en relación de contraste o de semejanza con el estado anímico de algún personaje[2].

Pareja mirando la luna, de C. D. Friedrich

Voy a dedicar unas líneas a aquellas novelas en las que la naturaleza ocupa un lugar más destacado.

En La conquista de Valencia por el Cid, que es novela muy temprana, de 1831, Estanislao de Cosca Vayo nos ofrece varias descripciones de la naturaleza en torno a la ciudad sitiada: amaneceres, tormentas, la noche, la luna, el mar, los jardines y la huerta de Valencia… Se convierte así en el primer novelista histórico que capta un paisaje regional español. El propio autor se refiere expresamente a ello en el prólogo:

Hemos procurado bosquejar con cuanta exactitud nos ha sido posible no solo algunos de los singulares usos de los valencianos, sino también la fertilidad y belleza de sus campiñas (p. 225).

En Doña Isabel de Solís, de Francisco Martínez de la Rosa, también aparecen algunas descripciones de la vega granadina (por ejemplo, en el capítulo II, 13), o se muestra la calma de la primavera en contraste con la agitación que produce el segundo cerco de Alhama (II, 28), o la melancolía del mar (II, 35) y de la luna (al final ya, con Zoraya enferma, en III, 48). Y, como es lógico, abundan las descripciones de los distintos recintos del Palacio de la Alhambra (I, 18; I, 31; II, 3) y de la ciudad de Granada[3] en general (III, 24; III, 38). En cualquier caso, la presencia de la naturaleza no es, en proporción, muy grande, pues se trata de una novela muy larga[4].


[1] Gustaban los románticos de la noche, como indican estas palabras que leemos en El golpe en vago: «El sol oculta con su luz las maravillas de la creación que la noche descubre» (p. 1007).

[2] Es frecuente, por ejemplo, que en el momento de cometerse un crimen estalle una violenta tempestad. Por ejemplo, cuando Azeari mata a Raúl y Blanca, en Don García Almorabid, se indica: «La naturaleza, cómplice de la sangrienta escena, cubrió los ruidos del asesinato con el estrépito del huracán que soplaba y las resonancias de los truenos lejanos» (p. 187). Lo mismo sucede cuando García Romeu asesina a su suegro en Los héroes de Montesa (p. 214).

[3] Granadino era Martínez de la Rosa y, en la Advertencia de la Primera parte de su novela, afirma que, deseando escribir una novela sobre algún tema de la historia nacional, no quiso comenzar su redacción hasta no encontrarse en España; pero que, una vez vuelto a Granada, no le resultó difícil encontrar el tema y la inspiración en la historia de la cautiva cristiana, en el marco de la conquista de aquel reino por los Reyes Católicos.

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Clavileño y la cueva de Montesinos, episodios relacionados

ClavileñoEl episodio de Clavileño todavía tiene una coda final, muy importante: la Duquesa pregunta a Sancho qué tal fue el viaje y el buen labrador explica que se levantó la venda de los ojos y pudo ver la tierra del tamaño de «un grano de mostaza» y a los hombres «poco mayores que avellanas»; no solo eso: al verse junto al cielo, se apeó para jugar «casi tres cuartos de hora» con las siete cabrillas (las Pléyades). A su vez, el Duque consulta su parecer a don Quijote, quien opina: «o Sancho miente, o Sancho sueña» (p. 576)[1]. Sin embargo, el escudero da las señas de las siete cabrillas, sus colores («las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules, y la una de mezcla», p. 576); el Duque, olvidado todo decoro, le pregunta si vio también algún cabrón, y obtiene una digna respuesta de Sancho.

Tal es el fin de la aventura de la dueña Dolorida, «que dio que reír a los duques, no sólo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que contar a Sancho siglos, si los viviera» (p. 577). Pero todavía resta un último y revelador aparte entre amo y criado: «Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más» (p. 577).

Cueva de MontesinosLa clara relación entre ambos episodios, el de Clavileño (ascenso a la esfera celestial) y el de la cueva de Montesinos (descenso a lo profundo de los abismos), ya ha sido puesta de manifiesto por la crítica[2]. Además, existe mucha bibliografía sobre las fuentes de Clavileño y es cuestión en la que no me interesa ahora ahondar[3]. Bastará con recordar que se han señalado fuentes persas, indias, la historia del caballo de madera de Las mil y una noches, Clamadés y Clarmonda, Valentin et Orson… Sí quiero detenerme un instante en las interpretaciones sobre la importancia y la función del episodio, que son muy variadas. Para Gillet, por ejemplo, aunque considera que es «burlesco en su totalidad», tiene una trascendencia simbólica de éxtasis místico:

Parece que en un pasado ya lejano el vuelo de Don Quijote y Sancho en un caballo de madera entrañaba un significado místico. No es fácil darse cuenta de ello leyendo el episodio de Clavileño, burlesco en su totalidad. En su fondo, sin embargo, es el relato de un rapto espiritual en el que se supone que el alma trasciende los límites del espacio y del tiempo. Puede tomar la forma de un viaje por los aires o por la profundidad de la Tierra. Tiene correspondencia esencial, desde luego, con el episodio de la Cueva de Montesinos, en los capítulos 22 y 23, también de la Segunda parte. […] el vuelo de Clavileño, aunque reducido a farsa, representa en realidad un vuelo del alma, como lo es también con más color de verdad, el sueño de la Cueva de Montesinos[4].


[1] Cito por Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. crítica y comentario de Vicente Gaos, Madrid, Gredos, 1987.
[2] Ver especialmente Joseph E. Gillet, «Clavileño: su fuente directa y sus orígenes primitivos», Anales cervantinos, VI, 1957, pp. 251-255; y Mario Martín-Flores, «De la cueva de Montesinos a las aventuras de Clavileño: un itinerario de carnavalización del discurso autoritario en el Quijote», Hispánica, XXXVIII, 1994, pp. 46-60.
[3] Además de los trabajos de Gillet y Martín-Flores ya citados, ver Paul Aebischer, «Paléozoologie de l’Equus Clavileñus, Cervant.», Études de Lettres, VI, 1962, pp. 93-130; Joaquín Casalduero, Sentido y forma del «Quijote», 4.ª ed. corregida, Madrid, Ínsula, 1975, pp. 313-318; Albert Henry, «L’ascendance littéraire de Clavileño», Romania, XC, 1969, pp. 242-257; Carlos Orlando Nállim, «Clavileño. La tradición en una nueva obra de arte», en Melchora Romanos (coord.), Alicia Parodi y Juan Diego Vila (eds.), Para leer a Cervantes. Estudios de literatura española Siglo de Oro, vol. I, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, 1999, pp. 83-98; Augustin Redondo, «De don Clavijo a Clavileño: algunos aspectos de la tradición carnavalesca y cazurra en el Quijote», Edad de Oro, III, 1984, pp. 181-199; Martín de Riquer, «La technique parodique du roman médiéval dans le Quijote», en La littérature narrative d’imagination. Des genres littéraires aux téchniques d’expression, París, Presses Universitaires de France, 1961, pp. 63-64; y Rudolph Schevill, «El episodio de Clavileño», en Estudios eruditos «in memoriam» de Adolfo Bonilla y San Martín, Madrid, Universidad Central, 1927, vol. I, pp. 115-125. Puede consultarse además Jaime Fernández, Bibliografía del «Quijote» por unidades narrativas y materiales de la novela, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 1995, pp. 715-723. Albert Henry afirma respecto a las fuentes: «Malgré tous ses talents, Clavilègne le Véloce n’est pas de race pure, pas plus que le baudet de Sancho. Dans son arbre généalogique, il faut, comme diraient les philologues, introduire des contaminations» («L’ascendance littéraire de Clavileño», pp. 256-257).

[4] Gillet, «Clavileño: su fuente directa y sus orígenes primitivos», pp. 253-254.

Saltos temporales en la novela histórica romántica

Es frecuente en estas novelas que se nos cuente primero un hecho y después se vuelva atrás para dar su explicación[1], sobre todo en aquellas novelas de corte más folletinesco que enredan al máximo la acción (por ejemplo, Bernardo del Carpio). En cualquier caso, el manejo del tiempo está en manos del narrador, y así se declara explícitamente en algunas ocasiones:

Han pasado unos días desde los sucesos relatados en el capítulo anterior. De intento, merced a nuestras facultades de novelista, hemos dejado pasar estos días desde el anterior capítulo al presente, por ahorrarnos la difícil empresa de describir la inmensa alegría que hubo en Quesada… (Pedro de Hidalgo, p. 246; la cursiva es mía).

Nuestros lectores se servirán volver atrás con nosotros y recordar el día en que María y su desdichada madre salieron aceleradamente de Carucedo, sin que supiésemos quiénes eran, a dónde iban, ni qué propósitos eran los suyos (El lago de Carucedo, p. 246).

Paso del tiempo

Mas el asunto de esta veleidad antojadiza del señor de la torre de Cortiguera, su origen y nacimiento tienen interés tal que piden ser minuciosa y sosegadamente relatados. A cuyo propósito conviene retroceder poco tiempo en nuestra historia y referir sucesos que llenaron sus días anteriores a aquel en que le dimos comienzo (Ave, Maris Stella, pp. 34-35).

No nos tomaremos el trabajo de seguir al amo ni al criado en todo su camino, sino que dejándolo en claro, trasladaremos la escena, de un golpe de pluma, al día siguiente, en el momento de oscurecer… (Ni rey ni Roque, p. 795; cursiva mía).

Así pues, de la misma forma que el narrador decide a qué personaje debemos acompañar, también a su voluntad maneja el tiempo, como hemos visto; y lo mismo sucede con el espacio:

Rogamos al condescendiente lector que se prevenga a dar otro salto desde la sierra de Crevillente a la antigua capital siete veces coronada del florido reino de Murcia. Y no es nuestro ánimo hacerle divagar por sus calles y encrucijadas, sino introducirlo de pronto en un aposento sombrío… (Jaime el Barbudo, p. 118).

Pero mis lectores que, sin duda, querrán saber lo que Abén-Mahomad iba a buscar en aquella casa, y como viniendo conmigo no necesitan que la puerta esté abierta para entrar, pasaremos sin que aquel viejo gruñón nos vea, y nos enteraremos de lo que allí pasó. Y por si acaso algún lector meticuloso teme entrar, no sea que el viejo del ropón le quiebre las tres costillas que pretendió quebrar a Abén-Mahomad, yo contaré lo que allí vimos y oímos todos los que, valerosamente y por arte de encantamiento, entramos (Pedro de Hidalgo, p. 52; cursiva mía)[2].


[1] Así, el capítulo VI de Jaime el Barbudo se títula «Aclaración de los precedentes».

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El episodio cervantino de Clavileño

ClavileñoLa aventura de Clavileño (Quijote, II, 40-41)[1] constituye el remate del episodio de la dueña Dolorida (que comienza en II, 38) y se enmarca en un contexto general más amplio, el de las burlas urdidas por los Duques y su mayordomo para engañar a don Quijote y Sancho y reír a costa de la locura de uno y la simplicidad de otro. Como explica la dueña Dolorida —el burlesco mayordomo de los Duques—, el caballo será enviado por el gigante Malambruno para que amo y escudero puedan volar hasta Candaya y resolver así dos encantamientos, el de los príncipes don Clavijo y doña Antonomasia y el concerniente a su propia persona (dueña Dolorida-condesa Trifaldi) y a las dueñas barbadas. Esta nueva burla, tramada por los aristócratas y sus coadyuvantes conforme al estilo caballeresco, se desarrolla a lo largo de dos capítulos, el II, 40, «De cosas que atañen y tocan a esta memorable historia» (aquí se describen las características de Clavileño el Alígero) y el II, 41, «De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura», donde se pone en práctica el plan burlador. Clavileño, recordemos, es un caballo de madera, el mismo que usaron —se dice— los amantes Pierres y la linda Magalona, que vuela veloz y con paso llano y reposado y en el que caben dos personas.

La «memorable aventura» sucede en el jardín de los Duques, de noche. Cuatro salvajes traen el caballo de madera, que dispone de una clavija para gobernar sus subidas y bajadas; los jinetes deben taparse los ojos hasta que el caballo relinche, pues esa será la indicación de que el viaje ha finalizado. Toda la escena es ridícula, porque el caballo no tiene riendas ni estribos y a don Quijote le cuelgan las piernas; al mismo tiempo, Sancho tiene que sufrir las duras ancas de tabla, porque la montura no sufre que le pongan ningún cojín (para ir algo más descansado, se pone a mujeriegas). Las voces de los presentes les indican a amo y escudero que van subiendo, aunque el buen sentido de Sancho anota la objeción de que esas voces se oyen demasiado cerca. El paso de Clavileño es tan llano, afirma don Quijote, que parece que no se mueven.

ClavileñoLos agentes activos de la burla siguen siendo los Duques y sus criados: «tan bien trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo, que no le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta» (p. 570)[2]. Así, les dan aire con fuelles y don Quijote cree que atraviesan las distintas regiones del aire, hasta llegar a la del fuego (entonces les acercan estopas ardiendo a la cara con unas cañas). Al final, pegan fuego al caballo por la cola y estalla con los cohetes tronadores que lleva dentro; desaparecen la Trifaldi y las dueñas barbadas, quedando los demás como desmayados en el jardín. Don Quijote y Sancho, chamuscados y maltrechos, quedan atónitos al verse de nuevo en el mismo lugar de donde partieron; sin embargo, ven hincada en el suelo una gran lanza con un pergamino, en el cual Malambruno les comunica que ha quedado satisfecho de la prueba, de forma que dejará mondas a las dueñas barbadas y libres a don Clavijo y doña Antonomasia. El Duque hace como que vuelve en sí, y lo mismo la Duquesa y los otros, «con tales muestras de maravilla y espanto, que casi se podían dar a entender haberles acontecido de veras lo que tan bien sabían fingir de burlas» (pp. 573-574).


[1] Clavileño ya aparecía mencionado en I, 49; su constructor fue el sabio Merlín.

[2] Cito por Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. crítica y comentario de Vicente Gaos, Madrid, Gredos, 1987.

El tiempo y el espacio en la novela histórica romántica

Poco se puede decir del tratamiento del tiempo y el espacio de las novelas históricas románticas españolas; no cumplen una función estructurante, sino que aparecen únicamente como el escenario y el momento históricos en que se va a desarrollar la acción, normalmente en el marco de una Edad Media muy idealizada y convencional, pese a los esfuerzos mayores o menores de documentación (menores en los entreguistas). El autor suele ofrecer un cuadro histórico general y pequeñas notas históricas. Ya he hablado en una entrada anterior de los elementos descriptivos de la novela de terror que pasan a la histórica, así como del pretendido «color local». Lo más notable es, sin duda alguna, la visión de la naturaleza, que no ocupa mucho lugar en estas novelas, pero que a veces alcanza altas cotas de interés, como enseguida veremos.

Besalú

Por lo que toca al tiempo, ya señalé también la distancia entre narrador e historia, con la alternancia de un pasado lejano (el tiempo de la narración) y el presente del autor-narrador. A veces en la novela aparece cierto desorden temporal y el narrador, que maneja a su voluntad todos los hilos del relato, hace volver atrás al lector para atar cabos o explicar algo sucedido anteriormente; puede ocurrir que él mismo reconozca lo inconexo de su relato como ocurre, por ejemplo, en Sancho Saldaña[1]; pero cabe también que achaque el defecto al manuscrito que está siguiendo:

Ya el lector inteligentísimo habrá comprendido por qué fue la extraña desaparición de Aznar, de que dimos cuenta en el capítulo XXVIII de esta verídica historia. El cronista muzárabe suele hacer cosas como ésta, que es dejar de explicar los sucesos cuando tienen lugar; y luego, al cabo de tiempo, hacer de modo que mal o bien se entiendan, sin ponerse a decirlo claramente (La campana de Huesca, pp. 553-54; se trata del inicio del capítulo XXXIII)[2].


[1] «Pero dejando esto aparte […], seguiremos el hilo de nuestro cuento, si es que lo tiene tan enmarañada madeja» (p. 691).

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Cervantes y Calderón

Calderón de la BarcaLa relación existente entre Cervantes y Calderón ha sido puesta de manifiesto por varios autores, que han estudiado bien los puntos de contacto generales entre ambos escritores, bien los paralelos en determinadas obras o en pasajes concretos[1]. Por ejemplo, en un trabajo de 1957 Alberto Sánchez destacaba «la clara estela cervantina, siquiera se manifieste difusa una que otra vez, en la obra dramática de Calderón de la Barca», que en su opinión entraña una admiración singular, un homenaje, «la pleitesía rendida por el gran dramaturgo del barroco español al genio universal de Cervantes»[2].

Por su parte, Edward M. Wilson señalaba que pocos críticos habían relacionado «al mayor novelista español con uno de los dos más grandes dramaturgos de ese mismo país»; opinaba que «Calderón toma de Cervantes todo aquello que le sirve para sus propósitos, rehaciéndolo y situándolo en un nuevo contexto»; y que, aunque ambos parecen muy distintos entre sí, «en varias ocasiones el humorismo de estos dos grandes escritores resulta asombrosamente similar»[3]. Posteriormente, Ignacio Arellano y Franco Meregalli repasaron con exhaustividad los principales puntos de contacto que se aprecian en la producción literaria de ambos ingenios[4].

Miguel de CervantesUna de las reminiscencias cervantinas más claras en el teatro calderoniano —dejando aparte la perdida comedia El hidalgo de la Mancha— es la burla que sufre el criado Otáñez en el tercer acto de El astrólogo fingido, cuando don Diego y Morón fingen que son capaces de trasladarlo a sus Montañas natales y se consuma el engaño (se trata de un falso vuelo mágico, similar al de don Quijote y Sancho a lomos de Clavileño). Valbuena Briones afirma taxativamente:

La burla que se hace a Otáñez es la huella cervantina más concreta en Calderón. El paralelismo entre las escenas de don Quijote y Clavileño, y Otáñez y su encantamiento, es evidente[5].

Pues bien, en las próximas entradas me propongo analizar con detalle la relación entre ambos pasajes, deteniéndome especialmente en el estudio de la función de burla que desempeñan ambos episodios en el contexto de las respectivas obras en que se insertan. Para ello, bueno será comenzar recordando los principales datos del episodio de Clavileño en el Quijote.


[1] Ver, al menos, estos trabajos: Fred Abrams, «Imaginería y aspectos temáticos del Quijote en El alcalde de Zalamea», Duquesne Hispanic Review, 5, 1966, pp. 27-34; Ignacio Arellano, «Cervantes en Calderón», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 9-35; Jean Canavaggio, «En torno al Dragoncillo. Nuevo examen de una reescritura», en Estudios sobre Calderón, ed. Antonio Navarro, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1988, pp. 9-16; Franco Meregalli, «Cervantes en Calderón», en Antonella Cancellier, Donatella Pini Moro y Carlos Romero (eds.), Atti delle Giornate Cervantine, Padua, Unipress, 1995, pp. 127-135; Antonio Regalado, «Cervantes y Calderón: el gran teatro del mundo», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 407-417; Alberto Sánchez, «Reminiscencias cervantinas en el teatro de Calderón», Anales cervantinos, VI, 1957, pp. 262-270; Ana Suárez Miramón, «Cervantes en los autos sacramentales de Calderón», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 511-537; José Carlos de Torres, «“Enquijotóse mi amo” o el tema del caballero idealista en las comedias de Calderón», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (III-CINDAC), Mallorca, Universidad de las Islas Baleares, 1998, pp. 619-629; y Edward M. Wilson, «Calderón y Cervantes», en Hans Flasche y Robert D. F. Pring-Mill (eds.), Hacia Calderón. Quinto Coloquio Anglogermano Oxford 1978, Wiesbaden, Franz Steiner Verlag, 1982, pp. 9-19.

[2] Sánchez, «Reminiscencias cervantinas en el teatro de Calderón», pp. 262 y 270, respectivamente.

[3] Wilson, «Calderón y Cervantes», pp. 9, 17 y 18, respectivamente.

[4] Ver la referencia completa de sus trabajos en la nota 1.

[5] Ángel Valbuena Briones, «Nota preliminar» a El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, Madrid, Aguilar, 1956, p. 126.

Empleo del fuego para crear incidentes dramáticos en la novela histórica romántica

Se trata de un recurso bastante socorrido en los novelistas románticos españoles, que tiene su precedente más claro en el incendio del castillo de Torquilstone en Ivanhoe de Walter Scott. Así, en Doña Isabel de Solís será el incendio del Real durante el sitio de Granada; en Los héroes de Montesa arde ese pueblo en medio de una batalla; en Gómez Arias, el pueblo de Alhacén; en La heredera se produce un incendio en el asalto a Balaguer; en Sancho Saldaña arde el bosque en que se refugian los bandidos; El templario y la villana termina con el desplome de la torre del castillo de Rocafort, devorada por las llamas; en Don García Almorabid, además del incendio de la Nabar-Erría, Pedro de Oyan-Ederra quema a su mujer e hijos cegado por los celos.

Castillo en llamas

Navarro Villoslada hace uso de este procedimiento en sus dos primeras novelas: en Doña Blanca, arde el castillo del conde de Lerín, y Jimeno se encarga de salvar de las llamas a la joven Catalina; en Doña Urraca es pasto del fuego el castillo del usurpador Ataúlfo de Moscoso, que muere abrasado, al igual que su nodriza Gontroda. En Ave, Maris Stella no es el fuego, sino el agua (la crecida de un río) lo que provoca la destrucción del palacio de las señoras de Quijas[1].


[1] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

«El camello cojito (Auto de los Reyes Magos)», de Gloria Fuertes

Para celebrar la fiesta de la Epifanía del Señor copiaré hoy el poema «El camello cojito (Auto de los Reyes Magos)», de Gloria Fuertes, todo un clásico en estas fechas, perteneciente a su libro para niños Lo primero es lo primero. Lo primero es el Belénilustrado por Marifé González. Además se puede escuchar, recitado por la propia autora, aquí (por cierto, a la altura del verso 20, me parece que la palabra que dice esta «mujer de verso en pecho» no es precisamente «birria»…).

Cubierta del cuento El camello cojito, de Gloria Fuertes y Nacho Gómez

El camello se pinchó
con un cardo en el camino
y el mecánico Melchor
con buen tino le dio vino.
Baltasar fue a repostar
más allá del quinto pino
e intranquilo el gran Melchor
consultaba su «Longinos»[2].

—¡No llegamos, no llegamos
y el Santo Parto ha venido!
—Son las doce y tres minutos
y tres reyes se han perdido.

El camello cojeando
más medio muerto que vivo
va espeluchando su felpa
entre los troncos de olivos.

Acercándose a Gaspar,
Melchor le dijo al oído:
—Vaya birria de camello
que en Oriente te han vendido.

A la entrada de Belén
al camello le dio hipo.
¡Ay, qué tristeza tan grande
en su belfo y en su tipo!

Se iba cayendo la mirra
a lo largo del camino;
Baltasar lleva los cofres,
Melchor empujaba al bicho.

Y a las tantas ya del alba
—ya cantaban pajarillos—
los tres reyes se quedaron
boquiabiertos e indecisos,
oyendo hablar como a un Hombre
a un Niño recién nacido.
—No quiero oro ni incienso
ni esos tesoros tan fríos,
quiero al camello, le quiero.
Le quiero —repitió el Niño.

A pie vuelven los tres reyes
cabizbajos y afligidos.

Mientras el camello echado
le hace cosquillas al Niño[1].


[1] La famosa marca de relojes suiza es Longines; pero, en este contexto, bien puede ser Longinos, como pide la rima del romance…

[2] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 197-199 (aquí, en el título, se ha suprimido el adjetivo «cojito», que restituyo; y en el v. 4 suplo también «con buen tino», que completa el octosílabo).

«Que es la noche de Reyes», de José Luis Hidalgo

Para todos aquellos —niños y no tan niños— que, al acostarse esta noche, son capaces todavía de sentir ilusión, esta sencilla poesía de José Luis Hidalgo:

Que es la noche de Reyes,
duérmete pronto,
ya se oyen sus caballos
bajo los chopos.

Duérmete, hijo, duerme;
cierra los ojos,
que si te ven despierto,
por ser curioso
tus zapatos, al alba,
estarán solos.

Duérmete, hijo, duerme;
cierra los ojos,
que están los Reyes Magos
bajo los chopos[1].

Reyes Magos


[1] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 197.

Uso de prendas y objetos simbólicos en la novela histórica romántica

Medallón con retrato de damaEs frecuente que los personajes utilicen prendas (un anillo, una piedra preciosa, una banda o cinta, un retrato, una cruz, un guante…) para reconocerse entre ellos, como salvoconducto, como gajes de un duelo o para conceder un favor a quien las presente[1]. Citaré solo unos ejemplos: en Don García Almorabid, Azeari reconoce al amante de su hija por un relicario de oro; en El señor de Bembibre, Beatriz recibe la trenza y la sortija que entregó a Álvaro, al que ahora cree muerto; el Cid luce al alancear un toro en La conquista de Valencia la cruz que le ha dado Jimena para que pueda reconocerlo, a pesar de ocultar su personalidad.

Y todavía se pueden citar más ejemplos: el retrato de la reina, presentado oportunamente en Gómez Arias delante de ella, sirve para salvar la vida del protagonista, pues ha empeñado su palabra en conceder cualquier gracia que se le pida a quien lo muestre; en Sancho Saldaña, Jimeno y Usdróbal intercambian una sortija de oro y un relicario con un fragmento de la Vera Cruz en señal de su desafío[2].


[1] Recuérdese en la novela del escocés el relicario y la cadena de oro que intercambian Ivanhoe y Bois-Guilbert como gajes del torneo, el guante de Rebeca como prenda para su campeón, la armadura y el caballo que recibe Ivanhoe del judío Isaac por la ayuda prestada o la trompa que Robín entrega a Ricardo.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.