Los personajes femeninos del «Quijote»

El universo de personajes femeninos en el Quijote está constituido por una serie de tipos, muchos de los cuales provienen de géneros precedentes (la novela de caballerías, la de aventuras sentimentales, la morisca, el romancero, la poesía petrarquista, etc.)[1]. Sin embargo, en la novela cervantina los tipos dejan de ser simples imitaciones sin vida ya que adquieren rasgos definitorios y sello de humanidad. Las mujeres del Quijote, en efecto, van más allá de la tipicidad: son mujeres de carne y hueso, cada una con un conflicto personal profundamente humano, cada una con sus pasiones, anhelos, dolores…

Dulcinea

En general, el Quijote nos transmite una visión positiva de la mujer, y las historias amorosas que se exponen suelen tener un final feliz (tras vivir, eso sí, los enamorados un largo y doloroso proceso de pruebas). Los personajes femeninos presentes en la obra de Cervantes forman un mosaico amplio de clases sociales: mujeres que van desde las «mozas del partido» de la venta donde será armado caballero don Quijote hasta la ideal Dulcinea del Toboso, modelo de amada platónica, pasando por la esperpéntica pero bondadosa Maritornes, las pastoras Marcela y Leandra, la morisca Zoraida, la Duquesa y las damas de su Corte como Altisidora, la «sin par» Teresa Panza, las damas barcelonesas, etc., etc. En suma, como se ha dicho alguna vez, hay en el Quijote mujeres con aroma a incienso y mujeres que huelen a ajos, cortesanas (en los dos sentidos de la palabra), labradoras, aventureras, mujeres de su hogar, etc.

Maritornes

Cervantes nos transmite en sus obras acabados retratos femeninos, y esto, su acertada percepción del mundo de las mujeres, se ha explicado a veces considerando la importancia que tuvieron en su vida, tanto su madre y sus hermanas como las mujeres que amó. Si bien el entorno vital del escritor fue durante mucho tiempo predominantemente masculino (milicia, cautiverio en Argel, vida trashumante como alcabalero real…), su biografía está también marcada por notables presencias femeninas: su madre, que le animó a frecuentar los libros; su esposa Catalina de Salazar, con la que casa en 1584, sin que al parecer llegaran a formar un matrimonio muy feliz; su amante Ana Franca; su hija natural, Isabel; sus hermanas y sobrina, apodadas despectivamente «las Cervantas», etc. Como indica Héctor Márquez, no hay un personaje femenino de la vida real de Cervantes que se pueda relacionar directamente con el Quijote; sin embargo, su experiencia vital y su conocimiento de los diferentes estratos de la sociedad se dejan notar claramente en la caracterización de todos sus personajes.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

El afán de verosimilitud en la novela histórica romántica española (2)

El lago de Carucedo, de Gil y CarrascoSon muy frecuentes las alusiones a la crónica en La campana de Huesca; el narrador dice haberla encontrado a orillas de las alamedas de la Isuela y se presenta como «humilde copista de esta crónica»[1], aunque completa su información con otros papeles sueltos. Ni rey ni Roque es una historia sacada de unos rollos de pergamino que el narrador simplemente transcribe y entrega a un editor para que los dé al público. Los caballeros de Játiva es el fruto de las investigaciones, durante un verano, en una biblioteca. En El lago de Carucedo un viajero escucha al barquero la historia, que está escrita en los papeles de don Atanasio, el cura[2].

Otras veces, se combina el seguimiento de una crónica y la investigación personal del narrador-autor. Veamos por ejemplo estas palabras de la conclusión de Sancho Saldaña:

Hasta aquí la crónica de que hemos extractado esta historia que, si bien la creemos agradable, no la juzgamos exenta de defectos, y sobre todo no nos satisface la manera que el cronista tiene de satisfacer ciertas dudas. También hemos notado algunos olvidos, y quizá haya algunas contradicciones; pero como nuestro deber era compilar y no corregir, nos hemos conformado en un todo con el original. Con todo, como si se concluyese aquí la historia quedaría tal vez disgustado el lector por no saber qué se hicieron algunos personajes de ella, nosotros, a fuerza de escrutinios e investigaciones, hemos hallado algunas noticias que vamos a comunicarle (p. 751)[3].


[1] «La tarea del copista se ha limitado a descifrar y poner en claro los confusos pergaminos donde por tantos siglos ha estado desconocida esta crónica, y a descargar el estilo de voces y frases ha mucho ausentes de los labios de los españoles» (p. 7).

[2] «Pareciole a nuestro viajero por extremo curioso el manuscrito, y acortando ciertas sutilezas escolásticas que el buen don Atanasio no había economizado a fuer de buen teólogo, lo adobó y compuso a su manera. Como es muy amigo nuestro y sabemos que no lo ha de tomar a mal nos atrevemos a publicarle» (p. 223). Otro ejemplo: «Estos acontecimientos, consignados en una vieja y carcomida crónica, son los que vamos a escribir, no con elegancia ni prolijidad, sino concienzuda y fielmente, entresacando los hechos de sus roídas hojas, como las abejas extraen la miel del cáliz perfumado de las flores» (El testamento de don Juan I, p. 9).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes del «Quijote»: Roque Guinart y Antonio Moreno

En fin, dos personajes interesantes que aparecen en la parte final de la novela, cuando don Quijote se acerca a Barcelona, son Roque Guinart y Antonio Moreno[1]. El primero de ellos está construido sobre la base de un personaje real, Perot Roca Guinarda, famoso bandolero de la época que actuaba en la provincia de Barcelona. En este episodio lo vemos como un bandolero bueno que hace justicia por su propia cuenta, una especie de «desfacedor de agravios modernos», rasgo que lo acerca a don Quijote, quien siente cierta admiración hacia él.

Don Quijote y los bandoleros de Roque Guinart

Roque Guinart conduce hasta Barcelona a nuestro caballero andante y lo deja en manos de su amigo Antonio Moreno, un noble menor que será otro de sus burladores, contribuyendo a la progresiva degradación del personaje: él ha preparado el recibimiento burlesco de don Quijote en la ciudad.

Don Quijote entrando en Barcelona

Además, en su casa don Quijote consultará la cabeza encantada y asistirá a un sarao de damas; y, por último, será su guía en la ciudad y en su compañía visitará la imprenta donde están componiendo el Quijote apócrifo y, más tarde, las galeras.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

El afán de verosimilitud en la novela histórica romántica española (1)

El narrador suele dar fe de que su novela es una «verídica historia»; los novelistas que han manejado más documentación suelen aportar, incluso, notas eruditas (el caso extremo es el de Martínez de la Rosa, aunque también Cortada y Navarro Villoslada las añaden) indicando sus fuentes, comentando aspectos lingüísticos, político-sociales y culturales de la época de su novela que resulten extraños[1] o requieran alguna aclaración, o señalando, los más escrupulosos, hasta los más pequeños desvíos de la historia real que se han permitido[2].

Por supuesto, este aspecto depende de cada autor y de su preocupación por la reconstrucción histórica del momento que le ocupa, con grados que van desde lo arqueológico de Doña Isabel de Solís a la casi nula preocupación de los entreguistas, pasando por autores que dejan ver en sus novelas una documentación seria, pero no tan excesiva que ahogue su fantasía[3]. Pero todos por igual señalarán la historicidad de lo que escriben y algunos llegarán a llamarse «historiadores verídicos».

Cronista medievalEn este sentido, un aspecto muy interesante a la hora de aumentar la verosimilitud de lo que se cuenta es el recurso tópico a la crónica o manuscrito que el autor dice seguir al pie de la letra; de esta forma la novela cuenta con «la fidelidad de la historia». Una variante es la técnica de los «papeles hallados»: el narrador-autor (aquí es difícil discernir) ha encontrado, bien en el curso de sus investigaciones, bien por pura casualidad, unos documentos que él se limita a transcribir y editar; de esta forma, la novela no se presenta como suya, sino avalada por la antigüedad de la historia o de una persona de mayor autoridad. Era un recurso habitual de la novela de caballerías, parodiado por Cervantes en el Quijote con la mención del historiador arábigo Cide Hamete Benengeli[4].


[1] Fernández y González justifica en nota el que una mujer de su Bernardo del Carpio sepa escribir en aquella época; el autor de Amor y rencor sale al paso de quienes podrían calificar de inverosímil el hecho de presentar a una mujer vistiendo y entrando en combate como un hombre.

[2] Escosura, en unas «Advertencias» al final de Ni rey ni Roque, pide disculpas por los posibles fallos históricos dado que, por las especiales circunstancias de composición (confinamiento, exilio, servicio en el ejército y en la Guardia Real), no ha podido consultar mapas o libros de historia, debiendo confiar solo en su memoria. También el autor de Edissa pide perdón por los anacronismos que haya podido introducir.

[3] Y así, abundan las descripciones de armas con sus motes y divisas, vestidos, mobiliario, ceremonias (torneos, justas, nombramiento de caballeros) y, en general, de todos aquellos elementos que contribuyen a la consecución del «color local» más o menos tópico del medievalismo romántico.

[4] Cfr. Martín de Riquer, Aproximación al «Quijote», Madrid, Salvat-Alianza, 1970, pp. 65-67. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes del «Quijote»: el Duque y el morisco Ricote

Muy notable es la presencia en la Segunda Parte del innominado Duque, quien representa en el escalafón social a la más alta nobleza[1]. Junto con la Duquesa, y con ayuda de todos sus sirvientes, organizará una serie de bromas, no exentas de crueldad, para reírse a costa de don Quijote y Sancho, que quedan rebajados así al papel de bufones de Corte.

El innominado Duque del Quijote

El Duque es el máximo exponente de esa nobleza cortesana y ociosa, que no tiene ya una función social clara, y que Cervantes ataca —a través de don Quijote— en distintas ocasiones. Por otro lado, se sugiere la corrupción de este personaje en el episodio de la hija de doña Rodríguez (recordemos que el Duque no ha defendido la honra de esta doncella porque quien ha cometido el agravio es el hijo de su prestamista).

La introducción del morisco Ricote, vecino de Sancho con el que se encuentra al salir del gobierno de la ínsula, supone un episodio intercalado que sirve de contrapunto a la historia de la mora Zoraida en la Primera Parte. El de la situación de los moriscos era un tema de actualidad porque en los años 1609 y 1613 Felipe III había dictado sendos edictos de expulsión contra ellos, y Ricote es un representante de todas esas personas que han tenido que sufrir la amarga experiencia de salir al destierro dejando abandonado todo lo que poseían. Cervantes, muy humanamente, nos muestra el vivir del desarraigo de este personaje que llora por tener que abandonar las tierras de su amada España.

Moriscos


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

La omnisciencia del narrador en la novela histórica romántica española (y 3)

Así pues, desde su omnisciencia, el narrador controla, como poderoso demiurgo, todos los aspectos de la novela (narración, descripción y diálogos) y se hace presente en sus páginas a cada momento. Lo cual no quita para que a veces decida limitar esa omnisciencia, afirmando no conocer algo (siempre pequeños detalles[1]) y también suprimir algún diálogo poco interesante o alguna descripción que resulta repetitiva o demasiado truculenta. Esta «pereza narrativa» se manifiesta con frases de este jaez: «no es dable describir…», «no hay palabras para mostrar…», «imposible sería pintar…», «no nos detendremos en…», «dejamos a la consideración del lector…», «largo y prolijo fuera retratar…», «sería narración verdaderamente interminable…». Comentaré a continuación algunos ejemplos concretos.

El narrador de La campana de Huesca escamotea unas descripciones que dice están en la crónica que sigue (pp. 54-55); el de La conquista de Valencia por el Cid tiene que solicitar la ayuda de Virgilio y de los «trovadores del Tay y del Sena» porque no puede describir la «tierna escena» de la entrevista entre el héroe y doña Jimena[2]. Parece que el encuentro de los amantes ofrece especiales dificultades, pues también se excusa el narrador de El golpe en vago cuando Isabel y Carlos se reúnen definitivamente: «Estas escenas de rara ocurrencia en la vida humana poseen una intensidad, una elevación de sentimientos que no pueden expresar las descripciones» (p. 1117). En Bernardo del Carpio se rehúsa describir una escena de horror (un niño devorado por los lobos, p. 445). No se nos describe un baile aldeano en La heredera de Sangumí por ser muy similar a «lo que vemos en nuestros días» (p. 1138). En Sancho Saldaña, en fin, el narrador menciona un torneo: «Pero como ya se ha descrito muchas veces este género de pasatiempos, y nadie ignora en lo qué consistían, nos contentaremos con decir…» (p. 688).

Torneo

En definitiva, el narrador de la novela histórica romántica española es tan sencillo que apenas ofrece características especialmente interesantes que comentar[3].


[1] Son frecuentes las expresiones del tipo «no podemos asegurar…», «no sé decir…», «sospechamos…», etc. Por ejemplo, en La heredera de Sangumí el narrador señala en nota que ha revuelto varios papeles para saber cuál era el romance que cantaba Matilde, pero que le ha resultado imposible averiguarlo (p. 1169).

[2] Más adelante ocurre algo similar con el encuentro de Jimena con sus hijas después de larga ausencia: «No es posible pintar con el colorido de la verdad esta escena; las almas sensibles adivinarán los transportes y suavísimas conmociones que experimentaron» (pp. 316-317).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes del «Quijote»: don Diego Miranda y su hijo don Lorenzo

Debemos mencionar también a don Diego de Miranda, conocido como el Caballero del Verde Gabán, y a su hijo don Lorenzo, poeta glosista[1]. Don Diego es un labrador rico, en cuya casa no hay novelas de caballerías, pero sí libros de honesto entretenimiento. Para Bataillon es un personaje equilibrado que, con su «dorada medianía», simboliza la cordura y responde al ideal de hombre del erasmismo; más negativa es, en cambio, la interpretación de Castro, para quien representa la moral acomodaticia de la sociedad contemporánea, que no hace nada por cambiar la situación de las cosas, con una actitud inactiva opuesta a la de don Quijote, que sale al mundo en busca de andanzas caballerescas.

El Caballero del Verde Gabán

Su hijo don Lorenzo quiere ser poeta, y esta decisión, que desagrada a su padre, es la circunstancia que da pie a don Quijote para reflexionar sobre la educación de los hijos (aconseja no forzarlos y dejar que sigan libremente su inclinación) y para declamar un bello discurso en el que elogia la poesía como la más principal de entre todas las ciencias. Además, don Lorenzo ofrece una acertada descripción de la locura de don Quijote al calificarlo, según ya indicamos en otra entrada, como «un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos» (II, 18, p. 776).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

La omnisciencia del narrador en la novela histórica romántica española (2)

Es muy frecuente la comunicación entre narrador y lector (los dos, como he indicado en la entrada anterior, son ajenos al tiempo de la narración), por medio de frases del tipo «como se imaginará el discreto lector», «si no lo ha olvidado el lector», «como puede suponer quien esto leyere», etc. En ocasiones, el narrador no se refiere a un lector implícito en general, sino que habla concretamente a «los maridos» o a «las lectoras»[1]. A veces finge acompañar al lector mostrándole los personajes, escenarios y acciones de la novela. Esa relación se marca todavía más con el uso y abuso de otras expresiones que van señalando a cada paso la presencia del narrador: «según vimos», «como dijimos»[2], «nuestro héroe», «un viejo conocido nuestro», «como ya señalé hace poco».

Libros antiguos

En definitiva, el narrador se encarga de manejar todos los hilos del relato: nos ofrece al principio un cuadro general con la situación histórica de la época en que sitúa su novela e introduce de vez en cuando pequeños resúmenes para facilitar la ambientación[3]; da la palabra a los personajes para que hablen (normalmente por medio de diálogos largos y un tanto afectados, aunque siempre hay excepciones) o bien se recrea en largas y frecuentes descripciones (del paisaje, de armas, de vestidos) que ralentizan algún tanto el tempo de la novela, acelerado por la sucesión de lances y aventuras; o introduce algún toque de humor (que no son muy frecuentes en este tipo de obras); o abandona a un personaje para seguir a otro[4]; o intercala historias secundarias, a veces con muy poca relación con la principal, o incluye digresiones y afirmaciones generalizadoras de tipo moral, político o literario. Es, en fin, un narrador que deja muy poco margen para la participación activa del lector; como señala Pozzi, el lector implícito de El doncel de don Enrique el Doliente —y su conclusión es válida para las otras novelas— resulta muy sencillo:

Sus conocimientos —determinados de manera explícita por el texto— se reducen a una familiaridad superficial con la vida cotidiana del siglo XIX; ignora por completo cualquier aspecto histórico o cultural del siglo XV. Es, además, un lector corto de memoria y de exigua capacidad inferencial. El narrador le proporciona todo lo necesario para la construcción de la imagen que abarca la obra; en cierto sentido, le entrega una imagen ya digerida e interpretada: le recuerda datos; marca con explicitez los acontecimientos significativos; y comenta su importancia dentro de la trama. El lector añade poco de su parte, queda «sobrecodificado», su papel sobredeterminado y, por lo tanto, carece de libertad en este tipo de novela; se subyuga a la voluntad del narrador, quien constituye la «autoridad suprema»[5].


[1] «Mas pienso que no haya de desagradar a las lectoras el saber que Aznar, a pesar de su crueldad, trató toda su vida amorosísimamente a Castana» (La campana de Huesca, p. 569); «Mi más cándida lectora lo hubiera comprendido», escribe Fernández y González (La mancha de sangre, p. 36), y también Teresa Arróniz y Bosch se dirige en particular a «nuestras lindas lectoras» (El testamento de don Juan I, p. 87).

[2] Es muy frecuente que el narrador emplee el plural de modestia.

[3] El capítulo IV de Edissa es una «Advertencia histórica» sobre la situación de los judíos en aquella época; el primer capítulo de la segunda parte de Pedro de Hidalgo se titula «Breve reseña histórica para el mejor conocimiento de los hechos venideros».

[4] «Mas la ilación de los sucesos nos ha apartado de un personaje a quien debemos seguir aún breves momentos para que no aclare algún punto de alta importancia para el final de esta historia» (Los caballeros de Játiva, p. 279).

[5] Gabriela Pozzi, «El lector en la novela histórica: El doncel», en Discurso y lector en la novela del siglo XIX (1834-1876), Amsterdam / Atlanta, Rodopi, 1990, p. 142. Me parece acertada su explicación de este fenómeno: «Con la novela histórica comienza el renacimiento decimonónico de la novela y la creación de un nuevo público burgués y pequeño burgués; era de esperar que el entrenamiento del lectorado comenzara con papeles sencillos cuyo desempeño no exigiera un alto grado de competencia literaria» (p. 43). Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes del «Quijote»: Sansón Carrasco

En la Segunda Parte del Quijote, la nómina de personajes masculinos se enriquece con nuevos nombres[1]. Tenemos, en primer lugar, al licenciado Sansón Carrasco, aliado del cura y el barbero en el empeño de llevar a casa a don Quijote tras su tercera salida. Intentará vencerlo como Caballero de los Espejos o del Bosque, pero será derrotado.

El Caballero de los Espejos

A partir de este momento, el deseo de venganza será otro de los impulsos de su actuación, y terminará venciendo a don Quijote en las playas barcelonesas bajo el nombre de Caballero de la Blanca Luna.

El Caballero de la Blanca Luna

Él es quien, en esta Segunda Parte, representa la función literaria, pues llega con la noticia de la publicación de un libro con las aventuras de don Quijote de la Mancha (II, 3).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

La omnisciencia del narrador en la novela histórica romántica española (1)

En la novela histórica romántica española, las técnicas relativas al narrador se pueden clasificar en tres apartados: 1) omnisciencia del narrador y distanciamiento de la historia; 2) afán de verosimilitud; 3) arquitectura del relato: estructura y tempo narrativo[1]. Consideraré en esta entrada algunas cuestiones relacionadas con el primero de ellos.

Hay que comenzar señalando que el narrador de estas novelas históricas es muy convencional y muy poco complicado, demasiado sencillo para lo que estamos acostumbrados a ver hoy día después de las grandes aportaciones de la narrativa moderna. En efecto, se trata de un narrador omnisciente en tercera persona que se sitúa fuera de la historia, fuera del tiempo narrativo, en un momento que es el presente del autor y de sus lectores contemporáneos, para hablarnos de un ayer pasado; así, señala frecuentemente la distancia entre «nuestros días» y «aquellos tiempos» de ignorancia y barbarie, a veces por la mención de ruinas que denotan el paso inexorable del tiempo, o bien mostrando los aspectos coincidentes o discrepantes entre una época y otra.

Libros antiguos

Dicho de otra forma, existe una lejanía muy clara, marcada voluntariamente, entre el emisor y el receptor de un lado y la historia narrada de otro, tal como ha destacado Bergquist:

El autor omnisciente del siglo XIX no viajaba en el tiempo, para colocarse en la misma época de sus personajes, sino que se mantiene siempre en su propia época y observa los siglos anteriores desde allí, posición que tiende a alejar tanto al narrador como al lector del relato[2].


[1] Puede consultarse la tesis de Inés L. Bergquist, El narrador en la novela histórica española de la época romántica, Berkeley, University of California, 1978, que estudia algunas técnicas narrativas en seis novelas: Los bandos de Castilla, El doncel de don Enrique el Doliente, Sancho Saldaña, El señor de Bembibre, Doña Blanca de Navarra y Amaya. Son también muy interesentes dos trabajos bastante recientes sobre El doncel: Georges Günter, «Estrategias narrativas en El doncel de don Enrique el Doliente», en Georges Günter y José Luis Varela (eds.), Entre pueblo y corona. Larra, Espronceda y la novela histórica del Romanticismo, Madrid, Editorial de la Universidad Complutense, 1986, pp. 37-61; y otro sobre Doña Blanca: Enrique Rubio, «Las estructuras narrativas en Doña Blanca de Navarra», en Romanticismo 3-4. Atti del IV Congresso sul Romanticismo Spagnolo e Ispanoamericano. Narrativa romantica, Génova, Universidad de Génova, 1988, pp. 113-121; también Gabriela Pozzi, «El lector en la novela histórica: El doncel», en Discurso y lector en la novela del siglo XIX (1834-1876), Amsterdam / Atlanta, Rodopi, 1990, pp. 7-43. Para el lenguaje del narrador, ver María Antonia Martín Zorraquino, «Aspectos lingüísticos de la novela histórica española: Larra y Espronceda», en Georges Günter y José Luis Varela (eds.), Entre pueblo y corona, cit., pp. 179-210; y para la relación con el teatro romántico, Ermitas Penas, «Discurso dramático y novela histórica romántica», Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, año LXIX, enero-diciembre de 1993, pp. 167-193.

[2] Bergquist, El narrador en la novela histórica española de la época romántica, p. 29. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.