Leandro Fernández de Moratín: nuevos viajes, amores y estrenos teatrales

Tras estos viajes por Francia e Inglaterra, y también por Italia (Nápoles, Roma, Bolonia…), Moratín regresa a España en 1796, siendo nombrado por Godoy, al año siguiente, Secretario de Interpretación de Lenguas. Entonces puede dedicarse de nuevo a la literatura, a escribir para el teatro y asistir a las tertulias[1].

En 1798 conoce a su nuevo amor, Paquita Muñoz: la relación entre ambos es sincera y recíproca, pero Moratín no se decide a contraer matrimonio y la joven terminaría casándose (años después, en 1816) con otro, un militar llamado Francisco Valverde. Sea como sea, el escritor mantuvo siempre con Paquita una fiel y sincera relación de amistad.

Ese mismo año de 1798 publica su traducción de Hamlet. Al siguiente es nombrado Director de la Junta de Dirección y Reforma de los Teatros, y más tarde Director de los Teatros, cargos a los que renunciará al ver lo difícil que resulta introducir mejoras en la anquilosada escena española. Ese año de 1799 se repone La comedia nueva, bajo su propia dirección.

Cartel moderno de La comedia nueva o El café de Moratín

En 1803 tiene lugar el accidentado estreno de El barón, y en 1804 de La mojigata, obra igualmente polémica. Son los años de triunfo teatral para Moratín. En efecto, el 24 de enero de 1806 estrena El sí de las niñas, con un éxito sin precedentes en el teatro español (veintiséis días en cartelera). En lo personal, en 1807 llega la ruptura con Paquita Muñoz.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012. José Montero Padilla ha destacado esta faceta de «viajero de Europa» de Moratín: «El perfil viajero constituye un aspecto esencial en la personalidad de Leandro Fernández de Moratín. Por gusto primero, por necesidad de desterrado después, el escritor recorrió insistentemente los caminos de Europa» (introducción a su edición de El sí de las niñas, 7.ª ed., Madrid, Cátedra, 1981, pp. 15-16).

El «Quijote» frente a la narrativa anterior

Debemos comenzar revisando la importancia y la significación del Quijote como obra que inaugura la llamada «novela moderna»[1]. ¿En qué consiste ese nuevo modo de novelar? ¿Por qué el Quijote cambia los parámetros del género narrativo según se conocía hasta entonces? El Quijote es una novela que, en primer término, sintetiza las principales formas novelísticas de aquel tiempo: la novela de caballerías, la novela morisca, la novela sentimental, la novela pastoril (no olvidemos que Cervantes escribió una, La Galatea, publicada en 1585), la novela llamada «bizantina»[2] o de aventuras griegas (también se ejercitó en este subgénero con Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de aparición póstuma en 1617) y, por último, la novela picaresca, de gran auge a finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Pero no solo sintetiza esas formas narrativas: en realidad, la inmortal novela cervantina supera todas esas modalidades precedentes y contemporáneas.

Conviene en este punto revisar algunas de las ideas de Edward C. Riley, uno de los mayores especialistas en la obra cervantina, expresadas en su Teoría de la novela en Cervantes, cuyo original inglés es del año 1962. Como hace notar este autor, el potencial público lector al que se podía dirigir Cervantes era bastante reducido (solo un veinte por ciento de la población española, aproximadamente, sabía leer), y quienes leyeron el Quijote en el momento de su aparición fueron miembros de la alta nobleza, hidalgos, clérigos, escolares, etc. Ese número de lectores potenciales se ampliaba algo si consideramos que seguía vigente entonces la práctica de la lectura en voz alta por parte de una persona para un grupo más amplio (recordemos lo que sucede en la venta de Juan Palomeque el zurdo cuando el cura lee ante un variado auditorio la historia de El curioso impertinente).

Ese público lector del Quijote posiblemente había leído también —o conocía al menos su argumento— La Celestina de Fernando de Rojas (ficción dialogada, drama en prosa…), estaba al corriente de misceláneas educativas al estilo del Libro áureo del emperador Marco Aurelio de fray Antonio de Guevara, había tenido contacto con obras de tema morisco como la anónima Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa o las Guerras civiles de Granada de Ginés Pérez de Hita; novelas pastoriles como la Diana de Jorge de Montemayor y sus continuaciones; novelas de caballerías como el Amadís de Gaula; los romances sentimentales a la manera de la Cárcel de amor de Diego de San Pedro; y, especialmente, la novela picaresca, con obras señeras como el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán (auténtico best-seller de la época) o La pícara Justina de Francisco López de Úbeda (otro de los grandes rivales literarios de Cervantes en el momento de aparición del Quijote).

Guzmán de Alfarache

En aquella época de transición (finales del Renacimiento, Manierismo y principios del Barroco) aún no se utilizaba el término novela para designar a estas obras de ficción en prosa, ni había en castellano ningún vocablo específico para referirse a ellas. Se hablaba indistintamente de libro, historia y romance, término este último ambiguo porque se utilizaba también para un tipo de composición en verso. Los romances o protonovelas tenían en común un factor: la suma de aventuras de distinto tipo, según el principio de la variedad (la variedad era un elemento estimado porque se consideraba que gustaba y entretenía al lector[3]). La voz novela deriva del italiano novella, y comienza a utilizarse con el sentido específico de ‘relato breve’.

Cervantes fue, sin duda alguna, un gran escritor y también un magnífico lector que supo sacar gran provecho de sus abundantes y diversas lecturas[4]. Y, así, en el Quijote dará entrada a las distintas modalidades narrativas practicadas hasta entonces, incorporando y modificando sus técnicas y estructuras habituales, para fraguar algo nuevo y genial: Cervantes, con el Quijote, crea la novela moderna, un modo realista y verosímil de cultivar el género narrativo que cambiaría para siempre el curso de su expresión.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Ver Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, La novela bizantina española: apuntes para una revisión del género, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1988; y Javier González Rovira, La novela bizantina de la Edad de Oro, Madrid, Gredos, 1996.

[3] Se trata de un tópico formulado de diversas maneras: «Buen ejemplo nos da naturaleza, / que por tal variedad tiene belleza», «Que per troppo variare, natura è bella», etc.

[4] Salvador de Madariaga, Guía del lector del «Quijote». Ensayo psicológico sobre el «Quijote», prólogo de Luis María Anson, Madrid, Espasa Calpe, 1978.

Leandro Fernández de Moratín: primeros viajes y estrenos teatrales

Leandro, que ha heredado de su padre el sentido clasicista y didáctico del teatro, queda en una difícil situación económica al morir don Nicolás en 1780[1]. Trabaja entonces como aprendiz en la Joyería Real, junto con sus tíos Victorio Galeoti y Miguel, aunque el sueldo apenas le da para mantener a su madre y la casa. Conoce en 1781 al que sería uno de sus grandes amigos, Juan Antonio Melón. En 1785 muere su madre y se traslada a vivir con su tío Nicolás Miguel.

Por influencia y recomendación de Jovellanos, en 1787 viaja a París para trabajar como secretario del conde de Cabarrús. Allí vive un año; toma contacto con el teatro francés y conoce a Carlo Goldoni. Por esta época escribe su zarzuela El barón, que no llega a estrenarse. Cuando cae en desgracia Cabarrús, se queda sin protección y sin ingresos, así que en 1788 se ve precisado a regresar a España.

Intenta estrenar su comedia El viejo y la niña, pero la representación es prohibida por el vicario eclesiástico de Madrid. Indignado por las envidias y rivalidades de sus émulos literarios, publica su sátira en prosa La derrota de los pedantes. Unos versos suyos caen en gracia al conde de Floridablanca y este le concede un beneficio eclesiástico (una prestamera de 300 ducados) en un monasterio de Burgos; para poder disfrutarlo, Moratín tiene que tomar las órdenes menores o de primera tonsura. Junto con Forner, consigue entrar en contacto con Godoy, cuya protección resultará esencial: en 1790 logra estrenar por fin, en el Teatro del Príncipe, El viejo y la niña.

Manuel Godoy

Además le son concedidos dos nuevos beneficios eclesiásticos, con lo que resuelve sus preocupaciones económicas y dispone de más tiempo para dedicarse a escribir: en efecto, alternará su residencia en Madrid con estancias en la casa solariega de Pastrana, donde trabaja en sus escritos. Redacta La mojigata y La comedia nueva, pieza en la que expone su teoría dramática, estrenada en el Teatro del Príncipe en 1792.

El gobierno le concede una pensión de 30.000 reales para viajar por Europa. Marcha a Francia, y asiste en París al estallido de la revolución: es testigo en esos primeros días del apresamiento de Luis XVI; la violencia desatada y los sangrientos sucesos que contempla le empujan a salir con urgencia para Londres[2], donde le sorprenderá gratamente el ambiente de libertad ideológica. Estudia a los autores ingleses y comienza a traducir Hamlet. Al parecer, mantiene amores (o amoríos) con una joven inglesa[3]. Desde allí le escribe a Godoy para solicitar la plaza de Director de los Teatros madrileños, con el fin de llevar a cabo la profunda reforma que tiene proyectada[4].


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] La estancia de Moratín en Inglaterra ha sido estudiada por Pedro Ortiz Armengol, El año que vivió Moratín en Inglaterra (1792-1793), Madrid, Castalia, 1985.

[3] En carta a su amigo Juan Antonio Melón escribe: «¡Cómo bebo cerveza! ¡Cómo hablo inglés! ¡Qué carreras doy por Hay-Market y Covent Garden! Y, sobre todo, ¡cómo me ha herido el cieguezuelo rapaz con los ojos zarcos de una espliegadera!».

[4] Para sus proyectos reformistas ver Pablo Cabañas, «Moratín y la reforma del teatro de su tiempo», Revista de Bibliografía Nacional, V, 1944, pp. 63-102.

Cervantes, gran maestro del arte narrativo

Sabemos de los fracasos —de mayor o menor calado— de Cervantes como poeta y como dramaturgo[1]. El de la narrativa, en cambio, es un terreno en el que se desenvuelve con inigualable maestría: no solo muestra un enorme dominio de las técnicas tradicionales, sino que es, además, creador de algunas fórmulas muy novedosas. Incluso cuando retoma modelos narrativos anteriores, Cervantes siempre los renueva dándoles un toque de personal originalidad. Con razón se le ha considerado el «padre de la novela europea moderna», sobre todo por el Quijote, que es a la vez la genial síntesis de todas las modalidades de su tiempo y punto de partida de toda la novelística posterior.

En efecto, las novelas de Cervantes rezuman originalidad y él mismo, en el Viaje del Parnaso, elogió su capacidad de imaginación novelesca: «Yo soy aquel que en la invención excede / a muchos»[2], cualidad que va unida a la de la verosimilitud:

Yo he abierto en mis novelas un camino
por do la lengua castellana puede
mostrar con propiedad un desatino[3].

Viaje del Parnaso, de Cervantes

La producción narrativa de Cervantes está formada por La Galatea (1585), las dos partes del Quijote (1605 y 1615), las Novelas ejemplares (1613) y el Persiles (1617, obra póstuma). En las próximas entradas nos acercaremos a los principales aspectos del Quijote, ofreciendo algunas claves esenciales para su lectura e interpretación.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Viage del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, IV, vv. 28-29, p. 253.

[3] Viage del Parnaso, ed. Herrero García, IV, vv. 25-27, p. 253.

Leandro Fernández de Moratín: primeros estudios y amores

Leandro Fernández de Moratín nace en Madrid el 1 de marzo de 1760[1]. Es hijo de Nicolás Fernández de Moratín, poeta y dramaturgo ilustrado, y de Isidora Cabo Conde.

Nicolás Fernández de Moratín

En 1764 enferma de viruelas y está al borde de la muerte; las marcas que dejó en su cara la enfermedad explican, en parte, que se convirtiera en un ser tímido e introvertido. En efecto, da muestras desde muy joven de un carácter melancólico y solitario: prefiere la lectura, a la que se aficiona desde muy joven, a jugar con otros niños. Criado en un ambiente familiar culto, recibe una esmerada educación; toma clases de dibujo y acompaña a su padre a algunas tertulias literarias, como la famosa de la Fonda de San Sebastián.

Muy pronto realiza sus primeros intentos literarios. Así, en 1779 obtiene un accésit en un concurso de la Real Academia Española con un poema en romance heroico titulado La toma de Granada por los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, que presentó bajo el seudónimo (anagrama, más bien, de sus apellidos) Efrén Lardnaz y Morante. Tres años después lograría un nuevo accésit con su Lección poética. Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana.

De joven estuvo enamorado de una muchacha llamada Sabina Conti, a la que dedicó sus primeros poemas, la cual terminaría casándose con un tío suyo bastante mayor. Algunos críticos consideran que este temprano episodio biográfico podría explicar su interés en el tema de los matrimonios desiguales en edad, tan reiterado en su teatro.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012. Un buen resumen biográfico del autor es el de Fernando Doménech, Leandro Fernández de Moratín, Madrid, Síntesis, 2003.

La conciencia de Cervantes como escritor

Por otra parte, Cervantes tiene una gran conciencia de su valía como escritor[1]: en el Viaje del Parnaso se llama «raro inventor» por boca del dios Mercurio; en el prólogo de las Ejemplares se jacta de ser el primero que ha novelado en español; y sabe que con el Quijote ha escrito una obra nueva, distinta de todo lo anterior, una genial síntesis de todos los géneros narrativos que estaban en boga en la época; y en Quijote, II, 44 señala el narrador:

… y pues se contiene y cierra en los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir (p. 980).

¿Fue Cervantes consciente de la importancia de su creación, de la trascendencia futura de su novela y de su inmortal personaje? Sabemos que en el momento de aparición el Quijote fue recibido como obra eminentemente cómica, paródica, de burlas, provocante a risa, en suma, como un libro de entretenimiento. Luego, el paso del tiempo, las lecturas acumuladas a lo largo de los siglos, las grandes interpretaciones simbólicas han convertido al Quijote en algo mucho más importante.

Don Quijote

Eso en lo que se refiere al plano ideológico, de contenido. Y en lo que toca a la estructura y las técnicas narrativas, el Quijote ha sido considerada la primera novela moderna, una obra con una modernidad sin precedentes: distanciamiento, perspectivismo, ambigüedad, ironía, juego complejo con los diversos narradores, las distintas fuentes y los diferentes planos de ficción. ¿Era consciente Cervantes de todo esto o fue un inconsciente genial? Creemos estar en lo cierto si afirmamos que, en buena medida, sí fue consciente, y buena prueba de ello son los orgullosos comentarios de autoelogio que vierte en sus obras; esto será muy frecuente en el Quijote, donde a cada paso encontramos comentarios del tipo: «y a fe que debe de ser razonable poeta, o yo sé poco del arte» (I, 23, p. 253), «Bien le pareció el soneto a Camila, pero mejor a Anselmo» (I, 34, p. 400), «Bien […] me parece esta novela […] y en lo que toca al modo de contarle, no me descontenta» (I, 35, p. 423), «el modo con que habéis contado este extraño suceso ha sido tal, que iguala a la novedad y estrañeza del mesmo caso: todo es peregrino y raro y lleno de accidentes que maravillan y suspenden a quien los oye» (I, 42, p. 493).

De esta forma, Cervantes se adelanta a las posibles críticas trayéndolas al interior de su novela; además, si lo más probable era que los demás no fuesen a reconocer su originalidad, a destacar sus méritos ni a alabar su estilo, nada mejor que hacerlo él mismo —indirectamente, con visos de objetividad— poniendo tales elogios en boca de sus personajes…


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

Leandro Fernández de Moratín, escritor neoclásico e ilustrado

El XVIII es un siglo capital en la historia de España, no tanto en su literatura[1]. La época de las Luces, de la Ilustración, que trae grandes reformas y avances en el pensamiento, produce una literatura eminentemente didáctica, que busca transmitir una enseñanza y en la que, por tanto, interesará mucho más el fondo que la forma. Además de ser instructiva y moralista, se trata de una literatura ajustada al buen gusto y a las normas y preceptos del arte. En el teatro se impone, como es sabido, la regla de las tres unidades, se da la proscripción de los elementos imaginativos, fantásticos y misteriosos, y se propugna una separación radical entre lo trágico y lo cómico.

Leandro Fernández de MoratínLeandro Fernández de Moratín (Madrid, 1760-París, 1828) es un autor altamente representativo de esa literatura neoclásica e ilustrada española, de la que su comedia El sí de las niñas nos brinda muchas e importantes claves: didactismo, actitud crítica, defensa de las reglas del arte… tales son algunos rasgos sobresalientes de la pieza más importante del teatro español del siglo XVIII.

Pues bien, a Leandro Fernández de Moratín, a las características de la comedia neoclásica en general y a El sí de las niñas en particular irán dedicadas varias entradas en los próximos días.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012. Diversos aspectos sobre la España del siglo XVIII y la Ilustración española pueden consultarse en los trabajos de Jean Sarrailh, La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, México, Fondo de Cultura Económica, 1957; Francisco Aguilar Piñal (ed.), Historia literaria de España en el siglo XVIII, Madrid, Trotta, 1996 y La España del absolutismo ilustrado, Madrid, Espasa Calpe, 2005; Francisco Aguilar Piñal y Ricardo de la Fuente, (eds.), Introducción al siglo XVIII, Madrid, Júcar, 1991; o Joaquín Álvarez Barrientos, Ilustración y neoclasicismo en las letras españolas, Madrid, Síntesis, 2005, entre otros muchos.

Cervantes, crítico y teórico de la literatura

Todavía podemos traer a colación otro aspecto importante que tiene que ver con la personalidad de Cervantes[1], pero más relacionado ya con la materia literaria[2]. Me refiero a su vocación de escritor (bien marcada desde muy temprano, aunque a veces alternara el cultivo de la literatura con otras ocupaciones) y a la alta conciencia que siempre tuvo del valor de sus obras. Puede afirmarse que Cervantes fue escritor por vocación, lo que no está reñido con el hecho de que viera también en la literatura un medio para intentar ganarse la vida.

Tuvo además vocación de crítico literario; en efecto, Cervantes está al tanto de las principales novedades del momento, y emite juicios de valor sobre los escritores contemporáneos, en el Canto de Calíope incluido en La Galatea, en los prólogos que anteceden a sus obras, en el Viaje del Parnaso y su Adjunta… Retrata a la perfección ese mundillo literario formado por amigos y compañeros, pero también por rivales y enemigos declarados (de entre ellos, Lope, el mayor y más importante).

Cuando aparece el Quijote en 1605, las obras que pueden hacerle competencia en las ventas son el Guzmán de Alfarache (cuya I Parte había salido en 1599) y La pícara Justina (publicada en 1604); Cervantes no escribirá ninguna novela picaresca stricto sensu, pero sí obras cercanas a la picaresca con las que innovará el género modificando sustancialmente sus rasgos canónicos (La gitanilla, Rinconete y Cortadillo o El coloquio de los perros) y, además, reflexionará sobre la picaresca en diversos pasajes (por ejemplo, a través de la introducción en el Quijote del personaje de Ginés de Pasamonte). Del año 1604 es también El peregrino en su patria de Lope, cuya falsa erudición, de segunda mano, critica duramente Cervantes (sin nombrar explícitamente al Fénix, pero sin dejar lugar a dudas) en el prólogo del Quijote de 1605[3].

El peregrino en su patria, de Lope de Vega

Pero no es solo que Cervantes ejerza de crítico literario juzgando y valorando a los escritores contemporáneos. Es que, además, muchos pasajes en el interior de sus obras constituyen reflexiones importantísimas sobre el quehacer literario, la relación entre el autor y su obra, o entre realidad y ficción, la teoría de la novela y los diversos géneros narrativos (novela de caballerías, picaresca, morisca, pastoril, novella…), la situación del teatro (el discurso del canónigo toledano, en Quijote, I, 48, acerca de las comedias y su mala calidad, con su opinión de que se han convertido en «mercadería vendible»), etc. Es decir, Cervantes se mueve con destreza en el terreno de la metaliteratura, hace literatura acerca de la literatura, de lo que son buena muestra también sus geniales prólogos, que constituyen páginas verdaderamente antológicas.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Ver los trabajos de Anthony Close, «Cervantes: pensamiento, personalidad y cultura», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998, pp. LXVII-LXXXVI, y de Edward C. Riley, «Cervantes: teoría literaria», ibidem, pp. CXXIX-CXLI.

[3] Sea quien sea, está claro que Avellaneda, el autor del Quijote apócrifo de 1614, fue alguien cercano al círculo de Lope de Vega.

Bilbao y el País Vasco en «Una ciudad del norte», de Pedro Ugarte

PedroUgarte2En la novela de Ugarte Una ciudad del norte (Vitoria, Editorial Bassarai, 1999) se reiteran con mucha frecuencia las alusiones —cargadas de simbolismo— a ese cielo sucio, de tungsteno, de la ciudad, identificable con Bilbao: «aquel cielo inclemente que en mi ciudad, fuera a llover o no, siempre amenazaba lluvia» (p. 15); «el maldito cielo parduzco de la ciudad» (p. 106); «un cielo emborronado y plagado de tutelares helicópteros» (p. 119), «el cielo de tungsteno» (p. 249); «la grisura lúgubre del cielo de la ciudad» (p. 277; véanse otras alusiones en las pp. 20, 21, 169, 250, 258, 288, 289, 299 y 300). Ese cielo gris, plomizo, «de tungsteno», y la amenazadora presencia de los helicópteros policiales que lo rasgan (el otro leitmotiv de la novela; cfr. las pp. 35, 119, 147, 164, 169, 250 y 300[1]) son dos claros símbolos de la triste situación que vive la ciudad y todo el País Vasco:

La radio traía noticias del último atentado terrorista y poco después las declaraciones de distintos políticos, cuya pesadumbre hacía muchos años había agotado todos los recursos de la retórica. Algo era ligeramente molesto pero nada suscitaba conmoción; en realidad nunca pasaba nada: sólo que a un tipo se lo habían quitado todo mediante un balazo o una bomba lapa, y que su nombre, reescrito cientos de veces, germinaría por un día en la estraza periodística (p. 107).

Son muchas las alusiones a esa dura realidad: secuestros y asesinatos, dispersión de los presos, barricadas ardiendo, palizas a policías de paisano, enfrentamientos entre separatistas y españoles… En una ciudad en la que la política lo invade todo y todo lo emponzoña, las calles son una amenaza, y en ellas resulta fácil convertirse en cadáver:

Qué distinto mi rincón del mundo a cualquier otro. Entre los dientes de sierra de las montañas se retorcían unos valles estrechos, como cuñas de azadón en la madera, y en ellos la gente se apilaba, se amontonaba, discurría entre empujones, se agazapaba por las noches en altos dados de cemento, como hordas de lechuzas obligadas a apretarse sobre los brazos de un solo árbol inhóspito. Mis paisanos se llevaban siempre mal (quizás debido a la falta de espacio, a las abruptas cordilleras, a la grisácea consistencia del cielo de tungsteno) y por todos lados florecían las trincheras. Y así, la confianza perdida en cierto parapeto parecía al adversario la evidencia de una adhesión inquebrantable a sus ideas. Bastaba salir huyendo de cualquier trinchera, dejando atrás las banderas de otro tiempo, para encontrar en algún sitio nuevos camaradas, castrenses barracones, guaridas, barricadas, prietas filas de tropa donde extraviarse al dictado de consignas distintas a las anteriores, pero igual de belicosas. Pasaba el tiempo con cruel continuidad y en la ciudad nunca hubo espacio no ya para el heroísmo, sino para la más elemental honestidad. Nada relevante que apuntara hacia ninguna parte: sólo la peligrosa movilidad del adversario, tan escurridizo, que de hecho cualquiera podría transfigurarse en él. En mi país nadie estaba nunca muy seguro de con quién estaba hablando. Allí la política no era una oportunidad de conseguir prebendas, la política era cuestión de vida o muerte (pp. 285-286).

Hacia el final de la novela, Jorge se reencuentra con Juanmari, un compañero desaparecido hace veinte años; Juanmari le confiesa que ha estado en Francia, colaborando con ETA, aunque no ha participado en acciones terroristas, y que lo que escribía en la libreta cuando eran compañeros de colegio eran datos de todos ellos. Este es el comentario que ese encuentro y esas revelaciones suscitan en el protagonista:

El pasado siempre hace daño. Posiblemente no sirve para otra cosa. Yo regresé a casa muy despacio, sin esperanza ya de que la lluvia lavara alguna vez a mi ciudad de todo aquello (p. 297).

El final de la novela, que tiene una estructura circular, es triste y no deja abiertas las puertas a la esperanza. La compañera de Jorge, Susana, quería tener un hijo, pero él, que es un pesimista forjado en el negro pozo del miedo, no estaba dispuesto a dar vida a una persona para entregarla a tanta falta de esperanza. Al final sí han tenido ese hijo, y en vísperas de su incorporación por vez primera al colegio, Jorge lo lleva a conocer el patio, el mismo patio del mismo colegio donde lo llevó su padre (secuencia inicial de la novela); sobre sus cabezas sigue viéndose el mismo cielo manchado, de tungsteno, y sigue oyéndose el mismo sonido amenazador de los helicópteros policiales; el niño siente el mismo miedo que su padre sintiera años atrás. La impresión que nos deja este final es que todo se repite, que no hay posibilidad alguna de cambio, y las palabras que cierran el relato no pueden ser más desesperanzadas:

Miré hacia arriba: el cielo de tungsteno seguía amenazando lluvia, pero no se decidía a descargar sobre nosotros. Aquella lánguida amenaza siempre había bastado. Quizás la verdadera tragedia de esta extraña provincia consistía simplemente en eso, en sentirnos privados del sol y de la lluvia al mismo tiempo, recluidos en una niebla indecisa, y tener la certidumbre de no haber padecido desde hacía mucho tiempo las penalidades de una verdadera guerra pero sí el grave zumbido de los helicópteros, como si el cielo se obstinara en recordarnos que todas esas cosas (la guerra, la lluvia, quién sabe) serían posibles algún día.

El cielo de tungsteno mostraba con nosotros una indulgencia humillante y antipática, se divertía en jugar a perdonarnos o bien debilitaba la luz a media tarde, nos la expropiaba antes de tiempo. Pensé que, frente a esa bóveda de nubes bituminosas, se estrellarían para siempre todas las esperanzas y que aquella lúgubre ciudad seguiría siendo lo que siempre había sido: una prodigiosa cochambre repleta de seres humanos y de cosas (p. 303).


[1] La atosigante presencia de los helicópteros desmonta «la mentira de una ciudad que creía vivir sin sobresaltos» (p. 300); y poco después podemos leer estas demoledoras palabras: «No sé si más allá del cielo de la ciudad estaba Dios, pero más acá estaban los helicópteros, siempre los helicópteros, un número anormal de helicópteros. Era lo que le faltaba a aquel cielo de mierda para culminar una espléndida tristeza» (p. 301).

Cervantes y el espíritu de tolerancia

Miguel de CervantesLigado a la idea de libertad[1], merece la pena destacar igualmente en Cervantes su delicado espíritu de tolerancia con los que piensan de forma diferente, tolerancia que se ha puesto en relación con un cristianismo de tintes erasmistas[2] entendido como amor y caridad, un concepto de religiosidad en el que lo esencial —más que los dogmas doctrinales y la oración meramente verbal— radica en la práctica sincera de una fe sencilla e íntima. Esa tolerancia también se ha explicado en otras ocasiones como resultado de su contacto directo y prolongado con personas de otra raza y religión, circunstancia que habría ensanchado las perspectivas de su mente[3].

Recordemos, además, que en su entremés El retablo de las maravillas Cervantes ridiculiza de forma magistral las creencias y prejuicios relacionados con la limpieza de sangre de los cristianos viejos[4]. Y no olvidemos tampoco su posición ante el tema de la honra y el honor, con su actitud comprensiva frente al adulterio, que lleva en sus obras a soluciones radicalmente alejadas de las sangrientas de los dramas de honor calderonianos. Tanto la defensa de la libertad humana como este espíritu de amor caritativo, de tolerancia y respeto frente a los demás, de comprensión ante sus diferencias, sus errores y sus defectos, son aspectos que nos hablan de la modernidad, la universalidad y la plena vigencia que, a día de hoy, siguen teniendo las enseñanzas cervantinas.

Otro aspecto fundamental al trazar la semblanza de Cervantes, y que nos habla asimismo de su profundísima humanidad, es su concepción de la nobleza entendida como virtud, como práctica del bien y la justicia, es decir, una nobleza de alma que está por encima de la nobleza adquirida por el mero nacimiento, heredada por la sangre. Por ejemplo, en Quijote, I, 4 el recién armado caballero le recuerda a Andrés, el criado de Juan Haldudo el rico, que «cada uno es hijo de sus obras» (p. 65). Y este mismo tema se hace presente también de forma muy clara en los consejos que da a Sancho Panza antes de que parta al gobierno de la ínsula Barataria, al manifestar que «la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale» (II, 47, pp. 970-971). Cervantes, el hijo del cirujano, sabe y defiende a ultranza que nadie es más que nadie si no hace más que nadie[5].


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Cabe destacar, entre la bibliografía existente, el trabajo de Antonio Vilanova, Erasmo y Cervantes, Barcelona, CSIC, 1949; también los de Marcel Bataillon, Erasmo y España, México, Fondo de Cultura Económica, 1966 y Erasmo y el erasmismo, Barcelona, Crítica, 1978; un breve estado de la cuestión en José Luis Abellán, El erasmismo español, 3.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 2005, especialmente las pp. 254-269 (epílogo titulado «La herencia del erasmismo en la cultura española: El Quijote»). Otros estudiosos, en cambio, matizan o niegan esa influencia erasmista.

[3] En distintos sentidos se han interpretado las palabras de Ricote, vecino morisco de Sancho que tiene que marchar de España tras los decretos de expulsión, en Quijote, II, 54: por un lado, muestra su profundo dolor al tener que abandonar la amada patria pero, al mismo tiempo, comprende y justifica los decretos de expulsión.

[4] Recuérdese que algunos autores han apuntado los posibles antecedentes judaicos de Cervantes.

[5] Al final de la aventura del barco encantado, afirma don Quijote: «Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro» (Quijote, I, 18, p. 196).