«Final», de Jorge Guillén

La obra poética de Jorge Guillén se fue construyendo a lo largo de los años con una firme voluntad arquitectónica: Cántico, Clamor, Homenaje, Y otros poemas y, por último, Final son los cinco libros que componen un conjunto unitario, Aire Nuestro.

Jorge Guillén

La voluntad ordenadora se extiende a cada una de estas obras, cuyos poemas se agrupan en partes, secciones y subsecciones que se responden o contraponen entre sí; con ello consigue Guillén un equilibrio, una sensación de armonía para la totalidad de su producción. Veremos qué es lo que ocurre en Final; para ello, no estará de más recordar esquemáticamente las partes y secciones de que se compone:

1) Dentro del mundo

2) En la vida

     I. [Sin título]

     II. La expresión

     III. [Sin título]

3) Dramatis personae

     I. Esa confusión

     II. Fuerza bruta

     III. Epigramas

     IV. Tiempo de espera

     V. Galería

4) En tiempo fechado

     I. [Sin título]

     II. Otras variaciones

     III. [Sin título]

5) Fuera del mundo

Como vemos por los títulos, el equilibrio entre las partes es perfecto: «Dentro del mundo» (1.ª) guarda relación con «Fuera del mundo» (5.ª); «En la vida» (2.ª) se corresponde con «En tiempo fechado» (4.ª); en medio queda «Dramatis personae» (3.ª), a modo de eje que articula el conjunto del libro[1]. En cuanto a la forma métrica, de la que no me voy a ocupar, bastará con recordar que en este libro «ni siquiera faltan las clásicas décimas para que Final sea del más puro Guillén»[2].


[1] Para esta estructura interna, ver Antonio Gómez Yebra, «Final de Jorge Guillén. Estructura interna», Hora de Poesía, 38, 1985, pp. 27-31; y Francisco J. Díaz de Castro, «Estructura y sentido de Final de Jorge Guillén», Cahiers d’Études Romanes (Université de Provence), 10, 1985, pp. 139-177. Ver también José Manuel Blecua, «Sobre Final», Boletín de la Real Academia Española, XLIV, 1984, pp. 35-43.

[2] Antonio Romero Márquez, «El Final de Cántico (Un cántico sin final)», Cuenta y Razón, 9, enero-febrero 1983, p. 83; para un estudio completo al respecto, ver también Antonio Gómez Yebra, Estudio métrico de «Final» de Jorge Guillén, Málaga, El autor, 1988. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La cuarta parte de «Final», de Jorge Guillén: «En tiempo fechado». Ordenación temática»Rilce. Revista de Filología Hispánica, 13.1, 1997, pp. 74-101.

El «Persiles» de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco

Los_trabajos_de_Persiles_y_Sigismunda_(1617)Si Los trabajos de Persiles y Sigismunda ha sido, durante mucho tiempo, uno de los libros menos estudiados y peor entendidos de Cervantes, en las últimas décadas el panorama crítico ha cambiado notablemente, hasta el punto de poder afirmarse que la novela póstuma del ingenio complutense goza hoy día de una excelente salud. Recordemos que, si bien la obra alcanzó un rotundo éxito —superior incluso al del Quijote— en el momento de su aparición (con seis ediciones en 1617 y varias traducciones en los años inmediatos), más tarde cayó en un profundo olvido que duraría siglos[1].

El interés por ella empezó a recuperarse en el siglo XX: hitos importantes fueron la edición de 1914 de Schevill y Bonilla dentro de las Obras completas de Cervantes y la de Avalle-Arce en Castalia en 1969[2]; desde entonces, el interés se ha intensificado y hoy contamos con una exhaustiva edición crítica —la de Carlos Romero, en Cátedra, con un buen arsenal de notas y apéndices, que había alcanzado ya una tercera edición en 2003—, a lo que debemos añadir la publicación en los últimos años de varias monografías[3]. Como último detalle de ese renovado interés podemos mencionar la reciente celebración, en septiembre de 2003 y en Lisboa, del V Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, con el Persiles como tema central. En definitiva, parece claro que estamos asistiendo a una profunda revalorización de la obra que pudiéramos considerar el testamento literario de Cervantes, y las entradas que le voy a dedicar quieren insistir en esa revalorización, poniendo de manifiesto su riqueza y también su complejidad narrativa.

En este sentido, al hablar del Persiles como paradigma del arte narrativo barroco, pretendo destacar la compleja construcción levantada por Cervantes, haciendo gala de su maestría narrativa, que se manifiesta en un hábil manejo de numerosos recursos técnicos y estructurales: no en balde en esta su última novela intenta llevar a la práctica su particular teoría narrativa, concretada en una novela de aventuras ideal. Suele repetirse, y con toda razón, que Cervantes se convierte con el Quijote en el creador de la novela europea moderna. Sin embargo, a ese proceso de renovación del género novelístico contribuye también el Persiles, una pieza que probablemente se ha ido escribiendo, en distintos periodos, coincidiendo o alternando con la redacción de la primera parte del Quijote, las Ejemplares y la segunda parte del Quijote, en esa década prodigiosa que va de 1605 a 1615. El Persiles es una obra rica en contenido ideológico, pero no menos rica también en su expresión artística; y aunque en cualquier obra literaria el fondo y la forma sean en última instancia inseparables, quisiera destacar —lo iremos viendo en los próximos días— algunos aspectos de la complejidad narrativa de la obra[4].


[1] Ver Rafael Osuna, «El olvido del Persiles», Boletín de la Real Academia Española, 48, 1968, pp. 55-75.

[2] Otros trabajos importantes de esas fechas fueron los siguientes: Carlos Romero, Introduzione al «Persiles» di Miguel de Cervantes, Venezia, Consiglio Nazionale delle Ricerche, 1968; Alban K. Forcione, Cervantes, Aristotle and the «Persiles», Princeton, Princeton University Press, 1970 y Cervantes’ Christian Romance. A Study of «Persiles y Sigismunda», Princeton, Princeton University Press, 1972; Juan Bautista Avalle-Arce y Edward C. Riley (eds.), Suma cervantina, Londres, Tamesis, 1973; y Joaquín Casalduero, Sentido y forma de «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», 2.ª ed., Madrid, Gredos, 1975.

[3] Ver, sobre todo, Diana de Armas Wilson, Allegories of Love: Cervantes’ «Persiles and Sigismunda», Princeton, Princeton University Press, 1991; Emilio Orozco Díaz, Cervantes y la novela del Barroco (del «Quijote» de 1605 al «Persiles»), edición, introducción y notas de José Lara Garrido, Granada, Universidad de Granada, 1992; Stephen Harrison, La composición de «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Madrid, Pliegos, 1993; Aurora Egido, Cervantes y las puertas del sueño: estudios sobre «La Galatea», el «Quijote» y el «Persiles», Barcelona, PPU, 1994; Amy R. Williamsen, Co(s)mic Chaos. Exploring «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Newark, Juan de la Cuesta, 1994; Julio Baena, El círculo y la flecha: principio y fin, triunfo y fracaso del «Persiles», Chapel Hill, Department of Romance Languages-University of North Carolina, 1996; Isabel Lozano Renieblas, Cervantes y el mundo del «Persiles», Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 1998; Maria Alberta Sacchetti, Cervantes’ «Los trabajos de Persiles y Segismunda»: a Study of Genre, Rochester, Tamesis, 2001; Jean-Marc Pelorson, El desafío del «Persiles», Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 2003; y Jean-Pierre Sánchez (coord..), Lectures d’une œuvre. «Los trabajos de Persiles y Sigismunda» de Cervantes, Nantes, Éditions du Temps, 2003. La bibliografía, por supuesto, se ha seguido acumulando en los años posteriores.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

«Las afueras» de Luis Goytisolo: valoración final

(A la memoria de los fallecidos en el accidente ferroviario de Santiago, con mis mejores deseos para la recuperación de todos los heridos y el afecto solidario para tantas familias afectadas. Con mi felicitación también al pueblo gallego, por su ejemplar reacción frente a esta desgracia, en un día que era de fiesta y acabó convertido en tragedia.)

Por lo que se refiere al estilo, se suele señalar que Las afueras de Luis Goytisolo es una obra bien escrita, sobre todo si tenemos en cuenta que se trata de una novela redactada a muy temprana edad, la primera de su autor. Cada capítulo es independiente de los demás en cuanto al contenido y también en lo concerniente a la elaboración técnica. Por ejemplo, el 4.º y el 7.º son exclusivamente narrativos, sin casi diálogos, en tanto que otros (por ejemplo el 3.º) son, por el contrario, todo diálogo. Este episodio reproduce el habla coloquial, vulgar (recordemos que la acción tiene lugar en bares frecuentados por personajes de baja condición social). En cualquier caso, siempre nos encontramos con un narrador tradicional, omnisciente en tercera persona.

García de Nora habla de un estilo «tenso, sobrio, con algunos finos y acerados filos poéticos, que nunca llegan a desviar la bien encauzada fluencia del relato»[1]. Notemos que se trata de una novela perteneciente al realismo social, y ya sabemos que en aquel momento importaba más la intención (compromiso, denuncia) que el primor estético, el qué se decía más que el cómo se decía, el fondo (temas, contenido) antes que la forma o expresión, según la dicotomía clásica. En suma, interesaba más la claridad y la sencillez en lo que se exponía que el mero placer estético o el arte de jugar bellamente con las palabras (lo que no implica, ni mucho menos, que esto último no tenga cabida en Las afueras y en otras obras de esta corriente).

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Puede decirse que en esta primera novela de Luis Goytisolo, escrita a sus veintitrés años, está en germen lo que será buena parte de su producción posterior, el ámbito literario que le será luego propio, tal como señalara el autor:

La evolución de su obra es la evolución del aprendizaje de un oficio, por llamarlo de alguna forma. De hecho, como en pocos casos, está muy claro que estoy escribiendo siempre el mismo libro y mis dos primeras novelas (Las afueras y Las mismas palabras) son intuiciones de lo que yo pretendía decir, que se desarrollan plenamente y cristalizan, en un momento determinado, en Antagonía[2].

En fin, Las afueras resultaba a la altura de 1958 una obra renovadora formalmente, hasta cierto punto, pero no fue un capricho o un experimento gratuito el que Luis Goytisolo hubiese ordenado así su libro. En entradas precedentes he pretendido mostrar que, aunque para varios críticos se trata de un libro de relatos (y es posible que la intención inicial del autor fuera precisamente esa, escribir siete relatos independientes), no obstante, la obra tiene una unidad (de espacio, de tiempo y de personajes o, mejor, de los nombres de los personajes, así como una unidad temática) y que, considerada en conjunto, adquiere una amplitud, una intensidad y una intencionalidad mayores. Tiene, pues, una razón de ser el que Goytisolo haya estructurado así su, digámoslo ya definitivamente, novela, pues como tal novela puede ser leída y considerada. Sea como sea, como punto de partida en la trayectoria literaria de Luis Goytisolo, no se trató de ningún mal principio[3].


[1] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, p. 319.

[2] Entrevista con el autor, publicada en Ínsula, 146, enero de 1959, p. 4: «Las letras en Barcelona. Entrevista con Luis Goytisolo».

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras (1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

Mueren Micaela de Luján y Juana de Guardo, y reaparece Jerónima de Burgos

Por esas fechas, más o menos, debió de morir también la amante de Lope, Micaela de Luján[1]. Durante un tiempo se cierran los teatros por la muerte de la reina Margarita. Su esposa Juana sigue enferma, y finalmente fallecería el 13 de agosto de 1613, a los pocos días de dar a luz a Feliciana. «El dolor por la esposa perdida es breve y pasajero, como tantos sentimientos de Lope», apostilla Felipe Pedraza. En la Epístola a Amarilis escribe:

Feliciana el dolor me muestra impreso
de su difunta madre en lengua y ojos;
de su parto murió, triste suceso.

El testamento de la esposa da cuenta de la apurada situación económica por la que atravesaba la familia: falta de dinero, joyas empeñadas, etc. Viudo por segunda vez, pobre y mayor, Lope recogerá tiempo después en la casa de la calle de Francos a Marcela y Lopito, los hijos tenidos con Micaela de Luján. Pasados diez días de la muerte de su mujer se le concede el privilegio para publicar en Aragón las Rimas sacras.

Rimas sacras, de Lope de Vega

A mediados de septiembre de 1613 Lope está en la comitiva que acompaña a Felipe III a Segovia, Burgos y Lerma, para colaborar en los espectáculos cortesanos, y allí convive con la actriz Jerónima de Burgos que era, en palabras de Pedraza, «su amante intermitente desde 1607». En carta del 23 de septiembre escribe al de Sessa:

Yo, señor, lo he pasado bien con mi huéspeda Jerónima; aquí he visto los señores rondar mi casa; galanes vienen, pero con menos dinero del que habíamos menester, sacando el de Cantillana. Ya me mandan bajar al coche… Jerónima estaba presente al escribir a Vuestra Excelencia y me manda le envíe muchos besamanos; por ser de dama y tan servidora de Vuestra Excelencia los envío, aunque más le quisiera enviar lo que han costado estas fiestas.

De 1613 son también los manuscritos de La dama boba (28 de abril), escrita para la compañía dirigida por Jerónima de Burgos y su esposo Pedro de Valdés, y La burgalesa de Lerma (30 de noviembre). Ese mismo año publica Contemplativos discursos y Segunda parte del desengaño del hombre, títulos significativos que apuntan a una senda, la del arrepentimiento y desengaño, que Lope va a recorrer —o a intentar recorrer, al menos— en los años sucesivos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La soledad, la rutina y el recuerdo de la guerra en «Las afueras» de Luis Goytisolo

La incomprensión que refleja Las afueras (1958) de Luis Goytisolo no existe únicamente entre las distintas clases sociales, sino que afecta por igual a los seres individuales. Esto resulta patente en el caso del matrimonio de ancianos del segundo capítulo (en todas estas entradas vengo utilizando indistintamente los términos relato y capítulo para referirme a cada una de las partes del libro). En lugar de hablar entre sí, contarse sus problemas y tratar de solucionarlos juntos, cada uno de los cónyuges se dirige por separado a su nieto, quien nada puede hacer para ayudarles, dada su corta edad. Además de la soledad, muchas páginas de Las afueras nos hablan de vidas grises, monótonas, de días repetidos, iguales los unos a los otros:

La mañana había empezado igual que cualquier otra. […] Nunca invertían el orden ni cambiaban las horas. El plan era estricto y a él se atenían rigurosamente e incluso se diría que cualquier variación les fastidiaba y dolía como una falta contra el deber: la costumbre se había convertido en religión (pp. 132-133; cito por la ed. de Barcelona, Seix Baral, 1969).

Se acostaban inmediatamente [después de cenar] y sin hablar, como si lo hicieran a solas, cada uno por su lado. […] Normalmente los viejos se hablaban muy poco y discutían menos… Apenas cambiaban alguna frase, fuera de las necesarias para pedir, ofrecer o proponer algo, para contar alguna cosa chocante que habían visto u oído. Con los extraños todavía eran más callados. El cartero no los conocía. Nunca recibieron visitas de parientes o amigos (p. 134).

Aquel fue un día de primavera como cualquier otro (p. 142).

Para Sanz Villanueva, la estructura que Goytisolo ha querido dar a Las afueras puede tener que ver con esta doble incomunicación, entre las distintas clases y, de igual manera, entre las personas:

Si la realidad para Luis Goytisolo se muestra como no unívoca […] y carente de articulación real, la estructura rota y fragmentada de su libro puede muy bien representar la fragmentación social [y la existente entre los distintos individuos, podemos añadir] que trata de alcanzar de manera simbólica[1].

Y García de Nora apunta también esa misma explicación:

De este modo comprendemos que la fragmentación argumental del libro no quiere decir que nos hallemos ante una colección de relatos vagamente afines ni, menos, obedece a una supuesta incapacidad constructiva, sino que viene impuesta por la plena conciencia que el novelista ha adquirido de la importancia de su núcleo temático[2].

En definitiva, Las afueras presenta una estructura rota y fragmentada porque fragmentadas y rotas son las relaciones sociales y personales que nos presenta. En este caso, la temática nos ayuda a comprender mejor la estructura del libro que, como queda ya dicho en entradas anteriores, puede ser considerado perfectamente como una novela.

Ya he mencionado también que la guerra es un factor determinante en la situación del momento en que se viven las siete historias y, por tanto, determinante también de los hombres y mujeres que las protagonizan.

Guerra entre hermanos

A la Guerra Civil aluden en última instancia, sin duda alguna, estas palabras que voy a copiar, aunque se refieran a dos hermanos concretos, Víctor y Julio, hijos de don Augusto y doña Magdalena:

Yo los quería mucho a los dos, cada uno en su estilo, y se me partía el corazón cuando les veía pelearse. No hay nada peor que una lucha entre hermanos, Bernardo. Para una madre no hay nada peor que ver a sus hijos golpeándose como Abel y Caín (p. 88).

La mayoría de las veces la guerra aparece como hecho que frustra los sueños, las ilusiones, las esperanzas de los personajes. Así, Víctor había empezado la carrera de ingeniería,

pero la guerra interrumpió sus estudios y, al acabar, ya no volvió a reanudarlos, tenía que casarse. Llevaba aprobados tres cursos cuando dejó la carrera para pasar a Francia. Luego, la escuela de adiestramiento, el tedio de un frente estabilizado en la otra parte del Ebro, las interminables detonaciones entre los algarrobos, las humaredas, el zumbar de los aviones en el cielo despejado (p. 213).

Algo semejante le ocurre a otro Víctor, como nos refiere su padre:

Lo recuerdo a tu edad, con tus mismas ambiciones. Quiero ser médico, como tú, papá, me decía. Quería estudiar en Alemania, ser uno de los mejores médicos de Barcelona… Sólo que no pudo, las circunstancias no se lo permitieron, la guerra… Tuvo mala suerte el chico, muy mala suerte (p. 56)[3].


[1] Santos Sanz Villanueva, Historia de la novela social española (1942-1975), Madrid, Alhambra, 1980, p. 477.

[2] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, p. 318.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras (1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

Muere Carlos Félix, hijo predilecto de Lope

A principios de 1612 la salud del Fénix flaquea y, además, sufre una caída[1]. Declara en el proceso de beatificación de san Isidro Labrador. Su esposa Juana malpare un hijo y marcha a Toledo a reponerse. En abril de ese año el duque de Sessa ya estaba de regreso en Madrid, y las cartas que Lope le dirige dan viva cuenta de su vida familiar. Así, sabemos que en el verano de ese mismo año está enfermo con calenturas, y lo mismo su hijo Carlos Félix:

Su criado de Vuestra Excelencia, Carlitos, está con tercianas dobles, muy trabajoso; no come nada; si allá hay alguna jalea, mande Vuestra Excelencia a Bermúdez que la envíe.

Y en otra:

La salud de Carlos deseo, porque tenga Vuestra Excelencia otro Lope de Vega que le quiera como yo, aunque le sea de tan poco provecho como su padre.

Dedica a este hijo amado Los pastores de Belén (1612).

Pastores de Belén, de Lope de Vega

El 27 de abril data el manuscrito de El bastardo Mudarra. En el verano o el otoño de ese año moriría Carlitos, enfermo otra vez de calenturas, lo que deja inundado de tristeza al Fénix, cuyo dolor paternal se hace explícito en su entrañable elegía A la muerte de Carlos Félix:

Este de mis entrañas dulce fruto,
con vuestra bendición, ¡oh, Rey eterno!,
ofrezco humildemente a vuestras aras;
que si es de todos el mejor tributo
un puro corazón humilde y tierno,
y el más precioso de las prendas caras,
no las aromas raras
entre olores fenicios
y licores sabeos,
os rinden mis deseos,
por menos olorosos sacrificios,
sino mi corazón, que Carlos era,
que en el que me quedó menos os diera.

[…]

Y vos, dichoso niño, que en siete años
que tuvistes de vida, no tuvistes
con vuestro padre inobediencia alguna,
corred con vuestro ejemplo mis engaños,
serenad mis paternos ojos tristes,
pues ya sois sol donde pisáis la luna;
de la primera cuna
a la postrera cama
no distes sola un hora
de disgusto, y agora
parece que le dais, si así se llama
lo que es pena y dolor de parte nuestra,
pues no es la culpa, aunque es la causa, vuestra.

[…]

Yo para vos los pajarillos nuevos,
diversos en el canto y las colores,
encerraba, gozoso de alegraros;
yo plantaba los fértiles renuevos
de los árboles verdes, yo las flores,
en quien mejor pudiera contemplaros,
pues a los aires claros
del alba hermosa apenas
salistes, Carlos mío,
bañado de rocío,
cuando marchitas las doradas venas,
el blanco lirio convertido en hielo,
cayó en la tierra, aunque traspuesto al cielo.

[…]

Hijo, pues, de mis ojos, en buen hora
vais a vivir con Dios eternamente
y a gozar de la patria soberana.
¡Cuán lejos, Carlos venturoso, agora
de la impiedad de la ignorante gente
y los sucesos de la vida humana,
sin noche, sin mañana,
sin vejez siempre enferma,
que hasta el sueño fastidia,
sin que la fiera envidia
de la virtud a los umbrales duerma,
del tiempo triunfaréis, porque no alcanza
donde cierran la puerta a la esperanza!

[…]

Yo os di la mejor patria que yo pude
para nacer, y agora en vuestra muerte,
entre santos dichosa sepultura;
resta que vos roguéis a Dios que mude
mi sentimiento en gozo, de tal suerte
que, a pesar de la sangre que procura
cubrir de noche escura
la luz de esta memoria,
viváis vos en la mía;
que espero que algún día
la que me da dolor me dará gloria,
viendo al partir de aquesta tierra ajena
que no quedáis adonde todo es pena.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Las afueras» de Luis Goytisolo, retrato de la ociosidad burguesa

En su primera novela, Luis Goytisolo critica a la burguesía, enriquecida al calor de la posguerra, sobre todo a la juventud burguesa que deja pasar sus días en medio de la abulia y las diversiones de la ociosidad, sin trabajar en nada. Veamos estas citas[1]:

¿Y el coche? ¿Y el trabajo? Alguna se reía bajito. ¿Pero tú crees que esta gente trabaja? Mirar cómo se trabaja, esto es lo que hacen (pp. 14-15).

Mi señora está en Sitges con su señorito hijo desde hace una semana. Mi Alvarito lo pasa muy bien allá en Sitges… Lleva el camino de ser un tonto muy fino, mi Alvarito (p. 105).

Sitges

Alvarito siempre disponía del dinero que necesitaba para estas salidas. Le pedía al abuelo y el abuelo se lo daba, el abuelo tenía mala memoria para los números (p. 213).

La obra refleja también la incomprensión entre las clases sociales. Consideremos para comenzar estas reflexiones de García de Nora:

Cada relato de Las afueras converge en mostrar la incomunicación, la injusticia o el rencor sordo de los seres humanos entre sí: los ricos engreídos, enfatuados, acolchonados en su privilegio (la progresiva ­­—y corrosiva— «educación sentimental» de y para señorito del relato último viene en este sentido a iluminar todos los acontecimientos descritos antes), los pobres, empujados por la ignorancia y la estrechez a formas de obstinación cerril, a una deshumanización estúpida (vivencia levemente teñida de sentimentalismo en el fragmento menos logrado, a mi juicio, del libro —el cuarto—, pero cruel y admirablemente plasmada en el quinto, con la testaruda, berroqueña y lamentable figura del viejo Mingo Cabot)[2].

Este personaje se niega a participar en la compra de un tractor que piensan realizar entre varios vecinos del pueblo; y así se hace: lo pagan entre todos y el tractor trabaja cada día las tierras de cada uno.

Tractor

Mingo Cabot, con su individualismo a ultranza (individualismo mal entendido), tiene que ver luego cómo sus amigos apenas tienen que esforzarse en las tareas agrícolas mientras que él ha de matarse, trabajando de sol a sol, para obtener un beneficio menor que el de los otros. Su frase preferida es «Cada uno a lo suyo». Cuando intentan convencerlo para que participe en el proyecto común, responde:

—No, joven, no soy amigo de meter las narices en este tipo de cosas. Mi padre me repetía siempre: Ocúpate de tus asuntos, que de los suyos ya lo hace el vecino. Y así pienso yo (p. 153).

Las personas de posición acomodada no comprenden a los más necesitados. Así, cuando la viuda se queja de su aparcero porque los frutos de la cosecha han sido inferiores a lo que esperaba y él trata de defenderse diciendo que, sin ninguna ayuda, no había podido hacer más, ella le reprende con estas palabras: «No había tenido tiempo, no había tenido tiempo, bien lo encontraba para descansar» (p. 163). Sin embargo, sabemos que el campesino no había podido tomarse ni un minuto de descanso. De esa incomprensión da fe también el siguiente testimonio de don Ignacio, el médico del primer relato:

¡Qué gente! ¡Qué país. Y encima siempre quejándose, que si llueve mucho, que si llueve poco, que si esto, que si aquello… ¡Pero si viven mejor que un hombre de carrera! Trabaja toda la familia, apenas tienen gastos… (p. 34)[3].


[1] Cito por la edición de Barcelona, Seix Barral, 1979.

[2] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, p. 319.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

Lope, las academias literarias y un atentado frustrado

En otoño del 1611 Lope asiste a la Academia del conde de Saldaña, de la que lo hacen secretario[1]. En 1612 frecuenta otra reunión literaria, la Academia del Parnaso, que más tarde será conocida por el nombre de «Selvaje», por estar bajo el patrocinio de don Francisco de Silva y Mendoza, hermano del duque de Pastrana. En una carta al de Sessa, fechada el 2 de marzo de 1612, escribe Lope:

Las Academias están furiosas; en la pasada se tiraron los bonetes dos licenciados; yo leí unos versos con unos anteojos de Cervantes que parecían huevos estrellados mal hechos.

Anteojos

La salud de su esposa Juana empeora; y sufre un intento de asesinato, que el propio escritor relata a Sessa con estas palabras:

Y perdone Vuestra Excelencia el escribirle así y de tan mala letra, que estoy metido en una gran refriega, porque viniendo de los Descalzos el lunes a las ocho de la noche, me dieron muchas cuchilladas, sin que pudiera desenvolverme; no me hirieron, que los que ven mi capa lo juzgan a milagro; antes la persona que intentó lo que digo cayó en unas piedras y dejó allí mucha sangre, de donde se entiende que yo estaba inocente y él engañado. Hase alborotado el lugar, como si yo fuera cosa de consideración con él, y visitádome jueces.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

El realismo social de «Las afueras» de Luis Goytisolo: el mundo del trabajo

Recordemos que Las afueras de Luis Goytisolo se inscribe en la corriente de realismo social de los años 50 y que tiene un afán de denuncia (literatura testimonial, comprometida). Los personajes sufren un condicionamiento histórico-social, como muy bien hizo notar Juan Ignacio Ferreras:

El autor nos muestra un universo sociológicamente incapaz de permitir una solución racional a los seres humanos que lo componen. […] La situación social española, determinada por la guerra civil, determina negativamente a todos sus personajes: estos han sido todos marcados por la contienda, ninguno ha podido realizar sus deseos. […] En Las afueras, pese a la aparente variedad de sus siete relatos, existe una sola problemática que viene de la guerra, problemática que no sólo determina la acción de los protagonistas sino que informa todo el universo novelesco.

Y afirma a continuación que

solamente al final del libro, en la última página, existe una solución esperanzada para uno de los protagonistas (el joven Álvaro que va a empezar la carrera de Medicina). Esta última página, según mi modo de ver, resulta incoherente con el resto de la obra. […] La última página sigue siendo una excepción artísticamente dudosa, ya que Álvaro parece escapar a la problemática de la novela sin que el lector sepa muy bien por qué[1].

Sin embargo, hemos de pensar que es uno de esos niños «bien» quien dispone de la oportunidad de mejorar su situación; en él se centran las posibilidades de cambio (quizá quiera ello significar el deseo, la esperanza del autor para un mañana mejor), y no en el hijo de un obrero, por ejemplo.

Intentaré ordenar de forma esquemática los principales temas que se hacen presentes en la novela, comenzando por la dura vida en el campo o en la fábrica. Son, en efecto, numerosas las citas que podríamos traer aquí para ejemplificar este aspecto[2]; esto es, la pobreza en que viven los campesinos y los trabajadores, así como sus familias, a pesar de permanecer en su puesto durante largas horas. Señalaré únicamente algunas de las más significativas:

¿Quién lo haría si no? [se refiere al trabajo que tiene que hacer Dina, ella sola]. Me ocupo del huerto, llevo la casa, guiso, hago limpieza y, de vez en cuando, aún tengo que trabajar a jornal para otros. No se puede vivir de lechuga y en el huerto no crecen panes, bacalao, sardinas… Ya no hablo de carne (p. 21).

¿Y el trabajo? [pregunta Víctor a un conocido]. Ah, dijo Fredo, de eso lo que queremos: todo queda para nosotros. Lo único que repartimos son las cosechas (p. 30).

¿Adivina los años que tengo? No, ¿verdad? Pues bastantes menos de los que aparento. ¿Y sabe usted por qué? Pues porque desde pequeña he tenido que trabajar al sol y al aire igual que un hombre. Por eso (p. 39).

Una vez abajo, lo de todos los días. Se dispone el arado, se suelta un grito y adelante. […] Luego el sol se agranda y quema y el primer riego que la tierra recibe es de sudor… así de un bancal a otro, vertiente abajo. […] Luego Dineta gritaba ¡El almuerzo!, y él podía dejar todo aquello por un rato, sólo por un rato porque el trabajo nada más acaba con el sol (p. 156).

Campesinos arando

Pronto habría que volver a empezar, solo frente a los surcos como el año pasado, más solo que el año anterior, más cansado. Labrar y sembrar y mirar el cielo despejado un mes y otro, hasta nueve, y luego cosechar y partir la cosecha con la viuda. Cuatro sacos de grano, lo justo para no morirse y poder sembrar otra vez y mirar el cielo otros nueve meses y cosechar cuatro meses más (pp. 173-174).

¿Recuerdas al abuelo?, dijo Antonio. Se pasaba el día diciendo: ¡Ah, cuando era joven! ¡Ah, si fuese joven! Bien, pues ahora soy joven y ya ves, de mi casa a la fábrica, de la fábrica a mi casa. Trabajar para comer, comer para seguir trabajando y así hasta que ya no eres joven, hasta que te haces viejo como el abuelo y no sirves para nada, toda la vida tirando como un caballo. Algún día… En fin, ¿para qué hablar? Mañana nos veremos (p. 198).

El campo no da vacaciones, le decían. Aquí acaba una cosa nada más que para empezar otra (p. 209).

El Patacano decía que iba a ver si conseguía trabajo en la fábrica del pueblo. Los demás aprobaban con la cabeza, decían que en la fábrica se ganaba más dinero. Un trozo de tierra va bien para trabajarlo a horas libres y sacarte unas pesetas de más, pero no para depender de lo que te rinda. Te tiras una vida de perro a cambio de casi nada (p. 210).

Manos de trabajador

Luego jugaban al subastado, apostando con alubias. Nosotros no podemos arriesgarnos a perder en cinco minutos el trabajo de toda una jornada (p. 210)[3].


[1] Juan Ignacio Ferreras, Tendencias de la novela española actual (1931-1969), París, Ediciones Hispanoamericanas, 1970, pp. 174-175.

[2] Todas las citas serán por la edición de Barcelona, Seix Barral, 1979.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

Lope en 1611: ataques literarios y otros problemas

Luis de GóngoraEn 1611 Góngora recibe en Córdoba la noticia de que el 26 de septiembre Lope ha ingresado en la Venerable Orden Tercera de San Francisco[1]. Ocurre que en Madrid han quemado a dos de sus miembros por homosexuales, y el cordobés no desperdicia la ocasión para zaherir de nuevo a su enemigo:

Si esto es verdad, aconsejarle quiero
que su ingenio tercero y peregrino
en cosa que es tan vil no dé ni tope.

Porque si da en ser puto, de tercero,
tomando lo nefando por divino,
dirán luego en Castilla: «Esto es de Lope.»

Como ha destacado la crítica, nuestro escritor intentará por estas fechas un difícil equilibrio entre el compromiso cortesano y la escritura dramática. Firma el autógrafo de Barlán y Josafá el primero de febrero de 1611. Disminuyen los ingresos y se ve obligado a vender una casa en la calle de Majaderitos. Las estrecheces económicas le obligan a pedir continuamente al duque de Sessa: desterrado este por unos meses en Valladolid, Lope le pone al día de los principales sucesos de la corte.

Pero a los problemas económicos se suman otras desgracias. Su esposa Juana está con frecuencia enferma, tal como reflejan algunas de esas cartas al duque:

Aquí paso, Señor Excelentísimo, mi vida con este mal importuno de mi mujer, ejercitando actos de paciencia que, si fuesen voluntarios como precisos, no fuera aquí su penitencia menor que principio de purgatorio.

Nuevas diligencias se hacen para la salud de doña Juana; resuélvense los médicos en hacelle una fuente; yo la quisiera en mi huerto, que por falta de agua se me ha secado.

En el verano de 1611 sufre una nueva crisis religiosa. Publica Forma breve de rezar con los misterios de la vida, pasión y glorificación de Jesucristo y escribe los Cuatro soliloquios de Lope de Vega Carpio, que saldrán al año siguiente en Valladolid. El largo subtítulo de esta obra resulta bien revelador: Llanto y lágrimas que hizo arrodillado delante de un crucifijo, pidiendo a Dios perdón de sus pecados, después de haber recibido el hábito de la Tercera Orden de Penitencia del seráfico Francisco. Es obra importantísima para cualquier pecador que quiera apartarse de sus vicios y comenzar vida nueva.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.