Lope enamorado de Lucinda: prácticas galantes

En un soneto-aniversario (un tópico usual en la poesía de tradición petrarquesca), recogido en las Rimas (1602), evoca la fecha exacta en que conoció a su nueva amada, Micaela de Luján, una víspera del día de la Asunción, esto es, un 14 de agosto, probablemente el de 1598:

Era la alegre víspera del día
que la que sin igual nació en la tierra,
de la cárcel mortal y humana guerra
para la patria celestial salía

[…]

Cuando amor me enseñó la vez primera
de Lucinda, en su sol, los ojos bellos
y me abrasó como si rayo fuera.

Dulce prisión y dulce arder por ellos,
sin duda que su fuego fue mi espera,
que con verme morir, descanso en ellos.

Al firmar sus escritos, Lope antepone a su nombre una M, inicial de Micaela, práctica galante que él mismo había explicado en su comedia El dómine Lucas:

Porque es uso en corte usado,
cuando la carta se firma,
poner antes de la firma
la letra del nombre amado.

Firma de Lope de Vega con la inicial M (de Micaela) antepuesta

O le dedica bellos sonetos como este que, impreso en las Rimas, conoce otras dos versiones, con ligeras variantes, en la comedia Los comendadores de Córdoba y en un manuscrito autógrafo de la Biblioteca Nacional:

Ya no quiero más bien que solo amaros,
ni más vida, Lucinda, que ofreceros
la que me dais cuando merezco veros,
ni ver más luz que vuestros ojos claros.

Para vivir me basta desearos;
para ser venturoso, conoceros;
para admirar el mundo, engrandeceros,
y para ser Eróstrato, abrasaros.

Erostrato

La pluma y lengua, respondiendo a coros,
quieren al cielo espléndido subiros,
donde están los espíritus más puros;

que entre tales riquezas y tesoros,
mis lágrimas, mis versos, mis suspiros
de olvido y tiempo vivirán seguros.

«Por ver mi estrella María» de Néstor Luján: los personajes de ficción

Frente a los personajes históricos del príncipe Carlos y la infanta María, los ficticios de Hugo y María nos resultan mucho más familiares, simpáticos y cercanos: el lector puede identificarse con sus aventuras y, seguramente, deseará el triunfo de su amor. Aquí no hay intrigas palaciegas que distraigan nuestra atención. El mundo de validos, privados y cortesanos queda lejos de esta pareja que vive, simplemente, una sincera historia de amor; un amor sencillo, lejos de las principescas complicaciones antes referidas.

Hugo es un hombre bonachón, aventurero, bebedor y vividor. María, una mujer delicada, elegante, hermosa y muy, muy femenina. Un carácter demasiado moderno y abierto para la época en que vive, tal como muestran estas palabras suyas:

—Quiero levantarme de una vez de los grandes almohadones, no sentarme más a la morisca, vivir al lado de un hombre, reír con él, comer con él, embriagarme si es preciso con él, vivir, amarle, darnos un igual y mutuo placer, ser católica y no dejar de ser alegre, no beatona ni gazmoña, ni remilgada. […] Deseo andar los siete mares del mundo, conocer países, tener hijos, reír con gusto. […] Vivir, ser esposa y madre. He aquí lo que me ofrece don Hugo (pp. 82-83; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988).

Lo dice expresamente el propio Néstor Luján: «De las dos estrellas Marías, ésta es la fulgurante» (p. 237).

Otros personajes destacados son Dorotea y Francisco, criados de María y Hugo, respectivamente. Les ocurre como a los criados de las comedias auriseculares, que también se enamoran entre sí (amor paralelo al de sus amos en un nivel inferior de la escala social), circunstancia que ellos mismos comentan. Sir Kenelm Digby, el conde de Gondomar y Francisco de Tabora, tío de María de Coutiño, tienen relevancia en toda la intriga que rodea al viaje de Carlos. Finalmente, hay en la novela muchos otros personajes reales, históricos:

Felipe IV de España, por Velázquez

Felipe IV, el conde-duque de Olivares[1], Juan Pérez de Montalbán, Quevedo, Antonio Hurtado de Mendoza, Lope de Vega, Francisco de Rioja, Roque Guinart, etc. No es solo que se aluda a ellos, sino que varios aparecen en algunos episodios como protagonistas secundarios[2].


[1] Se ofrece una imagen bastante negativa de Felipe IV, caracterizado como abúlico, inexperto e indolente (pp. 70-71; «ante las decisiones más perezoso que un lagarto», p. 146), entretenido de continuo en amores con cómicas y damas; y más negativa todavía de Olivares (ver, por ejemplo, las pp. 66 y ss., 97, 119-121…).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

Un nuevo amor de Lope: Micaela de Luján

El matrimonio de conveniencia con Juana de Guardo no aplaca el carácter apasionado de Lope, a quien pronto vamos a ver echarse en brazos de otra mujer[1]. De 1599, el mismo año de publicación de El Isidro (glosa en quintillas de la vida del santo patrón madrileño), Fiestas de Denia y Romance a las venturosas bodas, parecen datar sus ardorosos amores con la bella e inculta Micaela de Luján, una cómica rubia, blanca de cutis, de grandes ojos «azules como el cielo y los zafiros», que aparecerá en sus escritos como Lucinda o Camila Lucinda (quizá también como Celia, aunque es discutida la identidad que se esconde tras este nombre poético).

Lope de Vega y Camila Lucinda, de Rodríguez Marín

La belleza de la nueva amante va a quedar reflejada en obras como La hermosura de Angélica, las Rimas y Jerusalén conquistada, así como en los poemas incluidos en El peregrino en su patria. Micaela estaba casada con el representante Diego Díaz, pero este había marchado a América hacia el año 1596 y moriría en el Perú en 1603. Como explica Pedraza:

Mientras el marido peregrinaba por las Indias, Lope y Micaela iban colocándole los hijos habidos en sus relaciones. Incluso estando ya muerto —noticia que aún no se conocía en Sevilla—, le atribuyeron la paternidad de Félix, bautizado el 19 de octubre de 1603.

Es posible que Lope conociera a su nuevo amor en Toledo; al menos, eso es lo que parecen indicar estos versos pertenecientes a la bellísima epístola «Serrana hermosa, que de nieve helada…», incluida en El peregrino en su patria:

Bajé a los llanos de esta humilde tierra
adonde me prendiste y cautivaste,
y yo fui esclavo de tu dulce guerra.

No estaba el Tajo con el verde engaste
de su florido margen cual solía,
cuando con esos pies su orilla honraste.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Por ver mi estrella María» de Néstor Luján: los personajes históricos

Néstor Luján nos ofrece en su novela toda una galería de personajes tanto históricos como de ficción. Destacan, sobre todo, las dos parejas de protagonistas. Comencemos por la formada por los personajes históricos.

Carlos, el príncipe de Gales, se nos aparece como hombre enamorado (y enamorado de oídas, como en muchos libros de caballerías y otras ficciones sentimentales[1]). Ama a la infanta española sin conocerla y por ella, para tratar de acelerar los trámites de la boda, realiza su aventurero viaje. Cuando María, por fin, se presenta ante sus ojos apenas puede conocerla y cortejarla. Sucede más bien todo lo contrario, puesto que la infanta le rechaza y ha de sufrir su desdén: no le ama y no está dispuesta a casarse con él, aunque no sabemos exactamente los motivos: ¿excesiva timidez?, ¿excesivo orgullo? Néstor Luján no profundiza demasiado en su carácter, presentándonos a la hija de Felipe III como una mujer simple y gazmoña.

María Ana de Austria, por Velázquez

Carlos solo puede dirigirle unas palabras, cuando se saludan en los actos oficiales. En una ocasión lo intenta de otra forma, presentándose por sorpresa ante ella. La reacción de la infanta habla mucho de su personalidad. Veamos cómo Gondomar refiere este episodio a Hugo:

—El príncipe de Gales se ha revelado como un héroe de una novela de caballerías. Incluso en una ocasión saltó una tapia del jardín del cuarto de la Infanta, mientras ésta pasaba, y cayó desairadamente rodando dentro del huerto. La Infanta María, asustadiza, espantada por sus confesores, en lugar de tenderle su blanca mano a besar, profirió un agudo grito lastimero y escapó como alma que lleva el diablo. El pobre príncipe, enjoyado, con sombrero emplumado, sucio de lodo y aturdido de vergüenza, quedó como un espantapájaros en medio de las flores. Odiaba el ridículo y no quería repetir, emperejilado como iba, hecho un mayo, la escalada de la tapia y correr el peligro de volverse a caer. Declaró que no se movería de allí. Afortunadamente se le permitió salir por la puerta, mientras la Infanta estaba oculta, presa de un soponcio (p. 202; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988).

Gracioso episodio (también un tanto ridículo y grotesco) de un nuevo y torpe Calisto inglés, mutatis mutandis, y de una nueva Melibea, esta vez sin Celestina que predisponga su corazón en favor del atrevido galán[2].


[1] Ver Domingo Ynduráin, «Enamorarse de oídas», en Serta philologica: F. Lázaro Carreter natalem diem sexagesimum celebranti dicata, vol. II, Estudios de literatura y crítica textual, Madrid, Cátedra, 1983, pp. 589-603.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

Lope: nuevos hijos y nuevos libros

Lope pasa a vivir, al decir de Entrambasguas, en un ambiente familiar entre burgués y mercantil[1]. Su mujer, Juana de Guardo, es enfermiza y nada atractiva, y todo parece apuntar a que, en efecto, no se trató de un matrimonio por amor, sino por interés. Hijos del nuevo matrimonio serán Jacinta (nacida en 1599 y muerta en la infancia), Juana (de la que apenas queda noticia, fallecida también en temprana edad), Carlos Félix (uno de los hijos predilectos del Fénix, nacido en Toledo en 1606 y muerto en Madrid en 1612) y Feliciana (nacida en 1613 en Madrid, que sobrevivirá largos años a su padre, pues fallecería en 1657). El matrimonio vivirá sucesivamente en Madrid (1598-1604), en Toledo (1604-1610) y otra vez en Madrid (1610-1613), pero con ausencias prolongadas de Lope que se irán comentando en próximas entradas.

Sigue escribiendo comedias y ese año de su segundo matrimonio publica La Dragontea, poema épico dedicado a la muerte del corsario Francis Drake. Sale también en 1598 su novela pastoril de la Arcadia, en cuya portada coloca el escudo atribuido a Bernardo del Carpio, que incluye diecinueve torres, el cual se repetirá al frente de otras obras posteriores como El peregrino en su patria (1604) y Jerusalén conquistada (1609).

Portada de la Arcadia de Lope de Vega

La inclusión de ese escudo, con el que se estaba atribuyendo una nobleza que no le correspondía, causaría la reacción de sus enemigos, con Góngora a la cabeza.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Por ver mi estrella María» de Néstor Luján: tiempo y espacio

La acción de la novela de Néstor Luján transcurre en el Madrid de 1623, con una gran concreción espacio-temporal. Podemos fijar exactamente las dos fechas que enmarcan los acontecimientos, que ocurren entre el 17 de marzo y el 9 de septiembre de ese año. Los principales saltos temporales se producen entre el final de una parte y el comienzo de la siguiente. Así, la segunda empieza con estas palabras: «Habían transcurrido dos meses» (p. 117; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988). Como ya indiqué en una entrada anterior, en el índice onomástico final se nos informa de sucesos ocurridos varios años después[1].

En cuanto al espacio, Néstor Luján afirma haber manejado como documentación un plano del Madrid del XVII, «el de Teixeira, que ha sido una pieza insustituible para orientarme en el dédalo del Madrid de los Austrias» (p. 249, en la sección de agradecimientos).

Plano de Madrid de Pedro Teixeira (1656)

Microespacios dentro de este espacio más amplio son la casa de lord Digby, llamada «de las Siete Chimeneas», la de Hugo, la de don Francisco o la del doctor Fonseca, capellán real, el Corral de la Pacheca (donde asistimos a una representación teatral), la residencia del conde de Gondomar, el despacho de Olivares, el palacio del Real Alcázar, el Real Monasterio de San Jerónimo, la Plaza Mayor (escenario de una fiesta de toros), el mesón de la Torrecilla Vieja, en la calle de Toledo, la venta del Santo Cristo del Coloquio, el convento de los comendadores de Santiago, en las afueras de Madrid o El Pardo (allí tiene lugar la cacería de despedida a los ingleses). Solo en dos ocasiones nos alejamos del suelo madrileño: con el viaje de Hugo a Inglaterra y al marcharse los invitados reales, que embarcan en Santander[2].


[1] Por ejemplo, de Dorotea, la sirvienta de María de Coutiño, se dice que «casó con Francisco, el criado ya con categoría de escudero, de Hugo von Stein y le siguieron ambos en sus viajes y aventuras. Tuvieron una notable descendencia» (p. 239).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

Segundas nupcias de Lope: Juana de Guardo

El año de 1598 Lope contrae su segundo matrimonio, con Juana de Guardo, hija de Antonio de Guardo y María de Collantes[1]. Los esponsales se celebraron el 25 de abril de 1598 en la parroquia de la santa Cruz de Madrid y el 3 de mayo se veló el matrimonio en la iglesia de san Blas. El padre de la novia era un rico mayorista que abastecía la Corte de carnes y pescados, propietario de unas casas y saladero junto al rastro y de un mesón. Juana lleva como dote al matrimonio 22.382 reales de plata doble, mientras que el novio le promete 500 ducados en arras.

Los matarifes

Pero el nuevo suegro de Lope era bastante avariento y, al parecer, esa cuantiosa dote no se llegó a hacer efectiva, al menos no en su totalidad. En cualquier caso, Góngora y otros enemigos literarios del Fénix no desaprovecharon la ocasión de zaherirlo acusándole de casarse por dinero; se trataba ciertamente de un matrimonio en apariencia muy ventajoso pero que, con sus tintes burgueses, le apartaba del mundo nobiliario al que pretendía acercarse. Estos versos alusivos pertenecen a una décima atribuida a Góngora y también a Quevedo:

Fue paje, poco estudiante,
sempiterno amancebado,
casó con carne y pescado…


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Por ver mi estrella María» de Néstor Luján: título y estructura

Antes de nada, me referiré brevemente el título de la segunda novela de Néstor Luján, que es un nuevo intertexto literario, como pasaba con Decidnos, ¿quién mató al conde? En esta ocasión está tomado de unos versos de Lope de Vega[1], que figuran al principio del libro a modo de lema:

Carlos Estuardo soy
que, siendo el amor mi guía,
al cielo de España voy
por ver mi estrella María.

La novela se abre con un breve prólogo (apenas dos páginas) que nos muestra al príncipe contemplando la villa de Madrid desde un altozano.

Carlos I de Inglaterra

El texto en sí consta de tres partes de trece, catorce y cuatro capítulos, cada uno con título independiente. Al final se añade un índice onomástico que da noticia de los principales personajes, tanto de los históricos como de los de ficción, con la particularidad de que cumple también la función de epílogo, al informarnos de sucesos de su vida posteriores a los narrados en la novela.

La técnica narrativa se sitúa dentro de los moldes más tradicionales. Hay un narrador omnisciente en tercera persona y lo único que se podría destacar es que se crea un cierto suspense porque no vemos actuar a Carlos y María hasta que llevamos varias páginas leídas: hasta ese momento solo sabemos lo que otros personajes dicen de ellos, circunstancia que hace despertar el interés del lector, que permanece a la expectativa de conocerlos directamente por sus actos y por sus palabras[2].


[1] Para estos versos, ver Rafael Iglesias (ed.), Cuarteto de Lope de Vega en el que se celebra la llegada a Madrid de Carlos Estuardo, príncipe de Gales, a mediados de marzo de 1623, Lisle (Illinois), Benedictine University, 2001, con una abundante bibliografía. Disponible en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=5085; y para otros poemas compuestos con la misma ocasión, Gregorio Rodríguez Herrera, «Dos epigramas neolatinos anónimos a propósito de los amores de Carlos Estuardo, príncipe de Gales, con la infanta María de España», Faventia, 21/2, 1999, pp. 143-156.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

La religión en la poesía cervantina: un balance

En varias entradas precedentes he tratado de mostrar, siquiera de modo esquemático, que los elementos religiosos se hacen presentes en la poesía cervantina con una recurrencia considerable. Aquí me he limitado a apuntar un inventario de los principales textos y lugares, añadiendo un somero comentario, pero considero que esta materia merece un análisis interpretativo más detenido.

Algunos de los poemas comentados son meramente de circunstancias y no ofrecen demasiada calidad literaria; pero en otros, en cambio, hay un buen aprovechamiento de la materia religiosa, tanto en el caso de versos insertos en la narrativa (Quijote, Novelas ejemplares, Persiles) o el teatro, como en el terreno de la poesía satírica, que a veces parte de una idea o un motivo religioso, con alusiones certeras y sutiles que demuestran el buen conocimiento de las Escrituras que tuvo Cervantes.

Como valoración de conjunto, puede avanzarse que la religión en la poesía cervantina tiene una importancia temática muy destacada. Otra cuestión distinta —que en esta ocasión no me he planteado— sería discernir si, dado que la lírica constituye, en principio, un cauce adecuado para la expresión de la subjetividad del poeta, cabe interpretar esos poemas de temática religiosa como una prueba de una religiosidad católica íntima.

Símbolos religiosos

«Por ver mi estrella María» de Néstor Luján: argumento

La acción de la novela de Néstor Luján parte de un hecho histórico real: durante el reinado de Felipe IV, las diplomacias inglesa y española planearon la boda de la infanta María, hermana del rey español, y Carlos, hijo del rey Jacobo I, que era príncipe de Gales y más tarde reinaría como Carlos I. Era un matrimonio que, caso de haberse producido, habría cambiado todas las alianzas tradicionales de la Europa del siglo XVII. Pero había un grave problema: Carlos, inglés, era protestante, y la boda resultaba poco menos que imposible.

Carlos I de Inglaterra

Él, cual nuevo caballero andante, aparece en la novela idealmente enamorado de María, a la que nunca ha visto. Entonces decide partir de Inglaterra a España, atravesando a uña de caballo Francia, de incógnito, como un caballero particular, acompañado de su amigo lord Buckingham, favorito del rey. Ambos se presentan en Madrid para activar las negociaciones, por sorpresa, lo que origina una situación grotesca, ya que el príncipe no ha sido invitado y, por tanto, no puede ser recibido con el protocolo correspondiente. Al final, a los ocho días de estar en la Corte, Carlos hace su entrada oficial, cuando su presencia en Madrid era ya un secreto a voces. Es, además, un momento delicado, pues acaba de salir una premática que impide la estancia en España de todos los protestantes extranjeros.

La resolución del problema se va demorando: se pide una dispensa a Roma para el matrimonio; Olivares se opone al proyecto; pasan los meses y la situación permanece estancada, sin conocer el más mínimo avance. Al final, todos se dan cuenta de que el plan es un fracaso inevitable: la permanencia del príncipe Carlos en España ya no tiene ningún sentido y, con una excusa cualquiera, decide regresar a Inglaterra.

Este viaje a España del príncipe de Gales fue real, aunque seguramente no resultó tan romántico ni tan rocambolesco como Néstor Luján nos lo presenta en su novela. Lo que ocurre es que la trama de esta historia amorosa se diluye en la intriga política, en los intrincados hilos de los intereses nacionales en juego, manejados con habilidad por los diplomáticos de uno y otro país.

Paralelamente, existe en la novela otra historia de amor, la que une a María de Coutiño, joven dama portuguesa, y Hugo von Stein, noble y aventurero alemán. Y esta sí que resulta una verdadera historia de amor, sin que el hilo argumental se pierda por los entresijos diplomáticos. A diferencia de la anterior, tiene un final feliz: ambos personajes se conocen y se enamoran mutuamente. Sin embargo, aunque hay correspondencia en los sentimientos, no todo es un camino de rosas en su relación, pues han de vencer algunas dificultades (Hugo es de nobleza inferior a la de María y el hermano de esta se opone al matrimonio, no así su tío, quien es a la vez su tutor). La cuestión se resuelve con el rapto de la prometida —eso sí, con su consentimiento— por parte de Hugo. El hermano de María los persigue con cinco valentones pero los protagonistas, a pesar de su inferioridad numérica, consiguen escapar de los espadachines y refugiarse en un convento, donde contraen matrimonio: Hugo y María se casan y serán muy dichosos juntos. La historia, con sus ribetes folletinescos, resulta amena y de fácil lectura.

En resumidas cuentas, Por ver mi estrella María nos presenta dos historias de amor, pero —desde el punto de vista sentimental— solo una de ellas llega con interés a los lectores. Todavía podríamos añadir una tercera, la de la pareja formada por los criados Francisco y Dorotea, pero esta se desarrolla en un plano muy secundario[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.