La canción de Cervantes a los éxtasis de Teresa de Jesús

Tenemos luego la canción a los éxtasis de la beata Madre Teresa de Jesús (recogida también por Justo de Sancha en su Romancero y cancionero sagrados, BAE, XXXV), que el Padre Antolín califica de «muy devota poesía» en la que «no faltan las alusiones bíblicas de profundo sentido teológico»[1]. Copio solo el comienzo:

Virgen fecunda, Madre venturosa,
cuyos hijos, criados a tus pechos,
sobre sus fuerzas la virtud alzando,
pisan ahora los dorados techos
de la dulce región maravillosa
que está la gloria de su Dios mostrando:
tú que ganaste obrando
un nombre en todo el mundo
y un grado sin segundo,
ahora estés ante tu Dios postrada,
en rogar por tus hijos ocupada,
o en cosas dignas de tu intento santo,
oye mi voz cansada,
y esfuerza, ¡oh, Madre!, el desmayado canto[2].

Santa Teresa de Jesús

Como es sabido, Teresa de Ávila —que había sido beatificada en 1614sería canonizada por el papa Gregorio XV el 12 de marzo de 1622. La composición cervantina consta de siete estancias que comentan los «impulsos celestiales», «los favores / con que te regaló la mano eterna» y sus «éxtasis divinos», cuando el alma lleva su cuerpo «a las regiones santas» y queda «más humilde, más sabia y obediente / al fin de tus arrobos». Tras pedir a la futura santa que oiga «devota y pía» los balidos de su terrenal rebaño, la composición se remata con el envío final, que dice así:

Canción: de ser humilde has de preciarte
cuando quieras al cielo levantarte,
que tiene la humildad naturaleza
de ser el todo y parte
de alzar al cielo la mortal bajeza[3].

[1] P. Teófilo Antolín, «El uso de la Sagrada Escritura en Cervantes», Cuadernos de Literatura. Revista General de las Letras, III, 7, enero-febrero de 1948, p. 135.

[2] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. V. Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, p. 385.

[3] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. V. Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, p. 388.

Antecedentes de la novela histórica: siglos XV y XVI

Del siglo XV se pueden entresacar tres obras importantes como posibles antecedentes del novelar histórico: el Passo honroso de Suero de Quiñones, redactado por Diego Rodríguez de Lena, escribano real que da fe de la defensa que hizo dicho caballero en el puente de San Marcos sobre el río Órbigo, cerca de León, entre el 10 de julio y el 9 de agosto de 1434; El Victorial o Crónica de don Pedro Niño, conde de Buelma, de Gutierre Díaz de Games, «biografía mágica» de ese personaje, desde la niñez a la vejez, con un tono lírico y levemente irreal; y la Crónica de don Álvaro de Luna, escrita entre 1453 y 1460, atribuida a Gonzalo Chacón, que ensalza al personaje caído, frente a la «historiografía oficial».

Al siglo XV pertenece también la que se ha señalado como «la primera novela histórica española» (Menéndez Pidal); me refiero a la denominada Crónica sarracina (h. 1430), de Pedro del Corral, sobre el tema del rey don Rodrigo y la pérdida de España, que introduce en el relato numerosos elementos novelescos. El autor atribuye su obra a los fabulosos historiadores Eleastras, Alanzuri y Carestes: quiere dar apariencia de historia verdadera y, de hecho, algunos de sus contemporáneos la aceptaron como fuente historiográfica legítima, si bien Fernán Pérez del Pulgar, en el prólogo de sus Generaciones y semblanzas, la llamó «trufa o mentira paladina». En realidad, es una refundición, siguiendo el modelo de los libros de caballerías, del relato de la pérdida de España contenido en la Crónica general de 1344: son frecuentes los lances de amor, las largas descripciones de batallas, hazañas, justas y torneos así como los elementos maravillosos. Obra similar, en el tema y en lo relativo a la mezcla de historia y ficción, es la Historia verdadera del rey don Rodrigo, de Miguel de Luna.

Historia verdadera del rey don Rodrigo, de Miguel de Luna

Del siglo XVI son las obras de fray Antonio de Guevara (Relox de príncipes y libro áureo del emperador Marco Aurelio; Epístolas familiares o cartas áureas), que se presentan como históricas, hecho que escandalizó en su momento a los verdaderos historiadores; Las Abidas, de Jerónimo de Arbolanche, novela en verso sobre los orígenes míticos de España; algunos pliegos de cordel como la Historia de Marcilla y Segura o la Historia de Gabriel de Espinosa, temas legendarios recogidos por la novela del XIX. Existen también muchas historias noveladas, por ejemplo, sobre el Gran Capitán[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

La glosa cervantina de «El cielo a la Iglesia ofrece…»

Otro poema hagiográfico de Cervantes es la glosa de «El cielo a la Iglesia ofrece…», dedicada en esta ocasión a san Jacinto. He aquí el texto:

El cielo a la Iglesia ofrece
hoy una piedra tan fina,
que en la corona divina
del mismo Dios resplandece.

Tras los dones primitivos
que en el fervor de su celo
ofreció la Iglesia al cielo,
a sus edificios vivos
dio nuevas piedras el cielo.
Estos dones agradece
a su Esposa y le ennoblece;
pues de parte del Esposo
un Jacinto el más precioso
el cielo a la Iglesia ofrece.

Porque el hombre de su gracia
tantas veces se retira,
y el Jacinto al que le mira
es tan grande su eficacia,
que le sosiega la ira.
Su misma piedad lo inclina
a darlo por medicina;
que en su juïcio profundo
ve que ha menester el mundo
hoy una piedra tan fina.

Obró tanto esta virtud
viviendo Jacinto en él,
que a los vivos rayos dél
en una y otra salud
se restituyó por él.
Crezca gloriosa la mina
que de su luz jacintina
tiene el cielo y tierra llenos,
pues no mereció estar menos
que en la corona divina.

Allá luce ante los ojos
del mismo autor de su gloria,
y acá en gloriosa memoria
de los triunfos y despojos
que sacó de la victoria.
Pues si otra luz desfallece
cuando el Sol la suya ofrece,
¿qué más viva y rutilante
será aquesta, si delante
del mismo Dios resplandece?[1]

 San Jacinto

El contenido del poema juega con la palabra Jacinto, que es el nombre de pila del santo[2], pero también el de una piedra preciosa a la que se atribuían en la época propiedades taumatúrgicas. En este sentido, por ser piedra preciosa de su corona, el santo resplandece delante de Dios con «vivos rayos», con una «luz jacintina» que se muestra «viva y rutilante» ante la luz del propio Sol. Además, se dice, esa piedra preciosa la ofrece el cielo (=Dios, el Esposo) a su Esposa la Iglesia y, por otra parte, el hombre se ve restituido en su salud merced a la eficacia medicinal de san Jacinto. Se trata de una simple composición de circunstancias[3], que tampoco alcanza una gran calidad poética.


[1] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. V. Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, pp. 373-374.

[2] Estos juegos con los nombres son frecuentes en la época; uno muy similar, también referido al nombre de Jacinto, lo encontramos en la aprobación de fray Raimundo Sos y Lumbier a la obra El señor Felipe V es el rey de las Españas verdadero (1711) del predicador sangüesino Jacinto de Aranaz.

[3] Anota el editor Gaos: «En la canonización de San Jacinto (1595), el convento de Santo Domingo de Zaragoza, celebró unas justas literarias. El poema de Cervantes obtuvo el primer premio en el segundo certamen. En la relación de estas justas figuran los siguientes versos: “Miguel Cervantes llegó / tan diestro, que confirmó / en el Certamen segundo / la opinión que le da el mundo, / y el primer premio llevó”»; y añade este comentario de Givanel: «Del mérito de las composiciones que entraron en competencia, puede dar idea la producción galardonada».

Antecedentes de la novela histórica: las historias caballerescas

La Gran conquista de Ultramar, de principios del siglo XIV, es una extensa narración histórico-novelesca que pretende ser una historia de las cruzadas, pero que incluye relatos poéticos, adaptaciones de gestas históricas provenzales y francesas: en concreto, son tres los temas épicos que recoge, el de Flores y Blancaflor, el de Berta y el de Mainete; hay otros episodios fantásticos y legendarios, novelescos, entre los que destaca la famosa leyenda de Lohengrin o el Caballero del Cisne. En conjunto, esta obra constituye un precedente de los libros de caballerías.

Miniatura de la Gran conquista de Ultramar

Y, en efecto, también con la novela de caballerías presenta la novela histórica algunos puntos de contacto: además de recoger algunos de sus lances (torneos, batallas singulares y, en general, todo lo que se incluye dentro de «lo maravilloso»[1]) y de sus técnicas (por ejemplo, el recurso a la crónica o manuscrito para aumentar la verosimilitud), las novelas históricas románticas se convirtieron en los nuevos libros de caballerías, en el sentido de facilitar la evasión[2] de un público lector joven y, en buena medida, femenino. Ya Menéndez Pelayo se refirió a esa «transformación de la novela histórica en libro de caballerías adobado al paladar moderno»[3]. De hecho, el tema de la primera reunión que se celebró el año 1839 en el Ateneo de Madrid fue una «Comparación entre la novela histórica moderna y el antiguo romance caballeresco». Martínez de la Rosa publicó el 10 de febrero en el Semanario Pintoresco Español un resumen de las conferencias pronunciadas bajo el título de «Paralelo entre las modernas novelas históricas y las antiguas historias caballerescas».

Hay que tener presente que la figura del caballero andante es una figura histórica en los siglos XIV y XV, como ha documentado Martín de Riquer en su estudio dedicado a los Caballeros andantes españoles. Estas novelas de caballería imitaban, pues, la realidad en algunos aspectos; pero, a su vez, los caballeros reales trataban de imitar a sus héroes novelescos, intentando vivir aventuras novelescas (un caso ejemplar que suele recordarse es el de la conquista de México por Hernán Cortés). Por otra parte, las novelas de caballerías se presentan como historias o crónicas verdaderas; los autores insisten continuamente en la verdad de sus relatos, de la misma forma que hacen los auténticos historiadores; una superchería habitual es la presentación de la novela como traducción de un original escrito en alguna lengua lejana. En fin, otro rasgo en que coincide la novela de caballerías con la novela histórica es la división maniquea del mundo de los personajes[4].


[1] Ver Alberto Lista, Ensayos literarios y críticos, Sevilla, Calvo-Rubio, 1844, I, pp. 155-156.

[2] Ver Ana Luisa Baquero Escudero, «Cervantes y la novela histórica romántica», Anales cervantinos, XXIV, 1986, p. 182.

[3] Marcelino Menéndez Pelayo, Estudios sobre la prosa del siglo XIX, Madrid, CSIC, 1956, p. 247.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Elementos religiosos en la poesía de Cervantes

La religión constituye un elemento muy notable en la obra literaria de Cervantes y es, ciertamente, uno de los más importantes a la hora de calibrar el pensamiento del escritor. La presencia de este componente se ha analizado, sobre todo, en la narrativa, y fundamentalmente en el Quijote (anticlericalismo, influjos erasmistas, actitud frente a los moriscos y conversos, todo ello puesto en relación con los posibles antecedentes judaicos del autor…); algo menos en lo que atañe al teatro y muy poco, hasta donde se me alcanza, en el terreno de la poesía.

Pues bien, en sucesivas entradas pretendo llevar a cabo un rastreo amplio, no exhaustivo, de la presencia de los elementos religiosos en la lírica cervantina, tanto en las poesías sueltas como en las insertas en obras pertenecientes a otros géneros (narrativa y teatro). Mi análisis se articulará en seis apartados: 1) poemas hagiográficos; 2) poemas de temática mariana; 3) otros poemas con importante presencia del elemento religioso; 4) presencia de la religión en los poemas de tema histórico y bélico; 5) elementos religiosos en la poesía satírico burlesca; y 6) alusiones microtextuales. Examinaremos, pues, por separado lo relativo a cada apartado, comenzando por algunos poemas hagiográficos.

Uno de ellos es el soneto a san Francisco de Asís, que fue recogido por fray Pedro de Padilla en su Jardín espiritual (1585) y por Justo de Sancha en su Romancero y cancionero sagrados (BAE, XXXV):

Muestra su ingenio el que es pintor curioso
cuando pinta al desnudo una figura,
donde la traza, el arte y compostura
ningún velo la cubra artificioso.

Vos, seráfico Padre, y vos, hermoso
retrato de Jesús, sois la pintura
al desnudo pintada, en tal hechura
que Dios nos muestra ser pintor famoso.

Las sombras de ser mártir descubristes;
los lejos, en que estáis allá en el cielo
en soberana silla colocado;

las colores, las llagas que tuvistes,
tanto las suben que se admira el suelo,
y el pintor en la obra se ha pagado[1].

Llagas de san Francisco de Asís

Como vemos, se trata de un soneto que parte de la imagen Dios=Divino Pintor y hace un uso ingenioso del léxico de la pintura (sombras, lejos, colores…), afirmando de san Francisco que es «hermoso / retrato de Jesús»; cabe destacar además el juego dilógico del último verso, «y el pintor en la obra se ha pagado» (‘ha recibido el pago por su obra’ y ‘ha quedado satisfecho con ella’). Por lo demás, las rimas conseguidas con formas verbales (descubristes, tuvistes) restan aliento poético a la composición, que en conjunto no es demasiado lograda.


[1] Miguel de Cervantes, Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, pp. 354-355. En este poema —y lo mismo haré en otros que citaré en próximas entradas— retoco ligeramente, sin indicarlo, la puntuación y las grafías. De aquí en adelante, las referencias a las Poesías completas serán tomadas de la citada edición de Gaos y solo se indicará el volumen y el número de página.

Antecedentes de la novela histórica: las crónicas medievales

Por lo que respecta a la historiografía medieval, la Primera Crónica General o Estoria de España incorpora ya, por su valor histórico, prosificaciones de los cantares de gesta sobre Bernardo del Carpio, Fernán González, los infantes de Lara, el Cid, el cerco de Zamora, Mainete… en las que se incluyen aventuras novelescas, procedentes de novelitas versificadas o de cuentos en prosa, elementos dispares que se integran en un cuerpo «histórico». A la cuarta parte de la Grand e general Estoria pertenece la historia novelada de Alejandro Magno, la Estoria de Alexandre el Grand. También nos interesan de esta segunda crónica del taller alfonsí las páginas dedicadas a la historia de Troya, materia aprovechada después en múltiples versiones: Historia troyana polimétrica, Sumas de la historia troyana, etc. Fuera de la Península, encontramos también esta mezcla de historia y ficción en la importante Historia de los reyes de Bretaña, de Godofredo de Monmouth, obra que daría lugar a las principales novelas del ciclo artúrico.

Historia de los reyes de Britania

En general, en todas las obras historiográficas medievales (crónicas, anales, genealogías…) la historia se presenta fuertemente novelizada, adornada con la invención de elementos míticos y fabulosos, y con explicaciones pseudocientíficas de los hechos; en ellas se da el mismo tratamiento a Aquiles y Eneas que a Alejando Magno o Julio César; el lector de los siglos XII y XIII aceptaba todo el relato como cierto, con sus inverosimilitudes y fantasías. No existía una conciencia histórica plena, rigurosamente científica, que permitiera deslindar claramente lo cierto y lo fabuloso, lo histórico y lo legendario, de ahí que la frontera entre verdad y poesía se presente en estas obras difuminada. En realidad, se da en ellas una visión poética de la historia, género que constituye todavía, como en la antigüedad clásica, un arte literario[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Amoríos de Lope con Antonia Trillo de Armenta

Ya de vuelta en la Villa y Corte, Lope se va a enamorar de nuevo… y de nuevo va a tener un encontronazo con la justicia: en 1596 sufre proceso por amancebamiento con Antonia Trillo de Armenta, viuda de Luis Puche o Puig, que tenía casa en la calle de las Huertas[1].

Calle de las Huertas, Madrid

El proceso en la Sala de alcaldes de Casa y Corte se ha perdido, pero no debió de prosperar, pues no se conocen derivaciones posteriores de la causa. Sabemos, sí, que aquella viuda alegre volvería a casarse y moriría, otra vez viuda, en 1631.

Ese año de 1596 firma los manuscritos de El marqués de Mantua, La francesilla y La bella malmaridada. Es posible que regresase a Alba de Tormes, y que el duque lo despidiese de su lado. Habría aprovechado su vuelta allí para acudir a ver la tumba de Isabel y a rezar por ella, recuerdo de lo cual serían dos romances, «Belisa, señora mía» y «Ya vuelo, querido Tormes», en el que se lamenta de tener que dejar la casa de Alba.

En el otoño de 1597 se cierran los teatros por la muerte de la infanta Catalina Micaela de Saboya, hija de Felipe II. La prohibición de representar comedias se extiende por la muerte de Felipe II (septiembre de 1598) hasta la boda de Felipe III (abril de 1599). Sin posibilidad durante este tiempo de vivir de lo escrito para el teatro, Lope tratará de seguir desempeñando el empleo de secretario de nobles. Quizá es ahora cuando sirve al marqués de Malpica y mariscal de Castilla. Dura poco en este empleo, pues no era ya su secretario a la altura de 1598, cuando pasa a servir a don Pedro Fernández Ruiz de Castro, marqués de Sarria, futuro conde de Lemos, que será mecenas y protector de varios artistas, entre ellos Cervantes.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Antecedentes de la novela histórica: las obras del mester de clerecía

Respecto a las obras cultas del mester de clerecía, el Poema de Fernán González relata las luchas de este conde castellano con los reyes de León y de Navarra; lo histórico se mezcla aquí con lo legendario al explicarse la independencia del condado de Castilla por la deuda, aumentada «al gallarín doblado», que el rey leonés contrajo con Fernán González al comprarle su caballo y su azor.

El Libro de Alexandre, de mediados del siglo XIII, es una biografía de Alejandro de Macedonia aderezada con elementos fantásticos. El tema era tradicional, pues ya en el siglo III d. C. un escritor de Alejandría, el denominado Pseudo Calístenes, había escrito la Novela de Alejandro, obra que transformaba en mito la biografía de Alejandro Magno, mezclando con los datos históricos gran cantidad de episodios fabulosos e irreales. Igualmente, la vida y las hazañas del rey de Macedonia figuran en la cuarta parte de la General Estoria de Alfonso X.

Incipit del Libro de Alexandre

Por último, el Poema de Alfonso Onceno, de Rodrigo Yáñez, es un libro que narra hechos históricos contemporáneos, con pocos elementos legendarios o ficticios: es una crónica escrita hacia 1348 sobre el reinado de Alfonso XI de Castilla y León. Los principales sucesos históricos en él contenidos son el sitio de Tarifa y la batalla del Salado; por el contrario, figuran como elementos legendarios las profecías puestas en boca del mago Merlín[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Lope es perdonado y regresa a Madrid

Los recuerdos dolorosos del tiempo feliz vivido en Alba de Tormes le persiguen y Lope decide abandonar el lugar[1]. Vende todos sus bienes en pública almoneda, en el mes de febrero de 1595,  y quizá solicita el perdón de Jerónimo Velázquez para poder regresar a Madrid antes de que se cumpla la pena de destierro.

Perdón

Para algunos biógrafos, era el propio Velázquez quien estaba interesado en su regreso a Madrid, pues Lope, ahora viudo y libre, constituía un magnífico partido para Elena, que a su vez quedaría viuda el 30 de marzo de 1595. En este sentido se ha interpretado el vaticinio que en La Dorotea hace el astrólogo César a su amigo don Fernando:

Seréis notablemente perseguido de Dorotea y de su madre en la cárcel, donde os ha de tener preso. El fin desta prisión os promete destierro del reino; poco antes de lo cual serviréis una doncella que se ha de inclinar a vuestra fama y persona, con quien os casaréis, con poco gusto de vuestros deudos y los suyos [alusión a Isabel de Urbina]; ésta acompañará vuestros destierros y cuidados con gran lealtad y ánimo para toda adversidad constante; morirá a siete años de este suceso, y con excesivo sentimiento vuestro daréis vuelta a la corte, viuda ya Dorotea, que os solicitará para marido; pero no saldrá con ello, porque podrá más que su riqueza vuestra honra, y que sus amores y caricias vuestra venganza… Sabed que os esperan inmensos trabajos por causa de los amores; guardaos de alguna que os ha de dar hechizos, si bien saldréis de todo con oraciones a Dios, en otro estado del que ahora tenéis… Uno os ha de estimar y favorecer mucho, cuyo amor conservaréis hasta el fin de vuestra vida, que aquí parece larga.

Partiese de quien partiese la iniciativa, el caso es que en 1595 Lope obtiene el perdón de Jerónimo Velázquez, quien el 18 de marzo había efectivamente presentado el siguiente escrito ante las autoridades:

Que por cuanto él se querelló y acusó criminalmente a Lope de Vega en razón de decir había hecho cierta sátira contra Elena Osorio, su hija, y otras personas el año pasado de ochenta y siete u ochenta y ocho ante los señores alcaldes del crimen de ella, y fue condenado en diez años de destierro en esta forma: los ocho años de ellos, de esta corte y cinco leguas, y los dos del reino, según se contiene en la dicha sentencia, a que dijo se refiere, el cual en cumplimiento de ella salió a cumplir el dicho destierro y ha cumplido los ocho años y ahora por servicio de Dios Nuestro Señor y por la voluntad que tiene de servirle como cristiano, tiene por bien de perdonarle al dicho Lope de Vega de todo el delito que cometió y por el que le tiene acusado ante los dichos señores alcaldes, y le remite y perdona y consiente y tiene por bien que el susodicho libremente pueda entrar en esta corte, no embargante el dicho destierro que le falta por cumplir.

Lope, por su parte, también pidió el indulto real:

Suplica a Vuestra Majestad le mande alzar el destierro que le falta y darle licencia para que libremente pueda entrar y andar en esta corte, atento a que su culpa fue muy poca y como a Vuestra Majestad le constará, y que en cumplir el dicho destierro ha pasado y pasa grandes necesidades, enfermedades y trabajos, que en ello recibirá muy gran merced.

Una vez obtenido, el Fénix puede por fin regresar a Madrid.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Antecedentes de la novela histórica en la literatura española: la épica

La novela histórica moderna nace en el siglo XIX —según hemos visto en entradas anteriores— con Walter Scott y, en el caso de España, con sus imitadores. Sin embargo, cabe rastrear en la literatura española algunos posibles antecedentes de ese peculiar modo de narrar en el que se mezcla historia y ficción. En efecto, son muchas las obras en las que, de una forma u otra, encontramos una amalgama de ambos elementos, aunque esto no quiera decir, ni mucho menos, que la novela histórica del XIX descienda directamente de las producciones que a continuación voy a mencionar[1]. Guillermo Zellers ya dejó indicado que los orígenes de la novela histórica pueden buscarse desde los comienzos mismos de la literatura, y que

los elementos de ficción e historia en conjunto se encuentran en las epopeyas, en las crónicas, en traducciones de leyendas árabes y otras orientales, en cuentos de caballerías de fondo histórico y en unas pocas obras a las cuales se puede aplicar correctamente el nombre de «novelas históricas»[2].

Así pues, haré una referencia a esos posibles antecedentes de la novela histórica decimonónica, destacando características generales, y sin pretender que esta enumeración sea exhaustiva. Habría que comenzar hablando de la épica, de las crónicas medievales y de las obras del mester de clerecía.

La epopeya es propiamente la primera forma literaria inspirada por la historia. Y se pueden encontrar algunos puntos de contacto entre épica y novela histórica: la descripción de armas, batallas, combates singulares, embajadas y ceremonias de investidura de caballeros; la escasa presencia del pueblo (aunque en la novela histórica aparece un mundo algo más diferenciado socialmente); o la comunicación entre narrador y receptor (oyente en el caso de la épica, lector en el de la novela). Otros elementos menores de la épica como la lucha fronteriza o el enfrentamiento familiar entre miembros de un mismo clan reaparecen también en la novela histórica. Sin embargo, en la obra épica el héroe está mitificado, es un personaje nacional que ocupa el puesto central de la historia, en tanto que en la novela histórica casi nunca pasa de ser un «héroe medio» que concilia los dos extremos en lucha; aquí lo histórico queda en un segundo plano, y las relaciones entre lo público y lo privado, lo social y lo individual, son bien distintas.

Por otra parte, es conocida la teoría de Georg Lukács según la cual la novela cumple en la moderna sociedad burguesa el mismo papel que la épica en la antigua; en este sentido, la novela histórica vendría a ser la «épica moderna»: «La novela histórica clásica hizo patentes en forma ejemplar las leyes generales de la gran poesía épica»[3]. También para Vladimir Svatoñ la novela es un género problemático que constantemente está «volviendo la vista a la epopeya»[4], aspecto este que ha sido negado por María de las Nieves Muñiz: «Si el hombre moderno existe en el horizonte de la historia, ello […] no acerca más la novela a la epopeya»[5].

En cuanto a la mezcla de historia y ficción en la épica, convendría recordar que la epopeya castellana es muy verista o «realista», a diferencia de la de allende los Pirineos, más dada a incluir elementos fantásticos y maravillosos. Menéndez Pidal destacó la historicidad del Cantar de mio Cid, que se ciñe con bastante fidelidad a los sucesos acaecidos: acción, personajes, pensamientos y sentimientos corresponden en lo esencial a la realidad histórica (frente al desfigurado Cid, altanero e insolente, que hallaremos en los romances y en otras obras del ciclo de las mocedades). En fin, el Cantar de mio Cid es poético como documento histórico y es histórico como poema literario[6].

Primer folio del Cantar de mio Cid


[1] Como señala Juan Ignacio Ferreras, «la novela histórica que comienza en el primer tercio del siglo XIX no debe nada a los sin duda honrosos y honrados antecedentes nacionales de la misma; creer que existe un novelar histórico que viene de Las guerras civiles de Granada para acabar, pongamos por caso, en El doncel, de Larra, es un disparate crítico, o lo que es lo mismo, una curiosidad erudita» (El triunfo del liberalismo y la novela histórica, Madrid, Taurus, 1976, p. 70).

[2] Guillermo Zellers, La novela histórica en España (1828-1850), Nueva York, Instituto de las Españas, 1938, pp. 9-10.

[3] Georg Lukács, La novela histórica, trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977, p. 441.

[4] Vladimir Svatoñ, «Lo épico en la novela y el problema de la novela histórica», Revista de Literatura, LI, 101, 1989, pp. 5-20: «Por su concentración en el destino de la comunidad popular la llamada novela histórica está más cerca de la novela epopeya que de la historiografía racionalista» (p. 20).

[5] María de las Nieves Muñiz, La novela histórica italiana. Evolución de una estructura narrativa, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1980, 30. Cf. el capítulo I, «De la épica a la novela histórica» (pp. 21-52).

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.