Elementos de intriga en los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda

La ocultación de la verdadera identidad de algún personaje constituye uno de los recursos más socorridos en las novelas históricas románticas, y lo encontramos también en el teatro[1]. De entre las obras de Gertrudis Gómez de Avellaneda que ahora ocupan nuestra atención, desempeña un papel de cierta importancia en Recaredo. En el acto I, escena sexta, Recaredo acude a ver a la princesa Bada haciéndose pasar por Agrimundo, uno de los nobles de su corte; desde ese momento y hasta II, 10 Bada no descubre la verdadera identidad de su visitante. El hecho adquiere relevancia porque la princesa sueva cree estar tratando en todo momento con el jefe del complot contra el rey, cuando en realidad se está dirigiendo al propio monarca, y con sus palabras se delata a sí misma como conocedora de la trama existente para poner fin a su vida.

En Egilona este recurso de ocultación de la personalidad es todavía más importante, porque durante cierto tiempo se ignora la identidad de uno de los tres presos que, según orden expresa de Muza, no pueden ser liberados bajo ningún concepto. Por esa razón, son los únicos que permanecen en las mazmorras después de la amnistía que concede Abdalasis con motivo de sus esponsales. La información de que el preso es el rey don Rodrigo está hábilmente graduada: primero se menciona vagamente, como al paso en medio de otra conversación, que no se ha hallado la tumba del último rey godo; más tarde, en una entrevista entre Egilona, su supuesta viuda, y su nodriza Ermesenda, se insiste en el detalle de que no se localizó su tumba después la batalla del Guadalete (cfr. pp. 13a-b, 13b, 14a); en I, 3, con la llegada de Abdalasis, se avanza un poco más al indicarse que no se ha probado su muerte; en I, 7 se entera Abdalasis de que Rodrigo vive y que él es el preso que está encerrado en sus calabozos, pero decide ocultar esa información para que la súbita reaparición del marido no ponga fin a sus amores con Egilona, con la que acaba de desposarse[2]; en II, 9 Egilona se interroga sobre la identidad del cautivo al que no se ha querido liberar con todos los demás; en fin, en la escena tercera del cuadro I del último acto, Caleb descubre que se trata de Rodrigo, y luego se enteran todos los demás personajes. Por supuesto, el espectador —o lector— del drama conoce de antemano esa identidad, y son los distintos personajes los que la ignoran; buena parte de la intriga se mantiene merced a ese juego de dosificación de los datos, de conocimiento o desconocimiento, acerca de la supervivencia de don Rodrigo[3].

El rey don Rodrigo


[1] En Ni rey ni Roque, de Escosura, ese misterio en torno a la identidad de Gabriel, que puede ser un simple pastelero o el rey don Sebastián de Portugal; en Sancho Saldaña, de Espronceda, la supuesta maga no es sino Elvira; en Doña Blanca de Navarra, de Navarro Villoslada, Jimeno, que se cree descendiente de judíos, es hijo del rey aragonés Alfonso el Magnánimo, etc.

[2] Cabe deducir la no consumación del matrimonio entre Abdalasis y Egilona, por las palabras que esta pronuncia luego ante su esposo: «La Providencia / salva mi honor, mas dejo destrozado / para siempre mi pecho» (p. 45b). Algo similar sucede en la novela Doña Urraca de Castilla, de Navarro Villoslada: Bermudo, el verdadero marido de Elvira, yace en una mazmorra, encerrado por el rival, su hermano Ataúlfo; la ceremonia de boda se lleva a cabo, pero el matrimonio no llega a consumarse.

[3] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

«La gitanilla» de Cervantes: final

En una ocasión ese narrador irónico de La gitanilla se dirige en apóstrofe a su personaje Preciosa, para advertirle de las consecuencias que va a tener en don Juan/Andrés su elogio de Clemente, al que ella ha presentado como «un paje muy galán y muy hombre de bien»:

(Mirad lo que habéis dicho, Preciosa, y lo que vais a decir, que ésas no son alabanzas del paje sino lanzas que traspasan el corazón de Andrés, que las escucha. ¿Queréislo ver, niña? Pues volved los ojos, y veréisle desmayado encima de la silla, con un trasudor de muerte. No penséis, doncella, que os ama tan de burlas Andrés que no le hieran y sobresalten el menor de vuestros descuidos. Llegaos a él en hora buena, y decilde algunas palabras al oído que vayan derechas al corazón y le vuelvan de su desmayo. No, sino andaos a traer sonetos cada día en vuestra alabanza, y veréis cuál os le ponen.)[1].

Cabe señalar que la acción de La gitanilla nos traslada, junto con los personajes, desde Madrid hasta Murcia, pasando por Toledo y Extremadura. La atmósfera general que refleja es realista, pero en ese mundo real se inscribe toda una serie de aventuras extraordinarias. Porque, como muy bien escribe Sieber a propósito de esta novela, «Cervantes tiene que problematizar lo convencional y lo cotidiano»[2]. Así es, ciertamente: en medio de lo cercano y real surge, en el campo de la ficción literaria, lo maravilloso verosímil que asombra y deleita al lector de aquel tiempo y del nuestro.

Gitana

En fin, terminaré recordando que La gitanilla, uno de los mejores relatos incluidos en las Novelas ejemplares, constituye un magnífico ejemplo del estilo cervantino, de su absoluto dominio del español; y así, hago mías las palabras de Zimic cuando afirma que la de este relato es una prosa

tersa, esencial, pero, a la vez, matizada muy imaginativamente; sencilla, precisa, incisiva, y también salpicada de sutiles dobles sentidos, complejas ironías, finísimo humor […]; fluida, espontánea, coloquial […] y, sin disonancia, exquisitamente lírica, poética; prosa siempre armónica, equilibrada, determinada, en sus variaciones, por el contexto temático y situacional; penetrante, intuitiva, individualizante, creadora eficaz, milagrosa de la ilusión de unos personajes de auténtico, fervoroso pálpito vital[3].


[1] Cito por Novelas ejemplares, ed. de Jorge García López, estudio preliminar de Javier Blasco, presentación de Francisco Rico, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. 66.

[2] Sieber, estudio preliminar a su edición de las Novelas ejemplares, vol. I, p. 22.

[3] Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, p. 43.

Acción dramática y discurso narrativo en los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda

En algunas ocasiones se ha señalado la existencia de ciertas interferencias entre el drama histórico y la novela histórica de la época romántica[1]. Tal circunstancia no debe sorprendernos demasiado: en primer lugar, fueron varios los autores que cultivaron tanto la novela como el drama históricos. Piénsese por ejemplo en Martínez de la Rosa, o mejor todavía en Larra, que trató de la romántica figura del trovador Macías en la pieza dramática de ese título y en la novela El doncel de don Enrique el Doliente. Otro ejemplo interesante acerca del tratamiento en forma narrativa y en forma dramática de un mismo tema histórico nos lo proporciona Navarro Villoslada: este escritor quiso iniciar su carrera literaria, a finales de los años 30, con una obra ambientada en Navarra a mediados del siglo XV, cuando el menguado reino pirenaico estaba dividido en los bandos de agramonteses y beamonteses. En el archivo del escritor se conservan varios borradores de esa pieza proyectada, bajo distintos rótulos: La Penitente, El Mariscal, Los bandos de Navarra, etc. Pero Navarro Villoslada se dio cuenta de que la materia le brindaba mejores posibilidades si la abordaba en forma narrativa, razón por la que escribió su novela Doña Blanca de Navarra (1847). No obstante, la idea de componer un drama sobre los mismos sucesos no fue abandonada, y años después, en 1855, publicó y estrenó el drama histórico Echarse en brazos de Dios, de tema, ambientación y personajes similares.

Añádase a lo dicho que, al rastrear el rico venero en que se convirtió la historia patria, los autores localizaron unos temas y unos personajes concretos que por sus conflictos y circunstancias podían suscitar un mayor interés en el público y que, en consecuencia, fueron explotados indistintamente por novelistas y dramaturgos: así, el Príncipe de Viana (Quadrado y Gertrudis Gómez de Avellaneda), Bernardo del Carpio (Fernández y González y Pacheco), doña Urraca de Castilla (Navarro Villoslada y García Gutiérrez), doña María de Molina (Fernández y González y el marqués de Molíns), el pastelero de Madrigal (Fernández y González y Zorrilla), Mauregato y el feudo de las cien doncellas (Trueba y Cossío y Príncipe), Guzmán el Bueno (Ortega y Frías y Gil y Zárate), etc.

Guzmán el Bueno

Pero esa interrelación entre drama y novela históricos no se refiere únicamente a lo más superficial o externo, la elección de unas determinadas épocas históricas, de unos temas y de unos personajes. No es solo que unos mismos asuntos fueran tratados por novelistas y dramaturgos, o por un solo autor en forma narrativa y dramática. Es que además la interrelación se manifiesta en el empleo de una serie de técnicas y estructuras románticas —a veces meros recursos de intriga para mantener el interés del lector o espectador— que se repiten frecuentemente en las novelas de unos y en los dramas de otros. En un trabajo sobre la novela histórica romántica[2] ofrecí una clasificación de tales estructuras, que se repitieron una y otra vez siguiendo el modelo de Walter Scott, hasta topicalizar el subgénero. Esos recursos los agrupaba en cinco categorías, a saber: 1) la superstición; 2) la reaparición de personajes supuestamente muertos; 3) la ocultación de la personalidad de algún personaje; 4) el uso de prendas y objetos simbólicos; y 5) el empleo del fuego o de otras catástrofes para crear incidentes dramáticos.

Pues bien, muchas de esas estructuras, que se convirtieron en verdaderos lugares comunes o «bienes mostrencos», patrimonio de todos los novelistas históricos (y de sus imitadores que escribían por entregas y para los folletines), las vamos a encontrar repetidas también en los dramas históricos románticos, como trataré de ejemplificar en sucesivas entradas con los de Gómez de Avellaneda[3].


[1] Cfr. especialmente Elizabeth A. Butwin, «La teatralidad de El golpe en vago de José García de Villalta», en Romanticismo 2. Atti del III Congresso sul Romanticismo Spagnolo e Ispanoamericano. Il linguaggio romantico, Génova, Universidad de Génova, 1984, pp. 156-159; y Ermitas Penas, «Discurso dramático y novela histórica romántica», Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, año LXIX, enero-diciembre de 1993, pp. 167-193.

[2] Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198. Algunos de los recursos que ahí señalo ya habían sido apuntados por Guillermo Zellers, «Influencia de Walter Scott en España», Revista de Filología Española, XVIII, 1931, pp. 149-162.

[3] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

«La gitanilla» de Cervantes: don Juan, gitano nuevo

Idealizada está también la caracterización de don Juan, joven y galán de buenas prendas, que tendrá que vencer una serie de dificultades para llegar a alcanzar el amor de Preciosa: acepta vivir durante dos años con los gitanos, sufrirá celos por causa del paje-poeta Clemente, superará la falsa acusación de robo y el paso por la cárcel, etc. Tanto él como Preciosa conocen en esta novela un importante cambio de identidad: Preciosa, que ha vivido desde muy niña como gitana, es en realidad noble; y por el contrario, don Juan, que es y se sabe noble, decide transformarse en gitano para conquistar a la muchacha. Como certeramente escribe Zimic:

El disfraz de D. Juan es imprescindible y práctico precisamente como protección frente a una sociedad incomprensiva a su problema amoroso, personal, y no un artificioso enigma literario para las adivinanzas entretenidas de agudos, ociosos cortesanos, personajes ficticios y lectores. El «disfraz» gitano de Preciosa le es impuesto por las circunstancias peculiares de su vida. Implícita en toda la obra queda la sugerencia de que todo el mundo, particularmente el «alto», «refinado», lleva siempre el disfraz, pero no para mantener discretamente secretas ciertas nobles pasiones, como, supuestamente, esos pastores literarios [los protagonistas de la novela pastoril], sino para ocultar hipócritamente las más viles intenciones e inclinaciones. Se trata, en suma, de un mundo de continuos desdoblamientos y encubrimientos de la identidad naturales, lógicos; de muchas, mutuamente determinantes influencias sociales, de que nadie puede extraerse, refugiándose en idílicas zonas francas del ensueño amoroso[1].

Más allá de las peripecias amorosas, La gitanilla nos presenta un animado y pintoresco cuadro de la vida gitana, una vida que Cervantes retrata plena de alegría y optimismo. Como ha señalado la crítica, se da a lo largo de toda la novela una confrontación de dos sistemas de valores, el gitano-rural y el cortesano-urbano. Dicho de otra forma, el relato se articula en torno a la oposición estructural ciudad-nobleza-propiedad privada (código social) / campo-gitanos-propiedad comunal (código natural), siendo el dinero la clave de mediación entre la sociedad gitana y el poder[2].

Gitana

Don Juan, disfrazado de gitano e integrado en el grupo, será un observador ajeno de sus modos de vida y costumbres (de la misma forma que los jóvenes Rinconete y Cortadillo serán espectadores del mundo hampesco en el patio de Monipodio), todo con una perspectiva crítica que se mueve con cierta ambigüedad (muy cervantina) entre el elogio y la ironía. Y esta es una de las razones (pero no la única) por las que La gitanilla es, sin duda alguna, una de las mejores piezas incluidas en la colección de doce Novelas ejemplares.


[1] Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996, pp. 37-38.

[2] Ver Harry Sieber, estudio preliminar a su edición de las Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 19-21.

Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda: mezcla de historia y ficción

No es mi propósito el estudiar aquí la relación que existe en estos dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda entre historia y ficción, es decir, en qué medida asisten los elementos históricos y los ficticios y la forma en que se imbrican unos y otros. Solo quiero destacar que la autora era bien consciente de este complejo y siempre interesante asunto, como lo deja ver con sus palabras en la dedicatoria de El Príncipe de Viana «A Fernán Caballero». Allí indica que esta obra era una de las que estaba condenada a ser suprimida de la colección impresa, por los visibles defectos que contenía; y añade:

En efecto, ¿no debe considerarse condenable abuso el que cometemos los autores cuando, al presentar hechos y personajes que han existido realmente, nos cuidamos menos de la verdad histórica que de los efectos dramáticos? (p. 51).

Tras advertir que quiere rectificar el haber presentado al canciller Peralta, en la primera redacción del drama, como cómplice en el asesinato de don Carlos, apostilla:

Y ni aún me juzgo suficientemente autorizada por los rumores públicos, consignados en la historia, para atribuir la muerte —aparentemente natural— de mi desgraciado protagonista, al lento veneno que los enemigos de la reina de Aragón supusieron último recurso empleado por la ambiciosa princesa para el triunfo de su causa (p. 51a-b).

Reconoce que, por el contrario, hubiese podido recargar las tintas en la figura de Juan II, pero prefirió hacer recaer todas las culpas sobre la madrastra del desdichado joven:

Así, además, me pareció el cuadro, no sólo más verosímil, sino también más dramático; pero la verdad es —y yo la he reconocido siempre— que todo ello no lo hacía más rigurosamente histórico (p. 51b).

Efectivamente, Gómez de Avellaneda se inclina por el triunfo de la verdad poética sobre la verdad histórica. Como sugería Martínez de la Rosa, esa verdad literaria es la que ha de prevalecer siempre en este tipo de obras, que no deben ser juzgadas por sus posibles inexactitudes históricas, o por incurrir en anacronismos, sino por su calidad estética. Las recientes investigaciones históricas parecen demostrar que el Príncipe de Viana murió, como apuntaba la propia autora, de muerte natural, enfermo de tuberculosis, y no por causa del veneno, fuese este subministrado por orden de su padre Juan II, de su madrastra Juana Enríquez o de su hermana Leonor de Foix. Sin embargo, su muerte en extrañas circunstancias era cuando menos sospechosa, y algunos historiadores acogieron la idea del envenenamiento. Y si así lo hicieron los historiadores, no tiene nada de extraño que el autor literario haga, conscientemente, lo mismo, presentando en su obra la versión más dramática, o más novelesca, la que mejor cuadre a sus propósitos.

Carlos, Príncipe de Viana

Por supuesto, estas licencias que se le permiten no han de constituir una «patente de corso» para desfigurar la historia a su antojo, pero sí se ha de admitir que el literato goza de una mayor libertad que el historiador, a quien ha de pedirse rigor y exactitud científica. En este sentido, mi opinión coincide con la de Velilla Barquero, manifestada en estas palabras:

El drama histórico romántico pretende recrear episodios y personajes, insertando en un marco histórico una peripecia dramática y unas figuras del pasado poco conocidas o marginales. En todos los casos se recurre o a la evocación histórica, plena de anacronismos, o a la “anti-historia”, que se opone a la escueta narración factual y empírica basada en datos y testimonios perfectamente comprobables. La historia, por lo tanto, tiene protagonismo sólo como marco y aun decorado —de colorido localista, muchas veces— de una vivaz acción dramática, que es lo que verdaderamente interesa al dramaturgo[1].

En definitiva, el único, o el principal, rigor que se le debe exigir al novelista o dramaturgo histórico es el rigor literario, esto es, que cumpla con los requisitos de belleza y bondad estética que se esperan de una obra de arte[2].


[1] Ricardo Velilla Barquero, «La historia nacional en la tragedia neoclásica y el drama romántico», Historia y vida, extra núm. 74, p. 95.

[2] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

«La gitanilla» de Cervantes: Preciosa y los gitanos

Una de los rasgos más interesantes de esta novela, una de las doce Novelas ejemplares de Cervantes, es precisamente el magnífico retrato de Preciosa, presentada como un ser ideal lleno de belleza, ingenio, inocencia y gracia naturales, que canta y baila maravillosamente y lee la buenaventura; además, pese a su juventud, es discretísima y tiene un dominio total y absoluto de la palabra. Es, en suma, un personaje femenino en busca de su libertad personal, que defiende a toda costa, y en este sentido la podemos relacionar, por ejemplo, con Marcela (en el episodio de Marcela y Grisóstomo del Quijote)[1].

Gitana

En varias ocasiones Preciosa dará buena muestra de su habilísimo manejo del lenguaje y de los recursos de persuasión: en ningún momento acepta que otros (los gitanos varones del clan) la entreguen a don Juan/Andrés Caballero, sino que decide que será suya solo cuando él haya demostrado sobradamente merecer su amor. Su bondad y honestidad sin tacha son dos de los rasgos principales de su retrato, y esas cualidades destacan todavía más al hacerse presentes en medio del mundo gitanesco. Las palabras cervantinas que abren el relato no pueden ser más claras al respecto:

Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo; y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos como acidentes inseparables, que no se quitan sino con la muerte[2].

Y luego serán los propios personajes gitanos quienes corroboren que el robo y los engaños son consustanciales a su modo de vida. En cualquier caso, la actitud de Cervantes será ambigua porque, al mismo tiempo que describe su inclinación al delito, presentará de forma idealizada esa «libre y ancha vida» gitanesca, cuya sociedad parece ser la de una nueva Edad de Oro, una felice Arcadia pastoril, como se aprecia en estas palabras puestas en boca de un gitano viejo:

—Esta muchacha, que es la flor y la nata de toda la hermosura de las gitanas que sabemos que viven en España, te la entregamos, ya por esposa o ya por amiga; que en esto puedes hacer lo que fuere más de tu gusto, porque la libre y ancha vida nuestra no está sujeta a melindres ni a muchas ceremonias. Mírala bien, y mira si te agrada, o si ves en ella alguna cosa que te descontente, y si la ves, escoge entre las doncellas que aquí están la que más te contentare, que la que escogieres te daremos; pero has de saber que, una vez escogida, no la has de dejar por otra, ni te has de empachar ni entremeter ni con las casadas ni con las doncellas. Nosotros guardamos inviolablemente la ley de la amistad: ninguno solicita la prenda del otro, libres vivimos de la amarga pestilencia de los celos. Entre nosotros, aunque hay muchos incestos, no hay ningún adulterio; y cuando le hay en la mujer propia, o alguna bellaquería en la amiga, no vamos a la justicia a pedir castigo; nosotros somos los jueces y los verdugos de nuestras esposas o amigas; con la misma facilidad las matamos, y las enterramos por las montañas y desiertos, como si fueran animales nocivos; no hay pariente que las vengue, ni padres que nos pidan su muerte. Con este temor y miedo ellas procuran ser castas, y nosotros, como ya he dicho, vivimos seguros. Pocas cosas tenemos que no sean comunes a todos, excepto la mujer o la amiga, que queremos que cada una sea del que le cupo en suerte; entre nosotros así hace divorcio la vejez como la muerte: el que quisiere puede dejar la mujer vieja, como él sea mozo, y escoger otra que corresponda al gusto de sus años. Con estas y con otras leyes y estatutos nos conservamos y vivimos alegres; somos señores de los campos, de los sembrados, de las selvas, de los montes, de las fuentes y de los ríos. Los montes nos ofrecen leña de balde; los árboles, frutas; las viñas, uvas; las huertas, hortaliza; las fuentes, agua; los ríos, peces, y los vedados, caza; sombra, las peñas; aire fresco, las quiebras; y casas, las cuevas. Para nosotros las inclemencias del cielo son oreos; refrigerio, las nieves; baños, la lluvia; músicas, los truenos, y hachas, los relámpagos. Para nosotros son los duros terreros colchones de blandas plumas; el cuero curtido de nuestros cuerpos nos sirve de arnés impenetrable que nos defiende; a nuestra ligereza no la impiden grillos, ni la detienen barrancos, ni la contrastan paredes; a nuestro ánimo no le tuercen cordeles, ni le menoscaban garruchas, ni le ahogan tocas, ni le doman potros. Del sí al no, no hacemos diferencia cuando nos conviene; siempre nos preciamos más de mártires que de confesores. Para nosotros se crían las bestias de carga en los campos y se cortan las faldriqueras en las ciudades. No hay águila, ni ninguna otra ave de rapiña, que más presto se abalance a la presa que se le ofrece que nosotros nos abalanzamos a las ocasiones que algún interés nos señalen; y, finalmente, tenemos muchas habilidades que felice fin nos prometen, porque en la cárcel cantamos, en el potro callamos, de día trabajamos y de noche hurtamos, o, por mejor decir, avisamos que nadie viva descuidado de mirar dónde pone su hacienda. No nos fatiga el temor de perder la honra, ni nos desvela la ambición de acrecentarla, ni sustentamos bandos, ni madrugamos a dar memoriales, ni acompañar magnates, ni a solicitar favores. Por dorados techos y suntuosos palacios estimamos estas barracas y movibles ranchos; por cuadros y países de Flandes, los que nos da la naturaleza en esos levantados riscos y nevadas peñas, tendidos prados y espesos bosques que a cada paso a los ojos se nos muestran. Somos astrólogos rústicos, porque, como casi siempre dormimos al cielo descubierto, a todas horas sabemos las que son del día y las que son de la noche; vemos cómo arrincona y barre la aurora las estrellas del cielo, y cómo ella sale con su compañera el alba, alegrando el aire, enfriando el agua y humedeciendo la tierra, y luego, tras ellas, el sol, dorando cumbres, como dijo el otro poeta, y rizando montes; ni tememos quedar helados por su ausencia cuando nos hiere a soslayo con sus rayos, ni quedar abrasados cuando con ellos particularmente nos toca; un mismo rostro hacemos al sol que al hielo, a la esterilidad que a la abundancia. En conclusión, somos gente que vivimos por nuestra industria y pico, y sin entremeternos con el antiguo refrán: «Iglesia, o mar, o casa real». Tenemos lo que queremos, pues nos contentamos con lo que tenemos. Todo esto os he dicho, generoso mancebo, porque no ignoréis la vida a que habéis venido y el trato que habéis de profesar, el cual os he pintado aquí en borrón, que otras muchas e infinitas cosas iréis descubriendo en él con el tiempo, no menos dignas de consideración que las que habéis oído[3].

Por otra parte, el realismo en la presentación de escenas y ambientes (realismo literario) contrasta con el idealismo del retrato de Preciosa y con el desenlace final, más propio de un relato bizantino o caballeresco; de ahí que se suela clasificar a La gitanilla entre las novelas ideorrealistas de la colección.


[1] Se ha señalado como posible antecedente de Preciosa el personaje de la Tarsiana en el Libro de Apolonio. Sin embargo, es difícil que Cervantes conociera tal obra. Preciosa es, en realidad, una de las creaciones más originales y atractivas de entre los personajes femeninos del escritor.

[2] Cito por Novelas ejemplares, ed. de J. García López, estudio preliminar de J. Blasco, presentación de F. Rico, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, pp. 27-28.

[3] Novelas ejemplares, ed. de J. García López, pp. 70-73.

Nostalgia de la calle de mi infancia

(A mi madre, que hoy cumple años…)

El otro día volví a la calle de mi infancia y sentí nostalgia. Tal vez fuese la constatación del paso del tiempo: los años han pasado rápidos, y yo ya no era el niño aquel que, allá por los 70, jugaba en esa calle, sino un padre de cuarenta y cuatro años que iba a buscar a su hijo de nueve a un campamento de baloncesto. El caso es que, el pasar por la parte alta de la calle Goroabe, donde se cruza con la calle Sangüesa, en el barrio de La Milagrosa de Pamplona, me asaltó una repentina, inesperada e intensa nostalgia… Y ahora tengo un grave problema, porque me gustaría mucho escribir una entrada evocativa, nostálgica, a propósito de ello, pero no puedo, porque este un blog académico, y no uno personal.

CalleGoroabe1

Si yo fuera poeta, la cosa se resolvía enseguida, porque bastaba con  improvisar un soneto a la susodicha calle y todo quedaba resuelto en un pis pas. Y mira que no habíamos empezado mal, porque en el título me ha salido casi sin pensarlo un endecasílabo, y no exento del todo de ritmo y gracia. Pero, ay, la de la poesía es, como le pasaba a Cervantes, «la gracia que no quiso darme el cielo» (bueno, en mi caso no «la gracia», sino una de las muchas gracias…), así que ese camino está cerrado, y no seguirán los trece versos restantes («catorce versos dicen que es soneto», como bien sabían el gran Lope y una tal Violante).

No podré, por tanto, recordar aquí aquellos lejanos juegos de la infancia, cuando apenas había coches en las aceras de la calle Goroabe y adyacentes, y se podía jugar a canicas, al gua, o hacer por los bordillos la Vuelta ciclista a España con chapas convenientemente tuneadas con las fotos de los ciclistas de la época (cáscara de naranja, o miga de pan, para rellenar la chapa, la foto del corredor y por encima una lámina de plástico para cubrirlo todo). Tampoco podré evocar los inacabables partidos de fútbol en el hierbín cercano, de los que volvía a casa con los bajos de los pantalones embarrados y desgarros varios en la ropa (¡viejos pantalones con rodilleras, inolvidables jerséis con coderas!, ¿dónde estaréis ahora?), ni las inofensivas batallas con espigas, ni los rudimentarios tirabiques fabricados con una horquilla de madera, goma de neumáticos y un trozo de cuero; ni las horas jugando al bote-bote en el terreno conocido como el gallinero (porque hubo allí antiguamente una granja avícola), o al encierro, para lo cual nos servía de improvisado corralillo de toros la cabina de teléfonos del chaflán con Blas de la Serna. Ni podré traer aquí el recuerdo del parque infantil junto a la plaza de Santa Cecilia (los columpios, la barca, los dos toboganes, la pista de patinaje, que no servía para patinar, sino para jugar al fútbol…), escenario también de las épicas luchas de «Los dos contra el mundo»; ni recordar con nostalgia aquel lejano tiempo de la infancia en que nacieron las primeras grandes amistades (Fernando y Martín, sobre todo) y quizá, quien sabe, los primeros grandes enamoramientos (callo prudentemente los nombres).

CalleGoroabe2

Tampoco podré hablar de mis temores infantiles al pensar que mi madre no pudiera estar esperándome a la salida del cole (Colegio Nacional José Vilá Marqués, en la calle Tajonar); ni de profesores inolvidables como don José María Romera Perugorría (que en 5.º de EGB sacó a más de uno del paraíso de la inocencia al hacernos escribir una carta que comenzaba: «Ya sé que sois vosotros, papás, los que hacéis de Reyes Magos…»); ni de mis primeros trabajillos remunerados (con algunas chucherías) ordenando las botellas de vidrio vacías en Dulces Vicky, la tienda a la vuelta de casa donde tantas horas pasaba (sus amables y educados dueños, Vicky y Antonio, habían estado nada menos que en Australia, y eso, para la calle Goroabe, años 70, resultaba de un exotismo inusitado…); ni de aquella vez que saqué los dineros ahorrados en la hucha y los despilfarré comprando plutones ­y jugando a las máquinas de mandos (pin-ball) del bar La Bombilla…

Por desgracia, de nada de todo eso podré hablar aquí, ni tampoco, claro, de los afectos familiares, porque este es un blog académico, y no uno personal, y mi entrada «Nostalgia de la calle de mi infancia» habrá de quedar sin escribirse, en espera de encontrar un cauce de expresión más adecuado que este blog insular y barañario…

«La gitanilla» de Cervantes: argumento

(Para mis alumnos del Programa Senior de la Universidad de Navarra, jóvenes de espíritu, con los que también he repasado estos días pasados las Novelas ejemplares de Cervantes y en particular La gitanilla)

La narración, la primera de las Novelas ejemplares de Cervantes, nos cuenta una historia de amor, la protagonizada por una muchacha gitana, de nombre Preciosa (un verdadero milagro de hermosura, bondad y discreción), y don Juan de Cárcamo, un joven de la clase noble que, totalmente enamorado de ella, acepta la condición por ella impuesta de abandonar su casa y su familia y vivir como gitano durante dos años para lograr ser correspondido en su sentimiento. Así lo hace, encubriendo su identidad bajo el nombre de Andrés Caballero. El tiempo que don Juan/Andrés pasa con los gitanos sirve para transmitir al lector un acabado cuadro de sus costumbres y formas de vida[1]. Por supuesto, la trama amorosa va a verse complicada con varias peripecias: por un lado, la presencia del paje-poeta Clemente, que también admira a Preciosa y le escribe poemas para que ella los cante, lo que va a provocar el nacimiento de los celos en el enamorado galán. De esta forma, don Juan/Andrés Caballero, Preciosa y Clemente vienen a formar el tradicional triángulo amoroso, si bien más tarde, avanzada la novela, descubriremos que el paje no ama a Preciosa y que han sido otras las razones que han motivado su precipitada salida de Madrid y le han hecho acabar en el campamento de los gitanos.

Gitana con mandolina, de Corot

Por otra parte, en el tramo final del relato (cuando los gitanos han llegado a las proximidades de Murcia) aparecerá otro personaje femenino, Juana Carducha, que va a servir para conducirlo hacia el desenlace: Juana, la hija de una mesonera rica, se enamora ciegamente del supuesto gitano Andrés, pero este rechaza con firmeza sus pretensiones amorosas y decide poner tierra por medio. Para vengarse del despecho de verse rechazada (más que para intentar retenerlo a su lado), Juana inventa que el gitano le ha robado ciertas alhajas, las cuales ella ha puesto disimuladamente entre su equipaje. Un sobrino del alcalde del lugar insulta a Andrés Caballero llamándole ladrón y, lo que resulta mucho más ofensivo, le da un bofetón. Andrés, o por mejor decir don Juan, reacciona inmediatamente en defensa de su ultrajado honor de caballero, arrebata la espada a su ofensor y lo mata. El falso gitano es detenido y llevado ante el Corregidor de Murcia.

La narración va a culminar con una anagnórisis propia de otros géneros (novela bizantina, novela de caballerías…): la vieja gitana que pasa por abuela putativa de Preciosa confiesa que la robó siendo niña, precisamente de casa del Corregidor, don Fernando de Acevedo, caballero del hábito de Calatrava. Resulta entonces que Preciosa es en realidad doña Constanza de Acevedo; la supuesta gitanilla, con todas sus virtudes, prendas y gracias, pertenece a la más alta nobleza. Además del relato de la anciana gitana, hay una serie de señales (marcas físicas en el cuerpo de Preciosa, unos papeles, unas alhajas…) que corroboran la veracidad de la historia. Descubierta también la verdadera identidad de Andrés (don Juan de Cárcamo), y convenientemente arreglado el asunto de la muerte del sobrino del alcalde, ya no hay ningún obstáculo para el feliz matrimonio de ambos. Eso sí, la solución en boda es posible porque Preciosa, en pleno ejercicio de su libertad, decide que don Juan es digno de su amor y acepta, sin imposiciones de nadie, a su pretendiente. Así lo había dejado advertido en el momento de unirse don Juan a los gitanos: «Estos señores bien pueden entregarte mi cuerpo, pero no mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre en tanto que yo quisiere»[2].


[1] Ver Walter Starkie, «Cervantes y los gitanos», Anales cervantinos, IV, 1954, pp. 139-186.

[2] Novelas ejemplares, ed. de Jorge García López, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. 74.

Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda: asuntos bíblicos

Los dos dramas históricos de asunto bíblico de Gertrudis Gómez de Avellaneda también guardan cierta relación temática porque tienen en común el presentar el castigo de dos personajes, Saúl y Baltasar, cuyo principal defecto es el orgullo, unido a la soberbia, que les lleva a rebelarse contra Dios. Los dos desoyen la voz de sus profetas y cometen sacrilegio: el primero, por apoderarse del botín de guerra tras su victoria sobre los amalecitas y por realizar unos sacrificios que habían sido expresamente prohibidos, en nombre de Jehová, por el sacerdote Achimelech y por Samuel.

Saúl

Baltasar, por utilizar los vasos sagrados para un convite con el que trata de vencer el hastío que le produce su vida de disipación y continuos placeres.

Baltasar

Los dos serán castigados con la pérdida de sus tronos y la muerte, y Saúl además con la muerte de su hijo Jonathas, al que antes ha matado él mismo al confundirlo con David[1].


[1] Cito por Gertrudis Gómez de Avellaneda, Obras, vol. II, Madrid, Atlas, 1978 (BAE, 278), donde se incluyen Munio Alfonso, El Príncipe de Viana, Recaredo, Saúl y Baltasar; y Obras, vol. III, Madrid, Atlas, 1979 (BAE, 279), en que figura Egilona. Si no indico una página concreta, los números romanos designan el acto, y los arábigos, la escena. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Gertrudis Gómez de Avellaneda», en Kurt Spang (ed.), El drama histórico. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 193-213.

«La gitanilla» de Cervantes: datación y fuentes

(Dedico la entrada de hoy a mis alumnos del seminario cervantino en la Universidad de Delhi, con los que tuve la oportunidad de comentar, hace pocas semanas, «La cueva de Salamanca» y «La gitanilla».)

La gitanilla se cuenta, sin duda, entre las mejores piezas de la colección de Novelas ejemplares[1] que Cervantes reúne y da a las prensas en 1613. Escrita con un estilo ágil y ameno, pleno de gracia e ironía, su prosa pacientemente trabajada es ejemplo señero de su absoluto dominio del idioma, y constituye una verdadera obra maestra, no solo de la narrativa cervantina, sino de la literatura universal.

Una edición moderna de La gitanilla

Sabemos que Cervantes yuxtapone sus doce relatos, coloca uno detrás de otro sin inventar un marco narrativo externo que dé unidad o trabazón al conjunto (frente a lo que será habitual en otras colecciones de novelas cortas de la época, que crean un marco a imitación de lo que sucedía en el Decamerón de Boccaccio). Sobre la datación de La gitanilla, que es la novela que abre el volumen, escribe Jorge García López:

La gitanilla supone la vuelta de la corte a Madrid, aunque sus escenas iniciales traen a las mientes la corte vallisoletana y los festejos por el nacimiento de Felipe IV (8 de abril de 1605), lo que ha conducido a creerla en todo caso posterior a 1606. Pero ahora la cronología interna sí corre pareja a su más verosímil datación. Preciosa dice tener quince años y ha sido robada, tal como declara el papel que entrega la vieja gitana, en 1595, de donde resulta la fecha de 1601, lo que ha inducido a datarla en los años 1610-1612 […]. Por otra parte, desde principios de siglo se abrió paso la idea, muy generalizada, de que fue escrita para encabezar la colección, una suerte de obertura narrativa para todo el conjunto, si bien no hay que deducir de ello que sea la última sensu stricto en el proceso de composición[2].

Como fuentes de inspiración se han señalado un coloquio erasmiano que trata sobre el cortejo y el matrimonio cristiano y también dos églogas de Juan del Encina[3]. Por lo demás, guarda relación con la novela sentimental, la picaresca, la caballeresca y la pastoril, en el sentido de que se aprecian en su construcción elementos procedentes de todas esas modalidades narrativas[4]: la trama amorosa con celos y rivalidades; el ambiente gitanesco de robos y engaños; la ocultación de la verdadera personalidad de determinados personajes hasta la anagnórisis final; la visión idealizada de la vida en el mundo rural… Así nos lo revelará un rápido resumen del argumento.


[1] La bibliografía sobre las Novelas ejemplares en general es muy extensa. Mencionaré solo algunas monografías destacadas: Julián Apraiz, Estudio histórico crítico de las «Novelas ejemplares», Vitoria, Domingo Sar, 1901; Francisco A. de Icaza, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, sus críticos, sus modelos literarios, sus modelos vivos y su influencia en el arte, Madrid, Imp. Clásica Española, 1915; Agustín González de Amezúa y Mayo, Cervantes, creador de la novela corta española, Madrid, CSIC, 1956-1958, 2 vols.; Joaquín Casalduero, Sentido y forma de las «Novelas ejemplares», Madrid, Gredos, 1974; Ruth S. El Saffar Novel to Romance. A Study of Cervantes’ «Novelas ejemplares», Baltimore-Londres, The John Hopkins University Press, 1974; Francisco Javier Sánchez, Lectura y representación. Análisis cultural de las «Novelas ejemplares» de Cervantes, New York, Peter Lang, 1993; Thomas R. Hart, Cervantes’ Exemplary Fictions. A Study of the «Novelas ejemplares», Lexington, The University Press of Kentucky, 1994; Joseph V. Ricapito, Cervantes’s «Novelas ejemplares»: Between History and Creativity, Purdue, West Lafayette, Purdue University Press, 1996; Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996; Alicia Parodi, Las Ejemplares, una sola novela: la construcción alegórica de las «Novelas ejemplares» de Miguel de Cervantes, Buenos Aires, Eudeba, 2002; Stephen Boyd, A Companion to Cervantes’ Novelas Ejemplares, Woodbridge, Suffolk, Tamesis, 2005; Jesús G. Maestro, Las ascuas del Imperio. Crítica de las «Novelas ejemplares» de Cervantes desde el materialismo filosófico, Vigo, Academia del Hispanismo, 2007; y Katerina Vaiopoulos, De la novela a la comedia: las «Novelas ejemplares» de Cervantes en el teatro del Siglo de Oro, Vigo, Academia del Hispanismo, 2010. La novela puede leerse ahora también en esta edición: Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares (La gitanilla. Rinconete y Cortadillo), ed. de Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2010.

[2] Jorge García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, estudio preliminar de Javier Blasco, presentación de Francisco Rico, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. LX.

[3] Ver Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, pp. 1-2.

[4] Ver Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, p. 35.