La Navidad en las letras españolas: siglos XVIII y XIX

En entradas anteriores hemos repasado algunos de los grandes clásicos de la literatura española del Siglo de Oro que cantan el nacimiento de Cristo. Todavía podríamos añadir otros nombres: Alonso de Bonilla, fray Ambrosio de Montesinos…, o recordar el Romancero, que en el conjunto de su rico acervo dio entrada igualmente al tema navideño. Mencionaré, por ejemplo, un romance popular, «Camino de vuelta a Nazaret», que refiere como el Niño tiene sed y, cuando pide de beber, la Virgen le indica «que las aguas vienen turbias / y no se pueden beber». Llegan entonces a una huerta cuidada por un «pobre ciego», que les da unas naranjas (o unas manzanas, según las versiones) para que con ellas puedan calmar la sed que les acucia. En el momento de morder el Niño la fruta, se obra el milagro «y el ciego comienza a ver». Es un romance sencillo e ingenuo, pero igualmente emotivo por referir este milagro infantil de Cristo-Dios, que ha sido musicado en nuestros días por Joaquín Díaz, entre otros.

Y si ampliáramos nuestra mirada para abarcar el ámbito hispanoamericano, todavía sin salir del siglo XVII, deberíamos aludir a sor Juana Inés de la Cruz, escritora novohispana autora de varias colecciones de villancicos de gran calidad, muchos de ellos musicalizados en la época, por ejemplo:

—Pues mi Dios ha nacido por mí,
déjenle velar.
—Pues está desvelado por mí,
déjenle dormir.
—Déjenle velar,
que no hay pena en quien ama
como no penar.
—Déjenle dormir,
que quien duerme en el sueño
se ensaya a morir.
—Silencio, que duerme.
—Cuidado, que vela.
—¡No le despierten, no!
—¡Sí le despierten, sí!
—¡Déjenle velar!
—¡Déjenle dormir!

Nacimiento de Cristo

Sin embargo, pasemos ya al siglo XVIII, durante el cual la temática religiosa está presente en autores como Gabriel Álvarez de Toledo, José María Blanco-White o Alberto Lista; pero la poesía de Navidad se transmite sobre todo en forma de villancicos y coplas populares, tanto en España como en Hispanoamérica. Por ejemplo, el compositor mulato José Francisco Velásquez (1755-1805) construye una pieza para dos sopranos (solo y dúo) con bajo continuo solamente con la siguiente estrofa:

Niño mío que entre pajas
naces para nuestro bien,
yo te ofrezco el corazón
y toda el alma también.

Por lo que toca a la centuria siguiente, sabemos que el XIX es un siglo traspasado por el problema religioso, así que no debe extrañarnos que reaparezca con fuerza la temática navideña. Así sucede, por ejemplo, en el poema «En Nochebuena», de Vicente W. Querol, dedicado a sus ancianos padres, que comienza así:

Un año más en el hogar paterno
celebramos la fiesta del Dios-niño,
símbolo augusto del amor eterno,
cuando cubre los montes el invierno
con su manto de armiño.

El resto de la composición es una evocación de la celebración navideña familiar: el yo lírico se muestra preocupado por la avanzada edad de sus progenitores, pero confía en que —una vez llegada la hora de la muerte— Dios hará posible que en el cielo se repita «esta unión tierna» de que gozan ahora en la tierra.

También podemos traer a estas páginas el poema «El santo nombre de Jesús», del catalán Jacinto Verdaguer, que en traducción castellana de Luis Guarner dice así:

El Niño Jesús
lloraba, lloraba;
lo han circuncidado
y su sangre mana.
Canciones del cielo
María le canta,
y mientras lo arrulla,
lo baña en sus lágrimas.
—Niñito, no llores.
—Madre, el llanto acalla;
para consolaros
los ángeles bajan
desde el alto cielo
a tejer su danza,
coronados todos
y llevando palmas.
Tañen violines,
vïolas y arpas,
guitarras de oro,
rabeles de plata;
la canción que entonan
al mundo alegrara.

«Cervantes no escribió el “Quijote”»

Tan radical, atrevida y peregrina afirmación no es, por supuesto, mía, ni se trata tampoco de una de las bromas propias de un 28 de diciembre, Día de los Inocentes, a la que haya querido dar entrada hoy en el blog. La afirmación es del Prof. Francisco Calero Calero (UNED) y fue enunciada en una conferencia que tuvo lugar el pasado viernes 21 de diciembre en la Universidad de Navarra, en el marco de una reunión del Grupo de Estudios Medievales y Renacentistas (GEMYR), dirigido por Javier Vergara Ciordia (UNED). Su argumento es en esencia que, dado que en el Quijote hay un conocimiento «en grado máximo» de las disciplinas universitarias, de varios saberes humanísticos (retórica, traducción, etc.) y, en general, de muchos otros conocimientos científicos (medicina, astronomía…), la novela no pudo ser escrita por alguien que no hubiese pasado por la Universidad; Cervantes no pasó por la Universidad, ergo Cervantes no es el autor del Quijote.

Cervantes

Por si algún curioso y desocupado lector estuviere interesado en ver con más detalle los argumentos del Prof. Calero, puede consultar su trabajo «Las disciplinas universitarias en el Quijote o “siendo de toda imposibilidad imposible”», publicado en Historia de la Educación. Revista interuniversitaria, 31, 2012, pp. 31-51 (confieso paladinamente que yo no lo he leído; con la conferencia ya tuve bastante…). Es más, a una pregunta mía, el Prof. Calero respondió que tampoco son de Cervantes ni las Novelas ejemplares, ni el Persiles, ni sus obras de teatro. El Prof. Calero prometió seguir investigando para proponer, en el plazo de un año, la posible identidad del autor del Quijote. Habrá que estar atentos, entonces, porque quizá haya que cambiar el nombre a la Asociación de Cervantistas y, de paso, tirar por la borda varios siglos de Cervantismo.

Interrogación

Y si hasta ahora teníamos el enigma de Avellaneda, es decir, el problema de no saber a ciencia cierta quién fue el enemigo de Cervantes que se le adelantó con la segunda parte apócrifa del Quijote, ahora se le vendría a sumar este otro enigma mayor de saber quién escribió el Quijote, pues resulta «de toda imposibilidad imposible» —según, claro, el Prof. Calero— que fuese Cervantes. Insisto en que no es inocentada y reitero que la idea se expuso públicamente el pasado 21 de diciembre en un ámbito académico: el Aula 30, ¡ay!, del Edificio Central de la Universidad de Navarra, el mismo espacio donde una semana atrás nos reuníamos 40 cervantistas de todo el mundo para hablar de las recreaciones cervantinas

La Navidad en las letras españolas: siglos XVI y XVII

A caballo de los siglos XVI y XVII se sitúa la figura de Francisco de Ocaña (1570-1630), autor de un Cancionero para cantar la noche de Pascua (1603). En «Camino de Belén»[1] pone estas palabras en boca de San José:

Caminad, Esposa,
Virgen singular,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Caminad, Señora,
bien de todo bien,
que antes de una hora
somos en Belén;
y allá muy bien
podréis reposar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Yo, Señora, siento
que vais fatigada[2]
y paso tormento
por veros cansada;
presto habrá posada
do podréis holgar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Señora, en Belén
ya presto seremos;
que allí habrá bien
do nos alberguemos;
parientes tenemos
con quien[3] descansar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

¡Ay, Señora mía!,
si librada os viese,
de albricias daría
cuanto yo tuviese.
Este asno que fuese[4]
holgaría dar;
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Según vemos, el yo lírico enunciador del poema es San José y la composición se centra en la marcha de Nazaret a Belén de la Sagrada Familia, y concretamente en el desamparo y cansancio de la Virgen María, a la que su esposo trata de consolar con la esperanza de llegar a un refugio que se adivina ya cercano.

Nacimiento de Cristo

Y Juan Díaz Rengifo tiene otro poema dedicado «Al Niño Jesús», que dice así:

Soles claros son
tus ojuelos bellos,
oro los cabellos,
fuego el corazón.

Rayos celestiales
echan tus mejillas,
son tus lagrimillas
perlas orientales,
tus labios corales,
tu llanto es canción,
oro los cabellos,
fuego el corazón.

Niño divino,
Niño adorado,
mi bien amado,
mi buen Pastor,
estos pastorcitos
que tanto te aman
humildes te aclaman,
escucha su voz.

En el pesebre
sobre unas pajas,
con pobres fajas
veo a mi amor;
llora y tirita,
mas no de frío,
del hombre impío
siente el rigor.

Mortal que lloras
los grandes daños
que tantos años
tu culpa da,
con gran anhelo
busca gozoso
al Niño hermoso
nacido ya.

Niño divino,
ven a mi pecho,
que dulce lecho
te quiero dar,
y si en las pajas
lloras de frío,
arrullo mío
te hará callar.

Como podemos apreciar, la primera parte se detiene en la descripción física del Niño, mientras que la segunda insiste en el llanto del recién nacido, que llora, pero no de frío, sino al ver el rigor del hombre y su maldad.

Por su parte, José de Valdivielso dedicó un romancillo al «Día de la Epifanía, descubierto el Santísimo Sacramento», con el hermoso estribillo:

Atabales tocan
en Belén, pastor;
trompeticas suenan,
alégrame el son.

Podríamos recordar asimismo un romance de Bartolomé Leonardo de Argensola, «En la fiesta del Nacimiento de Cristo», que repite estos versos:

Vos, gloriosa Madre,
que le dais el pecho,
recogednos las perlas
que vierte gimiendo;
que por ser de sus ojos,
no tienen precio.

El poema se centra también en el llanto que derrama el Niño-Dios al nacer, indicando que esas lágrimas serán «general remedio» para el hombre, al que devuelve al estado de gracia anterior al pecado original.

Asimismo se pueden traer a colación otros versos, no menos famosos que los de Lope que veíamos el otro día, que Luis de Góngora dedicó igualmente «Al nacimiento de Cristo Nuestro Señor», y que glosan el estribillo:

Caído se le ha un Clavel
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno
porque ha caído sobre él!

Donde la Aurora es, claro está, la Virgen María, y el Clavel —con mayúscula— que ha caído sobre el heno es el Niño Jesús.


[1] Ver Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999, p. 131.

[2] siento / que vais fatigada: lamento que vayáis fatigada.

[3] quien: quienes.

[4] Este asno que fuese: aunque fuese este asno, incluso este asno.

Cervantes poeta: soneto de Cardenio

Es uno de los dos sonetos de la pieza dramática La casa de los celos retocados en la primera parte del Quijote (capítulos 23 y 34[1]). Don Quijote lo encuentra al inspeccionar el librillo de memoria de Cardenio y lo lee en voz alta para que lo oiga también Sancho Panza (quien confunde burlescamente Fili, nombre poético de raigambre tradicional, con la palabra hilo): «Por esa trova —dijo Sancho— no se puede saber nada, si ya no es por ese hilo que está ahí se saque el ovillo de todo». Y don Quijote le aclara: «No dije sino Fili —respondió don Quijote—, y este sin duda es el nombre de la dama de quien se queja el autor deste soneto; y a fe que debe de ser razonable poeta, o yo sé poco del arte» (ed. Rico, p. 253). Amorós lo califica de «soneto conceptuoso, logrado»[2].

Cupido

El dios Amor es cruel —viene a decirnos—; el amante siente un profundo dolor, pero a pesar de todo lo estima; la voz lírica, además de quejarse aquí de la ingratitud de su amada Fili, anuncia su próxima muerte de amor en el verso 12: «Presto habré de morir».

O le falta al Amor conocimiento
o le sobra crueldad, o no es mi pena
igual a la ocasión que me condena
al género más duro de tormento.

Pero, si Amor es dios, es argumento
que nada ignora, y es razón muy buena
que un dios no sea cruel. Pues ¿quién ordena
el terrible dolor que adoro y siento?

Si digo que sois vos, Fili, no acierto,
que tanto mal en tanto bien no cabe
ni me viene del cielo esta ruina.

Presto habré de morir, que es lo más cierto:
que al mal de quien la causa no se sabe
milagro es acertar la medicina.

(Quijote, I, 23, ed. Rico, p. 252)


[1] Andrés Amorós, «Los poemas de El Quijote», en Manuel Criado de Val (dir.), Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, p. 798 destacó la «innegable importancia [de los poemas] dentro del conjunto del libro». Para las funciones de la poesía en el Quijote, véase también Gaspar Garrote Bernal, «Intertextualidad poética y funciones de la poesía en el Quijote», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 14, 1996, pp. 113-127; Antonio Guerrero, Motivos del «Quijote»: sonetos, 2.ª ed., Buenos Aires, Librería y Editorial El Ateneo, 1947; y Mercedes Alcalá Galán, «Teoría de la poesía en Cervantes: poesía citada en la novela», Caliope, V, 2, 1999, pp. 27-43.

[2] Amorós, «Los poemas de El Quijote», p. 713.

La Navidad en las letras españolas: Lope de Vega

(Hoy es Navidad, y la Princesa, los dos Guerreros y el Guardián de la Ínsula Barañaria también quieren desear unas muy felices Fiestas a todos los insulanos, es decir, a todos los que visitan este blog regular o esporádicamente…)

En la época áurea, es imposible olvidarse del Fénix de los ingenios españoles, el inmortal Lope de Vega, autor que nos dejó numerosos villancicos y coplas navideñas de subida belleza. Ciertamente, solo con poemas de Lope se podría compilar una magnífica antología de poesía de Navidad. Cabe destacar, por ejemplo, su poema titulado «El sol vencido», un romance endecha que refiere los celos que de María tiene el astro sol «porque vio en sus brazos / otro Sol mayor». Muy hermoso es «Campanitas de Belén», que comienza así:

Campanitas de Belén,
tocad al Alba que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que della nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre:
din, din, din, que vino en fin,
don, don, don, San Salvador,
dan, dan, dan, que hoy nos le dan,
tocan y tañen a gloria en el cielo
y en la tierra tocan a paz.

Lo reproduzco entero en otra entrada del blog. Otro romance, «El evangelio de san Juan», parafrasea en verso ese célebre pasaje evangélico en que se nos anuncia que «El Verbo carne se hizo». Otro «Al Nacimiento» evoca a los pastores guardando el ganado y el aviso angelical:

¡Gloria a Dios en las alturas,
paz en la tierra a los hombres,
Dios ha nacido en Belén
en esta dichosa noche!

Los pastores se acercan al portal con palmas y laureles y el Niño sonríe; y la composición se remata con una petición al alma para que ella también ofrezca a Jesús sus dones. Y todavía podríamos seguir citando versos del gran Lope. Así, su villancico «Al Nacimiento del Hijo de Dios», que lleva por estribillo[1]:

Norabuena vengáis al mundo,
Niño de perlas,
que sin vuestra vista
no hay hora buena.

Pero, quizá, los más famosos versos navideños del Fénix sean aquellos tantas veces antologados:

Las pajas del pesebre,
niño de Belén,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Lloráis entre las pajas
de frío que tenéis,
hermoso Niño mío,
y de calor también.

Dormid, Cordero santo,
mi vida, no lloréis,
que si os escucha el lobo,
vendrá por vos, mi bien.

Dormid entre las pajas,
que aunque frías las veis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Las que para abrigaros
tan blandas hoy se ven
serán mañana espinas
en corona cruel.

Mas no quiero deciros,
aunque vos lo sabéis,
palabras de pesar
en días de placer.

Que aunque tan grandes deudas
en paja cobréis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Dejad el tierno llanto,
divino Emanuel,
que perlas entre pajas
se pierden sin por qué.

No piense vuestra madre
que ya Jerusalén
previene sus dolores
y llore con José.

Que aunque pajas no sean
corona para Rey,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Niño Jesús en el pesebre

Hermosos versos en los que, además de cantarse la alegría por el nacimiento («flores y rosas»), se anticipa el dolor («hiel») de la Pasión.


[1] Y otros poemas repiten distintos estribillos: «con unos ojuelos mira / que penetra el corazón»; «Quedito, que duerme ahí», etc.

La Navidad en las letras españolas: siglo XVI

«Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en la tierra.» 

Esta noche es Nochebuena, y el Gobernador de la Ínsula Barañaria quiere desear a todos los insulanos, lectores y amigos, una muy feliz y literaria Navidad.

Muchas gracias a todos por vuestra fidelidad a este blog de Letras…

Siguiendo con el siglo XVI, entre la poesía de Santa Teresa de Jesús encontramos varias composiciones pertenecientes al ciclo de Navidad, por ejemplo dos glosas «Al Nacimiento de Jesús». La primera de ellas glosa el estribillo:

¡Ah, pastores que veláis
por guardar vuestro rebaño,
mirá que os nace un Cordero,
Hijo de Dios soberano!

El poema se construye con diversos juegos inspirados en los nombres de Cristo como Cordero y, a la vez, Pastor. La segunda glosa parte de estos versos:

Hoy nos viene a redimir
un Zagal, nuestro pariente,
Gil, que es Dios onipotente.

Y en la composición aparecen los nombres pastoriles tradicionales de Gil, Bras, Menga o Llorente. Otra composición de la santa «Al Nacimiento del Niño Dios» repite:

—Mi gallejo, mira quién llama.
—Ángeles son, que ya viene el alba.

Otro poema «para Navidad» canta:

Pues el amor
nos ha dado Dios,
ya no hay que temer,
muramos los dos.

Y otro más, «En la festividad de los Santos Reyes», anuncia gozoso:

Pues que la Estrella
es ya llegada,
vaya con los Reyes
la mi manada.

En fin, Santa Teresa cuenta además en su haber poético con varios poemas dedicados «A la circuncisión» de Jesús.

Nacimiento de Cristo

Por su parte, fray Ambrosio de Morales, otro autor del siglo XVI, redactó unas coplas para ser cantadas, dedicadas a ensalzar la dignidad de la Virgen María, que repiten como estribillo:

Aquella Estrella del norte,
tan sobida,
esperanza es y conhorte[1]
de mi vida.


[1] conhorte: consuelo.

El triunfo de la novela histórica en España: otras causas

Hablábamos en la entrada del otro día de la moda de la novela escrita a la manera de Walter Scott como un factor importante para explicar el triunfo de la novela histórica en España en la época romántica, pero que no puede ser considerado el único. En efecto, basta con observar la cronología de la producción española para apreciar que no es en los años veinte cuando se desarrolla verdaderamente, sino en los treinta. De hecho, se puede considerar el año 1830 como el que inaugura el desarrollo de la novela histórica en España, con la publicación de Los bandos de Castilla, de López Soler, obra que nace con el propósito explícito del autor de divulgar entre nosotros el estilo scottiano y que dará paso a una producción fecunda, cuando menos en cantidad, ya en los años 1831-1833. Y, como veremos en otra entrada al hablar de las etapas de esta producción, será la década de 1834 a 1844 la que conocerá las mejores piezas de todo el género. ¿Puede tener alguna relevancia especial esa fecha de 1834? Dejaré la palabra a Varela Jácome para que sea él quien nos conteste:

En 1834 se abre un período de apogeo de la novela histórica que culminará en 1844 con la publicación de El señor de Bembibre. La fecha tiene un triple significado: el regreso de los emigrados, al comienzo del período isabelino, la tensión bélica del levantamiento carlista, la aparición de los partidos progresistas. La supresión de la censura gubernativa y la multiplicación de las publicaciones periódicas contribuyen a la creación de un clima cultural favorable[1].

Parece claro, por tanto, que la subida al trono de Isabel II, a la muerte de Fernando VII, y el hecho de que su reinado tuviera que apoyarse en el partido liberal moderado para hacer frente a las pretensiones tanto de los absolutistas partidarios de don Carlos como de los liberales progresistas, iban a crear una serie de circunstancias sociales y culturales en España que beneficiarían notablemente al desarrollo del género novelesco en general y en particular del histórico.

Fernando VII

La vuelta de los exiliados no explica por sí sola el triunfo del Romanticismo en España, por supuesto, pero ayuda a ello; y los románticos hicieron suyo el género novela, cultivándola incluso aquellos grandes autores como Larra o Espronceda que no han pasado a la historia de la literatura precisamente como novelistas[2]. En esta modalidad histórica que nos ocupa hallarían incluso un buen cauce para eludir la censura y mostrar sus ideas políticas[3], utilizando el pasado para tratar los temas y problemas del presente que les preocupaban: las guerras intestinas en muchísimas novelas bien pueden ser trasunto de las contiendas civiles que los autores veían en sus días; las novelas de los citados Larra y Espronceda les sirven, gracias a digresiones o comparaciones entre el pasado y el presente, para exponer sus ideas liberales; o, por otra parte, pueden mostrar la preocupación por un tema tan candente en esos años como la desamortización de Mendizábal y la persecución de las órdenes religiosas (en El señor de Bembibre de Gil y Carrasco).

Tampoco debemos olvidar el culto romántico por una lejana e idealizada Edad Media, tiempo y espacio predilectos para su actitud evasiva, que hallaría en la novela histórica perfecto modo de expresión. Efectivamente, encontraremos este medievalismo, bastante tipificado, por cierto, en la mención de ruinas, en la descripción de usos y costumbres (armas, vestidos, torneos…) y en otros elementos de las reconstrucciones históricas, más o menos documentadas, más o menos conseguidas, de las épocas en que estos autores situaron sus novelas.

La desaparición de la censura previa permitiría además el desarrollo de una novela que podemos considerar nueva, abierta a muchas más posibilidades que la encorsetada novela de las tres décadas anteriores. Y la aparición de nuevas revistas y publicaciones periódicas será también importante, pues en sus páginas aparecieron alguna que otra novela y, sobre todo, gran cantidad de leyendas, narraciones, relatos y cuentos de contenido histórico.

Así pues, podemos apreciar cómo el desarrollo de la novela histórica va unido, en estrecha relación, al triunfo del movimiento romántico en España, tanto por la coincidencia temporal (últimos años de los treinta y primeros de los cuarenta) como por los factores señalados. Eso por lo que toca al ambiente cultural. Desde un punto de vista sociológico, coincide con el triunfo del liberalismo[4] y el inicio del ascenso de la clase media española, todavía incipiente pero que continuará hasta culminar en la revolución burguesa de 1868[5].

En resumen, se alían en los años treinta poderosos factores de tipo político, social y cultural: cambio de régimen, regreso de los exiliados, ascenso de la burguesía, desaparición de la censura, triunfo del Romanticismo, moda de las novelas de Walter Scott, etc., que facilitan la consolidación del género novelesco y, en concreto, el triunfo de la novela histórica en España. Ninguna de estas circunstancias por separado puede explicar dicho fenómeno perfectamente, es decir, sin pecar de simplista; sí, en cambio, la conjunción de todas ellas.


[1] Benito Varela Jácome, Estructuras novelísticas del siglo XIX, Barcelona, Hijos de José Bosch, 1974, p. 23.

[2] Incluso Hartzenbusch escribió una novelita histórica titulada La reina sin nombre; y se conservan también fragmentos de otras dos, Los amantes de Teruel y El alcalde de Zumarramala.

[3] La novela histórica se politiza muy pronto, en un sentido tanto proliberal como conservador. Ejemplos muy claros son El golpe en vago, de José García de Villalta o El auto de fe, de Eugenio de Ochoa.

[4] Esta es la tesis del libro de Juan Ignacio Ferreras, cuyo título es bien significativo: El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976. En varias ocasiones señala que la novela histórica debió esperar hasta la muerte de Fernando VII para poder florecer en libertad; cfr. la p. 128, por ejemplo.

[5] Ver Juan Ignacio Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1973, pp. 22, 311-312 y 315.

La Navidad en las letras españolas: introducción y orígenes medievales

El tema de la Navidad en las letras españolas constituye una materia muy amplia, ya que son muchos los escritores que a través de los siglos han querido cantar el Nacimiento de Dios, y lo han hecho en los tres grandes géneros literarios: el narrativo, el lírico y el dramático. En sucesivas entradas iré trazando un largo (pero a la fuerza selectivo) recorrido panorámico. Pero, antes que nada, tal vez convendría comenzar recordando la etimología de la palabra Navidad, que es un semicultismo derivado del latín nativitas, -atis y significa ‘nacimiento’. La poesía de Navidad canta, en efecto, el Nacimiento de Jesús, del Niño-Dios Salvador.

Ese sería el significado stricto sensu, aunque tradicionalmente el ciclo de Navidad ha estado asociado al ciclo de Epifanía (literalmente ‘manifestación’), es decir, el relativo a la Adoración de los Reyes Magos. Por ello, en todas estas entradas del blog hablaré de la Navidad en sentido lato, tanto para referirme a los poemas dedicados al nacimiento como a los relativos a la adoración, o a otros aspectos relacionados con las fechas y fiestas navideñas[1], porque —como certeramente ha escrito Miguel Zugasti—, «desde los primeros tiempos de la literatura española se observa una estrecha vinculación y fuertes relaciones de dependencia entre ambos ciclos: el de Navidad y el de Epifanía»[2]. Según indicaba al comienzo, han sido muy numerosos los poetas —navarros, españoles, hispanos, y de otras latitudes— que a lo largo del tiempo se han inspirado en la fiesta de la Navidad, circunstancia puesta también de relieve por Zugasti:

Muchos son los autores antiguos y modernos que nos han embargado alguna vez con la magia de estos temas. Ni que decir tiene que el paso de los años y los cambios de estética, mentalidad o género literario acarrean notables variaciones en su tratamiento artístico, pero siempre se detecta en estas composiciones decembrinas un pulso uniforme, una homogeneidad anímica que late en la globalidad de textos y autores. Unos inciden más en la propagación de la buena nueva, otros en lo que ésta tiene de prodigioso, otros ahondan en el misterio de la Encarnación, otros buscan una adecuación a la problemática actual enlazando el nacimiento de Jesús con la vida de los marginados y desamparados, otros, en fin, se valen de la Navidad para plantear un conflicto humano entre los personajes[1].

Examinaremos, pues, cómo ha sido tratado poéticamente el tema de la Navidad, primero en la literatura española en general, luego específicamente en los autores navarros.

Nacimiento de Cristo

Tenemos, pues, que la Navidad ha estado siempre muy presente en la literatura y han sido muchos los autores que nos han dejado sus peculiares pregones navideños en forma de versos (y también de cuentos, narraciones o piezas dramáticas). Como ha escrito Víctor Manuel Arbeloa: «Para todos los poetas la Navidad es un reto. Que puede ser, de nuevo, poéticamente afrontado»[4]. Reto, ciertamente, porque el tema navideño viene impuesto, es un pie poético forzado, y la originalidad debe estar, más que en el contenido del poema, en el enfoque o el tratamiento que se dé a ese tema.

Para empezar nuestro recorrido histórico, debemos remontarnos hasta la literatura de la época medieval y renacentista. De hecho, algunas de las piezas teatrales más antiguas que conservamos son precisamente autos de Navidad (el anónimo Auto de los Reyes Magos, de hacia 1200[5], o —unos siglos después— las piezas de Gómez Manrique, Juan del Encina o Gil Vicente). En estas un ángel suele anunciar el nacimiento de Cristo a unos rústicos pastores, que expresan su sorpresa y su alegría en un convencional dialecto literario denominado sayagués. De Gómez Manrique, primer autor dramático castellano (siglo XV), debemos mencionar la pieza titulada La representación del nacimiento de Nuestro Señor, donde, además del misterio de la Encarnación, se anticipa la Pasión de Cristo —algo que será muy habitual en este tipo de poesía— a través de los distintos martirios que presentan al Niño: cáliz, astelo ‘columna’ y soga, azotes, corona de espinas, cruz, clavos y lanza. Junto a los pasajes propiamente dramáticos, hay otros de subido lirismo, como la «Canción para callar al Niño», que comienza así:

Callad vos, Señor,
nuestro Redentor,
que vuestro dolor
durará poquito.
Ángeles del cielo,
venid, dad consuelo
a este mozuelo
Jesús tan bonito.

Dejando aparte otros textos (algunos villancicos de Juan Álvarez Gato, poeta también del siglo XV), de Gil Vicente podemos recordar su famoso «Villancete», que presenta estructura de nana:

Ro, ro, ro…
nuestro Dios y Redentor,
¡no lloréis, que dais dolor
a la Virgen que os parió!

Ro, ro, ro…
Niño, hijo de Dios Padre,
Padre de todas las cosas,
cesen las lágrimas vuesas:
no llorara vuesa Madre,
pues sin dolor os parió;
ro, ro, ro…
¡no le deis vos pena, no!

Ora, Niño, ro, ro, ro…
nuestro Dios y Redentor,
¡no lloréis, que dais dolor
a la Virgen que os parió!
Ro, ro, ro…


[1] El Diccionario de la Real Academia Española recoge como tercera acepción de navidad: «Tiempo inmediato [al día en que se celebra la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo], hasta la festividad de Reyes».

[2] Miguel Zugasti, «La poesía de Navidad en la literatura española», conferencia dictada en Pamplona, Universidad de Navarra, el 17 de diciembre de 1997. Agradezco al Prof. Zugasti su generosa amabilidad al facilitarme el texto, inédito, de su conferencia.

[3] Miguel Zugasti, «La poesía de Navidad en la literatura española», conferencia dictada en Pamplona, Universidad de Navarra, el 17 de diciembre de 1997.

[4] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 90.

[5] Se ha conservado incompleto. En la escena inicial, según el texto que ha llegado hasta nosotros, Gaspar, solo, exclama al descubrir la estrella en el cielo: «Dios criador; ¡cuál maravilla! / ¡No sé cuál es aquesta estrella! / Agora primas la he veída, / poco tiempo ha que es nacida. / ¿Nacido es el Criador / que es de las gentes señor?» (Antología de la literatura española de los siglos XI al XVI, selección y notas de Germán Bleiberg, Madrid, Alianza Editorial, 1976, p. 759).

Cervantes poeta: sonetos de Gelasia y Elicio

Va el comentario de los dos últimos sonetos que selecciono de La Galatea. Es el primero, el famoso de Gelasia, un buen soneto, de gran tensión poética, construido con una serie de interrogaciones retóricas y un hermosísimo verso final con el que la pastora pondera su entera libertad para amar o no amar[1]. Gelasia protesta contra el «falso amor» (v. 11) y añade una enumeración de sus perniciosos efectos. Para Vicente Gaos, es una de las más logradas composiciones líricas cervantinas y una de las más bellas poesías españolas, injustamente no incluida en las antologías. Pedro Ruiz Pérez ha señalado el contraste bitemático que establece la estructura polar manierista y el rotundo terceto final con la aparición del yo lírico, que rompe la trabada estructura paralelística[2]. Por mi parte, no dejo de preguntarme si la repetición del adjetivo frescas en el segundo verso es voluntaria, con función estilística, o tal vez un error en la transmisión textual (en mi opinión, el verso sonaría mejor evitando esa repetición, con adjetivos distintos aplicados a cada sustantivo: podría ser algo así como «las frescas yerbas y las claras fuentes»).

¿Quién dejará del verde prado umbroso
las frescas yerbas y las frescas fuentes?
¿Quién de seguir con pasos diligentes
la suelta liebre o jabalí cerdoso?

¿Quién, con el son amigo y sonoroso,
no detendrá las aves inocentes?
¿Quién, en las horas de la siesta ardientes,
no buscará en las selvas el reposo,

por seguir los incendios, los temores,
los celos, iras, rabias, muertes, penas,
del falso amor, que tanto aflige al mundo?

Del campo son y han sido mis amores;
rosas son y jazmines mis cadenas;
libre nascí, y en libertad me fundo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 137b)

 Rosas y cadenas

En el soneto de Elicio, el yo lírico, que se encuentra en una situación de peligro en alta mar, amenazado por la tormenta, hace un voto: si sale con vida, dirá que el Amor es un gran bien y que pueden darse por buenos todos sus padecimientos; en el ejercicio amoroso no hay un justo medio, sino que todo es extremo. El soneto se construye con algunos versos paralelísticos, destacando además el quiasmo que articula los versos 10-11.

Si deste herviente mar y golfo insano,
donde tanto amenaza la tormenta,
libro la vida de tan dura afrenta
y toco el suelo venturoso y sano,

al aire alzadas una y otra mano,
con alma humilde y voluntad contenta,
haré que amor conozca, el cielo sienta,
qu’el bien les agradezco soberano.

Llamaré venturosos mis sospiros,
mis lágrimas tendré por agradables
por refrigerio el fuego en que me quemo.

Diré que son de Amor los recios tiros
dulces al alma, al cuerpo saludables,
y que en su bien no hay medio, sino estremo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 141a)


[1] Se trata de un personaje claramente emparentado con la Marcela del Quijote y su discurso sobre la libertad (compárese el verso 14 con las palabras de aquella otra pastora en I, 14: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos», ed. Rico, p. 154). Para ambas mujeres la libertad es la piedra fundamental de su sicología y su ética: «“Libre nací y en libertad me fundo”, canta Gelasia en La Galatea. Y esa libertad irrenunciable se refleja necesariamente en el desembarazo del estilo, en la desnudez de afeites retóricos y literarios —“rosas son y jazmines mis cadenas”, acaba de cantar Gelasia—, en la variabilidad y aparente anarquía del humor, en la falta de prejuicio técnico. Por ese sentimiento hondísimo de libertad, Cervantes creó la novela como género y la mayor novela como ejemplo. Pudo hacer otro tanto con la poesía, si para ello le hubiera asistido la gracia que no quiso darle el cielo. Al menos, él no se paró en barras y se comportó en verso con el mismo desparpajo y el mismo arrojarse por la calle de en medio de su inventora prosa» (Gerardo Diego, «Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, pp. 219-220). Eugenio Florit, «Algunos comentarios sobre la poesía de Cervantes», Revista Hispánica Moderna, XXXIV, 1968, p. 271 lo juzga así: «Soneto que es una bellísima contribución a la poesía de la vida retirada».

[2] «Y frente a la tensión de ese primer terceto, la sencillez formal de los tres últimos versos, “uno de los mejores tercetos de toda la poesía española”, en opinión de Blecua. En ellos, postergada según el esquema característico del soneto manierista, Cervantes concentra, con una capacidad de economía expresiva reservada únicamente al gran poeta, una apretada síntesis de elementos renacentistas, articulados en torno a una formulación del “Beatus ille” horaciano adecuada a la configuración ofrecida por el contexto de las convenciones de la novela pastoril en que se enmarca» (Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, p. 176).

El triunfo de la novela histórica en España: el fenómeno Scott

Waverley, la primera novela de Walter Scott, aparece en 1814, coincidiendo aproximadamente con la caída del Imperio napoleónico. Ahora bien, ¿cuáles fueron las causas de que este tipo de novelar se adoptara también en España? ¿Eran las circunstancias españolas las mismas que en el resto de Europa? Consideremos estas palabras de Varela Jácome:

La novela histórica surge como género específico a comienzos del siglo XIX. George Lukács analiza los factores que determinan su aparición: la situación económica y política de Europa; la transformación económico-social de fines del siglo XVIII; el pensamiento de Adam Smith; la situación límite de la Revolución francesa; las revueltas de otros países en el período 1789-1814; la amarga experiencia napoleónica… La Península está dentro del área de parte de estas coordenadas, pero las causas analizadas retrasan la aclimatación de la narrativa histórica. Es tan importante vivir fuera o dentro del espacio geográfico español, que son los emigrados los que inician el género[1].

Esta última afirmación nos lleva más lejos, pues hay que matizar el papel que desempeñaron los exiliados españoles en el desarrollo de nuestra novela histórica. El problema es complejo y exige que vayamos por partes. En primer lugar, la novela española empieza a desarrollarse en el primer tercio del siglo XIX gracias a la conjunción de tres elementos necesarios: un público lector, una cierta industria editorial y una serie de autores que escriben novela. Esto permite que la novela española “resucite” después de haber estado muerta siglo y medio (con todas las salvedades y matizaciones que se quieran). Ahora bien, ¿por qué el género que se desarrolla casi en exclusiva es el histórico?

Podemos pensar, en primer lugar, que el factor determinante hubo de ser la moda iniciada por Walter Scott, y en este sentido sí que son los emigrados los primeros en captar su influencia por obvias razones geográficas e idiomáticas: recordemos que en Londres vivieron muchos de ellos; recordemos también las traducciones de Ivanhoe y de El talismán hechas por Mora en 1825 y 1826; e inmediatamente después vendrían las imitaciones directas (las dos novelas de Trueba y Cossío, escritas en inglés[2], son de 1828 y 1829). Lo que podríamos denominar como “el fenómeno Scott” hizo que una traducción o una imitación de sus obras fuera garantía de éxito editorial seguro, y es evidente que esto influyó necesariamente en algunos autores que se lanzaron a escribir a la manera del escocés.

Walter Scott

No obstante, y pese a la innegable y crucial importancia de la influencia de Scott, se trata de un factor puramente externo y es necesario señalar otras circunstancias que coadyuvan a explicar este triunfo de la novela histórica en España. Lo veremos con detalle en una próxima entrada.


[1] Benito Varela Jácome, Estructuras novelísticas del siglo XIX, Barcelona, Hijos de José Bosch, 1974, pp. 21-22.

[2] Siempre que nos encontramos con autores españoles que escriben en otro idioma se plantea el problema o la posible discusión de dilucidar hasta qué punto puede considerarse su producción dentro del ámbito de la literatura española. Sea como sea, incluyo las novelas de Trueba y Cossío en la producción de novela histórica española, puesto que no hablo, en general, de novela histórica en España o de novela histórica en español (las traducciones de sus novelas llegarían unos años más tarde, en 1831 la de Gómez Arias y en 1840 la de El castellano).