Breve semblanza de Jerónimo de Cáncer y Velasco (¿1599?-1655)

Hombre de buen humor, dotado de agudísimo ingenio, amigo de equívocos y juegos de palabras, Jerónimo de Cáncer y Velasco[1]  destacó en el cultivo de la literatura jocosa, tanto en el terreno poético como en el dramático. Incluido entre los dramaturgos del ciclo de Calderón, escribió la mayoría de sus comedias en colaboración con numerosos ingenios del momento (el propio Calderón, Luis y Juan Vélez de Guevara, Agustín Moreto, Juan de Matos Fragoso, Pedro Rosete Niño, Antonio de Huerta, Antonio Martínez de Meneses, Sebastián de Villaviciosa, Juan de Zabaleta, los hermanos Figueroa, etc.).

Cáncer nació a finales del siglo XVI en Barbastro (Huesca), en el seno de una familia noble. Sirvió, como contador o secretario, al conde de Luna, y contó con la protección puntual de otros nobles. En 1620 estaba en Madrid, y en 1625 casó con una viuda joven, doña María de Ormaza, con la que tuvo una hija. En alguna ocasión representó con los criados de Felipe IV en las comedias que se hacían en Palacio (es mérito que hace constar en uno de sus poemas para solicitar una ayuda de costa al rey). Fue asiduo a fiestas cortesanas, reuniones de academia y certámenes poéticos. Toda su vida pasó estrecheces económicas y es fama que, al morir en Madrid en 1655, fue enterrado de limosna. Una de las facetas más destacadas de su personalidad es precisamente la de «poeta pedigüeño»; él mismo se burlaba de su pobreza, por ejemplo en el romance dedicado «Al Excelentísimo señor conde de Niebla, pidiéndole un vestido»:

Las llagas de mis calzones
son, señor, tan incurables,
que pasan las entretelas
y van descubriendo el Cáncer.

Además de su eterna pobreza, en sus composiciones poéticas quedan también apuntadas algunas notas físicas: su baja estatura, su obesidad, su desaliño indumentario… Adolfo Bonilla y San Martín[2] y Federico Carlos Sainz de Robles[3] han insistido en este retrato grotesco y abufonado de Cáncer. Por lo que toca a su producción literaria, un rasgo unánimemente destacado por la crítica es su carácter ingenioso, que se pone de manifiesto tanto en sus poemas como en los entremeses y comedias, y de forma particular en el subgénero de la comedia burlesca, del que Cáncer fue un verdadero especialista.

En 1651 publicó en Madrid sus composiciones poéticas, en un volumen dedicado a su protector, don Gaspar Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, que incluía además la comedia burlesca La muerte de Valdovinos y el entremés La garapiña (suprimido en la segunda edición, que salió ese mismo año, y en las siguientes). Estas Obras varias de don Jerónimo de Cáncer y Velasco se reimprimieron en Lisboa en 1657 y 1675. Bergman apunta que el volumen conoció diez ediciones hasta 1761[4]. La mayoría de las composiciones líricas reunidas aquí por Cáncer pertenecen al género festivo (sátira de tipos y costumbres, parodias mitológicas, versos divinos a lo burlesco…), aunque abundan también las de contenido religioso serio y otras de raigambre cultista como su «Fábula del Minotauro», escrita en octavas reales. En todo caso, el conjunto más destacado de la poesía de Cáncer está formado por sus jocosos poemas petitorios y satírico-burlescos, en los que da frecuente entrada a equívocos, dilogías y otras modalidades del juego de palabras[5].

En ese volumen de Obras varias se recoge también el famoso Vejamen que redactó como secretario de la Academia poética de Madrid, en el que traza burlescas semblanzas de Martínez de Meneses, Belmonte, Alfonso de Batres, Rojas Zorrilla, Zabaleta, Rosete, Juan Vélez de Guevara, Matos Fragoso o Huerta, es decir, sus principales amigos y colaboradores literarios. Para Bonilla es «un documento modelo en su género», en el que campean todo el gracejo y naturalidad del autor[6].

Algunas notas sobre su producción teatral quedan pendientes para una próxima entrada[7].


[1] En cuanto al primer apellido del escritor, parece que la acentuación en la época era aguda, Cancer, y no llana, Cáncer, aunque he optado por mantener en mi escrito la forma más usual en manuales y obras de referencia, llana y con acento en la a.  Para su biografía, ver los trabajos de Elena Martínez Carro y Alejandro Rubio San Román, «Documentos sobre Jerónimo de Cáncer y Velasco», Lectura y Signo, 2, 2007, pp. 15-32; «Documentos sobre Jerónimo de Cáncer y su familia. Parte II», Lectura y Signo, 4, 2009, pp. 61-77, y «Una nota biográfica sobre Jerónimo de Cáncer y Velasco», Revista de Literatura, vol. LXXVII, núm. 154, julio-diciembre de 2015, pp. 585-595; así como el de Juan Carlos González Maya, «Jerónimo de Cáncer y Velasco», en Pablo Jauralde Pou (dir.), Diccionario Filológico de Literatura Española. Siglo XVII, I, Madrid, Castalia, 2012, pp. 141-170.

[2] Bajo el seudónimo de El Bachiller Mantuano, Vejámenes literarios por don Jerónimo de Cáncer y Velasco y Anastasio Pantaleón de Ribera (siglo XVII), Madrid, Biblioteca Ateneo, 1909, pp. 5-9.

[3] Federico Carlos Sainz de Robles, «Jerónimo de Cáncer y Velasco (¿1598?-1655)», en El teatro español. Historia y antología,vol. IV, Madrid, Aguilar, 1943, p. 821.

[4] Hannah E. Bergman (ed.), Ramillete de entremeses y bailes nuevamente recogidos de los antiguos poetas de España. Siglo XVII, Madrid, Castalia, 1970, p. 279. Añado una aportación bibliográfica que amablemente me indica el colega y amigo Jesús Duce: se publicó una edición de sus Obras varias, a cargo de Rus Solera, en Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2005. Ver también Jerónimo de Cáncer y Velasco, Poesía completa, ed. de Juan Carlos González Maya, Madrid, Fundación Universitaria Española, 2007.

[5] Una selección de sus poesías puede leerse en el tomo XLII de la BAE, pp. 429-435; para un análisis remito a Narciso Díaz de Escovar, «Don Jerónimo de Cáncer y Velasco», Revista Contemporánea, tomo CXXI, cuaderno IV, núm. 606 (1901), pp. 399-404.

[6] En Vejámenes literarios…, p. 9. Lo reproduce en las pp. 19-36; puede verse también en el tomo XLII de la BAE, pp. 435-437.

[7] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Abraham Madroñal Durán y Héctor Urzáiz Tortajada (coords.), Historia del teatro español, I. De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.

Obras de Espronceda: teatro, narrativa y artículos periodísticos

José de Espronceda cultivó muy variados géneros literarios: el poema épico, la novela histórica, el periodismo, el teatro, pero destaca sin duda alguna como poeta. En esta entrada repasaré brevemente sus principales aportaciones en teatro, narrativa y artículos, dejando para otra próxima su poesía.

Su acercamiento al teatro fue de forma ocasional. Podemos recordar tres piezas[1]. La primera es Ni el tío ni el sobrino (1834), comedia redactada con Antonio Ros de Olano, de tono moratiniano (presenta semejanzas notables con El sí de las niñas). La segunda, Amor venga sus agravios (1838), escrita en colaboración con Eugenio Moreno López, apareció bajo el seudónimo Luis Senra Palomares y es un drama histórico en prosa ambientado en tiempos de Felipe IV. En fin, Blanca de Borbón (redactada hacia 1831-1833) es la pieza más valiosa, anterior a las otras dos, aunque no llegó a estrenarse y se publicó en 1870 por iniciativa de la hija del poeta. Marrast la cree compuesta hacia 1831; sería por tanto una obra de juventud escrita en el exilio. En cuanto al tema, la obra cuenta la relación amorosa de Pedro I el Cruel y doña María de Padilla, que lleva al monarca a encerrar y más tarde asesinar a su esposa Blanca de Borbón.

Portada de Sancho Saldaña

Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar (1834) es una novela histórica protagonizada por Sancho Saldaña, el típico héroe romántico desesperado y pesimista: ante el vacío de su alma, pretende recuperar la fe en el amor: Sancho aspira, en efecto, a hacer suyo el corazón de Leonor de Iscar, y ese sentimiento se le presenta como una posible salvación vital, pero al final se revela como un imposible. Está, por un lado, la rivalidad existente entre la mora Zoraida y Leonor. Por otra parte, Sancho es enemigo del padre de Leonor, pues pertenecen a familias enfrentadas en el contexto de las luchas nobiliarias castellanas. El autor juega con abundantes recursos de intriga: la supuesta Zoraida resulta ser Elvira Saldaña, hermana del protagonista; al final, Leonor y Sancho se casan, pero Zoraida clava un puñal a la joven esposa y Saldaña ingresa como religioso en La Trapa.

De entre su producción narrativa podemos destacar también un cuento fantástico titulado «La pata de palo» (1835). Espronceda es autor asimismo de varios artículos periodísticos como «Destrucción de nuestros antiguos monumentos artísticos» o «El ministerio Mendizábal» (1836)[2].


[1] Sin embargo, hay que concluir con Ricardo Navas Ruiz que «Ninguna de las tres obras dramáticas de Espronceda supera lo mediocre» (El Romanticismo español, 4.ª ed. renovada, Madrid, Cátedra, 1990, p. 226).

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Julián de Medrano y su «Silva curiosa» (1583)

(Dedico la entrada de hoy a mi buen amigo Ramón Ábrego, labrador ilustrado de Igúzquiza, a su esposa Fani y a toda su familia, por su siempre cordial y generosa hospitalidad.)

Muy interesante resulta la obra del escritor del siglo XVI Julián de Medrano, quien al frente de su libro hace estampar su condición de «caballero navarro». Nacido probablemente —aunque no tenemos constancia documental— en el año 1540 en el palacio de Igúzquiza (Navarra) de los Vélaz de Medrano, escribió La silva curiosa de Julián de Medrano (París, 1583), típica miscelánea renacentista que incluye refranes, sentencias, cuentos, motes, proverbios, epitafios, chistes, anécdotas… Recoge además algunas narraciones en prosa y varias composiciones poéticas, en especial de temas pastoriles y amorosos. Esta obra no debió de ser desconocida de Lope de Vega, pues —según ha señalado la crítica— se inspiró en ella para su comedia Lo que ha de ser.

En realidad, no son muchos los datos biográficos de que disponemos acerca de este Julián de Medrano o Julián Íñiguez de Medrano (de las dos formas se documenta su nombre). En un trabajo de hace unos años comentaba Mercedes Alcalá Galán: «Sabemos muy poco de Julián de Medrano. Nadie da noticias acerca de su vida. Ni Nicolás Antonio, ni Menéndez Pelayo, ni Morel-Fatio, ni Sbarbi, ni ninguno de los muy pocos que lo citan aportan dato alguno sobre su biografía»[1]. Fue uno de los maestros españoles que marcharon a Francia en el último tercio del siglo XVI a enseñar el castellano en París y vivió al servicio de la reina Margarita de Valois en la ermita de Bois de Vincennes.

Como ingenio literario, Julián de Medrano es autor de la citada miscelánea, cuyo título completo es el siguiente: La Silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro, en que se tratan diversas cosas sotilísimas y curiosas, muy convenientes para damas y caballeros en toda conversación virtuosa y honesta. Dirigida a la muy alta y serenísima reina de Navarra su Señora (en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, 1583).

Portada de La silva curiosa de Julián de Medrano

La Silva volvió a publicarse en París el año 1608, «corregida en esta nueva edición, y reducida a mejor lectura por César Oudin»; aquí la novedad principal consiste en la inclusión de la Novela del curioso impertinente de Cervantes (sin ninguna indicación de autoría, razón por la que hubo quien pensó que esta novela corta era de Medrano).

En realidad, el volumen publicado incluye tan solo la primera parte de las siete que pensaba redactar su autor. De hecho, en varios lugares de su Silva (título que connota ‘desorden, abigarramiento de temas y materias’), Medrano remite a la publicación de un futuro Vergel (donde, cabría esperar, los asuntos guardarían mayor orden, como los elementos de un jardín renacentista). Sin embargo, no tenemos constancia de que llegara a escribirla. El contenido y el propósito de su obra quedan indicados en las dos octavas «Al lector», no muy logradas desde el punto de vista métrico, que figuran en las páginas preliminares. La primera es esta:

Aquí podrá el agudo entendimiento
el tiempo más pesado y enojoso
entretener en gozo y en contento,
en este jardín dulce y deleitoso;
aquí verá divinas cosas ciento
agudo stilo, grave y sonoroso,
dichos de Amor, su locura y cordura,
con veinte mil secretos de Natura.

La segunda octava reza así:

Los que cazáis por el monte de amores,
curiosas invenciones deseando,
entrad en esta Silva y, descansando,
en ella gustaréis dos mil primores;
en ella cogeréis diversas flores
si andar queréis en ella paseando,
y en ella, vuestros males encantando,
olvidaréis trabajos y dolores.

La Silva curiosa se enmarca en un contexto literario típicamente renacentista, el de las oficinas y polianteas, obras que —a manera de las modernas enciclopedias, valga decirlo así— trataban de compendiar el saber y la cultura de la época reuniendo refranes, anécdotas, citas famosas de autoridades en diversas materias y otros variados elementos. De estos trabajos podían echar mano otros escritores para hacer gala de una rica erudición, cuando no les era posible acudir directamente a las fuentes primeras. En la obra de Medrano, además de diversos materiales folclóricos y paremiológicos (refranes, chistes, facecias, anécdotas, motes, sentencias, epitafios…) se incluyen varias historias amorosas y de aventuras exóticas, e igualmente algunos versos del autor[2]. De entre esas historias, una de las que mayor desarrollo narrativo alcanza es la crónica de la peregrinación de un tal Julio (especie de trasunto o alter ego del autor) a Santiago de Compostela, y en ella incorpora Medrano curiosos elementos de superstición y magia. Pero no sabemos si el relato de esta peregrinación responde a un viaje efectivamente realizado por el autor (es probable que sí), de la misma forma que tampoco tenemos datos para afirmar que tengan base en la realidad los demás viajes narrados en el libro[3].


[1] Mercedes Alcalá Galán, introducción a su edición crítica de La silva curiosa de Julián de Medrano, Nueva York, Peter Lang, 1998, p. 5.

[2] Ver Carlos Mata Induráin, «Versos pastoriles de Julián Íñiguez de Medrano», Río Arga. Revista navarra de poesía, núm. 92, cuarto trimestre de 1999, pp. 27-31.

[3] Para esta cuestión remito a los trabajos de André Gallego Barnés, «Otro enigma en torno a Julián Iñíguez de Medrano: las dos Orcavellas», en Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO, vol. III, Prosa, ed. de Ignacio Arellano, María C. Pinillos, Frédéric Serralta y Marc Vitse, Pamplona / Toulouse, GRISO / LEMSO, 1996, pp. 185-193; y «Le chemin de Saint-Jacques d’un courtisan de Marguerite de Navarre, Julián Íñiguez de Medrano», Compostellanum, vol. XLII, núms. 3-4, 1997, pp. 351-370.

Sobre la originalidad literaria de José de Espronceda

La entrada de hoy[1] será muy breve, en torno a la muy debatida originalidad de la producción literaria de José de Espronceda. Antonio Ferrer del Río, en su Galería de la literatura española, recoge una curiosa anécdota: en cierta ocasión le preguntaron al conde de Toreno si había leído a Espronceda: «No —respondió—, pero he leído a Byron».

Lord Byron

También Enrique Gil y Carrasco, Patricio de la Escosura y Juan Valera señalaron esa influencia como rasgo notable. El tema ha dado lugar a abundante bibliografía, pero unas palabras de Ricardo Navas Ruiz me servirán para resumir —por hoy— la cuestión:

En principio, cabe estar de acuerdo con las conclusiones generales de Churchman, completadas parcialmente por Pujals. Byron y Espronceda coinciden en una serie de actitudes: ambos se muestran escépticos ante la explicación cristiana de la vida; pero Espronceda resulta menos intelectual y con menos interés en cuestiones teológicas. Ambos son pesimistas ante la vida, que desprecian: todo es mentira, todo es nada. Ambos son liberales, pero Espronceda más sinceramente. Ambos adoptan un tono filosófico y moral en oposición a los dogmas vigentes, lleno a veces de sutil humorismo. Ambos ofrecen algunas técnicas semejantes: expresión del yo, digresiones en poemas extensos, plan desordenado.

Tales coincidencias no suponen influencia de Byron en el poeta español, a pesar de que éste supiera inglés y conociera y admirara la obra del autor de Don Juan. El byronismo es una constante romántica, que pudo llegar a Espronceda del puro ambiente. Por lo demás, hay entre los dos diversas diferencias: Espronceda es un ardiente patriota; Byron critica a su país. Espronceda tiene un sentido social, que le lleva a reivindicar tipos populares y marginales; Byron es un aristócrata. A Espronceda no le interesan los asuntos históricos ni Grecia como a Byron; Espronceda vence a Byron en armonía y lirismo, y Byron supera a Espronceda en profundidad de pensamiento y fuerza narrativa[2].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

[2] Ricardo Navas Ruiz, El Romanticismo español, 4.ª ed. renovada, Madrid, Cátedra, 1990, pp. 229-230.

Toledo vista por Baroja

En una entrada anterior analicé el desarrollo de la acción de la novela barojiana Camino de perfección. Hoy quiero comentar brevemente algunas descripciones de la ciudad de Toledo presentes en ella.

Vista de Toledo

Así, en el capítulo XXIII, Ossorio deambula sin rumbo fijo por las callejuelas en cuesta toledanas hasta que topa con Santo Tomé:

Se había nublado; el cielo, de color plomizo, amenazaba tormenta. Aunque Fernando conocía Toledo por haber estado varias veces en él, no podía orientarse nunca; así que fue sin saber el encontrarse cerca de Santo Tomé, y una casualidad hallar la iglesia abierta. Salían en aquel momento unos ingleses. La iglesia estaba obscura. Fernando entró. En la capilla, bajo la cúpula blanca, en donde se encuentra El enterramiento del Conde de Orgaz, apenas se veía; una débil luz señalaba vagamente las figuras del cuadro. Ossorio completaba con su imaginación lo que no podía percibir con los ojos. […]

En el ambiente obscuro de la capilla el cuadro aquel parecía una oquedad lóbrega, tenebrosa, habitada por fantasmas inquietos, inmóviles, pensativos. […]

De pronto, los cristales de la cúpula de la capilla fueron heridos por el sol y entró un torrente de luz dorada en la iglesia. Las figuras del cuadro salieron de su cueva. […]

En hilera colocados, sobre las rizadas gorgueras españolas, aparecieron severos personajes, almas de sombra, almas duras y enérgicas, rodeadas de un nimbo de pensamiento y de dolorosas angustias. El misterio y la duda se cernían sobre las pálidas frentes.

Algo aterrado de la impresión que le producía aquello, Fernando levantó los ojos, y en la gloria abierta por el ángel de grandes alas, sintió descansar sus ojos y descansar su alma en las alturas donde mora la Madre rodeada de eucarística blancura en el fondo de la Luz Eterna.

Fernando sintió como un latigazo en sus nervios, y salió de la iglesia (pp. 149-151)[1].

Esta otra descripción, que leemos en el capítulo XXV, resulta interesante porque muestra cómo el paisaje se tiñe de misticismo y, al mismo tiempo, le recuerda al personaje el pasado imperial de la ciudad:

Callejeando salió a la puerta del Cambrón, y desde allá, por la Vega Baja, hacia la puerta Visagra.

Era una mañana de octubre. El paisaje allí, con los árboles desnudos de hojas, tenía una simplicidad mística. A la derecha veía las viejas murallas de la antigua Toledo; a la izquierda, a lo lejos, el río con sus aguas de color de limo; más lejos, la fila de árboles que lo denunciaban, y algunas casas blancas y algunos molinos de orillas del Tajo. Enfrente, lomas desnudas, algo como un desierto místico; a un lado, el hospital de Afuera, y partiendo de aquí, una larga fila de cipreses que dibujaba una mancha alargada y negruzca en el horizonte. El suelo de la Vega estaba cubierto de rocío. De algunos montones de hojas encendidas salían bocanadas de humo negro que pasaban rasando el suelo (pp. 159-160).

Mientras contempla el paisaje, un torbellino de ideas melancólicas, informes, indefinidas, gira en la mente de Osorio, que se sienta a descansar en un banco de la Vega:

Desde allá se veía Toledo, la imperial Toledo, envuelta en nieblas que se iban disipando lentamente, con sus torres y sus espadañas y sus paredones blancos (p. 160).

Hay algunos otros pasajes que podrían citarse (por ejemplo, en el capítulo XXIX, el encuentro con la hermana Desamparados en el convento de Santo Domingo el Antiguo, que da lugar a una fantasía erótico-mística; o, en el siguiente, la visita a la catedral), pero son quizá menos significativos. Lo importante, en el desarrollo de la acción novelesca, es que la estancia en Toledo no logra sacar a Fernando Ossorio de su abulia ni trae a su espíritu la añorada paz. Finalizaré recordando lo que escribe Caro Baroja a propósito de la presencia de Toledo en esta novela:

Así aparece Toledo, con todo el misterio de sus celosías y tornos en portalones fríos de conventos cerrados, donde las apartadas del mundo se consagran a su esposo y Señor, embriagadas por los ince[n]sarios y los arpegios lastimeros del órgano, tras las rejas encerrando misterios infinitos, con los cuadros de El Greco destilando lágrimas largas, carmines vivos en esa droga luminosa de la espiritualidad, de la interioridad, que aparece como siempre en las místicas junto al amor, en este caso en la monjita de Santo Domingo el Antiguo, la hermana Desamparados, que como un relámpago enciende la vida y nos deja después desamparados y con una espina clavada en el cerebro[2].


[1] Cito por Pío Baroja, Camino de perfección (Pasión mística), prólogo de Pío Caro Baroja, Madrid, Caro Raggio, 1993.

[2] Pío Caro Baroja, prólogo a Camino de perfección, Madrid, Caro Raggio, 1993, p. VII. Para lo imagen de Toledo en esta novela, ver Dolores Romero López, «Toledo y la melancolía simbolista en La voluntad y Camino de perfección», Anales Toledanos, XXXVI, 1998, pp. 133-138 y Humildad Muñoz Resino, «Una visión de Toledo en Camino de perfección de Pío Baroja», Docencia e Investigación. Revista de la Escuela Universitaria de Magisterio de Toledo, año 25, núm. 10, 2000, pp. 125-149.

Antonio de Eslava y sus «Noches de invierno» (1609)

Navarro de «la que nunca faltó», es decir de Sangüesa, es Antonio de Eslava, quien en 1609 publicó, en Pamplona, la Primera parte del libro intitulado Noches de invierno, colección de relatos que sigue una técnica constructiva similar a la de Boccaccio: varios personajes se reúnen en tertulia y cada uno de ellos va contando una historia. Un pequeño marco narrativo da unidad al conjunto. Como el título sugiere, son relatos para ser leídos o contados en las largas noches de invierno, al calor del hogar. Cabe destacar que Shakespeare se inspiró en el capítulo cuarto de esta obra para La tempestad. Existen algunas ediciones modernas en las que leer las narraciones de Eslava: Noches de invierno (Madrid, Saeta, 1942), con prólogo de Luis María González Palencia; otra debida a Julia Barella Vigal (Pamplona, Gobierno de Navarra, 1986); otra edición de Carlos Mata Induráin (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003); una nueva edición de Julia Barella Vigal (Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2013); en fin, una edición electrónica de Enrique Suárez Figaredo, en Lemir, 24, 2020 – Textos, pp. 133-266.

Portada de Noches de invierno

Mencionaba que la primera edición de las Noches de invierno salió en Pamplona, en 1609, por el editor Carlos de Labayen. Pues bien, la obra tuvo un enorme éxito, porque conoció de forma inmediata otras tres ediciones: dos del mismo año 1609 en Barcelona y una tercera en Bruselas en 1610. Sin embargo, las Noches de invierno tendrían también problemas, y así, en los Índices de 1667 y 1747 se ordenaría expurgar y corregir de nuevo, respectivamente, el texto. Lo mismo sucedería en 1790, en el Índice último de libros prohibidos.

La crítica ha destacado de forma especial lo acertado en la disposición de los diálogos que sirven de marco a los relatos: Leonardo, Albanio, Silvio y Fabricio (y una noche también Camila) se reúnen para pasar entretenidos las frías noches de invierno, contando historias (esta acción se sitúa en Venecia). Sus charlas, amenas y burlescas, están salpicadas de anécdotas, chascarrillos y curiosidades. Escribe Juana de José y Prades:

La originalidad del autor se reduce al mínimo más inexcusable. Si entresacamos del libro las imitaciones y plagios a Pedro Mexía, a Antonio de Guevara, a los libros de caballerías y a las leyendas leídas aquí o allá, apenas nos queda nada en las manos. Pero lo poquito que permanece tiene mucho sabor castizo, me refiero a esos cortos pasajes que Eslava emplea para pasar de un cuento a otro; en ellos vemos a los cuatro ancianos, Leonardo, Silvio, Albanio y Fabricio, arrimados a la chimenea hogareña para defenderse del frío excesivo; beben una copa tras otra de vino para calentarse y se entretienen en asar castañas en la brasa y en cambiar tal cual broma socarrona de viejo navarro. Pese a los deseos de Eslava de situar el desarrollo de los diálogos en la ciudad de Venecia, más recuerdan los interlocutores a cuatro viejos navarros que buscan refugio contra el frío del Pirineo que no a cuatro caballeros venecianos que huyan de la humedad de los canales[1].

Los once capítulos incluidos por Eslava en sus Noches de invierno son: «Do se cuenta la pérdida del navío de Albanio», «Do se cuenta cómo fue descubierta la Fuente del Desengaño», «Do se cuenta el incendio del galeón de Pompeo Colona», «Do se cuenta la soberbia del rey Nicíforo y incendio de sus naves, y la arte mágica del rey Dárdano», «Do se cuenta la justicia de Celín Sultán, Gran Turco, y la venganza de Zaida», «Do se cuenta quién fue el esclavo Bernart», «Do se cuentan los trabajos y cautiverio del rey Clodomiro y la Pastoral de Arcadia», «Do se cuenta el nacimiento de Roldán y sus niñerías», «Do defiende Camila el género femenino», «Do se cuenta el nacimiento de Carlo Magno, rey de Francia y emperador de romanos» y «Do se cuenta el nacimiento de la reina Telus de Tartaria». En muchos casos, lo que hace Eslava es elaborar historias de otros autores o tradicionales, como resume Barella:

Las diez historias que se cuentan presentan un complicado entramado de tradiciones, leyendas folklóricas, cuentos medievales, reminiscencias mitológicas, de romances, de libros de caballerías, bizantinos, pastoriles y moriscos, y temas y motivos de la literatura italiana y francesa[2].

Y añade más adelante:

No cabe duda de que el libro está ambientado en Italia, pero el asunto de sus historias es de tradición hispánica en la medida en que ejemplifica una serie de preocupaciones que son constantes en nuestra literatura: lo celestinesco, el duelo, el cautiverio, lo morisco, los problemas de religión, de honra y de raza; si bien no quiero decir que sean éstos exclusivos de la literatura española[3].

La intención del libro responde a la vieja fórmula horaciana de deleitar aprovechando: el autor ofrece a los lectores entretenimiento y diversión y al mismo tiempo enseñanzas y avisos. En España, son muchos los libros de estas características, desde las colecciones de exempla medievales o el Arcipreste de Hita hasta El patrañuelo de Juan de Timoneda o los Diálogos de apacible entretenimiento de Lucas Hidalgo. Además, como explica Barella[4], en la época en que escribe Antonio de Eslava contar cuentos era un modo de cortesanía. No ha pasado por alto a los críticos cierta contradicción existente entre las moralidades que promete el autor en los preliminares y el fondo disoluto y relajado de la narración. Pero es que, como insiste Barella, entretener al lector contando historias es la finalidad principal de la obra, mientras que la supuesta intención moral parece interesarle poco a Eslava.

Menéndez Pelayo, en el tomo III de sus Orígenes de la novela, hablaba del estilo «tosco y desaliñado» de Eslava e indicaba que en su prosa abundan las enumeraciones de pedantesca erudición y mala retórica (el abuso de las citas y referencias eruditas es aspecto que pone de manifiesto el trabajo de Juana de José y Prades). En particular, se detecta en las Noches de invierno una clara influencia del estilo de fray Antonio de Guevara. Por su parte, Barella lo enjuicia con estas palabras:

La prosa de Eslava es una prosa en formación que utiliza fórmulas y recursos medievales y, al tiempo, es protagonista de originales aciertos narrativos, nada frecuentes en el panorama prosístico del recién inaugurado siglo XVII. Lo que ha hecho Eslava es introducir, con el viejo pretexto de contar cuentos, una serie de temas y motivos tradicionales, populares o folklóricos, de estructuras y formas en la literatura española que irán incorporándose a la novelística y al teatro —propiamente barrocos— a lo largo de todo el siglo XVII[5].


[1] Ver Juana de José y Prades, «Las Noches de invierno de Antonio de Eslava», Revista Bibliográfica y Documental, Madrid, III, 1949, pp. 163-196; la cita en la p. 167.

[2] Julia Barella Vigal, introducción a Antonio de Eslava, Noches de invierno, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación y Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1986, pp. 11-35; la cita en la p. 25.

[3] Barella Vigal, introducción a Noches de invierno, p. 34.

[4] Ver Barella Vigal, introducción a Noches de invierno, pp. 17-18.

[5] Barella Vigal, introducción a Noches de invierno, p. 35.

Aproximación a la poesía de Ángel Martínez Baigorri (1899-1971)

El jesuita Ángel Martínez Baigorri (Lodosa, Navarra, 1899-Managua, Nicaragua, 1971) fue uno de los más destacados impulsores, junto con José Coronel Urtecho, del movimiento poético postrubeniano en Hispanoamérica. Su magisterio sobre poetas como Pablo Antonio Cuadra, Luis Alberto Cabrales, Manolo Cuadra, Alberto Ordóñez Argüello, Joaquín Pasos, Ernesto Cardenal, Carlos Martínez Rivas, Fernando Silva, Luis Rocha, Iván Uriarte o Beltrán Morales, entre otros, y su muy crecida obra de creación poética le han otorgado un prestigioso renombre internacional, si bien en España su figura no resulta demasiado conocida.

Ángel Martínez Baigorri

Hasta hace unos años contábamos con una antología de la poesía de Martínez Baigorri, Ángel poseído, preparada por el poeta Juan Bautista Bertrán, SJ (Barcelona, Ediciones 29, 1978), y también con sus Poesías completas (1917-1971) (Valladolid, DIFER, 1981), publicadas por el Padre Emilio del Río, SJ en tres volúmenes. Pero ahora pueden leerse en otra edición más reciente, en dos tomos, publicada por el Gobierno de Navarra: Poesías completas, vol. I, ed. de Emilio del Río con introducción de Pilar Aizpún Bobadilla, del año 1999, que incluye los poemarios Nicaragua canta en mí, Clara y fiel luz. Defensa de la Rosa, Río hasta el Fin, Cumbre de la Memoria y Ángel en el País del Águila; y Poesías completas, vol. II, ed. de Emilio del Río con introducción de Ángel Raimundo Fernández González, del año 2000, donde se recogen los ciclos poéticos Todo a vista de Virgen, Desde el tiempo del hombre. Nueva presencia. Dios en Blancura, Con el Hijo del Hombre, Descubre tu presencia y En una sola llama. Recientemente se ha reeditado su poemario Sonetos irreparables (Pamplona, Ediciones Eunate, 2019).

Existe además una abundante bibliografía que puede consultarse sobre Martínez Baigorri[1]. Así, por ejemplo, el trabajo de Rosamaría Paasche del año 1991 —estudio y breve antología— lo presenta como místico conceptista: «Como Poeta y como Sacerdote su misión sería la de dar testimonio de Dios a través de la palabra. Dejaría de ser si no fuera poeta; no será si no fuera sacerdote. Y su obra entera se reduce simplemente a eso, a ser Testimonio Revelador de Dios»[2]; y más adelante añade esta estudiosa:

Ángel Martínez Baigorri une explícitamente la función del poeta y la del sacerdote […] Todo el proceso de la creación poética puede entonces, en la Obra de Vida del Padre Ángel, resumirse en saber ver la cosa, saber vivirla, poseerla adentrándose totalmente en ella y saber comunicarla en luz a los demás, de manera que no hable ya él sino que hable Dios en él. Y lo maravilloso de esta gran poesía es que, en sus mejores momentos, indudablemente lo consigue[3].

Paasche estudia sus poemarios de juventud (Por el mar se va al río, Estrellas, sacerdotes, Corona de Benignidad y Desde la otra ribera), los de madurez (Nicaragua canta en mí, Defensa de la Rosa, Todos los ríos, Contigo sacerdote/Cumbre de la memoria, otros libros menores y Ángel en el País del Águila) y los de su plenitud (Desde el tiempo del hombre, Presencias. Presencia en México, Ascensiones, Nueva Presencia, Dios en Blancura, etc.).

Antes, en 1973, María de la Concepción Andueza Cejudo le había dedicado su tesis de doctorado en la UNAM: Poesía de Ángel: Ángel Martínez Baigorri. Pilar Aizpún se ha centrado especialmente en el análisis de sus símbolos, mientras que Fernández González ha hecho lo propio respecto a su presencia y huella en Centroamérica. A Emilio del Río, como ya indicaba, se debe la monumental edición de sus poesías completas.

Como mínima muestra del extenso e intenso quehacer poético de Ángel Martínez Baigorri, traigo a este blog un poema de Dios en Blancura, titulado «Por el ansia», que se presenta con lema de San Ignacio: «… a Él en todas amando / y a todas en Él…»:

Suspiré por Ti solo en tantas cosas
Que arrancaban por ellas mi suspiro,
Que, ya en Ti todo, en cada una miro
Sólo un dolor, que me las hace hermosas.

Todas duras en mí y en sí piadosas,
Son en ti lo que son y a lo que aspiro:
Sueño de esta razón con que deliro
Y al fin verdad en ansias mentirosas.

Dolor de no volver, dicha en volviendo
Siempre a Ti en ellas y en Ti a mí, vencido
Por ganarme, callado en el estruendo

De este nacer sin fin de que ha nacido
Mi ver que al cabo en todas te estoy viendo
Y a ninguna te encuentro parecido.

En fin, terminaré recordando unas bellas palabras con que Víctor Manuel Arbeloa evocaba al poeta lodosano (figuran en la contracubierta del libro de Paasche de 1991):

Ángel de universales alas poéticas, el jesuita de Lodosa fue un estupendo regalo literario y humano que Navarra hizo a Nicaragua y a toda Iberoamérica. Altísimo poeta místico, vivió su poesía como la forma más integral de ser hombre, intelectual y cristiano. Leyendo su obra ubérrima, las muchas corrientes oscuras que nos traen sus versos nos hacen luminosos, como él quería.


[1] Ver especialmente los siguientes estudios: Ignacio Ellacuría, SJ, «Ángel Martínez, poeta esencial», Revista Cultura (El Salvador), 14, julio-diciembre de 1958, pp. 123-164; María de la Concepción Andueza Cejudo, Poesía de Ángel: Ángel Martínez Baigorri, México, D. F., UNAM, 1973, Tesis de Doctorado; Juan Bautista Bertrán, SJ, «Intento de un camino», estudio preliminar a Ángel poseído, Barcelona, Ediciones 29, 1978, pp. 11-52; Pilar Aizpún, Los símbolos en la poesía de Ángel Martínez Baigorri, Tesina de Licenciatura, Pamplona, Universidad de Navarra, 1991; «Dos visiones del “Estrecho Dudoso”: España y América (A. Martínez Baigorri y Ernesto Cardenal)», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 10.1, 1994, pp. 15-26; «Naturaleza y trascendencia: los símbolos en la poesía de Ángel Martínez Baigorri», Príncipe de Viana, año LV, núm. 203, septiembre-diciembre de 1994, pp. 667-689; y su introducción a Ángel Martínez Baigorri, Poesías Completas I, ed. de Emilio del Río, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1999, pp. 23-38; de Ignacio Elizalde, «Ángel Martínez Baigorri. Un gran poeta navarro enraizado en Nicaragua», Letras de Deusto, núm. 19, vol. 10, 1980, pp. 171-178; de Ángel-Raimundo Fernández González, «Ángel Martínez Baigorri: un poeta español en Centro América», en Actas del Congreso «El encuentro. Literatura de dos mundos», Murcia, Novograf, 1993, vol. II, pp. 173-186; «Ángel Martínez Baigorri: Presencia de un poeta español en Centroamérica», Príncipe de Viana, año LV, núm. 203, septiembre-diciembre de 1994, pp. 691-700; «Ángel Martínez Baigorri: un poeta español en Centroamérica, II» [estudio de las relaciones con poetas centroamericanos y de la correspondencia], en Canto Cósmico oder Movimiento Kloaka? (Wege lateinamerikanischer Gegenwartslyrik), ed. de Gisela Febel y Ludwig Schrader, Tübingen, Günter Narr Verlag, 1995, pp. 119-128; y su introducción a Ángel Martínez Baigorri, Poesías completas II, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2000, pp. 25-40; de Rosamaría Paasche, Ángel Martínez Baigorri, místico conceptista, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1991 y también Introducción a la poesía de Ángel Martínez Baigorri S.J., místico conceptista del siglo XX, Managua, Editorial UCA, 1993; y de Emilio del Río, su prólogo a Ángel Martínez Baigorri, Poesías completas I, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1999, pp. 39-61; y otros trabajos como «La poesía, forma de vida esencial en Ángel Martínez Baigorri», Razón y fe. Revista hispanoamericana de cultura, vol. 240, núms. 1211-1212, 1999, pp. 191-200; «El contacto vital con la cultura de Ángel Martínez Baigorri (1899-1971)», Príncipe de Viana, año 61, núm. 221, 2000, pp. 811-830; «Revelación del mundo y la Palabra en Ángel Martínez Baigorri», Razón y fe. Revista hispanoamericana de cultura, vol. 243, núm. 1229, 2001, pp. 281-291; y «Poética teológica de la Palabra de Ángel Martínez Baigorri», Letras de Deusto, vol. 32, núm. 94, 2002, pp. 175-196.

[2] Paasche, Ángel Martínez Baigorri, místico conceptista, p. 28.

[3] Paasche, Ángel Martínez Baigorri, místico conceptista, p. 36.

Tres sonetos más de Garcilaso (X, XIII y XV)

En una entrada anterior ofrecía un breve comentario de tres sonetos de Garcilaso de la Vega, a saber, el I, el V y el VIII. Van ahora otros tres más, el X, el XIII y el XV, también con unas breves glosas a modo de comento.

El Soneto X es uno de los más famosos y recordados de Garcilaso. Redactado hacia 1535, presenta como ha señalado la crítica claros ecos virgilianos y petrarquistas, además de un marcado tono elegíaco, nostálgico, de doliente melancolía. Todo él constituye un apóstrofe a las prendas de la amada (podría tratarse de un bucle de cabellos, una cinta, un pañuelo…; Rivers anota que bien podrían ser los cabellos de Elisa mencionados en la Égloga I, vv. 352-357), que en el momento actual de dolor tras la muerte de la amada (¿Isabel Freyre, muerta hacia 1533?) le hacen recordar la felicidad pasada. Se trata de un claro eco del motivo presente en la Divina comedia de Dante, Inferno, canto V, vv. 121-123: «Nessùn maggior dolore / che ricordarsi del tempo felice / nella miseria», que sería recreado también por Camoens («Horas breves de meu contentamento…») y por el conde de Villamediana («Horas breves de mi contentamiento…»). Todo lo que antes era alegría se ha transformado en profundo dolor y llanto perpetuo. Aunque en la memoria se mantiene siempre viva la imagen de la amada, es la contemplación del favor amoroso (las «dulces prendas», que son «memorias tristes») lo que desata los recuerdos y da rienda suelta al dolor: y, en efecto, el amante no se limita a contraponer el bien pasado al mal presente, sino que desea y pide la muerte que le vuelva a reunir con su amada:

¡Oh dulces prendas por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería,
juntas estáis en la memoria mía
y con ella en mi muerte conjuradas!

¿Quién me dijera, cuando en las pasadas
horas qu’en tanto bien por vos me vía,
que me habíades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?

Pues en una hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
llevame junto el mal que me dejastes;

si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes[1].

El Soneto XIII nos traslada al terreno de la mitología, que en el Siglo de Oro suele tener siempre una doble función: estética (los mitos son historias bellas, que permiten un tratamiento artístico de la materia) y simbólica (el personaje mitológico es un ejemplo positivo que imitar, o negativo que evitar). Aquí el yo lírico utiliza un argumento mitológico (la fábula de Apolo y Dafne, que Garcilaso evoca también en la Égloga III, vv. 145-168, en el tapiz que teje Dinámene) para expresar el propio sentir amoroso. De nuevo, el recuerdo del amor perdido hace aumentar el dolor del yo lírico, igual que le sucediera a Apolo: enamorado de la ninfa Dafne, hija del río Peneo, la persigue a la carrera para gozarla; cuando la ninfa va a ser alcanzada, su padre (u otra divinidad, según las distintas versiones del mito) se apiada de ella y la transforma en laurel (eso significa dafne en griego); desde entonces, ese árbol —que Apolo hace crecer con sus lágrimas— quedará consagrado al dios y servirá de premio a los poetas más excelsos. El soneto destaca por su plasticidad, por su gran fuerza visual, pues refiere el momento exacto de la metamorfosis de Dafne en laurel (conviene leer el soneto teniendo a la vista una reproducción de la escultura de Bernini que recrea el mismo mito).

ApoloyDafne2

En ese sentido, el empleo en los cuartetos de los imperfectos (que indican una acción durativa, no acabada, en proceso…), consiguen aumentar en el lector la impresión del movimiento de la escena y de la transformación del cuerpo de la ninfa en laurel. Luego, el primero de los tercetos se centra en el dolor de Apolo, mientras que el segundo eleva a categoría universal la experiencia particular:

A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que’l oro escurecían;

de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros que aún bullendo ’staban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en torcidas raíces se volvían.

Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.

¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba![2]

Recordaré que, varias décadas después, Quevedo nos ofrecería dos versiones burlescas, totalmente degradadoras del mito y de los personajes protagonistas (sus dos sonetos que comienzan «Bermejazo platero de las cumbres…» y «Tras vos un alquimista va corriendo…»).

Siguiendo con la mitología, el Soneto XV de Garcilaso evoca la figura de Orfeo, célebre músico que, apenado tras el fallecimiento de su esposa Eurídice, con su dolorido canto logró enternecer a los animales salvajes y los elementos de la naturaleza (a esto aluden los vv. 1-6), y luego bajó a los infiernos para tratar de rescatarla de la muerte (vv. 7-8). El yo lírico pondera su dolor considerándolo superior al de Orfeo, pues si este lloraba la pérdida de un bien ajeno a su persona (su esposa), él llora la pérdida de sí mismo. Nótese, de paso, la concisa presentación de la desdeñosa amada como «un corazón comigo endurecido» (v. 11):

Si quejas y lamentos pueden tanto
que enfrenaron el curso de los ríos
y en los diversos montes y sombríos
los árboles movieron con su canto;

si convertieron a escuchar su llanto
los fieros tigres y peñascos fríos;
si, en fin, con menos casos que los míos
bajaron a los reinos del espanto,

¿por qué no ablandará mi trabajosa
vida, en miseria y lágrimas pasada,
un corazón comigo endurecido?

Con más piedad debría ser escuchada
la voz del que se llora por perdido
que la del que perdió y llora otra cosa[3].


[1] Cito, con algún ligero retoque, por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, p. 46.

[2] Cito por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, p. 49; pero en el v. 6 edito «aún» en vez de «aun».

[3] Cito por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, p. 51, transcribiendo «debría» con tilde.

«Camino de perfección», de Pío Baroja

CaminCubierta de Camino de perfección, de Pío Barojao de perfección es una de las cuatro novelas con las que en 1902 se dan a conocer los jóvenes escritores del 98 (las otras tres son Amor y pedagogía de Unamuno, la Sonata de otoño de Valle-Inclán y La voluntad de Azorín). Su protagonista, Fernando Ossorio, es el típico héroe barojiano que se debate entre el deseo de acción, la voluntad, por un lado, y el abatimiento, la inacción, por otro. Su recorrido vital reflejado en la novela ha sido equiparado a un viaje místico[1]. Así, la primera sección de la obra, ambientada en Madrid, nos muestra al personaje sumido en un estado de confusión, abatido también por el pecado. Fernando está fuertemente marcado por la presencia de la muerte (la de su padre, la de su abuelo, la de su tío abuelo…), incluso se ha sugerido que su apellido, Ossorio, evoca fonéticamente, por paronomasia, osario ‘muerte’. Está verdaderamente obsesionado, y ese estado de caos mental le conduce a una relación incestuosa con su tía Laura. Además, ha profanado un Cristo, que luego se le aparece en una serie de visiones macabras. Para escapar de ese estado de caos y abatimiento, para huir de la sombra de la muerte y el pecado que le persiguen de continuo, un amigo le recomienda salir de Madrid. Es así como Fernando inicia el recorrido de su personal camino «místico» y se encamina en primer lugar hacia una vía purgativa, dolorosa y oscura.

 

Esa vía purgativa ocurre en El Paular: allí Fernando medita en soledad, conversa con su nuevo amigo Max Schulze…, pero todavía no está purificado de su idealismo; de ahí que decida continuar su viaje, que le llevará hacia Toledo, dando paso así a la que sería la vía iluminativa de su particular camino de perfección. La llanura castellana, plena de luz y calor, ciega a Ossorio, que pasa diez días enfermo en Illescas; esta será su «noche oscura», no solo del alma, pues sus ojos también están afectados. De hecho, el protagonista parte hacia Toledo con los ojos vendados (en lo que constituye un claro símbolo de su situación personal).

Toledo representa en su pensamiento la ciudad mística por antonomasia, y así aparece en sus sueños. Sin embargo, la realidad que va a encontrar va a ser muy distinta, hasta el punto de que Toledo será para él sinónimo de oscuridad. Escribe Rafael Cansinos Assens que:

A partir del 98, se beneficia Toledo de esa atención inquisitiva, entre amorosa y hostil, que los escritores fijan en las viejas ciudades castellanas, áreas de tradición que guardan, o parecen guardar, el alma de la raza, inmutable. Los escritores, impresionados por el desastre colonial, van a interrogar a esas esfinges del pasado para pedirles la clave de la decadencia de España. Esas viejas ciudades —Ávila, Segovia, Salamanca, Toledo— son como los grandes sarcófagos donde los escritores evocan el espíritu de la muerta Castilla, haciendo comparecer a las sombras gloriosas de sus santos y de sus héroes. Como treinta años antes, en la época romántica, vuelven a ser esas ciudades hitos de peregrinaciones literarias; solo que ahora los escritores van a ellas, no a gozar simplemente de sus bellezas arqueológicas y a ensoñar en el claro de luna, sino a sentir la emoción de la raza y analizar luego serenamente sus reacciones. Van a ellas a ver la eterna representación teatral que allí se da de la España de los siglos pretéritos, que habrán de presenciar como críticos, animados de fría curiosidad[2].

Los capítulos de la novela ambientados en Toledo son los que van del XX al XXXI. En sus recorridos, Ossorio constata que la vida religiosa y espiritual de la ciudad está en decadencia. Su visión se centra más bien en el plano artístico, encarnado sobre todo en el famoso cuadro de El entierro del Conde de Orgaz, que el protagonista visita casi a oscuras. Como escribe Weston Flint, «En Toledo Fernando responde con sensibilidad estética a lo religioso. Lo estético, el artificio, como solución final, es anti-natural»[3]. En efecto, Toledo no le ha traído la luz que esperaba; sigue confuso y desesperado, continúa el estado doloroso de su alma. En Toledo sentirá la tentación del misticismo cristiano… y el amor. Pero la muerte le sigue persiguiendo: hay que recordar, en este sentido, la escena del ataúd de la niña y también el intento de seducción de Adela, que se remata negativamente, pues termina viendo en ella un muerto (confusión de erotismo, religión y muerte).

Se va a producir, por fin, el paso a la vía unitiva. La fallida relación con Adela le sirve a Fernando para conocerse mejor a sí mismo, y de nuevo toma ahora la decisión de partir, esta vez hacia el Levante. Allí, en los pueblos de Yécora y Marisparza, sentirá su alma vaciada, encontrará por fin la paz, en contacto con la naturaleza, en una especie de unión extática con ella. Por vez primera Ossorio se siente fuerte, enérgico, seguro de sí mismo. Se casa y tiene descendencia, pero el final de la novela queda abierto: su hijo (parecen sugerir las últimas líneas del relato) se verá abocado a repetir su misma lucha. El camino de perfección seguido por el protagonista se prolongará en la generación siguiente…


[1] Ver Weston Flint, «Mística barojiana en Camino de perfección», en Alan M. Gordon y Evelyn Rugg (eds.), Actas del Sexto Congreso Internacional de Hispanistas, Toronto, University of Toronto, 1980, pp. 252-254, al que sigo en este resumen.

[2] Rafael Cansinos Assens, «Toledo en la novela», en Obra crítica, tomo II, Sevilla, Diputación de Sevilla, 1998, pp. 329-330.

[3] Flint, «Mística barojiana en Camino de perfección», p. 253.

Zacarías Zuza Brun (1896-1971), poeta navarro en Argentina

La primera renovación importante que se produce en la historia literaria de Navarra en el siglo XX no tiene lugar en el territorio de la narrativa —donde, por lo general, apenas encontramos rasgos de originalidad— sino en el de la lírica, hacia los años treinta. En las dos primeras décadas del siglo, la producción poética es muy escasa; aparte del poemario del Padre Fabo de María Ruiseñores (1914) y algunas obras líricas de Joaquín Argamasilla de la Cerda y Ezequiel Endériz, podemos recordar a Vicente Arnoriaga Maestroarena (nacido en Pamplona en 1901), que publicó el libro misceláneo Al tañer de mi lira. Poesías y narraciones (Pamplona, La Acción Social, 1923); o al Padre fray José Joaquín de la Virgen del Carmen, quien hacia 1920 escribió algunos libros de poesías; a propósito de este estellés nacido en 1878 anota Manuel Iribarren que debió de ser un buen poeta «a juzgar por los pocos versos suyos que han llegado hasta nosotros»[1].

En cambio, en los años inmediatamente anteriores a la guerra civil vamos a encontrar las figuras de tres importantes poetas navarros, los tres sacerdotes, que ejercerán su magisterio poético fuera de Navarra, en Hispanoamérica. Me refiero a Zacarías Zuza Brun, Ángel Martínez Baigorri y Ángel Gaztelu. Así lo hace constar José María Romera:

Ni el novecentismo ni el vanguardismo encuentran apenas eco en la Navarra de principios de siglo. Las pocas aportaciones de autor navarro a las corrientes propias de esta época se dan en la obra de escritores transterrados o deben aguardar a los años 30, cuando Pamplona se convierte durante algún tiempo en uno de los centros de parte de la intelectualidad española. Entre los poetas, son curiosamente algunos religiosos quienes más se aproximan a la nueva poesía, y lo hacen en tierras americanas[2].

Hoy examinaré la figura del primero de estos tres sacerdotes-poetas navarros «transterrados», dejando para próximas entradas a Martínez Baigorri y Ángel Gaztelu.

Zacarías Zuza Brun (Irurozqui, Navarra, 1896-Bahía Blanca, Argentina, 1971) se formó en los Seminarios de Vitoria y Burgos. En 1925 se trasladó a la Argentina y ejerció su ministerio sacerdotal en Tandil y en la zona del Paraná. Tras un viaje a España realizado en 1949, se asienta definitivamente en Bahía Blanca, donde desempeña el cargo de arcediano de la Catedral y es profesor de la Universidad. Escribió una narración alegórica, de escaso interés literario, titulada Hacia la cumbre o La Gran Señora, cuyo prólogo está fechado en La Plata en octubre de 1931. En cualquier caso, es mucho más conocido como poeta, faceta que se consolida con sus libros Auras (Tandil, 1927), Rutas azules (San Pedro, 1942), Poemas del Buen Amor (Bilbao, 1949) y Sendas blancas (Bahía Blanca, 1971). En el primer poemario, en el que resulta patente la huella de los poetas de los Siglos de Oro y de románticos como Zorrilla, los temas principales son el paisaje, la melancolía y el dolor. En Rutas azules disminuye notablemente el tono grandilocuente y retórico del primer libro y se percibe además cierta influencia de la poesía simbolista. Junto al paisaje, Zuza da más entrada a temas religiosos (por ejemplo, poemas inspirados en pasajes del Nuevo Testamento).

Portada de Rutas azules, de Zuza Brun

En el prólogo de Francisco Javier Martín Abril a Poemas del Buen Amor, único libro de Zuza publicado en España, leemos:

Poemas del Buen Amor es un libro de sonetos, presidido por un maravilloso temblor religioso, místico, sin que se desprecie la gracia del paisaje, el encanto del vivir cotidiano, la belleza de las pequeñas cosas. Se advierte claramente en este poeta un ejemplar sentido de sinceridad. Sinceridad, autenticidad, verdad, sin concesiones a nada que no sea honradamente lírico y amablemente comprensivo. Diríase que los sonetos de Zuza Brun brotan espontáneos, frescos, fluidos, como el agua del hontanar. He aquí una manifestación elocuente de la llamada difícil sencillez. La poesía de Zuza Brun no se deja influir por escuelas, no es académica, ni recortada, ni aparatosa. El pensamiento y la agudeza encuentran cauce en el prisma cristalino del soneto, y las imágenes saltan alegres y floridas, como si constantemente estuviese naciendo la primavera en el corazón del poeta (pp. 9-10).

El prologuista destaca, además de la «serena tranquilidad», «la transparencia, la luminosidad, el aire encendido, el vocablo dorado, la frase perfumada» de estos versos de «belleza conseguida y redonda», de estos sonetos que son «como rosas poéticas»: «Todo es como la seda, como el aire, como la luz: suavidad, limpidez, claridad. Poemas hondos y poemas altos. Poemas dulces y poemas humanos. Y siempre, el olor de Dios entre los árboles de este bosque de sonetos» (p. 10). La naturaleza y Dios siguen siendo los principales temas de inspiración, como en los poemarios anteriores, pero los versos de Zuza han ganado ya mucho en cadencia y fluidez.

No obstante, para Miguel d’Ors —el primer estudioso en destacar la importancia poética de Zuza— es Sendas blancas, su último poemario, el más conseguido del poeta nacido en Irurozqui:

Sendas blancas, en suma, es, si no el mejor libro de Zacarías Zuza, sí aquel que contiene sus poemas más intimistas y de técnicas más simbolistas; es decir, los de corte más moderno entre todos los suyos. Y, en cualquier caso, es un notable poemario, que cierra brillantemente la carrera literaria del ilustre sacerdote y poeta navarro[3].

Una selección antológica de la poesía de Zacarías Zuza Brun puede verse en el libro Cincuenta poemas (Pamplona, Gobierno de Navarra, 1991), preparada por el citado Miguel d’Ors. Como pequeño botón de muestra, copiaré aquí el poema número 25 de esa colección, titulado «Paisaje»:

Está enfermo de luz el manso llano.
El monte es verde. La campiña de oro.
Y en el bíblico y recio sicomoro
llama al esposo la zurita en vano.

Reza la fuente con fervor sonoro
a la sombra sedante de un manzano
y suena en esta calma de verano
como un canto de vírgenes en coro.

Besa el sol con ardor a la llanura
ebria de luces, y soñando altura
el águila se eleva en raudo vuelo.

El río entre los huertos se solaza.
Y, bañada de sol, la alondra traza
un camino de voces por el cielo.


[1] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Editorial Gómez, 1970, p. 204.

[2] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Mediterráneo, 1993, p. 186.

[3] Miguel d’Ors, estudio preliminar a Zacarías Zuza Brun, Cincuenta poemas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1991, p. 50. Un trabajo anterior del mismo autor es «Zacarías Zuza Brun y sus Poemas del Buen Amor», Príncipe de Viana, núm. 172, 1984, pp. 309-358.