Elementos de intriga en «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: disfraces e identidades ocultas

También en Doña Urraca de Castilla de Francisco Navarro Villoslada[1] encontramos el recurso folletinesco de la ocultación de la personalidad o la vuelta de personajes a los que se daba por muertos. Como sabemos, el cliché del personaje supuestamente plebeyo que termina siendo de origen noble es un recurso muy tópico. Ese es el caso, en esta novela, del joven protagonista, Ramiro, que pasa por ser hijo de un pequeño hidalgo de Santiago, y a quien conocemos en los primeros capítulos como simple pajecillo del obispo Gelmírez. Pero es en realidad hijo de don Bermudo de Moscoso y de doña Elvira de Trava, y el heredero de todos los estados de Altamira.

El suyo es un caso más de niño expósito. Podemos reconstruir brevemente su historia: el nacimiento de Gonzalo (que es su nombre verdadero) suponía un obstáculo más para la ambición de su tío don Ataúlfo de hacerse con las posesiones de Altamira; dado que no puede matar a nadie —por su creencia en la superstición comentada en una entrada anterior—, encierra a don Bermudo, el hermano primogénito, en un calabozo de Altamira, y entrega el niño a Gontroda para que lo abandone, de forma que las fieras acaben con su vida, al tiempo que hace circular el rumor de que ambos han muerto durante el ataque de unos piratas normandos; Gontroda lo abandona en un bosque, pero no sin antes asegurarse de que por allí pasaría Nuña, desesperada porque acababa de perder a su hijo recién nacido. Poco antes de morir, Nuña ha confesado a Gelmírez que Ramiro no es su hijo, y que ignora quiénes pueden ser sus padres. A partir de ahí comienzan las averiguaciones del obispo y de la reina doña Urraca. Los personajes que disponen de más datos son Gontroda y Pelayo, el fiel escudero de Bermudo, al que don Ataúlfo cortó la lengua para que no hablase; sin embargo, ha aprendido a escribir y sus revelaciones serán de vital importancia para resolver el caso.

Como es habitual en estas novelas, se van dando aquí y allá algunas pistas que adelantan el descubrimiento de la verdadera identidad del personaje en cuestión. La reina insiste constantemente en la semejanza de Ramiro con su antiguo amado, don Bermudo, en la voz, en la fisonomía y en el carácter. Además, Gonzalo tenía «una mancha a modo de lunar grande en la espalda», y Pelayo se encarga de comprobar que Ramiro conserva esa señal de nacimiento. Al final se producirá la anagnórisis entre los padres y el hijo, y Gonzalo-Ramiro queda reconocido por todos como hijo legítimo de don Bermudo y doña Elvira.

Como reaparición de personajes supuestamente muertos podemos mencionar el caso de doña Constanza de Monforte (Elvira finge que la ha visto viva); y el de don Bermudo, encerrado durante veinte años por su hermano en las mazmorras de Altamira (don Ataúlfo, además de hacer circular el rumor de que murió en el ataque de los piratas normandos, presentó el cadáver de un soldado con el arnés de su hermano para dar mayor verosimilitud a su historia). Como sucede siempre, el grado de información de los lectores y de los diversos personajes es distinto; el lector conoce pronto que don Bermudo vive; Elvira se entera a través de la lectura de un pergamino; Ramiro lo descubre en la torre de las prisiones; la reina, el obispo y don Gutierre conocen la noticia más tarde, cuando unos mensajeros traen una carta de Elvira. Munima, en fin, se encarga de decir a los soldados de Altamira que vive encerrado su legítimo señor, para que depongan las armas y cesen en su defensa de don Ataúlfo.

Dona-Urraca-de-Castilla-3

Por lo que toca al empleo de disfraces, en Doña Urraca se utiliza este recurso desde el principio, pues se nos comenta que los mensajeros que han comunicado a Gelmírez con el príncipe iban disfrazados de peregrinos para correr menos peligro, aunque eso no les ha evitado sufrir varios ataques. Don Ataúlfo viste las ropas de Rui Pérez para ir a combatir con Gundesindo Gelmírez sin dar a conocer su identidad. Don Pedro Froilaz visita a don Ataúlfo como si fuera un simple mensajero; en otra ocasión, escucha con la visera calada para que Ramiro no le pueda reconocer cuando habla con el obispo. Maese Sisnando usa siempre una gorra de piel de nutria, dato que nos permite reconocer sus apariciones en la novela aun cuando aparezca embozado y el narrador no mencione expresamente su nombre. Aparte de los conjurados de la hermandad, que siempre aparecen embozados, Sisnando se disfraza de religioso de la orden de San Benito, y se hace llamar Padre Prudencio. Más adelante, Munima se disfraza de varón (es el «villano barbilampiño» que trata de sublevar a la guarnición de Altamira), y la reina doña Urraca se viste de enlutada y se tapa para ver a don Bermudo sin que este pueda reconocerla[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Jerónimo de Cáncer y Velasco: obras no dramáticas

En 1651 Jerónimo de Cáncer y Velasco publicó en Madrid sus composiciones poéticas, en un volumen dedicado a su protector, don Gaspar Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, que incluía además la comedia burlesca La muerte de Valdovinos y el entremés La garapiña (suprimido en la segunda edición, que salió ese mismo año, y en las siguientes)[1]. Estas Obras varias de don Gerónimo de Cáncer y Velasco se reimprimieron en Lisboa en 1657 y 1675. Bergman[2] apunta que el volumen conoció diez ediciones hasta 1761. La mayoría de las composiciones líricas reunidas aquí por Cáncer pertenecen al género festivo (sátira de tipos y costumbres, parodias mitológicas, versos divinos a lo burlesco…), aunque abundan también las de contenido religioso serio y otras de raigambre cultista como su «Fábula del Minotauro», escrita en octavas reales. En todo caso, el conjunto más destacado de la poesía de Cáncer está formado por sus jocosos poemas petitorios y satírico-burlescos, en los que da frecuente entrada a equívocos, dilogías y otras modalidades del juego de palabras[3].

Obras varias poéticas de Cáncer y Velasco

En ese volumen de Obras varias se recoge también el famoso Vejamen que redactó como secretario de la Academia poética de Madrid, en el que traza burlescas semblanzas de Martínez de Meneses, Belmonte, Alfonso de Batres, Rojas Zorrilla, Zabaleta, Rosete, Juan Vélez de Guevara, Matos Fragoso o Huerta, es decir, sus principales amigos y colaboradores literarios. Para Bonilla y San Martín es «un documento modelo en su género»[4], en el que campean todo el gracejo y naturalidad del autor[5].


[1] Obras varias de don Geronimo de Cáncer y Velasco, Madrid, por Diego Díaz de la Carrera, véndese en casa de Pedro Coello, 1651.

[2] Hannah E. Bergman (ed.), Ramillete de entremeses y bailes nuevamente recogidos de los antiguos poetas de España. Siglo XVII, Madrid, Castalia, 1970, p. 279.

[3] Una selección de sus poesías puede leerse en el tomo XLII de la BAE (Poetas líricos de los siglos XVI y XVII, tomo II, ed. de Adolfo de Castro, Madrid, Atlas, 1951), pp. 429-435; para un análisis remito a Narciso Díaz de Escovar, «Don Jerónimo de Cáncer y Velasco», Revista Contemporánea, tomo CXXI, cuaderno IV, núm. 606, 1901, pp. 399-404. Ver ahora Jerónimo de Cáncer y Velasco, Obras varias, ed. de Rus Solera, Zaragoza, Larumbe, 2005; y Jerónimo de Cáncer y Velasco, Poesía completa, ed. de Juan Carlos González Maya, Madrid, Fundación Universitaria Española, 2007.

[4] Adolfo Bonilla y San Martín [bajo el seudónimo de El Bachiller Mantuano], Vejámenes literarios por D. Jerónimo de Cáncer y Velasco y Anastasio Pantaleón de Ribera (siglo XVII), Madrid, Biblioteca Ateneo, 1909, p. 9. Lo reproduce en las pp. 19-36; puede verse también en el tomo XLII de la BAE (Poetas líricos de los siglos XVI y XVII, tomo II, ed. de Adolfo de Castro, Madrid, Atlas, 1951), pp. 435-437. Pueden verse nuevas aportaciones sobre el autor en varios trabajos de Elena Martínez Carro y Alejandro Rubio San Román: «Documentos sobre Jerónimo de Cáncer y Velasco», Lectura y Signo, 2, 2007, pp. 15-32; «Documentos sobre Jerónimo de Cáncer y su familia. Parte II», Lectura y Signo, 4, 2009, pp. 61-77; «Una nota biográfica sobre Jerónimo de Cáncer y Velasco», Revista de literatura, vol. 77, núm. 154, 2015, pp. 585-595; y «Relaciones entre Rojas Zorrilla y Jerónimo de Cáncer», Arbor, CLXXXIII, 2007, pp. 461-473.

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: la burla del culteranismo

En La celosa de sí misma de Tirso de Molina, un aspecto importante en la parodia del lenguaje amoroso es la burla del culteranismo[1]. Por ejemplo, cuando don Melchor elogia la famosa mano diciendo que es «blancura tierna» y «cristal animado», Ventura apunta: «Di candor, si intentas / jerigonzar critiquicios», etc. (p. 1069).

Mano

Al enseñar doña Magdalena un ojo, don Melchor elogiará la «belleza en cifra» de ese «lucero», ocasión que aprovecha Ventura para animarle en el empleo acumulativo de metáforas e imágenes cultistas:

Mata, rinde, esplende, brilla,
hermoso rasgón de gloria,
luminosa saetía
para las flechas de amor.
Sé culto aquí, critiquiza (p. 1111).

Más tarde juega con la indicación de que los diamantes son «a lo culto rutilantes» (p. 1128). Por último, cuando el galán insista en calificar la blanca mano de «nieve helada» y use otras metáforas con las mismas connotaciones de ‘blancura’, Ventura volverá a insistir en su burla anticulterana:

Quitad la encella a esa nata,
si es que hay natas con encellas;
que yendo a decir cuajada,
andan, desde que hablan cultos,
las metáforas bastardas (p. 1142)[2].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Los personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: don Diego Gelmírez

Don Diego Gelmírez es un personaje histórico: se trata del que llegaría a ser primer arzobispo de Santiago de Compostela[1].

Diego Gelmírez

El capítulo II del Libro I de la novela de Francisco Navarro Villoslada nos ofrece una presentación completa del personaje, con una descripción que, como es habitual en estas obras, aúna el retrato físico y el moral:

Aparecióse en el umbral el venerable obispo apoyado en humilde báculo y revestido de larga túnica y estola, que desde el año anterior llevaba siempre por especial privilegio del Papa. Frisaba en los sesenta años de edad, y en sus ya decaídas facciones, ruinas de un hermoso monumento, brillaba cierta nobleza y bondad, que las hacían halagüeñas al mismo tiempo que majestuosas. Era alto, enjuto de carnes, pero fornido; su dulce mirada tornábase fácilmente severa, y en uno y otro caso los nevados cabellos, que debajo del ancho sombrero le caían, realzaban aquella severidad y dulzura.

El novelista[2] nos presenta al ilustre prelado como persona grave y seria, pero bondadosa. Dejando de lado que fue uno de los principales señores de su época, en la novela aparece como tímido y asustadizo, temeroso de las asechanzas de la reina. Es uno de los personajes que funciona como quicio entre la historia y la ficción: a la parte histórica corresponde su faceta de valedor, junto con el Conde de Trava, del príncipe don Alfonso, su ahijado; en el plano novelesco, el obispo es el protector del joven Ramiro, su pajecillo, al que cuida con profundo cariño[3].


[1] Ver Enrique Flórez, España Sagrada, tomo XIX, Contiene el estado antiguo de la Iglesia Iriense y Compostelana, hasta su primer Arzobispo, Madrid, Antonio Marín, 1765; y España Sagrada, tomo XX, Historia Compostelana, Madrid, Imprenta de la viuda de Eliseo Sánchez, 1765. Remito también a Antonio López Ferreiro, Historia de la Santa A. M. Iglesia de Santiago, vol. III, Santiago, Imprenta y Enc. del Seminario Conciliar Central, 1900; y Manuel Murguía, Don Diego Gelmírez, La Coruña, Imprenta y Librería de Carré, 1898.

[2] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Jerónimo de Cáncer y Velasco (¿1599?-1655): datos biográficos y personalidad

Jerónimo de Cáncer y VelascoHombre de buen humor, dotado de agudísimo ingenio, amigo de equívocos y juegos de palabras, Cáncer destacó en el cultivo de la literatura jocosa, tanto en el terreno poético como en el dramático. Incluido entre los dramaturgos del ciclo de Calderón, escribió la mayoría de sus comedias en colaboración con numerosos ingenios del momento (el propio Calderón, Luis y Juan Vélez de Guevara, Agustín Moreto, Juan de Matos Fragoso, Pedro Rosete Niño, Antonio de Huerta, Antonio Martínez de Meneses, Sebastián de Villaviciosa, Juan de Zabaleta, los hermanos Figueroa…).

Cáncer nació a finales del siglo XVI (quizá en 1599) en Barbastro, en el seno de una familia noble. Sirvió, como contador o secretario, al conde de Luna, y contó con la protección puntual de otros nobles. En 1620 estaba en Madrid, y en 1625 casó con una viuda joven, doña María de Ormaza, con la que tuvo una hija. En alguna ocasión representó con los criados de Felipe IV en las comedias que se hacían en Palacio (es mérito que hace constar en uno de sus poemas para solicitar una ayuda de costa al rey). Fue asiduo a fiestas cortesanas, reuniones de academia y certámenes poéticos. Toda su vida pasó estrecheces económicas y es fama que, al morir en Madrid en 1655, fue enterrado de limosna. Una de las facetas más destacadas de su personalidad es precisamente la de «poeta pedigüeño»; él mismo se burlaba de su pobreza, por ejemplo en el romance dedicado «Al Excelentísimo señor Conde de Niebla, pidiéndole un vestido»:

Las llagas de mis calzones
son, señor, tan incurables,
que pasan las entretelas
y van descubriendo el Cáncer.

Además de su eterna pobreza, en sus composiciones poéticas quedan también apuntadas algunas notas físicas: su baja estatura, su obesidad, su desaliño indumentario… Bonilla y San Martín[1] y Sainz de Robles[2] han insistido en este retrato grotesco y abufonado de Cáncer. Por lo que toca a su producción literaria, un rasgo unánimemente destacado por la crítica es su carácter ingenioso, que se pone de manifiesto tanto en sus poemas como en los entremeses y comedias, y de forma particular en el subgénero de la comedia burlesca, del que Cáncer fue un verdadero especialista[3].


[1] Adolfo Bonilla y San Martín [bajo el seudónimo de El Bachiller Mantuano], Vejámenes literarios por D. Jerónimo de Cáncer y Velasco y Anastasio Pantaleón de Ribera (siglo XVII), Madrid, Biblioteca Ateneo, 1909, pp. 5-9.

[2] Federico Carlos Sainz de Robles, «Jerónimo de Cáncer y Velasco (¿1598?-1655)», en El teatro español. Historia y antología, vol. IV, Madrid, Aguilar, 1943, p. 821. Ver la ficha biobibliográfica que le dedica Juan Carlos González Maya, «Jerónimo de Cáncer y Velasco», en Pablo Jauralde Pou (dir.), Diccionario Filológico de Literatura Española. Siglo XVII, I, Madrid, Castalia, 2012, pp. 141-170.

[3] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: la sátira antifemenina

Otra cuestión interesante es la sátira antifemenina en La celosa de sí misma[1]. Las mujeres constituyen el blanco principal de los ataques de Ventura, en un doble aspecto, su hipócrita coquetería (se fingen bellas y jóvenes cuando son feas y viejas) y su rapacidad (en opinión del gracioso, toda mano femenina es «aruñadero […] de bolsillos», p. 1083). Para Ventura, en efecto, la belleza de la mujer no es más que solimán y manto, esto es, cosméticos y trucos de ocultación, todo pura apariencia. Cuando ve que su amo se enamora a las primeras de cambio de una tapada, le reprende:

¿Mas que has visto alguna cara
margenada de guedejas,
que el solimán albañil
hizo blanca siendo negra;
manto soplón, con más puntas
que grada de recoletas…? (pp. 1067-1068).

Don Melchor ha juzgado a ciegas, deslumbrado por la corteza externa, y por una belleza incierta está dispuesto a dejar la hermosura probada de su prometida doña Magdalena. Su adláter se lo reprocha en esta tirada que merece la pena copiar íntegra:

¿Es posible que haya amor
que la hermosura divina
de tal dama menosprecie
por una mujer enigma,
por una mano aruñante,
que con blancura postiza
a pura muda y salvado,
sus mudanzas pronostica?
¿Sin haberla visto un ojo,
sin saber si es vieja o niña,
nari-judaizante o chata,
desdentada o boquichica?[2]

Mujer con gorguera

Poco después sigue desarrollando esta idea, la posibilidad de que su amo se haya enamorado de una mujer vieja y fea:

Y si fuese, como creo,
en lugar de Raquel, Lía,
con el un ojo estrellado
y con el otro en tortilla;
los labios de azul turquí,
cubriendo dientes de alquimia,
jalbegado el frontispicio
a fuer de pastelería,
y como universidad
rotuladas las mejillas,
¿qué has de hacer? (p. 1101).

Y continúa argumentando: puede ser una buscona —una bolsona, dirá en otra parte—, pobre, o no hidalga, o quizá noble, sí, pero no virgen. En fin, esta obsesión de don Melchor con los ojos y la mano de la desconocida servirá para que Ventura pueda tranquilizar a doña Ángela, cuando le pregunte si ella podría competir con la rival amorosa. El criado le indica, grotescamente, que bastará con que le enseñe la nariz, el hocico y la dentadura, elementos que no entran en el modelo canónico de la descriptio femenina:

Mostralde vos la nariz,
con el rosado matiz
de ese rostro soberano,
el hocico y dentadura,
cocándole con el dote;
que a Magdalena y su bote
olvidará… (pp. 1117-1118)[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Y sigue: «¡Que en cáscara te enamores! / ¡Que bien del espejo digas / sin ver no más que la tapa! / ¡De una dama en alcancía! / ¡De la tumba, por el paño! / ¡De la toca, por la lista! / ¡Del pastelón, por la hojaldre! / ¡De la sota, por la pinta! / ¡De la espada, por la vaina!» (p. 1100). Ventura cree que la tapada será tan vieja como un censo perpetuo (p. 1081). A esta sátira de las mujeres pidonas, viejas rejuvenecidas y falsas doncellas se une la mención de la costumbre de teñirse los ojos (cfr. pp. 1142-1143).

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Tiempo y espacio en «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

En Doña Urraca de Castilla, de Francisco Navarro Villoslada[1], la acción de la novela se sitúa en la primavera, en el mes de abril concretamente, de un año que puede ser 1115 o 1116 (el autor no lo dice expresamente, aunque se puede calcular aproximadamente por algunos datos que ofrece, como la edad del príncipe Alfonso Raimúndez). En cualquier caso, respecto a la cronología interna de la novela, interesa destacar que todos los sucesos se concentran en muy pocos días, diez u once, consiguiéndose de esta forma un efecto de gran dramatismo.

Respecto al espacio, llama la atención la exactitud geográfica de la novela. Aparte de las alusiones a otros lugares (Burgos, León, la Corte del príncipe Alfonso en Mérida…), en Doña Urraca de Castilla se mencionan diversos lugares gallegos (no olvidemos los años de estancia del autor en Santiago): el monte Pedroso, el castillo Honesto en Padrón, Mondoñedo, Lugo (en cuyo alcázar tiene la reina doña Urraca su Corte), la aldea de Noya, el puerto de Iria, Lupario (entre Padrón y Compostela), la ermita de Nuestra Señora de la Esclavitud, el puente de San Payo de Luto, el puente del Sar, etc. Otros muchos topónimos se enumeran cuando se nos habla de las reparaciones llevadas a cabo por Gelmírez y de las nuevas adquisiciones para su diócesis. De la ciudad compostelana, además del templo del Apóstol y el palacio episcopal, Navarro Villoslada menciona la iglesia de San Salvador en el monte de los Potros, el monasterio de San Martín de Pinario, la iglesia de San Fis, el convento de Santa María de Canogio, la ermita de la Santa Cruz (en el monte del Gozo), el monasterio de Mellid, el convento de San Payo, la puerta Fagaria, la del Camino y la del Mercado…

Catedral de Santiago de Compostela

Desde el punto de vista novelesco, dos son los escenarios principales en que se desarrolla la acción: por un lado, la propia ciudad de Compostela (con diversos puntos de interés: en las afueras, casi a las puertas, se produce el ataque a los peregrinos; en casa de maese Sisnando se celebra la reunión de la hermandad; en el palenque del juicio de Dios, don Ataúlfo queda humillado a la vista del pueblo; en el palacio episcopal, la reina y Gelmírez se entrevistan y ultiman sus planes para liberar a Ramiro y don Bermudo; en el templo del Apóstol, el príncipe Alfonso es jurado rey); por otro, el castillo de Altamira (encierro de don Bermudo durante veinte años, boda de don Ataúlfo con doña Elvira, liberación de los prisioneros, asalto final e incendio del mismo).

No son muchas las descripciones del paisaje, aunque hay alguna. Así, tras una breve alusión a Santiago, el narrador contrapone el clima y paisaje de esta ciudad con los de Padrón:

Corta es la distancia que a la villa de Padrón separa de Compostela y, sin embargo, parecen ambas en distintos climas y regiones situadas. Ya hemos visto cuán triste y nebuloso es el cielo de la segunda; la primera, por el contrario, muestra ufana lejanos horizontes y una atmósfera diáfana y azul tendida sobre campiñas llanas sin dejar de ser amenas, perpetuamente verdes y floridas, menos por lo copioso de las lluvias que por los innumerables raudales que de la montaña descienden espumosos y surcan la llanura mansos y cristalinos, hasta perderse en el océano, imagen del sepulcro, donde desaparecen de igual modo los grandes y los pequeños.

La reina contempla desde un mirador de su alcázar de Lugo «el frondoso valle, por el fondo del cual extendíase el Miño, adormecido al parecer en un lecho de flores», embelesada por «las riberas y montañas de Galicia»; otro paisaje se describe en el momento en que don Bermudo de Moscoso sale de la prisión del castillo de Altamira al campo; se trata de un locus amoenus que se corresponde con la idea de libertad recién recuperada. En todas estas descripciones, la impresión de veracidad es muy alta, pues responden a paisajes efectivamente vistos por el novelista[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

La comedia de magia «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia»: estilo, métrica y valoración

Además de la imitación de la fabla antigua, antes comentada, otro rasgo estilístico de la comedia de magia Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia[1] que merecería la pena anotar es el empleo del hipérbaton, con crítica del lenguaje cultista: «de cuantas aprendió supercherías», «vengar cuantos finjo desafueros»; y se habla de «poetas Polifemos». Por lo demás, el ornatus retórico de la obra no es muy notable; tan solo cabe mencionar algún juego de palabras paronomástico, del tipo: «Lucila mal parida y mal parada». Sí se explota la onomástica burlesca: Tracañino, el encantador Altisidoro, don Pentapolipán el africano…, nombres que remiten —directa o indirectamente— al Quijote[2].

Don Quijote

Por último, en cuanto a la métrica, me limitaré a señalar que es muy sencilla y predomina el empleo de endecasílabos pareados, con abundantes versos ripiosos o de rima imperfecta. Eso sí, no hay que pasar por alto lo que recuerda Álvarez Barrientos, a saber, que «en este teatro, el verso dramático no tiene una función poética, sino meramente narrativa»[3].

Como he tratado de mostrar a lo largo de varias entradas, Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia es una pieza interesante, no tanto por su calidad literaria intrínseca —que no es mucha, como ya anticipé— sino por los datos que nos ofrece sobre la recepción del personaje de don Quijote en un determinado momento de nuestra historia literaria, aquí completamente ridiculizado, objeto de burlas continuas, que sirve para hacer pasar el rato a otras personas que cruelmente se ríen a su costa. La estructura de la pieza es sencilla, una mera acumulación de lances, aventuras y episodios: al tratarse de una comedia de magia, los recursos habituales del género (mutaciones de escenario, disfraces, efectos sonoros, etc.) facilitan los engaños a que se ve sometida la imaginativa mente de don Quijote. En esta resurrección teatral el hidalgo manchego no es el personaje con ricos matices y valores profundos que la recepción posterior descubriría (recordemos que el manuscrito está fechado en 1805), sino un personaje burlesco, ridículo, el protagonista pasivo de una obra provocante a risa[4]. En este sentido, el principal valor de esta obra radica en constituir un eslabón —creo que hasta la fecha por completo desconocido— en el proceso de recepción del inmortal personaje que nos legó el ingenio de Miguel de Cervantes[5].


[1] El texto se conserva en el manuscrito 16.515 de la Biblioteca Nacional de España (Madrid).

[2] Altisidoro es réplica de Altisidora, la dama de la Duquesa que se finge enamorada de don Quijote (II, 44 y ss.); Pentapolipán el africano recuerda fonéticamente a Pentapolín del arremangado brazo o Pentapolín Garamanta, nombres de caballeros inventados por don Quijote en I, 18. Ver Dominique Reyre, Dictionnaire des noms des personnages du «Don Quichotte» de Cervantes, Paris, Editions Hispaniques, 1980.

[3] Joaquín Álvarez Barrientos, Introducción a su edición de José Cañizares, El anillo de Giges, Madrid, CSIC, 1983, p. 24.

[4] Recuérdese lo escrito por René Andioc, Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII, Madrid, Castalia / Fundación Juan March, 1976, p. 308: «La actitud adoptada en particular respecto de Cervantes y sobre todo de su Don Quijote constituye un buen índice de discriminación entre las dos grandes corrientes ideológicas de la época. Las definiciones que da el Diccionario de Autoridades de los términos quijote, quijotada, quijotería, muestran que, para la mayoría de la intelectualidad ilustrada del XVIII, el hidalgo de la Mancha era esencialmente un personaje ridículo, extravagante, a causa de la seriedad y de la obstinación con que intentaba realizar un sueño desatinado, insólito, anacrónico, y el libro de Cervantes, una sátira. El padre Isla da como sinónimos quijote y capricho; durante algún tiempo, quiere llamar “Fray Quijote” al héroe burlesco de su novela [el Fray Gerundio de Campazas], a quien considera por otra parte como un “Quijote de Predicadores”; Cándido María Trigueros añade el subtítulo de Quixote de los Teatros a su Teatro Español Burlesco; y no podemos por menos de recordar a Nasarre, quien llega incluso a proclamar por su parte que las comedias de Cervantes son otras tantas sátiras —otros tantos Quijotes, como dice Menéndez y Pelayo— de las obras irregulares de su época. El propio Napoleón, guerrero burlesco para las necesidades de la propaganda patriótica, se convertirá en “verdadero Don Quixote de la Europa”» (p. 308).

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

La comicidad verbal en «La celosa de sí misma» de Tirso de Molina

La comicidad verbal predomina de forma muy clara en La celosa de sí misma[1], pues prácticamente cada réplica del criado Ventura, el gracioso, es un chiste o un juego de palabras. Para ordenar de alguna forma la materia humorística del tejido verbal de la comedia establezco varios apartados: en el primero resumo las réplicas humorísticas que tienen que ver con las mujeres, el amor y el dinero; en segundo lugar, apunto dilogías, paronomasias y juegos de palabras; explico a continuación algunos chistes más complejos del gracioso; y, por último, consigno las creaciones léxicas de Ventura y las variadas alusiones satírico-burlescas que se encuentran dispersas a lo largo de la comedia. Lo iremos viendo en sucesivas entradas.

Comento primero unidos estos tres temas, las mujeres, el amor y el dinero, pues resultan inseparables en el discurso del criado. Incluyo también aquí la parodia del lenguaje amoroso y de la descriptio puellae, la sátira de la mujer pedigüeña, etc.

Un buen ejemplo de comicidad verbal articulada en una serie es la «declaración amorosa» de Ventura a Quiñones. Don Melchor ha empleado varias metáforas para referirse a la mano de la desconocida, un sol cuyo ocultamiento dentro del guante venía a ser un eclipse, la oscuridad de Noruega, un ocaso que ciega sus esperanzas, etc. A continuación, Ventura se dirige a la dueña con estas palabras (que parodian el estilo cultista):

¿Tiene vuesa dueñería
la mano, cual su señora,
culta, animada, esplendora,
gaticinante y arpía?
¿Brillarale la uñería
cuando el caldo escudillice,
o la loza estropajice,
exhalando cada vez
las aromas que a las diez
vierta cuando bacinice?
Desescarpine ese pie…
Iba a decir esa mano (p. 1075)[2].

Mano

Este contrastar paralelamente las acciones o las palabras de amo y criado se repite en otras ocasiones. Así, cuando don Melchor pide a la tapada que se descubra el manto de esta forma:

Oh, hermosa señora mía,
¿cuándo ha de romper el alba
los crepúsculos oscuros,
dese sol nubes avaras?
¿Cuándo dirá mi ventura,
después de noche tan larga,
que el cielo corrió cortinas,
y amaneció la mañana?,

Ventura replica:

¿Cuándo, oh bella Chirinola,
costurera ballenata,
pues con agujas del sol
nos cosiste ropa blanca,
desnudándoos ornamentos,
pues alba mi amo os llama,
los dos os podremos ver
en sobrepelliz o en alba?
¿Cuándo dirá «Ropa fuera»
el ciego amor que os enmanta,
o rasgará, por leeros,
la cubierta de esa carta? (p. 1141).

Los dos piden a la desconocida que muestre su rostro, pero uno valiéndose de imágenes cultas y el otro por medio de referencias burlescas, por los términos de comparación escogidos, incongruentes en el contexto de una situación amorosa: alusiones a vestiduras eclesiásticas, la muletilla «ropa fuera» (empleada en galeras por el cómitre cuando la chusma tenía que acelerar el ritmo de boga) o la comparación del manto con el sobre de un carta[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Junto a las creaciones léxicas no faltan imágenes degradantes y escatológicas: el vaciado de los servicios, arrojando las inmundicias por la ventana, se hacía a unas horas fijas, al grito de «¡Agua va!», y a eso se refiere la mención de «las aromas que a las diez / vierta cuando bacinice».

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Los personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: don Ataúlfo de Moscoso

Don Ataúlfo de Moscoso el Terrible, el principal partidario de la reina doña Urraca y enemigo acérrimo del obispo Diego Gelmírez, es el «villano» de la novela de Francisco Navarro Villoslada[1]. Su amor por la bastarda Elvira de Trava explica su malvado comportamiento: segundón de la casa de Altamira, vio como su hermano primogénito, Bermudo, ganaba no solo los estados de su padre, sino también el amor de Elvira. La envidia le llevó a encerrar a don Bermudo en las mazmorras del castillo, haciendo correr el rumor de su muerte, para usurpar sus posesiones.

Altamira

Su único objetivo es casar con doña Elvira; sin embargo, cuando está a punto de conseguirlo, los remordimientos por el crimen cometido no le dejan vivir en paz. Terriblemente orgulloso, su derrota en el juicio de Dios a la vista de todo el pueblo supone para él una profunda humillación. Don Ataúlfo es uno de esos personajes que se distingue por una muletilla lingüística, su afición a los votos y por vidas, mostrando una singular preferencia a jurar «por el alma de mi abuela, que murió en olor de santidad».

A lo largo de la novela se muestra colérico, iracundo y cruel; el amor que siente por Elvira podría haber sido su tabla de salvación: delante de ella, el lobo de Altamira se convierte en manso cordero. Pero pronto el amago de arrepentimiento pasa: vencido por la desesperación y la impotencia al ver sus escasas posibilidades de defensa, ordena inundar los calabozos para ahogar a sus prisioneros y prende fuego al castillo. Finalmente, muere a manos de Ramiro, aunque este ha intentado salvarle la vida. En el último capítulo, en el breve diálogo entre Ramiro y doña Urraca, se nos dirá que don Ataúlfo murió «castigado, no por la mano del hombre, sino por la mano de Dios», como corresponde a la intención moralizante de Navarro Villoslada: igual que en el caso de la reina Leonor en Doña Blanca de Navarra, el malvado criminal muere providencialmente, recibiendo así el justo castigo que le corresponde por sus malas acciones[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.