«Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia»: recursos escenográficos

La comedia de magia burlesca Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia[1] es muy artificiosa y explota los recursos habituales en el género de la comedia de magia, como las frecuentes mutaciones de escenarios: un campo con una gruta, el salón de un palacio, un prado árido, un prado hermoso, una casa que se transforma en camposanto con varios sepulcros y una ermita, un puerto de mar y una cárcel. Estas mutaciones quedan subrayadas por juegos de luz y sonido (oscurecimientos de la escena, intervención de la música, etc.). También es importante el empleo de disfraces, que a veces traen aparejado un cambio de personalidad en los personajes: Lucila de aldeana, Lucila de princesa ridícula, Tracañino con careta y garrote, Tracañino y Lucila de aldeanos, Tracañino de moro como encantador Altisidoro, Lucila vestida de gala, como princesa, don Quijote en traje rústico para servir de boyero, Tracañino y Lucila de ermitaños, Tracañino de marinero, Lucila de sirena fingiendo ser Dulcinea encantada…

Sirena (1873), de Elisabeth Jerichau

El propio Tracañino alude a esta circunstancia:

TRACAÑINO.- No se verá en mujer tal travesura;
por Dios que le previene bella cura
al pobre loco para sus manías;
mas no son menos las locuras mías
pues ya doscientos trajes he mudado
y, a fe mía, me siento harto cansado.

Los elementos acústicos y visuales son también muy importantes. La obra incluye muy variados efectos sonoros: la voz de Merlín dentro, el canto de Lucila en varios pasajes, diversos cantos de la Música, ladridos, ruidos de cadenas arrastradas, truenos, el sonido de una gaita gallega, cajas y clarines… Hay una cabeza de pasta que vuela desde la mesa donde había sido colocada, y la mesa se convierte luego en un sofá en el que aparece Lucila; una copa de licor comienza a arder; un barco que se veía en la marina se transforma en cepo para don Quijote, etc. El carácter artificioso de la pieza viene subrayado verbalmente con expresiones de los propios personajes, como la voz tramoya (que emplea Tracañino), y ya quedaba anunciado desde la «Introducción»:

Del famoso don Quijote
la fabula se presenta,
a la Italia transplantada
con mágicas apariencias.
Hay varias transformaciones,
truenos, rayos y tormentas
un panteón, una ermita
y una habladora cabeza.
Hay otras mil maravillas
que admirará el que lo vea;
si así no fuere será
lo que él quisiere que sea.

De la misma manera, los propios personajes (Lucila y Tracañino) se encargan de recordarnos que el objetivo principal de la obra es provocar la risa: gran burlona, burla, burla comenzada, chanza, rato divertido, divertirme, divertimento, haberte divertido, un día nos dio tan divertido, etc.[2]


[1] El texto se conserva en el manuscrito 16.515 de la Biblioteca Nacional de España (Madrid).

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: comicidad «en obras» (y 2)

La comicidad escénica de La celosa de sí misma[1] de Tirso de Molina va in crescendo y alcanza su cota más alta en el acto tercero. Una escena muy divertida es la protagonizada por don Melchor, Ventura y el viejo Santillana (pp. 1132-1134). Recordemos que este les trae de parte de la condesa dos mil escudos, más otros regalos consistentes en comida y ropa. Ventura exterioriza su alegría tratando de abrazar y besar al rodrigón: «¡Oh, viejo Medoro! / Por Dios, que te he de besar», pero aquel le despacha airado: «Arre allá. ¿Venís en vos? / Aun el diablo fuera el beso. / No está el tiempo para eso». Sin embargo, los excesos expresivos de Ventura continúan y sigue intentando darle «mil abrazos», lo que provoca la nueva queja de Santillana: «¿Quieren apostar, hermano, / que os he de hacer acusar?», frases que hemos de interpretar así: ‘Si os seguís comportando de esta forma tan equívoca, abrazando y queriendo besar a una persona del mismo sexo, os tendré que acusar ante la Inquisición de pecado nefando’, con las graves consecuencias que tal pecado traía aparejadas (el castigo para los sodomitas era la hoguera). Cuando Ventura se marcha a buscar a la condesa, el escudero se sigue quejando delante de don Melchor: «¡Válgate el diablo el leonés! / ¡Beso a Santillana! […] ¡A mí beso[2]! Vive Dios, / que a no venir sin espada…» (p. 1133). Poco después regresa Ventura, que vuelve a las andadas; en realidad, se limita a elogiar al viejo con un «¡Oh escudero chirinol!», pero Santillana está receloso ante tantos arrumacos y muestra su preocupación: «¿Mas que vuelve a lo del beso?», es decir, ‘¿A que intenta de nuevo besarme?’, frase con que se remata la escena.

Gran potencialidad cómica tiene asimismo la acumulación de «ojitapadas» en la Victoria. La que aparece primero es doña Ángela, y Ventura reconoce por el ojo que enseña que no es la dama de la primera entrevista. Luego sale doña Magdalena, y esa duplicidad visual se subraya verbalmente con el comentario de Ventura de que las enlutadas aparecen duplicadas como cartas de Indias (p. 1143).

Tapadas en San Jerónimo

Ya al final, hay que mencionar la escena de noche en que don Melchor hace sus protestas de amor (o de desamor, según pinten condesas o Magdalenas en la ventana) subido a espaldas de un poco sufrido Ventura, que terminará por derribarlo al suelo (pp. 1155-1157). En efecto, don Melchor quiere besar la mano de su dama, pero como la reja está demasiado alta, pide ayuda a su criado: «Para que la mano pueda / alcanzar de un serafín, / sé atlante de mi firmeza. / Tus espaldas me sublimen» (p. 1155). El aludido se queja («arre allá», «mal año») y le pide se busque como poyo una yegua o el banco de un herrador, «que soy macho y no eres hembra». En efecto, no se muestra nada dispuesto a aceptar: «¿Yo debajo de ti? ¡Afuera! / Ni aun de burlas, vive Dios. / Echa esa carga a otra bestia», aunque don Melchor lo convence con la promesa de un vestido. En cualquier caso, Ventura le encarece la brevedad: «Acabemos, sube y besa, / que ya estoy en cuatro pies»; y sus quejas interrumpen constantemente el diálogo amoroso: si don Melchor encomia la belleza de la mano: «¡Ay, hermosa mano mía!», el criado replica: «¡Ay, pelmazo, y cómo pesas!»; cuando el amo encarece la suavidad y ligereza de aquella, Ventura compara su carga con un costal de arena que pesa más que una deuda. Siguen los intercambios de expresiones amorosas entre los amantes («¡Mi cielo, mi luz, mi gloria!», dice don Melchor; «¡Mi dueño, mi bien, mi prenda!», le responde doña Magdalena), y Ventura:

¡Mi rollo, mi pesadilla!
¡Cuerpo de Dios con la flema!
¿Chicolíos a mi costa?

Y hasta aquí llega el aguante del impaciente criado: comparándose con una mula de alquiler que se echa al suelo cuando se cansa, derriba por tierra a su amo, y se disculpa diciendo que: «a cuestas / con seis quintales de plomo, / no hay espaldas ni paciencia»[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Me parece mejor lectura la de Blanca de los Ríos en la edición de Aguilar, «beso» y no «besó», en ambos casos: creo que el criado no llega a besar a Santillana, de forma que las palabras de este las debemos interpretar como: ‘¡Qué desfachatez, querer darme un beso a mí, a Santillana! El mero intento de besarme merecería que le diese su merecido, si hubiese traído mi espada’.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Los personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: el paje Ramiro

El protagonista masculino de la novela de Francisco Navarro Villoslada[1] es Ramiro, el joven y tímido pajecillo del obispo de Santiago, que presenta algunas de las características del héroe romántico, como la melancolía. Pero el autor nos lo quiere mostrar como un héroe muy sencillo; cuando el joven es llevado a una habitación, después de recibir el tormento, y se queda dormido nada más acostarse, el narrador explica con ironía:

Ya se ve, Ramiro no era un héroe de novela, sino un hombre de carne y hueso como nosotros, y más que hombre todavía para el caso, pues era chico.

En otro momento se añade esta reflexión para justificar la escasa preocupación del paje: «A los veinte años las cavilaciones no son largas».

MuñozLucena_Un paje y un perro de caza

Ramiro se verá rodeado por el cariño de tres mujeres, el de doña Urraca, el de su vecina Munima y el de Elvira, la hermosa dama que ha conocido en la Corte del príncipe Alfonso y de la que se ha enamoriscado. A pesar de su juventud y de su inexperiencia, Ramiro es valiente, como demuestra al portar el mensaje del obispo a don Alfonso y traer de Mérida la respuesta del príncipe; al recibir el duro tormento que le aplican los partidarios de la reina sin confesar nada acerca de su secreta misión; al derrotar en el juicio de Dios a don Ataúlfo el Terrible, a pesar de la disparidad de fuerzas; o al ser el primero en coronar una de las torres durante el asalto al castillo de Altamira. Su generosidad se pone de manifiesto cuando penetra en la habitación en llamas para salvar a su enemigo don Ataúlfo: cuando este le ataca, no tiene más remedio que matarlo para no perecer los dos en la lucha abrasados por el fuego. Intenta también salvar a la anciana Gontroda, pero lo único que consigue es rescatar su cadáver. Al final, la novela termina con la promesa de la reina de armarlo caballero, una vez conocida su alta cuna[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Un soneto «A la Resurrección» de Lope de Vega

Este soneto del Fénix dedicado a la Resurrección de Cristo, «la luz del mundo» (v. 8), se construye como un apóstrofe a los que vieron su muerte en el Calvario y las señales que se produjeron en ese momento en Jerusalén (eclipse de sol y consiguiente oscuridad de día, terremoto, rasgadura del velo del Templo, etc.). La estructura de los once primeros versos se basa en el paralelismo («Los que vistes el sol… los que vistes la vida … mirad el Sol … mirad la Vida…»), jugando, claro, con el distinto significado de los significantes sol / Sol y vida / Vida: si antes vieron el astro sol eclipsado y la vida muerta (el fallecimiento del Dios-hombre en la Cruz), ahora pueden contemplar la resurrección de Cristo, que es Sol que se libera de la prisión del mortal cuerpo humano y Vida eterna «que a la muerte espanta» (v. 11). En el último verso, «el cinco veces roto velo humano», el sintagma velo humano alude a la naturaleza humana de Cristo, en tanto que la mención de cinco veces roto es referencia a sus cinco llagas (las de las manos, las de los pies y la del costado). En suma, el soneto —que es todo él una sola oración— invita a los interlocutores a ser testigos de la Resurrección de Jesús, a contemplar a Cristo vencedor de la muerte. Ilustro el poema con «La resurrección de Cristo» de Tiziano.

Resurrección de Cristo, de Tiziano
Resurrección de Cristo, de Tiziano.

Los que, fuera del curso y armonía
que con ley inmortal gobierna el suelo,
vistes[1] el sol entristecer el cielo
y suceder la noche al mediodía;

los que vistes con triste melodía
llorar las piedras y romperse el velo,
morir la vida y convertirse en hielo
la luz del mundo, que en sí misma ardía,

mirad el Sol que la prisión levanta
al luminoso cuerpo soberano;
mirad la Vida que a la muerte espanta,

pues con los rayos de su eterna mano
renueva de su templo el alma santa
el cinco veces roto velo humano[2].


[1] vistes: visteis.

[2] Cito por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, p. 319, con algunos cambios en la puntuación; además en el v. 4 edito mediodía en vez de medio día.

El soneto «Sábado Santo» de Antonio Trujillo Téllez

Este texto pertenece al volumen Diario lírico. Dios y yo (1988) de Antonio Trujillo Téllez, escritor nacido en 1923, autor de otro poemario titulado Belén de barro (Sevilla, Edelce, 1953), en el que las poesías van acompañadas de ilustraciones de José Ángel Ordóñez. El soneto que ahora nos interesa, que es todo él un apóstrofe al «Señor» (vv. 1 y 9), se articula en los dos cuartetos como una enumeración de cuatro elementos del cadáver de Cristo, que van de lo más general a lo particular (cuerpo, rostro, boca, ojos). Los puntos suspensivos al final de los vv. 2, 4, 6 y 8 intensifican la sensación de tristeza y desazón que causa la visión del cuerpo muerto de Jesús, pero al mismo tiempo se anuncia ya su inminente resurrección (los ojos, en concreto, «aguardan el momento / de que un alba, de nuevo, los despierte», vv. 7-8). Los tercetos manifiestan la voluntad del hablante lírico tras contemplar el cuerpo del Salvador: grabar a fuego «esa imagen de paz y de sosiego» (v. 11) que transmite para, a continuación, quedar ciego «por no olvidar los rasgos de tu cara» (v. 14).

Sabado Santo

El soneto completo es como sigue:

Ese cuerpo, Señor, desnudo e inerte
que aún transpira el perfume del ungüento…
Ese rostro sereno y macilento
como un lirio agostado por la muerte…

Esa oculta tristeza que se advierte
en tu boca sumida y sin aliento…
Esos ojos que aguardan el momento
de que un alba, de nuevo, los despierte…

—Yo quisiera, Señor, grabarme a fuego,
para evitar que el tiempo la borrara,
esa imagen de paz y de sosiego.

Y una vez en mis ojos presa y clara
yo quisiera después quedarme ciego
por no olvidar los rasgos de tu cara[1].


[1] Antonio Trujillo Téllez, Diario lírico. Dios y yo, Mérida, Parroquia de Cristo Rey, 1988, p. 65. Cito por Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 155.

El «Soneto a Jesucristo» de Bartolomé Llorens

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
(saeta popular y Antonio Machado,
popularizada por Joan Manuel Serrat,
aquí a dúo con Camarón)

Vaya para este Viernes Santo el «Soneto a Jesucristo» de Bartolomé Llorens (1922-1946), perteneciente a su poemario Secreta Fuente, publicado póstumamente por Adonais en 1948, selección y prólogo de su amigo Carlos Bousoño. El poema constituye un apóstrofe a «Cristo mío» (v. 1), «Jesús» (v. 13). Los dos cuartetos y el primer verso del primer terceto son una enumeración de distintos elementos relacionados con la Pasión de Cristo (corona de espinas, clavos, sudor y lanza, a cada uno de los cuales se dedica un par de versos; llagas, dolores y agonía, unidos en enumeración en el v. 9). En los vv. 10-11 el yo lírico indica que tales instrumentos de la Pasión (arma Christi) los siente arder en sí, abrasando en dolor su alma. En fin, el segundo terceto pone de relieve lo dulce (adjetivo repetido: «¡qué dulce, cuán dulce este tormento!, v. 12) de ese dolor, oxímoron de sabor barroco, y el remate es la afirmación de la voluntad del hablante de crucificarse por Jesús «si así evitase yo tu sufrimiento» (v. 14). Este es el texto completo del soneto, que ilustro con el cuadro anónimo de época virreinal «Cristo con los instrumentos de la Pasión» (Museo Amparo, Puebla, México):

cristo-con-los-instrumentos-de-la-pasion-coleccion-de-arte-virreinal-y-siglo-xix-museo-amparo-puebla

La corona de espinas, Cristo mío,
que fiera te mordió la pura frente;
los clavos que tu carne transparente
hendieron, apagando en ti su frío;

el acerbo sudor, letal rocío
que te empapó la carne amargamente;
la lanza con que abrió la oculta fuente
de tu costado el centurión impío.

Tus llagas, tus dolores, tu agonía
en mí los siento arder, en mí los siento
abrasando en dolor el alma mía…

Mas ¡qué dulce, cuán dulce este tormento!
Por ti, Jesús, me crucificaría
si así evitase yo tu sufrimiento[1].


[1] Bartolomé Llorens, Secreta Fuente, en Juan Ignacio Poveda, Bartolomé Llorens. Una sed de eternidades, prólogo de Carlos Bousoño, Madrid, Ediciones Rialp, 1997, p. 138. Cito por Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 141.

Un soneto «A Cristo en la Cruz» de Lope de Vega

Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión
(popular)

Ya en años anteriores hemos dado entrada en este blog a poemas de Lope de Vega dedicados a la Pasión y Muerte de Cristo. Así, por ejemplo, los titulados «A Cristo en la Cruz» (romance), «A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», «A la muerte de Cristo Nuestro Señor» o «Al entierro de Cristo», además del soneto que comienza «Muere la vida y vivo yo sin vida…» o el célebre «Pastor que con tus silbos amorosos…». Vaya para este día de Jueves Santo una nueva composición del Fénix —¡gran pecador y gran arrepentido!—, el Soneto LXXIII de sus Rimas sacras, «A Cristo en la Cruz», que muestra el arrepentimiento del hablante lírico, que se sabe alejado de Dios («¿adónde voy de tu hermosura huyendo?», v. 2; «las espaldas pude yo volverte», v. 13), conoce sus pecados («tu rostro ofendo», v. 3) y se avergüenza de ellos («me avergüence de ofenderte tanto», v. 8); y que se dirige contrito en apóstrofe a «Cristo santo» («vida de mi vida», v. 1, y «mi dulce amor», v. 10). Nótese además el bello encabalgamiento de los vv. 9-10, «mis perdidos / pasos», que resalta, desde el punto de vista rítmico, el estado de «confuso espanto / de ver que me conozco y no me enmiendo» (vv. 5-6).

Cristo en la Cruz, de Federico Barocci
Cristo en la Cruz, de Federico Barocci.

Este es el texto del soneto:

¡Oh vida de mi vida, Cristo santo!,
¿adónde voy de tu hermosura huyendo?
¿Cómo es posible que tu rostro ofendo,
que me mira bañado en sangre y llanto?

A mí mismo me doy confuso espanto
de ver que me conozco y no me enmiendo;
ya el Ángel de mi guarda está diciendo
que me avergüence de ofenderte tanto.

Detén con esas manos mis perdidos
pasos, mi dulce amor; ¿mas de qué suerte
las pide quien las clava con la suyas?

¡Ay Dios!, ¿adónde estaban mis sentidos,
que las espaldas pude yo volverte,
mirando en una cruz por mí las tuyas?[1]


[1] Cito por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, p. 331, con algún ligero retoque en la puntuación. Figura reproducido en Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 131.

«Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia»: personajes

Respecto a los personajes de esta comedia de magia[1], hay que indicar que se han reducido a los mínimos imprescindibles, tres, «todos de humor, zambra y fiesta», según se nos advierte en la «Introducción»: don Quijote, objeto pasivo de las burlas y engaños; Lucila, maga o hechicera que organiza todas las trazas (es una buena heredera de tantas «damas tracistas y tramoyeras» de la literatura áurea); y su marido Tracañino, mero ayudante que se presta al juego, tras oponer siempre una pequeña resistencia verbal. Estos dos personajes se burlan de un pobre loco, se ríen de él para pasar así un rato divertido (y se supone que con ellos también el espectador).

Don Quijote es un personaje ridículo, casi grotesco, y terminará cantando la palinodia de su locura caballeresca y renunciando a su amada Dulcinea; loco, pollino, pacato, demente, majadero son algunos de los epítetos que le dedican Lucila y Tracañino; otros sintagmas con que lo designan son: don Piltrafas, esqueleto andante, figuronazo andante (sustantivo figurón + sufijo despectivo –azo). Su caracterización física nos lo presenta como retrato de la muerte (si ya el hidalgo era enjuto y avellanado, aquí aparece esquelético y cadavérico, pues sale literalmente de la huesa).

Don_Quijote-Guadalupe-Posada

Es un personaje que ronca al quedarse dormido, del que todos se burlan y al que, en un determinado momento, le dan de palos, como al típico bobo de entremés. No se respeta aquí el más mínimo decoro caballeresco, ni hay rastro alguno de idealidad. Veamos este diálogo:

DON QUIJOTE.- Advertid que, aunque soy vuestro criado,
de caballero andante he sido armado.

LUCILA.- Caballeros tan necios y tan locos
los tratamos en casa a soplamocos.

La obra retoma del personaje cervantino su sentimiento caballeresco (el servicio a la dama que solicita su ayuda, aunque le mande algo indigno, que le degrada, como es el servir de boyero), aunque al final se le obliga a renunciar a sus ideales:

LUCILA.- Desatémosle, pues, y en el instante
deshonorarle de caballero andante.

DON QUIJOTE.- Haced lo que quisiereis, pues conozco
que todo lo merezco por ser loco;
cuando buscando vengo aventuras
tanto he dado que reír con mis locuras.

LUCILA.- ¿Y qué dirá la infanta Dulcinea?

DON QUIJOTE.- No me habléis de eso más, maldita sea,
si he visto yo a esa infanta ni a otra alguna,
ni en el Toboso hay mujer ninguna
que pueda ser infanta ni condesa.
Allí haber puede sólo una alcaldesa
criada con gazpachos y con migas
que en el ayuntamiento va a buscar espigas;
y aunque por todo el orbe conocido
por don Quijote soy, nombre es fingido
porque mi nombre propio y verdadero
es Alonso Quijano. Majadero
crédito di a las supercherías
que encontré en libros de caballerías
y con una afición a ellos sin tasa
abandonando mi quietud y casa
quise de sus amores y combates
seguir tan continuados disparates…

Uno de los recursos más reiterado para lograr la caracterización de don Quijote es el empleo de arcaísmos y otras expresiones lingüísticas que recrean la fabla antigua: finar, facían, non escuché, fermosura, non temas, non duerme, fasta non desfacer, facer, falaz malsía, non te fuyas, plañir, non se oculta, vos tiene esclavizada, non me desvío, non te habrá de valer, simpar fermosa, fasta ahora, finado hubiera, el que fice juramento, ollos ‘ojos’, fincada la derecha mano, facia allí, fermosura bella, vos postréis, fidalgo, vos ofrezco non yantar, fasta non remediar, vos condena, vos lo juro, desfacer cualquiera mal vegada, non se compadezca, fermosa, fermoso dueño, fazañoso, ferido, non se pasme, fazaña, non es fácil, non me atrevo, fermosa peregrina… En un par de ocasiones son los otros dos personajes los que emplean esa fabla arcaizante, y así Lucila se referirá a don Quijote como «hombre fazañoso» o dirá priesa (si bien aquí se trata de una palabra que va en posición de rima con mesa); Tracañino, por su parte, usará el adjetivo fazañeros.

A esa tríada de personajes, habría que añadir el de Dulcinea, no presente en escena, pero sí aludido en varias ocasiones. En cambio, no aparece ni se menciona en ningún momento a Sancho Panza[2].


[1] El texto se conserva en el manuscrito 16.515 de la Biblioteca Nacional de España (Madrid).

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: comicidad «en obras» (1)

La comicidad «en obras» (de situación y escénica) de La celosa de sí misma[1] es notable, aunque no llega a alcanzar el mismo nivel de la comicidad verbal, de la que me ocuparé en próximas entradas. Esta comicidad de situación se va intensificando en el transcurso de la acción y culmina en la consabida entrevista amorosa de los enamorados al pie de una reja, con la particularidad aquí de que don Melchor asiste a la misma subido a las espaldas de su criado. Pero repasemos acto por acto la comicidad «en obras» de la comedia.

La celosa de sí misma

En el primero, hay dos escenas susceptibles de provocar la comicidad por sí mismas: una es aquella en que Ventura se declara, de forma paralela a su amo, a Quiñones y la vieja dueña le da un bofetón por respuesta. El criado comenta, aludiendo a las reglas del honor, que «Afrenta fue», ya que le ha golpeado «de llano», con la palma de la mano, y esta circunstancia, a diferencia del golpe dado con el puño, era causa de deshonor que exigía una inmediata reparación. También se presta a una comicidad gestual expresiva, con grandes aspavientos de admiración y sorpresa, la escena en que Ventura y don Melchor descubren el contenido del preñado bolsillo de doña Magdalena, del que van sacando una serie de objetos más o menos ridículos: una piedra buena para el mal de ijada, un dedal de plata, un devanador de ébano, algunas sortijas de azabache y vidro, es decir, una serie de baratijas, y no los dineros que el criado esperaba encontrar.

En el acto segundo hay una escena en que Ventura, muy amigo del recibir y poco del entregar, obtiene inesperadamente de sendas mujeres, doña Magdalena y doña Ángela, dos sortijas. Cabe imaginar las manifestaciones de alegría del venturoso criado ante el regalo de tan peregrinas damas que, en lugar de pedir, dan[2]. Por otra parte, el segmento de acción que remata el acto puede dar igualmente mucho juego escénico, y pide, para ser más efectivo, que se ejecute con un ritmo rápido, casi vertiginoso: diversos personajes se despiden desairadamente de don Melchor, que va a quedar confuso al verse abandonado sucesivamente por las mujeres que le amaban, por los caballeros cuya amistad compartía y por su deudo don Alonso (también Quiñones deja a Ventura). La eficacia dramática está en función del ritmo que se imprima a esas breves frases, en réplicas casi cortantes, que todos dirigen a don Melchor, pues cuanto más acelerado sea el ritmo, mayor será el aturdimiento del leonés[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] En una próxima entrada analizaré lo relativo a las mujeres y el dinero, al estudiar la comicidad «en palabras».

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Los personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: la reina Urraca

ReinaUrraca.jpgUno de los personajes más importantes, como prueba el hecho de dar título a la novela, es la reina de Castilla y León. Francisco Navarro Villoslada[1] presenta a tan controvertido personaje con tres notas dominantes en su carácter: amor, orgullo y ambición; en los primeros capítulos retrata a doña Urraca como una dama de singular belleza, enamorada en su juventud, cuando era infanta, del caballero don Bermudo de Moscoso, quien la rechazó para casarse en secreto con otra dama de Galicia, la bastarda Elvira de Trava. Entonces ella contrajo matrimonio con el conde Raimundo de Borgoña; mientras duró en su interior el recuerdo del amor puro y apasionado que sintió por don Bermudo, doña Urraca fue una mujer virtuosa, espejo de princesas y de esposas; pero al conocerse la muerte del primogénito de Altamira, su carácter fue cambiando poco a poco. Murió también su marido y entonces, aconsejada por sus nobles, casó con el rey de Aragón y de Navarra, don Alfonso el Batallador:

Verificóse entonces una completa transformación en el carácter de la reina; la aspereza y la ambición de su marido la hicieron apreciar por primera vez lo que antes miraba con indiferencia; de abandonada de sus derechos, hízose guardadora y celosa de ellos; de aborrecedora de todo lo que fuesen negocios de Estado, convirtióse en fautora de intrigas políticas; de tenaz en sus propósitos, en mudable y tornadiza; de mujer sin mancilla, en descuidada de su fama, y de inaccesible y severa, en fácil y seductora.

En efecto, desde ese momento se le han conocido dos amantes, los condes de Candespina y de Lara (de este último ha tenido un hijo llamado Fernando Hurtado). Navarro Villoslada mantiene, por tanto, la fama de liviana atribuida por varios historiadores a la reina; pero, al comenzar la acción novelesca, ella intenta cambiar: Ramiro, el joven paje llevado como prisionero ante su presencia, le recuerda poderosamente a su primer amor, don Bermudo, de ahí el cariño con que lo recibe; esta vez no se trata de un nuevo devaneo de doña Urraca, como todos piensan, sino de un sentimiento distinto que le hace desear volver a ser buena y virtuosa:

—¡Ah! —exclamó doña Urraca, con una voz que penetraba como saeta, y cuajados súbitamente de lágrimas los ojos—. Otros me han visto muy más hermosa que tú me ves, y sin embargo me desdeñaron. ¿Qué me importa —prosiguió—, qué me importa parecerte hermosa, si no te parezco buena?

No obstante, la reina sostendrá en su interior una violenta lucha para conservar ese sentimiento dentro de unos límites razonables, para que ese amor maternal no se convierta en pasional; así, cuando se confirman las sospechas de que Ramiro es hijo de don Bermudo, doña Urraca se alegra de poder elevar socialmente al pajecillo, circunstancia que lo acercaría indudablemente a su posición y podría favorecer sus amores; es más, se muestra dispuesta a casarse con él, rompiendo con todo, si ese es su real deseo. Desde que conoce la verdadera identidad del paje, todos sus esfuerzos se encaminarán a liberarlo, lo mismo que a don Bermudo, y a castigar a don Ataúlfo, que les ha usurpado sus estados de Altamira. Finalmente, cuando don Bermudo sea liberado, doña Urraca sentirá vergüenza de aparecer impura ante el que fue su primer y único amor verdadero y decidirá que, si se presenta ante él, será casada con el conde de Lara, el padre de su hijo, para poner freno al escándalo y la murmuración, y habiendo entregado el reino de Galicia a su hijo, tal como disponía el testamento de Alfonso VI.

Por lo demás, el narrador nos retrata a la reina con algunas características de heroína romántica: llora, se desmaya, ofrece melancólicas sonrisas y una «mirada lastimosa». El autor consigue que el personaje nos resulte simpático a pesar de sus defectos y faltas porque a lo largo de la novela se propone enmendar su conducta y finalmente lo consigue; y también por las desgracias y sufrimientos que ha padecido la infeliz soberana, que se pueden resumir con esta frase suya:

—¡Amáronme todos aquellos a quienes yo miraba con indiferencia; hanme aborrecido todos aquellos a quienes he amado![2]


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.