Estructura de la comedia de magia «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia»

Iré comentando en sucesivas entradas lo relativo a la estructura, los personajes, los recursos escenográficos, el lenguaje, el estilo y la métrica de la comedia de magia Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia[1].

Por lo que toca a la estructura, toda la obra se articula como una sucesión de burlas a don Quijote, enmarcadas por los actos mágicos de su resurrección y de su vuelta al sepulcro. Son episodios yuxtapuestos, sin mayor conexión o articulación entre sí. Esta estructura recuerda vagamente la de la Segunda parte del Quijote, en concreto los capítulos que se desarrollan en el palacio de los Duques[2], en los que una serie de personajes organizan tramas —de mayor o menor complejidad y crueldad— para hacer ver al hidalgo manchego lo que ni sus ojos ni su fantasía ven. Pero no hay pasajes que se puedan considerar con propiedad paralelos de otros de la novela, aunque sí existen, como es lógico, referencias o alusiones que entroncan de forma general con el modelo: los encantadores que ayudan o engañan a don Quijote o la importancia de la dama amada (aunque Dulcinea no está presente en escena, su valor estructural es grande, con varias referencias a su encantamiento). La resurrección del personaje sí remite al capítulo final de la Segunda parte y la mención de la supuesta princesa encantada Clarisea evoca indirectamente las aventuras de la princesa Micomicona y otras similares con damas sojuzgadas por magos y gigantones; don Quijote en el cepo recuerda a don Quijote en la jaula en el momento de su vuelta a casa al final de la primera parte, etc.

DonQuijoteEnjaulado

Pero se trata más bien de reminiscencias vagas, no tomadas sobre pasajes concretos sino sobre estructuras generales de la construcción novelesca cervantina; más bien se han inventado nuevos episodios y burlas, funcionalmente parecidos, pero novedosos en su contenido (aquí, los engaños a don Quijote resultan fáciles, por tratarse precisamente de una comedia de magia). Otros episodios célebres (el yelmo de Mambrino, la dueña Dolorida, la princesa Micomicona…) son meramente aludidos[3], sin mayor aprovechamiento textual ni dramático[4].


[1] El texto se conserva en el manuscrito 16.515 de la Biblioteca Nacional de España (Madrid).

[2] Para esos episodios, véase Augustin Redondo, «Fiestas burlescas en el palacio ducal: el episodio de Altisidora», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma, Universitat de les Illes Balears, 1998, pp. 49-62.

[3] En fin, la mención del sepulcro de Dulcinea podría ponerse en relación con su epitafio burlesco, que se lee al final de la primera parte del Quijote: «Del Tiquitoc, académico de la Argamasilla, en la sepultura de Dulcinea del Toboso».

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: el enredo y las industrias de los personajes (y 3)

Un tercer elemento del enredo en la comedia[1] lo propician doña Ángela y don Sebastián. Enamorados respectivamente de don Melchor y de doña Magdalena, se proponen alborotar la boda de los prometidos: don Sebastián dirá que doña Magdalena le dio palabra de esposa, hecho que, unido a su renta y al hábito que ha conseguido, decidirá al padre de la dama a casarla con él: «Ardid es provechoso», comenta su hermana (p. 1114). Y así lo hacen. Además don Sebastián explica luego a don Alonso que el leonés está a punto de casarse con una condesa, y doña Magdalena confirma esas palabras al indicar que, en efecto, su prometido está en vísperas de ser conde: «¿Hay caso más peregrino?», se pregunta el aturdido anciano (p. 1123).

También la criada Quiñones traza sus planes en beneficio propio; ella misma comenta que tiene «engaños de indiana» (p. 1136), y es quien propone a doña Ángela que vaya a la Victoria enlutada y tapada, fingiéndose la condesa, de forma que pueda casar con don Melchor y doña Magdalena quede para su hermano Sebastián. A su vez, don Jerónimo podría casar con la condesa, con lo que ella se convertirá en casamentera de «un amor de tres en raya» (p. 1138). Doña Ángela insiste en el carácter industrioso de la dueña con estas palabras: «Salga yo bien deste enredo, / y darete un dote igual / a tu ingenio» (p. 1138). Además, ella le proporciona el bolsillo de oro que dio don Melchor a la tapada en el primer encuentro, con el que tratará de probar que ella es la dama misteriosa[2].

La celosa de sí misma

Las idas y venidas de los distintos bolsillos y, sobre todo, los mantos que ocultan la identidad de las dos enlutadas constituyen otros aspectos fundamentales del enredo de La celosa de sí misma. Las palabras de Ventura: «¡Que dos mujeres tapadas / hacer con los mantos puedan / tan sutil transformación!» (p. 1154) ponen de relieve las posibilidades que, hábilmente manejado, brindaba este recurso tan socorrido en nuestro teatro aurisecular. Es ese velo de misterio que envuelve a la belleza femenina, mostrada «a sorbos» (ahora una mano, luego unos ojos…) el que engatusa y ciega a don Melchor, incapaz de reconocer en su prometida, cuando acude a vistas, a la desconocida. Tal es el encanto de lo oculto… Al final, la confusión del cuitado leonés crecerá tanto que se verá obligado a pedir a su criado: «Huyamos de tanto engaño…» (p. 1130)[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] La criada de doña Magdalena es buen correlato femenino de Ventura, el ingenioso gracioso, al que mantos, cambios de vestidos y argucias diversas de las damas no consiguen engañar en ningún momento, a diferencia de lo que sucede con su amo.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

«Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: estructura y narrador

DoñaUrracaDeCastilla.jpgEsta novela de Francisco Navarro Villoslada[1] consta de cuatro libros de ocho, once, ocho y siete capítulos; como preliminares figuran una dedicatoria a sus tíos canónigos, don Lucas y don Félix Navarro Villoslada, y un «Prólogo» en el que se explicita que la fuente de inspiración ha sido la Historia Compostelana; tras el texto propiamente dicho siguen tres apéndices en los que el autor añade noticias sobre las peregrinaciones a Santiago y sobre los libros de caballerías y explica sus «Errores, descuidos y erratas». En general, los sucesos siguen un orden cronológico lineal (toda la acción transcurre en unos pocos días), salvo cuando se intercalan algunas historias, relacionadas con el hilo novelesco, que recuperan tiempo pasado: la de los Moscosos, don Bermudo y don Ataúlfo; la de Ramiro y Nuña, en la conversación entre la reina y el obispo; o la de Constanza, contada por la dueña Mauricia a Elvira, con la inclusión de la «Confesión de Constanza».

En la novela encontramos un narrador omnisciente en tercera persona que va controlando todos los resortes de la acción y que continuamente se hace presente en el texto, no solo juzgando a los personajes y los hechos —es decir, que toma partido en lo que cuenta—, sino también con sus continuas llamadas de atención al lector («lo que el lector ha visto y adivinado en el capítulo precedente», «ya sabe el lector lo que sucedió», «el lector está bien enterado»…). El narrador se sitúa en un momento contemporáneo al de la escritura de la novela, contemplando desde fuera la historia que narra; se repiten las expresiones «entonces», «en aquellos tiempos», «en aquella época», «en aquel tiempo», que marcan su lejanía respecto a la época en que se sitúa la acción, la Edad Media; habla del «negro cuadro de las costumbres y carácter del siglo XII» y señala que tratará de reflejar «el espíritu de aquella época, una de las más oscuras y singulares de nuestra historia». De la misma manera, el narrador marca su presencia como organizador del discurso narrativo con distintas fórmulas que ordenan la materia novelesca. Cuando se producen de forma simultánea acontecimientos igualmente interesantes o cuando distintos grupos de personajes requieren su atención, él selecciona el material que entra en cada caso. En fin, es habitual que el narrador introduzca al hilo de los sucesos algunas afirmaciones de carácter general, a veces de tono moralizante, o digresiones sobre temas diversos[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia»: resumen de la acción

El deslinde de los bloques de acción de las tres jornadas de la comedia Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia[1] (la «Introducción» quedó ya resumida en una entrada anterior), es decir, el resumen de su argumento, servirá al mismo tiempo para ir apuntando algunos detalles sobre la estructura y la caracterización de los personajes que luego, en próximas entradas, comentaré de forma más sistemática.

Jornada primera

El escenario representa un campo árido y una gruta. Lucila, que sale vestida de aldeana, se declara discípula del famoso Merlín[2]. Desde el principio nos advierte de que su intención es humorística: «hoy pretendo, a pesar de mi marido, / el rato disfrutar más divertido». Para ello, va a poner en práctica sus «traviesas invenciones» y, así, solicita al mago Merlín que aparezca «el hidalgo más caballerista / desfacedor de toda fechoría / para poder pasar alegre el día». Una voz le comunica que se le concede su deseo de resucitar a ese «hombre fazañoso», de forma que pueda continuar su vida[3].

Salen unos rayos de la gruta y aparece don Quijote echado, con una bacía como yelmo, rodela, lanza y peto. La acotación nos lo presenta sin color, porque sale de la sepultura, y se le califica además como «esqueleto andante». Lucila se retira para verlo mejor y don Quijote muestra su extrañeza, porque no sabe dónde se encuentra. Recuerda que estaba en la cama a la hora de la muerte, y que todos le lloraron en aquel trance (esta evocación entronca, pues, con el capítulo final del Quijote, el II, 74).

Muerte de don Quijote

Ahora cree que todo eso ha sido un sueño, y piensa que está trastornado por la belleza de Dulcinea, a la que quiere ver desencantada. Al reparar en la cueva se imagina que algún malsín tendrá allí encerrada a alguna princesa encantada.

En ese momento sale Lucila, fingidamente amenazada por su marido Tracañino, hecho que confirma a don Quijote en su idea. Este se ofrece a esa mujer de tan sin par hermosura, mientras que el marido se queja de las brujerías de Lucila y le pide una explicación: «Esta es tramoya tuya, picarona; / declárame el secreto, gran burlona». Tracañino ve en don Quijote a un hombre loco y Lucila le resume la historia del personaje; comenta que, valiéndose de su magia, ha hecho que vuelva a Italia porque intenta formar «un gran divertimento». Tracañino, en un aparte, le pide que se deje de disparates.

Lucila sigue con su traza, fingiendo estar prisionera. Don Quijote se declara enemigo de encantadores y encara a Tracañino. Pero Lucila le solicita que, de momento, suspenda su libertad, y el manchego obedece; y pide a su esposo que entretenga la demencia de don Quijote. Tracañino entra en el juego de Lucila, llamando «don Piltrafas» al hidalgo, aunque no está convencido del todo: «Si yo sé lo que digo, que me muera». Canta Lucila, quejándose de su suerte y suenan unos ladridos. Tracañino se entra y don Quijote le persigue.

Cambia el decorado, que representa ahora un salón (estas mutaciones son habituales en las comedias de magia). Lucila, de princesa ridícula, quiere con su «invención, astucia y arte» embobar al «pollino» de don Quijote, que se empeña en seguir las extrañas y ridículas leyes de los libros de caballerías. Tracañino se queja de Lucila, pero esta le dice que le siga en sus astutas mañas: su arte consiste en embobar a majaderos, porque así «pasar se logra el rato divertido». Don Quijote solo es para ella un «figuronazo andante».

Nuestro hidalgo, que parece un retrato de la muerte (las acotaciones insisten en su aspecto esquelético), se acerca lanza en ristre. Lucila da las pertinentes instrucciones a Tracañino para una nueva burla (se sienta en una silla y queda debajo su esposo). Don Quijote dice que la librará de su prisión; Lucila finge llorar, mientras la música canta que la prisión de la hermosa no tendrá fin. Don Quijote pide que salga el encantador que la maltrata. Entonces se oye un chillido y se ve salir una llama.

Aparece Tracañino por sorpresa con careta y garrote. Don Quijote cree que es un artificio. Luchan ambos. Se obscurece el teatro y se oculta Tracañino. Lucila hace entonces que el salón se transforme en un prado árido «para que este hombre confuso y aturdido / acabe de perder todo el sentido».

Mientras don Quijote reniega del encantador que ha operado tal cambio, salen Tracañino y Lucila de aldeanos. Tracañino sigue reprendiendo a su esposa porque no paran sus embustes, achacándolo todo al genio travieso de las mujeres (todo son, en su opinión, «ideas mujeriles»). Lucila da nuevas instrucciones a su esposo. Este manifiesta su temor (porque tales cariños traen aparejados siempre resultados fatales), pero ella le dice que no desconfíe. Tracañino insiste en los artificios e invenciones de las mujeres, que dejan a los hombres embobados; y reconoce resignado que él vive sujeto por completo a Lucila: «¡Ah, mujeres, y cuánto señorío / sobre el hombre tenéis, y su albedrío!».

Jornada segunda

Don Quijote, solo, afirma que sus fuerzas harán frente a los encantadores (se menciona aquí de nuevo al mago Merlín). Arrima la lanza y sale Tracañino con un cántaro; el marido de Lucila ve a don Quijote como esqueleto o alma en pena y un hombre majadero. Se oyen dentro ruidos de cadenas arrastradas y cómo Lucila se lamenta de su prisión, de que ningún caballero se duela de ella. Don Quijote le dice que no ha acudido antes al rescate porque desconocía su situación, y se ofrece de nuevo para liberarla, arremetiendo contra Tracañino.

Después de esa escena, que ha ocurrido a oscuras, sale el sol y se ve un prado hermoso. Lucila, a los pies de don Quijote, pide que la socorra. Él solicita a la dama que se levante, y asegura que la protegerá. Ella ruega al caballero que se ponga a su servicio y don Quijote acepta, siempre que eso no suponga nada en deshonor de su Dulcinea.

Sale Tracañino en traje de moro, comentando el nuevo embuste preparado por Lucila; insiste en que su mujer le domina y tiene que hacer cuanto ella quiere. Lucila le explica que todo es para pasar el rato: «¿No adviertes que en mi genio todo es chanza, / y que quiero pasar alegre el rato / siempre que reconozco algún pacato?». Lucila comenta que a don Quijote le gusta ser tratado como caballero andante, por ello lo tiene sometido con sus mañas. Tracañino será ahora el encantador Altisidoro, nueva traza para conseguir «embobar a este demente». Lucila entrega una cabeza de pasta a Tracañino y le da instrucciones sobre lo que debe hacer; el marido se apercibe de nuevo al juego, escondiéndose tras una cortina.

Don Quijote dice a Lucila que debe dar gracias a Dulcinea, que es su guía. Se oyen unos versos de Tracañino dentro. Cuando sale, don Quijote y él luchan con espadas. La cabeza, que está sobre la mesa, sale volando y la mesa se convierte en sofá, donde aparece Lucila vestida de gala. Pide a don Quijote obediencia y que le sirva de «bueyero». Don Quijote se enfada por esta proposición deshonrosa, pero ella le explica que es necesaria para desencantar a Dulcinea, así que el manchego acepta resignado el sacrificio.

Jornada tercera

Don Quijote, en traje rústico, se queja de su adversa suerte y pide como remedio la muerte. También se queja de que su amor a Dulcinea le obligue a romper con todas las leyes de la caballería trabajando como boyero, para reconocer a continuación: «Mas fuerza es aguantar a fuer de honrado, / ya que mi Dulcinea lo ha ordenado». Lucila le regaña por andar perezoso en ir al campo con los animales y él protesta: aunque ahora anda como criado, no por ello deja de ser caballero andante. Tracañino le da con un palo, y vuelve a quejarse de la fortuna infeliz. Lucila, que es quien sigue urdiendo todos los hilos de la trama, dice a Tracañino: «Sigamos con la burla comenzada»; ahora la casa se transformará en camposanto, y por ello se debe vestir de ermitaño. Tracañino protesta, como otras veces, por las travesuras de su mujer, que es un demonio: «De trabar disparates, ¿cuándo acabas?», pero de nuevo cede y se presta al juego.

Don Quijote ve una ermita, y se pregunta si será una ilusión, un sueño o un nuevo engaño de sus enemigos encantadores. Cree que Clarisea —nombre fingido que usa Lucila como princesa— le hace obrar así, no porque ella sea malvada, sino impelida también por los encantadores que la tienen sojuzgada. Ve un sepulcro dedicado a un caballero y su esposa Dulcinea; se enfada y reta a quien hable en deshonor de Dulcinea, diciendo que se casó. Llama al ermitaño y le pide una explicación sobre la sepultura. Tracañino, de ermitaño, le dice que Dulcinea —que era hija de un cabretero— casó con don Pentapolipán el africano. La sepultura contiene además los restos de los caballeros de la guerra de Grecia.

Sale Lucila, vestida también de ermitaño, y ofrece una bebida a don Quijote para curar sus heridas. Cuando va a beber, hace que arda el licor y los dos fingidos ermitaños simulan tener miedo, diciendo que don Quijote es un demonio. Afirman que es un hechicero, pero Lucila hará un conjuro para liberarlo de sus encantadores. Saca Tracañino unos calendarios, como si fuesen un libro de ritual; don Quijote ve en esta ocasión lo que hay en realidad, unos calendarios, pero ambos falsos ermitaños le dicen que son libros que contienen fórmulas mágicas. Don Quijote reconoce: «Será lo que queráis, yo me confundo». Lucila le dice que se ponga en cuclillas, se oyen truenos por dos veces y cae don Quijote. De nuevo se muda el teatro, lo que provoca una nueva queja del manchego. Se oye una gaita gallega y la música que canta, y don Quijote cree que será algún caballero que sufre alguna pena. No obstante, se duerme y empieza a roncar.

Nueva invención de Lucila y nueva queja de Tracañino. Se insiste, una vez más, en que van a reírse a costa de ese majadero. Tracañino, como siempre, acaba siguiéndole el humor: «Tu gusto sigo», aunque reconoce que él también va a volverse loco, con tanto cambio de traje; comenta que enmaridó con una mujer loca, y mal de su grado se ve obligado a seguirle el juego si no quiere que corra peligro su mollera (es decir, que ella le tiene completamente dominado y hasta le puede pegar).

El teatro se transforma en una marina. Tracañino se viste de marinero y Lucila aparece disfrazada de sirena. Suenan cajas y clarines y despierta don Quijote, que queda sorprendido por la nueva mutación, al verse en un puerto, y por el aviso de que los genoveses quieren prender a Dulcinea. Ve a la sirena, y le pregunta por Lucila. Ella dice que es Dulcinea encantada. Tracañino aparece como un barquerolo genovés; el barco se transforma en cepo y el teatro en cárcel. Lucila dice a don Quijote que el cepo es un castigo a sus locuras, y que van a deshonorarle de caballero andante. Don Quijote canta la palinodia, afirmando ser tan solo Alonso Quijano. Reconoce que todas sus aventuras no han sido sino disparates y supercherías: la propia existencia de Dulcinea, el yelmo de Mambrino, la dueña Dolorida, la princesa Miquimicona (sic)… y dice que ahora está desengañado de todo ello. Lucila, tras preguntar a Tracañino si no celebra haber pasado un rato divertido de esa manera, hace volver a don Quijote a su panteón, y quedan los dos esposos juntos en buena paz y compaña[4].


[1] El texto se conserva en el manuscrito 16.515 de la Biblioteca Nacional de España (Madrid).

[2] Recuérdese que Merlín, el famoso encantador de la traducción artúrica, se menciona con cierta frecuencia en el Quijote (véase Juan Bautista de Avalle-Arce, Enciclopedia Cervantina, 2.ª ed., Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos / Universidad de Guanajuato, 1997, pp. 307b-308a), con un importante papel para el desencantamiento de Dulcinea.

[3] Santiago López Navia ha estudiado las principales continuaciones, ampliaciones, imitaciones y paráfrasis narrativas del Quijote en su artículo «“Contra todos los fueros de la muerte”: las resurrecciones de don Quijote en la narrativa quijotesca hispánica», en Actas del Segundo Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 6-9 de noviembre de 1989), Barcelona, Anthropos, 1991, pp. 375-387. En la conclusión indica: «Pero el principal valor que atesoran todas estas “resurrecciones” consiste en entender que, a pesar de tantas páginas y tantos capítulos como tiene la obra original de Cervantes, la compañía entrañable de don Quijote ha sabido a poco, y más allá de la eternidad y la gloria que le confieren sus primeras hazañas y su primera historia, ha habido autores que han solicitado su presencia dispuestos, “contra todos los fueros de la muerte”, a mostrar a la posteridad que no admiten el final del caballero» (p. 387).

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: el enredo y las industrias de los personajes (2)

Será en el acto II de la comedia[1] donde comiencen a particularizarse todos esos engaños y hechizos de Madrid de los que hasta entonces se ha hablado genéricamente. La primera enredadora es doña Magdalena, quien, celosa de sí misma, decide volver, vistiendo luto y en una silla ajena, a la Victoria, comentando: «Todos éstos son ardides / de mi amor» (p. 1099); y es que, como añade poco después, «Amor […] en todo es astuto». En su entrevista con don Melchor, de nuevo en el papel de dama desconocida, tenemos un buen ejemplo de lo que Lope definió en el Arte nuevo como el «engañar con la verdad»[2], cuando afirma al galán:

Yo os juro a fe de quien soy
[…]
que no es doña Magdalena
ni más bella, ni más rica,
ni más moza, ni más sabia,
ni más noble ni más digna
de serviros y estimaros
que yo… (p. 1107).

Claro está que no es más, ni tampoco menos, por la sencilla razón de que ella, la dama misteriosa, la supuesta condesa, y doña Magdalena son la misma persona. Quiñones reitera luego: «siendo sola una mujer / te partes en dos mujeres» (p. 1119); y ella misma confirma: «pues soy dos, imaginadas, / aunque en la verdad soy una» (p. 1120). Ahora bien, es esta duplicidad de personalidades en la dama lo que va a dar lugar al sentimiento que anuncia el título de la comedia, esto es, a que sufra celos de sí misma. Ante Quiñones resumirá su situación con estas palabras:

Mira qué extraña quimera
causa este ciego interés,
que en tres dividirme ves,
y aunque una sola en tres soy,
amada en cuanto una, estoy
celosa de todas tres (pp. 1152-1153).

Ella ha sido quien ha llevado hasta el extremo el engaño, al representar no solo el papel de dama desconocida de la Victoria, sino también el de falsa condesa. Luego inventará que es requerida desde Italia para casarse allí. Creerá que de esta forma, haciendo que la misteriosa mujer salga de la vida de don Melchor, todo se va a arreglar[3]. Pero no es tan sencillo como piensa, pues no cuenta con la aparición de una segunda condesa falsa, doña Ángela, que le viene a disputar el marido. Doña Magdalena es, por tanto, el primer motor del enredo, pero no el único, y de hecho ella sufrirá los enredos de otros personajes.

La celosa de sí misma

La segunda traza que complica la acción es fruto de Santillana, el escudero viejo, quien finge que la desconocida a la que ha acompañado a la Victoria en la silla es la condesa de Chirinola. Esta mentira dicha para salir del paso se verá luego confirmada por la propia doña Magdalena, y a partir de ahí la existencia de esa supuesta condesa italiana será aceptada por todos los personajes, hasta el final de la comedia, en que se aclare la verdad[4].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] «El engañar con la verdad es cosa / que ha parecido bien […]; / siempre el hablar equívoco ha tenido / y aquella incertidumbre anfibológica / gran lugar en el vulgo…» (vv. 319-325; cito por Juan Manuel Rozas, Significado y doctrina del «Arte nuevo» de Lope de Vega, Madrid, Sociedad General Española de Librería, S. A., 1976, p. 191).

[3] Quiñones comentará ante doña Ángela, refiriéndose a la invención de la marcha a Italia de doña Magdalena: «Su ingenio sutil estimo. / Engaño fue…» (p. 1135).

[4] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

El subgénero de la comedia de magia

La comedia de magia —continuadora, en cierta manera, de la comedia de santos aurisecular— es uno de los géneros dramáticos más populares del siglo XVIII. Dado que existe bibliografía pertinente (pienso sobre todo en trabajos de Álvarez Barrientos, Caldera o Caro Baroja, entre otros), me limitaré aquí a recordar algunos datos esenciales que sirvan para establecer el contexto literario de la pieza que voy a comentar en próximas entradas, la comedia burlesca Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia.

ComediademagiaDomenech1La comedia de magia, junto con la comedia heroica o militar y la comedia de santos, pertenece al bloque de las denominadas por Luzán «comedias de teatro» (La Poética, Libro II, cap. I), esto es, aquellas de enorme vistosidad que explotan los más diversos recursos escenográficos, el uso de bastidores, de la tramoya y la música, y que presentan continuas mutaciones escénicas. Se trata de un teatro de imaginación concebido expresamente para la diversión del público, cuyo gusto buscan seguir los autores; de ahí que conociera un enorme éxito popular[1], al mismo tiempo que suscitó las diatribas de los preceptistas neoclásicos «por no reducirse [estas obras] a las reglas y por considerarlas restos del oscurantismo y de la tradición»[2]. Su escenografía resultaba muy compleja, pero los efectos empleados no eran un mero adorno, sino una necesidad provocada por las acciones del mago protagonista, «que transforma la realidad según sus necesidades»[3]. Además del aparato de las mutaciones, que buscan impresionar al espectador, pero sin alejarse de una deseada verosimilitud, explotaban otros recursos como el empleo de disfraces y los cambios de personalidad de los personajes. Además, en estas obras la música desempeñaba una función muy destacada[4].

La comedia de magia ocupa buena parte del panorama teatral —español y europeo— del siglo XVIII y fue, en palabras de Mesonero Romanos, áncora de salvación para muchas compañías y teatros. Aunque se prohibieron en 1788, esta medida fue transitoria y muy poco efectiva, y todavía en el siglo XIX conoció momentos de esplendor: la siguieron cultivando autores importantes como Hartzenbusch, Bretón de los Herreros o Tamayo y Baus (aunque la más famosa del periodo decimonónico fue la versión de La pata de cabra preparada en 1828 por Juan de Grimaldi) y, como ha destacado Álvarez Barrientos, a este género debe el drama romántico muchas de sus innovaciones formales y técnicas.

Pues bien, en este contexto de teatro espectacular, de aparato, se inscribe la comedia Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, que analizaré en las próximas entradas[5].


[1] Véanse los datos ofrecidos por René Andioc, Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII, Madrid, Castalia / Fundación Juan March, 1976, pp. 36-43.

[2] Joaquín Álvarez Barrientos, Introducción a su edición de José Cañizares, El anillo de Giges, Madrid, CSIC, 1983, p. 13. Por su parte, Emilio Palacios Fernández, «La comedia de magia», en Francisco Aguilar Piñal (ed.), Historia literaria de España en el siglo XVIII, Madrid, Editorial Trotta / CSIC, 1996, p. 161, ha escrito: «Para los renovadores dieciochescos la comedia de magia era un espectáculo despreciable. Como neoclásicos criticaron la ruptura de la verosimilitud y su amanerado estilo barroco; como hombres ilustrados vieron con malos ojos la presencia de supersticiones y falsas creencias que estaban lejos de su mentalidad racionalista, por más que se enmascararan en su misión lúdica. A los cristianos más estrictos tampoco les gustaba que los viejos resabios de paganismo entraran en litigio con su fe. Por eso no resulta extraño que la comedia de magia fuera víctima de varias condenas oficiales».

[3] Joaquín Álvarez Barrientos, Introducción a su edición de José Cañizares, El anillo de Giges, Madrid, CSIC, 1983, pp. 21-22.

[4] Sobre estas cuestiones, además de la bibliografía específica sobre la comedia de magia recogida en el apartado final, puede consultarse también el trabajo de Emilia Palacios Fernández, «Los adornos de la fiesta: mutaciones, tramoyas, música y sainetes», en El teatro popular español del siglo XVIII, Lleida, Editorial Milenio, 1998, pp. 128-137.

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: fuentes históricas

HistoriaCompostelana.jpgEn cuanto a la documentación empleada por el autor, la principal fuente de información histórica la encontró Francisco Navarro Villoslada[1] en la Historia Compostelana, un Registro de los hechos de Diego Gelmírez redactado en vida del obispo por tres canónigos de la catedral de Santiago, que fue editada a principios del siglo XVIII por el Padre Flórez[2]. Las fuentes mencionadas por Navarro Villoslada en las notas, aparte la Historia Compostelana y la historia anónima del monje de Sahagún, contemporánea de la anterior, son Mariana (Historia de España), Sandoval (Descendencia de la Casa de Castro y Crónica del Emperador Alfonso VII), Salazar y Castro, la Historia genealógica de la casa de Lara, el infante don Pedro de Portugal (Libro de Genealogías); y en el apéndice: la Historia de Santo Domingo de la Calzada, Abrahán de la Rioja, de José González de Tejada, la Historia literaria de la Edad Media, de Eustaquio Fernández Navarrete, y el Centón epistolario, del bachiller Fernán Gómez de Cibdarreal.

También señala en la novela que la mejor fuente para empaparse del espíritu de la época son los romances y los libros de caballerías. De la misma forma, la parte novelesca responde a las tradiciones existentes sobre el incendio del castillo de Altamira. En resumidas cuentas, el novelista utilizó las principales fuentes que le brindaba la historiografía de su época, pero sin desdeñar tampoco el aporte de los documentos literarios y las leyendas de la tradición[3].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver Enrique Flórez, España Sagrada, tomo XIX, Contiene el estado antiguo de la Iglesia Iriense y Compostelana, hasta su primer Arzobispo, Madrid, Antonio Marín, 1765; y España Sagrada, tomo XX, Historia Compostelana, Madrid, Imprenta de la viuda de Eliseo Sánchez, 1765. Remito también a Antonio López Ferreiro, Historia de la Santa A. M. Iglesia de Santiago, vol. III, Santiago, Imprenta y Enc. del Seminario Conciliar Central, 1900; y Manuel Murguía, Don Diego Gelmírez, La Coruña, Imprenta y Librería de Carré, 1898.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: el enredo y las industrias de los personajes (1)

Muchos son los hilos de enredo que forman el ovillo argumental de La celosa de sí misma[1]. En efecto, son varias las industrias que maquina el ingenio de los personajes (el ingenio de Tirso, en definitiva) en esta pieza esencialmente cómica. Palabras como ardid, engaño, ingenio, confusión, quimera, locura, burla, traza, picardía, sutilezas, fingir, burlar, hechizos, chanzas, desvelos, transformación, laberintos, pandilla ‘trampa, fullería’, expresiones del tipo «mentirosa jornada», «juego de manos» o alusiones a los engaños y hechizos de Circe, puestas en boca de distintos personajes, subrayan ese carácter industrioso de la acción. La propia palabra enredo —o su plural, enredos— se repite con cierta frecuencia y, de hecho, son varios los que se fraguan y desarrollan en el transcurso de la comedia. Tanto es así que, mediado el acto tercero, en un momento en que la acción está ya completamente embrollada, los propios personajes de la comedia comentan en alusión metateatral:

MELCHOR.- ¿Será posible que haya
historia como la mía,
en cuantas dan alabanza
a poéticas ficciones?

VENTURA.- ¡Oh, qué comedia tan brava
hiciera, a ser yo poeta,
si escribiera aquesta traza! (p. 1149).

El acto primero, además de proporcionarnos el planteamiento, en torno a esa misteriosa tapada de la que don Melchor tan solo alcanza a ver una mano, tiene la función de retratar la corte madrileña como un lugar especialmente adecuado para todo tipo de engaños.

Madrid

Esos engaños los vamos a ver ejemplificados en los dos actos siguientes en la historia particular de los amores de don Melchor, doña Magdalena y doña Ángela. En efecto, en la primera jornada[2] Madrid queda descrito como una bella ciudad donde todo es «agradable confusión» y donde las cosas con frecuencia no son lo que parecen; como advierte el agudo Ventura a su amo, la corte es una especie de Jordán rejuvenecedor donde las casas más antiguas amanecen al día siguiente remozadas, los pícaros se convierten con facilidad en condes (no condes, pero sí dos falsas condesas vamos a encontrar luego) y las damas más añosas se transforman en gráciles doncellas por obra y gracia del «solimán albañil» y otros afeites. Para don Melchor, Madrid es un «hermoso abismo / de hermosura y de valor» (p. 1062); don Sebastián indica que es una «Babilonia», «nuestro Babel» (pp. 1063 y 1064) donde se prodigan con facilidad «amores y engaños» (p. 1065); y más adelante afirma taxativamente don Alonso: «Esta corte / es toda engaños y hechizos» (p. 1122)[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] La acción de la comedia transcurre en tres días sucesivos, y la concentración temporal (con la acumulación de numerosas peripecias en corto espacio de tiempo) contribuye también a la comicidad.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

«Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia», una comedia de magia burlesca

No son muchos los datos de que disponemos acerca de Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, aparte de los que proporciona la propia obra, que se encuentra en el manuscrito 16.515 de la Biblioteca Nacional de España (Madrid). El subtítulo nos aclara que se trata de una Comedia nueva de magia, burlesca, en tres jornadas para tres personas y que está «Compuesta por dos ingenios». Va fechada además «En Madrid, año de 1805». Tras la indicación de la fecha, sigue una «Introducción» (72 versos de romance con rima -é a) en la que se explican algunas circunstancias de su redacción. De ser ciertos los datos que ahí se contienen, tenemos que un ingenio compuso con «traviesa idea» una «pieza burlesca» para «un recreo casero». Las dos primeras jornadas de esa obra se perdieron y otro autor que encontró la tercera escribió de nuevo las anteriores, logrando así «formar / una comedia completa».

La introducción, que responde en parte a la función de la captatio benevolentiae de los espectadores, insiste además en dos puntos importantes: por un lado, la pertenencia de la obra al género de la comedia de magia (se enumeran algunos de los recursos escenográficos que luego vamos a encontrar); por otro, su propósito eminentemente lúdico: «a vuestra atención mi ingenio / por divertiros intenta / una nueva travesura / presentar de una comedia»; se dice que las aventuras aquí recogidas «es preciso que diviertan»; se invita a los espectadores a que «admitan la diversión» y disfruten del jocoso humor de la pieza…, etc. Es esta una cuestión importante, en la que insistirán también los propios personajes de la obra.

Los catálogos y repertorios bibliográficos no ofrecen datos relevantes sobre esta pieza: desconocemos los nombres de los dos supuestos autores —si en realidad fueron dos, y no se trata de una superchería— y tampoco sabemos si la obra llegó a representarse públicamente (quizá sí tuvo alguna puesta en escena privada, para «un recreo casero», como se dice en la introducción). Por otra parte, la calidad literaria de Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia no es muy alta, pero sí resulta una obra muy interesante por las pistas que nos da acerca de la recepción de los temas cervantinos, y en particular del personaje de don Quijote, que va a ser presentado aquí como mera figura ridícula[1].

DonQuijote

En sucesivas entradas, voy a centrar mi análisis en tres apartados: en primer lugar, ofreceré unos pocos datos sobre el género de la comedia de magia, en que se inscribe esta pieza; a continuación, iré comentando los bloques en que puede deslindarse la acción de la comedia; y, en un último apartado, resumiré los principales aspectos dignos de comentario en cuanto a estructura, personajes, recursos escénicos y rasgos estilísticos[2].


[1] Don Quijote es personaje llevado a las tablas desde fechas muy cercanas a la publicación de la novela cervantina, siempre como figura ridícula. Así, sobre él escribieron comedias Guillén de Castro (Don Quijote de la Mancha, publicada en la Parte primera de sus comedias, Valencia, 1621); y, con el mismo título, Calderón de la Barca (perdida) y Matos Fragoso. Igualmente, Antonio José de Silva escribió un Don Quijote y Francisco José Montero Nayo una farsa jocoseria titulada Don Quijote renacido. Don Quijote aparecía también como figura grotesca en bailes y mascaradas, y tenemos también Los invencibles hechos de Don Quijote de la Mancha, entremés de Francisco de Ávila, publicado en la Octava parte de las Comedias de Lope de Vega, Barcelona, 1617 (incluido en la Colección de Cotarelo, núm. 52, pp. 198-203). A este respecto, ver Miguel Herrero, Entremés de don Quijote, Madrid, Revista bibliográfica y documental (Suplemento 1), 1948; Francisco García Pavón, Teatro menor del siglo XVII, Madrid, Taurus, 1964, pp. 127-152; Ricardo Senabre, «Una temprana parodia del Quijote: Don Pascual del Rábano», en Antonio Gallego Morell, Andrés Soria y Nicolás Marín (eds.), Estudios sobre literatura y arte dedicados al Profesor Emilio Orozco Díaz, Granada, Universidad de Granada, 1979, vol. III, pp. 349-361 (estudia ese Entremés de las aventuras del caballero Don Pascual del Rábano, ms. 16.785 de la BNM). René Andioc y Mireille Coulon, en Cartelera teatral madrileña del siglo XVIII (1708-1808), Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 1996, p. 696 nos informan de que el 11 de julio de 1768 se representó en el Teatro del Príncipe Don Quijote, sainete desconocido de Ramón de la Cruz. Gregorio Torres Nebrera ha estudiado la presencia de «Don Quijote en el teatro español del siglo XX», en Cervantes y el teatro, Madrid, Ministerio de Cultura / INAEM, 1992 (Cuadernos de teatro clásico, núm. 7), pp. 93-140, y recoge bibliografía como Felipe Pérez Capo, El «Quijote» en el teatro. Repertorio cronológico de 290 producciones escénicas relacionadas con la inmortal obra de Cervantes, Barcelona, Ed. Millá, 1947.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: la reconstrucción arqueológica

La reconstrucción «arqueológica» de la época novelada es muy lograda, porque el autor, Francisco Navarro Villoslada[1], presta mucha atención a la descripción de vestidos, armas, edificios y mobiliario. Cuando la reina visita a Ramiro en su prisión, se nos indica que aparece «en cabellos, sin tocas y sin manto, con una simple túnica blanca de manga larga y recogida en pliegues a la cintura por un ceñidor de hilos de oro». Don Ataúlfo aparece el día de su boda «ricamente vestido de túnica y manto de escarlata recamada de oro con bárbara profusión, si no con gusto delicado»; y su caballo lleva una «gualdrapa de seda recamada de oro». Con detalle se describe asimismo el traje del Conde de Lara:

El vestido, tan airoso como rico, componíase de una túnica de lana blanca con orlas de oro, bajo las cuales se descubrían los elegantes pies calzados de borceguíes puntiagudos, y las espuelas de oro que sonaban a cada paso. En una de sus blancas y femeniles manos, adornada de anillos, tenía un birrete negro con cintillos que, colocado en la cabeza, apenas le llegaría a la frente. Un tahalí rojo, del cual pendía la espada, marcaba el delicado talle de tan apuesto galán.

Más tarde la reina se refiere a su costumbre de vestir al estilo oriental y de bañarse como los infieles, y anota el autor: «Al paso que algunos monarcas y principales caballeros de aquel tiempo vestían públicamente trajes musulmanes, estaban prohibidos los baños». La misma minuciosidad se observa en la descripción del pobre traje de mendigo que viste Pelayo. Cuando el narrador describe el arnés del Conde de Lara explica que «comenzábanse a ver entonces completas armaduras de hojas de hierro que reemplazaban a las de malla». El detallismo del narrador aparece de nuevo en la descripción de las armas de sus soldados:

Entró en la ciudad el Conde de Lara armado de punta en blanco, caballero en un hermoso corcel normando y rodeado de escuderos y pajes, que deslumbraban por el lujo de sus arreos y por las brillantes armaduras que ostentaban. Cotas de hierro bruñido o de escamas y de malla con golpes de plata, garzotas y penachos de todos colores, blancas sobrevestas con franjas doradas, gualdrapas de pesada sedería y paramentos de hierro empavonado con labores y filetes de oro, escudos con las calderas jaqueladas, con serpientes por asas, capacetes brillantes y celadas enteras, lanzas con pendoncillos, formaban un conjunto magnífico, que contrastaba notablemente con el modesto acompañamiento que trajo el Conde de los Notarios cuando algunas horas antes llegó con el mismo objeto de libertar a la Reina.

Caballero medieval

Igualmente se reflejan en la novela algunas instituciones y leyes de la época, las comidas, los usos y costumbres, etc., que transmiten una imagen de la rudeza, la incultura y la crueldad generalizadas en aquel tiempo. Sobre la parte histórica de la novela y la reconstrucción de aquella sociedad medieval ha escrito Zellers:

Navarro Villoslada recita historia verídica. […] Pocos autores de la época moderna se han compenetrado con la Edad Media con mano tan hábil como Navarro Villoslada. Lo abarca todo, costumbres, clérigos, cortesanos, villanos, y los resucita de una manera que hace creer que nos hemos remontado al siglo xii. Además, es sumamente justo con todos estos tipos y enlaza sus acciones con el hilo del cuento de una manera que recuerda el admirable procedimiento de Scott[2].


[1] Para más detalles remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Guillermo Zellers, La novela histórica romántica en España (1828-1850), Nueva York, Instituto de las Españas, 1938, p. 123. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.