El lujo y afán de ostentación del Barroco en «Por ver mi estrella María» de Néstor Luján

En otro orden de cosas, aparece reflejada en algunos momentos de la novela de Néstor Luján la decadencia de España, y se apunta una de sus razones, la inexistencia de una burguesía fuerte, de una clase media capaz de articular los distintos estamentos del país. Es Hugo de nuevo quien pronuncia estas palabras:

—Al atravesar la frontera iba pensando en qué tierra estaba, qué rey gobernaba a estos reinos y cómo podía tener tan gran rey tan despoblada la triste y espaciosa nación. Luego, en Madrid me di cuenta de lo que decía antes: una capital crecida con la supremacía de la aristocracia terrateniente, convertida de pronto en un mundillo mezquino y cortesano. Me espanté, como hombre educado en Flandes, de la ausencia de una burguesía que en nuestros países es tan importante […] y no digamos en Londres o en Venecia. Y no hay tal burguesía no tan sólo a causa del sorprendente menosprecio de los españoles por los trabajos serviles, sino por la emigración a América. Así pues, ha quedado tan sólo una nobleza nula, emperejilada y débil (p. 209; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988).

Y en otro lugar leemos:

—Paréceme ­—dice don Juan— que el español, a medida que se va dejando ganar por la desilusión, por la falta de fuerzas para hacer grandes cosas, se ha entregado al vicio de mirarlas. España se pierde en su laberinto teatral y lo hace para enterarse de lo que ha sido y lo que debería ser (p. 27).

Sin embargo, la crisis económica no es óbice para el lujo y el despilfarro que presiden la vida cortesana:

En los cortejos, la prodigalidad, la ostentación y los gastos se lleva a un exceso tan extraordinario que parece ser que cuesta trabajo creerlo. Hasta las damas de mayor alcurnia, las más honestas y entonadas, aceptan regalos. No obstante, aquí se considera la cosa más corriente del mundo porque la rivalidad y la emulación entre los nobles acaban con cualquier moderación impuesta por las leyes contra el lujo. Quienes llegan a mayores extremos de liberalidad son tenidos en mayor estima, no solamente por los cortesanos en general, sino también por las personas reales, que se entretienen comentando la relación de los regalos dados y de las atenciones mostradas que las damas refieren a diario (p. 75).

Tratado de los PirineosEsta nobleza anquilosada y, en muchos casos, arruinada estima mucho más la sangre, la antigüedad de su linaje, que el dinero, del que empieza a carecer. Así nos lo muestran estas palabras que dirige a Hugo don Francisco, noble portugués que hace referencia a la condición de sus compatriotas, muy pagados de sus títulos:

—Sé, porque habéis tenido la generosidad de contármelo, vuestra historia y la de vuestra familia. He de decir que en fortuna no cede, sino que quizá supera, a la dote que tendrá María pero, en cambio, y permitidme que lo diga sin falsos circunloquios, para casaros en Madrid o en Lisboa, con todo el boato que acostumbran las familias de nuestra hidalguía, no tenéis títulos nobiliarios ni arraigo entre nosotros. Posesiones, dominios, legajos, cuarteles de nobleza y frondosidad genealógica. Será una boda muy difícil, a la cual no sé si el rey daría su autorización… (p. 101).

El afán de ostentar se extiende a las clases inferiores: todo el mundo desea disponer de coche.

CarruajeContra esa moda (y contra los actos pecaminosos que encubre) clama Quevedo (en la novela) de la siguiente manera:

—Señores, perdonadme, pero he estado estorbado por este mar de coches que es la Corte en un día de fiesta real de toros. Los hay como naves en el mar. […] Dícese que las mujeres, aun de las clases más modestas, deben proteger sus pies. Llevan como empeño de honor circular en coche, que se han convertido, por otra parte, en verdaderos navíos de iniquidad. No podéis figuraros lo que rueda el pecado en ellos. Doncella sube por una ventana que, con sólo pasar el carruaje, sale madre en vísperas por la otra. […] ¡Oh, coches, coches, cuánto daño hacéis a nuestro reino! ¡Cuántas casas habéis de destruir, cuántos casados habéis de descasar, cuántos ricos habéis de empobrecer, cuántos celos y recelos habéis de engendrar, cuántas honras habéis de poner en disputa, cuántas familias habéis de descomponer! (pp. 155-156).

Estas alusiones al abuso de los coches[1], y también indirectamente a los lodos (la suciedad) de las calles de Madrid, son eco de muchos pasajes de la prosa y la poesía satírico-burlesca de Quevedo[2].


[1] Tirso aludiría a esa costumbre con el neologismo cochizar; y menciones parecidas se encuentran en muchos otros autores.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

Lope y Lucinda: nuevas evocaciones poéticas

A su amada Lucinda (Micaela de Luján) Lope de Vega la evoca continuamente en varios poemas amorosos publicados en las Rimas, como en la Égloga segunda de Elisio[1]:

Luz que alumbras el sol, Lucinda hermosa,
que aun no te precias de volver los ojos
al alma que llamabas dueño suyo,
si vives porque vivo, desdeñosa,
acaba por mi vida tus enojos,
pues no has de hallar defensa en lo que es tuyo.
El cuello es este, no dirás que huyo;
desnudo de mi propia resistencia
le ofrezco a tu clemencia.

[…]

Dulcísima homicida,
no mates con desdenes mi esperanza;
antes la vida muera,
que el bien que no se alcanza,
al fin es bien, mientras gozarse espera.

Y también en otras composiciones, como estos dos sonetos:

Belleza singular, ingenio raro,
fuera del natural curso del cielo,
Etna de amor, que de tu mismo hielo
despides llamas entre mármol paro;

sol de hermosura, entendimiento claro,
alma dichosa en cristalino velo,
norte del mar, admiración del suelo,
émula al sol como a la luna el faro.

Milagro del Autor de cielo y tierra,
bien de naturaleza el más perfeto,
Lucinda hermosa en quien mi luz se encierra;

nieve en blancura y fuego en el efeto,
paz de los ojos y del alma guerra:
dame a escribir, como a penar, sujeto.

Nieve y fuego en el Etna

Blancos y verdes álamos, un día
vi yo a Lucinda a vuestros pies sentada,
dándole en flores su ribera helada
el censo que a los suyos le debía.

Aquí pedazos de cristal corría
esta parlera fuente despeñada,
y la voz de Narciso enamorada,
cuanto ella murmuraba, repetía.

Aquí le hurtaba el viento mil suspiros,
hasta que vine yo, que los detuve
porque era el blanco de sus dulces tiros.

Aquí tan loco de mirarla estuve
que, de niñas sirviendo a sus zafiros,
dentro del sol sin abrasarme anduve.

Álamos


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

El reflejo de la sociedad barroca en «Por ver mi estrella María» de Néstor Luján

Mencionaba en una entrada anterior que Néstor Luján cuenta entre su producción con un par de obras de divulgación, La vida cotidiana en el Siglo de Oro español y Madrid de los últimos Austrias, en las que se refiere a las costumbres de aquella época: las modas, el vestido, las comidas, el teatro, los toros, el juego, el mundo del hampa… Pues bien, todo ese conocimiento «teórico» le sirve al autor para la ambientación de su novela. El lector puede contemplar una serie de estampas de ambientación histórico-costumbrista —digámoslo así— como telón de fondo de la acción. Vemos, en efecto, a las dueñas parlanchinas y sus damas con sus verdugados, sus guardainfantes y sus chapines[1], sus afeites y cosméticos; vemos tapadas de medio ojo y lindos, pícaros valentones, matasietes y rufianes, lacayos con sus ricas libreas, trotonas y desuellacaras; vemos las intrigas cortesanas, el poder de los validos, los enanos y bufones de la Corte, los literatos y sus rencillas, las creencias y supersticiones del momento o el lujo y despilfarro de los nobles[2].

Son muchas las referencias, de mayor o menor extensión, a cuestiones relativas a la sociedad aurisecular. Un aspecto que destaca es todo lo relacionado con el teatro y la importancia de las representaciones en ese siglo XVII. Consideremos estas dos citas:

Cualquier fiesta es ocasión de representaciones teatrales en las casas. Bodas, bautizos, promoción de destinos, santos y cumpleaños, y hasta religiosas, hacen que cualquier señor atraiga en cualquier patio de su palacio o en su salón a una prestigiosa compañía de cómicos. Es muy curioso que un pueblo de hoy, con todas las tragedias, las continuas guerras, los azares de la política y las necesidades del hambre viva tal ansiedad por ver constantemente mitos sobre las tablas (p. 26).

Cuando desembocaron en el Corral de la Pacheca, […] el bullicio era impresionante. Llegaban carrozas, tiradas por briosas mulas con cascabeles, literas, sillas de mano, gente a caballo y sobre todo una muchedumbre a pie: caballeros, soldados, tusonas tapadas y sin tapar, gentes de los más variados oficios, desde ganapanes y aguadores a lacayos, poetas, pajes, rufianes, espadachines, artesanos: todo Madrid, desde el más bajo pueblo a la más repintada aristocracia, tenía allí puesto y parada (p. 41).

Son palabras que nos hablan del teatro áureo como espectáculo de masas, como una de las pocas diversiones de la época para todas las clases sociales. No olvidemos que es el momento en que se ha producido la profesionalización del teatro y, en las décadas anteriores, han surgido los «corrales» de comedias, locales dedicados específicamente a las representaciones[3].

Corral de comedias de AlmagroEstas otras palabras de Hugo se refieren al gran creador de la comedia nacional:

—Me admira, aunque ya me voy acostumbrando, esta fiebre que domina Madrid el día del estreno de una comedia y más si es de Lope de Vega. Todo lo bueno es de Lope, se dice ya como adagio (p. 25).

Y ese capítulo se remata con este pasaje:

Doblaban las campanas de la iglesia de Santa María de Atocha. Se iba nublando el cielo, un gris cielo de marzo. Pero nada podía evitar que una secreta alegría agitara los corazones de los madrileños: una nueva comedia de Lope (p. 31)[4].


[1] En la época el canon de belleza exigía en las damas un pie pequeño (ver en la novela la p. 111; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988); por otra parte, era muy fuerte la carga erótica del pie desnudo.

[2] Se mencionan, por ejemplo, las pragmáticas de Olivares contra el lujo. Sin embargo, la novela nos habla también de una infanta María con sabañones (por el frío reinante en el Alcázar Real, p. 93) y «espantadiza de ratones» (que abundan en palacio, p. 118).

[3] Para un panorama del teatro español del XVII ver Ignacio Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, 4.ª ed., Madrid, Cátedra, 2008.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

Lope enamorado de Lucinda: prácticas galantes

En un soneto-aniversario (un tópico usual en la poesía de tradición petrarquesca), recogido en las Rimas (1602), evoca la fecha exacta en que conoció a su nueva amada, Micaela de Luján, una víspera del día de la Asunción, esto es, un 14 de agosto, probablemente el de 1598:

Era la alegre víspera del día
que la que sin igual nació en la tierra,
de la cárcel mortal y humana guerra
para la patria celestial salía

[…]

Cuando amor me enseñó la vez primera
de Lucinda, en su sol, los ojos bellos
y me abrasó como si rayo fuera.

Dulce prisión y dulce arder por ellos,
sin duda que su fuego fue mi espera,
que con verme morir, descanso en ellos.

Al firmar sus escritos, Lope antepone a su nombre una M, inicial de Micaela, práctica galante que él mismo había explicado en su comedia El dómine Lucas:

Porque es uso en corte usado,
cuando la carta se firma,
poner antes de la firma
la letra del nombre amado.

Firma de Lope de Vega con la inicial M (de Micaela) antepuesta

O le dedica bellos sonetos como este que, impreso en las Rimas, conoce otras dos versiones, con ligeras variantes, en la comedia Los comendadores de Córdoba y en un manuscrito autógrafo de la Biblioteca Nacional:

Ya no quiero más bien que solo amaros,
ni más vida, Lucinda, que ofreceros
la que me dais cuando merezco veros,
ni ver más luz que vuestros ojos claros.

Para vivir me basta desearos;
para ser venturoso, conoceros;
para admirar el mundo, engrandeceros,
y para ser Eróstrato, abrasaros.

Erostrato

La pluma y lengua, respondiendo a coros,
quieren al cielo espléndido subiros,
donde están los espíritus más puros;

que entre tales riquezas y tesoros,
mis lágrimas, mis versos, mis suspiros
de olvido y tiempo vivirán seguros.

«Por ver mi estrella María» de Néstor Luján: los personajes de ficción

Frente a los personajes históricos del príncipe Carlos y la infanta María, los ficticios de Hugo y María nos resultan mucho más familiares, simpáticos y cercanos: el lector puede identificarse con sus aventuras y, seguramente, deseará el triunfo de su amor. Aquí no hay intrigas palaciegas que distraigan nuestra atención. El mundo de validos, privados y cortesanos queda lejos de esta pareja que vive, simplemente, una sincera historia de amor; un amor sencillo, lejos de las principescas complicaciones antes referidas.

Hugo es un hombre bonachón, aventurero, bebedor y vividor. María, una mujer delicada, elegante, hermosa y muy, muy femenina. Un carácter demasiado moderno y abierto para la época en que vive, tal como muestran estas palabras suyas:

—Quiero levantarme de una vez de los grandes almohadones, no sentarme más a la morisca, vivir al lado de un hombre, reír con él, comer con él, embriagarme si es preciso con él, vivir, amarle, darnos un igual y mutuo placer, ser católica y no dejar de ser alegre, no beatona ni gazmoña, ni remilgada. […] Deseo andar los siete mares del mundo, conocer países, tener hijos, reír con gusto. […] Vivir, ser esposa y madre. He aquí lo que me ofrece don Hugo (pp. 82-83; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988).

Lo dice expresamente el propio Néstor Luján: «De las dos estrellas Marías, ésta es la fulgurante» (p. 237).

Otros personajes destacados son Dorotea y Francisco, criados de María y Hugo, respectivamente. Les ocurre como a los criados de las comedias auriseculares, que también se enamoran entre sí (amor paralelo al de sus amos en un nivel inferior de la escala social), circunstancia que ellos mismos comentan. Sir Kenelm Digby, el conde de Gondomar y Francisco de Tabora, tío de María de Coutiño, tienen relevancia en toda la intriga que rodea al viaje de Carlos. Finalmente, hay en la novela muchos otros personajes reales, históricos:

Felipe IV de España, por Velázquez

Felipe IV, el conde-duque de Olivares[1], Juan Pérez de Montalbán, Quevedo, Antonio Hurtado de Mendoza, Lope de Vega, Francisco de Rioja, Roque Guinart, etc. No es solo que se aluda a ellos, sino que varios aparecen en algunos episodios como protagonistas secundarios[2].


[1] Se ofrece una imagen bastante negativa de Felipe IV, caracterizado como abúlico, inexperto e indolente (pp. 70-71; «ante las decisiones más perezoso que un lagarto», p. 146), entretenido de continuo en amores con cómicas y damas; y más negativa todavía de Olivares (ver, por ejemplo, las pp. 66 y ss., 97, 119-121…).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

Un nuevo amor de Lope: Micaela de Luján

El matrimonio de conveniencia con Juana de Guardo no aplaca el carácter apasionado de Lope, a quien pronto vamos a ver echarse en brazos de otra mujer[1]. De 1599, el mismo año de publicación de El Isidro (glosa en quintillas de la vida del santo patrón madrileño), Fiestas de Denia y Romance a las venturosas bodas, parecen datar sus ardorosos amores con la bella e inculta Micaela de Luján, una cómica rubia, blanca de cutis, de grandes ojos «azules como el cielo y los zafiros», que aparecerá en sus escritos como Lucinda o Camila Lucinda (quizá también como Celia, aunque es discutida la identidad que se esconde tras este nombre poético).

Lope de Vega y Camila Lucinda, de Rodríguez Marín

La belleza de la nueva amante va a quedar reflejada en obras como La hermosura de Angélica, las Rimas y Jerusalén conquistada, así como en los poemas incluidos en El peregrino en su patria. Micaela estaba casada con el representante Diego Díaz, pero este había marchado a América hacia el año 1596 y moriría en el Perú en 1603. Como explica Pedraza:

Mientras el marido peregrinaba por las Indias, Lope y Micaela iban colocándole los hijos habidos en sus relaciones. Incluso estando ya muerto —noticia que aún no se conocía en Sevilla—, le atribuyeron la paternidad de Félix, bautizado el 19 de octubre de 1603.

Es posible que Lope conociera a su nuevo amor en Toledo; al menos, eso es lo que parecen indicar estos versos pertenecientes a la bellísima epístola «Serrana hermosa, que de nieve helada…», incluida en El peregrino en su patria:

Bajé a los llanos de esta humilde tierra
adonde me prendiste y cautivaste,
y yo fui esclavo de tu dulce guerra.

No estaba el Tajo con el verde engaste
de su florido margen cual solía,
cuando con esos pies su orilla honraste.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Por ver mi estrella María» de Néstor Luján: los personajes históricos

Néstor Luján nos ofrece en su novela toda una galería de personajes tanto históricos como de ficción. Destacan, sobre todo, las dos parejas de protagonistas. Comencemos por la formada por los personajes históricos.

Carlos, el príncipe de Gales, se nos aparece como hombre enamorado (y enamorado de oídas, como en muchos libros de caballerías y otras ficciones sentimentales[1]). Ama a la infanta española sin conocerla y por ella, para tratar de acelerar los trámites de la boda, realiza su aventurero viaje. Cuando María, por fin, se presenta ante sus ojos apenas puede conocerla y cortejarla. Sucede más bien todo lo contrario, puesto que la infanta le rechaza y ha de sufrir su desdén: no le ama y no está dispuesta a casarse con él, aunque no sabemos exactamente los motivos: ¿excesiva timidez?, ¿excesivo orgullo? Néstor Luján no profundiza demasiado en su carácter, presentándonos a la hija de Felipe III como una mujer simple y gazmoña.

María Ana de Austria, por Velázquez

Carlos solo puede dirigirle unas palabras, cuando se saludan en los actos oficiales. En una ocasión lo intenta de otra forma, presentándose por sorpresa ante ella. La reacción de la infanta habla mucho de su personalidad. Veamos cómo Gondomar refiere este episodio a Hugo:

—El príncipe de Gales se ha revelado como un héroe de una novela de caballerías. Incluso en una ocasión saltó una tapia del jardín del cuarto de la Infanta, mientras ésta pasaba, y cayó desairadamente rodando dentro del huerto. La Infanta María, asustadiza, espantada por sus confesores, en lugar de tenderle su blanca mano a besar, profirió un agudo grito lastimero y escapó como alma que lleva el diablo. El pobre príncipe, enjoyado, con sombrero emplumado, sucio de lodo y aturdido de vergüenza, quedó como un espantapájaros en medio de las flores. Odiaba el ridículo y no quería repetir, emperejilado como iba, hecho un mayo, la escalada de la tapia y correr el peligro de volverse a caer. Declaró que no se movería de allí. Afortunadamente se le permitió salir por la puerta, mientras la Infanta estaba oculta, presa de un soponcio (p. 202; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988).

Gracioso episodio (también un tanto ridículo y grotesco) de un nuevo y torpe Calisto inglés, mutatis mutandis, y de una nueva Melibea, esta vez sin Celestina que predisponga su corazón en favor del atrevido galán[2].


[1] Ver Domingo Ynduráin, «Enamorarse de oídas», en Serta philologica: F. Lázaro Carreter natalem diem sexagesimum celebranti dicata, vol. II, Estudios de literatura y crítica textual, Madrid, Cátedra, 1983, pp. 589-603.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

Lope: nuevos hijos y nuevos libros

Lope pasa a vivir, al decir de Entrambasguas, en un ambiente familiar entre burgués y mercantil[1]. Su mujer, Juana de Guardo, es enfermiza y nada atractiva, y todo parece apuntar a que, en efecto, no se trató de un matrimonio por amor, sino por interés. Hijos del nuevo matrimonio serán Jacinta (nacida en 1599 y muerta en la infancia), Juana (de la que apenas queda noticia, fallecida también en temprana edad), Carlos Félix (uno de los hijos predilectos del Fénix, nacido en Toledo en 1606 y muerto en Madrid en 1612) y Feliciana (nacida en 1613 en Madrid, que sobrevivirá largos años a su padre, pues fallecería en 1657). El matrimonio vivirá sucesivamente en Madrid (1598-1604), en Toledo (1604-1610) y otra vez en Madrid (1610-1613), pero con ausencias prolongadas de Lope que se irán comentando en próximas entradas.

Sigue escribiendo comedias y ese año de su segundo matrimonio publica La Dragontea, poema épico dedicado a la muerte del corsario Francis Drake. Sale también en 1598 su novela pastoril de la Arcadia, en cuya portada coloca el escudo atribuido a Bernardo del Carpio, que incluye diecinueve torres, el cual se repetirá al frente de otras obras posteriores como El peregrino en su patria (1604) y Jerusalén conquistada (1609).

Portada de la Arcadia de Lope de Vega

La inclusión de ese escudo, con el que se estaba atribuyendo una nobleza que no le correspondía, causaría la reacción de sus enemigos, con Góngora a la cabeza.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Por ver mi estrella María» de Néstor Luján: tiempo y espacio

La acción de la novela de Néstor Luján transcurre en el Madrid de 1623, con una gran concreción espacio-temporal. Podemos fijar exactamente las dos fechas que enmarcan los acontecimientos, que ocurren entre el 17 de marzo y el 9 de septiembre de ese año. Los principales saltos temporales se producen entre el final de una parte y el comienzo de la siguiente. Así, la segunda empieza con estas palabras: «Habían transcurrido dos meses» (p. 117; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988). Como ya indiqué en una entrada anterior, en el índice onomástico final se nos informa de sucesos ocurridos varios años después[1].

En cuanto al espacio, Néstor Luján afirma haber manejado como documentación un plano del Madrid del XVII, «el de Teixeira, que ha sido una pieza insustituible para orientarme en el dédalo del Madrid de los Austrias» (p. 249, en la sección de agradecimientos).

Plano de Madrid de Pedro Teixeira (1656)

Microespacios dentro de este espacio más amplio son la casa de lord Digby, llamada «de las Siete Chimeneas», la de Hugo, la de don Francisco o la del doctor Fonseca, capellán real, el Corral de la Pacheca (donde asistimos a una representación teatral), la residencia del conde de Gondomar, el despacho de Olivares, el palacio del Real Alcázar, el Real Monasterio de San Jerónimo, la Plaza Mayor (escenario de una fiesta de toros), el mesón de la Torrecilla Vieja, en la calle de Toledo, la venta del Santo Cristo del Coloquio, el convento de los comendadores de Santiago, en las afueras de Madrid o El Pardo (allí tiene lugar la cacería de despedida a los ingleses). Solo en dos ocasiones nos alejamos del suelo madrileño: con el viaje de Hugo a Inglaterra y al marcharse los invitados reales, que embarcan en Santander[2].


[1] Por ejemplo, de Dorotea, la sirvienta de María de Coutiño, se dice que «casó con Francisco, el criado ya con categoría de escudero, de Hugo von Stein y le siguieron ambos en sus viajes y aventuras. Tuvieron una notable descendencia» (p. 239).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

Segundas nupcias de Lope: Juana de Guardo

El año de 1598 Lope contrae su segundo matrimonio, con Juana de Guardo, hija de Antonio de Guardo y María de Collantes[1]. Los esponsales se celebraron el 25 de abril de 1598 en la parroquia de la santa Cruz de Madrid y el 3 de mayo se veló el matrimonio en la iglesia de san Blas. El padre de la novia era un rico mayorista que abastecía la Corte de carnes y pescados, propietario de unas casas y saladero junto al rastro y de un mesón. Juana lleva como dote al matrimonio 22.382 reales de plata doble, mientras que el novio le promete 500 ducados en arras.

Los matarifes

Pero el nuevo suegro de Lope era bastante avariento y, al parecer, esa cuantiosa dote no se llegó a hacer efectiva, al menos no en su totalidad. En cualquier caso, Góngora y otros enemigos literarios del Fénix no desaprovecharon la ocasión de zaherirlo acusándole de casarse por dinero; se trataba ciertamente de un matrimonio en apariencia muy ventajoso pero que, con sus tintes burgueses, le apartaba del mundo nobiliario al que pretendía acercarse. Estos versos alusivos pertenecen a una décima atribuida a Góngora y también a Quevedo:

Fue paje, poco estudiante,
sempiterno amancebado,
casó con carne y pescado…


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.