Cervantes poeta: dos sonetos de Lotario

Primero de los sonetos de la historia intercalada de El curioso impertinente, compuesto por Lotario[1] (tomado, con retoques, de La casa de los celos, donde abría la tercera jornada). Lotario —que es con quien se identifica el yo lírico— se pasa el día quejándose y lamentando la ingratitud de Clori, mientras enamora a Camila, casada con Anselmo. Como se anota en la edición del Quijote coordinada por Rico, el poema —cuya cadencia marca muy bien el paso del tiempo: noche, amanecer, mediodía, noche— se apoya en Petrarca, Canzoniere, núm. CCXVI. Desde el punto de vista estilístico, cabe destacar la antítesis paralelística del verso 3 («la pobre cuenta de mis ricos males») y el verso final también bimembre: «al cielo sordo, a Clori sin oídos» (como también lo era el undécimo, «el llanto crece y doblo los gemidos»), donde resulta patente que no hay variación en la situación del amante, para quien solo queda el sufrimiento.

En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sueño a los mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando.

Y al tiempo cuando el sol se va mostrando
por las rosadas puertas orientales,
con suspiros y acentos desiguales
voy la antigua querella renovando.

Y cuando el sol, de su estrellado asiento
derechos rayos a la tierra envía,
el llanto crece y doblo los gemidos.

Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento
y siempre hallo, en mi mortal porfía,
al cielo sordo, a Clori sin oídos.

(Quijote, I, 34, ed. Rico, p. 399)

Segundo soneto de Lotario, que forma serie con el anterior e insiste en el tópico de la «amada enemiga». Camila, sabiendo que ella es la Clori aludida en el texto anterior, le pide que recite más poemas, si sabe algún otro, y Lotario indica: «Sí sé […], pero no creo que es tan bueno como el primero, o, por mejor decir, menos malo» (Quijote, I, 34, ed. Rico, p. 400). Tras ser recitado, anota el narrador: «También alabó este segundo soneto Anselmo como había hecho el primero añadiendo eslabón a eslabón a la cadena con que se enlazaba y trababa su deshonra» (p. 401). Ahora el yo lírico anuncia su muerte desde el primer verso y se sigue quejando de su «bella ingrata» (v. 3), aunque insiste en que no se arrepiente de adorarla. El segundo cuarteto retoma el motivo neoplatónico del rostro dibujado (aquí, esculpido) en el pecho del amante. El segundo terceto desarrolla la imagen de la navegación peligrosa, sin esperanza de llegar a seguro puerto[2].

Navegación peligrosa

Como se anota en la edición de Rico, los versos 1 y 8 son ecos de Garcilaso, sonetos I, verso 7, «sé que me acabo, y más he yo sentido», y V, verso 1, «Escrito‘stá en mi alma vuestro gesto». Añadiré que el verso 5, «Podré yo verme en la región de olvido», es otro eco garcilasista que evoca el verso 14 del soneto XXXVIII, «por la oscura región de vuestro olvido».

Yo sé que muero, y si no soy creído,
es más cierto el morir, como es más cierto
verme a tus pies, ¡oh bella ingrata!, muerto,
antes que de adorarte arrepentido.

Podré yo verme en la región de olvido,
de vida y gloria y de favor desierto,
y allí verse podrá en mi pecho abierto
como tu hermoso rostro está esculpido.

Que esta reliquia guardo para el duro
trance que me amenaza mi porfía,
que en tu mismo rigor se fortalece.

¡Ay de aquel que navega, el cielo escuro,
por mar no usado y peligrosa vía,
adonde norte o puerto no se ofrece!

(Quijote, I, 34, ed. Rico, p. 400)


[1] Lotario ha dicho a Anselmo que corteja a una tal Clori, y Anselmo pide a su amigo les recite alguna composición dedicada a esa Clori; Lotario explica que «cuando algún amante loa a su dama de hermosa y la nota de cruel, ningún oprobrio hace a su buen crédito; pero, sea lo que fuere, lo que sé decir, que ayer hice un soneto a la ingratitud desta Clori, que dice ansí» (Quijote, ed. Rico, p. 399). Y luego se añade: «Bien le pareció el soneto a Camila, pero mejor a Anselmo, pues le alabó y dijo que era demasiadamente cruel la dama que a tan claras verdades no correspondía» (p. 400). Para los dos sonetos de Lotario véase Pedro Ruiz Pérez, «Contexto crítico de la poesía de Cervantes», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, XVII, 1, 1997, pp. 73-75. Para Francisco Ynduráin, «La poesía de Cervantes: aproximaciones», Edad de Oro, IV, 1985, p. 224, se da así un juego de elegancia espiritual entre prosa y verso: «en el texto narrativo, los dos sonetos refuerzan y dan relevancia a las pasiones celadas, de que el lector tiene la clave». Andrés Amorós, «Los poemas de El Quijote», en Manuel Criado de Val (dir.), Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, p. 710, al clasificar los poemas del Quijote, incluye estos dos sonetos en el apartado de «poesía de meditación».

[2] La misma imagen de la navegación se reitera en otros sonetos cervantinos. El sintagma «no usado» se repite en el soneto del enamorado portugués del Persiles que comienza «Mar sesgo, viento largo, estrella clara, / camino, aunque no usado, alegre y cierto».

«Cervantes no escribió el “Quijote”»

Tan radical, atrevida y peregrina afirmación no es, por supuesto, mía, ni se trata tampoco de una de las bromas propias de un 28 de diciembre, Día de los Inocentes, a la que haya querido dar entrada hoy en el blog. La afirmación es del Prof. Francisco Calero Calero (UNED) y fue enunciada en una conferencia que tuvo lugar el pasado viernes 21 de diciembre en la Universidad de Navarra, en el marco de una reunión del Grupo de Estudios Medievales y Renacentistas (GEMYR), dirigido por Javier Vergara Ciordia (UNED). Su argumento es en esencia que, dado que en el Quijote hay un conocimiento «en grado máximo» de las disciplinas universitarias, de varios saberes humanísticos (retórica, traducción, etc.) y, en general, de muchos otros conocimientos científicos (medicina, astronomía…), la novela no pudo ser escrita por alguien que no hubiese pasado por la Universidad; Cervantes no pasó por la Universidad, ergo Cervantes no es el autor del Quijote.

Cervantes

Por si algún curioso y desocupado lector estuviere interesado en ver con más detalle los argumentos del Prof. Calero, puede consultar su trabajo «Las disciplinas universitarias en el Quijote o “siendo de toda imposibilidad imposible”», publicado en Historia de la Educación. Revista interuniversitaria, 31, 2012, pp. 31-51 (confieso paladinamente que yo no lo he leído; con la conferencia ya tuve bastante…). Es más, a una pregunta mía, el Prof. Calero respondió que tampoco son de Cervantes ni las Novelas ejemplares, ni el Persiles, ni sus obras de teatro. El Prof. Calero prometió seguir investigando para proponer, en el plazo de un año, la posible identidad del autor del Quijote. Habrá que estar atentos, entonces, porque quizá haya que cambiar el nombre a la Asociación de Cervantistas y, de paso, tirar por la borda varios siglos de Cervantismo.

Interrogación

Y si hasta ahora teníamos el enigma de Avellaneda, es decir, el problema de no saber a ciencia cierta quién fue el enemigo de Cervantes que se le adelantó con la segunda parte apócrifa del Quijote, ahora se le vendría a sumar este otro enigma mayor de saber quién escribió el Quijote, pues resulta «de toda imposibilidad imposible» —según, claro, el Prof. Calero— que fuese Cervantes. Insisto en que no es inocentada y reitero que la idea se expuso públicamente el pasado 21 de diciembre en un ámbito académico: el Aula 30, ¡ay!, del Edificio Central de la Universidad de Navarra, el mismo espacio donde una semana atrás nos reuníamos 40 cervantistas de todo el mundo para hablar de las recreaciones cervantinas

La Navidad en las letras españolas: siglos XVI y XVII

A caballo de los siglos XVI y XVII se sitúa la figura de Francisco de Ocaña (1570-1630), autor de un Cancionero para cantar la noche de Pascua (1603). En «Camino de Belén»[1] pone estas palabras en boca de San José:

Caminad, Esposa,
Virgen singular,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Caminad, Señora,
bien de todo bien,
que antes de una hora
somos en Belén;
y allá muy bien
podréis reposar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Yo, Señora, siento
que vais fatigada[2]
y paso tormento
por veros cansada;
presto habrá posada
do podréis holgar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Señora, en Belén
ya presto seremos;
que allí habrá bien
do nos alberguemos;
parientes tenemos
con quien[3] descansar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

¡Ay, Señora mía!,
si librada os viese,
de albricias daría
cuanto yo tuviese.
Este asno que fuese[4]
holgaría dar;
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Según vemos, el yo lírico enunciador del poema es San José y la composición se centra en la marcha de Nazaret a Belén de la Sagrada Familia, y concretamente en el desamparo y cansancio de la Virgen María, a la que su esposo trata de consolar con la esperanza de llegar a un refugio que se adivina ya cercano.

Nacimiento de Cristo

Y Juan Díaz Rengifo tiene otro poema dedicado «Al Niño Jesús», que dice así:

Soles claros son
tus ojuelos bellos,
oro los cabellos,
fuego el corazón.

Rayos celestiales
echan tus mejillas,
son tus lagrimillas
perlas orientales,
tus labios corales,
tu llanto es canción,
oro los cabellos,
fuego el corazón.

Niño divino,
Niño adorado,
mi bien amado,
mi buen Pastor,
estos pastorcitos
que tanto te aman
humildes te aclaman,
escucha su voz.

En el pesebre
sobre unas pajas,
con pobres fajas
veo a mi amor;
llora y tirita,
mas no de frío,
del hombre impío
siente el rigor.

Mortal que lloras
los grandes daños
que tantos años
tu culpa da,
con gran anhelo
busca gozoso
al Niño hermoso
nacido ya.

Niño divino,
ven a mi pecho,
que dulce lecho
te quiero dar,
y si en las pajas
lloras de frío,
arrullo mío
te hará callar.

Como podemos apreciar, la primera parte se detiene en la descripción física del Niño, mientras que la segunda insiste en el llanto del recién nacido, que llora, pero no de frío, sino al ver el rigor del hombre y su maldad.

Por su parte, José de Valdivielso dedicó un romancillo al «Día de la Epifanía, descubierto el Santísimo Sacramento», con el hermoso estribillo:

Atabales tocan
en Belén, pastor;
trompeticas suenan,
alégrame el son.

Podríamos recordar asimismo un romance de Bartolomé Leonardo de Argensola, «En la fiesta del Nacimiento de Cristo», que repite estos versos:

Vos, gloriosa Madre,
que le dais el pecho,
recogednos las perlas
que vierte gimiendo;
que por ser de sus ojos,
no tienen precio.

El poema se centra también en el llanto que derrama el Niño-Dios al nacer, indicando que esas lágrimas serán «general remedio» para el hombre, al que devuelve al estado de gracia anterior al pecado original.

Asimismo se pueden traer a colación otros versos, no menos famosos que los de Lope que veíamos el otro día, que Luis de Góngora dedicó igualmente «Al nacimiento de Cristo Nuestro Señor», y que glosan el estribillo:

Caído se le ha un Clavel
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno
porque ha caído sobre él!

Donde la Aurora es, claro está, la Virgen María, y el Clavel —con mayúscula— que ha caído sobre el heno es el Niño Jesús.


[1] Ver Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999, p. 131.

[2] siento / que vais fatigada: lamento que vayáis fatigada.

[3] quien: quienes.

[4] Este asno que fuese: aunque fuese este asno, incluso este asno.

La Navidad en las letras españolas: Lope de Vega

(Hoy es Navidad, y la Princesa, los dos Guerreros y el Guardián de la Ínsula Barañaria también quieren desear unas muy felices Fiestas a todos los insulanos, es decir, a todos los que visitan este blog regular o esporádicamente…)

En la época áurea, es imposible olvidarse del Fénix de los ingenios españoles, el inmortal Lope de Vega, autor que nos dejó numerosos villancicos y coplas navideñas de subida belleza. Ciertamente, solo con poemas de Lope se podría compilar una magnífica antología de poesía de Navidad. Cabe destacar, por ejemplo, su poema titulado «El sol vencido», un romance endecha que refiere los celos que de María tiene el astro sol «porque vio en sus brazos / otro Sol mayor». Muy hermoso es «Campanitas de Belén», que comienza así:

Campanitas de Belén,
tocad al Alba que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que della nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre:
din, din, din, que vino en fin,
don, don, don, San Salvador,
dan, dan, dan, que hoy nos le dan,
tocan y tañen a gloria en el cielo
y en la tierra tocan a paz.

Lo reproduzco entero en otra entrada del blog. Otro romance, «El evangelio de san Juan», parafrasea en verso ese célebre pasaje evangélico en que se nos anuncia que «El Verbo carne se hizo». Otro «Al Nacimiento» evoca a los pastores guardando el ganado y el aviso angelical:

¡Gloria a Dios en las alturas,
paz en la tierra a los hombres,
Dios ha nacido en Belén
en esta dichosa noche!

Los pastores se acercan al portal con palmas y laureles y el Niño sonríe; y la composición se remata con una petición al alma para que ella también ofrezca a Jesús sus dones. Y todavía podríamos seguir citando versos del gran Lope. Así, su villancico «Al Nacimiento del Hijo de Dios», que lleva por estribillo[1]:

Norabuena vengáis al mundo,
Niño de perlas,
que sin vuestra vista
no hay hora buena.

Pero, quizá, los más famosos versos navideños del Fénix sean aquellos tantas veces antologados:

Las pajas del pesebre,
niño de Belén,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Lloráis entre las pajas
de frío que tenéis,
hermoso Niño mío,
y de calor también.

Dormid, Cordero santo,
mi vida, no lloréis,
que si os escucha el lobo,
vendrá por vos, mi bien.

Dormid entre las pajas,
que aunque frías las veis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Las que para abrigaros
tan blandas hoy se ven
serán mañana espinas
en corona cruel.

Mas no quiero deciros,
aunque vos lo sabéis,
palabras de pesar
en días de placer.

Que aunque tan grandes deudas
en paja cobréis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Dejad el tierno llanto,
divino Emanuel,
que perlas entre pajas
se pierden sin por qué.

No piense vuestra madre
que ya Jerusalén
previene sus dolores
y llore con José.

Que aunque pajas no sean
corona para Rey,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Niño Jesús en el pesebre

Hermosos versos en los que, además de cantarse la alegría por el nacimiento («flores y rosas»), se anticipa el dolor («hiel») de la Pasión.


[1] Y otros poemas repiten distintos estribillos: «con unos ojuelos mira / que penetra el corazón»; «Quedito, que duerme ahí», etc.

Cervantes poeta: sonetos de Gelasia y Elicio

Va el comentario de los dos últimos sonetos que selecciono de La Galatea. Es el primero, el famoso de Gelasia, un buen soneto, de gran tensión poética, construido con una serie de interrogaciones retóricas y un hermosísimo verso final con el que la pastora pondera su entera libertad para amar o no amar[1]. Gelasia protesta contra el «falso amor» (v. 11) y añade una enumeración de sus perniciosos efectos. Para Vicente Gaos, es una de las más logradas composiciones líricas cervantinas y una de las más bellas poesías españolas, injustamente no incluida en las antologías. Pedro Ruiz Pérez ha señalado el contraste bitemático que establece la estructura polar manierista y el rotundo terceto final con la aparición del yo lírico, que rompe la trabada estructura paralelística[2]. Por mi parte, no dejo de preguntarme si la repetición del adjetivo frescas en el segundo verso es voluntaria, con función estilística, o tal vez un error en la transmisión textual (en mi opinión, el verso sonaría mejor evitando esa repetición, con adjetivos distintos aplicados a cada sustantivo: podría ser algo así como «las frescas yerbas y las claras fuentes»).

¿Quién dejará del verde prado umbroso
las frescas yerbas y las frescas fuentes?
¿Quién de seguir con pasos diligentes
la suelta liebre o jabalí cerdoso?

¿Quién, con el son amigo y sonoroso,
no detendrá las aves inocentes?
¿Quién, en las horas de la siesta ardientes,
no buscará en las selvas el reposo,

por seguir los incendios, los temores,
los celos, iras, rabias, muertes, penas,
del falso amor, que tanto aflige al mundo?

Del campo son y han sido mis amores;
rosas son y jazmines mis cadenas;
libre nascí, y en libertad me fundo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 137b)

 Rosas y cadenas

En el soneto de Elicio, el yo lírico, que se encuentra en una situación de peligro en alta mar, amenazado por la tormenta, hace un voto: si sale con vida, dirá que el Amor es un gran bien y que pueden darse por buenos todos sus padecimientos; en el ejercicio amoroso no hay un justo medio, sino que todo es extremo. El soneto se construye con algunos versos paralelísticos, destacando además el quiasmo que articula los versos 10-11.

Si deste herviente mar y golfo insano,
donde tanto amenaza la tormenta,
libro la vida de tan dura afrenta
y toco el suelo venturoso y sano,

al aire alzadas una y otra mano,
con alma humilde y voluntad contenta,
haré que amor conozca, el cielo sienta,
qu’el bien les agradezco soberano.

Llamaré venturosos mis sospiros,
mis lágrimas tendré por agradables
por refrigerio el fuego en que me quemo.

Diré que son de Amor los recios tiros
dulces al alma, al cuerpo saludables,
y que en su bien no hay medio, sino estremo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 141a)


[1] Se trata de un personaje claramente emparentado con la Marcela del Quijote y su discurso sobre la libertad (compárese el verso 14 con las palabras de aquella otra pastora en I, 14: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos», ed. Rico, p. 154). Para ambas mujeres la libertad es la piedra fundamental de su sicología y su ética: «“Libre nací y en libertad me fundo”, canta Gelasia en La Galatea. Y esa libertad irrenunciable se refleja necesariamente en el desembarazo del estilo, en la desnudez de afeites retóricos y literarios —“rosas son y jazmines mis cadenas”, acaba de cantar Gelasia—, en la variabilidad y aparente anarquía del humor, en la falta de prejuicio técnico. Por ese sentimiento hondísimo de libertad, Cervantes creó la novela como género y la mayor novela como ejemplo. Pudo hacer otro tanto con la poesía, si para ello le hubiera asistido la gracia que no quiso darle el cielo. Al menos, él no se paró en barras y se comportó en verso con el mismo desparpajo y el mismo arrojarse por la calle de en medio de su inventora prosa» (Gerardo Diego, «Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, pp. 219-220). Eugenio Florit, «Algunos comentarios sobre la poesía de Cervantes», Revista Hispánica Moderna, XXXIV, 1968, p. 271 lo juzga así: «Soneto que es una bellísima contribución a la poesía de la vida retirada».

[2] «Y frente a la tensión de ese primer terceto, la sencillez formal de los tres últimos versos, “uno de los mejores tercetos de toda la poesía española”, en opinión de Blecua. En ellos, postergada según el esquema característico del soneto manierista, Cervantes concentra, con una capacidad de economía expresiva reservada únicamente al gran poeta, una apretada síntesis de elementos renacentistas, articulados en torno a una formulación del “Beatus ille” horaciano adecuada a la configuración ofrecida por el contexto de las convenciones de la novela pastoril en que se enmarca» (Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, p. 176).

Cervantes poeta: sonetos de Erastro y Timbrio

Sigo comentando sonetos insertos en la prosa de La Galatea. En el primero de ellos, el yo lírico, cuya voz corresponde a Erastro, pondera su voluntad de seguir amando, su constancia amorosa, pese a las dificultades que encuentra: caminos ásperos, noche cerrada, oscura y fría, falta de fuerzas, cercanía de la muerte. A pesar de todo, tiene fe para seguir firme su difícil camino, calificado como «estrecha vía» (v. 6). El primer terceto introduce una alegoría muy grata a Cervantes, la de la vida (en particular la vida amorosa) como navegación: en medio de los peligros del mar, y puesto casi al borde de la muerte («morir me veo», v. 5), el yo lírico espera llegar a un puerto seguro de salvación, siendo su fe amorosa la luz que le guía, a modo de faro, en la oscuridad.

Por ásperos caminos voy siguiendo
el fin dudoso de mi fantasía,
siempre en cerrada noche escura y fría
las fuerzas de la vida consumiendo.

Y, aunque morir me veo, no pretendo
salir un paso de la estrecha vía;
que en fe de la alta fe sin igual mía,
mayores miedos contrastar entiendo.

Mi fe es la luz que me señala el puerto
seguro a mi tormenta, y sola es ella
quien promete buen fin a mi viaje,

por más que el medio se me muestre incierto,
por más que el claro rayo de mi estrella
me encubra amor, y el cielo más me ultraje.

(La Galatea, Libro V, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 108a)

En el segundo soneto de hoy, es Timbrio quien pondera su constancia amorosa, su esperanza bien fundada, su firmeza en el amor: su sentimiento, afirma, no sufrirá ningún cambio, y antes se acabará su vida que su confianza. La piedra de toque para el pecho enamorado es el tormento, y él sigue constante pese a todos los peligros, simbolizados aquí en los monstruos marítimos Scila y Caribdis.

Scila y Caribdis

Encontramos, pues, de nuevo la consideración del amor como una peligrosa navegación, en medio de la tormenta, de la que solo se salvan los que tienen la constancia y la fe de llegar a seguro puerto. Cabe destacar además el hermoso remate del soneto, con dos bellos versos bimembres y la paronomasia de mar / amor.

Tan bien fundada tengo la esperanza,
que, aunque más sople riguroso viento,
no podrá desdecir de su cimiento:
tal fe, tal fuerza y tal valor alcanza.

Tan lejos voy de consentir mudanza
en mi firme amoroso pensamiento,
cuan cerca de acabar en mi tormento
antes la vida que la confianza.

Que si al contraste del amor vacila
el pecho enamorado, no meresce
del mesmo amor la dulce paz tranquila.

Por esto el mío, que su fe engrandece,
rabie Caribdis o amenace Cila,
al mar se arroja y al amor se ofresce.

(La Galatea, Libro V, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 109a-b)

Cervantes poeta: un soneto de Galatea en «La Galatea»

GalateaLa clasificación de la poesía cervantina podría hacerse por temas, géneros y estilos: poesía seria (amorosa, pastoril…), poesía satírico-burlesca, etc. O en función de las formas métricas utilizadas (poesía tradicional castellana vs. poesía italianizante). O bien atendiendo a su forma de publicación, con cuatro núcleos fundamentales: poesía incorporada a su narrativa, poesía inserta en su teatro, poemas sueltos y, aparte, el Viaje del Parnaso. Sea como sea, puede afirmarse que la poesía de Cervantes constituye un muestrario de los principales temas y preocupaciones presentes en el conjunto de su obra: el amor, la mujer, el mundo pastoril, la guerra y las armas, la libertad, la amistad, la reflexión sobre la literatura, la alegoría y el simbolismo, temas circunstanciales, etc. Pues bien, en sucesivas entradas del blog iré reproduciendo algunos poemas cervantinos, que irán acompañados por un breve comentario explicativo.

Comenzaremos hoy con un soneto de Galatea incluido en La Galatea (1585), novela pastoril de Cervantes en la que encontramos por definición genérica la mezcla de prosa y verso[1]. Entre las poesías abundan los sonetos. Este de Galatea es un texto muy artificioso, con un marcado estilo manierista[2], que se basa en series cuatrimembres continuadas: fuego … abrasa … consuma / lazo … aprieta … ciña / yelo … enfría … yele / flecha … hiere … mate (en los cuartetos);  fuego / ñudo / nieve / flecha y fuego / lazo / dardo / yelo (en los tercetos):

Afuera el fuego, el lazo, el yelo y flecha
de amor, que abrasa, aprieta, enfría y hiere;
que tal llama mi alma no la quiere,
ni queda de tal ñudo satisfecha.

Consuma, ciña, yele, mate; estrecha
tenga otra la voluntad cuanto quisiere,
que por dardo, o por nieve, o red no’spere
tener la mía en su calor deshecha.

Su fuego enfriará mi casto intento,
el ñudo romperé por fuerza o arte,
la nieve deshará mi ardiente celo,

la flecha embotará mi pensamiento;
y así no temeré en segura parte
de amor el fuego, el lazo, el dardo, el yelo[3].

El poema sirve a Galatea para mostrar su rechazo del sentimiento amoroso, al afirmar categóricamente que el amor jamás la tendrá sujeta (puede compararse con otro soneto de la misma obra, el de Gelasia que comienza «¿Quién dejará del verde prado umbroso / las frescas yerbas y las frescas fuentes? »).

Portada de La Galatea (1585)


[1] Para las funciones poéticas en La Galatea, véase Alicia Pérez Velasco, El diálogo verso-prosa en «La Galatea» de Cervantes, Ann Arbor (Michigan), UMI, 1991; Marcella Trambaioli, «La utilización de las funciones poéticas en La Galatea», Anales cervantinos, XXXI, 1993, pp. 51-73; y José Manuel Trabado Cabado, Poética y pragmática del discurso lírico: el cancionero pastoril de «La Galatea», Madrid, CSIC-Instituto de la Lengua Española, 2000. Los poemas de La Galatea los ha editado exentos Alfonso Martín Jiménez, Poemas de «La Galatea», Dueñas (Palencia), Simancas, 2002, dos vols.

[2] Para el manierismo de la poesía cervantina, véase José Miguel Caso González, «Cervantes, del Manierismo al Barroco», en Homenaje a José Manuel Blecua, Madrid, Gredos, 1983, pp. 141-150; y Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, pp. 165-177.

[3] Miguel de Cervantes, La Galatea, Libro I, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 25b.

Algunos problemas que plantea la poesía de Cervantes

Al tratar de valorar la capacidad lírica de Cervantes, nos enfrentamos con algunos problemas o dificultades, que me obligan a añadir las siguientes consideraciones:

1) Por un lado, la comparación inevitable con su prosa (la del Quijote, sobre todo), cuya calidad cimera hace que quede oscurecido o en un segundo plano de interés —y de atención por parte de la crítica— el resto de su producción[1] (las demás novelas que no son el Quijote, el teatro y la poesía).

2) Por otra parte, el juicio negativo de sus contemporáneos: sin duda, a muchos de ellos les escoció el éxito obtenido en 1605 por el advenedizo Cervantes, y sus jóvenes rivales en la república de las letras no estaban dispuestos a conceder también al maduro escritor su reconocimiento como buen poeta. Lope, en carta de 4 de agosto de 1604 al duque de Sessa, escribía: «Muchos poetas hay en jerga, pero ninguno tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote». Pedro de Espinosa no lo incluyó en sus Flores de poetas ilustres (Valladolid, 1605). Melo lo llamó «Poeta infecundo, cuanto felicísimo prosista». Esteban Manuel de Villegas, en la segunda parte de sus Eróticas (1618), consignaba estos versos: «Irás del Helicón a la conquista / mejor que el mal poeta de Cervantes, / donde no le valdrá ser quijotista». Habría que sumar a estas otras diatribas de Cristóbal Suárez de Figueroa, de Vicente Espinel y de Baltasar Gracián. En cambio en el Laurel de Apolo, de 1631, Lope rectifica su juicio y se permite elogiar a quien en vida fue uno de sus mayores rivales literarios, ya fallecido varios años atrás:

En la batalla donde el rayo Austrino,
hijo inmortal del Águila famosa,
ganó las hojas del laurel divino
al rey del Asia, en la campaña undosa,
la fortuna envidiosa
hirió la mano de Miguel Cervantes,
no su ingenio, que en versos de diamantes,
los de plomo volvió con tanta gloria,
que por dulces, sonoros y elegantes
dieron eternidad a su memoria,
porque se diga que una mano herida
pudo dar a su dueño eterna vida.

3) Podemos sumar a esto algunas afirmaciones del propio Cervantes, dichas irónicamente, pero tomadas la mayor parte de las veces al pie de la letra, como el famoso terceto del Viaje del Parnaso al que aludía en una entrada anterior o el prólogo a sus Ocho comedias, donde recoge la opinión corriente de que «de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso, nada» (en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 878a).

Portada de Viaje del Parnaso (1614)

También en el escrutinio de la biblioteca de don Quijote, al encontrar el barbero un ejemplar de La Galatea, afirma el cura: «Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos» (Quijote, I, 6, ed. Rico, p. 86). Pero, sea como sea, no nos queda duda de que Cervantes apreciaba notablemente su obra poética, a tenor de versos como los siguientes:

Aquel que de poeta no se precia,
¿para qué escribe versos y los dice?
¿Por qué desdeña lo que más aprecia?

Jamás me contenté ni satisfice
de hipócritos melindres. Llanamente
quise alabanzas de lo que bien hice.

(Viaje del Parnaso, IV, vv. 337-342, ed. Herrero García, pp. 261-262)

4) Otra cuestión distinta es el arcaísmo de la poesía de Cervantes; estamos, en efecto, ante un autor que se incorpora tarde, con mucho retraso, al mundillo literario de su época: Julián Marías, en su libro Cervantes clave española, ha puesto de relieve que nuestro autor fue, cronológicamente, un hombre del XVI, pero un escritor del XVII (por la fecha de publicación de sus principales obras, acumuladas en esa «década prodigiosa» que va de 1605 a 1615[2]). No obstante, con relación a su poesía, Gerardo Diego señala que Cervantes es por su estilo y maneras un poeta muy siglo XVI, muy 1560, aunque esos textos líricos suyos se dan a conocer mucho más tarde. Hay, en efecto, en el Cervantes poeta —y lo mismo en el Cervantes dramaturgo— un desfase motivado por los más de diez años que pasa fuera de España (sirviendo como soldado y cautivo en Argel). Además, cuando por fin regresa a España y se incorpora al quehacer literario, está surgiendo ya otra generación de escritores, en la que van a brillar con luz propia poetas de la talla de Lope, Góngora o Quevedo.

5) En fin, la poesía de Cervantes constituye un corpus poco estudiado y, en ocasiones, mal entendido. Ya vimos que, entre la crítica, ha tenido defensores apasionados y acérrimos detractores. Algunos textos poéticos suyos se conocen mucho (por ejemplo, su celebérrimo soneto al túmulo de Felipe II que comienza «Voto a Dios que me espanta esta grandeza…») mientras que otros han quedado en el más completo olvido. Un par de detalles significativos: Quintana no seleccionó a Cervantes en los cuatro volúmenes de sus Poesías selectas castellanas, desde el tiempo de Juan de Mena a nuestros días (Madrid, 1830); y tampoco Menéndez Pelayo incluyó ninguna composición cervantina en sus Cien mejores poesías líricas de la lengua castellana.


[1] Escribe Gerardo Diego: «Ahora bien, es muy fácil decir: Vamos a juzgar la poesía de Cervantes en sí misma, olvidando quién fue su autor. Es muy fácil decirlo, pero resulta imposible realizarlo. Y esta imponente sombra del Cervantes verdaderamente grande se proyecta sobre su poesía, falsea su luz y nos mantiene siempre frente a ella inquietos y problemáticos. Y no es solo la sombra de una obra fraterna y grandiosa. Es también que Cervantes, Miguel de Cervantes Saavedra, se mantiene tan incorporado, tan corpóreo, tan indesarraigable en sus versos que de ningún modo podemos olvidarle. No hay más que un Cervantes. Y este Cervantes de los versos le sentimos y palpamos tan vivo y caliente como al entrañable amigo de los prólogos, dedicatorias, adjuntas y confidencias en prosa» («Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, p. 217).

[2] Véase Julián Marías, Cervantes clave española, Madrid, Alianza Editorial, 2003, pp. 61-73.

La crítica ante la poesía de Cervantes

Dedicaba el otro día una entrada a presentar a Cervantes como poeta de vocación. Sin embargo, nos aventuramos por un terreno —el de Cervantes poeta— que ha dado lugar a interpretaciones contrarias, con división de opiniones en la valoración establecida por los críticos[1]: de un lado, los que defienden a ultranza que Cervantes fue destacado poeta; y, de otro, los que le han negado el pan y la sal en ese terreno literario. Repasaré a continuación, brevemente, algunas de esas dispares valoraciones. Por ejemplo, Schevill y Bonilla, refiriéndose a las poesías sueltas de Cervantes, en la introducción a su edición, escribían:

Si se exceptúan algunas, como la Epístola a Mateo Vázquez, o el soneto al túmulo de Felipe II, la mayoría de ellas distan mucho de acreditar la inspiración de la musa cervantina, y solo merecen conservarse por el renombre de su autor[2].

En cambio, para Menéndez Pelayo la posteridad ha dejado en el olvido los versos cervantinos, «dignos por cierto de mejor suerte»:

El Don Quijote ha oscurecido las demás obras de su autor; tal es el privilegio de los ingenios y de las obras superiores. Sin embargo, la posteridad, justa e imparcial, debe asignar a Cervantes un puesto entre los buenos poetas líricos y dramáticos de su siglo. Es verdad que sus versos son muy inferiores a su prosa, y ¿cómo no han de serlo, si su prosa es incomparable? Pero de que sea el primero de nuestros prosistas, ¿debe inferirse que sea el último de nuestros poetas? Sobrados testimonios de lo contrario ofrecen sus obras líricas y dramáticas[3].

Gerardo Diego dejó escritas estas hermosas palabras sobre la poesía cervantina: «La primera impresión que nos causa la poesía de Cervantes —y las primeras impresiones suelen ser las más certeras y profundas— es una impresión mezclada de luminosidad, de simpatía y de torpeza. Y de libertad»[4]. Añade además que «Cervantes es un poeta luminoso, pero sin brillo»[5]. Y un poco antes había señalado:

Nada importa que, en apariencia, Cervantes se muestre sumiso a las convenciones retóricas de su siglo. En el lenguaje poético de Cervantes, como en su sistema estrófico, se rinde culto a la tradición y se intenta el lujo y el primor y la gala de la dificultad vencida y del muestrario escolástico. Por lo mismo que Cervantes se sentía incómodo en el cauce del verso, se ensaya una y otra vez con honestidad y porfía de artífice enamorado de su oficio, de “oficial” o artesano del verso. Unas veces le sale mejor que otras, pero lo que importa, en todo caso, es el acento personal, singularísimo, el grano de rebeldía, de inexactitud, el esguince de humor, y, más que nada, la ausencia de apresto limado y lamido en la expresión retórica y rítmica tan irreductible a cualquier escuela de decoro o figuración estereotipada[6].

Poesia

En su opinión, la poesía de Cervantes es una mezcla de libertad e imperfección, una práctica en la que a veces consigue «el verso memorable y de larga estela, el verso de gran estilo, el inequívoco de gran poeta, el que ni por casualidad puede cazar el poeta vulgar en la lotería de las palabras como dados al aire»[7]. Por su parte, Valbuena Prat opinaba que «en verso, con brillantes excepciones, no pasó Cervantes de un buen aficionado»[8]:

Cervantes trabajaba sobre una forma que no le era fácil, y, de vez en cuando, conseguía efectos que muchas veces se debían más a su ideología y al brío varonil del prosista, que a las calidades esenciales de la musicalidad del ritmo. […] Como obra de amateur, la lírica de Cervantes es desigual e intermitente, revela luchas formales, violencias, y, a la par, triunfos felices. La Galatea, a pesar de ser la obra más propensa a su idealismo lírico, es donde se hallan más versos premiosos e insípidos, la piedra de toque favorita de los enemigos de Cervantes poeta[9].

Volviendo a otros poetas del 27 que han estudiado la poesía de Cervantes, encontramos que Cernuda la valoraba positivamente: «Cervantes era mayor poeta en verso, no me cabe duda, de lo que sus contemporáneos creyeron y dijeron»[10]. Mientras que Gaos insiste nuevamente en la mezcla de luces y sombras que desprende la obra lírica cervantina:

Y Cervantes fue ante todo “poeta mayor”, cualquiera que sea la jerarquía que entre los poetas mayores, esto es, auténticos, le corresponda. Dada su calidad de humorista impar en la prosa, era natural que la poesía burlesca le naciese espontáneamente. El hábil manejo que hizo del romance y de los metros cortos de la lírica de cancionero demuestran que su “torpeza” en el cultivo de otras métricas no provenía de ninguna forzosa falta de facilidad para expresarse en verso. De hecho, Cervantes utilizó el endecasílabo, en toda clase de composiciones estróficas —tercetos, cuartetos, sextinas, octavas—, con soltura nada inferior a la de los máximos poetas del siglo de oro. Y, sin embargo, es verdad que el verso perfecto, el que se alza señero, sin falla en la dicción, de cuño plenamente feliz, es menos frecuente en Cervantes que en otros autores. […] Su “torpeza” como versificador no es la de tipo común, sino un rasgo sui generis, distintivo, complejo y difícil de definir[11].

Es un lugar común al tratar de esta materia recordar un terceto del Viaje del Parnaso donde Cervantes aparentemente reconoce su fracaso como poeta, al decir que la poesía fue «la gracia que no quiso darme el cielo»; pero solo algunos críticos[12] han advertido el tono irónico de esas palabras, que están lejos de ser —en mi opinión— una amarga confesión de sus limitaciones poéticas. El texto en cuestión dice así:

Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo,

quisiera despachar a la estafeta
mi alma, o por los aires, y ponella
sobre las cumbres del nombrado Oeta;

pues descubriendo desde allí la bella
corriente de Aganipe, en un saltico
pudiera el labio remojar en ella,

y quedar del licor süave y rico
el pancho lleno, y ser de allí adelante
poeta ilustre, o al menos magnifico.

(Viaje del Parnaso, I, vv. 25-36, ed. Herrero García, pp. 217-218)

Ocurre que los tres primeros versos suelen citarse fuera de contexto, pero leyendo los que les siguen —y conociendo la tradición de la sátira menipea en que se inserta este largo poema narrativo de 1614— podemos apurar mejor su significado. La situación ridícula (el salto fabuloso que quiere dar el narrador hasta la fuente de la inspiración poética), el empleo de palabras y expresiones bajas (como quedar el pancho lleno) o el desplazamiento acentual del último verso citado (magnifico en vez de magnífico), son marcas que nos están indicando que no debemos interpretar este pasaje en serio, sino con pleno sentido irónico. No olvidemos además que el Viaje del Parnaso es, precisamente, un poema entreverado de burlas y veras.


[1] La bibliografía sobre Cervantes ha crecido bastante en los últimos años, y sigue aumentando. Puede verse un listado bastante amplio en un trabajo mío de hace unos años (del que extracto los párrafos de esta entrada): Carlos Mata Induráin, «Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Miguel de Cervantes Saavedra», Mapocho. Revista de Humanidades (Santiago de Chile, Biblioteca Nacional de Chile), núm. 57, primer semestre de 2005, pp. 55-88. En la actualidad, José Montero Reguera dirige desde la Universidad de Vigo un proyecto que tiene por objeto el estudio y edición de las poesías completas de Cervantes.

[2] Cito por Vicente Gaos, «Cervantes, poeta», en Cervantes. Novelista, dramaturgo, poeta, Barcelona, Planeta, 1979, p. 187.

[3] Marcelino Menéndez Pelayo, «Cervantes considerado como poeta», en Estudios y discursos de crítica literaria, vol. I, Santander, CSIC, 1941, p. 259.

[4] Gerardo Diego, «Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, p. 219.

[5] Diego, «Cervantes y la poesía», p. 221. Evocando unas palabras del Viaje del Parnaso, escribe: «Yo más bien creo que Cervantes no fue poeta que al hacer de sus versos sude e hipe, sino de los de vena abundante y rica, aunque ciertamente con sombra y aun sombras de imperfecta» (p. 222). Y añade sus principales defectos: «Desgracia del ritmo sintáctico, de la transición de un verso a otro, de las pausas que despedazan el verso por sitio contrario a las naturales coyunturas, como trinchador que no conoce su oficio […] repetición de palabras simples y compuestas en las rimas, elección, para fin de verso y rima, de vocablos incoloros y poco eufónicos, y colisión de acentos inmediatos» (p. 230).

[6] Diego, «Cervantes y la poesía», p. 220.

[7] Diego, «Cervantes y la poesía», pp. 220-221.

[8] Ángel Valbuena Prat, «Cervantes, poeta», en Historia de la literatura española, tomo II, 7.ª ed., Barcelona, Gustavo Gili, 1964, p. 14.

[9] Valbuena Prat, «Cervantes, poeta», pp. 14-15.

[10] Luis Cernuda, «Cervantes poeta», en Poesía y literatura II, Barcelona, Seix Barral, 1964, p. 46.

[11] Gaos, «Cervantes, poeta», pp. 167-168. También él señala los principales defectos de esta poesía: «Técnicamente considerados, los escritos en verso de Cervantes suele decirse que adolecen de numerosos y graves defectos: así, pobreza de rima, falta de suavidad, uso frecuente de epítetos y frases hechas, exceso de retórica. Todo lo cual, que sería sobrado para juzgarlo cuando menos mal versificador, se une, en general, a la carencia de temblor y de fuego lírico, indispensables en el poeta verdadero» (p. 164).

[12] Véase, por ejemplo, Francisco Ayala, «El túmulo», en Cervantes y Quevedo, Barcelona, Seix Barral, 1974, pp. 185-200; Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, p. 170; y Adriana Lewis Galanes, «El soneto “Vuela mi estrecha y débil esperanza”: texto, contextos y entramado intertextual», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII, 2, 1990, p. 686.

Breve biografía de Cervantes (de 1581 a 1616)

En una entrada anterior ya revisamos la biografía cervantina entre los años 1547 y 1580. Veamos ahora los años restantes hasta su muerte, ocurrida en 1616.

Tras su regreso a España, en 1581 desempeña Cervantes una misión como espía en Orán y realiza una estancia en Lisboa (tras la muerte de don Sebastián en Alcazarquivir, Felipe II es ahora rey de Portugal, y allí se sitúa la Corte itinerante). En 1584 mantiene una relación amorosa con Ana Franca de Rojas, una «bella malmaridada» casada con un mesonero, fruto de la cual nace su hija natural Isabel de Saavedra. Más tarde, ese mismo año, se casa en Esquivias con Catalina de Palacios Salazar Vozmediano y la pareja se instala en ese pueblo de donde ella era natural. Al parecer, fue este un matrimonio de conveniencia y no resultó demasiado feliz: la edad de los contrayentes era desigual (Cervantes tiene treinta y siete años y su esposa diez y nueve), y ciertamente no nos han quedado en la obra cervantina evocaciones de una vida conyugal feliz; además, fue mucho el tiempo que los esposos vivieron separados, en distintos momentos. Por estos años Cervantes retoma con más intensidad su afición literaria (en su juventud había escrito simplemente algunas poesías de circunstancias o elogios a otros ingenios en los preliminares de sus obras): publica ahora su novela pastoril La Galatea (1585) y compone algunas piezas dramáticas que se estrenaron, al parecer, con éxito de público, según apunta en el «Prólogo al lector» que antepone en 1615 a sus Ocho comedias y ocho entremeses.

Sin embargo, las letras no van a ser su dedicación exclusiva. Por esos años Lope de Vega se alza con el cetro de la monarquía cómica, cerrando el camino al tipo de teatro, más «arreglado», que intentaba escribir Cervantes. En ese mismo prólogo indicará: «tuve otras cosas en que ocuparme». Deja, en efecto, en su casa de Esquivias a su esposa, al frente de la hacienda, y él marcha a ocuparse de algunos negocios. Para ganarse la vida —al igual que su padre, Cervantes conocería siempre estrecheces y dificultades económicas—, entre 1587 y 1594 trabaja como comisario de abastos (una especie de recaudador de impuestos para la Hacienda pública), recorriendo varias localidades andaluzas con el fin de cobrar las rentas necesarias para el abastecimiento de la «Católica Armada» o «Felicísima Armada» contra Inglaterra (la que luego sería conocida como la «Armada Invencible», aunque Cervantes y los españoles de entonces nunca la llamaron así). En estos duros años, en los que es su protector el administrador vasco Isunza, el escritor acumula multitud de experiencias, conoce gentes pertenecientes a todos los estratos de la sociedad, visita los más variados rincones de España, y sufre… En octubre de 1587 es excomulgado por haber embargado el trigo de unos canónigos de Écija; en 1592 es encarcelado por el mismo motivo (embargar ciertos bienes eclesiásticos) en Castro del Río… Antes, con fecha 21 de mayo de 1590, deseoso de mejorar fortuna, había dirigido un memorial a Felipe II alegando sus méritos y solicitando la merced de un oficio en Indias, pero el 6 de junio le responde el Consejo de Indias con estas escuetas palabras: «Busque por acá en qué se le haga merced»[1]. Las comisiones andaluzas finalizarán a la altura de 1594. Con toda esa experiencia de vida acumulada, empezaría Cervantes a redactar el Quijote.

En 1595 reemprende, con una gira por el reino de Granada, su trabajo como recaudador de impuestos, que le trae de nuevo muchos sinsabores. Hombre más de letras que de números, no parece que fuese un experto administrador capaz de ajustar con claridad las cuentas. Ocurre, además, que a veces tenía que usar el dinero público para cubrir los gastos del camino, derivados de sus comisiones, estableciéndose así una frontera borrosa entre el peculio público y el propio. Las cuentas se embrollan, y la situación todavía se complica mucho más en septiembre de 1597 con la bancarrota de Simón Freire de Lima, banquero sevillano al que Cervantes había confiado los dineros del Erario: por este motivo, pasa tres meses en la Cárcel Real de Sevilla[2], siendo liberado el 1 de diciembre. Posteriormente, en 1602, volvería a tener problemas con la rendición de cuentas al Tesoro público, pero en 1603 sería exculpado definitivamente.

Siguiendo a la Corte, que se ha trasladado a Valladolid en 1601, Cervantes instala su casa en esa ciudad castellana. A la altura de 1604 lo tenemos allí, en un momento en que se enfrían sus relaciones con Lope de Vega, que se convertirá en su principal enemigo literario. En septiembre de ese año obtiene el privilegio para publicar el Quijote, que sale en Madrid en 1605 (es probable que el libro, impreso por Juan de la Cuesta a cargo del librero Francisco de Robles, estuviera acabado para diciembre de 1604, y que se le pusiera el pie de imprenta de 1605 para aumentar el efecto de novedad).

Portada de la Primera parte del Quijote (1605)

La novela con los hechos de don Quijote alcanza de forma inmediata un enorme éxito (varias ediciones, algunas de ellas piratas, y, muy pronto, traducciones totales o parciales a otros idiomas), que llega al escritor —un advenedizo en la república de las letras: su única novela anterior, La Galatea, era de 1585— bien entrado en la madurez, casi en la ancianidad (si consideramos la menor esperanza de vida de aquel entonces).

Sin embargo, el éxito literario se ve empañado por la amarga experiencia de un nuevo paso por la prisión: sufre, en efecto, un breve encarcelamiento (del 29 de junio al 1 de julio) como consecuencia de un crimen cometido a la puerta de su casa en Valladolid: allí quedó malherido el caballero navarro don Gaspar de Ezpeleta; el verdadero culpable era un alguacil de Corte, pero la justicia miró para otro lado para permitir que escapara impune: se emborronó todo el proceso ordenándose encarcelar a todos los inquilinos de la casa. El proceso judicial nos brinda algunas noticias interesantes sobre el escritor y su familia. Con él vivían, además de su esposa Catalina, su hija Isabel (Ana Franca ya había fallecido), sus hermanas Andrea y Magdalena y la hija natural de aquella, Constanza de Ovando; estas mujeres tenían muy mala fama, por vivir amancebadas o en tratos poco honestos con hombres que las mantenían económicamente, y eran conocidas despectivamente con el apodo de «las Cervantas».

Los años 1605-1615 constituyen la «década prodigiosa» —valga la expresión— de la producción literaria de Cervantes. En 1608 lo encontramos en Madrid, en unos momentos de gran actividad: la Primera parte del Quijote le ha traído popularidad y fama y, pese a ser un gran éxito de ventas, su autor sigue viviendo pobremente. El embajador francés, en visita a la Villa y Corte, se sorprende al ver el estado de necesidad del creador del inmortal don Quijote: «¿Pues a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?»[3]. En 1609 ingresa en la Congregación de los Esclavos del Santísimo Sacramento y en 1613 toma el hábito de la venerable Orden Tercera de San Francisco (que enterraba de caridad a los pobres que no podían costearse los gastos fúnebres). Las publicaciones se acumulan en los años centrales de esta década: ese año de 1613 aparecen sus Novelas ejemplares, en 1614 da a las prensas su Viaje del Parnaso y en 1615 suma dos nuevos títulos: publica la recopilación de Ocho comedias y ocho entremeses (ya que no puede estrenar sus obras teatrales, se decide a imprimir todo su repertorio) y, urgido por la aparición el año anterior de la continuación apócrifa de Avellaneda, entrega a sus lectores, por fin, la Segunda parte del Quijote.

El 2 de abril de 1616 pronuncia sus votos definitivos como tercero de San Francisco. Enfermo de «hidropesía» (una dolencia que provocaba una sed insaciable; probablemente diabetes o una enfermedad similar), muere finalmente el 22 de abril en su casa de la calle del León y es enterrado al día siguiente en el convento de las Trinitarias Descalzas, sito en la cercana calle de Cantarranas. Cuatro días antes, el 19 de abril, «puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte», había firmado la emotiva dedicatoria al conde de Lemos del Persiles, que aparecería, ya como obra póstuma, en 1617. Más tarde, los restos mortales del autor del Quijote quedaron definitivamente perdidos en una fosa común, sin posibilidad de ser identificados y de reposar dignamente en un panteón de hombres ilustres.


[1] Podríamos preguntarnos: ¿qué habría sido de Cervantes en América? De haber obtenido esa plaza, seguramente no habría escrito el Quijote, pero quizá sí otras obras inspiradas en la observación de la realidad americana…

[2] La magnífica descripción del hampa sevillana que apreciamos en Rinconete y Cortadillo no tendría la misma viveza, seguramente, sin ese paso por la cárcel sevillana. Algunos autores sugieren que Cervantes comenzó aquí la redacción del Quijote, pues en el «Prólogo» de la Primera parte se afirma que el libro «se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación».

[3] Según refiere la aprobación del licenciado Márquez Torres a la Segunda parte del Quijote, que consigna la aguda respuesta de un caballero que lo acompañaba: «Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo».