«Villancico del abad Veremundo de Irache», de Ángel de Miguel

De Ángel de Miguel Martínez, poeta castellano-navarro (burgalés de nacimiento, en La Nuez de Arriba, pero afincado en Estella desde hace muchos años), ya habían quedado recogidos en el blog otros poemas navideños como el «Villancico de la Fuente de Irache», el «Villancico triste para un Niño sin posada» y el «Villancico de la estrella necesaria». Hoy quiero recuperar su «Villancico del abad Veremundo de Irache», que va fechado «Navidad 2008-2009».

Monumento a san Veremundo, abad de Irache, en Villatuerta (Navarra)
Monumento a san Veremundo, abad de Irache, en Villatuerta (Navarra).

Para su correcta intelección hay que recordar que san Veremundo o Bermudo (Arellano o Villatuerta, Navarra, c. 1020-Irache, Ayegui, Navarra, 1092 o 1099) fue un monje benedictino, abad del monasterio de Santa María la Real de Irache entre 1052 y 1092. Durante su gobierno, la abadía tuvo una época de esplendor, convirtiéndose en parada obligada para los peregrinos que hacían el Camino de Santiago. Veremundo era muy generoso y mientras fue monje solía llevar comida a los peregrinos del Camino que se paraban en el hospital del monasterio. También para atender a los peregrinos, el santo hizo brotar vino de una fuente que había cerca del monasterio[1].

Ya las campanas de Irache
tocan porque es Navidad,
porque luce un sol de nieve
y porque hay un nuevo abad,
que se llama Veremundo
y es un monje espiritual,
taumaturgo y estrellero
con fama de santidad.
Y llega el rey y su corte
a la misa principal,
con plata, oro y pedrería
y a mostrar su autoridad.
El sencillo Veremundo
se conmueve al comprobar
que otra corte, los mendigos,
no dejan de suspirar,
implorando alguna ayuda
y unas migajas de pan.
Y el abad recién nombrado
transforma la realidad
de aquellas ricas ofrendas
en obras de caridad.
Y las campanas de Irache
repican a humanidad,
pues los pobres ya son ricos
en dones de Navidad.


[1] Datos tomados de la ficha «Veremundo de Irache» en Wikipedia.

La «Oración del Año Nuevo», de José María Pemán

El otro día transcribía el «Villancico de las manos vacías», de José María Pemán (Cádiz, 1897-Cádiz, 1981); y para hoy, día de Año Nuevo y Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, traigo su «Oración del Año Nuevo», que reza —nunca mejor dicho— así:

Señor: para este día
del Año Nuevo te pido
—antes que la alegría,
antes que el gozo claro y encendido,
antes que la azucena
y que las rosas—
una curiosidad ancha y serena,
un asombro pueril frente a las cosas…

Quiero que ante el afán de mi mirada
enamorada y pura
todo tenga un misterio de alborada
que me deslumbre a fuerza de blancura.

Quiero ser el espejo con que el río
convierte en gozo nuevo la ribera;
quiero asombrarme del estío
y enamorarme de la primavera.

Señor y padre mío:
dame el frescor de esa pradera llana,
riégame del rocío
de tu mejor mañana.

Hazme nuevo, Señor;
y ante el cielo y los campos y la flor,
haz que mi asombro desvelado diga:
Señor: ésta es la rosa, ésta es la espiga…
¡y esto que lleva dentro es el amor![1]


[1] Cito por José María Pemán, Poesía esencial, estudio preliminar y selección de José Enrique Salcedo Mendoza, Motril (Granada), Imprenta Comercial, 2002, pp. 114-115.

«El ángel de Belén que vino en helicóptero», de Gloria Fuertes

De esa «mujer de verso en pecho» que fue Gloria Fuertes ya han entrado en el blog otros poemas navideños, en concreto el villancico «Ya está el niño en el portal» y su famoso «El camello cojito». Vaya para hoy, último día del año, esta otra composición, «El ángel de Belén que vino en helicóptero», recogida en su libro para niños Lo primero es lo primero. Lo primero es el Belén, ilustrado por Marifé González.

Ilustración de Marifé González en el libro de Gloria Fuertes Lo primero es lo primero. Lo primero es el Belén

Sécate el parabrisas.
Límpiate el parabesos.
Cepíllate las alas
y entrénate en el vuelo.

Aterriza en Belén,
encima del pesebre.
San José, pensativo.
La Virgen tiene fiebre.

(Y empezó a cantar a Dios
el ángel aviador).

El aire frío azotaba,
el ángel se equivocaba.

—¡Gloria, Gloria, Gloria Fuertes!
—¡Que no, que no, criatura!
¡Gloria a Dios en las alturas!

El «Villancico de la espera en el portal», de Jesús Górriz Lerga

Ya en otras ocasiones he traído al blog algunos poemas navideños de Jesús Górriz Lerga (Pamplona, 1932-Pamplona, 2016). En una entrada antigua pueden leerse el «Villancico del anuncio gozoso», el «Villancico del vagabundo», el «Villancico del corolario que resume el gozo», los «Gozos para entonar en la Nochebuena» y el «Romancillo de la Natividad del Señor», y en otras más recientes añadí el «Villancico que repite la letanía de siempre» y el «Soneto para un alumbramiento». Copiaré hoy su «Villancico de la espera en el portal», perteneciente también a su poemario Memorial del gozo (1994), todo él de temática navideña. Se trata de un romance con rima á o que presenta la particularidad de que en todas las cuartetas el primer verso es el mismo, «La Virgen y San José». Cabe destacar asimismo la estructura “circular” de la composición, con esa repetición de «Mientras tanto…», en los versos cuarto y último, que subraya la esperanzada espera de la llegada del Niño.

La Virgen María embarazada y San José

También en la espera incide, asimismo, la repetición del verso «siguen los dos esperando» en las coplas décima y undécima (que constituyen una variatio respecto al verso segundo del poema, «están los dos esperando»); e igualmente la formulación «siguen, minuto a minuto, / con su reloj, esperando…», de la novena.

La Virgen y San José
están los dos esperando
el nacimiento del niño
que ha de venir. Mientras tanto…

La Virgen y San José,
sueño arriba y sueño abajo,
mullen la paja de trigo
y caldean el establo.

La Virgen y San José
preparan el aguinaldo:
dátiles de la palmera
y naranjas del naranjo.

La Virgen y San José
miran el cielo y el campo;
tres mil millones de estrellas
en el rocío temblando.

La Virgen y San José
tienen parientes lejanos;
después de que nazca el niño
serán mucho más cercanos.

La Virgen y San José
no pueden dormir, pensando
en Nazaret, cuando tenga
allí, tres o cuatro años.

La Virgen y San José
con la miel a flor de labio
ensayan nanas sabidas
para poder acunarlo.

La Virgen y San José
tienen el alma temblando,
lo mismo que con la brisa
estremécense los álamos.

La Virgen y San José,
entre el gozo y el encanto,
siguen, minuto a minuto,
con su reloj, esperando…

La Virgen y San José
siguen los dos esperando.
(Por las colinas se acercan
arcángeles afinando.)

La Virgen y San José
siguen los dos esperando.
Él nacerá cuando quiera
acostarse en su regazo.

La Virgen y San José
miran de nuevo sus manos.
Silenciosamente. Al punto.
Cerca. Pronto. Mientras tanto…[1]


[1] Cito por Jesús Górriz Lerga, Memorial del gozo, Pamplona, edición del autor [Eurograf], 1994, pp. 30-31. Añado una coma al final del primer verso de la octava cuarteta.

El «Villancico de las manos vacías», de José María Pemán

Siguiendo con los poemas de Navidad, copiaré hoy el «Villancico de las manos vacías», de José María Pemán (Cádiz, 1897-Cádiz, 1981), que se une a otros suyos de temática navideña como «Villancico del pescador de truchas» o «Meditación ante un nacimiento de cartón y barro», composiciones estas dos incluidas en Poesía sacra (Madrid, Escelicer, 1940). El villancico que ahora nos ocupa ha sido comentado por Katarzyna Madyjewska:

El tema navideño reaparece en «Villancico de las manos vacías» (1965) en forma y ritmo popular, y con una mezcla de antítesis parecida al poema anterior [se refiere a «Meditación ante un nacimiento de cartón y barro»]. En esta ocasión el sujeto lírico introduce el motivo navideño en su situación presente. Prescinde de notas circunstanciales para referirse a una paradoja que experimenta en sí. El poema se divide en dos partes que corresponden a dos posturas vitales, como un antes y después, en los que el Niño Jesús se convierte en el único punto de referencia. […] Otras antítesis se perciben en: «noche clara y alba fría», «con sangre y nieve en los pies». La última contraposición hace eco colorístico de la «rosa» y el «lirio». El juego de contrastes tan propio de la poesía meditativa, lleva a representar la oposición de la belleza y felicidad propias, frente a las divinas. Incluso la «mano» y el «corazón» unidos por la figura divina expresan este planteamiento[1].

Carlo Dolci, El Niño Jesús con una corona de flores (1663). Museo Nacional Thyssen- Bornemisza (Madrid, España)
Carlo Dolci, El Niño Jesús con una corona de flores (1663). Museo Nacional Thyssen- Bornemisza (Madrid, España).

Se trata de un poema suelto incluido en las antologías pemanianas, que dice así:

Yo tenía
tanta rosa de alegría,
tanto lirio de ilusión,
que entre mano y corazón
el Niño no me cabía…

Dejé las rosas primero.
Con una mano vacía
—noche clara y alba fría—
me eché a andar por el sendero.

Dejé los lirios después.
Libre de mentiras bellas,
me eché a andar tras las estrellas
con sangre y nieve en los pies.

Y sin aquella alegría,
pero con otra ilusión,
llena la mano y vacía,
cómo Jesús me cabía
—¡y cómo me sonreía!—
entre mano y corazón[2].


[1] Katarzyna Madyjewska, La poesía lírica de José María Pemán, tesis doctoral dirigida por José Paulino Ayuso, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2006, p. 174.

[2] Lo cito por José María Pemán, Poesía esencial, estudio preliminar y selección de José Enrique Salcedo Mendoza, Motril (Granada), Imprenta Comercial, 2002, pp. 146-147.

Sevilla literaria: «Sevillanas del siglo XVIII», canción popular antigua recopilada por Federico García Lorca

De Federico García Lorca, y con relación a la presencia de Sevilla como tema en la literatura, ya ha quedado transcrito su «Poema de la saeta», composición incluida Poema del cante jondo (obra escrita en 1921, pero no publicada hasta diez años después, en 1931). Hoy traigo estas «Sevillanas del siglo XVIII», que es una de las diez piezas de su «Colección de Canciones Populares Antiguas», grabadas por el sello La Voz de su Amo, en 1931, interpretadas por La Argentinita (voz, castañuelas y taconeo), con arreglos y el acompañamiento al piano del propio Federico.

Puente de Isabel II o de Triana (Sevilla)
Puente de Isabel II o de Triana (Sevilla).

¡Viva Sevilla!
Llevan las sevillanas
en la mantilla
un letrero que dice:
¡Viva Sevilla!

¡Viva Triana!
¡Vivan los de Triana,
los trianeros!
¡Vivan los sevillanos
y sevillanas!

Lo traigo andado.
La Macarena y todo
lo traigo andado.
Cara como la tuya
no la he encontrado.
La Macarena y todo
lo traigo andado.

¡Ay río de Sevilla,
qué bien pareces,
lleno de velas blancas
y ramos verdes![1]


[1] Cito por Federico García Lorca, Poesía completa, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2013, pp. 759-760.

Sevilla literaria: «Abril sevillano», soneto de Manuel Machado

Al examinar el tema de Sevilla en la literatura, ya hemos tenido ocasión de considerar otro soneto de Manuel Machado, el titulado «La caseta de feria». Copiaré hoy otra composición, también soneto, titulada «Abril sevillano», perteneciente a la sección «Sevilla» de Cadencias de cadencias (Nuevas dedicatorias) (1943), el cual presenta como «cifra de toda maravilla» española los dos grandes acontecimientos sevillanos de la Semana Santa y la Feria.

Semana Santa sevillana

El poema dice así:

Abril que tantas flores desabrocha,
que tantas lenguas de cristal desata,
Abril gracioso, Abril de espuma y nata,
que todo bien y toda luz derrocha.

Abril loco de amor, Abril divino,
joven abril, tesoro de verdores.
Rico Abril de los miles de colores…
Gloria del tiempo, encanto del camino.

Abril, por quien el año Abril se llama
mientras la lumbre de los ojos brilla
y la aventura de vivir se ama…

Como cifra de toda maravilla,
en la tierra española, Abril se clama:
Semana Santa y Feria de Sevilla[1].


[1] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 520.

Poesía de Adviento: «… y avívanos la esperanza», de Jesús Mauleón

El Adviento es esperanza, la esperanza, salvación;
ya se acerca el Señor.
Preparemos los caminos, los caminos del amor,
escuchemos su voz.

(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor»,
Nuevos cantos de Adviento y Navidad)

Vaya para hoy, tercer domingo de Adviento (domingo Gaudete, de estar alegres), esta sencilla composición de Jesús Mauleón, sacerdote y poeta que ha cantó con frecuencia esta temática del Adviento y la Navidad. El poema (una décima), que se concibe como una oración en apóstrofe al «Jesucristo del Adviento» rematada con su correspondiente «Amén», no precisa mayor explicación.

Segunda venida de Cristo

No todo es humo ni viento
si retrasas tu venida,
que ya estás en nuestra vida,
Jesucristo del Adviento.
A veces es tan violento
este mundo con su danza
que la impaciencia no alcanza
a esperar lo prometido.
Mátanos el sinsentido
y avívanos la esperanza.

Amén[1].


[1] Publicado por el autor en Religión digital, el 25 de noviembre de 2015, de donde lo tomo.

Sevilla literaria: «¡Oh maravilla, / Sevilla sin sevillanos, / la gran Sevilla!», de Abel Infanzón / Antonio Machado

Como estamos teniendo ocasión de comprobar, el tema de Sevilla en la literatura se hace muy presente, en todos los géneros literarios, desde la Edad Media hasta nuestros días. En las últimas semanas he traído al blog un soneto del marqués de Santillana en loor de la ciudad hispalense y otros tres de Manuel Machado («La caseta de feria»), de Gerardo Diego («Giralda») y de Rafael Laffón («A Jesús del Gran Poder en sus andas de la madrugada»); también el «Poema de la saeta» de Federico García Lorca; y hay asimismo abundantes entradas sobre los hermanos Manuel Machado y Antonio Machado. Añadiré hoy el poema de este último que comienza «¡Oh maravilla, / Sevilla sin sevillanos, / la gran Sevilla!»; en su Cancionero apócrifo Machado lo atribuye a Abel Infanzón, uno de aquellos «poetas que pudieron existir», al que dedica esta escueta nota biográfica: «Nació en Sevilla en 1825. Murió en París en 1887».

En esta composición machadiana, como afirmó Rogelio Reyes, «Sevilla no es de verdad: pertenece a la ensoñación poética y cumple la función de paraíso perdido para siempre, el irrecuperable paraíso de la niñez obsesivamente alimentado hasta el final…»[1]. En efecto, el poema constituye una nostálgica evocación de la Sevilla de la infancia, que apunta también en el comienzo de su célebre «Retrato» que abre Campos de Castilla («Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero») o en el soneto de Nuevas canciones en el que evoca a su padre y que arranca con estos dos versos: «Esta luz de Sevilla… Es el palacio / donde nací, con su rumor de fuente»[2].

Palacio de Las Dueñas (Sevilla), casa natal de Antonio Machado.

La composición de Abel Infanzón / Antonio Machado, que por si sencillez no requiere mayor comentario explicativo, dice así:

¡Oh maravilla, 
Sevilla sin sevillanos, 
la gran Sevilla! 

Dadme una Sevilla vieja
donde se dormía el tiempo, 
en palacios con jardines, 
bajo un azul de convento. 

Salud, oh sonrisa clara 
del sol en el limonero 
de mi rincón de Sevilla, 
¡oh alegre como un pandero,
luna redonda y beata
sobre el tapial de mi huerto! 

Sevilla y su verde orilla, 
sin toreros ni gitanos, 
Sevilla sin sevillanos, 
oh maravilla![3]


[1] Palabras de Rogelio Reyes en una conferencia pronunciada en febrero de 2014 en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Recupero la cita de la entrada «¿Sevilla sin sevillanos?» del 27 de septiembre de 2022 del blog del Aula de la Experiencia de la Universidad de Sevilla.

[2] Se refiere al sevillano palacio de Las Dueñas, cuyo administrador y uno de sus inquilinos era el padre del poeta, Antonio Machado Álvarez. Allí nació Antonio el 26 de julio de 1875.

[3] Lo cito por Antonio Machado, Poesías completas. Soledades / Galerías / Campos de Castilla…, edición de Manuel Alvar, apéndice de M.ª Pilar Celma, 27.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1998, pp. 445-446.

Poesía de Adviento: «María Anunciada», de Pilar Paz Pasamar

La Virgen sueña caminos,
está a la espera…

Vaya para hoy, segundo domingo de Adviento y Solemnidad de la Inmaculada Concepción, un hermoso soneto de Pilar Paz Pasamar (Jerez de la Frontera, 1933), «María Anunciada», perteneciente a su poemario Del abreviado mar (Madrid, Ágora, 1957). Fernando Carratalá nos ofrece este comentario del poema:

Paz Pasamar posee una amplia cultura religiosa y ha dedicado muchos versos al tema de la trascendencia. De sus incursiones en la temática navideña es una buena muestra el soneto «María Anunciada», de perfecta andadura rítmica en sus endecasílabos, y con estrofas y rimas ajustadas al patrón clásico: el arcángel Gabriel anuncia a María que se ve a convertir en la Madre de Dios. Y la poetisa se refiere a María con un lenguaje metafórico de gran belleza y eficacia estética —a lo largo del primer cuarteto— y con adjetivos que aluden a su sencillez y serenidad —en el segundo cuarteto, que contiene, en los versos 7 y 8, un símil de altísimo valor poético: «plena / como el dorado trigo en la gavilla»—. Pero es, sin duda, en el terceto que cierra el soneto en donde se alcanza un intenso clímax poético: Vino Gabriel [a anunciar la transformación de una sencilla mujer nada menos que en la Madre de Dios]; vino la Luz [divina a realzar su hermosura]; y, por fin, llegó Dios y se fingió pequeño [al hacerse Hombre en el vientre de María][1].

Pedro Pablo Rubens, Inmaculada Concepción (1628-1629). Museo Nacional del Prado (Madrid, España)
Pedro Pablo Rubens, Inmaculada Concepción (1628-1629). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

Poco que añadir a tan certero comentario, salvo quizá destacar la bella creación neológica mielar del verso 4. El soneto dice así:

¡Pan virginal, aceite sin mancilla!
«Ave María, la de gracia llena»,
te saludó Gabriel, y la colmena
de tu pecho mieló la maravilla.

Tú la más sola. Tú la más sencilla.
Mujer por sola, y por la más serena,
escogida primero que el mar, plena
como el dorado trigo en la gavilla.

Por el milagro de la dulce boda
tomaste enorme dimensión y altura,
y Dios cruzó despacio por tu sueño.

Vino Gabriel, y te mudaste toda,
vino la Luz y supo tu hermosura,
y llegó Dios, y se fingió pequeño[2].


[1] Fernando Carratalá, en Poesía de Navidad para niños y jóvenes, edición preparada por Fernando Carratalá, ilustraciones de Carmen Sáez, Madrid, Ediciones de la Torre, 2013, p. 205.

[2] Tomo el texto de Poesía de Navidad para niños y jóvenes, p. 117. En el primer verso, cierro el signo de admiración, que en la edición por la que cito solo se abre.