Leandro Fernández de Moratín (1760-1828): biografía y semblanza

Leandro Fernández de Moratín[1] nace en Madrid el 1 de marzo de 1760. Es hijo de Nicolás Fernández de Moratín, poeta y dramaturgo ilustrado, y de Isidora Cabo Conde. En 1764 enferma de viruelas y está al borde de la muerte; las marcas que dejó en su cara la enfermedad explican, en parte, que se convirtiera en un ser tímido e introvertido. En efecto, da muestras desde muy joven de un carácter melancólico y solitario: prefiere la lectura, a la que se aficiona desde muy joven, a jugar con otros niños. Criado en un ambiente familiar culto, recibe una esmerada educación; toma clases de dibujo y acompaña a su padre a algunas tertulias literarias, como la famosa de la Fonda de San Sebastián.

Retratode Leandro Fernandez de Moratin

Muy pronto realiza sus primeros intentos literarios. Así, en 1779 obtiene un accésit en un concurso de la Real Academia Española con un poema en romance heroico titulado La toma de Granada por los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, que presentó bajo el seudónimo (anagrama, más bien, de sus apellidos) Efrén Lardnaz y Morante. Tres años después lograría un nuevo accésit con su Lección poética. Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana.

De joven estuvo enamorado de una muchacha llamada Sabina Conti, a la que dedicó sus primeros poemas, la cual terminaría casándose con un tío suyo bastante mayor. Algunos críticos consideran que este temprano episodio biográfico podría explicar su interés en el tema de los matrimonios desiguales en edad, tan reiterado en su teatro.

Leandro, que ha heredado de su padre el sentido clasicista y didáctico del teatro, queda en una difícil situación económica al morir don Nicolás en 1780. Trabaja entonces como aprendiz en la Joyería Real, junto con sus tíos Victorio Galeoti y Miguel, aunque el sueldo apenas le da para mantener a su madre y la casa. Conoce en 1781 al que sería uno de sus grandes amigos, Juan Antonio Melón. En 1785 muere su madre y se traslada a vivir con su tío Nicolás Miguel.

Por influencia y recomendación de Jovellanos, en 1787 viaja a París para trabajar como secretario del conde de Cabarrús. Allí vive un año; toma contacto con el teatro francés y conoce a Carlo Goldoni. Por esta época escribe su zarzuela El barón, que no llega a estrenarse. Cuando cae en desgracia Cabarrús, se queda sin protección y sin ingresos, así que en 1788 se ve precisado a regresar a España.

Intenta estrenar su comedia El viejo y la niña, pero la representación es prohibida por el vicario eclesiástico de Madrid. Indignado por las envidias y rivalidades de sus émulos literarios, publica su sátira en prosa La derrota de los pedantes. Unos versos suyos caen en gracia al conde de Floridablanca y este le concede un beneficio eclesiástico (una prestamera de 300 ducados) en un monasterio de Burgos; para poder disfrutarlo, Moratín tiene que tomar las órdenes menores o de primera tonsura. Junto con Forner, consigue entrar en contacto con Godoy, cuya protección resultará esencial: en 1790 logra estrenar por fin, en el Teatro del Príncipe, El viejo y la niña. Además le son concedidos dos nuevos beneficios eclesiásticos, con lo que resuelve sus preocupaciones económicas y dispone de más tiempo para dedicarse a escribir: en efecto, alternará su residencia en Madrid con estancias en la casa solariega de Pastrana, donde trabaja en sus escritos. Redacta La mojigata y La comedia nueva, pieza en la que expone su teoría dramática, estrenada en el Teatro del Príncipe en 1792.

El gobierno le concede una pensión de 30.000 reales para viajar por Europa. Marcha a Francia, y asiste en París al estallido de la revolución: es testigo en esos primeros días del apresamiento de Luis XVI; la violencia desatada y los sangrientos sucesos que contempla le empujan a salir con urgencia para Londres[2], donde le sorprenderá gratamente el ambiente de libertad ideológica. Estudia a los autores ingleses y comienza a traducir Hamlet. Al parecer, mantiene amores (o amoríos) con una joven inglesa[3]. Desde allí le escribe a Godoy para solicitar la plaza de Director de los Teatros madrileños, con el fin de llevar a cabo la profunda reforma que tiene proyectada[4].

Tras estos viajes por Francia e Inglaterra, y también por Italia (Nápoles, Roma, Bolonia…)[5], regresa a España en 1796, siendo nombrado por Godoy, al año siguiente, Secretario de Interpretación de Lenguas. Entonces puede dedicarse de nuevo a la literatura, a escribir para el teatro y asistir a las tertulias. En 1798 conoce a su nuevo amor, Paquita Muñoz: la relación entre ambos es sincera y recíproca, pero Moratín no se decide a contraer matrimonio y la joven terminaría casándose (años después, en 1816) con otro, un militar llamado Francisco Valverde. Sea como sea, el escritor mantuvo siempre con Paquita una fiel y sincera relación de amistad. Ese mismo año de 1798 publica su traducción de Hamlet. Al siguiente es nombrado Director de la Junta de Dirección y Reforma de los Teatros, y más tarde Director de los Teatros, cargos a los que renunciará al ver lo difícil que resulta introducir mejoras en la anquilosada escena española. Ese año de 1799 se repone La comedia nueva, bajo su propia dirección.

En 1803 tiene lugar el accidentado estreno de El barón, y en 1804 de La mojigata, obra igualmente polémica. Son los años de triunfo teatral para Moratín. En efecto, el 24 de enero de 1806 estrena El sí de las niñas, con un éxito sin precedentes en el teatro español (veintiséis días en cartelera). En lo personal, en 1807 llega la ruptura con Paquita Muñoz.

La vida del escritor —como la de todos los españoles— se verá violentamente interrumpida en 1808 por la invasión francesa: tras el motín de Aranjuez cae Godoy y Moratín tiene que huir de Madrid. Toma partido por los franceses y, cuando las tropas napoleónicas entran en Madrid, vuelve a ocupar puestos cortesanos: sigue primero con su cargo de Secretario de Interpretación de Lenguas hasta que José I lo nombra, en 1811, Bibliotecario mayor de la Biblioteca Real, en cuya modernización trabaja con entusiasmo. En 1812 estrena La escuela de los maridos, adaptación de la obra de Molière. Las circunstancias de la guerra (derrota de los Arapiles) hacen que José Bonaparte tenga que escapar de Madrid a Valencia, y Moratín le acompaña. Allí escribirá una oda en elogio del general francés Suchet; y se encargará, junto con el P. Pedro Estala, de la publicación del Diario de Valencia[6].

En 1813 se refugia en Peñíscola: la ciudad sufre un duro asedio y ha de permanecer allí once meses. Finalmente, cuando Fernando VII recupera el trono, Moratín se presenta ante la autoridad militar de Valencia, el general Elío, quien lo trata con desprecio y ordena que salga desterrado para Francia. Sin embargo, una tempestad hace que la goleta en que viaja Moratín deba refugiarse en Barcelona, y el capitán general Eroles le permite permanecer allí. Reside, pues, en la ciudad condal mientras se resuelve su situación oficial por haber colaborado con el ejército invasor. Estrena El médico a palos, nueva adaptación de una obra de Moliére. En 1817, inquieto por las posibles represalias que se puedan tomar contra él, pide un pasaporte y se traslada a Montpellier, y luego a París, donde cuenta con la compañía de su amigo Melón.

En 1819 viaja a Bolonia. En 1820, con el triunfo de las ideas liberales, puede regresar a Barcelona, donde ocupa el cargo de juez de imprenta en el ayuntamiento. El 4 de diciembre de 1821 la Real Academia Española lo elige miembro de número, pero no acude a Madrid a tomar posesión. Publica las Obras póstumas de su padre. Ese mismo año, la epidemia de fiebre amarilla que sufre Barcelona lo obliga a pasar de nuevo a Francia. En 1824 se instala en Burdeos, donde trabajará en la edición de sus obras (Obras dramáticas y líricas, París, Augusto Bobée, 1825, será la última edición revisada por el autor). Termina de redactar su estudio Orígenes del teatro español. Funda con Manuel Silvela un colegio en el que él mismo da clases. En 1825 sufre un ataque de apoplejía, pero se recupera. En 1827 Silvela decide trasladar la escuela a París y Moratín, ya bastante enfermo, marcha con él. Allí moriría, de un cáncer de estómago, el 21 de julio de 1828, siendo enterrado en el cementerio de Père Lachaise. Tiempo después, el 12 de octubre de 1853, sus restos mortales serían trasladados a España para quedar reposando en el cementerio de San Isidro de Madrid.

Hombre tímido, huraño e introvertido, se ha destacado el orgullo como rasgo destacado del carácter de Leandro Fernández de Moratín. Fue muy dado a la sátira y la burla, y un gran analista de la sociedad de su tiempo, desde una posición que siempre quiso fuese distanciada: Fernando Lázaro Carreter se refiere a él como «alma difícil y eminente»[7]. No fue un oportunista, sino que intentó defender su independencia en todo momento. Su actitud afrancesada[8] es fácilmente explicable en su contexto histórico: para muchos españoles del momento, la opción francesa suponía el progreso, la modernización del país, y no dudaron en aceptarla. Además, esa actitud resultaba coherente con sus ideas políticas: un ilustrado liberal no podía apoyar a un rey absolutista como Fernando VII. Moratín aspiró a llevar una vida tranquila, alejada en lo posible de problemas e inquietudes, aunque las circunstancias históricas no lo permitieron; es un buen ejemplo del hombre de letras que busca llevar a cabo, desde cierta distancia, su trabajo intelectual y su labor creativa. Ilustrado y liberal, podemos calificar el suyo como un temperamento burgués. Fue un escritor cerebral, racional, al que le interesaba la perfección formal y huía, por tanto, de toda exageración sentimental.

Se ha dicho, y con razón, que Moratín fue el único dramaturgo español que logró un triunfo para la comedia neoclásica. Sus obras representan la máxima fidelidad al espíritu ilustrado y se atienen con rigor a la preceptiva neoclásica. Para él, la rigidez en la sumisión a las reglas era la única forma posible de alcanzar la verosimilitud necesaria. Tendremos ocasión de comprobarlo al analizar con más detalle El sí de las niñas.


[1] Una buena síntesis biográfica de Moratín es la de Fernando Doménech, Leandro Fernández de Moratín, Madrid, Síntesis, 2003.

[2] La estancia de Moratín en Inglaterra ha sido estudiada por Pedro Ortiz Armengol en su trabajo El año que vivió Moratín en Inglaterra (1792-1793), Madrid, Castalia, 1985.

[3] En carta a su amigo Juan Antonio Melón escribe: «¡Cómo bebo cerveza! ¡Cómo hablo inglés! ¡Qué carreras doy por Hay-Market y Covent Garden! Y, sobre todo, ¡cómo me ha herido el cieguezuelo rapaz con los ojos zarcos de una espliegadera!».

[4] Para los proyectos reformistas de Moratín ver Pablo Cabañas, «Moratín y la reforma del teatro de su tiempo», Revista de Bibliografía Nacional, V, 1944, pp. 63-102.

[5] José Montero Padilla ha destacado esta faceta de «viajero de Europa» de Moratín: «El perfil viajero constituye un aspecto esencial en la personalidad de Leandro Fernández de Moratín. Por gusto primero, por necesidad de desterrado después, el escritor recorrió insistentemente los caminos de Europa» (introducción a su edición de El sí de las niñas, 7.ª ed., Madrid, Cátedra, 1981, pp. 15-16).

[6] Para la etapa valenciana de Moratín, ver Rafael Ferreres, Moratín en Valencia, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 1999.

[7] Fernando Lázaro Carreter, estudio preliminar a la edición de El sí de las niñas de Jesús Pérez Magallón (Barcelona, Crítica, 1994), p. XXX. Ahí mismo le aplica también el calificativo de «el comediógrafo de las luces».

[8] Para esta cuestión remito a Fernando Lázaro Carreter, «El afrancesamiento de Moratín», Papeles de Son Armadans, XX, 1961b, pp. 145-160; y a José María Sánchez Diana, «Moratín afrancesado», Letras de Deusto, VI, 1976, pp. 69-98.

Narciso Serra (1830-1877), dramaturgo romántico

Este dramaturgo español nació en Madrid el 24 de febrero de 1830. Era hijo del comerciante Alejandro Sáenz Díez y de Carlota María Petra Serra Ortega, con la que aquel, tras enviudar, había casado en segundas nupcias[1]. Al comienzo de su carrera literaria firmaba Narciso Sáenz Serra, pero luego abrevió la firma, dejándola en Narciso Serra, nombre bajo el que figura recogido en los manuales e historias de la literatura[2]. Quedó huérfano de padre antes de cumplir quince años, momento en que su madre solicita su ingreso en el Colegio General Militar, donde comienza su formación. Sin embargo, en julio de 1846 lo abandonaría y quedaría sujeto a quintas.

Retrato y firma de Narciso Serra

Como literato, Serra se da conocer en el año 1848 con la publicación de un tomo de Poesías líricas y ese mismo año obtiene un éxito notable con el estreno de su primera obra teatral, una comedia traducida bajo el título de Mi mamá; por el contrario, fracasa en la formación de una compañía teatral propia.

Serra se unió a la sublevación del 28 de junio de 1854 de los generales Dulce, Ros de Olano y O’Donnell, y resultó herido en la acción de Vicálvaro, en lucha con las tropas realistas. Más tarde sería premiado por la reina Isabel II con el empleo de alférez de Caballería; en 1856, en atención a sus méritos, obtendría el grado de teniente (su hoja de servicios le atribuye «valor acreditado») y al año siguiente sería nombrado Caballero de Isabel la Católica. En 1859 pide la licencia absoluta del ejército, que le es concedida. Es una enfermedad, una parálisis progresiva, lo que le obliga a abandonar la carrera militar, con la graduación de capitán de Caballería.

Escribe José Fradejas Lebrero: «A sus treinta años tiene una vida desarreglada y bohemia, aunque cumple con eficiencia y deambula por los cafés, los teatros y las timbas. Por eso Serra afirma: “entre una mujer, una enfermedad y varios cómicos han hecho de mí cualquier cosa”»[3]. Entra entonces en el Ministerio de la Gobernación como oficial de la clase de cuartos, y en 1864 es elegido para el cargo de censor de los teatros; lo abandona en noviembre de 1866, para ser nombrado de nuevo en enero de 1867 y ejercerlo hasta el momento en que la censura es suprimida tras la revolución septembrina del 68.

Narciso Serra permanece soltero, siendo atendido en su enfermedad por su madre, que le sirve también de amanuense: doña Carlota va copiando los escritos que su hijo le va dictando, y el escritor se lo agradece dedicándole varias composiciones poéticas. Lleva una vida aislada escribiendo para el teatro, circunstancia de la que se queja en alguna ocasión al hablar de «la dura / precisión de hacer comedias» para vivir. «De su proverbial buen humor ya no queda nada, se muestra pesimista con los empresarios teatrales, que le van dando la espalda; a pesar de los homenajes, ya no se arriesgan a estrenarle algunas obras», comenta Fradejas Lebrero[4].

Su economía se deteriora desde 1868, aunque compensa sus gastos con los ingresos que recibe merced a los sucesivos homenajes que se celebran en su honor en 1867, 1870, 1873 y 1876. Moriría el 26 de septiembre de 1877, cuando había logrado un nuevo destino en el Ministerio de Fomento. Fradejas Lebrero evoca así su fallecimiento:

Serra murió la noche del 26 de septiembre de 1877, en el cuarto segundo derecha del último edificio, acera de los pares, de la calle de Segovia, junto al recién inaugurado viaducto antiguo. Se le amortajó con el hábito de San Luis Gonzaga y fue enterrado, bajo un torrencial aguacero, en la Sacramental de Santa María. Le acompañaron poetas y dramaturgos —Zorrilla portaba una de las cintas del féretro— y al pasar por los teatros, la orquesta toca la Sinfonía del Profeta y las actrices arrojan coronas de flores[5].

De entre sus poesías, cabe destacar las dedicadas a su madre, a Cervantes y a la Virgen María. Como dramaturgo, Serra es autor de más de cuarenta piezas teatrales, algunas escritas en colaboración con otros autores. Varias de ellas fueron compuestas con cierta premura de tiempo, de ahí que sean desiguales en cuanto a su calidad literaria. Ciertas obras de Serra recuerdan el estilo romántico de Zorrilla, como El reló de San Plácido, con la que obtuvo un gran éxito en 1858, o Con el diablo a cuchilladas (1854). También adaptó obras del Siglo de Oro, como Amar por señas de Tirso de Molina. Pero fundamentalmente es recordado por títulos como El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), ambos con Cervantes como protagonista, La boda de Quevedo (1854), ¡Don Tomás! (1858) o La calle de la Montera (1859), comedia escrita para explicar el origen del nombre de esa calle madrileña. Algunas de estas piezas no son comedias, sino zarzuelas, y otras se presentan bajo los marbetes de proverbio, balada, pasillo, sainete, juguete cómico, etc. Fradejas Lebrero ofrece el siguiente juicio sobre su producción dramática:

Las cuatro facetas teatrales que resaltamos en Serra son: la admiración por los dramaturgos del barroco —germen del teatro romántico— que puede observarse en la relación de Don Tomás con El desdén con el desdén; todavía persistente en el moderado romanticismo de Con el diablo a cuchilladas y, sobre todo, con el primer y no fallido intento de dramatizar la leyenda, entonces casi desconocida, en El reló de San Plácido. La observación de la vida en torno con mirada amable y frívola: El amor y la Gaceta o A la puerta del cuartel. Una última, pero no menos importante, faceta: el humor y el sentimiento que a veces procede de la admiración por «Alfonso Karr, ídolo de la juventud de entonces» (Yxart), que a veces son al teatro «lo que las doloras en la lírica»[6].

En fin, las características más destacadas del teatro de Narciso Serra son el ingenio, la facilidad para la versificación, la viveza en el diálogo y la abundancia de chistes y juegos de palabras. Además, en sus obras queda claro que «Serra conocía los clásicos»[7], y de hecho lo demuestra al convertir en protagonistas de sus piezas a los más famosos escritores del Siglo de Oro (Cervantes, Quevedo), al adaptar alguna pieza concreta (el Amar por señas de Tirso) y también al calcar en ellas estructuras constructivas, peripecias y motivos tópicos de nuestro teatro aurisecular (amoríos de galanes y damas, criados ingeniosos, enredos diversos, lances de capa y espada, billetes amorosos, desmayos, casas con dos puertas, etc.).


[1] Se llegó a comentar por Madrid que era hijo natural del general Antonio Ros de Olano, pero al parecer sin mayores fundamentos.

[2] Por ejemplo, Jesús Rubio Jiménez le dedica esta ficha en Ricardo Gullón (dir.), Diccionario de Literatura Española e Hispanoamericana, Madrid, Alianza Editorial, 1993, vol. II, pp. 1540b-1541a: «Serra, Narciso (Madrid, 1830-1877). Ocupó puestos administrativos, como el de censor de teatros, y continuó la comedia bretoniana en Amor, poder y pelucas (1855), El amor y la Gaceta (1863), A la puerta del cuartel (1867) y ¡Don Tomás! (1867), cuya intriga gira en torno a un riguroso militar a quien Inocencia, la mujer de quien está enamorado, termina suavizando el carácter. Cultivó el drama histórico: La boda de Quevedo (1854), La calle de la Montera (1859) y El loco de la guardilla (1861), dramatización del proceso de escritura del Quijote». Ver Narciso Alonso Cortés, «Narciso Serra», en Quevedo en el teatro y otras cosas, Valladolid, Imprenta del Colegio Santiago, 1930, pp. 129-202; Ana María Freire López, «Un proyecto desconocido del dramaturgo Narciso Serra», Anales del Instituto de Estudios Madrileños, 28, 1990, pp. 661-664; y Víctor Cantero García, «La singularidad del costumbrismo dramático de Narciso Serra: ¡Don Tomás! (1858) o el inicio de la alta comedia postromántica», Cuadernos para investigación de la literatura hispánica, 32, 2007, pp. 251-270.

[3] José Fradejas Lebrero, Introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, Madrid, Castalia / Comunidad de Madrid, 1997, p. 11. Del mismo autor pueden verse también otros tres trabajos: Narciso Serra (mi calle), Madrid, Artes Gráficas Municipales, 1994; Narciso Serra, poeta y dramaturgo, Madrid, Artes Gráficas Municipales, 1995; y «Completando las obras sueltas de Narciso Serra», Anales del Instituto de Estudios Madrileños, núm. 43, 2003, pp. 385-398. Para el comentario de sus dos recreaciones dramáticas cervantinas, remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589. Ver también Narciso Serra, La boda de Quevedo, estudio preliminar, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Eunsa, 2002 (Anejos de La Perinola, 10).

[4] Fradejas Lebrero, Introducción a La calle de la Montera, p. 12.

[5] Fradejas Lebrero, Introducción a La calle de la Montera, p. 13.

[6] Fradejas Lebrero, Introducción a La calle de la Montera, p. 20.

[7] Fradejas Lebrero, Introducción a La calle de la Montera, p. 24.

«Linguae Vasconum Primitiae», de Bernard Dechepare

La expresión literaria escrita del vascuence es muy tardía: tenemos que esperar hasta el año 1545 para que un escritor, el bajonavarro Bernat Etxepare o Bernard Dechepare[1] (nacido en Eiheralarre, St. Michel le Vieux, en Garazi), nos ofrezca la primera obra publicada en lengua vasca, Linguae Vasconum Primitiae (Burdeos, 1545), que pese a su título latino contiene poesías en vascuence —en dialecto bajonavarro— pertenecientes a diversos géneros y de temas también varios (religioso, amoroso, autobiográfico, patriótico, etc.).

Portada de Linguae VasconumPrimitiae

Indica Fernando González Ollé que

Los tiempos modernos se inician para las letras navarras con una obra, escrita en lengua vasca, que ofrece la particularidad de ser el primer libro impreso en dicha lengua. Coincidencia meramente cronológica, pues esa obra, bajo cualquier aspecto que se la considere, salvo la actitud lingüística por ella sustentada, resulta ajena al espíritu y a las formas renacentistas. De otorgarle una adscripción literaria, tarea de incierto éxito, habría que vincularla con preferencia a la época medieval[2].

El único ejemplar conservado consta de veintiocho folios sin numerar y contiene diversas poesías (dos composiciones de tema religioso, diez amorosas, una que canta la libertad y dos de exaltación de la lengua vasca), que van precedidas por una dedicatoria en prosa a un mecenas, Bernard Lehete. En esas palabras preliminares, Dechepare muestra su extrañeza de que la lengua vasca no se haya puesto por escrito y explica su propósito de mostrar que es igual de idónea que otras («zeren ladin publika mundu guzietara berze lengoagiak bezala hain eskribatzeko on dela», «a fin de que fuera notorio a todo el mundo que es tan apta como las demás para ser escrita»). González Ollé recuerda que Dechepare ha sido considerado por la crítica escritor correcto, con un buen dominio del verso y capaz de manifestar sus sentimientos en forma sencilla, aunque su producción no logra alcanzar «grandes cumbres líricas»:

Su poesía se presenta con un inconfundible aire popular, a veces rudo, que llega fácilmente al lector. Queda patente la influencia de determinados himnos litúrgicos en algunas de las composiciones de contenido devoto, que exponen verdades de fe y recomendaciones piadosas, mientras que las de tema amoroso aparecen transidas a veces por un aire desenfadado. En estas se reflejan motivos literarios universales, tal el debate en defensa de las mujeres, las quejas del enamorado, el amante celoso, etc. [3]

Por su parte, Ángel Irigaray se sitúa con los críticos que atribuyen a sus poesías «indudable belleza y garra» Destaca que incluso hoy, después de más de cuatro siglos, se leen «bastante fácilmente y con sentida emoción»[4].

Los poemas de que consta el libro, traducidos sus títulos, son: «Doctrina cristiana» (450 versos), «Desengaño de amantes» (145 versos), «En defensa de las mujeres» (66 versos), «Coplas de casados» (40 versos), «El amante secreto» (28 versos), «Separación de amantes» (30 versos), «El amante celoso» (32 versos), «Petición de beso» (23 versos), «Requerimiento de amor» (48 versos), «Disputa de enamorados» (74 versos), «Vete de aquí en mala hora» (4 versos), «Desdén de la amada cruel» (56 versos), «La canción de Mosén Bernat Etxepare» (102 versos), «Contrapás» (40 versos) y «Saltarel» (19 versos). En el colofón se indica como desideratum: «Que este modesto principio tenga más feliz continuación». Estos son algunos versos pertenecientes a «Doctrina cristiana»:

Munduian den gizon orok behar luke pensatu
Jangoikoak nola duien batbedera formatu,
bere irudi propiara gure arima kreatu,
memoriaz, borondatez, endelguiaz goarnitu.

Todo hombre en este mundo debería pensar
que Dios ha formado a cada uno de nosotros,
ha creado nuestra alma a su propia imagen
y la ha dotado de memoria, entendimiento y voluntad.

Y estos otros pertenecen al famoso «Contrapás»:

Heuskara,
jalgi adi kanpora.

Garazi herria
benedika dadila,
heuskarari eman dio
behar duien thornuia.

Heuskara,
jalgi adi plazara.

¡Euskara,
sal fuera!

El país de Garazi,
¡bendito sea!,
él ha dado a la lengua vasca
el rango que le corresponde.

¡Euskara,
sal a la plaza!

Como escribe González Ollé,

Extremadamente alborozado se muestra Echepare al cerrar su obra con un panegírico del vascuence, al que pone —son sus palabras— por encima de todas las lenguas, ahora que, habiendo salido a la calle, gracias a la imprenta, va a disfrutar de días florecientes. Esta exaltación de la propia lengua materna permite atribuir a Echepare un rasgo netamente renacentista[5].

Hay algunas ediciones modernas de esta obra: por ejemplo, El primer libro impreso en euskera (año 1545). Reproducción facsímil del único ejemplar que se conoce de la edición príncipe, hoy en la Biblioteca Nacional de París. Con una introducción bio-bibliográfica de Nicolás de Alzola Guerediaga y la primera edición castellana debida a Lino de Aquesolo y Olivares (Bilbao, la Gran Enciclopedia Vasca, 1966); y Linguae vasconum primitiae (1545-1995) (Bilbao, Real Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia, 1995).


[1] Son muchas las formas en que se escribe su nombre: Bernat (Bernard, Beñat) Etxepare, Bernard Dechepare (Echepare), Bernat Detxepare, Bernardum Dechepare en latín, Bernard Detchepare según la actual ortografía francesa, etc.

[2] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 79.

[3] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, p. 80.

[4] Ángel Irigaray, Escritores navarros en «euskara», Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Dirección de Educación), 1980, p. 8.

[5] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, p. 80.

Literatura hebraica en Navarra: Yehudah ha-Levi

(Dedico la entrada de hoy a Shai Cohen, doctorando del GRISO promotor y mantenedor de esta red de blogs que forman la GRISOSFERA.)

La ciudad de Tudela, y en concreto su judería (la más importante de Navarra), fue el lugar de nacimiento de tres navarros ilustres y universales: Yehudah ha-Levi, Abraham ibn Ezra y Benjamín de Tudela. Hemos de tener presente que la cultura hispano-judía alcanzará un gran desarrollo en torno al reino de taifa de los Banu Hud en Zaragoza y que Tudela sería una prolongación de la taifa zaragozana hasta el año 1119 en que es incorporada a la Cristiandad por Alfonso I el Batallador. «Tudela, la Tutila de al-Andalus —escribe José María Corella—, florón sobresaliente del reino taifa de Zaragoza de los Banu Hud, es la cuna de la literatura de nuestra tierra y hasta el presente, considerándose en bloque la trayectoria histórica de la literatura en Navarra, nadie puede discutirle la capitalidad de las letras navarras»[1].

En los tres judíos tudelanos mencionados vamos a encontrar representados, respectivamente, los campos de la poesía, la ciencia y la literatura de viajes. En conjunto, sus obras constituyen una singular aportación al mundo cultural de ese momento. Los tres escritores nacieron en Tudela en una franja temporal de unos cincuenta años, en un momento que los estudiosos califican como de verdadera Edad de Oro para la comunidad judía. Sin embargo, los tres personajes, inteligentes y cultivados, verdaderos ilustrados para la época, emigraron a centros culturales de otros lugares y fueron embajadores del acervo de la comunidad hispana en toda Europa. Hoy me aproximaré brevemente al primero de ellos, quedando para futuras entradas el examen de las figuras de Abraham ibn Ezra y Benjamín de Tudela.

Monumento a Yehudah ha-Levi

Yehudah ha-Levi (Yehudah ben Samuel ha-Levi, cuyo nombre se transcribe también con otras grafías: Yehudah Halevi, Yehudá ha-Leví, Judah Halevi…), nacido en Tudela hacia el año 1070, fue llamado por Menéndez Pelayo «príncipe de los poetas hebraico-hispanos»; también en opinión de Fernando González Ollé es «el mejor poeta hispanohebreo». Se le ha conocido con el sobrenombre de «El castellano», porque durante cierto tiempo se le creyó natural de Toledo (la confusión tiene su origen en el parecido de las grafías árabes de Toledo y Tudela). Cultivador de temas religiosos y profanos, sus composiciones se clasifican en diversas categorías: poesías báquicas, amorosas, florales, festivas, enigmáticas, de amistad, latréuticas (de glorificación al Creador), del mar, epitalámicas… Del conjunto de su producción cabe destacar las Siónidas (poesía sagrada) y el Qesudá o Himno de la Creación, composición que sigue el Salmo 104. «En ella canta a Dios y a los reinos de la creación con una gran densidad de conceptos bíblicos, hallándose estructurada en series rítmicas pareadas», escribe Corella[2], para quien esta obra, la más famosa y universalmente conocida de Yehudah ha-Levi, es también «lo mejor de toda la literatura hebraicoespañola».

Retrato de Yehudah ha-Levi

Merece la pena transcribir aquí un par de textos poéticos de Yehudá ha-Leví. En primer lugar, una poesía amorosa (son poemas que suelen centrarse en la descripción de la belleza o el recuerdo de la amada, equiparada muchas veces a una cierva o gacela):

La cierva lava sus vestidos en las aguas
de mis lágrimas y los tiende al sol de su esplendor.
No precisa agua de manantiales, pues tiene mis ojos,
ni sol, con la belleza de su figura.

 El segundo texto es un poema báquico, que canta al vino:

Las copas sin vino son pesadas,
son arcilla como las vajillas de barro,
mas al llenarlas de vino se hacen leves
lo mismo que los cuerpos con las almas.

Estos poemas, que reproduzco en traducción española, los compuso Yehudah ha-Levi en hebreo. Pero también se le recuerda como autor de varias cancioncillas o jarchas. Las jarchas son la primera muestra de una manifestación literaria en lengua romance peninsular (son asimismo el testimonio más antiguo de poesía lírica en una lengua románica). Las jarchas han llegado hasta nosotros en escritura hebrea o árabe. No son composiciones autónomas, sino estrofas que cierran a modo de estribillo o finida los poemas llamados muwassahas o moaxajas, cuya composición inició Muqqadam ibn Muafa, el Ciego de Cabra. He aquí tres jarchas de Yehudah ha-Levi, con su correspondiente versión en castellano actual:

Des kuand mieu Cidiello vénid,
tan buona albixara!,
com’rayo de sol éxid
en Wadalachyara.

Cuando mi Cidiello llega,
¡qué buenas albricias!,
como rayo de sol sale
de Guadalajara.

Bayse meu qorazón de mib.
¡Ya Rabb, si se me tornarad!
¡Tan mal me dóled li-l-habib!
Enfermo yed: kuand sanarad?

Vase mi corazón de mí.
¡Ay, Señor, si se me volverá!
¡Tanto dolor por el amigo!
Enfermo está: ¿cuándo sanará?

Garid bos, ay, yermanellas,
kom kontener he mew male.
Sin el-habib non bibreyo:
ad ob l’irey demandare?

Decid vos, ay, hermanitas,
cómo contendré mi mal.
No viviré sin mi amigo,
¿adónde le iré a buscar?

Con estas palabras valora José María Corella la aportación lírica del poeta judeo-navarro:

Todo en la poesía y en la obra de Yehudá ha-Leví […] nos habla de un carácter amable, cortés y suave, fácil a los encantos con que le brinda la naturaleza, la juventud, los amigos con cuyo trato se deleita. Conforme los años discurren y la mayor parte de los amigos de su juventud van desfilando bajo las sombras de la muerte, un acento de mayor gravedad se delinea en sus escritos. Es el alma de un poeta, herida por dolores y recuerdos, por experiencias y nostalgias, que madura en sazón sublime de aromas y sentidos sentimientos. El espectáculo de la triste situación de su pueblo (ese pueblo que fue elegido de Dios y tomó en depósito los más altos destinos), sujeto a continuos desmanes y atropellos fuera del oasis que los reinos del norte brindaban, llena de dolor el corazón de este navarro judío y poeta. Pero no encontramos en él ningún atisbo de desaliento. Yehudá es cantor excelso de la esperanza, una esperanza que reside en la nobleza del alma curtida en la afirmación de la más depurada espiritualidad bíblica. Por eso encontramos en su poesía la contraposición de la perenne belleza del alma con la caducidad de las cosas mundanas. Su poesía, ante todo y sobre todo, es una poesía moral entonada a través de la más cálida emoción bíblica y que huye de cualquier tópico de corte moralista y estoico[3].

Yehudah ha-Levi es autor también de una obra filosófica, el tratado titulado Kuzari o Libro de la prueba y del fundamento sobre la defensa de la religión despreciada, de enorme importancia en la apologética judaica, y que ejerció poderosa influencia en títulos concretos de don Juan Manuel y de Raimundo Lulio. Corella (y con sus palabras cerraré mis comentarios) nos ofrece un resumen de su contenido:

Obra apologética, moldeada sobre un cañamazo de clásica estirpe oriental, tenía el prestigio de un hecho histórico: un rey —el de los Kuzares—, lleno de buena fe en sus obras, pero envuelto en la ignorancia del paganismo, siente la necesidad de remontarse a la verdadera religión. A tal efecto, procura ser instruido en la de los cristianos, en la de los musulmanes después, y, por fin, viendo la base bíblica en que descansan ambas, acude a un sabio judío, quien le conquista para su religión y le instruye en la misma, solventándole las dificultades de toda índole que asaltan al regio neófito»[4].


[1] José María Corella, La literatura y los escritores hebraicos en Navarra, Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Dirección de Educación), 1980, p. 12.

[2] Corella, La literatura y los escritores hebraicos en Navarra, p. 12.

[3] Corella, La literatura y los escritores hebraicos en Navarra, p. 13.

[4] Corella, La literatura y los escritores hebraicos en Navarra, p. 15.

Semblanza de Ignacio Arellano, corellano ilustre y universal

Hoy 29 de septiembre, día de San Miguel, entregaban al Prof. Ignacio Arellano el premio como Corellano del Año 2012 (Corella, ciudad de la Ribera de Navarra, es su localidad natal), y con tal motivo me pidieron que escribiera unas líneas acerca de él. Como fácilmente se comprenderá, no deja de ser un compromiso, y además grande, trazar una semblanza de quien es tu jefe: en primer lugar, porque se corre el riesgo de no acertar; y también, entre otras razones más, porque nunca faltará algún malpensado que, al leer la tal semblanza (donde a la fuerza habré de echarle algunas flores), quiera ver en ello un intento manifiesto y no nada sutil de hacerle la pelota… Y es que, al hablar de Ignacio, los elogios son forzosamente necesarios, pero no por ello espero ver aumentada mi nómina al final de mes… Con estas necesarias advertencias preliminares, paso a reproducir el texto escrito para la ocasión, incluido en el programa de fiestas de la Peña «El Tonel», y que es como sigue:

La verdad es que me ponen en un compromiso cuando me piden que escriba una semblanza de Ignacio Arellano en la que plasme «algún recuerdo que te haya contado de su localidad, de su familia, de su experiencia como profesor, algo entrañable que quieras destacar». Ciertamente, no me causaría demasiado problema trazar el perfil académico del profesor Arellano, Catedrático de Literatura Española, Director del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra, profesor visitante en numerosas universidades de todo el mundo, autor de unos ciento sesenta libros sobre literatura española y de más de trescientos artículos en revistas científicas, miembro de las Academias de la Lengua española de Chile y Bolivia, etc. Eso sería bastante fácil, pero no es eso exactamente lo que se me pide, sino una semblanza más personal, pensada para un público corellano, y eso resulta ya un poco más complicado.

La personalidad de Ignacio Arellano, como el teatro del Siglo de Oro que él tan bien conoce, presenta muchas facetas: está, por supuesto, la figura académica de profesor e investigador, siempre rodeado de libros que se leen por gusto o por obligación (a veces por ambas razones a la vez), y siempre escribiendo sobre aquello que se ha leído (también en su perfil de Facebook o en su blog personal, «El jardín de los clásicos»). Muy ligada a la anterior va la faceta del viajero/aventurero que continuamente se desplaza a los más variados puntos del globo terrestre. No hay que olvidar tampoco su calidad de poeta, aspecto este quizá desconocido para muchos: no es que se prodigue demasiado en este terreno, ni por supuesto él va por la vida ejerciendo de poeta, pero burla burlando ahí están sus tres poemarios ya publicados: Vivir es caminar breve jornada (1991), Canto solo para Lisi (1997) y Los blues del cocodrilo (2006), en los que es fácilmente detectable la influencia de los clásicos. Y luego está, en fin, el aspecto más íntimo del hombre en su entorno familiar y de amistades. Así pues, a la fuerza ha de ser esta la semblanza de un hombre con múltiples perfiles: profesor e investigador infatigable, lector empedernido, viajero y aventurero, poeta, bloguero… y también hombre de su casa y de su familia. Y es que Ignacio Arellano abarca mucho y, contradiciendo el refrán, aprieta también mucho en todo lo que abarca.

De su actividad académica no diré mucho. A sus alumnos de la Universidad puede transmitir quizá la imagen de un profesor serio y reservado. Sin embargo, cuando lo has tratado de cerca, esa impresión cambia por completo. Podría decirse que Arellano gana en las distancias cortas y así, cuando hay confianza, aparece enseguida el hombre cercano, buen amigo de sus amigos, preocupado siempre por los demás, que hace gala de buen humor y de una fina ironía muy quevediana (una tesis doctoral sobre el satírico autor barroco imprime carácter…). Rasgos destacados de su personalidad son su brillante inteligencia, su inagotable capacidad de trabajo (es un verdadero currela del Siglo de Oro), su visión siempre clara y atinada a la hora de analizar las cosas. También eso que ahora llaman capacidad de liderazgo, y que toda la vida se ha dicho saber mandar: en efecto, el profesor Arellano manda, y manda mucho, pero es que para mandar hay que saber hacerlo. Él es, sin duda alguna, el motor central que pone en marcha la compleja maquinaria del GRISO… Pero no me quiero extender más en esto, para que no se diga que la semblanza se sale de unos límites razonables y pasa al terreno del panegírico.

Es Arellano lector insaciable, y con una prodigiosa y envidiable memoria: no es solo que haya leído muchísimo, sin descanso; es que recuerda con detalle los personajes, temas, datos y circunstancias de todas sus lecturas. En las conversaciones de sobremesa, no le gusta hablar de las oposiciones ni de otras batallitas académicas al uso, sino de aquello que verdaderamente le apasiona: los libros, las películas, la música, los viajes, la vida…; y de los libros, no solo los clásicos, sino también la novela negra o el género de la ciencia ficción. En cierta ocasión le preguntaron en una entrevista para Nuestro tiempo: «¿Vd. no sale de casa sin…?», y su sabia respuesta fue: «Sin un libro, por lo que pueda pasar…».

Hablar de aspectos familiares, y sobre todo de su relación con Corella, es más complicado para mí, pero saldré del paso recurriendo a su propio testimonio recogido en un poema dedicado a su amigo Javier Peñas, donde enumera una serie de materiales para elaborar una composición poética, los cuales son recuerdos y vivencias personales: «las campanas de fiesta, el camino del río»; «mi padre, que cantaba la misa de Perossi (yo empujando el fuelle del órgano en el coro)»; «una trilla nocturna, lejana, con mi abuelo Esteban»; «paisaje con mi caballo en el Ontinal, un gran álamo blanco riberas del Alhama»; «los cerezos en flor, sin hojas, con abejas, el pino de la huerta repleto de pájaros, la hierba quemada, aquel olor»; «la trombosis de mi madre, el invierno, las botas coloradas de mi padre, de media caña, de cuero fino». Son instantáneas de la memoria íntima o, como se indica en el propio poema, «una especie de mosaico de motivos, más o menos articulados por la nostalgia». Hombre preocupado por la familia (esposa, cinco hijos…), así lo constata el final de esa misma composición, que se entrevera con un eco quevediano: «y la belleza mortal de tu perfil / y la estatura creciente de nuestros hijos / y las azadas del momento y de la hora / y mi temerosa y frágil felicidad, / etc.».

Recordaré que Ignacio siempre comenta que la India, el país que más le ha atrapado, le gusta tanto porque le recuerda su infancia rural en Corella: la labranza y la cosecha, los aperos y trabajos del campo, los viejos oficios artesanos… No en balde inició la carrera de ingeniero agrónomo, y ahora su huerta en Belascoáin constituye uno de sus lugares predilectos de descanso y desconexión del trabajo, un verdadero locus amoneus. Hombre de gustos sencillos (nada de refinados manjares; de postre, siempre fruta…), su vieja cartera de cuero (la última que fabricó el Cabecilla, el último guarnicionero que hubo en Corella) le ha acompañado, repleta de libros, en sus innumerables viajes, que le han llevado desde Pelechuco o las selvas del Madidi en Bolivia hasta el interior de Senegal, pasando por Cúcuta, Cuzco, Fez o Arunachal Pradesh, entre otros muchos destinos. En todos esos sitios la gente se ha enterado de algunas noticias sobre el Siglo de Oro, y de que el profesor Arellano venía de Corella, una ciudad española en la Ribera de Navarra.

Las líneas precedentes constituyen una de las muchas semblanzas posibles de Ignacio Arellano; alguien que la escribiese desde Corella habría podido aportar un enfoque diferente (más topónimos y apodos, viejas anécdotas de sabor local…). Sea como sea, el profesor Arellano, Ignacio, es sin lugar a dudas un corellano ilustre y universal, y aunque sus viajes lo llevan con frecuencia muy lejos de su ciudad natal, estoy seguro de que, esté donde esté, lleva siempre a Corella en su corazón.

El Cid en la Generación del 27 y el exilio republicano español

Francisco Javier Díez de Revenga ha llamado la atención sobre la escasa atención prestada por la crítica a la abundante presencia de la materia cidiana en los poetas de la denominada Generación del 27, pese a ser esta tan destacada:

La estela legendaria del Cid, de la que se nutrieron poesía, teatro, novela e incluso cine, no ha cesado desde 1099, fecha de la muerte de Rodrigo Díaz de Vivar, hasta la actualidad. Numerosos estudios han rastreado su importancia literaria como mito reiterado a través de los siglos. Pero hay algunos espacios que la crítica no se ha dignado a visitar. El Cid ha sido objeto de reflexión, especialmente a través del Poema de Mío Cid, para los poetas más importantes de nuestro siglo, y, muy especialmente, para los del 27, que prefirieron el lado más humano de su indeleble y múltiple leyenda. Ni el Panorama crítico sobre el Poema de Mío Cid, que realizó muy meritoriamente Francisco López Estrada, ni el libro sobre la recepción del Poema en la literatura universal, que escribió Christoph Rodiek, obra documentadísima en tantos aspectos, mencionan poema alguno de los poetas del 27 en relación con el señero poema medieval y su protagonista don Rodrigo Díaz de Vivar. Sin embargo, desde Federico García Lorca a Miguel Hernández, en cuyas obras hay menciones al Cid y a sus hazañas, desde Pedro Salinas a Dámaso Alonso, que dedicaron páginas luminosas al Poema, hasta Rafael Alberti o Jorge Guillén, que crearon poemas con la presencia directa del Cid en sus versos, pasando por Gerardo Diego, que lo menciona en varias ocasiones, y estudia el famoso Poema con aciertos de gran lucidez, hasta llegar a textos tan significativos como la versión modernizada hecha por el propio Salinas, hay que aludir detenidamente a la presencia del Cid y su Poema en los poetas del 27[1].

Y más adelante, después de rastrear la presencia cidiana en los poetas inmediatamente antecedentes (Manuel Machado, Antonio Machado, Rubén Darío…), explica cuál fue el tratamiento que, en líneas generales, dieron al tema los poetas del 27:

En todo caso, la generación siguiente, los del 27, volvieron al Cid con una mirada muy diferente. El personaje seguía atrayendo, pero naturalmente no como guerrero conquistador autor de brillantes  victorias, sino como personaje remoto que sufrió, como decíamos, abandono de su señor y destierro. Los esplendores pintorescos del modernismo son sustituidos por una penetración en la figura del guerrero castellano, sobre todo a través de los textos, como ocurre con Guillén o con Rafael Alberti, de los textos no ya los legendarios del romancero, del Cid de las mocedades y de los gestos bravucones, sino con los textos del Poema de Mío Cid que nos devuelve un caballero leal injustamente tratado por su señor y echado de sus tierras. La figura de la esposa del Cid, Jimena, que sufre las mismas calamidades y el destierro —que luego captaría de forma tan lírica María Teresa León en su biografía novelada— aparece igualmente como ser que sufre injusticia y destierro. A pesar de su lealtad, a pesar de su sangre real, a pesar de sus virtudes de esposa y madre[2].

Coincido plenamente con estas palabras, pues en las recreaciones cidianas de todos estos poetas —que ahora no es posible ni siquiera enumerar— predomina de forma muy clara la captación de los valores humanos del personaje (y, en su caso, también del de doña Jimena) por encima de la atracción de las hazañas bélicas del héroe.

Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador

Por su parte, Eladio Mateos ha explicado la fácil identificación que pudo darse entre los exiliados republicanos españoles y el guerrero castellano. Tras recordar que Rodrigo Díaz de Vivar fue asimismo un símbolo profusamente utilizado por el régimen franquista, añade que no conviene olvidar que «el Cid, don Quijote o Santa Teresa también partieron al destierro sobre los hombros vencidos de los exiliados de 1939». Y comenta certeramente:

Para los exiliados, el Cid es uno de los eslabones más fuertes de la cadena que los anuda a aquella tradición cultural, transfigurada ya en una España ideal de la que se sienten herederos y legítimos representantes, y su propia experiencia histórica no haría más que acentuar la identificación con el héroe poético e histórico cuyo relato comienza con un destierro. Pocos personajes de la cultura nacional podían encarnar tan ajustadamente la metáfora del exiliado como Rodrigo Díaz de Vivar, imagen ideal del hombre justo que, por traición, sufre un amargo destierro cuya adversidad sabrá superar gracias a su independencia y  sus capacidades propias. […] Por eso la sombra del Campeador acompaña la dispersión española de 1939, sobre todo en su periplo americano, donde la lengua común y la tradición compartida eran tierra abonada para que calaran las nuevas formulaciones del mito que proponen los escritores del exilio[3].

En entradas futuras del blog volveremos sobre esta cuestión, analizando, por ejemplo, la mirada de Rafael Alberti al mito del Cid en la serie de poemas «Como leales vasallos», de Entre el clavel y la espada (1941).


[1] Francisco Javier Díez de Revenga, «El Poema de mio Cid y su proyección artística posterior (ficción e imagen)», Estudios Románicos, 13-14, 2001-2002, p. 59.

[2] Díez de Revenga, «El Poema de mio Cid y su proyección artística posterior (ficción e imagen)», pp. 66-67.

[3] Eladio Mateos, «El segundo destierro del Cid: Rodrigo Díaz de Vivar en el exilio español de 1939», en Gonzalo Santonja (coord.), El Cid. Historia, literatura y leyenda, Madrid, Sociedad Estatal España Nuevo Milenio, 2001, pp. 132-133.

Miguel de Dicastillo, poeta cartujo tafallés del siglo XVII

Comenta José María Romera que el siglo XVII en Navarra no es demasiado abundante en escritores, por lo menos si se compara con la exuberancia que conoce en este momento el conjunto de la literatura española. Sin embargo, ha puesto de relieve también que las escasas muestras del Barroco literario en Navarra «alcanzan una muy estimable calidad, de modo particular en la poesía»[1], terreno en el que brillan con luz propia las figuras de José de Sarabia (autor de la «Canción real a una mudanza», al que ya dediqué una entrada anterior) y Miguel de Dicastillo, cartujo tafallés que cultiva la poesía religiosa. En efecto, estos son los dos poetas principales que podemos encontrar en nuestro recorrido por la historia de la poesía en Navarra en el siglo XVII, si bien todavía podremos añadir (en próximas entradas) algunos nombres más.

El P. Miguel de Dicastillo (Tafalla, 1599-Cartuja de El Paular, 1649), religioso cartujo, es autor de Aula de Dios, cartuja real de Zaragoza (Zaragoza, por Diego Dormer, 1637), poema con forma didáctico-descriptiva, en silvas, del que ya hablara elogiosamente Ticknor. Zalba conjeturaba que tal vez antes de ser religioso Dicastillo pudo escribir otro tipo de versos[2], que él llamó profanos, pues se arrepiente de ellos en su Aula de Dios: «y lloro renovando la memoria / de cuando yo algún día / cantar versos solía / de finezas humanas». Sin embargo, esta indicación podría responder igualmente a un mero tópico literario.

Portada de Aula de Dios

Pertenece Aula de Dios al género barroco del poema descriptivo, y cabe destacar que Dicastillo se anticipa en algunos años a la obra más característica del corpus, el Paraíso cerrado (1652) de Soto de Rojas. Su tema nuclear es el del desengaño barroco, pues en lo esencial se trata de una invitación del yo lírico a un destinatario interno del poema para que este abandone el ajetreo de la vida mundana y se retire al claustro para llevar una vida libre de preocupaciones y plenamente gozosa, en contacto permanente con la naturaleza y con su Creador.

En los versos de Dicastillo se aprecia cierta influencia gongorina (González Ollé la detecta «tanto en sintaxis y léxico como en motivos concretos»[3]), aunque limitada. Otros rasgos estilísticos que deben ser mencionados son su erudición y conocimiento de la cultura de la Antigüedad, la presencia de situaciones y motivos contemporáneos vueltos a lo divino y el acertado tono poético, mantenido —con algunos altibajos— a lo largo del poema, que hacen de este olvidado poeta navarro un escritor digno de mayor atención.

Afirma González Ollé que «queda asimismo patente la calidad poética de esta obra, pese a seguir los convencionalismos propios de un género que los tiene muy estrictos», y concluye: «A mi juicio, Aula de Dios ha de inscribirse en el parnaso navarro como la obra de más prolongado y sostenido aliento poético, con las inevitables desigualdades debidas a su extensión»[4].

Existe una edición facsímil de Aula de Dios, cartuxa real de Zaragoza (Zaragoza, Pórtico, 1978), con un estudio preliminar de Aurora Egido, donde se pueden encontrar más detalles sobre Dicastillo, su poema y su contexto genérico. Por mi parte, he dedicado un par de trabajos al cartujo navarro, donde el lector interesado podrá encontrar un análisis más detenido de su poema y su estilo, al que he aplicado la etiqueta de «culteranismo cartujo»[5]. Ahora, como mínimo ejemplo de ese estilo poético de Miguel de Dicastillo (empleo de términos cultistas, versos bimembres…), recordaré únicamente esta descripción poética del amanecer:

Despierto, pues, con las cantoras aves,
cuando con dulces voces y süaves,
después de haber templado en los jazmines
los picos amorosos, los clarines,
que celebren de Febo
el primer rosicler, el rayo nuevo…


[1] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Editorial Mediterráneo, 1993, p. 179b.

[2] Ver José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 354.

[3] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 122.

[4] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, p. 122.

[5] Ver Carlos Mata Induráin, «El “culteranismo cartujo” de Aula de Dios (1637), de Miguel de Dicastillo», Río Arga, núm. 103, tercer trimestre de 2002, pp. 20-26; y «“De flores intrincado laberinto”: el jardín poético de Aula de Dios (Zaragoza, 1637) de Miguel de Dicastillo», en María Luisa Lobato y Francisco Domínguez Matito (eds.), Memoria de la palabra. Actas del VI Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro, Burgos-La Rioja, 15-19 de julio de 2002, Madrid / Frankfurt, Iberoamericana / Vervuert, 2004, vol. II, pp. 1303-1315.

La producción narrativa de Manuel Iribarren

En una entrada anterior trazaba una semblanza general del escritor navarro Manuel Iribarren (Pamplona, 1902-1973), en la que recordaba los principales datos de su vida y los relativos a su obra no narrativa. Quedaría, para completar el panorama de su producción, ofrecer un breve comentario de sus novelas.

La primera que publicó Manuel Iribarren fue Retorno (Madrid, Espasa Calpe, 1932). Melchor Fernández Almagro vio en esta obra «la vuelta de la novela española hacia el realismo tradicional». La acción coincide con la peripecia vital del protagonista, Ignacio Quintana Azpiri, a quien las circunstancias (su relación con los poderosos Pumariño) obligaron a escapar de su pueblo. Tras una azarosa vida en América, parece alcanzar la dicha en su matrimonio con María, pero al tiempo, y ya de vuelta en España, destroza esa felicidad familiar al caer en una vida de degradación y vicio. La enfermedad y muerte de su hijo Santiago será el revulsivo que despierte su conciencia y le haga regresar al hogar y a la fe religiosa que había perdido (a esto alude el título). La crítica ha puesto de relieve el tono costumbrista de la novela, aspecto en el que cabe destacar la descripción de las fiestas de San Fermín en el Pamplona del año 1931. Retorno tuvo una segunda edición (Barcelona, Lauro, 1946) en la que el autor retocó algunos pasajes demasiado crudos del texto de 1932.

La segunda novela, La ciudad (Santander, 1939), fue calificada de «verdadera epopeya moderna» y conoció pronto los honores de la traducción. Narra la peripecia vital de Elena, mujer por la que se interesan tres hombres, Fernando, Germán y Pablo, que representan tres tipos distintos de amor. Fechada en los años 1935-1936, tiene como escenario el Madrid de la guerra civil. Más adelante el autor rehízo la novela en Encrucijadas (Madrid, Aguilar, 1952): se aprovechan aquí varios personajes y parte de la acción, si bien la peripecia sentimental de Elena se completa ahora a través de su relación con José María Lizarraga, un navarro al que la guerra le ha arrebatado a su novia Nieves. En fin, se ve que el personaje de Elena interesó grandemente a su autor, porque existe una continuación, El tributo de los días (Madrid, Editora Nacional, 1968), en la que Elena rehace su vida al casar con Agustín y trasladarse a vivir a un pueblo navarro a orillas del Ebro (de hecho, en un borrador que se conserva la novela figura bajo el epígrafe de La tierra, el amor y el río).

Cubierta de El tributo de los días

El mismo año de 1939 publicó Iribarren en la colección «La novela del sábado» Símbolo, un relato breve amplificado después en Pugna de almas (1944), novela que simboliza la partición de España durante la guerra civil en el enfrentamiento de dos hermanos, Miguel y Lorenzo, opuestos en sus ideas políticas y rivales además por el amor de María. La madre de los jóvenes (que significativamente se llama Dolores) es símbolo de una España dividida en dos mitades antagónicas que se enfrentan en cruel contienda, hermanos contra hermanos.

En mi opinión, la mejor novela de Manuel Iribarren es San Hombre (Madrid, Editora Nacional, 1943). Como reza su subtítulo, la obra analiza el Itinerario espiritual de Martín Vidaurre, un hombre corriente (un artesano de una pequeña ciudad, Pamplona) perseguido por la desgracia, una persona a la que la vida ha zarandeado duramente: de sus tres hijos, el varón ha muerto fusilado en la guerra civil, mientras que, de las dos hijas, una se ha alejado de la familia para vivir los difíciles tiempos de la guerra en Barcelona y la otra está afectada por una grave enfermedad. A pesar de todas estas desgracias y contrariedades, Martín se mantiene siempre fiel a sus creencias tradicionales, dando prueba de su entereza moral y su confianza en Dios. Antonio Marichalar la definió como «la novela de Pamplona», y también en ella encontramos algunas animadas escenas sanfermineras.

La novela que cierra el ciclo narrativo de Iribarren (dejando aparte sus cuentos, como alguno que publicó en Pregón) es Las paredes ven (Valencia, Prometeo, 1970). Se centra en el personaje de José Javier Almándoz, en torno al cual aparecen otras historias y otros personajes: su exnovia Ana Mari, el triángulo amoroso formado por Andresa, Lázaro y Susana, etc. La obra tiene cierto tono policiaco en tanto en cuanto se abre con la muerte de la citada Andresa, y parte de la intriga consistirá en aclarar si se trató de un suicidio o de un crimen pasional.

Cubierta de Las paredes ven

Además, Manuel Iribarren dejó inédita[1] otra novela, El miedo al mañana, que es una relaboración ampliada de un texto titulado El egoísta.

Características generales de las novelas de Manuel Iribarren son el empleo de una técnica que puede definirse en líneas generales como realista, cierta tendencia al costumbrismo (sus novelas están ambientadas preferentemente en Navarra, aunque algunas acciones suceden también en Madrid, donde el autor vivió varias temporadas) y el análisis introspectivo de personajes a los que se les plantean graves casos de conciencia. Esta última circunstancia hace que, en muchas ocasiones, la novela se convierta en instrumento para la transmisión de una enseñanza moral, acorde con las ideas conservadoras y tradicionales del autor, en especial con sus sentimientos cristianos. En suma, la obra de Manuel Iribarren es bastante extensa y rica y merece, indudablemente, un estudio monográfico de conjunto, que hasta la fecha no existe.


[1] Agradezco a la familia de Manuel Iribarren, en especial a su viuda doña M.ª Ángeles Santesteban Iribarren y a su hijo, Santiago Iribarren Santesteban, su generosa amabilidad al facilitarme el acceso a los numerosos y muy interesantes inéditos literarios que se conservan en el archivo del escritor.

Vida y obras de fray Diego de Estella (1524-1578)

La prosa ascético-mística está representada, en el caso de los escritores navarros, por fray Diego de Estella, Pedro Malón de Echaide y Leonor de Ayanz. A estos tres autores en castellano se les sumará, ya en el siglo XVII, Pedro de Axular, cuyo idioma de expresión es el vascuence. No sin cierta exageración escribía José Zalba que

Junto a los nombres de los Luises de Granada y de León, de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Fr. Juan de los Ángeles, que tanto sublimaron la mística y la ascética, tenemos en Navarra dos que no desmerecen de aquéllos: son el franciscano Fr. Diego de Estella y el agustino Fr. Pedro Malón de Echaide[1].

Hoy repasaré la vida y obras del primero de ellos, fray Diego de Estella.

Fray Diego de Estella

La situación que conoció Estella en el siglo XVI, tras las guerras civiles y episodios bélicos de la centuria anterior en Navarra, era de bonanza. Existía en la ciudad un estudio de Gramática y funcionaba una imprenta instalada a instancias de Miguel de Eguía. Tal sería el lugar de nacimiento del franciscano fray Diego de Estella (Estella, 1524-Salamanca, 1578), conocido especialmente como autor del Libro de la vanidad del mundo. Su nombre en el siglo era Diego de San Cristóbal-Ballesteros y Cruzat de Ortiz Eguía y Jaso. Estudió en la Universidad de Toulouse, cuyas aulas frecuentaban muchos estudiantes navarros, y Teología en Salamanca, donde coincidió con fray Luis de León y Francisco de Vitoria. Teólogo de Felipe II, se incorpora a su Corte entre 1565 y 1569 y en ella fue predicador y consultor. Más tarde se distanció del monarca por el dispendio que suponían las obras de El Escorial.

Sus obras escritas en castellano son Tratado de la vida, loores y excelencias del glorioso Apóstol y bienaventurado Evangelista San Juan (Lisboa, 1554), Libro de la vanidad del mundo (Toledo, 1562; Salamanca, 1574 y Salamanca, 1576) y Meditaciones devotísimas del amor de Dios (Salamanca, 1576); mientras que entre sus títulos latinos se cuentan In Sacrosanctum Jesu Christi Domini Nostri Evangelium secundum Lucam Enarrationes (Salamanca, 1574-1575); Modus concionandi et explanatio in Psalmum centesimum trigesimum sextum (Super Flumina) (Salamanca, 1576).

En su Libro de la vanidad del mundo, que fray Diego dedica a doña Juana, infanta de las Españas y princesa de Portugal, reflexiona el franciscano sobre las frivolidades mundanas, que son «vanidad de vanidades». La obra consta de tres partes, de cien capítulos cada una. Cien son también las Meditaciones devotísimas del amor de Dios, que Menéndez y Pelayo, «tan adverso de ordinario a los escritores navarros» en opinión de Zalba[2], elogia indicando que son «un braserillo de encendidos afectos». A juicio de su editor moderno, se trata de «uno de los libros más hondos, más regalados y elocuentes que se han escrito en castellano»[3]. Ricardo León ha destacado, en efecto, su alegría vehemente y su impulso lírico, frente al «seco y prolijo tratado» de «amarga sabiduría» que es el Libro de la vanidad del mundo, obra sin embargo de fray Diego mucho más popular y difundida:

Las Meditaciones devotísimas —opina— constituyen un florilegio teológico, una filosofía del Amor, pero no en forma abstracta, según los procedimientos de la Escuela, sino al modo espontáneo, artístico y familiar, henchido de emoción, extasiado en el sentimiento de la naturaleza, lleno de imágenes sensibles, con que gustan expresar sus amartelados pensamientos los discípulos del Santo de Asís. Obra a la vez de ciencia y de arte, de poesía y de piedad, es un breviario para todas las almas, lo mismo para aquellas que siguen caminos de perfección como para esotras avezadas a los aires del siglo y que han menester para probar tales manjares, para asimilar tan altas doctrinas, el exquisito aderezo, la culta elegancia de una sabrosa conversación. Cada una de estas cien Meditaciones ofrece un tema espiritual enunciado con candorosa sencillez y desenvuelto libremente como al través de una amorosa plática, de una tierna divagación, a los pies del Amado celestial. Charlando así, con todos los donaires, los requiebros, las copiosas figuras, las exclamaciones ardientes, las mil felices comparanzas de esta lengua española que parece inventada por los ángeles para el amor de Dios y de los hombres, va Fray Diego de Estella engarzando en los puntos de su pluma los más finos diamantes, los más sutiles conceptos de esa eterna Filosofía de la voluntad en que el genio español se anticipó en los siglos a las más agudas aspiraciones del presente[4].

Llama la atención también sobre su actualidad y la riqueza de su contenido. En suma, a lo largo de las cien meditaciones, desde la primera («Cómo todo lo criado nos convida al amor del Criador») hasta la última («De la gloria que alcanzarán los que aman a Dios»), fray Diego pondera los beneficios del amor a Dios y de sus recompensas, en una prosa natural y elegante.

Zalba elogiaba la prosa de fray Diego afirmando tajante que aventaja a la de fray Luis de León «en precisión y variedad de la frase, y en estas cualidades, así como en la claridad y facilidad, a ninguno reconoce ventaja»[5]. Pero no es el único crítico en mostrarse tan entusiasta: «Todas las obras del P. Estella son notabilísimas por la alteza de sus conceptos y la hermosura de su expresión literaria, de tal modo que no hallo reparo cierto en poner a su autor a la par de los más insignes místicos de su época», ha escrito Catalina García. Y, por su parte, E. Ochoa refiere:

El estilo de este ascético no brilla por la pompa ni por la elegancia, sino por la pureza y corrección. Tal vez peca de monótono, defecto común de nuestros autores místicos; mas, como quiera, es entre ellos uno de los más justamente apreciados, no sólo por su erudición y alta doctrina, sino también por la excelencia de su lenguaje[6].


[1] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 350.

[2] Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», p. 351.

[3] Ricardo León, «Prólogo» a Meditaciones devotísimas del Amor de Dios hechas por fray Diego de Estella de la orden de San Francisco y ahora nuevamente impresas, Madrid, Imprenta de Miguel Albero-Renacimiento, 1920, p. IX.

[4] León, «Prólogo» a Meditaciones devotísimas, pp. XI-XII.

[5] Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», p. 351.

[6] Hay una edición moderna de las Meditaciones devotísimas (1920), por Ricardo León, y otras del Modo de predicar y Modus Concionandi (1951) y del Libro de la vanidad del mundo (1980), debidas estas dos últimas a Pío Sagüés Azcona, con interesantes estudios preliminares. En 2002 Iñaki Pérez Ibáñez preparó un Florilegio de las Meditaciones y la Vanidad del mundo (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002), con un prólogo titulado «Fray Diego de Estella, un franciscano predicador, místico y asceta». Ver además Carlos Mata Induráin, «Un acercamiento a fray Diego de Estella (1524-1578)», Pregón Siglo XXI, núm. 26, Invierno de 2005, pp. 29-32.

Cuatro citas sobre libros de «El nombre de la rosa», de Umberto Eco

La entrada de hoy, sin que sirva de precedente, será breve. Son tan solo cuatro citas sobre libros extractadas de mi relectura de Umberto Eco, El nombre de la rosa, trad. de Ricardo Pochtar, Barcelona, Debols!llo, 2009:

«Hasta entonces había creído que todo libro hablaba de las cosas, humanas o divinas, que están fuera de los libros. De pronto comprendí que a menudo los libros hablan de libros, o sea que es casi como si hablasen entre sí» (p. 410).

«Los libros no se han hecho para que creamos lo que dicen, sino para que los analicemos. Cuando cogemos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué quiere decir, como vieron muy bien los viejos comentadores de las escrituras» (p. 451).

Umberto Eco

«El bien de un libro consiste en ser leído. Un libro está hecho de signos que hablan de otros signos, que, a su vez, hablan de las cosas. Sin unos ojos que lo lean, un libro contiene signos que no producen conceptos. Y por tanto, es mudo» (p. 566).

«Así volví a descubrir lo que los escritores siempre han sabido (y que tantas veces nos han dicho): los libros siempre hablan de otros libros y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado. Lo sabía Homero, lo sabía Ariosto, para no hablar de Rabelais o de Cervantes» (Apostillas a «El nombre de la rosa», pp. 745-746).

(Post scriptum: Podían haber sido algunas citas más pero, ay, una violenta ráfaga de viento se llevó los papelillos con mis efímeras notas mientras esperaba a la villavesa con mis hijos… Imposible salir corriendo tras ellas. Estas que copio forman parte de los escasos papeles salvados del naufragio. Sic transit gloria mundi…)

(Nota bene para foráneos: Villavesa=autobús urbano en la ciudad de Pamplona y su comarca.)