ÁNGELA.- Pluma de Lope de Vega
la fama se deja atrás.
LUCRECIA.- ¡Prodigioso hombre! ¡No sé
qué diera por conocelle!
A España fuera por velle,
si a ver a Salomón fue
la celebrada etiopisa.
ÁNGELA.- Compara con proporción
que no es Lope Salomón.
LUCRECIA.- Lo que su fama me avisa,
lo que en sus escritos leo,
lo que enriquece su tierra,
lo que su espíritu encierra
y lo que velle deseo,
mi comparación excusa;
y a él le da más alabanza
lo que por su ingenio alcanza
que a esotro su ciencia infusa.
[…]
LUCRECIA.- Yo, después acá que estoy
en el español idioma
ejercitada, si a Roma
a Tulio por padre doy
de la latina elocuencia,
y al Boccaccio en la toscana,
a Lope en la castellana
no le hallo competencia.
Más de un desapasionado
me ha dicho de su nación
que en la prosa a Cicerón
estilo y gracia ha imitado,
y a Ovidio en la suavidad
y lisura de sus versos
sonoros, limpios y tersos,
confirmando esta verdad
con lo que en sus libros hallo.
ÁNGELA.- Si él ese favor oyera,
¡qué bien le correspondiera!,
¡qué bien supiera estimallo!
LUCRECIA.- ¿Agradece?
ÁNGELA.- Aunque hay alguno
que apasionado lo niega,
es tan fértil esta vega
que paga ciento por uno.
Pero ¿qué piensas hacer
con tantos libros aquí?
LUCRECIA.- Todos son suyos y ansí,
ya que no le puedo ver,
mientras gasto bien los ratos
que recreo en su lección,
si los libros suyos son,
veré a Lope en sus retratos.
ÁNGELA.- Con tanto libro parece
estudio éste, y no jardín.
(Están todas las obras de Lope en un estante.)
LUCRECIA.- Mejor dirás camarín
que al alma deleite ofrece.
ÁNGELA.- Aquéste es el Labrador
de Madrid, primero fruto
de Lope.
LUCRECIA.- Hermoso tributo
que a un tiempo da fruto y flor.
ÁNGELA.- Es divino.
LUCRECIA.- De justicia,
lo primero a Dios se debe;
por eso quiere que lleve
Lope el cielo su primicia.
ÁNGELA.- No ha escrito él otro mejor.
LUCRECIA.- Imitó, discreto, en él
a la ofrenda que hizo Abel,
si Caín dio lo peor.
ÁNGELA.- Ésta es la Angélica bella.
LUCRECIA.- ¿Que Ariosto se le compara?
¡Valientes octavas!
ÁNGELA.- Rara
habilidad, y con ella
la Dragontea compite
del rayo de Ingalaterra.
LUCRECIA.- Escribe en la paz la guerra
lo que la pluma permite.
ÁNGELA.- Mira en un cuerpo pequeño
mil almas.
LUCRECIA.- Bien le sublimas.
ÁNGELA.- Éste se llama Las rimas
de Lope.
LUCRECIA.- Son como el dueño.
¡Qué canciones, qué sonetos,
qué églogas, qué elegías!
Las noches gasto y los días
en meditar sus concetos.
¡Si viviera Gracilazo,
celebrárale más bien!
ÁNGELA.- Ésta es la Jerusalén.
LUCRECIA.- No la iguala la del Taso.
Mira sus octavas llenas
de sentencias y dotrinas.
Sabio en las letras divinas,
pues no escribe verso apenas
sin allegar un autor,
y hallarás en cualquier parte,
entre las veras de Marte,
mezcladas burlas de Amor.
ÁNGELA.- Aquéste es el Peregrino.
LUCRECIA.- Más lo es quien lo escribió.
ÁNGELA.- ¡Qué bien faltas enmendó,
siguiendo el mismo camino
de aquel Luzmán y Arborea,
cuyas Selvas de aventuras
por Lope quedan escuras!
LUCRECIA.- ¡Qué bien los autos emplea
que mezclados en él van!
¡Qué elegantes, qué limados!
ÁNGELA.- Y más bien acomodados
que los que mezcló Luzmán.
Los pastores de Belén
son éstos.
LUCRECIA.- Si labrador
fue con Isidro, pastor
sabe Lope ser también.
ÁNGELA.- Resucitó villancicos
en su mocedad cantados,
y agora en Belén honrados
entre amorosos pellicos.
Todas éstas son comedias.
LUCRECIA.- Décima séptima parte
ha impreso.
ÁNGELA.- No hay que espantarte,
que no son aun las medias
que tiene escritas.
LUCRECIA.- Pues ¿cuántas
ha compuesto?
ÁNGELA.- Novecientas.
LUCRECIA.- Si los años no le aumentas,
¿dónde hay vida para tantas?
ÁNGELA.- Ésta es verdad conocida
en España.
LUCRECIA.- Yo le diera
por cada una, si pudiera,
Ángela, un año de vida.
ÁNGELA.- A novecientos llegara,
siendo otro Matusalén.
LUCRECIA.- En él se lograran bien.
ÁNGELA.- En este último repara,
que es La Filomena.
LUCRECIA.- Canta
Lope aquí por Filomena,
de suerte que ya es sirena,
si ave fue, pues nos encanta.
Pero, para echar el resto
al nombre que le hace claro,
y afrentar al Sanazaro
en La Arcadia que ha compuesto,
metafóricos amores
en la otra Arcadia mira,
sus sutilezas admira,
ten envidia a sus pastores;
que yo, creyendo que piso
márgenes de su Erimanto,
si con Belisarda canto,
lloro celos con Anfriso.
No sé divertir los ojos
de sus versos y sus prosas,
de sus quejas sentenciosas,
de sus discretos enojos.
De día ocupa mi mano,
de noche mi cabecera…