Lope de Vega, Guillén de Castro y Mira de Amescua

También de Guillén de Castro y de Antonio Mira de Amescua habla positivamente Lope de Vega[1]. Alaba en distintas cartas el ingenio de ambos, y en la silva II del Laurel de Apolo loa

el vivo ingenio, el rayo,
el espíritu ardiente
de don Guillén de Castro,
a quien de su ascendente
fue tan feliz el astro
que despreciando jaspe y alabastro
piden sus versos oro y bronce eterno.

Guillén de Castro

Y también la «inexhausta vena / de hermosos versos y conceptos llena» del doctor Mira de Amescua… de cuya comedia La rueda de la Fortuna se burla, sin embargo, en carta a Sessa de agosto de 1604, donde consigna algunas prácticas curiosas del público toledano, al que se le había prohibido silbar con escándalo, y que no pudiendo hacer ruidos con la boca, los hacía con el trasero:

… representa Morales; silba la gente; unos caballeros están presos porque eran la causa desto; pregonose en el patio que no pasase tal cosa, y así apretados los toledanos por no silbar, se peen, que para el alcalde mayor ha sido notable desacato, porque estaba este día sentado en el patio. Aplacó esto porque hizo La rueda de la Fortuna, comedia en que un rey aporrea a su mujer, y acuden muchos a llorar este paso, como si fuera posible.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega, María de Zayas y Vicente Espinel

A la escritora María de Zayas elogia con grandes extremos de inmortal ingenio en la silva VIII del Laurel de Apolo[1].

Vicente Espinel

Gran respeto y cariño profesó a Vicente Espinel, a quien trató a menudo de maestro, y de quien se confesó discípulo, con gran satisfacción del autor del Marcos de Obregón, en cuyo prólogo leemos:

Con el divino ingenio de Lope de Vega, que como se rindió a sujetar sus versos a mi corrección en su mocedad, yo en mi vejez me rendí a pasar por su censura y parecer…

Lope, en carta de julio de 1617, escribe por su parte al duque de Sessa: «merece Espinel que Vuestra Excelencia le honre, por hombre insigne en el verso latino y castellano, fuera de haber sido único en la música».


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega, José de Valvivielso y Luis Vélez de Guevara

Buenas relaciones mantuvo Lope con muchos poetas: por ejemplo, con José de Valvivielso, sacerdote y autor de poesías religiosas y excelentes autos sacramentales, que debía de ser uno de los pocos poetas de buen carácter, ameno y bondadoso, a juzgar por los testimonios de sus contemporáneos[1]. En su cargo de censor de libros redactó cerca de cincuenta dictámenes amables y elogiosos. Según dice Montalbán en la Fama póstuma, Valvivielso fue uno de los amigos que asistían a Lope en la hora de la muerte y consolaban sus últimas congojas.

Luis Vélez de Guevara también pertenecía al círculo de amistades. Lope llega a intervenir como mediador en algunos problemas que tuvo Vélez con su mecenas, el conde de Saldaña, al cual había enviado una carta impertinente, según evidencia la que Lope escribe a Saldaña en noviembre de 1608 en la que disculpa a su amigo poeta:

Mirada, Señor Excelentísimo, como suena esta carta, digna fuera del castigo a que la sentenciara cualquiera que no fuere a sus principios, cuya fuente (que es el amor agraviado de Luis Vélez) está clarísima, si bien este arroyuelo de ringlones turbios se ha escurecido pasando por las yerbas y céspedes de la afición ofendida, que en razón de serlo osa y se atreve a igualarse a la grandeza de su dueño, más para demostración de su íntimo sentimiento que porque descompuesto intente volver a Vuestra Excelencia las palabras; que ningún cuerdo tiró flechas al cielo, de donde ellas mismas se vuelven con mayor furia. Del amor dijeron muchos que tenía respuestas como oráculo. Esta carta se ha de entender así, conde mi señor, y no juzgando sus razones por la superficie, que penetrando a las entrañas de las palabras bien se conoce que son celosas, y celos ¿cuándo no han sido hijos de Amor? […] Tiznado dirá Vuestra Excelencia que viene este amor de Luis Vélez en esta carta, y que son amores negros, como los de Etiopia, que aunque negros son hombres. Mas ¿cómo han de venir menos, siendo de un esclavo suyo, que por solo estar herrado ha errado en esto? La benignidad (como Vuestra Excelencia sabe mejor) es un gran atributo en Dios, a quien han de imitar tan grandes príncipes, que quien no sabe perdonar se iguala al mismo que le pudo ofender, pues se confiesa ofendido, y quien perdona hace el más generoso acto que cabe en naturaleza.[…] Luis Vélez ama su virtud, su entendimiento y su vida extraordinariamente. Cesen enojos, príncipe de los señores y señor de los príncipes, y déme desde aquí sus manos para besárselas en nombre de Luis Vélez, mientras él va a humillarse a esos pies que han dado más de algún paso en su remedio; que yo le buscaré y le jabonaré, y aun le echaré en colada, para que vaya tan limpio a esos ojos como lo ha de estar quien ha de asistir al sol, cuya claridad no perdona los átomos.

Luis Vélez de Guevara

En otra ocasión envía a Sessa una copla de Vélez de Guevara sobre los amores de Jerónima de Burgos con los actores Juan de San Martín y Salvador Ochoa, elogiando su ingenio y compartiendo las burlas:

Esta copla de Luis a Jerónima de Burgos y San Martín, su galán, me ha dado gusto, y así la envío a Vuestra Excelencia, como melón bueno, y ruego a Dios me le guarde cien mil años.

Jerónima, no se escapa
de caduco vuestro humor,
pues dejáis un Salvador
por un San Martín sin capa.
Mas para saber, en fin,
si sois puerca, echad un cerco,
y sabréis que a cada puerco
la viene su San Martín.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y Juan Pérez de Montalbán

Si atendiéramos a los grados de admiración mostrados por Lope, Juan Pérez de Montalbán habría de ocupar el primer puesto[1].

Juan Pérez de Montalbán

El padre de Juan, Alonso Pérez, era importante impresor y editor que tenía relación muy estrecha con Lope de Vega, muchas de cuyas obras salen en las prensas de Pérez o bajo su responsabilidad de editor (las partes de comedias 11, 12, 13, 14, 16, 18, 19 y 20, La Filomena, La Circe, La Dorotea, Rimas humanas y divinas, y hasta la Fama póstuma, impresa en 1636).

La presencia de Lope en la vida del joven Juan Pérez y el trato familiar que debió de existir se suman a la indudable admiración que siente el discípulo por el maestro, lo que da pie a burlas como las de Quevedo, quien en la feroz Perinola contra Montalbán llama a este «retacillo de Lope de Vega».

Sin poner en duda la parte de originalidad que le corresponda a una obra muy estimable, como la que se debe a la pluma de Montalbán, la influencia de Lope es muy importante (aunque no la única). En numerosos documentos, dedicatorias, cartas, etc. se trasluce esta amistad y el aprecio mutuo, cada uno en su nivel, que unió a ambos.

Notables elogios de Montalbán incluye en la dedicatoria de La francesilla, texto con toda la pedantería cultista de la que hace gala Lope a menudo, en el que profetiza a Montalbán grandes resultados de su ingenio:

… aumentó mi afición al ingenio de vuestra merced el día que en el Real Monasterio de las Descalzas de Madrid […] defendió aquellas conclusiones y respondió a los argumentos de tan insignes varones con tanta valentía, que si antes amaba a vuestra merced por las obligaciones que reconozco a su padre, ahora le amo a él por vuestra merced […] Las artes se llamaron liberales porque convienen al hombre libre, por opinión de Séneca, Hoc est (dice el filósofo) sapientem, sublimem, fortem, magnanimun caetera pusilla, et puerilia sunt. Pero vuestra merced nos da tales esperanzas, que se puede entender de su natural virtud de sus pocos años lo que dijo San Agustín, que Juventus et senium simul esse possunt in animo, y por eso dijo también Ausonio…

Lope aprueba con grandes elogios los Sucesos y prodigios de amor de Montalbán, y lo incluye también en el Laurel de Apolo (silva VII), aunque en este tipo de textos es difícil separar lo que de sincero podía haber entre la retórica convencional del género. Pero de todos los abundantes materiales que no hace al caso copiar aquí se desprende de forma indudable el afecto y la admiración que fundamentan estas relaciones. Quizá hubiera esperado Montalbán el apoyo de Lope en la furiosa polémica en torno al Para todos, ridiculizado por Quevedo hasta los extremos más crueles, pero Lope tenía que maniobrar difícilmente para no dañar sus buenas relaciones con Quevedo, que era mal enemigo, y prefirió quedarse al margen.

Pero sea como fuere es obvio que Montalbán admiraba y quería a Lope, y siempre lo manifestó hasta la compilación de la Fama póstuma, que se inicia con una biografía que es más bien una hagiografía de Lope, y en la que se pueden leer encomios incesantes del Fénix: Montalbán se califica de jardinero cuidadoso «deste literario Retiro»

para lisonja de los cuatro trozos del orbe donde está esparcida la inmortalidad de su fama y para que sepan todos el amor verdadero que siempre le tuve, venerándole por mi amigo y por mi maestro, pues lo fue de todos […] alcanzó por sus aciertos un modo de alabanza que aun no pudo imaginarse de hombre mortal, pues creció tanto la opinión de que era bueno cuanto escribía, que se hizo adagio común para alabar una cosa de buena, decir que era de Lope. […]

Lope de Vega solo monta más que todos los poetas juntos […] el más insigne varón que han conocido y venerado entrambos mundos […] A los últimos acentos de la Fama póstuma, que aunque indigno coronista de tan gran héroe escribí a persuasión de mis obligaciones, luego que me templó el dolor de mi sentimiento la segura esperanza de su muerte felice, todos los ingenios de Europa previnieron a un tiempo mismo las lágrimas al dolor, los suspiros a la pena, los afectos a la voluntad y los conceptos a la pluma para cantar y llorar juntamente la memoria y la ausencia del más raro varón que nació al mundo…


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y el gremio literario: amistades y enemistades

Laurel de Apolo

Genus irritabile vatum, sentenció Horacio[1]. Muy pronto se irritan los poetas. No soportan la competencia en la fama, en los mecenas, en la popularidad que alcanzan entre doctos o vulgares. Siempre hay motivos para el menosprecio. Si se declara la valía de alguien es, bien porque sería ridículo negársela —hasta tal extremo ha conseguido un poeta como Lope ser reconocido como un fénix y monstruo admirable—, bien porque se puede ser condescendiente desde las alturas con la turba de los demás, que no llegan a amenazar a los supremos —algo de eso hay también en el Laurel de Apolo del mismo Lope.

El ambiente literario se anima con las polémicas en torno a la nueva poesía de los cultos, capitaneados por Góngora, y en ese marco se azuzan las enemistades y proliferan las sátiras. Tendremos ocasión de comprobarlo en próximas entradas.

Lope tuvo admiradores y enemigos, cuyas listas incluirían a todos los poetas de la época, porque la importancia de su figura no permite a nadie mantenerse al margen. Siendo la literatura su vocación, las luchas literarias en las que se ve inmerso componen una parte indispensable de su biografía y de su actividad social e intelectual.

Podríamos tomar como un índice de las amistades —poco fiable por obedecer a muy distintas circunstancias— a los participantes (más de ciento cincuenta, probablemente los amigos de Montalbán más que de Lope) en la Fama póstuma que recopila Pérez de Montalbán o a los mencionados en el Laurel de Apolo, cuya misma prolijidad (unos trescientos poetas alaba en estos versos Lope) le quita valor significativo.

Sea como fuere, y sin ánimo de exhaustividad ninguna, observaremos algo aleatoriamente las relaciones que mantiene Lope con algunos de los poetas coetáneos suyos, y de qué manera esas relaciones se manifiestan en los textos poéticos o polémicos del tiempo.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope aspira a ser capellán del duque de Sessa y cronista real

La petición más importante que hace Lope a Sessa no la podrá conseguir[1]: un puesto fijo entre los servidores de su casa, un puesto de capellán con salario que le permita afrontar los últimos años de su vida con cierta tranquilidad, sin necesidad de que un sacerdote venerable siga escribiendo las gracias de los lacayos de comedia:

Nuevo le parecerá a Vuestra Excelencia este pensamiento, aunque en la verdad no lo es, ni tiene de serlo más que la calidad que le faltaba. Días ha que he deseado dejar de escribir para el teatro, así por la edad, que pide cosas más severas, como por el cansancio y aflicción de espíritu en que me ponen. Esto propuse en mi enfermedad, si de aquella tormenta libre llegaba al puerto, mas como a todos les sucede, en besando la tierra, no me acordé del agua. Ahora, Señor Excelentísimo, que con desagradar al pueblo dos historias que le di bien escritas y mal escuchadas he conocido, o que quieren verdes años, o que no quiere el Cielo que halle la muerte a un sacerdote escribiendo lacayos de comedia, he propuesto dejarlas de todo punto, por no ser como las mujeres hermosas, que a la vejez todos se burlan dellas, y suplicar a Vuestra Excelencia reciba con público nombre en su servicio un criado que ha más de veinticinco años que le tiene secreto. Porque sin su favor no podré salir con vitoria deste cuidado, nombrándome algún moderado salario, que con la pensión que tengo, ayude a pasar esto poco que me puede quedar de vida. El oficio de capellán es muy a propósito: diré todos los días misa a Vuestra Excelencia, y asistiré asimismo a lo que me mandare escribir o solicitar de su servicio y gusto. La dificultad no lo es, pues con pasarme de la merced al vos y escribirme en los libros, está vencida. Las que Vuestra Excelencia me hacía todos los años, mayores son que lo que puede señalarme: luego comodidad será reducirlo a número determinado, y que sepan que Vuestra Excelencia es mi dueño, si algunos lo ignoran, y que tuvo la casa de Sessa otro Juan Latino blanco, más esclavo que el negro. A la grandeza de Vuestra Excelencia no aumenta un capellán más la costa de la casa, ni la reformación del estado presente, y yo, con la libertad del tiempo, le podré mejor emplear en servirle, sin que vayan ni vengan los criados, pues estaré siempre a la vista. Esta resolución no es nueva, que como he dicho, primero la dispuso larga consideración que la ejecutase la pluma. Mas si por alguna de las que no entiendo no hallare efeto este pensamiento en el gusto de Vuestra Excelencia (como puedo temer de mi desdicha), habré ganado la honra deste ofrecimiento, y deberé a mi necesidad más que a mi obligación, pidiendo perdón a Vuestra Excelencia deste atrevimiento, que jamás se niega cuando no se acierta en lo que se pide. Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años, como deseo y he menester. Capellán y esclavo de Vuestra Excelencia.

Pluma y tintero

Tampoco conseguiría nunca el Fénix su otra ambición de ser cronista real. Aunque Lope recibió sin duda muchos beneficios de Sessa, no siempre quedó contento. En la Égloga a Claudio asegura, con cierta injusticia para el duque, que no lo puso en nómina pero costeó al fin hasta su entierro:

Hubiera sido yo de algún provecho si tuviera mecenas mi fortuna.

Como resumen final, en la etapa de senectute predomina más bien el tono desengañado, que reitera en varios lugares, como la Égloga panegírica al epigrama del infante Carlos (1631), después de haber solicitado en vano el puesto fijo de capellán del duque:

Tirsi, es desdicha no tener mecenas. Quien lo tuviere de los campos cante o las hazañas del Amor desnudo, o las de Marte, armado de diamante, que yo, como pastor grosero y rudo, iré a llevar el fruto de mis manos, que ingenio sin favor, aunque hable, es mudo.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y las dádivas del duque de Sessa

Ese corte de seda al que aludía en la entrada anterior es uno de los muchos regalos que el poeta recibe del duque, solicitados o enviados por propia iniciativa[1]. No debe extrañar que en una sociedad muy distinta a la de consumo del siglo XXI unos metros de tela o unos litros de aceite tengan su importancia, y se agradezcan a la vez que un beneficio de capellán o un nombramiento para cargos retribuidos.

Casulla

Lope, en distintas cartas, pide a Sessa una casulla nueva para estrenar en Pascua; agradece el envío de una caja de dulces; pide, «en vez de la seda para calzones y jubón», «diez varas de tirela para una ropa a mi hija, digo nueve y media, y 150 varas de pasamanos»; parodia una poesía de Góngora para reclamar al duque aceite de Andalucía («¡Ay, que al duque le pido / aceite andaluz! / Pues no me le envía, / cenaré sin luz»); agradece el cargo de procurador fiscal de la Cámara Apostólica que ha conseguido por intercesión del duque; y solicita en diciembre de 1621 ayuda para la dote de su hija Marcela, que quiere profesar de monja en las Trinitarias:

Marcela, mi hija, me ha dicho con lágrimas los muchos deseos que ha tenido siempre de consagrarse a Dios, pero que ha de ser tan de veras, que como se quiere desnudar de cuanto es mundo, quiere también descalzarse. Yo he hecho tratar con las religiosas trinitarias su propósito, y ellas, encomendándolo a Nuestro Señor, la reciben. Soy tan pobre como Vuestra Excelencia sabe, pues si no me hubiera socorrido, no viviera, culpa de mi Fortuna u de mi ignorancia. No puedo darle lo que me piden si no me ayuda y favorece Vuestra Excelencia con los mil ducados prometidos, ni me atreviera a suplicarle los asegurara, a no le haber hecho su majestad merced de esa encomienda, donde por ventura tienen parte algunas oraciones y sacrificios. Para Pascua u después queda concertado, y ellas se contentan por afición de entrambos con ese dote, que lo que es ajuar y propinas, con otras circunstancias que llegarán a tres mil reales, yo quiero dárselos, y ojalá que pudiera todo, por excusar a Vuestra Excelencia deste cuidado cuando tiene tantos. Hase de hacer escritura el día que entre para el que haga profesión, que es tiempo de un año. Si Vuestra Excelencia, señor mío, quiere hacerme este bien, podrá en dos tercios señalados en sus alimentos, u donde tuviere gusto, para que desde el año de 22 al de 23 esté cobrado, y ella quede a ser capellana toda su vida a Vuestra Excelencia y del conde mi señor; que bien creo que lo sabrá hacer quien ofrece a Dios dieciséis años, ni feos ni necios, y a tanta descalcez y penitencia, cuando las doncellas deste tiempo se inclinan a otros regalos. Alberto de Ávila tratará esto a boca con Vuestra Excelencia, que yo no me atrevo, por no obligarle con mi presencia a que no haga su gusto. En cuya cabeza se puede hacer la escritura o traer el desengaño, que después de lo que se pide, es el mayor beneficio; por el cual, Excelentísimo Señor, celebraré mientras viviere el nombre, la grandeza, la piedad y el valor de Vuestra Excelencia, tan hijo de su ilustrísima ascendencia y sangre. Y Dios pagará a Vuestra Excelencia esta limosna hecha a un hombre de bien y a una doncella güérfana, con la vida larga y aumentos de estado que Él puede y todos le deseamos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega, alcahuete del duque de Sessa (2)

Las tercerías de Lope le provocarán un grave dilema cuando se ordena sacerdote, y el confesor le niega la absolución si sigue prestándose a semejante oficio[1]. En el verano de 1614, probablemente, escribe una carta bastante patética en la que se muestra preocupado por la negativa del confesor y suplica al duque que lo releve de ocupaciones semejantes, lo que no parece complacer a Sessa:

Yo hablé a aquella persona, Señor Excelentísimo, y me dijo resueltamente buscase otro confesor con tanta cólera como si le hubiera dicho que fuera hereje: suplico a Vuestra Excelencia no crea de mí que por menos rigor dejara de serville: para prueba desta verdad lo será el mandarme cosas que no excedan de mi propósito, que la misma sangre de mis venas es corto encarecimiento. […]

Este papel había escrito a Vuestra Excelencia, que viendo el suyo, que me dieron partiéndome con este fraile sobrino mío a acompañarle, le vuelvo a suplicar a Vuestra Excelencia, por la sangre que Dios derramó en la cruz, no me mande que en esto le ofenda, ni le parezca que es pequeño pecado haber yo sido el conservador desta amistad, y causa de que mi señora la duquesa pierda ahora a Vuestra Excelencia por tanto tiempo como propone ausentarse, que es rigor grande que me escriba que hago mi gusto: yo no hago sino el de Dios; y si esto es sin duda, será también el de Vuestra Excelencia. Esta palabra le di en mi confesión general: lo más tiene conquistado Vuestra Excelencia; no me ha menester a mí, a quien yo he servido de día y de noche en todo lo que Vuestra Excelencia me ha mandado, sin acudir a mí mismo, por no faltar un punto a su gusto. […] Yo no he engañado a Vuestra Excelencia, que ha muchos días que le dije la causa, y éstos no son escrúpulos, sino pecados, para no hallar la gracia de Dios, que es lo que yo agora deseo. Vuestra Excelencia lo mire, por Dios y por su Santísima Madre, como príncipe cristiano y señor tan generoso, y me perdone si en esto no le sirvo, que Vuestra Excelencia no aventura nada, y yo, el estar en pecado, siendo causa de que se hagan muchos.

El final de la carta, aún más triste, se refiere a un corte de seda que Lope finge rechazar, pues no ha cumplido los encargos del duque, aunque subraya que Bermúdez, administrador de Sessa, le ha traído la mitad de lo que decía, y en todo caso se guarda la tela hasta que el duque disponga, sin duda con la esperanza de quedársela:

Bermúdez, contra mi voluntad, envió aquí no sé qué seda, aunque no la mitad de lo que él decía; Vuestra Excelencia vea a quién quiere que se dé que la merezca mejor que yo, pues yo no le he servido como quisiera. Guarde Dios a Vuestra Excelencia muchos años.

Seda

[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega, alcahuete del duque de Sessa (1)

En casa de la alcahueta, de Jan Vermeer

Lope atiende a su papel de alcahuete de los amores del duque, sobre los que graceja en sus cartas sin eludir la alusión obscena, aconseja estrategias y comenta episodios de estas aventuras de su patrón sobre todo con la llamada Flora y la llamada Jacinta, principal de las amantes de Sessa en el epistolario[1]. En abril de 1614 el duque había roto con Flora, a la que Lope califica de culebra engañosa de la que es mejor huir. Para esa fuga ayuda la nueva pasión del duque por la llamada Jacinta («gracias a Dios y a Jacinta / que nos puso en salvamento»), pasión que no ha de ser precisamente platónica, según recomienda Lope, sino un placer sin mayores compromisos, porque mucho más no cabe esperar de las mujeres

Crea al hombre del mundo que más le adora y estima, y destas cosas no la haga mayor que para lo que ellas son, que no importa nada que sea puerta ni puerto el padre de lo que tiene entre las piernas Jacinta, pues Vuestra Excelencia no lo quiere más de para encajar en el quicio de esa puerta su excelentísimo carabajal, y acabado esto, todo es arrepentimiento y quejas, y por ventura odios y venganzas. Quien esto considera con maduro juicio no hace del gusto disgusto, ni va por la posta en este deleite, sino en silla de borrenes, con más descansado asiento que ellas le tienen en su almohada, donde con sus amigas viejas o mozas no se trata más que del desollamiento de un galán, si alto, por los diamantes, si bajo, por los servicios personales, etcétera (enero-febrero de 1616).

El tono desvergonzado no ahorra la crueldad; así, cuando muere el marido de Jacinta, dejando la vía libre sin preocupaciones al duque, Lope le escribe (septiembre-octubre de 1614):

Deseaba hallar camino por donde dar el pésame a Vuestra Excelencia de la muerte deste caballero que Dios tiene, y no se me había ofrecido hasta que esta carta de su majestad usó conmigo de piedad, como si fuera la del Cielo. Realmente, señor, que si hallara a Jacinta y a Vuestra Excelencia, que no sé a cuál de los dos se le diera con mayor sentimiento: ¿hay tal retirarse del mundo, hay tal viudez, hay tal encerramiento? ¿Cuál de los dos ha enviudado, vos o Jacinta, señor?, que siendo uno mismo Amor, será uno mismo el cuidado. Pero yo no pongo duda de que quedastes los dos tan juntos, que seréis vos la mitad de la vïuda. Señor, dígame Vuestra Excelencia: ¿para qué le fuera bueno un hombre que le dio tantos celos? Pero como es tan discreto Vuestra Excelencia, débele de haber pesado que le quiten la dificultad al gusto, porque suele ser la que los hace mayores; y agora que el de Vuestra Excelencia queda solo en la estacada, ¿quién duda que le ha de parecer que sin contradicción, que sin celos, se ha de cansar presto de la abundancia? Que un mismo mantenimiento cansa el gusto, aunque él sea por sí mismo precioso. ¡Alegre Vuestra Excelencia esa cara, por Dios! Cosas son que Él hace; no era tanto lo que él amaba a Vuestra Excelencia que le merezca esta tristeza; consuélese Vuestra Excelencia con que lo debe de estar Jacinta, aunque todas se consuelan fácilmente, y advierta que no ha tenido suceso de hombre dichoso tan feliz como éste después que nació Duque de Sessa, porque si se quiere holgar, nadie se lo impide; y si holgándose mucho ha de cansarse, ¿qué mayor dicha que estarlo para no vivir con el cuidado que solía? Dios, finalmente, haya dado a los difuntos descanso, y a los vivos tenga de su mano piadosa. Amén.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y sus cartas con el duque de Sessa

El tono familiar que se permite muchas veces Lope en estas cartas personales dirigidas al de Sessa deriva hacia lo obsceno y el chiste grotesco[1]. Así, no se recata en contar alguna aventura, ya antigua cuando escribe en octubre de 1611:

… llegando yo mozuelo a Lisboa, cuando la jornada de Ingalaterra, se apasionó una cortesana de mis partes, y yo la visité lo menos honestamente que pude. Dábale unos escudillos, reliquias tristes de los que había sacado de Madrid a una vieja madre que tenía; la cual, con un melindre entre puto y grave, me dijo así: «No me pago cuando me güelgo.»

Lope de Vega, Cartas sobre Amarilis

Con algo más de contención, aunque sin ocultar la índole de sus relaciones, comenta sus amores con Amarilis, Marta de Nevares, loando la belleza de sus piernas (carta de febrero-marzo de 1617); el gusto de la reconciliación de los amantes tras el enojo («El enojo en los amantes es tempestad de verano, que llevando las escorias de las calles, dejan el lugar más fresco. Con todo eso, no por los gustos de las paces querría los pesares de los enojos, y como de muchos actos se hace un hábito, así de muchas pendencias algún odio», mayo de 1617); o las ansiedades de la pasión:

Verdad es que Amarilis me ha hecho algunas visitas, con cuyo consuelo (que al parecer de Vuestra Excelencia no le hay mayor) he pasado una sed insaciable, que es lo que más me ha atormentado, y templado la de verla, que es lo que más me podía atormentar (junio de 1617).


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.