El propósito del «Persiles» y sus principales interpretaciones

Antes de entrar en materia, tal vez no sea ocioso recordar la altísima estima en que Cervantes tuvo esta obra, el «gran Persiles», como la denominó en un par de ocasiones. En efecto, el Persiles es una novela que nacía con voluntad de obra maestra, de inmortalizar a su autor, aunque la posteridad haya decidido que la obra verdaderamente imperecedera de Cervantes no fuera esta, sino el Quijote. Sería precisamente en la dedicatoria al conde de Lemos de la segunda parte donde escribió:

Con esto […] me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia Los trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro de cuatro meses, Deo volente, el cual ha de ser o el más malo o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo, porque según la opinión de mis amigos ha de llegar al estremo de bondad posible (Quijote, ed. Rico, p. 623).

Las EtiopicasLa intención declarada de la obra fue «competir con Heliodoro»[1], el autor de las Etiópicas o Teágenes y Cariclea; pero podríamos imaginar que, junto a ese propósito explícito, hay otro latente: competir con Lope de Vega, el gran rival literario, que en 1604 había dado a las prensas El peregrino en su patria[2]. Cervantes, ninguneado por sus contemporáneos como poeta; Cervantes, que hubo de ver cómo el Fénix de los Ingenios se alzaba con el cetro de la monarquía cómica y cerraba el paso a su producción dramática, no podía consentir que se le arrebatase también la gloria de ser el primer narrador de España, y para ello no le bastaba con el éxito cosechado con una obra narrativa eminentemente cómica, paródica, provocante a risa. Cervantes debía batirse también en el terreno de la narrativa seria que tomaba como modelo la novela griega. No olvidemos la gran estimación que de este género se tenía en la época, cuando los preceptistas (por ejemplo el Pinciano, en su Filosofía antigua poética de 1596) equiparan estas novelas de aventuras con la epopeya clásica, es decir, vienen a aceptar que es posible cultivar una épica en prosa[3].

Precisamente es este, como estudiara Riley, uno de los principios básicos sobre los que se asienta la teoría de la novela de Cervantes. Esta consideración nos ayuda a entender mejor las esperanzas depositadas por el ingenio alcalaíno en su Persiles. Es casi un lugar común recordar asimismo el célebre pasaje de Quijote, I, 47 en el que el canónigo toledano esboza su idea —la idea de Cervantes, si consideramos aquí al personaje portavoz del escritor— de lo que había de ser la novela ideal de caballerías: una novela que, despojada de las exageraciones y extravagancias del género caballeresco, conservara sin embargo todos sus atractivos, ofreciendo al escritor un amplio campo para el desarrollo de su imaginación creadora (lo maravilloso) y manteniendo los principios de verosimilitud, unidad dentro de la variedad, decoro y ejemplaridad. Merece la pena recordar ese pasaje:

… y dijo que, con todo cuanto mal había dicho de tales libros, hallaba en ellos una cosa buena, que era el sujeto que ofrecían para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma, describiendo naufragios, tormentas, rencuentros y batallas, pintando un capitán valeroso con todas las partes que para ser tal se requieren, mostrándose prudente previniendo las astucias de sus enemigos y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo a sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente en el esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y trágico suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísima dama, honesta, discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente y comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores. Ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de estado, y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. […] Porque la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria: que la épica tan bien puede escrebirse en prosa como en verso (Quijote, ed. Rico, pp. 549-550[4]).

Simplificando mucho, podríamos afirmar que hay dos grandes líneas de interpretación del Persiles por parte de la crítica, que —en teoría— no son necesariamente excluyentes o contradictorias: por un lado, están aquellos estudiosos que consideran el Persiles un libro serio, moralizante, portavoz de la ideología contrarreformista, los cuales insisten fundamentalmente en sus valores alegóricos (Casalduero, Vilanova, Avalle-Arce…); en el extremo contrario se sitúan los que consideran que se trata de un libro de entretenimiento[5]. Estos críticos ponen de relieve lo que hay en la novela de construcción narrativa, de juego, de distanciamiento, de ironía (en definitiva, se centran en el Persiles como taller de escritura similar al Quijote)[6].


[1] «Los Trabajos de Persiles, libro que se atreve a competir con Heliodoro, si ya por atrevido no sale con las manos en la cabeza» (prólogo a las Novelas ejemplares).

[2] Recordemos también el Clareo y Florisea de Núñez de Reinoso y la Selva de aventuras de Jerónimo de Contreras. Para el contexto de la novela griega, ver Antonio Vilanova, «El peregrino andante en el Persiles de Cervantes», Boletín de la Academia de Buenas Letras de Barcelona, 22, 1949, pp. 97-159; Stanislav Zimic, «El Persiles como crítica de la novela bizantina», Acta neophilologica, 3, 1970, pp. 49-64; Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, La novela bizantina española: apuntes para una revisión del género, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1988; Emilia Inés Deffis de Calvo, «El cronotopo de la novela española de peregrinación: Miguel de Cervantes», Anales cervantinos, 28, 1990, pp. 99-106; y Javier González Rovira, La novela bizantina de la edad de oro, Madrid, Gredos, 1996.

[3] Ver Edward C. Riley, Teoría de la novela en Cervantes, trad. de Carlos Sahagún, Madrid, Taurus, 1962, p. 94.

[4] Ver Alban K. Forcione, Cervantes, Aristotle and the «Persiles», Princeton, Princeton University Press, 1970, p. 169.

[5] Así lo calificó el propio Cervantes, circunstancia que Riley explica así: «Lo llama obra de “entretenimiento”, pues aunque con él trató de dignificar la novela, pretendía, además de esto, que su último libro fuese una obra de alcance popular. El Persiles es una obra bizantina de ambiente contemporáneo y un libro de caballerías actualizado» (Teoría de la novela en Cervantes, p. 96).

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

El «Persiles» de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco

Los_trabajos_de_Persiles_y_Sigismunda_(1617)Si Los trabajos de Persiles y Sigismunda ha sido, durante mucho tiempo, uno de los libros menos estudiados y peor entendidos de Cervantes, en las últimas décadas el panorama crítico ha cambiado notablemente, hasta el punto de poder afirmarse que la novela póstuma del ingenio complutense goza hoy día de una excelente salud. Recordemos que, si bien la obra alcanzó un rotundo éxito —superior incluso al del Quijote— en el momento de su aparición (con seis ediciones en 1617 y varias traducciones en los años inmediatos), más tarde cayó en un profundo olvido que duraría siglos[1].

El interés por ella empezó a recuperarse en el siglo XX: hitos importantes fueron la edición de 1914 de Schevill y Bonilla dentro de las Obras completas de Cervantes y la de Avalle-Arce en Castalia en 1969[2]; desde entonces, el interés se ha intensificado y hoy contamos con una exhaustiva edición crítica —la de Carlos Romero, en Cátedra, con un buen arsenal de notas y apéndices, que había alcanzado ya una tercera edición en 2003—, a lo que debemos añadir la publicación en los últimos años de varias monografías[3]. Como último detalle de ese renovado interés podemos mencionar la reciente celebración, en septiembre de 2003 y en Lisboa, del V Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, con el Persiles como tema central. En definitiva, parece claro que estamos asistiendo a una profunda revalorización de la obra que pudiéramos considerar el testamento literario de Cervantes, y las entradas que le voy a dedicar quieren insistir en esa revalorización, poniendo de manifiesto su riqueza y también su complejidad narrativa.

En este sentido, al hablar del Persiles como paradigma del arte narrativo barroco, pretendo destacar la compleja construcción levantada por Cervantes, haciendo gala de su maestría narrativa, que se manifiesta en un hábil manejo de numerosos recursos técnicos y estructurales: no en balde en esta su última novela intenta llevar a la práctica su particular teoría narrativa, concretada en una novela de aventuras ideal. Suele repetirse, y con toda razón, que Cervantes se convierte con el Quijote en el creador de la novela europea moderna. Sin embargo, a ese proceso de renovación del género novelístico contribuye también el Persiles, una pieza que probablemente se ha ido escribiendo, en distintos periodos, coincidiendo o alternando con la redacción de la primera parte del Quijote, las Ejemplares y la segunda parte del Quijote, en esa década prodigiosa que va de 1605 a 1615. El Persiles es una obra rica en contenido ideológico, pero no menos rica también en su expresión artística; y aunque en cualquier obra literaria el fondo y la forma sean en última instancia inseparables, quisiera destacar —lo iremos viendo en los próximos días— algunos aspectos de la complejidad narrativa de la obra[4].


[1] Ver Rafael Osuna, «El olvido del Persiles», Boletín de la Real Academia Española, 48, 1968, pp. 55-75.

[2] Otros trabajos importantes de esas fechas fueron los siguientes: Carlos Romero, Introduzione al «Persiles» di Miguel de Cervantes, Venezia, Consiglio Nazionale delle Ricerche, 1968; Alban K. Forcione, Cervantes, Aristotle and the «Persiles», Princeton, Princeton University Press, 1970 y Cervantes’ Christian Romance. A Study of «Persiles y Sigismunda», Princeton, Princeton University Press, 1972; Juan Bautista Avalle-Arce y Edward C. Riley (eds.), Suma cervantina, Londres, Tamesis, 1973; y Joaquín Casalduero, Sentido y forma de «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», 2.ª ed., Madrid, Gredos, 1975.

[3] Ver, sobre todo, Diana de Armas Wilson, Allegories of Love: Cervantes’ «Persiles and Sigismunda», Princeton, Princeton University Press, 1991; Emilio Orozco Díaz, Cervantes y la novela del Barroco (del «Quijote» de 1605 al «Persiles»), edición, introducción y notas de José Lara Garrido, Granada, Universidad de Granada, 1992; Stephen Harrison, La composición de «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Madrid, Pliegos, 1993; Aurora Egido, Cervantes y las puertas del sueño: estudios sobre «La Galatea», el «Quijote» y el «Persiles», Barcelona, PPU, 1994; Amy R. Williamsen, Co(s)mic Chaos. Exploring «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Newark, Juan de la Cuesta, 1994; Julio Baena, El círculo y la flecha: principio y fin, triunfo y fracaso del «Persiles», Chapel Hill, Department of Romance Languages-University of North Carolina, 1996; Isabel Lozano Renieblas, Cervantes y el mundo del «Persiles», Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 1998; Maria Alberta Sacchetti, Cervantes’ «Los trabajos de Persiles y Segismunda»: a Study of Genre, Rochester, Tamesis, 2001; Jean-Marc Pelorson, El desafío del «Persiles», Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 2003; y Jean-Pierre Sánchez (coord..), Lectures d’une œuvre. «Los trabajos de Persiles y Sigismunda» de Cervantes, Nantes, Éditions du Temps, 2003. La bibliografía, por supuesto, se ha seguido acumulando en los años posteriores.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

«Las afueras» de Luis Goytisolo: valoración final

(A la memoria de los fallecidos en el accidente ferroviario de Santiago, con mis mejores deseos para la recuperación de todos los heridos y el afecto solidario para tantas familias afectadas. Con mi felicitación también al pueblo gallego, por su ejemplar reacción frente a esta desgracia, en un día que era de fiesta y acabó convertido en tragedia.)

Por lo que se refiere al estilo, se suele señalar que Las afueras de Luis Goytisolo es una obra bien escrita, sobre todo si tenemos en cuenta que se trata de una novela redactada a muy temprana edad, la primera de su autor. Cada capítulo es independiente de los demás en cuanto al contenido y también en lo concerniente a la elaboración técnica. Por ejemplo, el 4.º y el 7.º son exclusivamente narrativos, sin casi diálogos, en tanto que otros (por ejemplo el 3.º) son, por el contrario, todo diálogo. Este episodio reproduce el habla coloquial, vulgar (recordemos que la acción tiene lugar en bares frecuentados por personajes de baja condición social). En cualquier caso, siempre nos encontramos con un narrador tradicional, omnisciente en tercera persona.

García de Nora habla de un estilo «tenso, sobrio, con algunos finos y acerados filos poéticos, que nunca llegan a desviar la bien encauzada fluencia del relato»[1]. Notemos que se trata de una novela perteneciente al realismo social, y ya sabemos que en aquel momento importaba más la intención (compromiso, denuncia) que el primor estético, el qué se decía más que el cómo se decía, el fondo (temas, contenido) antes que la forma o expresión, según la dicotomía clásica. En suma, interesaba más la claridad y la sencillez en lo que se exponía que el mero placer estético o el arte de jugar bellamente con las palabras (lo que no implica, ni mucho menos, que esto último no tenga cabida en Las afueras y en otras obras de esta corriente).

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Puede decirse que en esta primera novela de Luis Goytisolo, escrita a sus veintitrés años, está en germen lo que será buena parte de su producción posterior, el ámbito literario que le será luego propio, tal como señalara el autor:

La evolución de su obra es la evolución del aprendizaje de un oficio, por llamarlo de alguna forma. De hecho, como en pocos casos, está muy claro que estoy escribiendo siempre el mismo libro y mis dos primeras novelas (Las afueras y Las mismas palabras) son intuiciones de lo que yo pretendía decir, que se desarrollan plenamente y cristalizan, en un momento determinado, en Antagonía[2].

En fin, Las afueras resultaba a la altura de 1958 una obra renovadora formalmente, hasta cierto punto, pero no fue un capricho o un experimento gratuito el que Luis Goytisolo hubiese ordenado así su libro. En entradas precedentes he pretendido mostrar que, aunque para varios críticos se trata de un libro de relatos (y es posible que la intención inicial del autor fuera precisamente esa, escribir siete relatos independientes), no obstante, la obra tiene una unidad (de espacio, de tiempo y de personajes o, mejor, de los nombres de los personajes, así como una unidad temática) y que, considerada en conjunto, adquiere una amplitud, una intensidad y una intencionalidad mayores. Tiene, pues, una razón de ser el que Goytisolo haya estructurado así su, digámoslo ya definitivamente, novela, pues como tal novela puede ser leída y considerada. Sea como sea, como punto de partida en la trayectoria literaria de Luis Goytisolo, no se trató de ningún mal principio[3].


[1] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, p. 319.

[2] Entrevista con el autor, publicada en Ínsula, 146, enero de 1959, p. 4: «Las letras en Barcelona. Entrevista con Luis Goytisolo».

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras (1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

La soledad, la rutina y el recuerdo de la guerra en «Las afueras» de Luis Goytisolo

La incomprensión que refleja Las afueras (1958) de Luis Goytisolo no existe únicamente entre las distintas clases sociales, sino que afecta por igual a los seres individuales. Esto resulta patente en el caso del matrimonio de ancianos del segundo capítulo (en todas estas entradas vengo utilizando indistintamente los términos relato y capítulo para referirme a cada una de las partes del libro). En lugar de hablar entre sí, contarse sus problemas y tratar de solucionarlos juntos, cada uno de los cónyuges se dirige por separado a su nieto, quien nada puede hacer para ayudarles, dada su corta edad. Además de la soledad, muchas páginas de Las afueras nos hablan de vidas grises, monótonas, de días repetidos, iguales los unos a los otros:

La mañana había empezado igual que cualquier otra. […] Nunca invertían el orden ni cambiaban las horas. El plan era estricto y a él se atenían rigurosamente e incluso se diría que cualquier variación les fastidiaba y dolía como una falta contra el deber: la costumbre se había convertido en religión (pp. 132-133; cito por la ed. de Barcelona, Seix Baral, 1969).

Se acostaban inmediatamente [después de cenar] y sin hablar, como si lo hicieran a solas, cada uno por su lado. […] Normalmente los viejos se hablaban muy poco y discutían menos… Apenas cambiaban alguna frase, fuera de las necesarias para pedir, ofrecer o proponer algo, para contar alguna cosa chocante que habían visto u oído. Con los extraños todavía eran más callados. El cartero no los conocía. Nunca recibieron visitas de parientes o amigos (p. 134).

Aquel fue un día de primavera como cualquier otro (p. 142).

Para Sanz Villanueva, la estructura que Goytisolo ha querido dar a Las afueras puede tener que ver con esta doble incomunicación, entre las distintas clases y, de igual manera, entre las personas:

Si la realidad para Luis Goytisolo se muestra como no unívoca […] y carente de articulación real, la estructura rota y fragmentada de su libro puede muy bien representar la fragmentación social [y la existente entre los distintos individuos, podemos añadir] que trata de alcanzar de manera simbólica[1].

Y García de Nora apunta también esa misma explicación:

De este modo comprendemos que la fragmentación argumental del libro no quiere decir que nos hallemos ante una colección de relatos vagamente afines ni, menos, obedece a una supuesta incapacidad constructiva, sino que viene impuesta por la plena conciencia que el novelista ha adquirido de la importancia de su núcleo temático[2].

En definitiva, Las afueras presenta una estructura rota y fragmentada porque fragmentadas y rotas son las relaciones sociales y personales que nos presenta. En este caso, la temática nos ayuda a comprender mejor la estructura del libro que, como queda ya dicho en entradas anteriores, puede ser considerado perfectamente como una novela.

Ya he mencionado también que la guerra es un factor determinante en la situación del momento en que se viven las siete historias y, por tanto, determinante también de los hombres y mujeres que las protagonizan.

Guerra entre hermanos

A la Guerra Civil aluden en última instancia, sin duda alguna, estas palabras que voy a copiar, aunque se refieran a dos hermanos concretos, Víctor y Julio, hijos de don Augusto y doña Magdalena:

Yo los quería mucho a los dos, cada uno en su estilo, y se me partía el corazón cuando les veía pelearse. No hay nada peor que una lucha entre hermanos, Bernardo. Para una madre no hay nada peor que ver a sus hijos golpeándose como Abel y Caín (p. 88).

La mayoría de las veces la guerra aparece como hecho que frustra los sueños, las ilusiones, las esperanzas de los personajes. Así, Víctor había empezado la carrera de ingeniería,

pero la guerra interrumpió sus estudios y, al acabar, ya no volvió a reanudarlos, tenía que casarse. Llevaba aprobados tres cursos cuando dejó la carrera para pasar a Francia. Luego, la escuela de adiestramiento, el tedio de un frente estabilizado en la otra parte del Ebro, las interminables detonaciones entre los algarrobos, las humaredas, el zumbar de los aviones en el cielo despejado (p. 213).

Algo semejante le ocurre a otro Víctor, como nos refiere su padre:

Lo recuerdo a tu edad, con tus mismas ambiciones. Quiero ser médico, como tú, papá, me decía. Quería estudiar en Alemania, ser uno de los mejores médicos de Barcelona… Sólo que no pudo, las circunstancias no se lo permitieron, la guerra… Tuvo mala suerte el chico, muy mala suerte (p. 56)[3].


[1] Santos Sanz Villanueva, Historia de la novela social española (1942-1975), Madrid, Alhambra, 1980, p. 477.

[2] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, p. 318.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras (1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

«Las afueras» de Luis Goytisolo, retrato de la ociosidad burguesa

En su primera novela, Luis Goytisolo critica a la burguesía, enriquecida al calor de la posguerra, sobre todo a la juventud burguesa que deja pasar sus días en medio de la abulia y las diversiones de la ociosidad, sin trabajar en nada. Veamos estas citas[1]:

¿Y el coche? ¿Y el trabajo? Alguna se reía bajito. ¿Pero tú crees que esta gente trabaja? Mirar cómo se trabaja, esto es lo que hacen (pp. 14-15).

Mi señora está en Sitges con su señorito hijo desde hace una semana. Mi Alvarito lo pasa muy bien allá en Sitges… Lleva el camino de ser un tonto muy fino, mi Alvarito (p. 105).

Sitges

Alvarito siempre disponía del dinero que necesitaba para estas salidas. Le pedía al abuelo y el abuelo se lo daba, el abuelo tenía mala memoria para los números (p. 213).

La obra refleja también la incomprensión entre las clases sociales. Consideremos para comenzar estas reflexiones de García de Nora:

Cada relato de Las afueras converge en mostrar la incomunicación, la injusticia o el rencor sordo de los seres humanos entre sí: los ricos engreídos, enfatuados, acolchonados en su privilegio (la progresiva ­­—y corrosiva— «educación sentimental» de y para señorito del relato último viene en este sentido a iluminar todos los acontecimientos descritos antes), los pobres, empujados por la ignorancia y la estrechez a formas de obstinación cerril, a una deshumanización estúpida (vivencia levemente teñida de sentimentalismo en el fragmento menos logrado, a mi juicio, del libro —el cuarto—, pero cruel y admirablemente plasmada en el quinto, con la testaruda, berroqueña y lamentable figura del viejo Mingo Cabot)[2].

Este personaje se niega a participar en la compra de un tractor que piensan realizar entre varios vecinos del pueblo; y así se hace: lo pagan entre todos y el tractor trabaja cada día las tierras de cada uno.

Tractor

Mingo Cabot, con su individualismo a ultranza (individualismo mal entendido), tiene que ver luego cómo sus amigos apenas tienen que esforzarse en las tareas agrícolas mientras que él ha de matarse, trabajando de sol a sol, para obtener un beneficio menor que el de los otros. Su frase preferida es «Cada uno a lo suyo». Cuando intentan convencerlo para que participe en el proyecto común, responde:

—No, joven, no soy amigo de meter las narices en este tipo de cosas. Mi padre me repetía siempre: Ocúpate de tus asuntos, que de los suyos ya lo hace el vecino. Y así pienso yo (p. 153).

Las personas de posición acomodada no comprenden a los más necesitados. Así, cuando la viuda se queja de su aparcero porque los frutos de la cosecha han sido inferiores a lo que esperaba y él trata de defenderse diciendo que, sin ninguna ayuda, no había podido hacer más, ella le reprende con estas palabras: «No había tenido tiempo, no había tenido tiempo, bien lo encontraba para descansar» (p. 163). Sin embargo, sabemos que el campesino no había podido tomarse ni un minuto de descanso. De esa incomprensión da fe también el siguiente testimonio de don Ignacio, el médico del primer relato:

¡Qué gente! ¡Qué país. Y encima siempre quejándose, que si llueve mucho, que si llueve poco, que si esto, que si aquello… ¡Pero si viven mejor que un hombre de carrera! Trabaja toda la familia, apenas tienen gastos… (p. 34)[3].


[1] Cito por la edición de Barcelona, Seix Barral, 1979.

[2] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, p. 319.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

El realismo social de «Las afueras» de Luis Goytisolo: el mundo del trabajo

Recordemos que Las afueras de Luis Goytisolo se inscribe en la corriente de realismo social de los años 50 y que tiene un afán de denuncia (literatura testimonial, comprometida). Los personajes sufren un condicionamiento histórico-social, como muy bien hizo notar Juan Ignacio Ferreras:

El autor nos muestra un universo sociológicamente incapaz de permitir una solución racional a los seres humanos que lo componen. […] La situación social española, determinada por la guerra civil, determina negativamente a todos sus personajes: estos han sido todos marcados por la contienda, ninguno ha podido realizar sus deseos. […] En Las afueras, pese a la aparente variedad de sus siete relatos, existe una sola problemática que viene de la guerra, problemática que no sólo determina la acción de los protagonistas sino que informa todo el universo novelesco.

Y afirma a continuación que

solamente al final del libro, en la última página, existe una solución esperanzada para uno de los protagonistas (el joven Álvaro que va a empezar la carrera de Medicina). Esta última página, según mi modo de ver, resulta incoherente con el resto de la obra. […] La última página sigue siendo una excepción artísticamente dudosa, ya que Álvaro parece escapar a la problemática de la novela sin que el lector sepa muy bien por qué[1].

Sin embargo, hemos de pensar que es uno de esos niños «bien» quien dispone de la oportunidad de mejorar su situación; en él se centran las posibilidades de cambio (quizá quiera ello significar el deseo, la esperanza del autor para un mañana mejor), y no en el hijo de un obrero, por ejemplo.

Intentaré ordenar de forma esquemática los principales temas que se hacen presentes en la novela, comenzando por la dura vida en el campo o en la fábrica. Son, en efecto, numerosas las citas que podríamos traer aquí para ejemplificar este aspecto[2]; esto es, la pobreza en que viven los campesinos y los trabajadores, así como sus familias, a pesar de permanecer en su puesto durante largas horas. Señalaré únicamente algunas de las más significativas:

¿Quién lo haría si no? [se refiere al trabajo que tiene que hacer Dina, ella sola]. Me ocupo del huerto, llevo la casa, guiso, hago limpieza y, de vez en cuando, aún tengo que trabajar a jornal para otros. No se puede vivir de lechuga y en el huerto no crecen panes, bacalao, sardinas… Ya no hablo de carne (p. 21).

¿Y el trabajo? [pregunta Víctor a un conocido]. Ah, dijo Fredo, de eso lo que queremos: todo queda para nosotros. Lo único que repartimos son las cosechas (p. 30).

¿Adivina los años que tengo? No, ¿verdad? Pues bastantes menos de los que aparento. ¿Y sabe usted por qué? Pues porque desde pequeña he tenido que trabajar al sol y al aire igual que un hombre. Por eso (p. 39).

Una vez abajo, lo de todos los días. Se dispone el arado, se suelta un grito y adelante. […] Luego el sol se agranda y quema y el primer riego que la tierra recibe es de sudor… así de un bancal a otro, vertiente abajo. […] Luego Dineta gritaba ¡El almuerzo!, y él podía dejar todo aquello por un rato, sólo por un rato porque el trabajo nada más acaba con el sol (p. 156).

Campesinos arando

Pronto habría que volver a empezar, solo frente a los surcos como el año pasado, más solo que el año anterior, más cansado. Labrar y sembrar y mirar el cielo despejado un mes y otro, hasta nueve, y luego cosechar y partir la cosecha con la viuda. Cuatro sacos de grano, lo justo para no morirse y poder sembrar otra vez y mirar el cielo otros nueve meses y cosechar cuatro meses más (pp. 173-174).

¿Recuerdas al abuelo?, dijo Antonio. Se pasaba el día diciendo: ¡Ah, cuando era joven! ¡Ah, si fuese joven! Bien, pues ahora soy joven y ya ves, de mi casa a la fábrica, de la fábrica a mi casa. Trabajar para comer, comer para seguir trabajando y así hasta que ya no eres joven, hasta que te haces viejo como el abuelo y no sirves para nada, toda la vida tirando como un caballo. Algún día… En fin, ¿para qué hablar? Mañana nos veremos (p. 198).

El campo no da vacaciones, le decían. Aquí acaba una cosa nada más que para empezar otra (p. 209).

El Patacano decía que iba a ver si conseguía trabajo en la fábrica del pueblo. Los demás aprobaban con la cabeza, decían que en la fábrica se ganaba más dinero. Un trozo de tierra va bien para trabajarlo a horas libres y sacarte unas pesetas de más, pero no para depender de lo que te rinda. Te tiras una vida de perro a cambio de casi nada (p. 210).

Manos de trabajador

Luego jugaban al subastado, apostando con alubias. Nosotros no podemos arriesgarnos a perder en cinco minutos el trabajo de toda una jornada (p. 210)[3].


[1] Juan Ignacio Ferreras, Tendencias de la novela española actual (1931-1969), París, Ediciones Hispanoamericanas, 1970, pp. 174-175.

[2] Todas las citas serán por la edición de Barcelona, Seix Barral, 1979.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

«Las afueras», de Luis Goytisolo, novela colectiva

Las afueras (1958) de Luis Goytisolo es una novela colectiva: en sus páginas el individuo cede el papel de protagonista a la sociedad. En los relatos que la componen se va tejiendo una complicada red onomástica, ya que en todos ellos aparecen repetidos los mismos nombres, pero en cada caso corresponden a distintos personajes.

Novela colectiva

Corrales Egea habla de «mezcla confusa de personajes (pues cada uno de ellos desempeña papeles distintos aunque bajo un mismo nombre, lo que resulta a veces difícil de seguir por el lector)»[1]. Veamos otras opiniones que explican mejor esta peculiar característica de la obra:

Cada uno de los relatos —dice Sanz Villanueva— ofrece una historia distinta, sin vinculación con las restantes excepto en el hecho de que los personajes coinciden en el nombre (Augusto, Víctor, Ciriaco, Domingo, Antonio, Alvarito, Bernardo, Magdalena, Claudina, Amelia…), pero la coincidencia es onomástica, no de personalidad, aunque sí exista vinculación en su sentido. Estos nombres corresponden a diversos grupos generacionales y sociales: Augusto (y sus esposas, Magdalena) representan una clase acomodada y vacía, correspondiente con la generación mayor. Víctor indica la generación siguiente, participante en la guerra y, pese a su posición acomodada, carente de sentido vital, frustrada o con mala conciencia que lleva a un aparencial acercamiento al pobre. Domingo (y sus correspondientes Amelia) es la generación mayor de tipo servil y doméstico. Ciriaco es la generación siguiente, clase modesta, trabajadora. Quedan, finalmente, los jóvenes o niños (Álvaro, Antonio, Dina y Bernardo). Todos estos nombres resultan protagonistas de una historia colectiva que, situada en este año concreto de 1957, mediante una recuperación del pasado, nos ofrece una panorámica reciente de Barcelona. Esta panorámica se hace realidad literaria, sin embargo, a través de argumentos singulares y de historias particulares[2].

Y estas son palabras de García de Nora:

[Luis Goytisolo] ha introducido hasta diez u once series de personajes que no se relacionan ni se parecen, pero que llevan todos el mismo nombre. (Si no recordamos mal, hay cuatro señores que se llaman Augusto, cuatro damas que son doña Magdalena, otros cuatro Víctor y Diana, Dinetas o Claudinas. Tres Ciriacos, Domingos y Tonios o Antonios. Dos Alvaritos, dos Amelias, dos Patacanos y Bernardos —si es que el Nacho del tercer cuento y el Nap del quinto no deben tomarse por Bernardos también—). [ …] La pluralidad de circunstancias, la diferencia de condiciones personales, la intervención misma del azar no anulan ni tuercen, en lo fundamental, el carácter y el sentido de esas vidas entramadas, condicionadas por su particular situación histórico-sociológica; la reiteración de los nombres propios, a esta luz, resulta, en efecto, un artificio —deliberado y transparente—, pero no caprichoso, sino buscado precisamente para subrayar la identidad de los destinos más allá de las innumerables variaciones circunstanciales y anecdóticas. Así, los don Augusto y doña Magdalena son uniformemente ejemplos de la burguesía adinerada de la preguerra (implícitamente se va dejando constancia de cómo la «posición» y la riqueza encubrían su vacuidad, su sórdida miseria moral; por si quedaran dudas, ahí está la abrumadora pareja de abuelos supervivientes del segundo relato); los Víctor son los hijos de tales padres: ex-combatientes todos ellos, radicalmente frustrados unos, como en el primer relato, triunfadores deshechos por dentro algunos (tercero), atenidos a una escéptica medianía otros (séptimo); paralelamente, los Domingos y Amelias, viejos aparceros y antiguas sirvientas, y la generación siguiente (contemporánea de los Víctor): el Ciriaco aparcero, el Ciriaco limpiabotas, el Ciriaco peón de albañil; vienen luego los más jóvenes, los Alvaritos —niños «bien»— o los Antonios, pobres pero animosos, endurecidos y conscientes; y, en fin, los niños (Dina en el primer cuento, Bernardo en el segundo y sexto), que van adquiriendo conciencia, en silencio, mudos o casi mudos y enigmáticos, frente al no menos extraño mundo de los mayores[3].

En definitiva, ahora en expresión de Sanz Villanueva,

diversas clases y diferentes ocupaciones y oficios son los protagonistas, por lo tanto, de Las afueras, relato colectivo que aventaja a las novelas de la ciudad (al estilo de La colmena, La noria) en que la limitación argumental produce una más ceñida verdad novelesca. Luis Goytisolo no pretende hablarnos de la ciudad toda, sino que plasma el retrato de unas cuantas gentes representativas y de las que podemos deducir un estado social general[4].

Esta abundancia de personajes implica que no todos pueden ser caracterizados con la necesaria profundidad psicológica; y ese es el principal inconveniente que, según García de Nora, puede señalársele a la novela:

El reproche más justo entre cuantos pudieran formularse a Las afueras es el de su insuficiencia respecto a los tipos abordados: en efecto, querríamos, necesitaríamos saber más de muchos de los personajes que en ella se perfilan o se dejan entrever (en especial, esos Tonios y Bernardos tan marginales aquí…). […] Ahora bien, ese reproche, aunque justo, resulta prematuro. Las afueras, dada su ambición temática, no puede ser otra cosa que la iniciación, la obertura cuyos motivos han de desarrollarse luego cumplidamente[5].


[1] José Corrales Egea, La novela española actual (Ensayo de ordenación), Madrid, EDICUSA, 1971, p. 93.

[2] Santos Sanz Villanueva, Historia de la novela social española (1942-1975), Madrid, Alhambra, 1980, pp. 475-476.

[3] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, pp. 318-319.

[4] Sanz Villanueva, Historia de la novela social española (1942-1975), p. 477.

[5] García de Nora, La novela española contemporánea, vol. III, p. 320. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

Tiempo y espacio en «Las afueras» de Luis Goytisolo

El macro-espacio en el que se desarrollan todas las historias de Las afueras (1958) de Luis Goytisolo está constituido por la ciudad de Barcelona y sus alrededores, las afueras a las que se refiere el título. Mundo de pobreza y marginación que condiciona a los personajes (aunque en sentido estricto no se puede hablar de determinismo).

Chabolas

Además de los núcleos urbanos y del ambiente ciudadano (Las afueras se relaciona, en lo relativo a esta cuestión, con otras novelas como La piqueta, de Antonio Ferres, o La resaca, de Juan Goytisolo, en las que el espacio es más bien la zona fronteriza con la gran ciudad, el suburbio[1]), aparece también el mundo rural. Existe cierta oposición entre ambos espacios: el campo es sinónimo de trabajo; la ciudad, de ocio (para los personajes burgueses, no para los obreros). Cuando aquellos acuden al campo es para descansar en sus villas de recreo o para verificar los trabajos realizados por los aparceros.

Los espacios concretos en los que transcurren los hechos narrados son: una masía de los alrededores de Barcelona, una casa en un barrio de la metrópolis, los bares y tascas de la Rambla, otro barrio, antiguo pueblo autónomo, ahora convertido en suburbio de la ciudad, un pueblo en el campo, de nuevo la urbe y, por último, otro pueblo de las cercanías.

En una entrada anterior ya he indicado algo acerca de la unidad temporal: las historias se fechan a los dieciocho años de acabada la guerra, es decir, en el momento contemporáneo de la redacción de la novela. Aquí y hoy son las coordenadas en que se mueven los protagonistas de esta novela colectiva. Novela de adolescencia (la del autor), «en la que tanta importancia tiene la vejez, el paso del tiempo». No hay una datación exacta, no se señalan los días concretos (salvo en el capítulo 2.º, en el que se especifica claramente que son seis días de octubre). Lo más frecuente es que se nos indique solo el mes o la estación del año (dos relatos ocurren en otoño, con lo que esta estación puede connotar simbólicamente de decadencia, rutina y apatía). Cuando estamos en el campo, el transcurso del tiempo se indica por el vuelo de las aves (la llegada o la marcha de las golondrinas, por ejemplo), por la mención de los trabajos del momento (época de la siembra, de la siega, de la vendimia) o según se produzca antes o después la salida y el ocaso del sol.

Hay, por supuesto, un tiempo recuperado en los recuerdos (muy claro en el caso de Víctor, cuando sube al desván y contempla los objetos antiguos). Más importante sería señalar la estructura «circular» de algunos relatos (el 4.º, el 6.º). Quiero decir que al principio del relato se nos plantea una situación, se vuelve a continuación atrás, a un punto del pasado, se narra lo ocurrido en ese pasado (o se sugiere sin contarse expresamente) para acabar llegando de nuevo al punto inicial de partida, allí donde la acción había comenzado[2].


[1] Ver Juan José López Cabrales, «Las entrañas de la ciudad: de Las afueras, de Luis Goytisolo, a Si te dicen que caí, de Juan Marsé», en Miguel Espinosa, Juan Marsé, Luis Goytisolo. Tres autores claves en la renovación de la novela española contemporánea, ed. Fernando Valls, Monserrat Amores, David Roas y Enrique Turpin, El Puerto de Santa María, Fundación Luis Goytisolo, 1999, pp. 193-202. Señala que en esta novela, como en Si te dicen que caí, de Juan Marsé, «las entrañas de la ciudad encierran el germen de una degeneración que puede acabar contaminando a quien, desde su periferia, se acerque demasiado» (p. 200).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

«Las afueras» de Luis Goytisolo: fragmentación y perspectivismo

En otro lugar explica José Corrales Egea las razones del fragmentarismo que caracteriza a Las afueras, e incluye a Luis Goytisolo, junto con García Hortelano, Marsé y Fernández Santos, entre los autores que siguen una línea de objetivismo puro y escueto. Estas son sus palabras:

Para los autores que siguen ortodoxamente la línea del realismo objetivo, la realidad aparece compuesta por una serie de hechos y sucesos que ellos tratan de presentar tal y como se nos pueden aparecen en una primera fase de percepción, tal y como serían aprehendidos por los seres vivos, o sea, por el propio lector. Es decir, inarticulados, sueltos, fragmentarios. Al negarse a dar cualquier clase de síntesis explicativa, la novela objetivista se atiene a presentar fenómenos desligados a simple vista entre sí: sucesos, objetos, cosas que se exponen como en una gran vitrina. Estas cosas así expuestas son realidades, pero de tales realidades sólo sabemos que están ahí, que existen. El autor considera cumplida su misión una vez presentadas, lo cual significaba ya mucho en el ambiente literario enrarecido todavía por la proximidad de la guerra[1].

Sumamente esclarecedoras me parecen estas otras reflexiones de José María Castellet (y quizá convendría no olvidar el título de una importante obra suya, La hora del lector):

Luis Goytisolo Gay ha escrito su obra por el procedimiento que podríamos llamar «adjetivo», es decir, que busca su sentido, como una suma, en el resultado final. Considerados aisladamente los siete sumandos que son los capítulos, son partes que no adquieren su significación completa sino en la suma final que se opera en el lector al terminar la lectura del libro. Si las cantidades a sumar son homogéneas, es posible la suma; si son heterogéneas, no. En Las afueras, los sumandos (capítulos) son, evidentemente, homogéneos, luego la suma (novela) es posible. Realizar la operación es el trabajo del lector, y ese es el trabajo que se le pide, a cambio del cual accede al proceso de creación por derecho propio[2].

Así pues, el autor muestra una serie de datos, no demuestra sus ideas. Es el lector quien, con esos datos, debe hacer la síntesis y extraer sus propias conclusiones. Tal vez esta fragmentación o perspectivismo tenga algo que ver con la influencia del cine que reconocía el propio Goytisolo: cada capítulo sería como un plano o escena cinematográfica suelta. Por otra parte, se puede señalar la semejanza estructural de Las afueras con La noria, novela de Luis Romero, unos años anterior a la de Goytisolo, que tiene también personaje colectivo y que engloba, al igual que la obra de Cela La colmena, un amplio panorama urbano.

La noria, de Luis Romero

Sea como sea, el hecho de que se debatiera tanto esta cuestión estructural de Las afueras (la discusión sobre si era novela o libro de relatos) supuso una publicidad importante para la obra, tal como reconoció su autor, y también la crítica:

Las afueras había provocado una viva polémica entre los críticos que veían en ella una novela renovadora y los que la consideraban pura y simplemente un camelo, polémica que sin duda despertó el interés del público y facilitó la buena acogida que tuvo[3].


[1] José Corrales Egea, La novela española actual (Ensayo de ordenación), Madrid, EDICUSA, 1971, pp. 85-86.

[2] José María Castellet, «Técnicas narrativas: tiempo histórico, novela colectiva», Índice, 173, junio de 1967, p. 6.

[3] Corrales Egea, La novela española actual (Ensayo de ordenación), p. 93. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.

Algo más sobre la estructura narrativa de «Las afueras»

José Domingo habla de «unidad no lograda» al referirse a Las afueras, y el propio Luis Goytisolo ha reconocido ciertos fallos estructurales en su primera novela. En el prólogo a Las mismas palabras declaraba:

Empecé la redacción de Las mismas palabras en el verano del 59. […] Mi mayor empeño era el de superar, con ayuda de un planteamiento previo riguroso y de un desarrollo técnico adecuado, las deficiencias apreciables en Las afueras, obra construida más por aluvión que por cristalización, una novela carente de método, de rigor expositivo y de ese plan previo, mejor, plano previo (que ahora me proponía levantar como si de un edificio se tratase) a la que terminaron por faltarle y sobrarle demasiadas cosas[1].

Las afueras, de Luis GoytisoloQuizá por eso apareció al frente de la primera edición la siguiente nota editorial: «Más que el caso de cada personaje o la naturaleza de cada situación, lo que se quiere que importe son las relaciones entre estos casos y estas situaciones»; es decir, como certeramente señala García de Nora, «el engarce, el condicionamiento histórico-social de cada vida humana concreta»[2]. Las circunstancias personales son distintas, pero hay una «unidad de destino» común a todos los personajes. En fechas más recientes, Óscar Barrero Pérez ha matizado que, en Las afueras, «el resultado es algo que se parece a una novela si utilizamos nuestro muy libre canon actual; algo demasiado extraño e innovador como para admitir esa etiqueta si lo que hacemos es retrotraernos hasta 1958»[3].

Es discutible, por tanto, si Las afueras constituye o no una novela. Pero creo que sí podemos considerarla como tal pues, si bien cada capítulo podría leerse con independencia por separado, no es menos cierto que todos ellos en conjunto adquieren una mayor consistencia; es como si el autor quisiera insistir varias veces en un mismo tema, pero desde distintos puntos de vista o bajo diversos aspectos de una sola realidad. Sería, por tanto, una composición perspectiva, fracturada y, así, López Pacheco indica que supone «una aportación importante al género desde el punto de vista técnico». Otras expresiones que emplea para referirse a ella son: «Gran hallazgo de estructura» o «Un importante y probablemente fructífero hallazgo técnico»[4]. No obstante, no faltan los críticos que se han referido a Las afueras como un libro de relatos. José Domingo habla de «novela de tendencia colectiva, un libro de relatos más bien»[5]. Y José Corrales Egea escribe:

Más que de una novela única se trata de un conjunto de relatos enlazados por la unidad de lugar (Barcelona y sus afueras), la relación de los personajes entre sí y un mismo momento temporal: a los 18 años de la guerra civil, como precisa el propio autor, siguiendo la localización exacta propugnada por la novela realista[6].


[1] Luis Goytisolo, prólogo a Las mismas palabras.

[2] Eugenio García de Nora, La novela española contemporánea, Madrid, Gredos, 1962, vol. III, p. 318.

[3] Óscar Barrero Pérez, «Las afueras de Luis Goytisolo: el lector ante una novela inexistente», en Luis Goytisolo: el espacio de la creación, ed. M. Á. Vázquez Medel, Barcelona, Lumen, 1995, pp. 141-142. Ver también su Historia de la literatura española contemporánea, 1939-1990, Madrid, Istmo, pp. 171-172. Por su parte, Maryse Bertrand de Muñoz escribe que «se dudó —y se sigue dudando— de su género a pesar de sus hallazgos tanto estilísticos como estructurales y técnicos» («Un primer paso hacia nuevas técnicas narrativas: Las afueras de Luis Goytisolo», en Luis Goytisolo: el espacio de la creación, cit., p. 126).

[4] López Pacheco, Acento cultural, Madrid, enero de 1959; citado por José María Martínez Cachero, La novela española entre 1936 y 1980. Historia de una aventura, Madrid, Castalia, 1986, p. 181.

[5] José Domingo, La novela española del siglo XX, vol. II, De la posguerra a nuestros días, Barcelona, Labor, 1973, p. 121.

[6] José Corrales Egea, La novela española actual (Ensayo de ordenación), Madrid, EDICUSA, 1971, p. 93. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Sobre el realismo social de Las afueras(1958) de Luis Goytisolo», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.),Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 263-282.