El fondo histórico de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

Abundan en la novela de Francisco Navarro Villoslada[1] los datos históricos que, en su conjunto, nos proporcionan una idea muy completa y acertada de la época en que sucede la acción. El autor no especifica el año concreto en que esta ocurre, pero por distintas indicaciones que va dando podemos deducir que se trata del año 1115 o 1116. Doña Urraca describe con notable exactitud la situación histórica del reino de Galicia —dividido en bandos enfrentados— tras la muerte del rey Alfonso VI; y, dentro de ese contexto general, la formación de una hermandad por parte de los burgueses de Santiago contra su obispo, don Diego Gelmírez[2].

Alfonso I de Aragón, el BatalladorAcierta el novelista al situar la acción durante el borrascoso reinado de doña Urraca (1109-1126), el cual, a juicio de los historiadores, constituye una de las épocas más turbulentas de toda la historia del reino de Castilla y León. Refleja acertadamente la división de Galicia en tres bandos: los partidarios de la reina; los de su esposo, el rey de Aragón y Navarra, Alfonso el Batallador; y los del príncipe Alfonso Raimúndez, hijo de doña Urraca y su primer marido, el conde Raimundo de Borgoña. Las primeras alusiones a los bandos aparecen ya en la conversación mantenida en el primer capítulo entre don Arias y el paje Ramiro. De esta forma nos enteramos de que el joven príncipe Alfonso Raimúndez es apoyado por el obispo de Santiago, Gelmírez, y por el conde don Pedro de Trava (así fue en realidad: ambos deseaban su entronización porque, tratándose de un rey niño, ellos disfrutarían de la regencia durante su minoría de edad). El Batallador, por su parte, contó con el apoyo de la ciudad de Lugo, que veía con recelo el rápido ascenso de su rival, Santiago. Los valedores de la reina fueron, en fin, el conde don Pedro de Lara y don Gutierre Fernández de Castro (y además, en el plano novelesco, don Ataúlfo de Moscoso); sin embargo, aunque tres coronas ceñían su frente (las de Castilla, León y Galicia), doña Urraca tuvo muy poco poder efectivo.

El príncipe don Alfonso, alejado por su madre de Galicia para que no entrase en contacto con sus partidarios, envió desde Extremadura una carta a Gelmírez en la que recordaba al prelado que a él le correspondía el reino, según una cláusula testamentaria de su abuelo Alfonso VI, y le pedía que lo coronase. En efecto, esa disposición obligaba a su hija doña Urraca a entregar el reino de Galicia a su hijo en el momento en que contrajese segundas nupcias; como la reina se había casado con el Batallador, el reino pertenecía de iure a Alfonso Raimúndez. La novela da rendida cuenta de toda esta situación. Es en el libro primero donde se produce una concentración de todos los datos históricos necesarios para ayudar al lector a entender el trasfondo de la acción; una vez logrado este objetivo, los otros tres libros desarrollarán la trama novelesca, eso sí, siempre sobre el fondo histórico ya esbozado con detalle anteriormente.

Por lo que toca a la formación de la hermandad contra el obispo Gelmírez, conviene recordar antes de nada que Compostela era una ciudad única en la España medieval, gracias al auge que conoció por el Camino de Santiago; en palabras de Sánchez Albornoz, se trataba de «la única ciudad del reino leonés puramente mercantil y clerical»[3]; pero estaba enclavada en el riñón de una Galicia señorial. En este sentido, el obispo de Santiago no solo era el máximo representante eclesiástico, sino también un poderoso señor «feudal»: tenía vasallos, ejercía autoridad sobre media Galicia, podía batir moneda propia, estaba exento del servicio de guerra y corte que se debía al rey y poseía riquezas sin cuento (se acuñó entonces la frase «Episcopus Sancti Jacobi, baculus et ballista», para expresar la unión del poder temporal y espiritual en su persona). Por todo ello, los intereses de don Diego Gelmírez colisionaban con las pretensiones de los burgueses de la ciudad, que querían autogobernarse (deseaban un régimen de autonomía municipal basado en los gremios y el concejo).

Por tanto, Gelmírez fue considerado por los compostelanos como un enemigo de sus libertades burguesas, y en los años 1116 y 1117 se produjeron dos rebeliones urbanas; los conjurados formaron una hermandad contra el obispo, de la que nombraron «abadesa» o cabeza a la reina doña Urraca, enfrentada con Gelmírez por ser este uno de los principales apoyos de su hijo Alfonso. El pueblo la eligió pensando que con su ayuda podría sacudirse a su vez el poder señorial del prelado; pero más tarde, al ver que la reina contemporizaba y pactaba con Gelmírez, se volvió contra ella: en la primavera de 1117 los habitantes de Santiago prenden fuego a la catedral y Gelmírez y doña Urraca tienen que refugiarse en la torre de las Campanas o de las Señales, que es incendiada también. El obispo pudo escapar encubierto con la capa de un pobre, pero la reina fue alcanzada por una pedrada y quedó tumbada, con los vestidos revueltos, en medio de un lodazal. Una vez fuera de la ciudad, doña Urraca no perdonó tan grave ofensa, y sus tropas aplastaron con dureza la rebelión. Estos últimos sucesos de 1117 no se refieren en la novela.

Navarro Villoslada presenta en primer plano a algunos personajes históricos importantes: la reina doña Urraca, Diego Gelmírez, el Conde de Lara, Gutierre Fernández de Castro; hay otros personajes históricos aludidos, que no intervienen directamente en la acción novelesca, como el príncipe don Alfonso o el rey Alfonso el Batallador. Se modifica un tanto el carácter de Diego Gelmírez, al que presenta únicamente como pacífico prelado (es decir, sin su faceta histórica de señor «feudal»). En cuanto a doña Urraca, el autor mantiene su fama de liviana que se le atribuye tradicionalmente (por sus amoríos con los condes de Candespina y de Lara)[4].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver José Barreiro Somoza, «La violencia antiseñorial de los burgueses compostelanos: reacción frente a la política de Gelmírez de control de las instituciones urbanas», en El señorío de la iglesia de Santiago de Compostela (siglos ix- xiii), La Coruña, Ed. de la Diputación Provincial, 1987, pp. 273-301; y María Carmen Pallares Méndez y Ermelindo Portela Silva, «Las revueltas compostelanas del siglo xii: un episodio en el nacimiento de la sociedad feudal», en Ramón Villares Paz (ed.), La ciudad y el mundo urbano en la historia de Galicia, Santiago, Facultad de Xeografía e Historia / Tórculo Edicións, 1988, pp. 89-99.

[3] Claudio Sánchez Albornoz, «Compostela», en Estudios sobre Galicia en la temprana Edad Media, La Coruña, Fundación Barrié de la Maza, 1981, p. 417.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Argumento de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

La reina Urraca I de LeónLa acción de Doña Urraca de Castilla de Francisco Navarro Villoslada[1] se sitúa en el reino de Galicia, hacia el año 1116. El territorio está dividido en tres bandos: el de la reina doña Urraca de Castilla y de León, el de su marido Alfonso el Batallador, rey de Aragón y de Navarra, y el de Alfonso Raimúndez, hijo de doña Urraca y de su primer esposo, el conde Raimundo de Borgoña. Según una cláusula del testamento de Alfonso VI, el reino correspondería a su nieto, el joven Alfonso, si su madre contrajese segundas nupcias, cosa que ya ha acontecido. Don Alfonso Raimúndez, el legítimo heredero, intenta hacer valer su derecho al trono, y su reivindicación es apoyada por el obispo de Santiago, don Diego Gelmírez, y por el conde don Pedro de Trava.

Este es el fondo histórico de la novela, sobre el que se acumulan los elementos novelescos: Ramiro, un pajecillo del obispo, había sido enviado con un mensaje a Extremadura, a la Corte de don Alfonso Raimúndez; allí conoció a una bella dama, doña Elvira de Trava, por la que siente un cariño especial. Creyéndose enamorado, y viendo crecer en su pecho la ambición, pide al obispo, a su regreso a Santiago, que le arme caballero tal como le había prometido, pero Gelmírez se niega; hay para ello una razón de peso: la supuesta madre de Ramiro le ha confesado antes de morir que el paje no es su verdadero hijo (lo encontró recién nacido en un bosque y lo sustituyó por su hijo, muerto a la sazón). Ramiro es apresado por los partidarios de la reina y conducido a su presencia; al ver al paje, nace en doña Urraca un sentimiento amoroso; pero no se trata esta vez de un nuevo devaneo de la soberana (que tiene fama de liviana, ya que se le conocen al menos dos amantes, el Conde de Candespina y don Pedro de Lara); más bien al contrario: doña Urraca desea ahora volver a comportarse como mujer honrada; y es que Ramiro le recuerda mucho a don Bermudo de Moscoso, un rico-hombre del que, siendo todavía princesa, estuvo enamorada con una pasión pura, y al que se cree muerto desde hace veinte años. Este don Bermudo había rechazado el amor de la reina porque estaba casado en secreto con doña Elvira de Trava —la dama recientemente conocida por Ramiro—, y ellos dos son los verdaderos padres del joven.

Además, don Bermudo vive, encerrado por su hermano Ataúlfo, apodado el Terrible, en un calabozo del castillo de Altamira. Doña Elvira, por obedecer a su hermano, el poderoso don Pedro de Trava, está a punto de casarse con don Ataúlfo, que la ama desesperadamente, pero se entera a tiempo de que su primer marido está vivo y logra providencialmente que el matrimonio no se consume. Las tropas de la reina y del obispo asaltan el castillo de Altamira, muere Ataúlfo, Bermudo es liberado, recobra sus estados y se reúne con su esposa y su hijo Ramiro (que se llama, en realidad, Gonzalo). Al mismo tiempo, el príncipe don Alfonso es coronado rey de Galicia[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«Doña Urraca de Castilla» (1849) de Navarro Villoslada: génesis de la obra

En 1849, los madrileños editores Gaspar y Roig publicaban la primera edición de Doña Urraca de Castilla. Memorias de tres canónigos, novela histórica original de Francisco Navarro Villoslada[1]. En esta y en sucesivas entradas me propongo repasar brevemente los aspectos más destacados de la obra (su génesis, sus personajes, la relación entre historia y ficción, las técnicas narrativas, etc.)[2].

Entre mayo y diciembre de 1847, Navarro Villoslada publicó en El Siglo Pintoresco una novela corta titulada El caballero sin nombre que contiene en germen los principales sucesos novelescos de Doña Urraca de Castilla: la historia giraba en torno a la identidad de un joven, al que alude el título, que busca a su padre, desaparecido varios años antes, y al que finalmente encuentra encerrado en el castillo de Altamira por su propio hermano. Más tarde el escritor amplió esa historia trasladando al mismo tiempo la acción del reinado de Alfonso VI al de doña Urraca de Castilla; esto le permitió aprovechar novelescamente algunos sucesos de esa conflictiva etapa de la historia castellano-leonesa (división del reino de Galicia en bandos, formación de una hermandad de burgueses contra el obispo Gelmírez, etc.), pero conservando el recurso folletinesco consistente en presentar a una persona que se cree de baja condición social y que finalmente resulta ser de origen noble.

Por otra parte, la novela ampliada, Doña Urraca de Castilla, comenzó a publicarse en el folletín de La España de febrero a marzo de 1849, aunque se interrumpió para dejar paso a dos novelas francesas. Más tarde volvió a recuperarse la obra, empezando de nuevo desde el principio (julio a septiembre del mismo año). Al mismo tiempo, se publicó la edición en forma de libro (Madrid, Gaspar y Roig, 1849; la dedicatoria del autor a sus tíos lleva fecha de 30 de diciembre de 1848). Cuando todavía se estaba imprimiendo la novela, apareció en el Semanario Pintoresco Español un resumen muy breve de la misma, en tres capítulos, los días 7, 14 y 21 de enero de 1849, con el título El amor de una reina. La primera entrega iba acompañada de esta ilustrativa nota:

El reinado de doña Urraca de Castilla y de León es uno de los más oscuros y embrollados de nuestra historia. Tenemos sin embargo acerca de él un libro de los que suelen, más que en ninguna nación, escasear en la nuestra: unas memorias contemporáneas. Ocultas, y de muy pocos conocidas por espacio de más de seiscientos años, hasta que aparecieron impresas a finales del pasado siglo, merced a la laboriosidad del P. M. Flórez, han sido posteriormente no muy leídas por la repugnancia que inspira una historia abultada y escrita en un latín semibárbaro y en muchos pasajes ininteligible.

Sobre ella hemos escrito una novela intitulada Doña Urraca de Castilla. Memorias de tres canónigos que van a publicar con grabados los Sres. Gaspar y Roig. A ruegos del director de este periódico resumiremos en tres o cuatro capítulos la fábula de esta novela, desnudándola de mil episodios, que si no hacen la obra interesante, la harán por lo menos voluminosa.

Así pues, al igual que hiciera con Doña Blanca de Navarra, nuestro escritor supo aprovechar al máximo su nuevo escrito novelesco, incluyendo distintas versiones en los diarios en los que trabajaba, en tanto que lo daba a la estampa en volumen.

Doña Urraca de Castilla, de Navaro VillosladaLa segunda novela de Navarro Villoslada obtuvo bastante éxito y fue traducida al portugués, aunque no alcanzó tantas ediciones como Doña Blanca de Navarra. Si en su primera obra se acercaba el novelista a unos temas que podían resultarle conocidos e interesantes por su lugar de nacimiento, en Doña Urraca de Castilla aborda una historia de la Galicia medieval. Hemos de recordar que el novelista estuvo de 1829 a 1836 estudiando en Santiago de Compostela y, de hecho, se conservan unos apuntes de un «Viaje a Altamira» que, sin duda, le sirvió para situar en aquel castillo la historia de El caballero sin nombre; pero además de las leyendas existentes en torno a las ruinas de Altamira, se inspiró en una crónica, la Historia Compostelana, redactada en tiempos del obispo Gelmírez (pudo quizá ver también algunos documentos sobre aquella época en el archivo de la catedral, pues los dos tíos con los que vivía —y a los que dedica la novela— eran allí canónigos).

En cualquier caso, la novela fue redactada años después de su marcha de Galicia, entre 1846 y 1849, es decir, cuando se encontraba viajando continuamente entre Madrid (donde le llamaban sus distintas ocupaciones) y Vitoria (donde vivía su esposa, ya enferma). La obra presenta algunos puntos de contacto con Doña Blanca de Navarra: elección de un momento histórico de crisis, con divisiones internas y luchas entre varios bandos; empleo de recursos folletinescos (el supuesto plebeyo que resulta de alta cuna); y, al mismo tiempo, una profunda y cuidada documentación histórica para la reconstrucción arqueológica de la época[3].


[1] La misma casa editorial había dado a las prensas dos años antes otra novela histórica del escritor navarro, Doña Blanca de Navarra.

[2] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Historia y literatura, de la mano en la novela histórica

He tratado de repasar en sucesivas entradas algunos aspectos generales relativos a la novela histórica, deteniéndome particularmente en la relación entre historia y ficción en este subgénero narrativo. He insistido en que la historia es un acercamiento científico a la realidad histórica y la novela histórica, un acercamiento artístico, literario: el historiador debe ceñirse a la verdad histórica y el novelista ha de atenerse a la verdad novelesca, y ambas aproximaciones se complementan. En la novela no cuenta tanto la verdad o la objetividad, como que se trate de una historia bien contada, de ahí que se permitan al novelista ciertas licencias y falsificaciones en el tratamiento de los personajes y los hechos históricos, siempre que se mantenga dentro de unos límites: tiene libertad para deformarlos, pero no hasta el punto de hacerlos irreconocibles o falsos. Por otra parte, la objetividad total es imposible, incluso para el historiador, porque es un hombre inserto en una sociedad y en un tiempo concretos: «El historiador no pertenece al ayer, sino al hoy», señala Edward H. Carr, y el mero uso del lenguaje «veda la neutralidad al historiador»[1].

NovelaHistorica

La novela histórica, situada entre la historia y la literatura, puede narrar y explicar los acontecimientos con mayor viveza y emoción, sin la gravedad del relato puramente histórico, puede revivir el pasado, infundir vida nueva a ese material, penetrar en los caracteres principales de una época o una sociedad, en suma, calar en su esencia. No existe una incompatibilidad entre historia y literatura; la historia supone rigor, fidelidad, exactitud, y la novela aporta fantasía, imaginación, en una palabra, ficción literaria. La presencia de elementos históricos en una obra literaria no solo no la destruye como tal, sino que puede contribuir poderosamente a embellecerla y enriquecerla. Todo se reduce a una cuestión de proporciones, a que ambos elementos, el histórico y el ficcional, se mezclen en la cantidad y de la manera adecuadas (siempre y cuando, claro está, esa mezcla esté hecha además con arte).

Gracias al carácter ejemplarizante de la historia, la novela histórica constituye además un género que ayuda a la reflexión del hombre, ya que le obliga a pensar sobre el transcurso del tiempo. El hombre contemporáneo es consciente de sí mismo y de la historia, como nunca antes lo había sido. Presente y pasado se hermanan en la novela histórica: por un lado, la visión del pasado se ilumina con los conocimientos del presente y, a su vez, la comprensión del pasado enriquece la del mundo actual y nos hace mirar con ojos nuevos al porvenir; el hombre que se interroga sobre su pasado desea saber de dónde viene para saber mejor lo qué es y hacia dónde camina. Contribuye, asimismo, a recuperar nuestra memoria histórica, la memoria colectiva de un pueblo y, por tanto, a profundizar en nuestra libertad.

En la novela histórica, la historia y la literatura se dan la mano, y de ese colocar la una cabe la otra resulta un diálogo, constructivo y a la vez ameno, entre pasado y presente, una reactualización de la experiencia pasada. La novela histórica es, por tanto, una invitación a la historia, una invitación a ampliar el conocimiento de nuestro propio pasado y, en definitiva, el conocimiento de nosotros mismos porque, en frase de Witold Kula, «sin la historia, la sociedad humana nada sabría de sí misma»[2].


[1] Edward H. Carr, ¿Qué es la historia?, trad. de Joaquín Romero Maura, Barcelona, Seix Barral, 1967, p. 34.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Géneros limítrofes con la novela histórica

ElTriangulo.jpgDejando aparte algunas coincidencias lejanas o generales de la novela histórica con la épica, la novela de caballerías, la novela bizantina, la poesía narrativa o, de forma más clara, la novela gótica (Horace Walpole, The Castle of Otranto; Matthew G. Lewis, The Monk), existen otros subgéneros más próximos como son las memorias, biografías, autobiografías, diarios y cartas: los actores de la historia atraen también como simples individuos, en su faceta de humanidad más cercana, perdiendo así la historia parte de su tono majestuoso. Recuérdese, a este respecto, la importante colección «Memoria de la historia» de la editorial Planeta[1]. La historia novelada es un relato fragmentario de hechos del pasado con una parte de recreación imaginaria; así, la trilogía que dedica Ricardo de la Cierva al reinado de Isabel II de España, titulada El triángulo (Alumna de la libertad, La cuestión de Palacio, La dama de Montmartre). Un libro de historia, para un no especialista, puede resultar farragoso o demasiado erudito; la historia novelada, a la que no se le pide tanto rigor, pero sí más amenidad, cumple una importante función divulgativa y satisface el deseo de los lectores interesados en la temática histórica. Parecido éxito obtienen en la actualidad libros que tratan temas pseudohistóricos y esotéricos (el mundo de los templarios, enigmas y misterios de las religiones…). Por otra parte, hay casos en los que las fronteras entre historia novelada y novela histórica son difusos: por ejemplo, la obra de Nancy Rubin Isabel de Castilla. La primera reina del Renacimiento (Madrid, Ediciones Apóstrofe, 1993) se ofrece como una novela: los capítulos presentan títulos novelescos y en la cubierta figura tras el título y nombre de autor: «Apóstrofe. Novela histórica», probablemente un subterfugio para facilitar su venta, aprovechando el tirón ya mencionado de la moda de la novela histórica.

Cierta relación con la histórica guarda la denominada «novela documento, testimonio o reportaje», nacida al calor de grandes acontecimientos históricos, de forma inmediata, sin apenas perspectiva, en la que predominan muchas veces las experiencias autobiográficas del autor, sin demasiada elaboración ficcionalizadora: así, la novela de la revolución mexicana (Los de abajo, de Mariano Azuela, entre otras), la novela surgida en Europa tras la I Guerra Mundial (El fuego, de Henri Barbusse; Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque) o la novela de la guerra civil española (Agustín de Foxá, Rafael García Serrano, Arturo Barea, Ramón J. Sender, etc.).

La novela histórica mira hacia el pasado; pero hay también otro tipo de novela «de anticipación» que mira hacia el futuro: Viaje a la luna, Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, La guerra de los mundos, de Orson Wells, 1984, de George Orwell, Walden Dos, de B. F. Skinner, e infinidad de novelas de ciencia-ficción que anticipan futuras guerras nucleares y mundos apocalípticos sobre este planeta o nuevas formas de vida en la inmensidad del universo. Un relato de tipo similar a este es el cultivado por Fernando Vizcaíno Casas en Y al tercer año resucitó, libro en el que especula con las reacciones motivadas por una supuesta «resurrección» del general Franco; o por Rafael García Serrano en V Centenario, donde el antiguo escritor falangista, preocupado por el avance de los nacionalismos agresivos que amenazan la integridad territorial de España, imagina la degeneración del estado de las autonomías hasta el punto de convertir nuestro país en un conglomerado de nuevos reinos de taifas, en un mosaico de insignificantes repúblicas y minúsculos cantones enfrentados entre sí.

Esta posibilidad de tratar la «historia» nos lleva a preguntarnos: ¿ha de ser la novela histórica forzosamente realista? ¿Puede haber una «novela histórica fantástica», una novela que historie «lo que pudo haber sido y no fue»? Se trataría entonces de una novela «de historia-ficción» o claramente antihistórica. ¿Sería posible escribir un relato que tratase de responder a estas preguntas?: ¿qué habría pasado si Alejandro Magno no hubiera muerto joven, si la batalla de Accium hubiese sido ganada por Marco Antonio, si Napoleón no hubiera sufrido el revés de Waterloo o si Alemania y sus aliados hubiesen vencido en la II Guerra Mundial? Esta última posibilidad es la que plantea Robert Harris en su novela Patria, cuya acción se sitúa en 1964: el Tercer Reich, victorioso, se dispone a celebrar el 75 cumpleaños de Adolf Hitler; el imperio nazi se extiende desde el Rin hasta los Urales, etc. En el día de hoy, de Jesús Torbado, es una visión novelesca de lo que habría podido suceder si los republicanos hubiesen triunfado en la guerra civil española.

También guardan relación con la novela histórica muchas novelas futuristas pero con ambientación histórica vagamente medieval en cuanto a la descripción de vestidos, armas y estructuras feudales o de vasallaje, como El bastón rúnico (Crónicas de Dorian Hawkmoon), de Michael Moorcock. Igualmente las novelas de «fantasía épica» que inventan mundos fabulosos poblados de hadas, elfos, gigantes y otros personajes mágicos, al estilo de las narraciones de J. R. R. Tolkien (El hobbit, El señor de los anillos). Hay, en fin, novelas policiacas enmascaradas bajo una envoltura histórica: eso es, entre otras cosas, El nombre de la rosa, de Umberto Eco, o toda la serie dedicada por Lindsay Davis al detective privado Marco Didio Falco (La plata de Britania, La Venus de cobre, La estatua de bronce, La mano de hierro de Marte, El oro de Poseidón), ambientada en la corrupta época del emperador Vespasiano. Néstor Luján, en Decidnos, ¿quién mató al conde?, juega con siete hipótesis sobre el asesinato del conde de Villamediana, con distintos móviles y personas implicadas, todas ellas posibles desde el punto de vista novelesco.

Por último, comentaré que hay novelas que nacen con la voluntad de ser históricas; pero existen otras originariamente no históricas a las que el tiempo o las circunstancias las pueden convertir en históricas. Mencionaré un solo ejemplo: de la misma forma que las novelas no históricas de Pérez Galdós sirven para conocer la intrahistoria del siglo XIX español, Nada de Carmen Laforet y muchas otras novelas que reflejan la dura situación de la posguerra española han adquirido con el paso del tiempo un cierto carácter histórico[2].


[1] Cada título de la colección se presenta con estas palabras: «Memoria de la Historia pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos personajes que en vez de figurar en las páginas de los libros como objeto pasivo, adquieren voz y nos cuentan su vida y su peripecia en primera persona. La Historia como una novela personal, autobiográfica, en la que todo lo que aparece en estas páginas es verdad, con hechos ciertos y comprobados, pero que se presentan con la inmediatez y el dramatismo que da al relato la voz del protagonista, supuesto historiador de sí mismo gracias a la pluma de unos escritores que consiguen el difícil y apasionante equilibrio entre los materiales de la crónica, tratados con el máximo respeto, y el enfoque que corresponde a la más amena de las narraciones novelescas [De hecho, abundan los títulos como Yo, Aníbal; Yo, Conde Duque de Olivares; Yo, Felipe II; Yo, Julio Verne; Yo, Juan Prim; Yo, Mahoma…]. Otra vertiente de estas semblanzas es la evocación de episodios del pasado en tercera persona con todo el rigor que exige el trabajo del historiador y la amenidad de la novela. / Este es el objetivo de una colección que aspira a fundir lo más atractivo que pueden ofrecer la historia y la literatura».

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Los personajes en la novela histórica

Hemos visto al hablar de la mezcla del elemento histórico y el elemento ficticio cómo el novelista suele tomar la época histórica como telón de fondo sobre el que inventar la trama novelesca. Eso mismo es lo que sucede a la hora de crear los personajes de su novela: normalmente (siempre hay excepciones), los personajes históricos reales no son los protagonistas sino que desempeñan un papel secundario[1]; no importan tanto para el desarrollo de la acción como para la labor de reconstrucción de ese pasado[2]. En general, el novelista inventa los protagonistas principales para poder jugar así con distintos sentimientos y pasiones, ya que el carácter de los personajes históricos está fijado de antemano, y si el novelista los situara en primer término de su obra, correría el riesgo de convertir la novela histórica en una historia novelada. Como indica Juan Ignacio Ferreras, los personajes reales vienen predeterminados por la historia y, por tanto, su relación con el universo novelesco creado por el novelista queda prefigurada, no es libre[3].

Georg Lukács muestra en su estudio cómo los protagonistas principales de las novelas de Scott (y Scott es el representante típico de la novela histórica clásica) son «héroes medios» que muchas veces sirven para relacionar grupos opuestos. Scott explica sus figuras a partir de la época a la que pertenecen, y no al revés, como harán los románticos. Los suyos son personajes «apropiados para encontrarse en el punto crítico de las grandes colisiones socio-históricas», de tal forma que los destinos individuales se entrecruzan con lo histórico-social colectivo[4]; dicho de otra forma, esos personajes son representación de la vida del pueblo. Scott jamás moderniza la psicología de sus personajes, cosa que sí harán los novelistas románticos españoles. De hecho, captar la psicología verdadera de los hombres de tiempos pasados constituye una de las mayores dificultades de este tipo de novelas, aspecto al que ya hizo referencia Azorín:

Y aquí tenemos uno de los escollos capitales de la novela histórica; podréis reconstruir paciente, minuciosamente, con toda clase de detalles, el vivir de un siglo pasado —un tanto remoto—; podréis hacernos ver los trajes, las calles, las casas, los espectáculos, etc. Pero, ¿y la psicología de los personajes? ¿Y esa materia tan sutil, tan efímera, tan alada que constituye el carácter? Un peligro estará en creer que la naturaleza humana ha cambiado fundamentalmente en el espacio de tres siglos; otro, no menos grave, en juzgar que no ha cambiado casi en nada. Y siempre el novelista, instintivamente, al simpatizar con un personaje, le prestará a este maneras de ver y sentir de su tiempo, del tiempo del autor[5].

Yo Claudio, de Robert GravesPara Baroja, esta dificultad era insalvable, al menos en las novelas que alejan su acción hasta tiempos remotos[6]. Una posible solución para que los personajes resulten interesantes y creíbles, sin necesidad de modernizar su psicología, consiste en enfrentarlos con problemas eternos, como el amor, la ambición o la envidia. En cualquier caso, la libertad del novelista es bastante amplia, sobre todo si no sitúa grandes personajes históricos en primera línea de su novela, esto es, si los protagonistas del relato son personajes de ficción, en cuyo caso puede describir a su antojo su carácter. Los experimentos posibles son muchos: en la novela de Néstor Luján En Mayerling una noche, encontramos personajes históricos, personajes de ficción de la novela y lo que podríamos denominar «personajes de ficción en segundo grado», es decir, personajes de ficción tomados de otras novelas (Sherlock Holmes y Hércules Poirot). Ahora bien, los grandes personajes de la historia han atraído la atención de los novelistas, siendo frecuente la presentación de sus vidas en primera persona, como autores de sus diarios o memorias: así, Yo, Claudio, de Robert Graves; Vida de Napoleón contada por él mismo, de André Malraux; o Urraca, de Lourdes Ortiz. Por cierto, este último ejemplo sirve para ilustrar magníficamente la evolución de la novela histórica: en efecto, en esta novela los protagonistas son los mismos que en Doña Urraca de Castilla, de Francisco Navarro Villoslada o en El conde de Candespina, de Patricio de la Escosura, pero la caracterización de los mismos y las técnicas narrativas y estructurales han variado ya mucho respecto al simple relato lineal en tercera persona, con narrador omnisciente, característico de la novela histórica romántica española[7].


[1] Cf. Hans Hinterhäuser, Los «Episodios nacionales» de Benito Pérez Galdós, Madrid, Gredos, 1963, p. 230.

[2] Ver Ángel Antón Andrés, «Estudio preliminar» a José de Espronceda, Sancho Saldaña, Madrid, Taurus, 1983, pp. 13-14.

[3] Cf. Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y la novela histórica, Madrid, Taurus, 1976, p. 31.

[4] Georg Lukács, con sus presupuestos marxistas, concibe la novela histórica como expresión de un «destino popular»: «¿Qué es lo importante en la novela histórica? En primer término, que se plasmen destinos individuales tales que se expresen en ellos de forma inmediata y a la vez típica los problemas vitales de la época» (La novela histórica, trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977, p. 354). Este hecho es negado por María de las Nieves Muñiz (La novela histórica italiana. Evolución de una estructura narrativa, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1980, p. 22).

[5] José Martínez Ruiz (Azorín), «La novela histórica», en Clásicos y modernos, 6.ª ed., Buenos Aires, Losada, 1971, pp. 133-134.

[6] Pío Baroja, «Condiciones de la novela histórica», en Divagaciones apasionadas, Obras Completas, V, Madrid, Caro Raggio, 1948, p. 499.

[7] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Mezcla de elementos históricos y ficticios en la novela histórica (y 3)

Hemos visto que en una novela histórica se requiere un mínimo de fidelidad histórica para ambientar de forma verosímil los sucesos inventados por la imaginación del novelista. Ese respeto necesario a la verdad histórica exige del novelista un esfuerzo de documentación más o menos minucioso: no se trata solo de colocar a unos personajes sobre un fondo histórico, sino de reconstruir en la medida de lo posible una época pasada, con sus costumbres, sus modos de vida y todas las circunstancias de aquel momento; no se trata únicamente de vestir el pasado con ropajes del presente, sino de presentarlo con vida y relieve propios y con un lenguaje atractivo. Pero después de llevar a cabo su tarea documentadora, el novelista debe esforzarse por difuminar y aligerar esa carga erudita que embarazaría el normal desarrollo narrativo de la novela. En este sentido, me parecen muy interesantes las palabras de Arthur Koestler en el Post scriptum a su novela The Gladiators:

En oposición a estas especulaciones sobre los desconocidos héroes del relato, sentí la necesidad de describir el trasfondo histórico con minuciosa, incluso presuntuosa, exactitud. Esta necesidad me indujo a investigar asuntos tan complejos como las características y aspecto de la ropa interior de los romanos, o sus complicadas formas de sujetar las prendas con hebillas, cinturones y fajas. Al final, ninguno de estos elementos encontró un sitio en la novela, y la ropa apenas se menciona en el texto; pero me resultaba imposible describir una escena mientras fuera incapaz de visualizar los atuendos de los personajes o la forma en que los sujetaban. Del mismo modo, los meses dedicados al estudio de los sistemas de importación, exportación, tributación y asuntos afines redituaron en las escasas tres páginas en que Craso explica al joven Catón la política económica de Roma con una sarcástica terminología marxista[1].

En cualquier caso, como señala Ramón Solís Llorente, el autor debe escribir su novela destacando aquellos elementos que llamarían la atención de los personajes de aquella época, y no la nuestra: «La principal virtud de la novela histórica está en atribuir a los hechos el valor exacto que tenían en el momento [en] que se producen», pues es cierto que algunos hechos históricos cobran su verdadera importancia tiempo después de haber sucedido[2]. En una novela histórica pueden entrar, en distintas proporciones, la historia y la arqueología[3]. Ahora bien, cuanto mayor sea la actitud arqueologista, cuanto más se persiga la fidelidad histórica, menos posibilidades habrá para que pueda cristalizar en la novela el elemento poético, pues la arqueología ahoga su posible valor universal. Eso es lo que sucederá con la novela histórica realista. La novela romántica, en cambio, buscó sus argumentos en épocas lejanas, no solo para suscitar fácilmente la emoción y la actitud evasiva de los lectores, sino también porque así era posible dejar volar la fantasía, pues era poco lo que se sabía todavía de aquellos tiempos remotos. En la novela romántica, la verdad novelesca triunfa siempre sobre la verdad histórica.

I promessi sposi, de ManzoniPero si la arqueología no constituye un material adecuado para la plasmación poética en una novela, la historia, en cambio, sí que resulta apropiada para dicho fin. Amado Alonso se refiere también a las opiniones de Alessandro Manzoni sobre las obras de tipo histórico. El autor de Los novios, en su Carta sobre las unidades dramáticas, hizo una gran apología del drama histórico, que será mejor cuanto más fiel sea a la historia; pero más tarde, en otro ensayo teórico[4], condenó como género contradictorio toda mezcla de historia y ficción. Para Manzoni, la novela histórica tiene que fracasar necesariamente como historia y como poesía, pues ambos elementos se estorban recíprocamente: la novela histórica fracasa como historia por su parte novelesca; y queda arruinada como novela precisamente por su aspecto histórico. Alonso no está de acuerdo con esto, y la mejor prueba que aporta para contradecir al escritor italiano es su propia novela, Los novios, que es una de las novelas históricas que alcanza mayores cotas de poesía[5].

En efecto, señala que «por ningún lado que se le mire se le puede negar a la Historia la calidad de idóneo material poético»[6], aunque reconoce que hay diferencias entre historia y poesía:

La historia quiere explicarse los sucesos, observándolos críticamente desde fuera y cosiéndolos con un hilo de comprensión intelectual; la poesía quiere vivirlos desde dentro, creando en sus actores una vida auténticamente valedera como vida[7].

La infidelidad histórica no es un defecto, sino un carácter constitutivo del género; e indica que «no hay novela histórica de alguna importancia a la que no se hayan reprochado fallas eruditas», pero ello es así porque al autor le resulta imposible situarse completamente en el pasado, porque no puede abandonar su perspectiva actual:

Jamás nos ofrecen los novelistas una vida pretérita funcionando otra vez según su propia regulación, jamás se instalan los autores de las novelas históricas dentro de la vida que nos quieren cinematografiar, sino que la ven desde su lejano hoy, interviniéndola permanentemente con criterios de actualidad. No, no es el funcionamiento veraz de un modo pretérito de vida lo que podemos exigir a estos autores, sino su visión actual de aquel pretérito vivir[8].


[1] Arthur Koestler, «Post scriptum», Espartaco. La rebelión de los gladiadores, Barcelona, Edhasa, 1992 (trad. de M.ª Eugenia Ciocchini).

[2] Cf. Ramón Solís Llorente, Génesis de una novela histórica, Ceuta, Instituto Nacional de Enseñanza Media, 1964, pp. 45-47.

[3] Empleo los términos de la conocida dicotomía establecida por Amado Alonso en su Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

[4] De la novela histórica y, en general, de las composiciones mezcla de historia y de ficción. Traducido por Federico Baráibar y Zumárraga y publicado en el tomo CLI de la Biblioteca Clásica, Madrid, 1891, pp. 267-340.

[5] Con excepción de los capítulos dedicados a la peste y al hambre en los que, como señaló Goethe, Manzoni se muestra más historiador que poeta. Para las opiniones de Manzoni, vid. Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, pp. 88-126.

[6] Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, p. 10.

[7] Alonso, Ensayo sobre la novela histórica…, p. 18.

[8] Alonso, Ensayo sobre la novela histórica…, p. 157. De ahí que las novelas históricas no puedan prescindir de los anacronismos, debido a lo que él denomina «perspectiva de monumentalidad». Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Mezcla de elementos históricos y ficticios en la novela histórica (2)

Salambó de FlaubertAsí pues, hay en esencia dos grandes formas de construir una novela histórica. Por un lado, el novelista puede reconstruir grandes cuadros históricos (entonces le importa más el marco o fondo histórico), aunque para ello no se precisa que figuren en primer plano de la novela grandes personajes o hechos históricos, como sucede en Los novios, de Manzoni o en Las uvas de la ira, de John Steinbeck; en La marcha de Radetzky, de Joseph Roth, se muestra la decadencia y descomposición de los valores del mundo aristocrático del imperio austro-húngaro, en una época que abarca desde la batalla de Solferino hasta el asesinato del heredero, el archiduque Francisco Fernando, en Sarajevo, a través de tres generaciones de una familia, los Trotta, ligada al emperador. La novela histórica puede constituir un gran fresco épico, como Guerra y paz de Tolstoi, obra que además de ser un «idilio bélico» muestra también, con implicaciones filosóficas, el derrumbamiento del orden social antiguo. El grado extremo de este tipo de novelar, en cuanto al «espesor histórico», sería la denominada novela arqueologista, como Salammbô de Flaubert o Doña Isabel de Solís de Martínez de la Rosa. En otras novelas puede ser solo una parte concreta la que destaque por su valor histórico-arqueologista, como es el caso del famoso capítulo de La cartuja de Parma, de Stendhal, en el que se describe de forma minuciosa la batalla de Waterloo.

Por el contrario, el novelista puede dar la historia a grandes pinceladas, de forma fragmentaria (le importa más el relato novelesco); así, en la novela romántica se intercalan breves capítulos o resúmenes digresivos que constituyen el esqueleto histórico. En las novelas de aventuras de Dumas y los escritores por entregas el fondo no pasa de ser un tosco decorado «de cartón piedra», con frecuentes deformaciones de la verdad histórica, en las que todo se subordina al diálogo y la acción, a la sucesión de lances y peripecias sin cuento. En el caso de la novela histórica romántica española, se puede observar en general (y pese a que las novelas del maestro escocés, Walter Scott, fueron leídas con respeto por los historiadores) una falta de rigor histórico, que parece interesar a los autores menos que los distintos recursos para mantener el interés de sus lectores. En este sentido, los novelistas españoles hicieron suya aquella otra frase atribuida a Alejandro Dumas: «La novela tiene derecho a violar la Historia si los bastardos engendrados sobreviven»; esto es, les estaba permitido todo desafuero histórico con tal de que sus novelas hallasen feliz acogida entre los lectores[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Mezcla de elementos históricos y ficticios en la novela histórica (1)

Historia y novela históricaHay ciertas afinidades entre el oficio del historiador y el del novelista histórico; ambos coinciden en la utilización como «materia prima» de unos materiales históricos, aunque en distintas proporciones; pero la selección de los hechos históricos que han de entrar en sus obras, el uso y la interpretación que ambos les dan son bien diferentes. Los dos reflexionan sobre la naturaleza del hombre y comparten una misma preocupación por el tiempo, mas su quehacer es distinto: el resultado final, el producto de sus afanes, es en ambos casos la narración de una historia. Pero algo que no debemos olvidar es que en la novela histórica, en cuanto obra literaria que es, siempre habrá un proceso de ficcionalización. Historiador y novelista histórico hablan acerca del pasado, pero la historia desarrolla un discurso realista y la novela histórica un discurso ficticio. Además, el historiador tiene la obligación moral de decir en qué ha fundamentado sus afirmaciones, en tanto que el novelista no (aunque algunos, como Scott, Martínez de la Rosa o Navarro Villoslada incluyen también numerosas notas eruditas a pie de página). Al novelista histórico le es lícito trasponer al pasado los pensamientos de su propio tiempo, cosa que no sucede con el historiador: este está subordinado a la exactitud, a la verdad, al rigor científico (objetividad), en tanto que el novelista solo ha de atenerse a la verdad literaria (subjetividad). En la novela histórica ha de privar por encima de todo la presentación artística de los hechos, la efectividad literaria. Dicho de otra forma, en la novela histórica la historia está siempre en situación ancilar respecto a la ficción novelesca.

El novelista histórico, aunque limitado por los personajes y hechos que ha elegido para la construcción de la trama histórica, tiene más libertad que el historiador: puede inventar personajes ficticios que serán los protagonistas de los amores, intrigas y aventuras de la novela, siempre que todo ello respete los hechos históricos esenciales: en la poetización o novelización de la historia le están permitidas una serie de licencias. A Alejandro Dumas padre, acusado de violar la historia en sus novelas, se le atribuye la frase: «La violo, es cierto, pero le hago bellas criaturas». Arturo Pérez-Reverte, en una «Nota del autor» al final de su novela El húsar señala que los especialistas puntillosos descubrirán en ella algunas inexactitudes: «Sin embargo, la ficción confiere a veces al autor el divertido privilegio de hacerle trampas a la Historia». João Aguiar, en unas palabras preliminares a La voz de los dioses, novela sobre la resistencia de Viriato a los ejércitos romanos, señala, parafraseando a Eça de Queirós, que ha pretendido «lanzar sobre la ruda desnudez de la verdad histórica insuficiente, el manto diáfano de una fantasía plausible o, cuando menos, aceptable». Y John Steinbeck ironiza sobre la mezcla de historia y ficción en el subtítulo de una de sus novelas históricas: Cup of Gold. A Life of Sir Henry Morgan, Buccaneer, with Occasional References to History. Vemos, pues, que la novela histórica puede contener elementos falseadores de la realidad histórica[1]; sin embargo, no debemos juzgar su valor por el rigor histórico, sino por la adecuación literaria.

Para un historiador como Herbert Butterfield, la novela histórica «puede ser fiel a la historia sin ser fiel a los hechos»[2], es decir, puede no ser cierta en los detalles, pero sí en el espíritu, respetando el marco y alterando el cuadro. Si es cierto, como se ha dicho, que la historia es un gigantesco rompecabezas al que faltan numerosas piezas, el arte, la novela histórica en este caso, contribuye a llenar, si lo hace con verosimilitud, esas lagunas que deja la ciencia. Se ha señalado que en la novela histórica los materiales históricos utilizados por el autor para documentarse suelen ser de procedencia y valor muy distintos, de tal forma que «siendo verdadero el colorido de cada piedra, el del mosaico resulta falso»[3]. En cambio, Ramón Solís Llorente indica que se puede escribir una novela histórica sobre cualquier época sin saber demasiado de la vida íntima de aquellos tiempos: «Lo importante es llegar a calar en la mentalidad de la época»[4]. Igualmente, para Enrique Tierno Galván basta con que exista en la novela cierta pretensión de verosimilitud (que variará según sea la conciencia histórica de cada autor): «Basta la pretensión de verosimilitud aunque solo sea una pretensión estética para que la novela sea histórica»[5].

En opinión de María de las Nieves Muñiz, la novela histórica es el género literario más indicado para realizar la mímesis de la realidad, pues lleva a la literatura la consideración de hechos reales[6]. Ahora bien —advierte—, la parte histórica de estas novelas no debe ser juzgada únicamente por su contribución a la verosimilitud final del conjunto, sino que se debe considerar también su posible carácter estructurante; en el análisis de una novela histórica hay que «analizar la función estructural que la historia desempeña respecto a toda la trama novelesca»[7].

En definitiva, la cuestión fundamental al examinar la novela histórica es ver «cómo se incorpora la historia a los mundos de ficción creados» por el novelista[8]. El novelista histórico, cuyo arte debe consistir según Jean Louis Picoche en «mezclar los hechos verdaderos y ficticios de modo que el lector no pueda diferenciarlos sin un estudio serio», puede tomar una de estas dos actitudes:

Para escoger el período de una novela histórica hay, pues, dos posibilidades: un período oscuro, mal conocido, o bien, en un período rico, un solo episodio, corto y aislado. En tales condiciones, la intriga novelesca tiene un peso aproximadamente igual al de la trama histórica, lo que constituye la proporción deseable[9].

Evidentemente, cuantos más conocimientos históricos tenga el lector, mejor podrá apreciar el entramado tejido por el novelista histórico[10].


[1] También Frank Baer, en una «Nota del autor» al final de su novela El puente de Alcántara, Barcelona, Edhasa, 1991 (trad. de José Antonio Alemany), p. 711, tras hacer una protesta de fidelidad histórica, proclama la libertad del novelista: «Me he esforzado al máximo en permanecer fiel a la realidad histórica transmitida, y el lector puede confiar en que las historias que se cuentan en la novela encajan perfectamente en el marco de los datos históricos que poseemos. Si en algunos pasajes me he desviado de la historia oficial, lo he hecho intencionadamente: las fuentes a veces permiten distintas lecturas».

[2] Herbert Butterfield, The Historical Novel. An Essay, Cambridge, Cambridge University Press, 1924, pp. 7 y 51.

[3] Charles-Victor Langlois y Charles Seignobos, Introducción a los estudios históricos, Madrid, Daniel Jorro, 1913. Tomo la cita de Pedro Rojas Ferrer, Valoración histórica de los «Episodios Nacionales» de Benito Pérez Galdós, Murcia, Baladre, 1965, p. 38.

[4] Ramón Solís Llorente, Génesis de una novela histórica, Ceuta, Instituto Nacional de Enseñanza Media, 1964, p. 37.

[5] Enrique Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 65.

[6] Cf. María de las Nieves Muñiz, La novela histórica italiana. Evolución de una estructura narrativa, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1980, pp. 38-39.

[7] Muñiz, La novela histórica italiana…, p. 19. Señala que la historia no interesa como «referente» de la narración, sino «en cuanto filosofía de la historia desde el punto de vista de tres problemas fundamentales para la estructuración de cualquier relato novelesco que trate de reproducir la realidad: a) la idea del tiempo y de la causalidad, b) la relación entre lo público y lo privado, c) el concepto de libertad y de necesidad históricas» (p. 18).

[8] Biruté Ciplijauskaité, Los noventayochistas y la historia, Madrid, José Porrúa Turanzas, 1981, p. 1.

[9] Jean Louis Picoche, Un romántico español: Enrique Gil y Carrasco (1815-1846), Madrid, Gredos, 1978, pp. 335-336.

[10] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

¿Cómo se construye una novela histórica?

Sabemos ya que la novela histórica recoge elementos de la literatura y elementos de la historia; en efecto, escribir novela histórica es, ante todo, sí, novelar, pero también, en cierta manera, historiar: «En abrazo la Historia y la imaginación sientan las bases de la novela histórica», señala Felicidad Buendía[1]. A continuación me referiré a algunos aspectos que han de considerarse en la construcción de una novela histórica: la mezcla de elementos históricos y ficticios[2], la presencia de anacronismos y los personajes.

Historia y novela¿Cómo se combinan en estas obras el elemento ficticio y el elemento histórico? El equilibrio no siempre es fácil de lograr: «De la conveniente proporción de ambos y del logro de un equilibrio adecuado dependerá la calidad de la obra resultante»[3]. El novelista debe tener cuidado para no abusar de la parte histórica y caer en una pesada erudición que, si bien servirá para conseguir una buena reconstrucción arqueológica de aquella época en que sitúe la acción, por otra parte supondrá la destrucción de la novela como tal (es lo que sucede con Salammbô, de Flaubert, o con Doña Isabel de Solís, de Martínez de la Rosa[4]). Por el contrario, si descuida en exceso el aspecto documental, la novela perderá el derecho a apellidarse histórica, degenerando hacia un tipo de novela con un vago fondo histórico pero en el que lo único importante para el autor es la aventura y la intriga novelesca. La dificultad de este subgénero narrativo histórico fue señalada ya por Ortega y Gasset en sus Ideas sobre la novela. Después de indicar que el novelista debe intentar «anestesiarnos para la realidad», añade:

Yo encuentro aquí la causa, nunca bien declarada, de la enorme dificultad —tal vez imposibilidad— aneja a la llamada «novela histórica». La pretensión de que el cosmos imaginado posea a la vez autenticidad histórica mantiene en aquella una permanente colisión entre dos horizontes. Y como cada horizonte exige una acomodación distinta de nuestro aparato visual, tenemos que cambiar constantemente de actitud; no se deja al lector soñar tranquilo la novela, ni pensar rigorosamente la historia. En cada página vacila, no sabiendo si proyectar el hecho y la figura sobre el horizonte imaginario o sobre el histórico, con lo cual todo adquiere un aire de falsedad y convención. El intento de hacer compenetrarse ambos mundos produce solo la mutua negación de uno y otro; el autor —nos parece— falsifica la historia aproximándola demasiado, y desvirtúa la novela, alejándola con exceso de nosotros hacia el plano abstracto de la verdad histórica[5].

Sin embargo, el novelista puede tratar de soslayar esa dificultad y conseguir el equilibrio deseado. Lo más habitual consiste en colocar la parte histórica, la ya predeterminada, como telón de fondo general, pues, en efecto, no se pueden cambiar los hechos históricos sucedidos ni el carácter de una época o de unos personajes conocidos (a menos que el fin perseguido por el autor no sea muy serio); la historia constituye así un elemento secundario sobre el que se desarrolla la trama inventada, el relato novelesco, lo que permite a la imaginación del novelista crear individuos y acciones particulares. De esta forma, sin falsear demasiado la historia y sin eliminar los elementos propios de la ficción literaria, la novela histórica, a la vez que histórica, puede seguir siendo novela. Así lo indica Ramón Solís Llorente:

El autor teje con dos hilos: con el de sus personajes que son mera creación y con el del dato histórico. Cuando le falta la documentación puede ampararse en la línea imaginativa. De esta forma puede ser prolijo o pasar como sobre ascuas por encima de las dificultades[6].


[1] Felicidad Buendía, «La novela histórica española (1830-1844)», estudio preliminar en su Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 21.

[2] La relación entre historia y ficción, entre Poesía y Verdad, es un asunto complejo en el que se entremezclan cuestiones de Teoría de la Literatura, Teoría de la Historia y Filosofía de la Historia; no es mi intención profundizar en este interesante asunto, sino ofrecer unas simples notas de carácter general referidas al caso concreto de la literatura histórica. Cf. José Carlos Bermejo Barrera, «La Historia, entre la razón y la retórica», Hispania, vol. L, 1, 1990, núm. 174, pp. 237-276; y Lionel Gossman, Between History and Literature, Cambridge / Massachusetts / London, Harvard University Press, 1990.

[3] Román Álvarez, «Introducción» a Scott, El corazón de Mid-Lothian, Madrid, Cátedra, 1988, pp. 10-11.

[4] Jean Louis Picoche, Un romántico español: Enrique Gil y Carrasco (1815-1846), Madrid, Gredos, 1978, p. 349, señala que hay «dos hijos bastardos de la novela histórica: la seudo-crónica y la novela arqueológica».

[5] José Ortega y Gasset, Ideas sobre la novela, Madrid, Alianza Editorial, 1982, pp. 46-47.

[6] Ramón Solís Llorente, Génesis de una novela histórica, Ceuta, Instituto Nacional de Enseñanza Media, 1964, p. 44. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.