La ambientación histórica en «El caballero del Cid» de José Luis Olaizola

Aunque la novela no resulta farragosa en la inclusión de datos históricos, sí que transmite al lector los necesarios para que se haga cargo de la situación en aquel momento: se ofrece, por ejemplo, una explicación de la enemistad del Cid con el conde García Ordóñez (p. 73), que es «el más feroz enemigo que tuvo nunca el Campeador»; se dan datos, también, sobre la relación entre el Cid y el rey Alfonso VI.

La jura en Santa Gadea

Así, fue la derrota de don Alfonso en Sagrajas lo que le hizo pensar en la necesidad de recurrir al Cid en su lucha contra los almorávides, dispensando al vasallo de la ira regia; se alude a la posterior reconciliación en Toledo, cuando el Cid muerde la hierba del prado (acto de sumisión vasallática que recoge el Cantar de mio Cid); se pone de manifiesto la división de Al-Andalus en reinos de taifas, con reyes enfrentados entre sí, que han de pagar parias al Cid para que sea su protector; se alude al relajo de la corte de Toledo (pp. 88-89) y, en el otro lado, a la ola puritana que supuso la llegada de los almorávides, encabezados por el emir Ben Yussuf; se incluyen datos sobre la mesnada del Cid, que alcanza primero la cantidad de mil hombres, para aumentar luego hasta los siete mil; y, en fin, se introducen otras alusiones al conde Berenguer de Barcelona (una de las hijas del Cid, María, terminará casando con un sobrino suyo), al proyecto de conquista del Levante peninsular, etc.

Como en otras novelas ambientadas en la Edad Media, abundan las referencias a creencias supersticiosas: la Paciana es aficionada a los sueños y la astrología y, de hecho, traza la carta astral de Efrén, que armoniza a Venus y Júpiter; cierta importancia alcanza un sueño que ha tenido Efrén, en el que vio un caballo zaino (es el que monta el Cid cuando se conocen y el que aquel terminará regalándole) y una doncella con una cruz al cuello (es Rucayya, la muchacha de la que se va a enamorar): el sueño se hace realidad en el momento en que sale a cabalgar llevando a la joven a la grupa. También podemos mencionar el personaje de Ermelinda la gallega, una sanadora que ha fijado el centro de gravitación del Cid de forma tal, que nunca le puede alcanzar el hierro de sus enemigos (pp. 67 y 94). También se recogen otros augurios y profecías: así, el judío Elifaz vaticinó al Cid un futuro prometedor por donde se levanta el sol; o, cuando Efrén parte con otros caballeros a enfrentarse en duelo con Abid Muzzafar, una bandada de cuervos les cruza por el lado izquierdo, algo interpretado como un mal agüero.

Rodrigo y Jimena en «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

La novela de Olaizola nos va retratando a un Cid buen guerrero y buen estratega, que es un cumplido caballero, «el más notable caballero del orbe conocido» (p. 70), que está llamado a ser modelo de caballero cristiano por los siglos de los siglos. En una época en la que abundan los caballeros iletrados, el Cid es una excepción, pues sabe escribir en romance, latín y árabe (pp. 89-90). Además, su autoridad de mando militar se ve reforzada en los consejos con sus conocimientos de Derecho, en los que está muy versado.

Es, claro, una persona que se debe al honor: para él, se afirma, el honor de cualquiera de sus caballeros vale más que todos los reinos de España juntos, «pues el honor era patrimonio del alma y el alma era de Dios» (p. 129), según había aprendido del abad de Cardeña (se adelantó, pues, unos siglos con esta formulación el buen dom Sisebuto a Pedro Crespo, el famoso personaje calderoniano de El alcalde de Zalamea). Igualmente, «en lo que afectaba a la palabra dada, el Campeador era irreductible» (p. 126). Sin embargo, don Rodrigo es sensible ante el dolor ajeno y se interesa por personajes desventurados como el joven Efrén: «Cuentan las crónicas que, aun siendo tan aguerrido para la vida, era muy tierno en lo que atañía a determinados aspectos de las personas» (p. 128). En definitiva, tanto para sus amigos como para sus enemigos, el Cid era un guerrero sin igual, el más famoso y cumplido adalid de la cristiandad.

Hay también algunas referencias al personaje de Jimena. La sanadora Ermelinda le cuenta a Efrén cómo el Cid conoció a la joven Eximina y cómo se hicieron sus desposorios (pp. 96-97).

El Cid y doña Jimena

Después de casados, doña Jimena aconseja sabiamente al Cid acerca de los matrimonios de sus hijas, sobre la necesidad de conquistar Valencia… y es por ello muy respetada entre los caballeros de su mesnada. Se la describe como una mujer con señorío y atractiva en su madurez (p. 118), y se introduce algún detalle humorístico, a propósito de su afición a tomar baños, al afirmarse que

obligaba a hacer otro tanto a su egregio esposo, y sobre este extremo los otros caballeros, pese al respeto que debían a su señor, se permitían algunas chanzas, pues resultaba insólito que quien tanto poderío tenía sobre tantas gentes hubiera de plegarse al capricho de tomar aguas como si fuera un doncel en vísperas de sus nupcias (pp. 118-119).

La galería de personajes de la novela no es demasiado amplia, pero incluye varios otros interesantes: la Lince, pérfida y astuta mujer cuya actuación perjudicará seriamente a Efrén; el ermitaño Juan, que también acabará formando parte de las mesnadas del Cid; la viuda Zaynab y su bella hija Aisa, con la que casa Maksan (ambas están interesadas en que el viejo confiese dónde se encuentra el tesoro); Abid Muzzafar, el malvado de la novela, que asesina vilmente a Maksan y la Paciana y da tormento a Efrén (en su mirada, se nos dice, se percibe la pasión por la muerte y la destrucción); el judío Ben Elifaz, que administra sabiamente los bienes del Cid; algunos de los hombres del Cid como Minaya, el conde Pedro Peláez, Martín Antolínez, o el abad de Cardeña dom Sisebuto.

Rodrigo Díaz de Vivar en «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

Aunque el Cid no ocupa el lugar protagónico de la novela de Olaizola, sí que es un personaje con una intervención destacada, sobre todo en la resolución del conflicto amoroso de Efrén. En las pp. 61-62 el novelista nos ofrece su descripción física:

Contaba a la sazón el Cid Campeador algo más de cuarenta años y la figura la seguía teniendo muy hermosa, siempre erguida, como quien está más acostumbrado a la silla de montar que al regalo de más cómodos asientos; los ojos los tenía garzos y la barba rubia, con no pocas canas blancas. En el vestir poco se diferenciaba del resto de los caballeros, salvo en las espuelas de plata muy repujada, regalo de un judío llamado Elifaz, que fue gran devoto de su persona. Ben Elifaz, hijo de Elifaz y continuador de sus negocios, fue quien le regaló el caballo Babieca, con su silla de montar y sus arzones de plata y oro, y su pedrería incrustada e hiladas de la misma especie en la cabezada del freno.

Luego, de forma concisa, se resumen los principales datos históricos sobre el personaje (mezclados, eso sí, con algunas concesiones a la fantasía literaria), comenzando por sus orígenes y sus primeros hechos de armas:

El Campeador había nacido en Vivar, aldea de Burgos, hijo de un infanzón de segunda nobleza que le había dejado por toda herencia dos molinos en las márgenes del río Ubierna, a su paso por Vivar. Pero de tal modo estaba dotado por la naturaleza para el oficio de guerrear, y para la vida en general, que el infante don Sancho, primogénito de Fernando I, emperador de León, Castilla y Galicia, le nombró alférez, y como tal hubo de combatir en lid singular de caballeros armados contra el conde de Lizarra, tenido por el más invencible de los caballeros cristianos, por la posesión del castillo de Pazuengos, en la frontera con Navarra. Rodrigo Díaz, que apenas contaba veinte años de edad, le dejó tendido sobre el palenque al segundo envite, y fue tan sonado el duelo, al que asistieron hasta nobles de la parte de Cataluña, que desde ese día comenzaron a llamarlo el Campeador, que quería decir vencedor en las armas y en la vida.

Poco después hubo de desafiar al moro Hariz, famoso por su estatura, por la plaza de Medinaceli. El duelo tuvo lugar en los prados de Barahona el 27 de septiembre del año 1067, y en esta ocasión el castellano le cortó la cabeza de un solo mandoble, con tal limpieza que el caballero siguió trotando sobre su corcel, erguido y con la cabeza fuera de su sitio. A partir de ese día comenzaron a llamarle «Cidi», en hebreo, que en árabe y castellano quería decir Mio Cid, o mi Señor.

El Campeador era fidelísimo al rey Sancho, que de tal modo le había distinguido, y por obedecerle se empeñaba en estos duelos singulares, pese a que la Iglesia los tenía prohibidos, y el abad dom Sisebuto, del monasterio de Cardeña, de quien el Cid era muy devoto, le había advertido que, de continuar por ese camino, acabaría siendo excomulgado. El Campeador daba muestras de contrición, pero cuando se presentaba la ocasión de lidiar en el palenque acababa cediendo.

Como alférez real mandó las tropas castellanas del rey Sancho que en Golpejera derrotaron a las de su hermano Alfonso; y como pareciera milagro que estando siempre en la primera línea, combatiendo contra varios caballeros a la vez, no recibiera nunca heridas de consideración, comenzóse a correr la voz de que una gallega, de nombre Ermelinda, santera en el monasterio de Cardeña, muy diestra en el arreglo de los huesos del cuerpo humano, le había colocado su centro de equilibrio de tal manera que nunca pudiera ser herido por arma enemiga (pp. 65-67).

Los éxitos militares prosiguen, pero, tras la muerte del rey Sancho, comienzan las desavenencias con su nuevo monarca, Alfonso VI, y las intrigas cortesanas que culminarían con el destierro:

Las batallas se sucedían y de todas ellas salía vencedor el Campeador, excepto de la más principal, la de Zamora, en la que no supo defender la vida de su señor, el rey Sancho, que murió a manos del caballero italiano Vellido Dolfos. Cuentan que fue la única derrota que había de conocer en su vida, pero no por eso menos dolorosa, pues no sólo perdió a un amigo bienamado sino que a éste le sucedió su hermano Alfonso VI, a quien, en su condición de alférez real, hubo de tomar juramento en la iglesia de Santa Gadea de Burgos de no haber participado en la muerte de su hermano, y desde aquel día fue apartado de la corte. Y más tarde, por intrigas del valido del rey Alfonso, el conde de García Ordóñez, conocido como el Boquituerto por traer la boca torcida, incurrió en la ira regia, siendo castigado con la pena de destierro.

Mucho dolió tal injusticia al Campeador y, por el contrario, no menos contentó a sus caballeros, sobre todo a los más jóvenes, ya que, conforme al Fuero Viejo, el caballero desterrado tenía derecho a ganarse el pan en tierra de moros, y soñaban que, dada la estrella de la fortuna de su señor, todos habían de volver ricos a Castilla. Y no les faltó razón porque encontraron gran provecho a la sombra del Campeador, unas veces guerreando por cuenta propia y otras poniéndose al servicio de un gran señor. El más principal de éstos fue el rey moro de Zaragoza, Mutamín, que le nombró jefe de todos sus ejércitos y le hizo construir un palacio a orillas del Ebro que no desmerecía del suyo de la Aljafería. Amigos entre los moros tuvo muchos el Cid Campeador, y hasta le tomó afición a su habla, que la manejaba con tanta soltura que era la admiración de los cadíes y los faquíes musulmanes, que le respetaban y tenían en mucho su amistad. Eran tan evidentes sus dotes en todos los órdenes de la vida que el más grande de los escritores árabes de la época, Ibn Bassam, lo calificó de «maravilla del Creador».

La malevolencia le venía más bien de los cortesanos de León, encabezados por el Boquituerto, de los que el Campeador procuraba estar distante, sin querer combatirlos, por fidelidad al rey Alfonso, a quien había besado la mano en Santa Gadea (pp. 67-68).

El rey Alfonso VI

Los tributos cobrados a los reinos moros permiten al Cid armar un ejército cada vez más poderoso, con el que poder emprender nuevas acciones bélicas en el levante peninsular:

Cuando Efrén conoció al Campeador andaba barruntando la conquista del Levante hispánico porque el judío Elifaz, antes de morir, le había profetizado que su destino estaba por donde se levantaba el sol. Y el Campeador, aunque buen cristiano, tenía en mucho esa clase de augurios, mayormente viniendo de personas que le querían bien, hasta el extremo de brindarle dineros y empréstitos para armar un ejército que, bajo su mando, había de resultar invencible. Pero el Cid no gustaba de esa clase de compromisos y prefería ir combatiendo a los reyes y reyezuelos que se extendían desde León hasta el Levante y, según los vencía, brindarles su protección, cobrándoles las correspondientes parias conforme a las costumbres de la época (p. 68).

«El caballero del Cid», de José Luis Olaizola, novela de aventuras y de aprendizaje

Como hemos podido apreciar por el apretado resumen del argumento de la entrada anterior, es el joven Efrén, y no el Cid, el verdadero protagonista de la obra de Olaizola, que es, no tanto una novela histórica, sino más bien una novela de aventuras ambientada en un determinado momento histórico, y que maneja los ingredientes tradicionales de la novela de aventuras (lo que, dicho sea de paso, puede hacerla atractiva también para un público juvenil). Así, no falta la pareja de héroes jóvenes, Efrén y Rucayya, que viven unos amores puros pero contrariados, ni el villano de turno, el citado Abid Muzzafar, que los persigue sin compasión.

Por otra parte, también podemos calificar El caballero del Cid como una novela de aprendizaje, en tanto en cuanto nos describe la formación progresiva de Efrén: su primer maestro es Maksan, el hombre anciano y sabio con el que permanece en la sierra hasta los dieciséis años y que, además de lo relativo a la caza, le transmite otras enseñanzas (por ejemplo, el conocimiento de que todas las glorias humanas son perecederas); esa formación «para la vida» la completa Efrén con un ermitaño que encuentra en el monte cuando se dedica a cuidar una piara de cerdos; el arte militar se lo enseña Alvar Háñez Minaya (pasa a su lado los años 1086-1089), mientras que las letras las aprende en el monasterio de Cardeña.

Minaya Álvar Fáñez

El carácter de Efrén se va formando con el paso del tiempo; al principio, como no ha llegado a conocer a sus padres y ha pasado sus primeros años en una tierra fronteriza, no sabe muy bien a qué mundo pertenece, ni siquiera si es moro o cristiano: «Soy de Naciados, y allí somos de unos y de otros» (p. 18), le explica a Maksan cuando este le pregunta por su religión; y poco después apostilla el narrador: «como tantos otros de los naturales de Naciados, no estaba seguro de si era moro o cristiano, ni si le convenía ser lo uno o lo otro, en el caso de que se decidiera a seguir el oficio de vendedor de noticias» (p. 21).

Una recreación cidiana: «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

El Cid CampeadorDe entre las recreaciones literarias del Cid —que han sido muchas a lo largo del tiempo, y escritas con intencionalidades y enfoques muy variados—, hoy quiero centrar mi atención en la novela El caballero del Cid, de José Luis Olaizola (Barcelona, Planeta, 2000). En ella el Cid no es el personaje principal, sino que aparece más bien en un segundo plano, aunque con una intervención destacada. En efecto, la novela se centra en la peripecia de Efrén, un muchacho que conocerá al Cid, entrará en su mesnada como cetrero y terminará siendo nombrado caballero. Así lo anuncian las primeras palabras de la novela: «Ésta es la historia de Efrén, el eslavo de las mesnadas del Cid, natural de Naciados, en tierras de Cáceres, cuyos habitantes estaban  mal vistos porque se ganaban la vida vendiendo noticias en tiempos de guerra, que en aquellos años del siglo XI lo eran casi todos» (p. 7).

Efrén es hijo de un normando y una mora del harén del cadí de Barbastro. Como su madre murió en el parto, se crió con la Paciana, la partera, que se considera por ello con derechos sobre él. Y como Efrén es un muchacho atractivo (es rubio, tiene ojos azules…), cuando crece, la Paciana, que es mujer harto codiciosa, quiere venderlo a un visir del rey de Granada. Así lo hace, pero un eunuco ayuda a escapar a Efrén; el mulero Temin lo salva de morir congelado en la sierra y luego, durante años, va a vivir con el cabrero Maksan, con el que comparte años trashumantes por los bosques, sierras y quebradas de las Alpujarras. Con él aprenderá a cazar, a tirar con arco y, sobre todo, a tratar con los animales: Efrén cría lobeznos y aguiluchos y, además, tiene un don especial que le permite entender el habla de las fieras salvajes y hacer que le obedezcan en todo momento.

Efrén conoce al Cid en cierta ocasión en que el Campeador se encuentra en una situación apurada: está separado del grueso de su mesnada, perdido en una hondonada de la Sierra Madroñera, con muy pocos hombres y rodeado de un ejército de moros y cristianos que quieren acabar con él (véanse las pp. 7 y 60). Como Efrén domina el arte de la cetrería, a la que el Cid es muy aficionado, se gana su confianza, pese a los recelos iniciales de Alvar Háñez Minaya, que desconfía de los de Naciados. Este es el inicio de la relación entre ambos. Después, el guerrero burgalés se convertirá en protector del joven muchacho, y Efrén le será fiel en todo momento, siendo su sueño morir por el Cid. Rodrigo pide a Minaya que le enseñe a ser un buen guerrero y un buen cristiano y, en efecto, Efrén terminará siendo armado caballero: adoptará el nombre de Efrén de la Santa Cruz de Moya y se convertirá en el cetrero mayor y batidor de caza de la mesnada.

El Cid también apoyará a Efrén en la búsqueda de un tesoro y en sus pretensiones amorosas, aventuras ambas en las que correrá graves peligros. El tesoro, procedente del saqueo de la Cueva Dorada, donde se guardaba la fortuna del cadí de Cazorla, está oculto en Quebrantahuesos e incluye el famoso ceñidor de la sultana Zobeida, sobre el que parece pesar una maldición, pues todos los que lo poseen acaban en desgracia; solo el viejo Maksan sabe su localización y, en atención a los años felices compartidos con Efrén en Sierra Nevada, le confesará dónde poder encontrarlo. Por otra parte, Efrén se enamorará de Rucayya, una joven cristiana, huérfana como él, toda sencillez y encanto, a la que han obligado a renegar de su fe para que contraiga nupcias con el rey Abdalá de Granada. El mayor enemigo de Efrén será precisamente el hermano de Rucayya, el malvado Abid Muzzafar, un cristiano renegado, que también anda tras la consecución del tesoro. Pues bien, el Cid será el principal valedor del muchacho tanto en su búsqueda del tesoro como en su aventura amorosa.

El Cid, de personaje histórico a personaje literario

Al acercarnos a la figura del Cid, debemos considerar la triple dimensión que tiene el personaje: hay un Cid histórico, el personaje real Rodrigo Díaz de Vivar, un señor de la guerra que vivió en el siglo XI y llegó a conquistar Valencia; hay un Cid legendario (ese Cid que, peregrinando a Santiago, atiende caritativamente a un leproso, que resulta ser san Lázaro, quien le vaticina sus futuros triunfos); y hay, por último, un Cid literario, que es el aspecto del personaje que más me interesa en este momento.

Cid Campeador

En efecto, ese personaje histórico de Rodrigo Díaz de Vivar, protagonista de hechos legendarios y convertido en mito, ha dado lugar a diversas recreaciones literarias, a lo largo de los siglos y en los distintos géneros: lo encontramos en la épica (Cantar de mio Cid, Mocedades de Rodrigo), el Romancero y el teatro del Siglo de Oro (la obra más famosa es, seguramente, Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro, en dos partes, pero hay muchas más piezas dramáticas en las que el Cid interviene ya como protagonista, ya sea en un plano secundario).

También aparece con frecuencia en la literatura de los siglos XVIII y XIX (Nicolás Fernández de Moratín, Zorrilla, Trueba, Hartzenbusch, Fernández y González, etc.), tanto en narrativa como en lírica y en teatro. En fin, ya en el siglo XX, podemos recordar nuevas obras dramáticas como las de Marquina (Las hijas del Cid), Madariaga (Mío Cid), Luis Escobar (El amor es un potro desbocado) o Antonio Gala (Anillos para una dama), mientras que en poesía el tema del Cid fue muy frecuentado por los poetas del 27; y, por último, en la narrativa histórica, el personaje reaparece en algunas novelas históricas de los últimos años como El Cid de José Luis Corral o Doña Jimena de Magdalena Lasala, entre otras obras. Tendremos ocasión de irlo comprobando en futuras entradas.

«Por ver mi estrella María» de Néstor Luján: valoración final

Hay un último detalle que quiero comentar, y es que Néstor Luján echa mano del recurso de presentar la sociedad española a través de un personaje extranjero, de gran tradición (recuérdese por ejemplo lo que hace Cadalso en sus Cartas marruecas, escritas a imitación de las Cartas persas de Montesquieu); no me refiero tanto a los personajes ingleses, sino a Hugo von Stein: aparentemente objetivo o neutral, es él quien se encarga de valorar diversos aspectos sociales[1].

En conjunto, Por ver mi estrella María nos ofrece una buena visión de la sociedad española del Siglo de Oro, con datos y alusiones diseminados a lo largo de todas sus páginas, pero con algunos capítulos especialmente productivos en este sentido: así, los dedicados al principio al estreno de la comedia de Lope con gran valor «arqueológico»; la fiesta de toros, con la descripción de los ricos vestidos de los nobles y las libreas de los criados (pp. 155 y ss.); y la montería o partida de caza con que se despide a los ingleses.

El cardenal-infante don Fernando en traje de caza, de Velázquez

En suma, el objetivo del novelista es entretener al lector con una narración amena y, al mismo tiempo, aprovechar ilustrándolo con algunos conocimientos acerca de aquella época[2]. Y, en efecto, puede decirse que esta Estrella María de Luján nos ilumina acerca de la sociedad española del Siglo de Oro[3].


[1] Por ejemplo, el honor (y, así, se indica que los españoles son «tan insensatos y puntillosos de su honor», p. 18; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988).

[2] En estos últimos años se acumulan varias novelas con Cervantes, Calderón, Quevedo o Francisco de Rojas como protagonistas.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

Burla de algunos tópicos literarios en «Por ver mi estrella María» de Néstor Luján

Quiero mencionar ahora la burla de algunos tópicos literarios en Por ver mi estrella María. Doña Margarita se ha pinchado al prenderse un broche y un enamorado suyo aprovecha la ocasión para enviarle unos versos (que no ha compuesto él, pero que manda como propios) sobre la herida y el rubí que de ella mana. María le responde:

—Me fatigan las poetas como este de tus décimas, adocenados, cultos o no, que te mandan versos diciendo que tus dientes son perlas de Ceilán, tus rizos oro de Arabia, o azabache fino si tu cabellera es negra, que pretenden que el rostro es de nieve y que los corales y rubíes se avergüencen ante los labios. El aliento es de perfumado ámbar, las manos de marfil y de infinito nácar son las mejillas, que al ruborizarse mezclan lirios y rosas. Me lleva fuera de mí que me subrayen las soberanas y altas prendas de mi alma. Quiero que me digan que tengo los labios rojos y que los quieran besar, unas manos bellas o no, pero sensibles a las caricias y también acariciadoras. Tengo los ojos miopes, pero grandes […] y creo que tengo pechos y talle, piernas y unos pies bellísimos. Soy de carne y hueso. Poseo una piel sensible a la caricia. Tengo un aliento humano y cálido, suave quizá, que no sabe a ámbar ni a bergamota, sino a mujer saludable y amorosa. [Deseo] saber que una sangre caliente y viva circula por mis venas […] y no un espumoso coral, que sería bastante incómodo, o una lindeza por el estilo (p. 83; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988).

Dama con unicornio, de Rafael

Se trata, claro, de una burla de la arquetípica descriptio puellae y de otras imágenes del código amoroso petrarquista, que podemos apreciar también en este diálogo entre Hugo y su amada María:

—Cierto es, mi señora. ¡Cómo me enamora que os agrade este vino! Porque aunque el poeta se admira de que su dama, al apagar la sed, beba cristales y se vuelven rosas, nada enciende mejor vuestras doradas mejillas que las rojas rosas del vino.

Le miró sorprendida y burlona, e insinuante y burlona, apuntó:

—Debisteis decir la nieve de mis mejillas…

—Os prefiero como realmente sois, morenita y dorada (p. 111).

Otro tópico literario es, por supuesto, el enamoramiento de oídas (por la fama de la belleza y honestidad de la mujer en cuestión) que sirve como base de la historia de Carlos y María. Hablan don Francisco y Hugo:

—¿Creéis que realmente Carlos Estuardo, que no vio en su vida a la Infanta, está enamorado de ella? Esto sólo pasa en los libros de caballerías, de los que tan donosamente se burló Miguel de Cervantes en los amores de Don Quijote a Dulcinea.

Con su habitual agilidad mental, respondió don Hugo:

— […] Esto de amar sólo por el nombre o el prestigio viene de la poesía de los trovadores. El amor de oídas es para ellos una exquisitez sentimental. Ya debéis de conocer bastantes novelas de caballería con estos amores imaginados. Y aún recuerdo una novela de Lope que yo no he visto, pero que se titula Amar sin saber a quien, que entra creo yo en esta tradición de amantes más enamorados del amor que de una mujer de carne y hueso (p. 99).

No sabemos si en la realidad histórica el amor que Carlos sintió por la infanta María tuvo este carácter, ni siquiera si sintió por ella verdadero amor. Lo cierto es que viajó de incógnito hasta España por ver de casarse con ella. Néstor Luján se vale de esta circunstancia real para recrear ese momento de la España del XVII, y tiñe la historia de esos amores no de sentimentalismo, sino de sentimiento romántico[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

«Por ver mi estrella María» de Néstor Luján: una nota sobre la ambientación histórica

Con respecto a la ambientación histórica de la obra de Néstor Luján, ya he indicado que se consigue gracias a los abundantes datos ofrecidos por el narrador relativos a mobiliario, vestido y calzado, modas y costumbres, comida y bebida[1], todo lo relacionado con el cortejo amoroso y los usos corteses del galanteo (billetes amorosos perfumados, flores, abecedarios, juegos con las iniciales de los nombres…)[2].

El almuerzo, de Velázquez

Por ver mi estrella María es una novela de ambientación esencialmente urbana: dado que los protagonistas principales pertenecen a la alta nobleza (rey, príncipes, validos y caballeros de la corte, embajadores…), hay un reflejo mayor de esa esfera social. Pero también, de alguna manera, quedan reflejados los estratos bajos, sobre todo en el retrato del mundo de los criados (Francisco de Priego, criado de Hugo, ha sido soldado y valentón, espadachín de alquiler, y esto permite la entrada de ese ambiente apicarado, cercano al hampa, con su lenguaje de germanía). No aparece, en cambio, el mundo rural, y apenas se refleja la clase de los hidalgos (individuos pertenecientes al estrato inferior de la nobleza, muchas veces empobrecidos).

En cuanto a la situación de la mujer, queda reflejada de pasada en algunos diálogos. Es la propia reina quien así se queja:

—No, no hemos de olvidar que somos princesas y que nos debemos a las obligaciones de nuestra familia y finalmente de nuestro Rey, si con un rey nos casamos. No creáis, sin embargo, que las demás mujeres conocen mejor fortuna. Casi todas se casan a gusto de sus padres, a su placer y conveniencia, y muchas de ellas no tienen ni tan sólo el consuelo de las sacras obligaciones de la estirpe. Las mujeres nobles en Francia y en España sufren una triste infancia en devotos conventos, se someten a padres, hermanos o tutores. Y en el encierro en que se las guarda, son quizá todavía más desdichadas que nosotras, casadas también a ciegas, a veces amando a otros. Así existen en realidad tantas malmaridadas, como en tantas intrigas de comedia. Y en lo que nos toca a las princesas, bien sabéis lo que son nuestras vidas cuando llegamos a reinas: parir hijos, sentir celos, angustiarse de soledad en una patria que no es la tuya (p. 93)[3].


[1] Estas alusiones son muy frecuentes, dados los saberes gastronómicos de Luján. Así, por ejemplo, se habla del célebre vino de San Martín de Valdeiglesias (p. 25 y 156; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988), se dan datos sobre los libros de cocina y las recetas de la época (pp. 106-107); se alude al hecho de que había que llevar la comida a las posadas donde uno se alojaba (p. 28, por la escasez o mala calidad de lo que en ellas existía), se mencionan los bodegones de puntapié (pp. 41 y 113), etc. A veces la alusión culinaria requiere cierto conocimiento de la época: así, en la p. 41 se habla de unos «sospechosos pastelones», pero no se explica nada más: hay que conocer las acusaciones tópicas sobre la mala calidad de aquellos pasteles hechos de hojaldre y carne, y de los ínfimos ingredientes que entraban en su composición, para entender el calificativo de sospechosos. Baste recordar las macabras bromas que leemos en el Buscón sobre el destino del cuerpo descuartizado del padre de Pablos, que serviría para rellenar ese tipo de pasteles…

ENLACE: Manjar blanco, blog sobre gastronomía en el Siglo de Oro:

http://manjarblanco.gulalab.org/

[2] Diseminadas aquí y allá encontramos muchas otras alusiones a lugares y realidades de la época: la guardia española y alemana (en varios pasajes), el galeón de Manila y las flotas especieras (pp. 100-101), la romería de Santiago el Verde (p. 160), el rígido protocolo de la Corte austriaca (p. 147), el mentidero de las gradas de San Felipe (p. 113), las covachuelas del Alcázar real, el ambiente del teatro en la mosquetería y la cazuela femenina, etc. Se habla de una esclava marrueca, marcada con ese y clavo (p. 140), símbolo de la palabra esclavo; aparecen reflejadas las ideas de los españoles sobre sus vecinos extranjeros: «un gabacho, vendepeines y buhonero, amolador de tizonas, navajones y tijeras» (p. 41; tales eran los oficios que solían desempeñar los franceses); un fidalgo portugués «tan espetado que parecía haberse tragado un asador» (p. 79; se reitera esta caracterización tópica de los portugueses finchados de orgullo y, además, sumamente enamoradizos).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

El lujo y afán de ostentación del Barroco en «Por ver mi estrella María» de Néstor Luján

En otro orden de cosas, aparece reflejada en algunos momentos de la novela de Néstor Luján la decadencia de España, y se apunta una de sus razones, la inexistencia de una burguesía fuerte, de una clase media capaz de articular los distintos estamentos del país. Es Hugo de nuevo quien pronuncia estas palabras:

—Al atravesar la frontera iba pensando en qué tierra estaba, qué rey gobernaba a estos reinos y cómo podía tener tan gran rey tan despoblada la triste y espaciosa nación. Luego, en Madrid me di cuenta de lo que decía antes: una capital crecida con la supremacía de la aristocracia terrateniente, convertida de pronto en un mundillo mezquino y cortesano. Me espanté, como hombre educado en Flandes, de la ausencia de una burguesía que en nuestros países es tan importante […] y no digamos en Londres o en Venecia. Y no hay tal burguesía no tan sólo a causa del sorprendente menosprecio de los españoles por los trabajos serviles, sino por la emigración a América. Así pues, ha quedado tan sólo una nobleza nula, emperejilada y débil (p. 209; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988).

Y en otro lugar leemos:

—Paréceme ­—dice don Juan— que el español, a medida que se va dejando ganar por la desilusión, por la falta de fuerzas para hacer grandes cosas, se ha entregado al vicio de mirarlas. España se pierde en su laberinto teatral y lo hace para enterarse de lo que ha sido y lo que debería ser (p. 27).

Sin embargo, la crisis económica no es óbice para el lujo y el despilfarro que presiden la vida cortesana:

En los cortejos, la prodigalidad, la ostentación y los gastos se lleva a un exceso tan extraordinario que parece ser que cuesta trabajo creerlo. Hasta las damas de mayor alcurnia, las más honestas y entonadas, aceptan regalos. No obstante, aquí se considera la cosa más corriente del mundo porque la rivalidad y la emulación entre los nobles acaban con cualquier moderación impuesta por las leyes contra el lujo. Quienes llegan a mayores extremos de liberalidad son tenidos en mayor estima, no solamente por los cortesanos en general, sino también por las personas reales, que se entretienen comentando la relación de los regalos dados y de las atenciones mostradas que las damas refieren a diario (p. 75).

Tratado de los PirineosEsta nobleza anquilosada y, en muchos casos, arruinada estima mucho más la sangre, la antigüedad de su linaje, que el dinero, del que empieza a carecer. Así nos lo muestran estas palabras que dirige a Hugo don Francisco, noble portugués que hace referencia a la condición de sus compatriotas, muy pagados de sus títulos:

—Sé, porque habéis tenido la generosidad de contármelo, vuestra historia y la de vuestra familia. He de decir que en fortuna no cede, sino que quizá supera, a la dote que tendrá María pero, en cambio, y permitidme que lo diga sin falsos circunloquios, para casaros en Madrid o en Lisboa, con todo el boato que acostumbran las familias de nuestra hidalguía, no tenéis títulos nobiliarios ni arraigo entre nosotros. Posesiones, dominios, legajos, cuarteles de nobleza y frondosidad genealógica. Será una boda muy difícil, a la cual no sé si el rey daría su autorización… (p. 101).

El afán de ostentar se extiende a las clases inferiores: todo el mundo desea disponer de coche.

CarruajeContra esa moda (y contra los actos pecaminosos que encubre) clama Quevedo (en la novela) de la siguiente manera:

—Señores, perdonadme, pero he estado estorbado por este mar de coches que es la Corte en un día de fiesta real de toros. Los hay como naves en el mar. […] Dícese que las mujeres, aun de las clases más modestas, deben proteger sus pies. Llevan como empeño de honor circular en coche, que se han convertido, por otra parte, en verdaderos navíos de iniquidad. No podéis figuraros lo que rueda el pecado en ellos. Doncella sube por una ventana que, con sólo pasar el carruaje, sale madre en vísperas por la otra. […] ¡Oh, coches, coches, cuánto daño hacéis a nuestro reino! ¡Cuántas casas habéis de destruir, cuántos casados habéis de descasar, cuántos ricos habéis de empobrecer, cuántos celos y recelos habéis de engendrar, cuántas honras habéis de poner en disputa, cuántas familias habéis de descomponer! (pp. 155-156).

Estas alusiones al abuso de los coches[1], y también indirectamente a los lodos (la suciedad) de las calles de Madrid, son eco de muchos pasajes de la prosa y la poesía satírico-burlesca de Quevedo[2].


[1] Tirso aludiría a esa costumbre con el neologismo cochizar; y menciones parecidas se encuentran en muchos otros autores.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.