«A Cristo en la Cruz, un pecador penitente», romance de Agustín López de Reta

Agustín López de Reta (Artajona, Navarra, 1631-1705) fue miembro de la veintena y procurador en las Cortes de Olite de 1688[1]. Como escritor, tradujo Los cinco libros del consuelo de la filosofía de Anicio Manlio Severino Boecio (que publicó Vicente Rodríguez de Arellano en 1805). Además acabó la Vida de Nuestra Señora de Antonio Hurtado de Mendoza, escrita en verso, y añadió al final tres composiciones propias, según indica el título completo del libro, que es como sigue: Vida de Nuestra Señora. Escribíala don Antonio Hurtado de Mendoza. Continuábala don Agustín López de Reta. Y añade dos romances, a Cristo en el Sacramento y a Cristo en la Cruz. Y una paráfrasis del Padre Nuestro. Dedícala a la muy ilustre señora doña Leonor de Arbizu y Ayanz, con privilegio, en Pamplona, por Martín Gregorio de Zabala, impresor del reino, año 1688. De las tres composiciones finales añadidas por López de Reta, transcribo aquí la dedicada «A Cristo en la Cruz, un pecador penitente», un largo romance con rima é-a.

Cristo en la Cruz-Zurbaran.jpg

Hoy, Señor, un delincuente
a tomar sagrado[2] llega
adonde ve ejecutarse
la justicia más sangrienta.
En esa ara mis insultos
alcanzar indulto[3] esperan,
ya que muere el inocente
porque el culpado no muera.
Si Jove, deidad fingida[4],
porque infante habitó en Creta
para permutar desdichas
concedió allí ciertas ferias,
Tú, Jesús, Dios verdadero,
más liberal[5] con la tierra
donde naciste, publicas
ferias hoy más opulentas
en que los males del hombre
a bienes de Dios se truecan,
pues de sus deudas te encargas
y tus méritos le entregas;
y así, cuanto de mis disculpas
mayor el número sea,
más derecho alegar puedo
al tesoro de tus penas.
Al sumar mis culpas, si hay
suma que las comprehenda,
cuanto por muchas me asustan,
por toleradas me alientan,
pues si excediendo al guarismo
las excedió tu paciencia,
ya no son más que testigos
de que es tu piedad inmensa.
Mi vida siempre en errores
obstinadamente terca
fue de tus misericordias
temeraria feliz prueba,
pues tentando las alturas
de tu bondad mi torpeza
antes le faltó la sonda
que topase fondo en ellas[6].
Infinidad tiene en sí
cualquier culpa por ser hecha
contra Dios, mas Dios hecho hombre,
otra infinidad le aumentas:
porque serte un hombre ingrato
viendo humanada tu esencia,
pecado es transcendental
que a cualquiera otro se agrega;
pero a tus padecimientos
aunque doblen mis ofensas,
¿cuánta infinidad les sobra
después de satisfacerlas?
Gracia fue tuya primero
que pagar por mí quisieras,
mas hecho esto es ya justicia
que se cancelen mis deudas.
Con tales descargos tuyos
no sólo pagadas quedan,
mas de tu cielo el tesoro
pienso alcanzar en las cuentas.
Tantas finezas divinas
que hasta hoy mi vida les cuesta
a tu amor a proseguirlas
en lo restante le empeñan;
pues si retiras la mano
de tantas munificencias
vendrá a ser más lastimoso
desperdicio la escaseza[7].
Prosíguelas, pues, Señor,
no porque yo las merezca,
mas porque te debo tantas
que te lo merecen ellas.
Ten ya clemencia, Dios mío,
destas tus mismas clemencias
y no me dejes perder,
si ya no quieres perderlas.
Si para lograrse falta
que yo te las agradezca,
sólo falta que me des
gracia para agradecerlas[8].
Sin ti nada el hombre puede
esta verdad tuya eterna,
luego Tú cumples en él
sus obligaciones mesmas.
Concédeme, pues, que yo
sepa pagar tus larguezas,
porque cuanto más te pague
otro tanto más te deba.
Crezcan así beneficios
y agradecimientos crezcan,
al infinito proceso
de tan fiel correspondencia.
Dame aquel amor ardiente
que quieres que yo te tenga;
concédeme lo que mandas
y mándame lo que quieras.
Ya tienes hecho lo más
en la mudanza primera
de mi voluntad rebelde,
hoy ya a la tuya sujeta.
Si aun cuando estuvo obstinada
hiciste tanto por ella,
¿qué no harás cuando ya pone
la neutralidad siquiera?
De la perdición pasada
a la presente tibieza
más distancia hubo que falta
desde tibia hasta resuelta.
Si es limpiar la área el principio
en toda fábrica[9] nueva,
ya de mis afectos rudos
desmontaste la maleza.
Para hacer el hombre nuevo
que hoy de mí formar intentas,
ya en mi corazón mudado
te doy una firme piedra.
Firme digo, porque fío
en la virtud de tu diestra
que has de darle de constancia
cuanto tuvo de dureza;
y que cuando sea inhábil
su depravada materia,
le has de criar limpio y darme
entrañas de intención recta.
Perficiona[10] este edificio
que empezó ya tu grandeza,
pues desdice el no acabarle
de económica prudencia;
y la tuya, ¡oh sabio Padre
de familias!, mal pudiera
de los gastos de sus obras
haberle errado en la cuenta.
Bien conociste el empeño
de las forzosas expensas
de que hecho el cómputo aún sobra
caudal en tu omnipotencia.
Si ella el poder asegura,
del querer hace evidencia
el ver que tu querer solo
te ha puesto de esa manera.
Si para matar mi muerte
tu vida, mi Dios, desprecias,
¿cómo puedes despreciar
el triunfo de tu pelea?
No cabe en ti, que sería
manifiesta inconsecuencia,
en descrédito de tantas
maravillas estupendas.
Que fueses hombre, ¿a cuál hombre
pudo caberle en la idea?
Y cuando lo imaginara[11],
¿qué osadía lo pidiera?
Mas, después que Tú, movido
sólo de bondad interna,
esa inopinable extraña
metamorfosis ordenas,
¿qué esperanza hay tan cobarde,
qué imaginación tan lerda,
que abiertas en tus heridas
no halle a su salud las puertas?
Para ti sólo pequé,
que sólo Tú hacer supieras
de tan funesto veneno
atriaca[12] tan perfecta.
Pequé, ¿qué más puedo hacerte,
¡oh soberana defensa
del hombre!, para que ostentes
tu poder en mi flaqueza?
Pues del muro de mi pecho
eres la fiel centinela[13],
más vigilancias te piden
los estragos de sus brechas.
Fortalécelas, Señor,
si hallar quieres fortaleza
en mí, que aun en mí ser puede
fuerte lo que Tú pertrechas.
Mas si me dejas, Dios mío,
¿a cúyo amparo[14] me dejas?,
pues de tus desvíos siento
tan costosas experiencias.
¿Qué padre que lleva asido
al hijo que a andar empieza
le suelta la mano, viendo
que ha de caer, si lo suelta?
¿Y cuál niño que, violento
entre próvidas pigüelas[15]
y acariciado de riesgos,
por desasirse forceja,
si se aparta y se lastima
su ignorancia no lamenta
a quejas más explicadas
en más balbuciente lengua?
Así de torpes caídas
y de travesuras necias
a ti, oh mi Padre amoroso,
pronuncio a llantos mis quejas.
Y aunque yo, desayudado
de mí, explicarlas no sepa,
no hace falta mi voz donde
mi necesidad vocea.
Riscos, que por bocas abren
mudas horrorosas cuevas
sólo a grito ajeno rompen
los silencios que bostezan[16];
y si es cóncavo desierto
de bienes, yerto de peñas,
mi pecho, ¿qué voz dar puede
que eco de otra voz no sea?
Las inspiraciones tuyas
con grito eficaz desciendan[17]
a mi corazón alientos,
y palabras tuyas vuelvan.
Como veloz pluma escriba
lo que Tú dictes mi lengua
y en mi entendimiento quede
tu sabiduría impresa.
Tú, que los vasos vacíos
de licor süave llenas,
llena ya mis ansias mudas
de divinas afluencias.
Pero ¿qué estilo o cuál óleo
que me explique o me enriquezca
habrá como enmudecer
deshecho en lágrimas tiernas?[18]
Ya mis libertades lloro
y renunciarte quisiera
mi albedrío, cuyo arrojo
tantas veces me escarmienta.
Mas no, mi Dios, ya me alegro
de que siempre mía sea
mi voluntad, por tener
algo que siempre te ofrezca.
Ya yo te la entrego hoy toda
conque, si fuese esta entrega
inflexible, ya de hoy más
ociosos sus actos fueran.
Y yo te amo y quiero amarte
con firme voluntad nueva,
que como antigua se arraigue
y como verde florezca,
que es gloria de mis extrañas
cuando esto celo apacientan,
que a buitre siempre insaciable
siempre renazcan eternas[19].
El gran dolor que mis culpas
me causan sólo le templa
ver que tu misericordia
tanto en ellas resplandezca:
mostrarse así a los inicuos[20]
tus caminos con mis huellas,
dando a los impíos ejemplo
para que a ti se conviertan.
¡Oh, tú soberano Alcides[21]
que, con la virtud paterna,
a la hidra de mis costumbres
destroncaste las cabezas!,
de su fecundo veneno
que tantas de nuevo engendra,
esta caridad ardiente
cauterice ya las venas.
Tus incendios que al Calvario
trasladan todo el Oeta[22],
y unida a ti la vil ropa
de mortal infección queman,
humanas pasiones mías
apuren, y pues te dejan,
Dios, ya impasible, en mí alientos
de padecer por ti enciendan.
¡Oh, arranca ya de mi pecho
las más entrañadas prendas,
aunque al desasirse rompan
las fibras en que se enredan!
Disciérnase así la parte
sana de la parte enferma,
y de cizaña enemiga
el grano de tu cosecha[23].
Guardártele fiel prometo
y aseguro esta promesa,
porque sé que es el cumplirla
tan tuyo como el hacerla.
Ofrecerla de mi parte
sería loca soberbia;
hacerla de parte tuya
es confianza discreta.
Pues si te ofrecen mis voces
santa irrevocable enmienda,
memoriales son que piden
lo que ofreciéndote expresan.
Pero van tan confiadas
de alcanzar cuanto te ruegan,
que a prometerte se pasan
lo que a pedirte comienzan.
Y aun confiar en tu ayuda
sin tu ayuda no pudiera,
mas para huir de tus dones
poder sobra en mi flaqueza.
Que, en fin, es sólo obra tuya
que esta mi voluntad quiera
obrar bien y que a ser pase
obra la voluntad buena.
Pues todo lo haces, no es más
cuanto yo de mí te ofrezca,
que ofrecerme por hechura
en que tus obras se vean.
Tuya es cualquier victoria
en vida, que toda es guerra[24],
cuando en Cruz los brazos alzas
porque yo con ellos venza[25].
A cuyo mástil atada
la razón que me gobierna
de halagüeños apetitos
sabrá burlar las sirenas[26].
Tú, sacro Anfión[27], compones
cuando a las tirantes cuerdas
de ese instrumento te ajustas
murallas que me defiendan.
Si abrigó el pecho en afectos
áspides que le envenenan,
en ti, exaltada Serpiente[28],
salud prodigiosa encuentra.
Y en tu arco, elevado Orfeo[29],
con dulcísima violencia[30],
como a ti lo atraes todo,
todo el corazón me llevas[31].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] tomar sagrado: los delincuentes se acogían a sagrado, entrando en una iglesia o convento, porque allí no podía pasar la justicia a capturarlos.

[3] insultos … indulto: nótese el juego paronomástico.

[4] Jove, deidad fingida: Jove es Júpiter; a ese dios, que es «deidad fingida», se contrapone Jesús, que es «Dios verdadero».

[5] liberal: pródigo, espléndido, generoso.

[6] sonda … topase fondo: quiere decir que la bondad de Dios es insondable, no encuentra el fondo de la bondad de Dios, por mucho que descienda la sonda de los pecados.

[7] escaseza: usa esta forma, en vez de escasez, por la rima en é-a del romance.

[8] gracia para agradecerlas: juega con la idea de agradecer y con gracia, en el sentido de gracia divina.

[9] fábrica: construcción, edificación.

[10] Perficiona: perfecciona.

[11] Y cuando lo imaginara: y aun cuando lo imaginara, aunque lo imaginara.

[12] atriaca: antídoto, contraveneno.

[13] la fiel centinela: esta palabra se usaba normalmente en femenino.

[14] a cúyo amparo: al amparo de quién.

[15] entre próvidas pigüelas: compara al niño revoltoso con un ave de cetrería, que quiere liberarse de las pihuelas que lleva puestas en las patas (una especie de correa con que se sujetan esas aves).

[16] Parece eco gongorino, de la descripción de la cueva de Polifemo: «De este, pues, formidable de la tierra / bostezo, el melancólico vacío / a Polifemo, horror de aquella sierra, / bárbara choza es, / albergue umbrío, / y redil espacioso donde encierra / cuanto las cumbres ásperas cabrío, / de los montes, esconde: copia bella / que un silbo junta y un peñasco sella» (Luis de Góngora, Fábula de Polifemo y Galatea, ed. de Alexander A. Parker, Madrid, Cátedra, 1987, vv. 41-48).

[17] desciendan … alientos: entiéndase con sentido transitivo (alientos sería objeto directo de desciendan).

[18] Entiéndase aquí: no hay estilo ni pintura capaz de encarecer lo que quiero decir, y la mejor forma de hacerlo es guardar silencio y llorar.

[19] Evoca aquí el mito de Prometeo: después de robar el fuego de Efesto, fue castigado por Zeus; permanecía encadenado y un águila le devoraba el hígado, que se regeneraba constantemente. Es un mito de castigo, reinterpretado aquí en sentido positivo.

[20] inicuos: injustos.

[21] soberano Alcides: Alcides es Hércules, uno de cuyos doce trabajos consistió en matar a la hidra de Lerna, monstruo o serpiente de varias cabezas. Nótese esta nueva reutilización de un ejemplo de la mitología clásica en sentido cristiano.

[22] Oeta: monte de Grecia, mencionado por Cervantes en su Viaje del Parnaso.

[23] Alusión a la parábola de la cizaña (Mateo, 13, 24 y ss.).

[24] en vida, que toda es guerra: la vida como una milicia, y el cristiano como miles Christi (soldado de Cristo), es idea tópica de la literatura religiosa.

[25] los brazos alzas / porque yo con ellos venza: evoca una de las famosas victorias de los ejércitos de Israel, sobre los amalecitas, a los que vencían mientras Moisés tenía los brazos en alto.

[26] Se evoca aquí a Ulises, que consiguió oír el canto de las sirenas al ordenar a sus hombres que lo atasen al mástil de su navío, para no ser arrastrado por su encanto. De nuevo, reutilización de la mitología.

[27] sacro Anfión: recibió como regalo de Hermes una lira y vivió consagrado a la música. Es tópico comparar a Cristo en la Cruz con Anfión y su lira.

[28] exaltada Serpiente: pudiera parecer audaz esta imagen de Reta (ya que la serpiente se asocia tradicionalmente al demonio, mientras que aquí Dios es una «exaltada Serpiente»), pero se trata de una reminiscencia bíblica, de Números, 21, 1-9: cuando los israelitas atraviesan el desierto tras escapar de Egipto, muchos de ellos mueren mordidos por las serpientes; por indicación del Señor, Moisés fabrica una serpiente de bronce y la coloca en un asta. Todos los mordidos por las serpientes que miran a la serpiente de bronce, sanan. Esta serpiente exaltada en el asta es trasunto de Cristo salvador en la Cruz. El autor juega además con otro motivo repetido: el del campesino que abriga en su pecho a un áspid moribundo, para resultar finalmente picado por él.

[29] elevado Orfeo: es el músico, cantor y poeta por excelencia, que toca la lira y la cítara. Es prototipo de Cristo (igual que Orfeo domesticaba a los animales, Cristo hace lo propio con los hombres, con su cántico nuevo). Véase el auto sacramental de Calderón El divino Orfeo.

[30] dulcísima violencia: típico oxímoron barroco.

[31] Vida de Nuestra Señora, Pamplona, 1688, pp. 191-204.

«Oda a Cristo resucitado», de Antonio López Baeza

¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?
(Lucas, 24, 5)

Resurrezione, de Piero della Francesca

Para este Domingo de Resurrección reproduzco aquí la «Oda a Cristo resucitado» del sacerdote y poeta archenero Antonio López Baeza. Corresponde a su libro Canciones del hombre nuevo (1983-85), que, al igual que su anterior poemario, Poemas para la utopía (1983), recoge diversas composiciones inspiradas en los Salmos bíblicos. Tal como indica el autor en el prefacio de Canciones del hombre nuevo, la finalidad de estos poemas «no puede ser otra que la de manifestar —y alentar en otros— el testimonio vivo de la Fe cristina» (p. 7).

Mi corazón se agita con un hermoso canto;
las fibras de mi ser se templan de alegría
para decir la gloria de tu inmensa belleza.

Eres toda la luz que el mundo necesita;
eres todo el amor que el corazón reclama;
eres toda la paz que estalla en armonías.

Avanza victorioso sembrando la justicia
que sólo de ti esperan los pobres y abatidos:
¡destierra para siempre la opresión y el escarnio!

Un pueblo libre surge vitoreando tu paso,
reconociendo, oh Rey, que has vencido a la muerte
y a todos nos conduces a los eternos pastos.

El favor de tu Dios te ensalza y te corona
con la pura alegría de saberte el primero
entre muchos hermanos en tu victoria ungidos.

Eres el que fecunda todas nuestras tristezas;
eres el Nuevo Esposo, portador de ternuras,
que convierte en vergel los más adustos paramos.

En ti toda la verdad nos aguarda y trasciende;
en ti toda bondad nos acoge y eleva;
en ti toda belleza en Dios nos introduce.

Mi corazón se agita con un canto de fiesta:
has tocado mi lengua con tu inasible gracia
y mi carne rebosa de admiración y asombro.

(Salmo 45, 1-10)[1]


[1] Antonio López Baeza, Canciones del hombre nuevo (1983-85), Burgos, Sal Terrae, 1986, núm. 28, p. 76.

«A la muerte de Cristo Nuestro Señor», de Lope de Vega

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
(saeta popular)

Cristo en la Cruz, de Zurbarán

Copio para este Viernes Santo uno de los romances de las Rimas sacras de Lope dedicados a la muerte de Cristo en la Cruz. Como certeramente anota su editor moderno, Antonio Carreño,

La movilidad de este narrador usando varias formas exclamativas y vocativas (exhortación, apóstrofe, ruego, figuración visual y táctil), al igual que el doble uso de espacios (interior, exterior) conmociona, espiritual y emotivamente, al lector ante el cuadro presente. Es parte del proceso imaginativo que establece san Ignacio en sus Ejercicios espirituales: consideración visual de un hecho cruento de la pasión, situación espacial, interiorización del hecho y, finalmente, sentimiento de culpa y arrepentimiento. De este modo, la situación imaginada mueve a contrición y motiva, finalmente, la plegaria[1].

Y, como sucede en otros textos similares del Fénix —gran pecador y gran arrepentido—, se llama aquí la atención (vv. 5-8, 47-48) sobre la dureza del corazón del hombre, tan insensible a veces que no se compadece ante el sufrimiento de Cristo, quien muere cruentamente para redimir de sus pecados a toda la humanidad.

La tarde se escurecía
entre la una y las dos,
que viendo que el Sol se muere,
se vistió de luto el sol.
Tinieblas cubren los aires,
las piedras de dos en dos
se rompen unas con otras,
y el pecho del hombre no.
Los ángeles de paz lloran
con tan amargo dolor,
que los cielos y la tierra
conocen que muere Dios.
Cuando está Cristo en la cruz
diciendo al Padre: «Señor,
¿por qué me has desamparado?»,
¡ay Dios, qué tierna razón!,
¿qué sentiría su Madre,
cuando tal palabra oyó,
viendo que su Hijo dice
que Dios le desamparó?
No lloréis, Virgen Piadosa,
que aunque se va vuestro Amor,
antes que pasen tres días
volverá a verse con vos.
¿Pero cómo las entrañas,
que nueve meses vivió,
verán que corta la muerte
fruto de tal bendición?
«¡Ay Hijo!», la Virgen dice,
«¿qué madre vio como yo
tantas espadas sangrientas
traspasar su corazón?
»¿Dónde está vuestra hermosura?
¿Quién los ojos eclipsó,
donde se miraba el cielo
como de su mismo Autor?
»Partamos, dulce Jesús,
el cáliz desta pasión,
que vos le bebéis de sangre,
y yo de pena y dolor.
»¿De qué me sirvió guardaros
de aquel Rey que os persiguió,
si al fin os quitan la vida
vuestros enemigos hoy?»
Esto diciendo la Virgen
Cristo el espíritu dio;
alma, si no eres de piedra
llora, pues la culpa soy[2].


[1] En Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, p. 648, nota.

[2] Tomo el texto de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 322, pp. 648-649. En el verso 21, añado la coma antes del vocativo.

Literatura de Pasión: el soneto de Quevedo «A la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre»

En fin, Francisco de Quevedo, aunque hoy quizá resulte más conocido para el público general por su faceta de escritor satírico y burlesco, cultivó igualmente diversos temas de la poesía grave (poemas encomiásticos, metafísicos, morales, amorosos…). En ese terreno de su poesía seria podemos encontrar algunos poemas religiosos tan emotivos como este, titulado «A la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre», en el que se recuerdan además (en los cuartetos) las señales ocurridas en aquel momento (eclipse, terremoto, etc.):

Muerte de Cristo

Pues hoy derrama noche el sentimiento
por todo el cerco de la lumbre pura,
y amortecido el sol en sombra obscura
da lágrimas al fuego y voz al viento;

pues de la muerte el negro encerramiento
descubre con temblor la sepultura,
y el monte, que embaraza la llanura,
del más cercano se divide atento;

de piedra es, hombre duro, de diamante
tu corazón, pues muerte tan severa
no anega con tus ojos tu semblante.

Mas no es de piedra, no, que si lo fuera,
de lástima de ver a Dios amante,
entre las otras piedras se rompiera.

Hasta aquí este recorrido panorámico por la literatura del ciclo de la Pasión en los autores españoles de los Siglos de Oro. Por supuesto, este tema se prolonga a lo largo de los siglos XVIII y XIX, y sigue con pujanza en el siglo XX y hasta llegar a nuestros tiempos, con muchos autores que ahora no me detengo a mencionar siquiera. Queda pendiente para otra Semana Santa.

Literatura de Pasión: «A Cristo en la Cruz», de Góngora

Pasemos, en nuestro recorrido por la literatura del ciclo de la Pasión, a don Luis de Góngora y Argote. De él sabemos que revolucionó el panorama de la poesía española cuando, a la altura de 1613-1614, empezaron a circular por la Corte madrileña copias manuscritas de sus grandes poemas, las Soledades y la Fábula de Polifemo y Galatea. Pero el que con piezas tan cultas como esas se ganase el sobrenombre de «Príncipe de la oscuridad», fue también «Príncipe de la luz» con sus letrillas y romances, fruto de su humor festivo y resultado del cultivo de otros registros graves.

Tal es el caso de este soneto religioso, titulado «A Cristo en la Cruz», en el que el yo lírico se pregunta qué cosa resultó mayor hazaña en Jesús, si humanarse en carne mortal o morir en la Cruz por salvar a todos los hombres:

Cristo en la Cruz, de Rubens

Pender de un leño, traspasado el pecho
y de espinas clavadas ambas sienes;
dar tus mortales penas en rehenes
de nuestra gloria, bien fue heroico hecho.

Pero más fue nacer en tanto estrecho
donde, para mostrar en nuestros bienes
a dónde bajas y de dónde vienes,
no quiere un portadillo tener techo.

No fue esta más hazaña, ¡oh gran Dios mío!,
del tiempo, por haber la helada ofensa
vencido en flaca edad, con pecho fuerte

—que más fue sudar sangre que haber frío—,
sino porque hay distancia más inmensa
de Dios a hombre que de hombre a muerte.

Literatura de Pasión: otro poema de Lope («Muere la vida y vivo yo sin vida…»)

Entrando ya de lleno en el Barroco, tenemos que traer a este panorama a un gran trío de poetas líricos, esos «primeros espadas» de la poesía española del XVII que son Lope, Góngora y Quevedo.

Lope de Vega constituye, en su persona y en su obra, una magnífica síntesis del Barroco, capaz de nobles transportes por las elevadas regiones del espíritu y capaz también de bajos vuelos a ras de tierra. Hombre, en fin, con algo de ángel y mucho de barro, es autor de numerosas poesías sacras donde nos transmite, en bellos versos, sus momentos de dolorido arrepentimiento. Tratándose del genial Lope, «poeta del cielo y de la tierra», lo difícil no es encontrar poemas suyos de subida inspiración y belleza que ilustren a la perfección el tema que nos ocupa; en su caso, lo difícil es seleccionar solo unos pocos entre los muchos posibles. Ya di entrada en una idem anterior al soneto que comienza «Pastor que con tus silbos amorosos…». Pero también merece la pena copiar este otro dedicado «A la muerte de Jesús»:

Cristo muerto sostenido por un ángel, de Antonello da Messina

Muere la vida y vivo yo sin vida,
ofendiendo la vida de mi muerte;
sangre divina de las venas vierte,
y mi diamante su dureza olvida.

Está la majestad de Dios tendida
en su dura cruz, y yo de suerte
que soy de mis dolores el más fuerte
y de su cuerpo la mayor herida.

¡Oh, duro corazón de mármol frío!
¿Tiene tu Dios abierto el lado izquierdo
y no te vuelves un copioso río?

Morir por él será un divino acuerdo,
mas eres Tú mi vida, Cristo mío,
y como no la tengo, no la pierdo.

«A las llagas de Cristo Nuestro Señor», de José de Valdivieso

Un autor especializado, podría decirse, en poesía religiosa es José de Valdivieso (Toledo, 1565-Madrid, 1638). De él copio esta bella composición titulada «A las llagas de Cristo Nuestro Señor», en la que cabe destacar la utilización del estribillo y el juego ingenioso de la tercera estrofa, basado en la dilogía de pasión (la pasión amorosa de un enamorado galán y la Pasión ‘padecimiento’ de Cristo, que puede equipararse a ese galán enamorado en tanto en cuanto ama a todos los hombres):

Llagas de Cristo en la Cruz

Vuestras llagas, Jesús mío,
mi bien y regalo son;
mas quiébranme el corazón.

Son de esa piedra divina
quiebras donde amor se asoma
a hacer nido a la paloma
que desalada camina;
puerta son de la piscina
y puertos de salvación;
mas quiébranme el corazón.

Son de un rosal encarnado
cinco rosas descubiertas,
cinco granadas abiertas
de un pechiabierto granado;
son flor y fruto que ha dado
la tierra de promisión;
mas quiébranme el corazón.

Son llagas de un Capitán
por reconocer la tierra,
y heridas que en buena guerra
por salvar a otros os dan;
son heridas de un galán
que descubre su pasión;
mas quiébranme el corazón.

Son llagas que recibir
quisisteis por los humanos,
para no herir, en las manos,
y en los pies, para no huir,
y en el pecho, para abrir
una puerta del perdón;
mas quiébranme el corazón.

Literatura de Pasión: dos textos anónimos

Quiero traer también a este panorama de la literatura del ciclo de la Pasión otros textos poéticos anónimos, «Dos romances de la Crucifixión», recogidos en la antología compilada por Roque Esteban Scarpa Voz celestial de España. Poesía religiosa (Santiago de Chile, Zig-Zag, 1944). Corresponden ambos a un registro popular y sencillo, y presentan la hermosa cadencia del octosílabo, que tan bien se ajusta a la prosodia del castellano.

El primero, cuyos cuatro primeros versos «suenan» a villancico tradicional, muestra el dolor de la Virgen María y alude, en su tramo final, al descendimiento de la Cruz del cadáver de su Hijo:

La Virgen se está peinando
debajo de una palmera;
los peines eran de plata,
la cinta de primaveras.
Por allí pasó José;
le dice desta manera:
—¿Cómo no canta la Virgen?
¿Cómo no canta la bella?
—¿Cómo quieres que yo cante,
solita y en tierra ajena,
si un hijo que yo tenía,
más blanco que una azucena,
me lo están crucificando
en una cruz de madera?
Si me lo queréis bajar,
bajádmelo en hora buena;
os ayudará San Juan,
y también la Magdalena,
y también Santa Isabel,
que es muy buena medianera.

El descendimiento de la Cruz, de Rubens

El segundo enumera las señales ocurridas al morir Cristo y destaca el poder salvador de su muerte y, al mismo tiempo, la soledad y el desconsuelo de su Madre:

Tierra y cielo se quejaba,
el triste sol se escondía,
la mar sañosa bramando
sus ondas turbias volvía,
cuando el Redentor del mundo
en la cruz puesto moría.
Palabras dignas de lloro
son aquestas que decía:
«Yo, Señor, en las tus manos
encomiendo el alma mía.»
¡Oh, mancilla inestimable!
¡Oh dolor sin compañía,
que el Criador no criado
criatura se hacía
por salvar aquellos mismos
de quien muerte recibía!
¡Oh, Madre excelente suya,
sagrada Virgen María!
Vos sola, desconsolada,
estabais sin alegría.

Literatura de Pasión: fray Luis de León

Un autor importante que tenemos que traer al recuerdo en este panorama literario del ciclo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo es fray Luis de León, cuya serena lírica constituye una de las cimas del Renacimiento español. Autor de numerosas poesías morales y religiosas, copio de él el fragmento inicial de su «Canción a Cristo crucificado», en la que el yo lírico pide a Jesús que vuelva sus «mansos ojos» para mirarle:

Inocente Cordero,
en tu sangre bañado,
con que del mundo los pecados quitas,
del robusto madero
por los brazos colgado,
abiertos, que abrazarme solicitas;
ya que humilde marchitas
la color y hermosura
de ese rostro divino,
a la muerte vecino,
antes que el alma soberana y pura
parta para salvarme,
vuelve los mansos ojos a mirarme.

Y reproduzco entera su oda «En la Ascensión», donde se pone de manifiesto lo «pobres» y «ciegos» que quedan los hombres en este mundo al producirse la ascensión de Jesús a los cielos (el rebaño de los fieles cristianos queda abatido con la ausencia de su amado Pastor):

Ascensión de Cristo

¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto;
y Tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

Los antes bien hadados,
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de Ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

A aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado,
estando Tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay, nube envidiosa
aun deste breve gozo!, ¿qué te aquejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

El soneto «No me mueve, mi Dios, para quererte…»

Un texto que no puede faltar en nuestro recorrido por la literatura del ciclo de la Pasión es el del famoso soneto «No me mueve, mi Dios, para quererte…». Se trata de una composición muy conocida, que ha generado abundante bibliografía[1] y que ha sido atribuida a numerosos autores (entre otros, a san Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús, y también a san Francisco Javier y a san Ignacio de Loyola, sin que haya faltado tampoco la atribución a Lope de Vega y otros escritores), pero que a día de hoy podemos seguir considerando anónimo.

El poema expresa la teoría del puro amor a Dios, al que el hablante lírico ofrece amar sin necesidad de un premio eterno (cielo) y temer sin necesidad de la amenaza de un castigo igualmente eterno (infierno). Nótese, en fin, que el poema puede entenderse como una «composición de lugar» ignaciana, en el sentido de que quien lo lee o recita tiene delante un crucifijo («muéveme el verte / clavado en esa cruz»; en otras versiones el texto lee «en una cruz»), siendo el Jesús enclavado el interlocutor al que se dirige la voz enunciadora del poema. Este es el texto del soneto (hay algunas variantes en las distintas versiones, que ahora no me detengo a considerar):

Cristo crucificado, de Zurbarán

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes qué dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.


[1] Ver, entre otros trabajos, los siguientes (en ellos se encontrará bibliografía adicional): Raymond Foulche-Delbosch, «Le sonet “A Cristo crucificado”», Revue Hispanique, 2, 1895, pp. 120-145; y 6, 1899, pp. 56-57; Domingo Hergueta, «El famoso soneto “A Cristo crucificado”, llamado también Acto de Contrición y Jaculatoria», Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, XXI, enero 1927, pp. 99-112; Sister Mary Cyria Huff, The Sonnet «No Me Mueve, Mi Dios» -Its Theme in Spanish Tradition, Washington (DC), The Catholic University of America Press, 1948; Marcel Bataillon, «El anónimo del soneto “No me mueve, mi Dios”», Nueva Revista de Filología Hispánica, IV, 1950, pp. 254-269; Eladio Esparza, «Sobre el soneto “No me mueve, mi Dios”», Príncipe de Viana, 38-39, 1950, pp. 105-110; Leo Spitzer, «No me mueve, mi Dios», Nueva Revista de Filología Hispánica, VII, 1953, pp. 608-617; Ignacio Elizalde, «Sobre el autor del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte…” y su repercusión en el mundo literario», Revista de Literatura, tomo 13, núms. 25-26, 1958, pp. 3-29; José Jurado, «Dos sonetos espirituales de José de Villarroel: imitaciones del “No me mueve, mi Dios”», Bulletin Hispanique, 77, 1-2, 1975, pp. 125-139; Luce López-Baralt, «Anonimia y posible filiación espiritual musulmana del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”»Nueva Revista de Filología Hispánica, XXIV, 1975, pp. 243-266; John V. Falconieri, «“No me mueve, mi Dios” —y su autor», en Eugenio de Bustos (ed.), Actas del cuarto Congreso Internacional de Hispanistas, vol. 1, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1982, pp. 491-500; Mark Kelly, «The Sonnet “No me mueve, mi Dios” and Sant John of the Cross», Bulletin of Hispanic Studies, 62.3, 1985, pp. 281-288; Manuel Alvar López, «Un aviso de San Juan de la Cruz y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», en Homenaje al profesor Darío Cabanelas Rodríguez, O.F.M., con motivo de su LXX aniversario, Granada, Universidad de Granada-Departamento de Estudios Semíticos, 1987, vol. 2, 1987, pp. 383-386; Margherita Morreale, «Apuntaciones para la lectura del soneto anónimo “No me mueve, mi Dios, para quererte” y del de Gabriel Fiamma “Qual paura, qual danno o qual tormento”», en Alberto Porqueras Mayo y José Carlos de Torres Martínez (coords.), Francisco Mundi Pedret (dir.), Estudios sobre Calderón y el teatro de la Edad de Oro. Homenaje a Kurt y Roswitha Reichenberger, Barcelona, PPU, 1989, pp. 419-456; Abilio Enríquez Chillón, «Sugerencias en torno al soneto “No me mueve, mi Dios”», Naturaleza y gracia. Revista cuatrimestral de ciencias eclesiásticas, 2, 2002, pp. 297-332; Gabriel María Verd Conradi, «El P. Roque Menchaca, San Ignacio y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 67, 2004, pp. 111-148; José Eugenio Uriarte, «Apuntamientos y extractos para una disertación sobre el soneto: “No me mueve, mi Dios, para quererte”: edición, notas y comentarios de Gabriel María Verd Conradi, S. I.», Archivo Teológico Granadino, 68, 2005, pp. 111-152; Gabriel María Verd Conradi, «El soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte” y su versión latina en los Países Bajos», Archivo teológico granadino, 69, 2006, pp. 49-70; Arnulfo Herrera, «Un avatar de San Francisco Xavier en su autoría del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», en Ignacio Arellano Ayuso, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 123-132; Gabriel María Verd Conradi, «San Francisco Javier y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», en Congreso Internacional «Los mundos de Javier»: Pamplona, 8 a 11 de noviembre de 2006, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución «Príncipe de Viana»), 2008, pp. 487-508; Gabriel María Verd Conradi, «San Ignacio de Loyola y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 75, 2012, pp. 99-166; Gabriel María Verd Conradi, «Santa Teresa de Jesús y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 76, 2013, pp. 191-239; Gabriel María Verd Conradi, «“En tus penas el orbe sentimiento”. Una glosa hispano-mexicana del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», en Alain Bègue y Antonio Pérez Lasheras (eds.), Hilaré tu memoria entre las gentes: estudios de literatura áurea (en homenaje a Antonio Carreira), Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2014, vol. 2, pp. 327-342; Gabriel María Verd Conradi, «Fray Miguel de Guevara (O.S.A.), Alberto María Carreño y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 77, 2014, pp. 5-91; Gabriel María Verd Conradi, «Historia de la atribución a San Francisco Javier del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 78, 2015, pp. 27-104; Gabriel María Verd Conradi, «Las poesías del manuscrito de Fray Miguel de Guevara y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Nueva Revista de Filología Hispánica, 65.2, 2017, pp. 471-500; Gabriel María Verd Conradi, «El texto-tipo moderno del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”: en busca de una versión común», La Perinola. Revista anual de investigación quevediana, 25, 2021, pp. 301-324. Remito también a un trabajo de Elvezio Canonica disponible on line«Una oración en forma de soneto: “No me mueve, mi Dios, para quererte”. Entre espiritualidad jesuítica y mística sufí». En estos otros enlaces puede escucharse el soneto recitado por Jorge Trujillo Ortiz o cantado por Ximena Gray.