«Campanitas de Belén», villancico de Lope de Vega

Venid, que es hoy Nochebuena.
Venid, que es hoy Navidad…

Vaya para la noche de Nochebuena este precioso villancico de Lope de Vega, inserto en Pastores de Belén. Los humildes pastores han recibido la embajada angelical que les anuncia el nacimiento del Salvador, y ellos se preparan para acudir a adorarlo: «—Vamos a ver la inmensa maravilla que Dios ha usado con nosotros: pasemos hasta Belén y gocemos desta gloria que por tan altos y fidedinos embajadores nos ha sido prometida». Tras lo cual, añade el narrador:

No se les olvidaron algunos dones y presentes, aunque humildes (puesto que de los corazones y voluntades es el mejor para quien hizo todas las cosas criadas que estima el hombre), y con varios y dulces instrumentos comenzaron a regocijar la divina mañana de aquel venturoso día, de tal suerte que los demás vaqueros y pastores de aquellas cabañas se les iban juntando por el camino, y todos cantando ansí.

Nacimiento

Este es el texto del villancico que entonan:

Campanitas de Belén,
tocad al Alba, que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que de ella nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre.

Din, din, din, que vino en fin,
don, don, don, San Salvador,
dan, dan, dan, que hoy nos le dan,
tocan y tañen a gloria en el Cielo,
y en la tierra tocan a paz.
En Belén tocan al Alba
casi al primer arrebol
porque de ella sale el Sol,
que de la noche nos salva.
Si las aves hacen salva
al Alba del Sol que ven,
campanitas de Belén,
tocad al Alba, que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que de ella nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre.

Este Sol se hiela y arde
de amor y frío en su Oriente,
para que la humana gente
el Cielo sereno aguarde,
y aunque dicen que una tarde
se pondrá en Jerusalén,
campanitas de Belén,
tocad al Alba, que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que de ella nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre[1].


[1] Pastores de Belén, prosas y versos divinos de Lope de Vega Carpio. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Lérida, a costa de Miguel Manescal, mercader de libros, 1612. Cito por la edición electrónica de Enrique Suárez Figaredo (pp. 179-180), disponible aquí. Desarrollo los versos del estribillo.

«A la muerte de Cristo Nuestro Señor», de Lope de Vega

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
(saeta popular)

Cristo en la Cruz, de Zurbarán

Copio para este Viernes Santo uno de los romances de las Rimas sacras de Lope dedicados a la muerte de Cristo en la Cruz. Como certeramente anota su editor moderno, Antonio Carreño,

La movilidad de este narrador usando varias formas exclamativas y vocativas (exhortación, apóstrofe, ruego, figuración visual y táctil), al igual que el doble uso de espacios (interior, exterior) conmociona, espiritual y emotivamente, al lector ante el cuadro presente. Es parte del proceso imaginativo que establece san Ignacio en sus Ejercicios espirituales: consideración visual de un hecho cruento de la pasión, situación espacial, interiorización del hecho y, finalmente, sentimiento de culpa y arrepentimiento. De este modo, la situación imaginada mueve a contrición y motiva, finalmente, la plegaria[1].

Y, como sucede en otros textos similares del Fénix —gran pecador y gran arrepentido—, se llama aquí la atención (vv. 5-8, 47-48) sobre la dureza del corazón del hombre, tan insensible a veces que no se compadece ante el sufrimiento de Cristo, quien muere cruentamente para redimir de sus pecados a toda la humanidad.

La tarde se escurecía
entre la una y las dos,
que viendo que el Sol se muere,
se vistió de luto el sol.
Tinieblas cubren los aires,
las piedras de dos en dos
se rompen unas con otras,
y el pecho del hombre no.
Los ángeles de paz lloran
con tan amargo dolor,
que los cielos y la tierra
conocen que muere Dios.
Cuando está Cristo en la cruz
diciendo al Padre: «Señor,
¿por qué me has desamparado?»,
¡ay Dios, qué tierna razón!,
¿qué sentiría su Madre,
cuando tal palabra oyó,
viendo que su Hijo dice
que Dios le desamparó?
No lloréis, Virgen Piadosa,
que aunque se va vuestro Amor,
antes que pasen tres días
volverá a verse con vos.
¿Pero cómo las entrañas,
que nueve meses vivió,
verán que corta la muerte
fruto de tal bendición?
«¡Ay Hijo!», la Virgen dice,
«¿qué madre vio como yo
tantas espadas sangrientas
traspasar su corazón?
»¿Dónde está vuestra hermosura?
¿Quién los ojos eclipsó,
donde se miraba el cielo
como de su mismo Autor?
»Partamos, dulce Jesús,
el cáliz desta pasión,
que vos le bebéis de sangre,
y yo de pena y dolor.
»¿De qué me sirvió guardaros
de aquel Rey que os persiguió,
si al fin os quitan la vida
vuestros enemigos hoy?»
Esto diciendo la Virgen
Cristo el espíritu dio;
alma, si no eres de piedra
llora, pues la culpa soy[2].


[1] En Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, p. 648, nota.

[2] Tomo el texto de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 322, pp. 648-649. En el verso 21, añado la coma antes del vocativo.

Literatura de Pasión: el soneto de Quevedo «A la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre»

En fin, Francisco de Quevedo, aunque hoy quizá resulte más conocido para el público general por su faceta de escritor satírico y burlesco, cultivó igualmente diversos temas de la poesía grave (poemas encomiásticos, metafísicos, morales, amorosos…). En ese terreno de su poesía seria podemos encontrar algunos poemas religiosos tan emotivos como este, titulado «A la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre», en el que se recuerdan además (en los cuartetos) las señales ocurridas en aquel momento (eclipse, terremoto, etc.):

Muerte de Cristo

Pues hoy derrama noche el sentimiento
por todo el cerco de la lumbre pura,
y amortecido el sol en sombra obscura
da lágrimas al fuego y voz al viento;

pues de la muerte el negro encerramiento
descubre con temblor la sepultura,
y el monte, que embaraza la llanura,
del más cercano se divide atento;

de piedra es, hombre duro, de diamante
tu corazón, pues muerte tan severa
no anega con tus ojos tu semblante.

Mas no es de piedra, no, que si lo fuera,
de lástima de ver a Dios amante,
entre las otras piedras se rompiera.

Hasta aquí este recorrido panorámico por la literatura del ciclo de la Pasión en los autores españoles de los Siglos de Oro. Por supuesto, este tema se prolonga a lo largo de los siglos XVIII y XIX, y sigue con pujanza en el siglo XX y hasta llegar a nuestros tiempos, con muchos autores que ahora no me detengo a mencionar siquiera. Queda pendiente para otra Semana Santa.

Literatura de Pasión: «A Cristo en la Cruz», de Góngora

Pasemos, en nuestro recorrido por la literatura del ciclo de la Pasión, a don Luis de Góngora y Argote. De él sabemos que revolucionó el panorama de la poesía española cuando, a la altura de 1613-1614, empezaron a circular por la Corte madrileña copias manuscritas de sus grandes poemas, las Soledades y la Fábula de Polifemo y Galatea. Pero el que con piezas tan cultas como esas se ganase el sobrenombre de «Príncipe de la oscuridad», fue también «Príncipe de la luz» con sus letrillas y romances, fruto de su humor festivo y resultado del cultivo de otros registros graves.

Tal es el caso de este soneto religioso, titulado «A Cristo en la Cruz», en el que el yo lírico se pregunta qué cosa resultó mayor hazaña en Jesús, si humanarse en carne mortal o morir en la Cruz por salvar a todos los hombres:

Cristo en la Cruz, de Rubens

Pender de un leño, traspasado el pecho
y de espinas clavadas ambas sienes;
dar tus mortales penas en rehenes
de nuestra gloria, bien fue heroico hecho.

Pero más fue nacer en tanto estrecho
donde, para mostrar en nuestros bienes
a dónde bajas y de dónde vienes,
no quiere un portadillo tener techo.

No fue esta más hazaña, ¡oh gran Dios mío!,
del tiempo, por haber la helada ofensa
vencido en flaca edad, con pecho fuerte

—que más fue sudar sangre que haber frío—,
sino porque hay distancia más inmensa
de Dios a hombre que de hombre a muerte.

Literatura de Pasión: otro poema de Lope («Muere la vida y vivo yo sin vida…»)

Entrando ya de lleno en el Barroco, tenemos que traer a este panorama a un gran trío de poetas líricos, esos «primeros espadas» de la poesía española del XVII que son Lope, Góngora y Quevedo.

Lope de Vega constituye, en su persona y en su obra, una magnífica síntesis del Barroco, capaz de nobles transportes por las elevadas regiones del espíritu y capaz también de bajos vuelos a ras de tierra. Hombre, en fin, con algo de ángel y mucho de barro, es autor de numerosas poesías sacras donde nos transmite, en bellos versos, sus momentos de dolorido arrepentimiento. Tratándose del genial Lope, «poeta del cielo y de la tierra», lo difícil no es encontrar poemas suyos de subida inspiración y belleza que ilustren a la perfección el tema que nos ocupa; en su caso, lo difícil es seleccionar solo unos pocos entre los muchos posibles. Ya di entrada en una idem anterior al soneto que comienza «Pastor que con tus silbos amorosos…». Pero también merece la pena copiar este otro dedicado «A la muerte de Jesús»:

Cristo muerto sostenido por un ángel, de Antonello da Messina

Muere la vida y vivo yo sin vida,
ofendiendo la vida de mi muerte;
sangre divina de las venas vierte,
y mi diamante su dureza olvida.

Está la majestad de Dios tendida
en su dura cruz, y yo de suerte
que soy de mis dolores el más fuerte
y de su cuerpo la mayor herida.

¡Oh, duro corazón de mármol frío!
¿Tiene tu Dios abierto el lado izquierdo
y no te vuelves un copioso río?

Morir por él será un divino acuerdo,
mas eres Tú mi vida, Cristo mío,
y como no la tengo, no la pierdo.

Literatura de Pasión: dos textos anónimos

Quiero traer también a este panorama de la literatura del ciclo de la Pasión otros textos poéticos anónimos, «Dos romances de la Crucifixión», recogidos en la antología compilada por Roque Esteban Scarpa Voz celestial de España. Poesía religiosa (Santiago de Chile, Zig-Zag, 1944). Corresponden ambos a un registro popular y sencillo, y presentan la hermosa cadencia del octosílabo, que tan bien se ajusta a la prosodia del castellano.

El primero, cuyos cuatro primeros versos «suenan» a villancico tradicional, muestra el dolor de la Virgen María y alude, en su tramo final, al descendimiento de la Cruz del cadáver de su Hijo:

La Virgen se está peinando
debajo de una palmera;
los peines eran de plata,
la cinta de primaveras.
Por allí pasó José;
le dice desta manera:
—¿Cómo no canta la Virgen?
¿Cómo no canta la bella?
—¿Cómo quieres que yo cante,
solita y en tierra ajena,
si un hijo que yo tenía,
más blanco que una azucena,
me lo están crucificando
en una cruz de madera?
Si me lo queréis bajar,
bajádmelo en hora buena;
os ayudará San Juan,
y también la Magdalena,
y también Santa Isabel,
que es muy buena medianera.

El descendimiento de la Cruz, de Rubens

El segundo enumera las señales ocurridas al morir Cristo y destaca el poder salvador de su muerte y, al mismo tiempo, la soledad y el desconsuelo de su Madre:

Tierra y cielo se quejaba,
el triste sol se escondía,
la mar sañosa bramando
sus ondas turbias volvía,
cuando el Redentor del mundo
en la cruz puesto moría.
Palabras dignas de lloro
son aquestas que decía:
«Yo, Señor, en las tus manos
encomiendo el alma mía.»
¡Oh, mancilla inestimable!
¡Oh dolor sin compañía,
que el Criador no criado
criatura se hacía
por salvar aquellos mismos
de quien muerte recibía!
¡Oh, Madre excelente suya,
sagrada Virgen María!
Vos sola, desconsolada,
estabais sin alegría.

Literatura de Pasión: fray Luis de León

Un autor importante que tenemos que traer al recuerdo en este panorama literario del ciclo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo es fray Luis de León, cuya serena lírica constituye una de las cimas del Renacimiento español. Autor de numerosas poesías morales y religiosas, copio de él el fragmento inicial de su «Canción a Cristo crucificado», en la que el yo lírico pide a Jesús que vuelva sus «mansos ojos» para mirarle:

Inocente Cordero,
en tu sangre bañado,
con que del mundo los pecados quitas,
del robusto madero
por los brazos colgado,
abiertos, que abrazarme solicitas;
ya que humilde marchitas
la color y hermosura
de ese rostro divino,
a la muerte vecino,
antes que el alma soberana y pura
parta para salvarme,
vuelve los mansos ojos a mirarme.

Y reproduzco entera su oda «En la Ascensión», donde se pone de manifiesto lo «pobres» y «ciegos» que quedan los hombres en este mundo al producirse la ascensión de Jesús a los cielos (el rebaño de los fieles cristianos queda abatido con la ausencia de su amado Pastor):

Ascensión de Cristo

¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto;
y Tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

Los antes bien hadados,
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de Ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

A aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado,
estando Tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay, nube envidiosa
aun deste breve gozo!, ¿qué te aquejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

El soneto «No me mueve, mi Dios, para quererte…»

Un texto que no puede faltar en nuestro recorrido por la literatura del ciclo de la Pasión es el del famoso soneto «No me mueve, mi Dios, para quererte…». Se trata de una composición muy conocida, que ha generado abundante bibliografía[1] y que ha sido atribuida a numerosos autores (entre otros, a san Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús, y también a san Francisco Javier y a san Ignacio de Loyola, sin que haya faltado tampoco la atribución a Lope de Vega y otros escritores), pero que a día de hoy podemos seguir considerando anónimo.

El poema expresa la teoría del puro amor a Dios, al que el hablante lírico ofrece amar sin necesidad de un premio eterno (cielo) y temer sin necesidad de la amenaza de un castigo igualmente eterno (infierno). Nótese, en fin, que el poema puede entenderse como una «composición de lugar» ignaciana, en el sentido de que quien lo lee o recita tiene delante un crucifijo («muéveme el verte / clavado en esa cruz»; en otras versiones el texto lee «en una cruz»), siendo el Jesús enclavado el interlocutor al que se dirige la voz enunciadora del poema. Este es el texto del soneto (hay algunas variantes en las distintas versiones, que ahora no me detengo a considerar):

Cristo crucificado, de Zurbarán

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes qué dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.


[1] Ver, entre otros trabajos, los siguientes (en ellos se encontrará bibliografía adicional): Raymond Foulche-Delbosch, «Le sonet “A Cristo crucificado”», Revue Hispanique, 2, 1895, pp. 120-145; y 6, 1899, pp. 56-57; Domingo Hergueta, «El famoso soneto “A Cristo crucificado”, llamado también Acto de Contrición y Jaculatoria», Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, XXI, enero 1927, pp. 99-112; Sister Mary Cyria Huff, The Sonnet «No Me Mueve, Mi Dios» -Its Theme in Spanish Tradition, Washington (DC), The Catholic University of America Press, 1948; Marcel Bataillon, «El anónimo del soneto “No me mueve, mi Dios”», Nueva Revista de Filología Hispánica, IV, 1950, pp. 254-269; Eladio Esparza, «Sobre el soneto “No me mueve, mi Dios”», Príncipe de Viana, 38-39, 1950, pp. 105-110; Leo Spitzer, «No me mueve, mi Dios», Nueva Revista de Filología Hispánica, VII, 1953, pp. 608-617; Ignacio Elizalde, «Sobre el autor del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte…” y su repercusión en el mundo literario», Revista de Literatura, tomo 13, núms. 25-26, 1958, pp. 3-29; José Jurado, «Dos sonetos espirituales de José de Villarroel: imitaciones del “No me mueve, mi Dios”», Bulletin Hispanique, 77, 1-2, 1975, pp. 125-139; Luce López-Baralt, «Anonimia y posible filiación espiritual musulmana del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”»Nueva Revista de Filología Hispánica, XXIV, 1975, pp. 243-266; John V. Falconieri, «“No me mueve, mi Dios” —y su autor», en Eugenio de Bustos (ed.), Actas del cuarto Congreso Internacional de Hispanistas, vol. 1, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1982, pp. 491-500; Mark Kelly, «The Sonnet “No me mueve, mi Dios” and Sant John of the Cross», Bulletin of Hispanic Studies, 62.3, 1985, pp. 281-288; Manuel Alvar López, «Un aviso de San Juan de la Cruz y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», en Homenaje al profesor Darío Cabanelas Rodríguez, O.F.M., con motivo de su LXX aniversario, Granada, Universidad de Granada-Departamento de Estudios Semíticos, 1987, vol. 2, 1987, pp. 383-386; Margherita Morreale, «Apuntaciones para la lectura del soneto anónimo “No me mueve, mi Dios, para quererte” y del de Gabriel Fiamma “Qual paura, qual danno o qual tormento”», en Alberto Porqueras Mayo y José Carlos de Torres Martínez (coords.), Francisco Mundi Pedret (dir.), Estudios sobre Calderón y el teatro de la Edad de Oro. Homenaje a Kurt y Roswitha Reichenberger, Barcelona, PPU, 1989, pp. 419-456; Abilio Enríquez Chillón, «Sugerencias en torno al soneto “No me mueve, mi Dios”», Naturaleza y gracia. Revista cuatrimestral de ciencias eclesiásticas, 2, 2002, pp. 297-332; Gabriel María Verd Conradi, «El P. Roque Menchaca, San Ignacio y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 67, 2004, pp. 111-148; José Eugenio Uriarte, «Apuntamientos y extractos para una disertación sobre el soneto: “No me mueve, mi Dios, para quererte”: edición, notas y comentarios de Gabriel María Verd Conradi, S. I.», Archivo Teológico Granadino, 68, 2005, pp. 111-152; Gabriel María Verd Conradi, «El soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte” y su versión latina en los Países Bajos», Archivo teológico granadino, 69, 2006, pp. 49-70; Arnulfo Herrera, «Un avatar de San Francisco Xavier en su autoría del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», en Ignacio Arellano Ayuso, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 123-132; Gabriel María Verd Conradi, «San Francisco Javier y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», en Congreso Internacional «Los mundos de Javier»: Pamplona, 8 a 11 de noviembre de 2006, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución «Príncipe de Viana»), 2008, pp. 487-508; Gabriel María Verd Conradi, «San Ignacio de Loyola y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 75, 2012, pp. 99-166; Gabriel María Verd Conradi, «Santa Teresa de Jesús y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 76, 2013, pp. 191-239; Gabriel María Verd Conradi, «“En tus penas el orbe sentimiento”. Una glosa hispano-mexicana del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», en Alain Bègue y Antonio Pérez Lasheras (eds.), Hilaré tu memoria entre las gentes: estudios de literatura áurea (en homenaje a Antonio Carreira), Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2014, vol. 2, pp. 327-342; Gabriel María Verd Conradi, «Fray Miguel de Guevara (O.S.A.), Alberto María Carreño y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 77, 2014, pp. 5-91; Gabriel María Verd Conradi, «Historia de la atribución a San Francisco Javier del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 78, 2015, pp. 27-104; Gabriel María Verd Conradi, «Las poesías del manuscrito de Fray Miguel de Guevara y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Nueva Revista de Filología Hispánica, 65.2, 2017, pp. 471-500; Gabriel María Verd Conradi, «El texto-tipo moderno del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”: en busca de una versión común», La Perinola. Revista anual de investigación quevediana, 25, 2021, pp. 301-324. Remito también a un trabajo de Elvezio Canonica disponible on line«Una oración en forma de soneto: “No me mueve, mi Dios, para quererte”. Entre espiritualidad jesuítica y mística sufí». En estos otros enlaces puede escucharse el soneto recitado por Jorge Trujillo Ortiz o cantado por Ximena Gray.

«Pastor que con tus silbos amorosos…», de Lope de Vega

Los muchos años de zozobras de Lope de Vega, de vaivenes de la carne al espíritu… y vuelta a la carne, de grandes pecados y grandes arrepentimientos, culminarían con la impresión, en 1614, de sus Rimas sacras, colección poética en la que el yo lírico hace balance de su situación, se humilla ante Dios y pide compungido perdón por su descarrío, del que ahora se da plena cuenta (por ejemplo, en el soneto que comienza «Cuando me paro a contemplar mi estado…»). Y, así, las Rimas sacras son el resultado lírico de esa honda crisis espiritual:

Yo me muero de amor, que no sabía
—aunque diestro en amar cosas del suelo—,
que no pensaba yo que amor del cielo
con tal rigor las almas encendía.

El amor a Dios, el dolor de haberle ofendido y el arrepentimiento (que parece sincero) se plasman en bellísimos sonetos intensamente emotivos, como el que empieza «No sabe qué es amor quien no te ama…»; o este otro, que hoy me limito a transcribir[1]:

Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño;
Tú que hiciste cayado de ese leño,
en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguir te empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados;
pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?

Cristo crucificado, de Velázquez


[1] Como mínima referencia bibliográfica remito a Emilia I. Deffis de Calvo, «La figura del pastor en dos sonetos místicos de Lope de Vega», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 5.2, 1998, pp. 273-284.

Villamediana y el neoplatonismo como código poético

Cuando hablamos de neoplatonismo aplicándolo a la lírica del Siglo de Oro, no nos estamos refiriendo estrictamente a la escuela filosófica inaugurada por Plotino y continuada por Porfirio, Jámblico, Proclo y otros autores[1], sino a un reflejo, a una huella que ese cuerpo doctrinal dejó en la literatura barroca, por ejemplo en varios de los sonetos del conde de Villamediana que se irán comentando en entradas sucesivas de este blog. Por tanto, el concepto de neoplatonismo que manejo aquí remite, no tanto a una doctrina filosófica, sino más bien a un código poético que informa buena parte de la lírica amorosa del Siglo de Oro.

Plotino

En efecto, podríamos afirmar que, grosso modo, son tres las principales tradiciones que convergen en las teorías amorosas de la época barroca: por un lado, la tradición de la poesía trovadoresca y cancioneril inserta en los tópicos del amor cortés (el servicio a la dama, el «fino amor», el galardón, etc.); por otro, la rica influencia del dolce stil nuovo y de Petrarca y los post-petrarquistas (que insiste en el «endiosamiento» de la amada, convertida ya en una donna angelicata); y, en tercer lugar, una corriente neoplatónica o neoplatonizante (también idealizadora del amor y la mujer, basada en las teorías derivadas de los tratadistas del Renacimiento como Marsilio Ficino, Pietro Bembo o León Hebreo). A veces, los elementos procedentes de estas tres grandes tradiciones —en principio distintas— presentan sin embargo rasgos comunes o semejantes y en algunos textos resulta difícil discernir con exactitud qué pertenece a cada una de ellas. Ese sincretismo se da, especialmente, entre elementos petrarquistas y neoplatónicos. De hecho, Pozuelo Yvancos ha visto en el neoplatonismo de la lírica de los siglos XVI y XVII —en tanto sistema literario— un extraordinario esfuerzo de síntesis de todas esas corrientes y teorías amorosas[2].

De esas tres tradiciones (amor cortés, petrarquismo y neoplatonismo), es quizá la del petrarquismo la que proporciona a los poetas el fondo expresivo más importante a la hora de explorar líricamente las relaciones del triángulo formado por el amante, el Amor y la amada. Sobre ese sustrato, común a toda la poesía amorosa del Barroco, se insertan otros motivos de raigambre más bien neoplatónica que están presentes, con importancia y matices diferentes, en la poesía de Garcilaso, Herrera, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Salinas o el conde de Villamediana[3]. Y, como sucede con todo lo que por su repetición se convierte en tópico, esos lugares comunes —muy fácilmente identificables— terminan siendo susceptibles de ser parodiados; sirva de muestra el conocido soneto burlesco de Quevedo: «Quiero gozar, Gutiérrez, que no quiero / tener gusto mental tarde y mañana» (ed. Blecua, núm. 609): frente al amor intelectualizado («gusto mental»), reiterado hasta la saciedad en poemas y comedias de la época, la apicarada voz lírica quevediana proclama su deseo de gozar, voz que tenía un marcado y concreto significado sexual.

En definitiva, ese neoplatonismo literario —llamémosle así, para entendernos— que iremos estudiando ejemplificado en algunos textos del conde de Villamediana constituye un sistema literario que, nutriéndose no tanto de la doctrina neoplatónica original sino de sus comentadores y continuadores renacentistas, aporta un léxico procedente del campo de la filosofía, una serie de conceptos, una imaginería (metáforas, imágenes líricas…) y determinados recursos retóricos y expresivos. Ese código poético es, como decía, un patrimonio compartido por todos los poetas renacentistas y barrocos, un bien mostrenco sobre el que operará la peculiar originalidad temática y estilística de cada escritor, esto es —por decirlo con Pozuelo Yvancos—, su capacidad des-automatizadora de esos tópicos y motivos heredados la tradición[4].


[1] Ver José Alsina Clota, El neoplatonismo. Síntesis del espiritualismo antiguo, Barcelona, Anthropos, 1989.

[2] José María Pozuelo Yvancos, El lenguaje poético de la lírica amorosa de Quevedo, Murcia, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Murcia, 1979, escribe: «para nosotros las poéticas neoplatónicas actuaron de síntesis aglutinante de toda la macroestructura semántica del amor en la lírica de los siglos XVI y XVII» (p. 60). Más adelante añade que esas poéticas neoplatónicas son «un formidable esfuerzo de síntesis tópica de gran parte de los contenidos de la tradición cortesana y petrarquista a los que se incorporó, claro, un racimo nada despreciable de tópicos específicamente neoplatónicos» (p. 98).

[3] Este aspecto ha sido especialmente estudiado para la poesía de Quevedo; ver los trabajos de Otis H. Green, El amor cortés en Quevedo, trad. de Francisco Ynduráin, Zaragoza, Librería General, 1955; José María Pozuelo Yvancos, El lenguaje poético de la lírica amorosa de Quevedo, Murcia, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Murcia, 1979; Julián Olivares, La poesía amorosa de Francisco de Quevedo, Madrid, Siglo XXI, 1995; y Santiago Fernández Mosquera, La poesía amorosa de Quevedo. Disposición y estilo desde «Canta sola a Lisi», Madrid, Gredos, 1999. Para las teorías amorosas vigentes en el Barroco, los trabajos de Javier García Gibert, La imaginación amorosa en la poesía del Siglo de Oro, Valencia, Universidad de Valencia, 1997; y, de forma muy especial, el imprescindible trabajo de Guillermo Serés, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la Antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996. Para la influencia de Petrarca y el petrarquismo en España, los de Enrique Segura Covarsí, La canción petrarquista en la lírica española del Siglo de Oro: (Contribución al estudio de la métrica renacentista), Madrid, CSIC, 1949; Joseph G. Fucilla, Estudios sobre el petrarquismo en España, Madrid, Instituto «Miguel de Cervantes», 1960; María Pilar Manero Sorolla, Imágenes petrarquistas en la lírica española del Renacimiento, Barcelona, PPU, 1990; Gregorio Cabello Porras, Ensayos sobre tradición clásica y petrarquismo en el Siglo de Oro, Almería, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Almería, 1995; Ignacio Navarrete, Los huérfanos de Petrarca. Poesía y teoría en la España renacentista, versión española de Antonio Cortijo Ocaña, Madrid, Gredos, 1997, entre otros.

[4] Pozuelo Yvancos explica que la lírica amorosa de Quevedo «está construida y es explicable como desautomatización de la norma poético-lingüística renacentista, heredada en su mayor parte del petrarquismo» (El lenguaje poético de la lírica amorosa de Quevedo, p. 16).