Navarro Villoslada, poeta: «Miserere» y «¡Cuál yace desamparada…!»

El poema de Francisco Navarro Villoslada titulado «Miserere» (Obra poética, núm. 49), romance con rima en , es un lamento del yo lírico que se dirige compungido a Dios pidiendo compasión. Se trata, claro está, de una paráfrasis del salmo 51 (50): «Miserere mei, Deus, secundum misericordiam tuam…». Su estructura es circular: comienza con un «¡Compadécete, Dios mío, / compadécete de mí; / por tu gran misericordia / ten piedad de este infeliz!»; y termina —después de los yerros del pecador, que con sus actos ha negado en reiteradas ocasiones a Dios— con estas palabras: «¡Perdón, Dios mío, perdón; / ten piedad de este infeliz!».

Misericordia

Este es el texto del poema:

¡Compadécete, Dios mío,
compadécete de mí;
por tu gran misericordia
ten piedad de este infeliz!
La sombra de tu mirada
puede solo descubrir
del piélago de mis culpas
el negro abismo sin fin.
Yo seguía tus senderos,
yo, Señor, te conocí:
el único[1] bien que puede
hacer al hombre feliz;
y después de conocerte
yo te olvidé y te ofendí:
a tu luz cerré los ojos
y tu voz no quise oír.
Cuando me decías: «Vuelve»,
«No quiero», te respondí;
y mil veces me llamabas
y te negué más de mil.
Su faz cubrieron los ángeles
con sus alas de carmín
y debajo de sus alas
yo los sentía gemir.
Me mirabas compasivo
y en el rostro te escupí.
¡Perdón, Dios mío, perdón;
ten piedad de este infeliz![2]

Por su tema podría relacionarse con el núm. 53, el romance en que comienza «¡Cuál yace desamparada…!», que versa sobre la cautividad de la ciudad de Jerusalén como consecuencia de haberse apartado de Dios el pueblo elegido de Judá. El poema,fechado el 20 de julio de 1842, dice así.

¡Cuál yace desamparada
y en profunda soledad
la ciudad que antes solía
a cien pueblos cobijar!
Cual viuda desolada
la reina del mundo está;
la princesa de las gentes,
en dura cautividad.
De su infortunio en la noche
nunca cesó de llorar
a sus amigos llamando
que se burlan de su afán.
No hay una mano que intente
sus lágrimas enjugar
y sus contrarios la insultan
cuanto la temieron más.
La servidumbre esquivando
huyó de Salem Judá,
pero en extrañas naciones
no sosegaba jamás.
Y cuando lejos la vieron
de su muro maternal
acósanla sus rivales
y lógranla encadenar.
Desde entonces, ¡oh dolor!,
cubiertos de luto están
los caminos de Sión
en toda solemnidad.
Crece sin temor la yerba
en medio de su arenal:
como no hay quien venga al Templo,
ninguno la huella ya.
Sus puertas están por tierra,
sus ministros sin altar,
las doncellas sin aliño
y oprimida la ciudad.
La corona de su frente
ciñe otra frente rival
y su enemigo se adorna
con su pompa y majestad.
Cubierto de tus despojos
te abandona a la orfandad,
y del carro de su triunfo
tus hijos tirando van.
Vuelve, Salem, a tu Dios,
vuelve contrita la faz,
que es tamaña desventura
castigo de tu maldad[3].


[1] el único: el texto original trae en el único, que hace el verso largo; enmiendo suprimiendo en.

[2] Incluido en Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 49, pp. 224-225.

[3] Incluido en Navarro Villoslada, Obra poética, núm. 53, pp. 230-232.

Navarro Villoslada, poeta: «Oración para después de haber comulgado»

En mi edición de la Obra poética de Navarro Villoslada, publicada en 1997 por el Gobierno de Navarra, ofrecía un corpus total de 54 poemas, 31 que habían sido previamente publicados y otros 23 que permanecían inéditos hasta ese momento. Todos esos poemas que forman la producción poética del escritor de Viana los agrupaba por sus temas en varios apartados que, de mayor a menor importancia, eran: 1) poemas de tema religioso; 2) poemas de tema moral; 3) poemas de tema político; 4) poemas «de circunstancias»; 5) poemas amorosos; 6) poemas satíricos y burlescos; y 7) otros poemas varios. En sucesivas entradas iremos examinando esa producción, mucho menos conocida que sus novelas históricas, con la idea de dar a conocer y comentar sucintamente esos textos.

Ciertamente, es en la temática religiosa donde encuentra Navarro Villoslada su vena más inspirada. Conociendo su carácter y su pensamiento, no extraña que así sea. Incluía en mi edición de 1997, en el apartado de poemas religiosos, los números 5, 15, 17, 18, 19, 20, 23, 28, 31, 49, 50, 51, 52, 53 y 54. Algunos de sus títulos son ya bien significativos; así, escribió una «Oración para después de haber comulgado» (núm. 18), el poema que quiero comentar hoy. Se trata de una lira, dividida en 10 formas paraestróficas con la rima habitual 7a 11B 7a 7b 11B, la cual presenta los beneficios que el Cuerpo de Cristo, verdadero alimento espiritual del cristiano («dulce manjar»), reporta a su alma:

Dentro de mí no cabe
el gozo en que rebosan mis entrañas;
en bálsamo süave,
en aromas extrañas,
en olas de tu gloria el alma bañas.

Vestido de hermosura,
vienes, Señor, iluminando el viento,
para colmar de hartura
este labio sediento,
y tu esencia me das en alimento.

El yo lírico, en comunión con Dios, no desea romper ese estado de gracia y exclama: «Antes, ¡ay!, de pecar venga la muerte». E insiste en la misma idea en las palabras finales: «¡Ahora que estás conmigo / torna al Cielo, mi Dios, que yo te sigo!».

the-savior-juan-de-juanes

Este es el texto completo del poema, en el que se aprecian ciertos ecos de claro sabor sanjuanista:

¡Bendito Dios del Cielo,
que mi seno escogiste por morada!
¡Inefable consuelo
del alma enajenada,
que en tus brazos se duerme regalada!

Señor de los señores,
que en cien mundos y cien moras estrecho,
¿cómo, buscando amores,
desciendes a mi pecho,
y en él tu trono deslumbrante has hecho?

Ángeles y querubes
con santa emulación mi gloria miran
y en nacaradas nubes
se acercan, se retiran,
y tanta dicha atónitos admiran.

Sí, que en blando regazo
tu Madre te estrechó recién nacido,
con menos fuerte abrazo
que a mi seno querido
con vínculos de fuego te has unido.

Dentro de mí no cabe
el gozo en que rebosan mis entrañas;
en bálsamo süave,
en aromas extrañas,
en olas de tu gloria el alma bañas.

Vestido de hermosura[1],
vienes, Señor, iluminando el viento,
para colmar de hartura
este labio sediento,
y tu esencia me das en alimento.

¿Quién para dicha tanta,
para tanto favor, quién es el hombre?
Ánima mía, canta
de Dios el santo nombre,
y haz que al impío su bondad asombre.

¡Oh, cuál me saboreo
con tu dulce manjar! ¿Y he de perderte,
dulcísimo recreo,
después de poseerte?
Antes, ¡ay!, de pecar venga la muerte.

De tu pecho la llaga
es manantial perenne de dulzura;
y el que en ella se embriaga,
lejos de su onda pura,
¿dónde templa su sed sin amargura?

¡Oh, buen Jesús!, el mundo,
desde tus alas visto al blando abrigo,
inspira horror profundo.
¡Ahora que estás conmigo
torna al Cielo, mi Dios, que yo te sigo![2]


[1] «Vestido de hermosura» es verso de evidente reminiscencia sanjuanista; recuérdese la respuesta de las criaturas en el «Cántico espiritual»: «Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura, / y, yéndolos mirando, / con sola su figura / vestidos los dejó de hermosura».

[2] Incluido en Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 18, pp. 122-124.

Francisco Navarro Villoslada, poeta

ObraPoeticaAdemás de otros variados géneros literarios, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) cultivó también la poesía lírica. Sin embargo, esta actividad poética de este escritor nacido en Viana (Navarra) es, sin duda alguna, una faceta prácticamente desconocida, para el público en general y para la crítica especializada en particular. Hace unos años la intenté recuperar en un libro dedicado a editar su Obra poética[1], en el que ofrecía el corpus completo de sus poesías (todas las que publicó en vida y varias más que dejó inéditas). Además, dado que apenas se había comentado nada de la faceta de Navarro Villoslada como poeta, quise que el análisis que precedía a los textos de sus composiciones líricas fuese bastante detallado, dando un comentario temático, métrico y estilístico de sus poemas. Este año 2018 en que conmemoramos el Bicentenario del nacimiento de Navarro Villoslada es una buena ocasión para volver a ocuparnos de esta olvidada faceta suya  como poeta.

En el número de Pregón de 1968 José María Corella ofrecía un artículo titulado «Navarro Villoslada, autor dramático», queriendo resaltar con ese epígrafe que el de Viana también había escrito piezas dramáticas. Pues bien, podemos calcar ese título para destacar ahora la actividad poética de nuestro escritor: Navarro Villoslada también fue poeta, aunque en las historias de la literatura española casi nunca se suele mencionar esta faceta. Igualmente, en las antologías de poesía española, en general, o específicas del siglo xix[2], ni es mencionado ni se incluye ninguno de sus poemas. Es más, ni siquiera todos los críticos que han estudiado la historia literaria de Navarra y que, por tanto, han dedicado unas líneas al escritor vianés, dicen algo al respecto (así sucede, por ejemplo, en la antología realizada bajo la dirección de Ignacio Elizalde). Por supuesto, no es que Navarro Villoslada sea el primer poeta del momento en que vivió, eso es evidente; pero cuando menos debería conocerse que escribió poesía y que, si no todas, algunas de sus composiciones poseen cierta calidad y algunos aciertos notables.

Así pues, esta parte de su producción no había sido estudiada hasta ahora. Todo lo más, se pueden espigar algunas breves opiniones de quienes han hablado de él: Ferrer del Río, en 1849, ya señaló que había escrito «varios ensayos dramáticos y algunas poesías notables»[3]; Laurentino María Herrán[4] indica que fue «menos poeta que novelista», pero «sin embargo, también escribió versos aceptables»; Manuel Iribarren indica que «fue un correcto y entonado poeta» y añade: «Su “Oda a la Virgen del Perpetuo Socorro” es buena prueba de su inspiración y capacidad poética»[5]; Celia López Sainz señala: «Como poeta cultivó con fortuna la oda heroica y la sagrada; también la sátira, que lanzó contra sus enemigos»[6]; en fin, José Ramón de Andrés Soraluce afirma que «la poesía es consustancial al arte de Villoslada»[7]. Así es, si tenemos en cuenta las numerosas poesías que esbozó, especialmente en sus años de juventud, y que se conservan entre los papeles de su Archivo[8] (son, sobre todo, anacreónticas que siguen el modelo de Meléndez Valdés, o versos de entonación patriótica, cuyo modelo sería Quintana). El Padre Juan Nepomuceno Goy, que pudo manejar esa documentación, fue el primero en llamar la atención al respecto:

De Navarro Villoslada poco o casi nada se ha escrito hasta ahora. Pero aun entre los que le conocen por orales referencias serán contados los que se hayan formado de él una idea justa como poeta. […] Villoslada fue poeta, y poeta fecundísimo, y poeta verdaderamente inspirado. Hasta cierta época, muy cerca del 50, escribió versos, iba a decir a granel[9].

Mi trabajo del 2007 pretendía, por tanto: 1) dar el corpus completo de las poesías líricas publicadas de Navarro Villoslada[10] (que se encuentran dispersas en diversas revistas, algunas de carácter local como La Avalancha, la Revista Euskara o Euskal Erria, y otras cuya consulta solo es posible en hemerotecas: Boletín del Instituto Español, El Arpa del Creyente; al final, en la Bibliografía, doy las referencias completas de dónde se localizan); 2) añadir algunos textos inéditos especialmente interesantes por su calidad o por su valor documental; y 3) ofrecer un intento de ordenación temática del conjunto de su poesía, con una breve glosa o comentario de cada composición. Son contenidos que iré recuperando en sucesivas entradas.


[1] Ver Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, estudio preliminar y edición de Carlos Mata Induráin, presentación por Kurt Spang, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997.

[2] Así sucede con el libro Poesía española del siglo xix, ed. de Jorge Urrutia, Madrid, Cátedra, 1995, que incluye sin embargo poesías de otros autores mucho menos conocidos.

[3] Álbum biográfico, Madrid, Oficinas del Semanario Pintoresco Español, 1849, p. 87.

[4] Laurentino María Herrán, «La Inmaculada en la literatura de los siglos xviii-xix», Estudios Marianos, año XIV, vol. XVI, Madrid, 1955, p. 382. Reproduce algunos versos «Las ermitas», indicando que es una composición «curiosa por su tono polemista frente a la concepción inglesa de la vida, en que hace la apología de las ermitas marianas que siembran el suelo de España».

[5] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970, pp. 157-158.

[6] Celia López Sainz, «Francisco Navarro Villoslada, autor de Amaya, la Ilíada de los vascos (1818-1895)», en Cien vascos de proyección universal, Bilbao, Editorial La Gran Enciclopedia Vasca, 1977, p. 383.

[7] Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. VII, p. 110.

[8] El Archivo de Navarro Villoslada, conservado hasta fecha reciente por sus bisnietos, los Sres. Sendín Pérez-Villamil, en Madrid y Burgos, fue cedido a la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Navarra —con motivo del Centenario de 1995—, donde actualmente me ocupo de su estudio y catalogación. Una vez más debo recordar la generosidad de los descendientes del escritor, que me han dado todo tipo de facilidades para cuantas investigaciones he emprendido sobre su ilustre antepasado.

[9] Padre Juan Nepomuceno Goy, «Flores del cielo. Don Francisco Navarro Villoslada», La Avalancha, 1914, pp. 113-114. Comenta además: «¿Quién dirá que no era poeta el autor del “Himno a Calderón”, de una contextura tan recia, tan viril, tan limpia de ripios banales, que recuerda las más lapidarias estrofas de Núñez de Arce?». Y añade más tarde (p. 246) que en los años 40 Navarro Villoslada escribió «un lujoso tren de poesías, algunas de ellas dignas de asomarse a la posteridad sin sonrojo, antes con mucha ufanía».

[10] Excluyo su ensayo épico Luchana, que es poesía narrativa: un largo poema en endecasílabos heroicos, distribuidos en tres cantos.

El soneto «Sábado Santo» de Antonio Trujillo Téllez

Este texto pertenece al volumen Diario lírico. Dios y yo (1988) de Antonio Trujillo Téllez, escritor nacido en 1923, autor de otro poemario titulado Belén de barro (Sevilla, Edelce, 1953), en el que las poesías van acompañadas de ilustraciones de José Ángel Ordóñez. El soneto que ahora nos interesa, que es todo él un apóstrofe al «Señor» (vv. 1 y 9), se articula en los dos cuartetos como una enumeración de cuatro elementos del cadáver de Cristo, que van de lo más general a lo particular (cuerpo, rostro, boca, ojos). Los puntos suspensivos al final de los vv. 2, 4, 6 y 8 intensifican la sensación de tristeza y desazón que causa la visión del cuerpo muerto de Jesús, pero al mismo tiempo se anuncia ya su inminente resurrección (los ojos, en concreto, «aguardan el momento / de que un alba, de nuevo, los despierte», vv. 7-8). Los tercetos manifiestan la voluntad del hablante lírico tras contemplar el cuerpo del Salvador: grabar a fuego «esa imagen de paz y de sosiego» (v. 11) que transmite para, a continuación, quedar ciego «por no olvidar los rasgos de tu cara» (v. 14).

Sabado Santo

El soneto completo es como sigue:

Ese cuerpo, Señor, desnudo e inerte
que aún transpira el perfume del ungüento…
Ese rostro sereno y macilento
como un lirio agostado por la muerte…

Esa oculta tristeza que se advierte
en tu boca sumida y sin aliento…
Esos ojos que aguardan el momento
de que un alba, de nuevo, los despierte…

—Yo quisiera, Señor, grabarme a fuego,
para evitar que el tiempo la borrara,
esa imagen de paz y de sosiego.

Y una vez en mis ojos presa y clara
yo quisiera después quedarme ciego
por no olvidar los rasgos de tu cara[1].


[1] Antonio Trujillo Téllez, Diario lírico. Dios y yo, Mérida, Parroquia de Cristo Rey, 1988, p. 65. Cito por Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 155.

Un soneto «A Cristo en la Cruz» de Lope de Vega

Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión
(popular)

Ya en años anteriores hemos dado entrada en este blog a poemas de Lope de Vega dedicados a la Pasión y Muerte de Cristo. Así, por ejemplo, los titulados «A Cristo en la Cruz» (romance), «A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», «A la muerte de Cristo Nuestro Señor» o «Al entierro de Cristo», además del soneto que comienza «Muere la vida y vivo yo sin vida…» o el célebre «Pastor que con tus silbos amorosos…». Vaya para este día de Jueves Santo una nueva composición del Fénix —¡gran pecador y gran arrepentido!—, el Soneto LXXIII de sus Rimas sacras, «A Cristo en la Cruz», que muestra el arrepentimiento del hablante lírico, que se sabe alejado de Dios («¿adónde voy de tu hermosura huyendo?», v. 2; «las espaldas pude yo volverte», v. 13), conoce sus pecados («tu rostro ofendo», v. 3) y se avergüenza de ellos («me avergüence de ofenderte tanto», v. 8); y que se dirige contrito en apóstrofe a «Cristo santo» («vida de mi vida», v. 1, y «mi dulce amor», v. 10). Nótese además el bello encabalgamiento de los vv. 9-10, «mis perdidos / pasos», que resalta, desde el punto de vista rítmico, el estado de «confuso espanto / de ver que me conozco y no me enmiendo» (vv. 5-6).

Cristo en la Cruz, de Federico Barocci
Cristo en la Cruz, de Federico Barocci.

Este es el texto del soneto:

¡Oh vida de mi vida, Cristo santo!,
¿adónde voy de tu hermosura huyendo?
¿Cómo es posible que tu rostro ofendo,
que me mira bañado en sangre y llanto?

A mí mismo me doy confuso espanto
de ver que me conozco y no me enmiendo;
ya el Ángel de mi guarda está diciendo
que me avergüence de ofenderte tanto.

Detén con esas manos mis perdidos
pasos, mi dulce amor; ¿mas de qué suerte
las pide quien las clava con la suyas?

¡Ay Dios!, ¿adónde estaban mis sentidos,
que las espaldas pude yo volverte,
mirando en una cruz por mí las tuyas?[1]


[1] Cito por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, p. 331, con algún ligero retoque en la puntuación. Figura reproducido en Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 131.

«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: valoración final

José Luis Tejada propone en Prosa española[1] acabar con las «posturas disyuntivas» de esta «estirpe disyuntiva» española; olvidar el pasado rencor, que no es sino «memoria muerta» de una «hornada belicosa», y mirar al futuro con esperanza, olvidando los viejos maniqueísmos: «Y además, que aquí nadie juega más / a los malos y a los buenos» (p. 31). Plantea una reconciliación nacional sólida y duradera, una paz de la que quizá su generación ya no pueda disfrutar, pero sí sus hijos, que son el futuro y la esperanza.

Monumento_Tejada

De hecho, la voz lírica se sitúa a medio camino entre una generación que vivió activamente la guerra y esa otra generación futura que deberá gozar la paz y el olvido, como indica el poema «Desde mi punto muerto»[2]. A los jóvenes corresponde el abrir «de par en par la palabra» (p. 16) y avanzar todos juntos de consuno, sin más divisiones: «ahora hay que cantar a coro» (p. 34). Ahora, grita el poeta, es el momento de olvidar la «voz armada» (poema «Delitos»), de buscar el «amor que une», el «olvido que lava», el respeto mutuo que garantice la convivencia, para «preparar las sendas / a un futuro sin más revanchas» («Estos versos se quedan solos…»). Pero su deseo ya no se limitará solo a España, sino que abarcará al mundo entero, anhelando una humana vivencia en fraternidad universal. En suma, el mensaje que nos lanza al corazón José Luis Tejada es que nos olvidemos de los diversos «yo» individualistas y que formemos entre todos un «nosotros» colectivo y solidario gracias al cual podamos en el futuro, como decía con bellísima expresión en el poema «Reclamación»[3], hablar siempre «en paz alta»[4].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] «A caballo mi vida entre la vida / de los de ayer y de los de mañana, / con una mano asida a mis recuerdos / y con otra a mi esperanza». También en el primer soneto de «Tríptico de la Libertad» contrapone «lastres de ayer, tirones de mañana» (p. 49).

[3] Perteneciente a Razón de ser.

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: notas sobre el estilo y la métrica

Apuntaré unas notas mínimas sobre el estilo y la métrica en Prosa española de José Luis Tejada[1], pues mi análisis de este poemario, en entradas anteriores, ha sido fundamentalmente temático. Cabe destacar la abundancia de los juegos de palabras, consistentes en zeugmas dilógicos, paronomasias, figuras derivativas o en la modificación jocosa de los elementos componentes de una frase hecha: da contradiós (p. 14); mucho ruido y pocas… veces (p. 39); dolido de por muerte (p. 41); déjanos ya los ramos y los remos (p. 43); y nada menos real que mi real gana (p. 49); primaverar, grisar (p. 59); Andalucía no anda muy ‘lucía’ (p. 59), Castilla se encastilla (p. 59); Canonizada, la bomba / ya es zambomba (palabra que debemos pronunciar con seseo, para mejor entender el chiste: es San-bomba, p. 60); ámbitos nuevos siemprevírgenes (p. 64); un sol mismo / que nos parió parientes y parejos (p. 66); cadena de ese hierro, de ese yerro (p. 67); del compartir del pan, del compañero (p. 67); la historia / esta del Hambre, hembra del hombre, Universal (p. 72); fallo fallido (p. 73); etc.

JoseLuisTejada

Por lo que toca a la métrica, me interesa destacar que los versos cortos, en especial los quebrados, aportan un tono juguetón, irónico o burlesco, mientras que los versos largos y las formas métricas tradicionales (así, todos los sonetos), con su tono más sobrio y serio, constituyen el vehículo preferente para reflexiones más profundas. Cierto tono festivo proporcionan igualmente las rimas internas (por ejemplo, en las pp. 36, 37, 39). Por lo demás, destaca la presencia, en ocasiones, de pequeñas salidas de tono, en busca de un efecto sorprendente que llame la atención del lector; así, el poema «Si alguien mata a Caín» se remata con el verso «y así nos luce sobre el cráneo el pelo» (p. 68)[2].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: el poeta y el papel de la poesía

Respecto al sentimiento de fraternidad universal, José Luis Tejada se refiere en reiteradas ocasiones en su poemario Prosa española[1] a «esta única [familia] que somos»; el mundo es un hogar-tierra en el que todos hemos sido paridos «parientes y parejos». Y nos recuerda que solamente «la ganzúa / derecha del amor» puede salvarnos; y que «Sólo se ha dado al Amor / todo el poder en la tierra»[2].

Hogar-Tierra

Unida a estos dos temas, existe también una reflexión sobre el poeta y el papel de la poesía en «Coplas de las aguas turbias», donde comenta que la poesía se ha hecho ética, comprometida en la denuncia del presente, olvidando que debe ser en primer lugar estética[3]; a su vez, en las «Coplas de la mala racha» Tejada aboga por una poesía, más que social, popular[4]. Por último, en «Cuidemos este son», tras expresar su admiración por todas las modalidades del cante popular, tan querido y practicado por Tejada, manifiesta su deseo de que «el varón dolido y pobre» pueda encontrar en él materia diaria «para la rebelión y la esperanza»[5].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Esta preocupación por la convivencia humana solidaria no es exclusiva de Prosa española, sino constante en la poesía de José Luis Tejada. En el primer terceto de «Amor es la razón» —de Razón de ser (1967), recogido en Poemía, p. 93— escribía: «Estas con los demás aunque no quieras / y los demás en ti y aun Dios con todos // trascendiendo tu nada con su abismo». En el primer poema de Razón de ser, «Misterio doloroso», afirmaba: «Es vivir irse dando restregones / sangrientos contra el quicio / del corazón más prójimo» (p. 11); y en «La peste a bordo», de ese mismo libro, se mostraba convencido de que «Nos perderemos / si no aprendemos a salvarnos juntos» (p. 47).

[3] «Lo social / se imprime, pero no cunde» (p. 29).

[4] «¿Y si al verso se le echara / una mijita de sal / y un chorrito de agua clara? / ¿Eh?… ¿Qué tal? // A lo mejor resultaba / que no resultaba mal / y a la gente le gustaba. // Y al final, / tal poesía / ¿no sería / más social?».

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: el símbolo de la casa

Como hemos podido comprobar en las entradas anteriores, los principales temas del poemario Prosa española[1] de José Luis Tejada son dos: 1) una reflexión sobre la situación de España tras la guerra civil: el autor ve necesaria en el presente una reconciliación nacional, superadora del pasado, que garantice a todos los españoles un futuro libre y esperanzado[2]; y 2) una llamada a vivir la fraternidad universal de todos los seres humanos, hermanos en Cristo[3].

Para aludir a la situación española, José Luis Tejada recurre en distintas ocasiones a un símbolo claro, el de la casa común. Así, en el poema «Desde mi punto muerto» leemos los versos: «Rencor, memoria muerta, ¿hasta qué día / seguirás infectándonos la casa, / cegando los resquicios al olvido, / emponzoñando incluso la nostalgia?» (p. 14). La imagen reaparece en «Letra para una joven cantante»: «Parece ser —no me lo han dicho— que algo anda mal dentro de casa» (p. 18). Y también en «Cuestión», que empieza con la pregunta: «¿Fue necesario edificar la casa / esta, sobre tamaño monte de escombros vivos» (p. 19). En «Oración por los españoles sin España» se habla de «esta lágrima / que desborda la casa»; y más adelante se desarrolla la idea; el símbolo, teñido hasta ahora con tintes negativos, se carga de matices positivos al augurar que los exiliados, cuando vuelvan a España, se acercarán al calor del fuego de la casa: «Y cuando asomen por la puerta inmensa / de tus lindes […] / que nadie les pregunte […], / que sólo quieren / arrimar más la silla a tu candela» (p. 24). España será para ellos no solo el fuego, sino también el pan y el agua que necesitan para vivir[4]. En suma, ahora el poeta defiende con sus versos la construcción de una España diferente, vista como una casa cómoda y habitable en la que todos tengan cabida.

Casa

En la tercera parte, esa imagen de la casa no se referirá solo a España, sino que se extenderá a todo el mundo. Así, «Dices tú…» es una invitación a no cerrar la cancela del hogar, para que los demás no queden fuera, «privados de tu mesa y tu calor». En cambio, en la sección tercera, «La casa», de «Si alguien mata a Caín», se reitera este símbolo en su lectura negativa: «La casa fue una resta, no una suma»[5].

Volviendo a España, es interesante otra imagen que nos la presenta como un vestido desgarrado: en «Hablando en plata», el poeta protesta: «que ya está bien de desgarrones / sobre la pobre piel de España» (p. 17, tomando la imagen de la superficie de la península como una piel de toro extendida); en el soneto «Exules filii Hispaniae» leemos: «Que ya no más desgarren tus costuras» (p. 21); y en «Oración por los españoles sin España» se dirige a ella como «remendadora de tu propio cuero» (p. 23). En «Desde mi punto muerto» Tejada llama a España «madre común» («y es la madre común la que está en juego», p. 15); y lo mismo en «Oración por los españoles sin España», donde se habla de «Madre común España», y luego de «madre abuela» (pp. 23 y 24); en fin, hay que recordar que el título de la tercera parte del poemario es «Tierra madre», que puede aludir tanto a España como al mundo. Otras imágenes interesantes, aunque menos repetidas, con alusiones únicas, nos presentan a España como una novia con varios pretendientes, cada uno de los cuales quiere que sea de una forma distinta (en «En qué consiste ser español», donde afirma que solo sabemos «matarnos y morir» por sus pedazos, p. 22); también como flor marchita (en «Exules filii Hispaniae», p. 21) y como rosa y viuda fiel (en «Oración por los españoles sin España», p. 23)[6].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Es preocupación presente en otros libros poéticos de Tejada; por ejemplo, en la «Evocación final» de Para andar conmigo señalaba que era necesario ventilar los campos de Castilla (podemos leer España) «de los rastrojos cárdenos del odio / y de un rencor de brozas amarillas».

[3] Aunque en este poemario no se tocan temas religiosos, esa fraternidad universal que proclama Tejada está basada, se insiste, en que todos somos hijos de Dios.

[4] Tejada no evita alusiones que pudieran resultar sangrantes, como los elevados precios de la vivienda (p. 33) o la referencia a los estraperlistas (p. 36).

[5] Y sigue así: «“Lo mío” fue un “no tuyo”. Signos “menos” / dibujaban la tranca de una puerta, / la lanza, la alambrada del lindero. // Y le crecieron dientes como almenas / a la casa por cima de los techos / y los duros portales se estrellaron / contra las frentes de los más pequeños» (p. 57).

[6] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (4)

La cuarta sección de Prosa española[1], «El maestro», se refiere a Cristo, cuya Cruz es bellamente interpretada como un signo más frente a tantos signos menos alzados por los hombres; el yo lírico se lamenta de que no se haya entendido su mandato de amor fraterno, «Amaos». Y el siguiente poema, «No (Salmodia pobre por los torturados)» (pp. 69-70), insiste por enésima vez en la necesidad de cultivar el amor entre los hombres, entre hermanos, pues que todos lo somos en Dios, como expresa esta quintilla:

Somos un Todo sagrado
capaz de herirse a sí mismo.
Somos un místico abismo
de fondo nunca explorado.
Eres, somos, soy sagrado.

Luego manifiesta su voluntad de hacer algo por los más desprotegidos: «Quiero querer ofrendarme / por todos los maltratados». Explica que en esta vida todos debemos vernos reflejados en los otros, mirarnos en las caras de los demás como en un espejo, porque todos somos hermanos. Y luego exclama: «Caiga el arma de la mano», «Danos a luz. Abre el día»; tales son las peticiones que hace al Amor, cuyo poder ha proclamado en este poema, y que así, con mayúscula, debemos identificar con Dios.

«Futuro perfecto» (p. 71) expresa la idea de que nuestros nietos se sorprenderán de la violencia de finales del siglo XX, de este «turbio ahora» en el que encuentra «toda esa verdinegra, casi sólida hiel» y «chorros, diluvios de violencia»; pero ellos, en fin, podrán salvar las «turbias tapias» que impedían «este sol que trajimos / salvajemente hasta su paz de entonces». En «Sodoma» (p. 72) el poeta se dirige a un tú que solo sabe hablar de «los míos»[2], recordándole que para salvar las dificultades se precisa «un puente de hombros múltiples» del que cada uno de nosotros es un tramo. Le recuerda asimismo que todos, esclavos o verdugos, somos «de la simiente de Eva / y de Cristo» y que «Lo que peligra es toda la ciudad», apostillando: «Y al cabo, quién te dice que no eres / tú ese justo que faltas / para la cifra que nos salve a todos»[3].

Sodoma

El último poema, «Delitos» (p. 73), empieza recordándonos que: «Toda guerra es civil, toda reyerta, / familiar, / todo pleito injusto, todo / fallo fallido si condena». Todos somos culpables, parece querer decir el poeta, de esa sarta de males que atenazan al mundo: violencias, ofensas, violaciones, ejecuciones, raptos… Incluso los que callan —«la abstención congelada de los indiferentes»— cometen un crimen. Además, todos estos delitos tienen el agravante «de alevosa consanguinidad» por ser cometidos contra nuestros propios hermanos. El poemario se remata con una composición de dura condena, y con un tono que parece negativo o desesperanzado. Sin embargo, no deja de ser significativo que la última palabra sea precisamente consanguinidad, que nos recuerda la idea que Tejada ha defendido en esta tercera parte: que todos los hombres somos una sola sangre, seamos blancos, negros, azules o amarillos[4].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] La misma idea en otros dos poemas anteriores, «Dices tú» y «Si alguien mata a Caín».

[3] El lema es «No destruiré la ciudad en atención a los diez (Yahvéh)» (palabras que corresponden al pasaje bíblico en que Abraham intercede por Sodoma, Génesis, 18, 20-32).

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.