Aparece Jerónima de Burgos en la vida del Fénix

Calle de Lope de Vega en MadridEl 28 de enero de 1607 nace Lope Félix, Lopillo, el último de los hijos del dramaturgo con Micaela Luján, que recibe el bautismo en Madrid el 7 de febrero (queda inscrito con el nombre de Lope Félix de Carpio y Luján)[1]. La madrina fue la comedianta Jerónima de Burgos, y Lope, un auténtico vendaval amoroso, va a sumar esta mujer a su ya larga lista de amantes. La relación, en cualquier caso, no se desarrolló de forma continuada, sino ocasional, con períodos de separación y reencuentros.

Además, a partir de 1608 ya no se tienen más noticias de Micaela de Luján, y aunque parece que ella vivía todavía a la altura de 1612, los hijos Marcela y Lope Félix quedarían al cuidado del padre.

Firma de Lope de Vega


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope entra al servicio del duque de Sessa

Lope va a tomar a partir de ahora nuevos rumbos en su intento de acercamiento a la nobleza cortesana[1]. En agosto de 1605 viaja de Toledo a Madrid (quizá con motivo del fallecimiento de su hermana, Isabel del Carpio) y conoce a don Luis Fernández de Córdoba y Aragón, el joven duque de Sessa (sexto en el título) y de Baena y almirante de Nápoles. Entra a su servicio como secretario no oficial y confidente, y con él mantendrá una estrecha y particular relación hasta el final de sus días. Lope (43 años, frente a los 23 del joven noble, aficionado a las letras y a las mujeres) va a ayudarle en sus galanteos, le escribirá los billetes amorosos, le servirá en suma de alcahuete en sus aventuras. En próximas entradas se desarrollará más por extenso todo lo relacionado con su servicio al duque de Sessa.

Escudo del ducado de Sessa

Podemos señalar otros hitos importantes en estos años. En 1606, año en que la corte retorna a Madrid, él está en Toledo con su mujer, pero hace frecuentes visitas a Madrid para ver al de Sessa; y hay documentados viajes de Micaela desde Toledo a Madrid, donde ambos amantes se encontrarían. Ese año nace Carlos Félix, hijo legítimo, que sería bautizado el 28 de marzo. El 22 de octubre de 1607 alquila unas casas en la calle del Fúcar, seguramente no para la familia legítima, sino para la adulterina (él sigue viviendo oficialmente en Toledo, con su esposa Juana y su hijo Carlos Félix). Como vemos, Lope se ve obligado a seguir llevando una doble vida


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

La doble vida del Fénix en Toledo

Lope alterna su dedicación a la vida literaria (sigue escribiendo comedias para los corrales, publica sus libros…) con otros asuntos de índole familiar[1]. Así, instala a Micaela de Luján y su prole en Toledo (el domicilio se sitúa en la feligresía parroquial de la Magdalena), mientras que su abandonada mujer, Juana de Guardo, toma casa en la misma ciudad, bastante cerca de la otra, en el callejón de San Justo. Escribe Entrambasguas:

Por fin logró Lope su propósito. En Toledo tiene casi juntos los dos hogares, las dos familias suyas. Uno, el de doña Juana de Guardo, el legítimo, le hastía, le es odioso; otro, el ilegítimo, el de su amante con la atracción de la belleza de Camila Lucinda y los hijos que ha tenido con ella. Y es realmente asombroso cómo ha de mantenerse esta equívoca situación durante años.

El dramaturgo permanecerá en Toledo desde 1604 hasta 1610, compaginando —no sabemos bien cómo— el hogar legítimo y el adúltero. En efecto, el verano y otoño de 1604 está con su mujer; pero el 8 de mayo de 1605 nace Marcela, hija suya y de Micaela…

Por lo demás, Lope frecuenta el ambiente literario toledano: su talento y su personalidad destacan en la tertulia patrocinada por don Francisco de Rojas y Guzmán, a la que asiste también su amigo Baltasar Eliseo Medinilla, junto con otros ingenios.

Baltasar Eliseo Medinilla

En la justa poética para celebrar el nacimiento del príncipe de Asturias, el futuro Felipe IV, Lope, que figura como «poeta toledano», incluye un «Soneto de Lucinda, serrana». Por estas fechas empieza a vender sus comedias al autor Alonso de Riquelme.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«El peregrino en su patria»: Lope sigue alardeando de nobleza

En Sevilla ha acabado y publicado Lope El peregrino en su patria, especie de novela bizantina, que tuvo un gran éxito, con seis ediciones en el período de 1604 a 1618[1]. También esta obra se abre con el falso escudo nobiliario, el de Bernardo del Carpio, que ya antes había salido en Arcadia (1598), y Cervantes, en unos versos de cabo roto en los preliminares del Quijote de 1605, escribirá en alusión a ello: «No indiscretos jeroglí- / estampes en el escú-».

El Peregrino en su patria, de Lope

Igualmente con esa circunstancia de la publicación de El peregrino en su patria en 1604 escribiría otros versos de cabo roto en su contra Alonso Álvarez de Soria, los que comienzan «Envió Lope de Ve- / al señor don Juan de Arguí-». Lope incluye en este libro una lista con los títulos de las 219 comedias que reconoce como suyas (en la edición de 1618 añadirá 114 títulos más). «En ese momento de su vida ésa era su carta de ejecutoria y su blasón, la de un hombre hijo de sus obras», ha señalado Stefano Arata.

El mismo año de 1604 trae otras novedades: su esposa Juana está embarazada pero, al parecer, se malogra la criatura. En otro orden de cosas, Bernardo Grassa publica en Zaragoza Las comedias del famoso poeta Lope de Vega, libro conocido como la Primera parte de sus comedias (parte era un volumen que reunía por lo común doce comedias, de un solo dramaturgo o de varios); se trata de una edición pirata, hecha sin permiso ni intervención del dramaturgo. La Segunda parte saldría en 1609 y la Tercera en 1613.

Las comedias del famoso poeta Lope de Vega (Zaragoza, 1604)


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope y la herencia de Micaela de Luján

Pasa también Lope breves temporadas en Toledo, y en agosto de ese año 1603 se documenta su presencia en Ocaña, pues firma allí su comedia El cordobés valeroso Pedro Carbonero[1]. En esto llega la noticia de que ha muerto en Perú Diego Díaz, que deja 700 ducados de herencia, y Micaela de Luján se apresura a solicitar ser declarada tutora de sus hijos para poder administrarla. Lope, de nuevo en Sevilla, le ayudará en la gestión de los papeles y saldrá fiador de ella. El 9 de octubre se celebra en la capital hispalense el bautizo de Félix, hijo adulterino.

A estos hijos habidos con Micaela los denomina Lope tiernamente sus «dulces pajarillos», y con cariño paternal evoca en sus versos algunas anécdotas domésticas, como cuando recuerda al esclavillo moro Hamete, propiedad de Gaspar de Barrionuevo, que acompañaba a dos de las hijas de Micaela (¿y de Lope?) a comprar chucherías:

Mariana y Angelilla mil mañanas
se acuerdan de Hametillo, que a la tienda
las llevaba por chochos y avellanas.

Esclavos moros

Son versos que corresponden a la epístola Al contador Gaspar de Barrionuevo, escrita en 1604 desde Sevilla, ciudad que Lope no deja hasta bien entrado el año.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Camila Lucinda, celosa y enferma

El 11 de noviembre de 1602 se documenta la presencia de Lope en Madrid, pero buena parte de 1603 la pasará otra vez en Sevilla[1]. Hay luego un nuevo regreso a Madrid, que se ha atribuido a la posible llegada con la flota de Diego Díaz, el marido de Micaela de Luján.

Puerto de Sevilla

Estando en Toledo en cierta ocasión, Micaela siente celos de una desconocida Flora, quizá uno más de los fugaces amoríos del Fénix. En algún momento ella está enferma en Sevilla, y Lope manifiesta su preocupación en forma lírica, concretamente en el soneto «Al contador Gaspar de Barrionuevo», poeta y dramaturgo toledano amigo suyo:

Gaspar, si enfermo está mi bien, decilde
que yo tengo de amor el alma enferma,
y en esta soledad desierta y yerma,
lo que sabéis que paso persuadilde.

Y para que el rigor temple, advertilde
que el médico también tal vez enferma,
y que segura de mi ausencia duerma,
que soy leal cuanto presente humilde.

Y advertilde también, si el mal porfía,
que trueque mi salud y su accidente,
que la que tengo el alma se la envía.

Decilde que del trueco se contente;
mas ¿para qué le ofrezco salud mía?
Que no tiene salud quien está ausente.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope, entre Sevilla, Toledo y Madrid

Hay una etapa de su vida en la que Lope va a estar yendo y viniendo de Madrid a Sevilla con cierta frecuencia[1]; es decir, va a vivir escindido entre la compañía de Juana en el hogar familiar y los brazos de su amante Micaela, que por su trabajo como actriz debía desplazarse continuamente a distintos lugares.

Es probable un viaje a Sevilla en 1600, no bien documentado. A principios del año siguiente, el del traslado de la corte a Valladolid, tenemos a Lope en Madrid, pero en la primavera de 1602 está con Micaela en Sevilla. Conoce y frecuenta el mundillo literario sevillano, sobre todo la tertulia establecida en torno al poeta don Juan de Arguijo. Sin embargo, su vida tan poco ejemplar, sumada a las envidias y rencillas literarias, hace que tenga también sus detractores, reunidos en otra academia sevillana, la de Ochoa. Seguramente de ese círculo salió un soneto titulado «A Lope de Vega cuando vino de Castilla el año de 1602», que acaba con estos dos versos: «Si no es tan grande, pues, como es su nombre, / císcome en vos, en él y en sus poesías». Enfermo Lope en un par de ocasiones, es asistido por doña Ángela Vernegali, a la que dedicará más adelante la Segunda parte de las Rimas.

Lope acompaña a Micaela de Luján, que trabaja con la compañía de Baltasar de Pinedo, en sus actuaciones por Sevilla, pero también por Granada y Toledo, con algunos viajes de retorno a Madrid. Juntos pasan unos días de septiembre de 1602 en Antequera y Granada. Hacia fines de año corrige y publica La hermosura de Angélica y las Rimas.

La hermosura de Angélica con otras diversas rimas (1602)

Notemos que solo al cumplir cuarenta años edita Lope reunida en volumen su producción lírica, que hasta ese momento había tenido la habitual circulación por medio de copias manuscritas. En el soneto que empieza «Versos de amor, conceptos esparcidos…» escribe con relación a lo estragados que se difundían sus versos:

… expósitos al mundo, en que, perdidos,
tan rotos anduvistes y trocados,
que solo donde fuistes engendrados
fuérades por la sangre conocidos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«Por ver mi estrella María» de Néstor Luján: valoración final

Hay un último detalle que quiero comentar, y es que Néstor Luján echa mano del recurso de presentar la sociedad española a través de un personaje extranjero, de gran tradición (recuérdese por ejemplo lo que hace Cadalso en sus Cartas marruecas, escritas a imitación de las Cartas persas de Montesquieu); no me refiero tanto a los personajes ingleses, sino a Hugo von Stein: aparentemente objetivo o neutral, es él quien se encarga de valorar diversos aspectos sociales[1].

En conjunto, Por ver mi estrella María nos ofrece una buena visión de la sociedad española del Siglo de Oro, con datos y alusiones diseminados a lo largo de todas sus páginas, pero con algunos capítulos especialmente productivos en este sentido: así, los dedicados al principio al estreno de la comedia de Lope con gran valor «arqueológico»; la fiesta de toros, con la descripción de los ricos vestidos de los nobles y las libreas de los criados (pp. 155 y ss.); y la montería o partida de caza con que se despide a los ingleses.

El cardenal-infante don Fernando en traje de caza, de Velázquez

En suma, el objetivo del novelista es entretener al lector con una narración amena y, al mismo tiempo, aprovechar ilustrándolo con algunos conocimientos acerca de aquella época[2]. Y, en efecto, puede decirse que esta Estrella María de Luján nos ilumina acerca de la sociedad española del Siglo de Oro[3].


[1] Por ejemplo, el honor (y, así, se indica que los españoles son «tan insensatos y puntillosos de su honor», p. 18; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988).

[2] En estos últimos años se acumulan varias novelas con Cervantes, Calderón, Quevedo o Francisco de Rojas como protagonistas.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.

Lope en Valencia: fiestas y amoríos

Y los amoríos no se detienen…[1] Estando lejos de su amante Micaela (y de su esposa Juana), Lope se consuela con los amores fugaces que mantiene con una mujer valenciana, de los que nacerá un hijo, Fernando Pellicer (al que se aludirá años después, en unas cartas de 1616, como excusa para hacer un viaje a Valencia). Bien puede Lope, que ha conocido y tratado a tantas mujeres, ofrecernos en las Rimas este ejemplo típico de soneto-definición:

Es la mujer del hombre lo más bueno,
y locura decir que lo más malo,
su vida suele ser y su regalo,
su muerte suele ser y su veneno.

Cielo a los ojos, cándido y sereno,
que muchas veces al infierno igualo,
por raro al mundo su valor señalo,
por falso al hombre su rigor condeno.

Ella nos da su sangre, ella nos cría;
no ha hecho el cielo cosa más ingrata:
es un ángel, y a veces una arpía.

Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer, al fin, como sangría,
que a veces da salud y a veces mata.

Mujer

En julio, una vez acabadas las fiestas valencianas, en las que la compañía de Villalba ha representado su auto Las bodas entre el Alma y el Amor divino, el de Sarria y Lope regresan a Madrid. El día 26 de ese mismo mes es bautizada Jacinta, hija legítima de Lope y Juana de Guardo, primer fruto de su matrimonio, que morirá joven. Pasa el resto del verano acompañando al marqués en Chinchón, donde escribe y firma su comedia El blasón de los Chaves de Villalba, pero pronto dejará de estar bajo su amparo, tras haberle servido unos dos años.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Burla de algunos tópicos literarios en «Por ver mi estrella María» de Néstor Luján

Quiero mencionar ahora la burla de algunos tópicos literarios en Por ver mi estrella María. Doña Margarita se ha pinchado al prenderse un broche y un enamorado suyo aprovecha la ocasión para enviarle unos versos (que no ha compuesto él, pero que manda como propios) sobre la herida y el rubí que de ella mana. María le responde:

—Me fatigan las poetas como este de tus décimas, adocenados, cultos o no, que te mandan versos diciendo que tus dientes son perlas de Ceilán, tus rizos oro de Arabia, o azabache fino si tu cabellera es negra, que pretenden que el rostro es de nieve y que los corales y rubíes se avergüencen ante los labios. El aliento es de perfumado ámbar, las manos de marfil y de infinito nácar son las mejillas, que al ruborizarse mezclan lirios y rosas. Me lleva fuera de mí que me subrayen las soberanas y altas prendas de mi alma. Quiero que me digan que tengo los labios rojos y que los quieran besar, unas manos bellas o no, pero sensibles a las caricias y también acariciadoras. Tengo los ojos miopes, pero grandes […] y creo que tengo pechos y talle, piernas y unos pies bellísimos. Soy de carne y hueso. Poseo una piel sensible a la caricia. Tengo un aliento humano y cálido, suave quizá, que no sabe a ámbar ni a bergamota, sino a mujer saludable y amorosa. [Deseo] saber que una sangre caliente y viva circula por mis venas […] y no un espumoso coral, que sería bastante incómodo, o una lindeza por el estilo (p. 83; cito por la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 1988).

Dama con unicornio, de Rafael

Se trata, claro, de una burla de la arquetípica descriptio puellae y de otras imágenes del código amoroso petrarquista, que podemos apreciar también en este diálogo entre Hugo y su amada María:

—Cierto es, mi señora. ¡Cómo me enamora que os agrade este vino! Porque aunque el poeta se admira de que su dama, al apagar la sed, beba cristales y se vuelven rosas, nada enciende mejor vuestras doradas mejillas que las rojas rosas del vino.

Le miró sorprendida y burlona, e insinuante y burlona, apuntó:

—Debisteis decir la nieve de mis mejillas…

—Os prefiero como realmente sois, morenita y dorada (p. 111).

Otro tópico literario es, por supuesto, el enamoramiento de oídas (por la fama de la belleza y honestidad de la mujer en cuestión) que sirve como base de la historia de Carlos y María. Hablan don Francisco y Hugo:

—¿Creéis que realmente Carlos Estuardo, que no vio en su vida a la Infanta, está enamorado de ella? Esto sólo pasa en los libros de caballerías, de los que tan donosamente se burló Miguel de Cervantes en los amores de Don Quijote a Dulcinea.

Con su habitual agilidad mental, respondió don Hugo:

— […] Esto de amar sólo por el nombre o el prestigio viene de la poesía de los trovadores. El amor de oídas es para ellos una exquisitez sentimental. Ya debéis de conocer bastantes novelas de caballería con estos amores imaginados. Y aún recuerdo una novela de Lope que yo no he visto, pero que se titula Amar sin saber a quien, que entra creo yo en esta tradición de amantes más enamorados del amor que de una mujer de carne y hueso (p. 99).

No sabemos si en la realidad histórica el amor que Carlos sintió por la infanta María tuvo este carácter, ni siquiera si sintió por ella verdadero amor. Lo cierto es que viajó de incógnito hasta España por ver de casarse con ella. Néstor Luján se vale de esta circunstancia real para recrear ese momento de la España del XVII, y tiñe la historia de esos amores no de sentimentalismo, sino de sentimiento romántico[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «La sociedad española del Siglo de Oro a la luz de las novelas históricas de Néstor Luján: Por ver mi estrella María (1988)», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine y Carlos Mata (eds.), Textos sin fronteras. Literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 283-300.