La Navidad en las letras españolas: Lope de Vega

(Hoy es Navidad, y la Princesa, los dos Guerreros y el Guardián de la Ínsula Barañaria también quieren desear unas muy felices Fiestas a todos los insulanos, es decir, a todos los que visitan este blog regular o esporádicamente…)

En la época áurea, es imposible olvidarse del Fénix de los ingenios españoles, el inmortal Lope de Vega, autor que nos dejó numerosos villancicos y coplas navideñas de subida belleza. Ciertamente, solo con poemas de Lope se podría compilar una magnífica antología de poesía de Navidad. Cabe destacar, por ejemplo, su poema titulado «El sol vencido», un romance endecha que refiere los celos que de María tiene el astro sol «porque vio en sus brazos / otro Sol mayor». Muy hermoso es «Campanitas de Belén», que comienza así:

Campanitas de Belén,
tocad al Alba que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que della nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre:
din, din, din, que vino en fin,
don, don, don, San Salvador,
dan, dan, dan, que hoy nos le dan,
tocan y tañen a gloria en el cielo
y en la tierra tocan a paz.

Lo reproduzco entero en otra entrada del blog. Otro romance, «El evangelio de san Juan», parafrasea en verso ese célebre pasaje evangélico en que se nos anuncia que «El Verbo carne se hizo». Otro «Al Nacimiento» evoca a los pastores guardando el ganado y el aviso angelical:

¡Gloria a Dios en las alturas,
paz en la tierra a los hombres,
Dios ha nacido en Belén
en esta dichosa noche!

Los pastores se acercan al portal con palmas y laureles y el Niño sonríe; y la composición se remata con una petición al alma para que ella también ofrezca a Jesús sus dones. Y todavía podríamos seguir citando versos del gran Lope. Así, su villancico «Al Nacimiento del Hijo de Dios», que lleva por estribillo[1]:

Norabuena vengáis al mundo,
Niño de perlas,
que sin vuestra vista
no hay hora buena.

Pero, quizá, los más famosos versos navideños del Fénix sean aquellos tantas veces antologados:

Las pajas del pesebre,
niño de Belén,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Lloráis entre las pajas
de frío que tenéis,
hermoso Niño mío,
y de calor también.

Dormid, Cordero santo,
mi vida, no lloréis,
que si os escucha el lobo,
vendrá por vos, mi bien.

Dormid entre las pajas,
que aunque frías las veis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Las que para abrigaros
tan blandas hoy se ven
serán mañana espinas
en corona cruel.

Mas no quiero deciros,
aunque vos lo sabéis,
palabras de pesar
en días de placer.

Que aunque tan grandes deudas
en paja cobréis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Dejad el tierno llanto,
divino Emanuel,
que perlas entre pajas
se pierden sin por qué.

No piense vuestra madre
que ya Jerusalén
previene sus dolores
y llore con José.

Que aunque pajas no sean
corona para Rey,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Niño Jesús en el pesebre

Hermosos versos en los que, además de cantarse la alegría por el nacimiento («flores y rosas»), se anticipa el dolor («hiel») de la Pasión.


[1] Y otros poemas repiten distintos estribillos: «con unos ojuelos mira / que penetra el corazón»; «Quedito, que duerme ahí», etc.

Cervantes poeta: sonetos de Gelasia y Elicio

Va el comentario de los dos últimos sonetos que selecciono de La Galatea. Es el primero, el famoso de Gelasia, un buen soneto, de gran tensión poética, construido con una serie de interrogaciones retóricas y un hermosísimo verso final con el que la pastora pondera su entera libertad para amar o no amar[1]. Gelasia protesta contra el «falso amor» (v. 11) y añade una enumeración de sus perniciosos efectos. Para Vicente Gaos, es una de las más logradas composiciones líricas cervantinas y una de las más bellas poesías españolas, injustamente no incluida en las antologías. Pedro Ruiz Pérez ha señalado el contraste bitemático que establece la estructura polar manierista y el rotundo terceto final con la aparición del yo lírico, que rompe la trabada estructura paralelística[2]. Por mi parte, no dejo de preguntarme si la repetición del adjetivo frescas en el segundo verso es voluntaria, con función estilística, o tal vez un error en la transmisión textual (en mi opinión, el verso sonaría mejor evitando esa repetición, con adjetivos distintos aplicados a cada sustantivo: podría ser algo así como «las frescas yerbas y las claras fuentes»).

¿Quién dejará del verde prado umbroso
las frescas yerbas y las frescas fuentes?
¿Quién de seguir con pasos diligentes
la suelta liebre o jabalí cerdoso?

¿Quién, con el son amigo y sonoroso,
no detendrá las aves inocentes?
¿Quién, en las horas de la siesta ardientes,
no buscará en las selvas el reposo,

por seguir los incendios, los temores,
los celos, iras, rabias, muertes, penas,
del falso amor, que tanto aflige al mundo?

Del campo son y han sido mis amores;
rosas son y jazmines mis cadenas;
libre nascí, y en libertad me fundo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 137b)

 Rosas y cadenas

En el soneto de Elicio, el yo lírico, que se encuentra en una situación de peligro en alta mar, amenazado por la tormenta, hace un voto: si sale con vida, dirá que el Amor es un gran bien y que pueden darse por buenos todos sus padecimientos; en el ejercicio amoroso no hay un justo medio, sino que todo es extremo. El soneto se construye con algunos versos paralelísticos, destacando además el quiasmo que articula los versos 10-11.

Si deste herviente mar y golfo insano,
donde tanto amenaza la tormenta,
libro la vida de tan dura afrenta
y toco el suelo venturoso y sano,

al aire alzadas una y otra mano,
con alma humilde y voluntad contenta,
haré que amor conozca, el cielo sienta,
qu’el bien les agradezco soberano.

Llamaré venturosos mis sospiros,
mis lágrimas tendré por agradables
por refrigerio el fuego en que me quemo.

Diré que son de Amor los recios tiros
dulces al alma, al cuerpo saludables,
y que en su bien no hay medio, sino estremo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 141a)


[1] Se trata de un personaje claramente emparentado con la Marcela del Quijote y su discurso sobre la libertad (compárese el verso 14 con las palabras de aquella otra pastora en I, 14: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos», ed. Rico, p. 154). Para ambas mujeres la libertad es la piedra fundamental de su sicología y su ética: «“Libre nací y en libertad me fundo”, canta Gelasia en La Galatea. Y esa libertad irrenunciable se refleja necesariamente en el desembarazo del estilo, en la desnudez de afeites retóricos y literarios —“rosas son y jazmines mis cadenas”, acaba de cantar Gelasia—, en la variabilidad y aparente anarquía del humor, en la falta de prejuicio técnico. Por ese sentimiento hondísimo de libertad, Cervantes creó la novela como género y la mayor novela como ejemplo. Pudo hacer otro tanto con la poesía, si para ello le hubiera asistido la gracia que no quiso darle el cielo. Al menos, él no se paró en barras y se comportó en verso con el mismo desparpajo y el mismo arrojarse por la calle de en medio de su inventora prosa» (Gerardo Diego, «Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, pp. 219-220). Eugenio Florit, «Algunos comentarios sobre la poesía de Cervantes», Revista Hispánica Moderna, XXXIV, 1968, p. 271 lo juzga así: «Soneto que es una bellísima contribución a la poesía de la vida retirada».

[2] «Y frente a la tensión de ese primer terceto, la sencillez formal de los tres últimos versos, “uno de los mejores tercetos de toda la poesía española”, en opinión de Blecua. En ellos, postergada según el esquema característico del soneto manierista, Cervantes concentra, con una capacidad de economía expresiva reservada únicamente al gran poeta, una apretada síntesis de elementos renacentistas, articulados en torno a una formulación del “Beatus ille” horaciano adecuada a la configuración ofrecida por el contexto de las convenciones de la novela pastoril en que se enmarca» (Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, p. 176).

Cervantes poeta: sonetos de Erastro y Timbrio

Sigo comentando sonetos insertos en la prosa de La Galatea. En el primero de ellos, el yo lírico, cuya voz corresponde a Erastro, pondera su voluntad de seguir amando, su constancia amorosa, pese a las dificultades que encuentra: caminos ásperos, noche cerrada, oscura y fría, falta de fuerzas, cercanía de la muerte. A pesar de todo, tiene fe para seguir firme su difícil camino, calificado como «estrecha vía» (v. 6). El primer terceto introduce una alegoría muy grata a Cervantes, la de la vida (en particular la vida amorosa) como navegación: en medio de los peligros del mar, y puesto casi al borde de la muerte («morir me veo», v. 5), el yo lírico espera llegar a un puerto seguro de salvación, siendo su fe amorosa la luz que le guía, a modo de faro, en la oscuridad.

Por ásperos caminos voy siguiendo
el fin dudoso de mi fantasía,
siempre en cerrada noche escura y fría
las fuerzas de la vida consumiendo.

Y, aunque morir me veo, no pretendo
salir un paso de la estrecha vía;
que en fe de la alta fe sin igual mía,
mayores miedos contrastar entiendo.

Mi fe es la luz que me señala el puerto
seguro a mi tormenta, y sola es ella
quien promete buen fin a mi viaje,

por más que el medio se me muestre incierto,
por más que el claro rayo de mi estrella
me encubra amor, y el cielo más me ultraje.

(La Galatea, Libro V, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 108a)

En el segundo soneto de hoy, es Timbrio quien pondera su constancia amorosa, su esperanza bien fundada, su firmeza en el amor: su sentimiento, afirma, no sufrirá ningún cambio, y antes se acabará su vida que su confianza. La piedra de toque para el pecho enamorado es el tormento, y él sigue constante pese a todos los peligros, simbolizados aquí en los monstruos marítimos Scila y Caribdis.

Scila y Caribdis

Encontramos, pues, de nuevo la consideración del amor como una peligrosa navegación, en medio de la tormenta, de la que solo se salvan los que tienen la constancia y la fe de llegar a seguro puerto. Cabe destacar además el hermoso remate del soneto, con dos bellos versos bimembres y la paronomasia de mar / amor.

Tan bien fundada tengo la esperanza,
que, aunque más sople riguroso viento,
no podrá desdecir de su cimiento:
tal fe, tal fuerza y tal valor alcanza.

Tan lejos voy de consentir mudanza
en mi firme amoroso pensamiento,
cuan cerca de acabar en mi tormento
antes la vida que la confianza.

Que si al contraste del amor vacila
el pecho enamorado, no meresce
del mesmo amor la dulce paz tranquila.

Por esto el mío, que su fe engrandece,
rabie Caribdis o amenace Cila,
al mar se arroja y al amor se ofresce.

(La Galatea, Libro V, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 109a-b)

Cervantes poeta: sonetos de Lenio y Damón

Seguimos con el comentario de poemas incluidos en La Galatea. También el de Lenio es un soneto artificioso, basado en la definición, no tanto del amor, sino de las raíces de donde nace el sentimiento amoroso (en la serie enumerativa de los dos cuartetos), caracterizado aquí como quimera (v. 10). En el segundo terceto se añade la idea de la desazón en que vive perpetuamente el alma enamorada, ya que no merece (‘no puede’) morar (‘encontrar descanso’) ni en la tierra ni en el cielo.

Un vano, descuidado pensamiento,
una loca, altanera fantasía,
un no sé qué, que la memoria cría,
sin ser, sin calidad, sin fundamento;

una esperanza que se lleva el viento,
un dolor con renombre de alegría,
una noche confusa do no hay día,
un ciego error de nuestro entendimiento,

son las raíces proprias de do nasce
esta quimera antigua celebrada
que amor tiene por nombre en todo el suelo.

Y el alma qu’en amor tal se complace,
meresce ser del suelo desterrada,
y que no la recojan en el cielo.

(La Galatea, Libro I, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 31a)

En el segundo soneto que comento hoy, el yo lírico, el pastor Damón, canta la crueldad de la desdeñosa Amarili. En el primer cuarteto encontramos el tópico neoplatónico del retrato de la amada impreso en el alma del amante, con la contraposición de semas que connotan ‘blandura’ / ‘dureza’ (blanda cera / duro mármol). El primer terceto apela a la imagen emblemática de la vid y el olmo enlazados para simbolizar la unión del amor y la esperanza[1], mientras que en el segundo —rematado con un bello verso trimembre— aparece el motivo clásico del llanto sin fin del amante.

 Emblema de la vid y el olmo enlazados

Más blando fui que no la blanda cera,
cuando imprimí en mi alma la figura
de la bella Amarili, esquiva y dura
cual duro mármol o silvestre fiera.

Amor me puso entonces en la esfera
más alta de su bien y su ventura;
y agora temo que la sepultura
ha de acabar mi presumpción primera.

Arrimóse el amor a la esperanza
cual vid al olmo y fue subiendo apriesa;
mas faltóle el humor, y cesó el vuelo:

no el de mis ojos, que por larga usanza,
Fortuna sabe bien que jamás cesa
de dar tributo al rostro, al pecho, al suelo.

(La Galatea, Libro II, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 41b)


[1] Véase para este motivo Aurora Egido, «Variaciones sobre la vid y el olmo en la poesía de Quevedo: “Amor constante más allá de la muerte”», en Víctor García de la Concha (ed.), Homenaje a Quevedo, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1982, pp. 213-232; y también Ignacio Arellano, «Visiones y símbolos emblemáticos en la poesía de Cervantes», Anales cervantinos, 34, 1998, pp. 169-212.

Cervantes poeta: un soneto de Galatea en «La Galatea»

GalateaLa clasificación de la poesía cervantina podría hacerse por temas, géneros y estilos: poesía seria (amorosa, pastoril…), poesía satírico-burlesca, etc. O en función de las formas métricas utilizadas (poesía tradicional castellana vs. poesía italianizante). O bien atendiendo a su forma de publicación, con cuatro núcleos fundamentales: poesía incorporada a su narrativa, poesía inserta en su teatro, poemas sueltos y, aparte, el Viaje del Parnaso. Sea como sea, puede afirmarse que la poesía de Cervantes constituye un muestrario de los principales temas y preocupaciones presentes en el conjunto de su obra: el amor, la mujer, el mundo pastoril, la guerra y las armas, la libertad, la amistad, la reflexión sobre la literatura, la alegoría y el simbolismo, temas circunstanciales, etc. Pues bien, en sucesivas entradas del blog iré reproduciendo algunos poemas cervantinos, que irán acompañados por un breve comentario explicativo.

Comenzaremos hoy con un soneto de Galatea incluido en La Galatea (1585), novela pastoril de Cervantes en la que encontramos por definición genérica la mezcla de prosa y verso[1]. Entre las poesías abundan los sonetos. Este de Galatea es un texto muy artificioso, con un marcado estilo manierista[2], que se basa en series cuatrimembres continuadas: fuego … abrasa … consuma / lazo … aprieta … ciña / yelo … enfría … yele / flecha … hiere … mate (en los cuartetos);  fuego / ñudo / nieve / flecha y fuego / lazo / dardo / yelo (en los tercetos):

Afuera el fuego, el lazo, el yelo y flecha
de amor, que abrasa, aprieta, enfría y hiere;
que tal llama mi alma no la quiere,
ni queda de tal ñudo satisfecha.

Consuma, ciña, yele, mate; estrecha
tenga otra la voluntad cuanto quisiere,
que por dardo, o por nieve, o red no’spere
tener la mía en su calor deshecha.

Su fuego enfriará mi casto intento,
el ñudo romperé por fuerza o arte,
la nieve deshará mi ardiente celo,

la flecha embotará mi pensamiento;
y así no temeré en segura parte
de amor el fuego, el lazo, el dardo, el yelo[3].

El poema sirve a Galatea para mostrar su rechazo del sentimiento amoroso, al afirmar categóricamente que el amor jamás la tendrá sujeta (puede compararse con otro soneto de la misma obra, el de Gelasia que comienza «¿Quién dejará del verde prado umbroso / las frescas yerbas y las frescas fuentes? »).

Portada de La Galatea (1585)


[1] Para las funciones poéticas en La Galatea, véase Alicia Pérez Velasco, El diálogo verso-prosa en «La Galatea» de Cervantes, Ann Arbor (Michigan), UMI, 1991; Marcella Trambaioli, «La utilización de las funciones poéticas en La Galatea», Anales cervantinos, XXXI, 1993, pp. 51-73; y José Manuel Trabado Cabado, Poética y pragmática del discurso lírico: el cancionero pastoril de «La Galatea», Madrid, CSIC-Instituto de la Lengua Española, 2000. Los poemas de La Galatea los ha editado exentos Alfonso Martín Jiménez, Poemas de «La Galatea», Dueñas (Palencia), Simancas, 2002, dos vols.

[2] Para el manierismo de la poesía cervantina, véase José Miguel Caso González, «Cervantes, del Manierismo al Barroco», en Homenaje a José Manuel Blecua, Madrid, Gredos, 1983, pp. 141-150; y Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, pp. 165-177.

[3] Miguel de Cervantes, La Galatea, Libro I, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 25b.

Algunos problemas que plantea la poesía de Cervantes

Al tratar de valorar la capacidad lírica de Cervantes, nos enfrentamos con algunos problemas o dificultades, que me obligan a añadir las siguientes consideraciones:

1) Por un lado, la comparación inevitable con su prosa (la del Quijote, sobre todo), cuya calidad cimera hace que quede oscurecido o en un segundo plano de interés —y de atención por parte de la crítica— el resto de su producción[1] (las demás novelas que no son el Quijote, el teatro y la poesía).

2) Por otra parte, el juicio negativo de sus contemporáneos: sin duda, a muchos de ellos les escoció el éxito obtenido en 1605 por el advenedizo Cervantes, y sus jóvenes rivales en la república de las letras no estaban dispuestos a conceder también al maduro escritor su reconocimiento como buen poeta. Lope, en carta de 4 de agosto de 1604 al duque de Sessa, escribía: «Muchos poetas hay en jerga, pero ninguno tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote». Pedro de Espinosa no lo incluyó en sus Flores de poetas ilustres (Valladolid, 1605). Melo lo llamó «Poeta infecundo, cuanto felicísimo prosista». Esteban Manuel de Villegas, en la segunda parte de sus Eróticas (1618), consignaba estos versos: «Irás del Helicón a la conquista / mejor que el mal poeta de Cervantes, / donde no le valdrá ser quijotista». Habría que sumar a estas otras diatribas de Cristóbal Suárez de Figueroa, de Vicente Espinel y de Baltasar Gracián. En cambio en el Laurel de Apolo, de 1631, Lope rectifica su juicio y se permite elogiar a quien en vida fue uno de sus mayores rivales literarios, ya fallecido varios años atrás:

En la batalla donde el rayo Austrino,
hijo inmortal del Águila famosa,
ganó las hojas del laurel divino
al rey del Asia, en la campaña undosa,
la fortuna envidiosa
hirió la mano de Miguel Cervantes,
no su ingenio, que en versos de diamantes,
los de plomo volvió con tanta gloria,
que por dulces, sonoros y elegantes
dieron eternidad a su memoria,
porque se diga que una mano herida
pudo dar a su dueño eterna vida.

3) Podemos sumar a esto algunas afirmaciones del propio Cervantes, dichas irónicamente, pero tomadas la mayor parte de las veces al pie de la letra, como el famoso terceto del Viaje del Parnaso al que aludía en una entrada anterior o el prólogo a sus Ocho comedias, donde recoge la opinión corriente de que «de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso, nada» (en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 878a).

Portada de Viaje del Parnaso (1614)

También en el escrutinio de la biblioteca de don Quijote, al encontrar el barbero un ejemplar de La Galatea, afirma el cura: «Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos» (Quijote, I, 6, ed. Rico, p. 86). Pero, sea como sea, no nos queda duda de que Cervantes apreciaba notablemente su obra poética, a tenor de versos como los siguientes:

Aquel que de poeta no se precia,
¿para qué escribe versos y los dice?
¿Por qué desdeña lo que más aprecia?

Jamás me contenté ni satisfice
de hipócritos melindres. Llanamente
quise alabanzas de lo que bien hice.

(Viaje del Parnaso, IV, vv. 337-342, ed. Herrero García, pp. 261-262)

4) Otra cuestión distinta es el arcaísmo de la poesía de Cervantes; estamos, en efecto, ante un autor que se incorpora tarde, con mucho retraso, al mundillo literario de su época: Julián Marías, en su libro Cervantes clave española, ha puesto de relieve que nuestro autor fue, cronológicamente, un hombre del XVI, pero un escritor del XVII (por la fecha de publicación de sus principales obras, acumuladas en esa «década prodigiosa» que va de 1605 a 1615[2]). No obstante, con relación a su poesía, Gerardo Diego señala que Cervantes es por su estilo y maneras un poeta muy siglo XVI, muy 1560, aunque esos textos líricos suyos se dan a conocer mucho más tarde. Hay, en efecto, en el Cervantes poeta —y lo mismo en el Cervantes dramaturgo— un desfase motivado por los más de diez años que pasa fuera de España (sirviendo como soldado y cautivo en Argel). Además, cuando por fin regresa a España y se incorpora al quehacer literario, está surgiendo ya otra generación de escritores, en la que van a brillar con luz propia poetas de la talla de Lope, Góngora o Quevedo.

5) En fin, la poesía de Cervantes constituye un corpus poco estudiado y, en ocasiones, mal entendido. Ya vimos que, entre la crítica, ha tenido defensores apasionados y acérrimos detractores. Algunos textos poéticos suyos se conocen mucho (por ejemplo, su celebérrimo soneto al túmulo de Felipe II que comienza «Voto a Dios que me espanta esta grandeza…») mientras que otros han quedado en el más completo olvido. Un par de detalles significativos: Quintana no seleccionó a Cervantes en los cuatro volúmenes de sus Poesías selectas castellanas, desde el tiempo de Juan de Mena a nuestros días (Madrid, 1830); y tampoco Menéndez Pelayo incluyó ninguna composición cervantina en sus Cien mejores poesías líricas de la lengua castellana.


[1] Escribe Gerardo Diego: «Ahora bien, es muy fácil decir: Vamos a juzgar la poesía de Cervantes en sí misma, olvidando quién fue su autor. Es muy fácil decirlo, pero resulta imposible realizarlo. Y esta imponente sombra del Cervantes verdaderamente grande se proyecta sobre su poesía, falsea su luz y nos mantiene siempre frente a ella inquietos y problemáticos. Y no es solo la sombra de una obra fraterna y grandiosa. Es también que Cervantes, Miguel de Cervantes Saavedra, se mantiene tan incorporado, tan corpóreo, tan indesarraigable en sus versos que de ningún modo podemos olvidarle. No hay más que un Cervantes. Y este Cervantes de los versos le sentimos y palpamos tan vivo y caliente como al entrañable amigo de los prólogos, dedicatorias, adjuntas y confidencias en prosa» («Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, p. 217).

[2] Véase Julián Marías, Cervantes clave española, Madrid, Alianza Editorial, 2003, pp. 61-73.

Algunas ideas más sobre Cervantes poeta

No es este el momento para entrar a debatir todos los complejos aspectos que trae aparejados el tema de «Cervantes y la poesía», o la consideración de Cervantes como poeta. En próximas entradas iré reproduciendo algunos textos poéticos cervantinos, con sus correspondientes glosas (breves), a modo de pequeña antología comentada. Ahora bien, antes de ello tal vez convenga insistir en algunas de las ideas apuntadas en la entrada anterior «Cervantes, poeta de vocación».

Miguel de Cervantes

1) En primer lugar, comenzaré recordando algo bien sabido y aceptado por todos: que Cervantes fue un gran poeta en el sentido etimológico de la palabra: un creador («raro inventor» se llama a sí mismo por boca del dios Mercurio en el Viaje del Parnaso). Pero, cabe añadir, no solo fue poeta en prosa (poeta en este sentido amplio del término: ‘el que crea, el que inventa’), sino que fue también poeta en verso.

2) Como ya señalé, Cervantes fue poeta lírico por vocación, desde muy joven hasta el final de sus días. En verso está escrita buena parte de su teatro, el Viaje del Parnaso y unas 200 composiciones líricas, sueltas o intercaladas en su narrativa. Como indicara Gerardo Diego, no se puede prescindir de la obra versificada de Cervantes «sin cercenar el alma del glorioso poeta mutilado»[1]. Pensemos que fue poeta épico, lírico y dramático (o, en expresión de Cernuda, poeta meditativo, poeta cantor y poeta retórico), y que cuantitativamente escribió más poesía que Garcilaso, fray Luis de León, san Juan de la Cruz o Góngora. Analizando el conjunto de esa producción[2], vemos que Cervantes destaca especialmente como poeta lírico, popular, cultivador de formas tradicionales españolas (letrillas, seguidillas, romances, glosas…) y también en la vena satírico-burlesca[3]. Sin embargo, no hay que olvidar que también fue poeta garcilasista al modo italianizante, cultivador del endecasílabo y el heptasílabo[4].

3) Su interés por la poesía resulta bien patente, a través de las reflexiones dispersas en prólogos, dedicatorias y en pasajes de sus obras en las que, como es sabido, hace crítica (y autocrítica) literaria: el «Canto de Calíope» en La Galatea, numerosos pasajes del Quijote, los prólogos a las Novelas ejemplares y a las Ocho comedias y ocho entremeses, el Viaje del Parnaso y su Adjunta


[1] Gerardo Diego, «Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, p. 219.

[2] Véase José Domínguez Caparrós, Métrica de Cervantes, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 2002.

[3] Es aspecto que merecería un estudio detallado y una antología.

[4] Para la relación Cervantes-Garcilaso, remito especialmente a José Manuel Blecua, «Garcilaso y Cervantes», en Homenaje a Cervantes, Madrid, Cuadernos de Ínsula, 1947, pp. 141-150; Antonio Gallego Morell, «La voz de Garcilaso en Don Quijote», Ínsula, 29, 1948, p. 2; y Elias L. Rivers, «Cervantes y Garcilaso», en Manuel Criado de Val (dir.), Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, pp. 963-968.

La crítica ante la poesía de Cervantes

Dedicaba el otro día una entrada a presentar a Cervantes como poeta de vocación. Sin embargo, nos aventuramos por un terreno —el de Cervantes poeta— que ha dado lugar a interpretaciones contrarias, con división de opiniones en la valoración establecida por los críticos[1]: de un lado, los que defienden a ultranza que Cervantes fue destacado poeta; y, de otro, los que le han negado el pan y la sal en ese terreno literario. Repasaré a continuación, brevemente, algunas de esas dispares valoraciones. Por ejemplo, Schevill y Bonilla, refiriéndose a las poesías sueltas de Cervantes, en la introducción a su edición, escribían:

Si se exceptúan algunas, como la Epístola a Mateo Vázquez, o el soneto al túmulo de Felipe II, la mayoría de ellas distan mucho de acreditar la inspiración de la musa cervantina, y solo merecen conservarse por el renombre de su autor[2].

En cambio, para Menéndez Pelayo la posteridad ha dejado en el olvido los versos cervantinos, «dignos por cierto de mejor suerte»:

El Don Quijote ha oscurecido las demás obras de su autor; tal es el privilegio de los ingenios y de las obras superiores. Sin embargo, la posteridad, justa e imparcial, debe asignar a Cervantes un puesto entre los buenos poetas líricos y dramáticos de su siglo. Es verdad que sus versos son muy inferiores a su prosa, y ¿cómo no han de serlo, si su prosa es incomparable? Pero de que sea el primero de nuestros prosistas, ¿debe inferirse que sea el último de nuestros poetas? Sobrados testimonios de lo contrario ofrecen sus obras líricas y dramáticas[3].

Gerardo Diego dejó escritas estas hermosas palabras sobre la poesía cervantina: «La primera impresión que nos causa la poesía de Cervantes —y las primeras impresiones suelen ser las más certeras y profundas— es una impresión mezclada de luminosidad, de simpatía y de torpeza. Y de libertad»[4]. Añade además que «Cervantes es un poeta luminoso, pero sin brillo»[5]. Y un poco antes había señalado:

Nada importa que, en apariencia, Cervantes se muestre sumiso a las convenciones retóricas de su siglo. En el lenguaje poético de Cervantes, como en su sistema estrófico, se rinde culto a la tradición y se intenta el lujo y el primor y la gala de la dificultad vencida y del muestrario escolástico. Por lo mismo que Cervantes se sentía incómodo en el cauce del verso, se ensaya una y otra vez con honestidad y porfía de artífice enamorado de su oficio, de “oficial” o artesano del verso. Unas veces le sale mejor que otras, pero lo que importa, en todo caso, es el acento personal, singularísimo, el grano de rebeldía, de inexactitud, el esguince de humor, y, más que nada, la ausencia de apresto limado y lamido en la expresión retórica y rítmica tan irreductible a cualquier escuela de decoro o figuración estereotipada[6].

Poesia

En su opinión, la poesía de Cervantes es una mezcla de libertad e imperfección, una práctica en la que a veces consigue «el verso memorable y de larga estela, el verso de gran estilo, el inequívoco de gran poeta, el que ni por casualidad puede cazar el poeta vulgar en la lotería de las palabras como dados al aire»[7]. Por su parte, Valbuena Prat opinaba que «en verso, con brillantes excepciones, no pasó Cervantes de un buen aficionado»[8]:

Cervantes trabajaba sobre una forma que no le era fácil, y, de vez en cuando, conseguía efectos que muchas veces se debían más a su ideología y al brío varonil del prosista, que a las calidades esenciales de la musicalidad del ritmo. […] Como obra de amateur, la lírica de Cervantes es desigual e intermitente, revela luchas formales, violencias, y, a la par, triunfos felices. La Galatea, a pesar de ser la obra más propensa a su idealismo lírico, es donde se hallan más versos premiosos e insípidos, la piedra de toque favorita de los enemigos de Cervantes poeta[9].

Volviendo a otros poetas del 27 que han estudiado la poesía de Cervantes, encontramos que Cernuda la valoraba positivamente: «Cervantes era mayor poeta en verso, no me cabe duda, de lo que sus contemporáneos creyeron y dijeron»[10]. Mientras que Gaos insiste nuevamente en la mezcla de luces y sombras que desprende la obra lírica cervantina:

Y Cervantes fue ante todo “poeta mayor”, cualquiera que sea la jerarquía que entre los poetas mayores, esto es, auténticos, le corresponda. Dada su calidad de humorista impar en la prosa, era natural que la poesía burlesca le naciese espontáneamente. El hábil manejo que hizo del romance y de los metros cortos de la lírica de cancionero demuestran que su “torpeza” en el cultivo de otras métricas no provenía de ninguna forzosa falta de facilidad para expresarse en verso. De hecho, Cervantes utilizó el endecasílabo, en toda clase de composiciones estróficas —tercetos, cuartetos, sextinas, octavas—, con soltura nada inferior a la de los máximos poetas del siglo de oro. Y, sin embargo, es verdad que el verso perfecto, el que se alza señero, sin falla en la dicción, de cuño plenamente feliz, es menos frecuente en Cervantes que en otros autores. […] Su “torpeza” como versificador no es la de tipo común, sino un rasgo sui generis, distintivo, complejo y difícil de definir[11].

Es un lugar común al tratar de esta materia recordar un terceto del Viaje del Parnaso donde Cervantes aparentemente reconoce su fracaso como poeta, al decir que la poesía fue «la gracia que no quiso darme el cielo»; pero solo algunos críticos[12] han advertido el tono irónico de esas palabras, que están lejos de ser —en mi opinión— una amarga confesión de sus limitaciones poéticas. El texto en cuestión dice así:

Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo,

quisiera despachar a la estafeta
mi alma, o por los aires, y ponella
sobre las cumbres del nombrado Oeta;

pues descubriendo desde allí la bella
corriente de Aganipe, en un saltico
pudiera el labio remojar en ella,

y quedar del licor süave y rico
el pancho lleno, y ser de allí adelante
poeta ilustre, o al menos magnifico.

(Viaje del Parnaso, I, vv. 25-36, ed. Herrero García, pp. 217-218)

Ocurre que los tres primeros versos suelen citarse fuera de contexto, pero leyendo los que les siguen —y conociendo la tradición de la sátira menipea en que se inserta este largo poema narrativo de 1614— podemos apurar mejor su significado. La situación ridícula (el salto fabuloso que quiere dar el narrador hasta la fuente de la inspiración poética), el empleo de palabras y expresiones bajas (como quedar el pancho lleno) o el desplazamiento acentual del último verso citado (magnifico en vez de magnífico), son marcas que nos están indicando que no debemos interpretar este pasaje en serio, sino con pleno sentido irónico. No olvidemos además que el Viaje del Parnaso es, precisamente, un poema entreverado de burlas y veras.


[1] La bibliografía sobre Cervantes ha crecido bastante en los últimos años, y sigue aumentando. Puede verse un listado bastante amplio en un trabajo mío de hace unos años (del que extracto los párrafos de esta entrada): Carlos Mata Induráin, «Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Miguel de Cervantes Saavedra», Mapocho. Revista de Humanidades (Santiago de Chile, Biblioteca Nacional de Chile), núm. 57, primer semestre de 2005, pp. 55-88. En la actualidad, José Montero Reguera dirige desde la Universidad de Vigo un proyecto que tiene por objeto el estudio y edición de las poesías completas de Cervantes.

[2] Cito por Vicente Gaos, «Cervantes, poeta», en Cervantes. Novelista, dramaturgo, poeta, Barcelona, Planeta, 1979, p. 187.

[3] Marcelino Menéndez Pelayo, «Cervantes considerado como poeta», en Estudios y discursos de crítica literaria, vol. I, Santander, CSIC, 1941, p. 259.

[4] Gerardo Diego, «Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, p. 219.

[5] Diego, «Cervantes y la poesía», p. 221. Evocando unas palabras del Viaje del Parnaso, escribe: «Yo más bien creo que Cervantes no fue poeta que al hacer de sus versos sude e hipe, sino de los de vena abundante y rica, aunque ciertamente con sombra y aun sombras de imperfecta» (p. 222). Y añade sus principales defectos: «Desgracia del ritmo sintáctico, de la transición de un verso a otro, de las pausas que despedazan el verso por sitio contrario a las naturales coyunturas, como trinchador que no conoce su oficio […] repetición de palabras simples y compuestas en las rimas, elección, para fin de verso y rima, de vocablos incoloros y poco eufónicos, y colisión de acentos inmediatos» (p. 230).

[6] Diego, «Cervantes y la poesía», p. 220.

[7] Diego, «Cervantes y la poesía», pp. 220-221.

[8] Ángel Valbuena Prat, «Cervantes, poeta», en Historia de la literatura española, tomo II, 7.ª ed., Barcelona, Gustavo Gili, 1964, p. 14.

[9] Valbuena Prat, «Cervantes, poeta», pp. 14-15.

[10] Luis Cernuda, «Cervantes poeta», en Poesía y literatura II, Barcelona, Seix Barral, 1964, p. 46.

[11] Gaos, «Cervantes, poeta», pp. 167-168. También él señala los principales defectos de esta poesía: «Técnicamente considerados, los escritos en verso de Cervantes suele decirse que adolecen de numerosos y graves defectos: así, pobreza de rima, falta de suavidad, uso frecuente de epítetos y frases hechas, exceso de retórica. Todo lo cual, que sería sobrado para juzgarlo cuando menos mal versificador, se une, en general, a la carencia de temblor y de fuego lírico, indispensables en el poeta verdadero» (p. 164).

[12] Véase, por ejemplo, Francisco Ayala, «El túmulo», en Cervantes y Quevedo, Barcelona, Seix Barral, 1974, pp. 185-200; Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, p. 170; y Adriana Lewis Galanes, «El soneto “Vuela mi estrecha y débil esperanza”: texto, contextos y entramado intertextual», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII, 2, 1990, p. 686.

Cervantes, poeta de vocación

La poesía, señor hidalgo, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo estremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella (Quijote, II, 16, ed. Rico, p. 757).

Poesía

Con estas palabras da comienzo el loco-cuerdo don Quijote —muy cuerdo y discreto siempre en todas aquellas cuestiones no atingentes a la caballería— a su discurso sobre la poesía en casa de don Diego Miranda, el Caballero del Verde Gabán, reflexión suscitada al conocer que este tiene un hijo poeta. Dispersas a lo largo de la obra cervantina podemos encontrar multitud de referencias a la poesía, los poetas y el quehacer poético en general, unas dichas en serio, otras expresadas en tono de burla. Un simple vistazo a las entradas que sobre esta materia recoge la Enciclopedia cervantina de Avalle-Arce bastará para confirmar esta impresión[1]. Si las tomamos en consideración, nos quedará muy clara la alta estima en que Cervantes tenía la verdadera poesía —la ciencia de la poesía, como él dice—; pero si, además, nos acercamos a su obra lírica, nos resultará patente también que Cervantes fue poeta, y poeta de vocación, que estimaba en mucho sus criaturas poéticas.

Fue, en efecto, poeta Miguel de Cervantes desde el principio de su carrera como escritor hasta el fin de sus días, hasta las vísperas mismas de su muerte. Suele comentarse que su salto a la arena literaria se produce en 1585 con la aparición de La Galatea, y ciertamente ese es su primer libro publicado; sin embargo, ya antes había dado a las prensas algunos escritos, y esas primeras publicaciones del ingenio complutense fueron precisamente varios poemas, los dedicados a la muerte de la reina Isabel de Valois, en el año 1569. Si pasamos al otro extremo y nos situamos al final de sus días, ¿cómo no recordar la famosa cuanto emotiva dedicatoria del Persiles al Conde de Lemos, que firma «Puesto ya el pie en el estribo / con las ansias de la muerte…»? No es sólo que, para su despedida del mundo, eche mano, adaptándolos, de unos versos de la copla antigua, sino que además, en esa novela que a la postre sería póstuma, introduce Cervantes cuatro hermosos sonetos y otras diversas poesías. Entre ambos hitos, las composiciones juveniles dedicadas a Isabel de la Paz y las insertas en su Historia setentrional, numerosos testimonios nos iluminan acerca de la vocación poética cervantina. Así, en las palabras a los «Curiosos lectores» con que se abre La Galatea, justifica su decisión de dar a la estampa esa novela escrita en prosa y verso, y para ello alega «la inclinación que a la poesía siempre he tenido…». Esa vocación la reitera decididamente en el Viaje del Parnaso:«Desde mis tiernos años amé el arte / dulce de la agradable poesía» (Viaje del Parnaso, IV, vv. 31-32, ed. Herrero García, p. 254); así lo reconoce ahora que ya es un anciano, y puede nombrarse el «Adán de los poetas» o presentarse graciosamente: «Yo, socarrón; yo, poetón ya viejo».

Doblo aquí la hoja por hoy, y en una próxima entrada me referiré a los planteamientos de la crítica ante la poesía de Cervantes. En fin, en futuras entradas iré comentando diversos textos poéticos del autor del Quijote.


[1] Véase Juan Bautista de Avalle-Arce, Enciclopedia cervantina, 2.ª ed., Guanajuato, Universidad de Guanajuato / Centro de Estudios Cervantinos, 1997, pp. 378a-381a.

Breve biografía de Cervantes (de 1581 a 1616)

En una entrada anterior ya revisamos la biografía cervantina entre los años 1547 y 1580. Veamos ahora los años restantes hasta su muerte, ocurrida en 1616.

Tras su regreso a España, en 1581 desempeña Cervantes una misión como espía en Orán y realiza una estancia en Lisboa (tras la muerte de don Sebastián en Alcazarquivir, Felipe II es ahora rey de Portugal, y allí se sitúa la Corte itinerante). En 1584 mantiene una relación amorosa con Ana Franca de Rojas, una «bella malmaridada» casada con un mesonero, fruto de la cual nace su hija natural Isabel de Saavedra. Más tarde, ese mismo año, se casa en Esquivias con Catalina de Palacios Salazar Vozmediano y la pareja se instala en ese pueblo de donde ella era natural. Al parecer, fue este un matrimonio de conveniencia y no resultó demasiado feliz: la edad de los contrayentes era desigual (Cervantes tiene treinta y siete años y su esposa diez y nueve), y ciertamente no nos han quedado en la obra cervantina evocaciones de una vida conyugal feliz; además, fue mucho el tiempo que los esposos vivieron separados, en distintos momentos. Por estos años Cervantes retoma con más intensidad su afición literaria (en su juventud había escrito simplemente algunas poesías de circunstancias o elogios a otros ingenios en los preliminares de sus obras): publica ahora su novela pastoril La Galatea (1585) y compone algunas piezas dramáticas que se estrenaron, al parecer, con éxito de público, según apunta en el «Prólogo al lector» que antepone en 1615 a sus Ocho comedias y ocho entremeses.

Sin embargo, las letras no van a ser su dedicación exclusiva. Por esos años Lope de Vega se alza con el cetro de la monarquía cómica, cerrando el camino al tipo de teatro, más «arreglado», que intentaba escribir Cervantes. En ese mismo prólogo indicará: «tuve otras cosas en que ocuparme». Deja, en efecto, en su casa de Esquivias a su esposa, al frente de la hacienda, y él marcha a ocuparse de algunos negocios. Para ganarse la vida —al igual que su padre, Cervantes conocería siempre estrecheces y dificultades económicas—, entre 1587 y 1594 trabaja como comisario de abastos (una especie de recaudador de impuestos para la Hacienda pública), recorriendo varias localidades andaluzas con el fin de cobrar las rentas necesarias para el abastecimiento de la «Católica Armada» o «Felicísima Armada» contra Inglaterra (la que luego sería conocida como la «Armada Invencible», aunque Cervantes y los españoles de entonces nunca la llamaron así). En estos duros años, en los que es su protector el administrador vasco Isunza, el escritor acumula multitud de experiencias, conoce gentes pertenecientes a todos los estratos de la sociedad, visita los más variados rincones de España, y sufre… En octubre de 1587 es excomulgado por haber embargado el trigo de unos canónigos de Écija; en 1592 es encarcelado por el mismo motivo (embargar ciertos bienes eclesiásticos) en Castro del Río… Antes, con fecha 21 de mayo de 1590, deseoso de mejorar fortuna, había dirigido un memorial a Felipe II alegando sus méritos y solicitando la merced de un oficio en Indias, pero el 6 de junio le responde el Consejo de Indias con estas escuetas palabras: «Busque por acá en qué se le haga merced»[1]. Las comisiones andaluzas finalizarán a la altura de 1594. Con toda esa experiencia de vida acumulada, empezaría Cervantes a redactar el Quijote.

En 1595 reemprende, con una gira por el reino de Granada, su trabajo como recaudador de impuestos, que le trae de nuevo muchos sinsabores. Hombre más de letras que de números, no parece que fuese un experto administrador capaz de ajustar con claridad las cuentas. Ocurre, además, que a veces tenía que usar el dinero público para cubrir los gastos del camino, derivados de sus comisiones, estableciéndose así una frontera borrosa entre el peculio público y el propio. Las cuentas se embrollan, y la situación todavía se complica mucho más en septiembre de 1597 con la bancarrota de Simón Freire de Lima, banquero sevillano al que Cervantes había confiado los dineros del Erario: por este motivo, pasa tres meses en la Cárcel Real de Sevilla[2], siendo liberado el 1 de diciembre. Posteriormente, en 1602, volvería a tener problemas con la rendición de cuentas al Tesoro público, pero en 1603 sería exculpado definitivamente.

Siguiendo a la Corte, que se ha trasladado a Valladolid en 1601, Cervantes instala su casa en esa ciudad castellana. A la altura de 1604 lo tenemos allí, en un momento en que se enfrían sus relaciones con Lope de Vega, que se convertirá en su principal enemigo literario. En septiembre de ese año obtiene el privilegio para publicar el Quijote, que sale en Madrid en 1605 (es probable que el libro, impreso por Juan de la Cuesta a cargo del librero Francisco de Robles, estuviera acabado para diciembre de 1604, y que se le pusiera el pie de imprenta de 1605 para aumentar el efecto de novedad).

Portada de la Primera parte del Quijote (1605)

La novela con los hechos de don Quijote alcanza de forma inmediata un enorme éxito (varias ediciones, algunas de ellas piratas, y, muy pronto, traducciones totales o parciales a otros idiomas), que llega al escritor —un advenedizo en la república de las letras: su única novela anterior, La Galatea, era de 1585— bien entrado en la madurez, casi en la ancianidad (si consideramos la menor esperanza de vida de aquel entonces).

Sin embargo, el éxito literario se ve empañado por la amarga experiencia de un nuevo paso por la prisión: sufre, en efecto, un breve encarcelamiento (del 29 de junio al 1 de julio) como consecuencia de un crimen cometido a la puerta de su casa en Valladolid: allí quedó malherido el caballero navarro don Gaspar de Ezpeleta; el verdadero culpable era un alguacil de Corte, pero la justicia miró para otro lado para permitir que escapara impune: se emborronó todo el proceso ordenándose encarcelar a todos los inquilinos de la casa. El proceso judicial nos brinda algunas noticias interesantes sobre el escritor y su familia. Con él vivían, además de su esposa Catalina, su hija Isabel (Ana Franca ya había fallecido), sus hermanas Andrea y Magdalena y la hija natural de aquella, Constanza de Ovando; estas mujeres tenían muy mala fama, por vivir amancebadas o en tratos poco honestos con hombres que las mantenían económicamente, y eran conocidas despectivamente con el apodo de «las Cervantas».

Los años 1605-1615 constituyen la «década prodigiosa» —valga la expresión— de la producción literaria de Cervantes. En 1608 lo encontramos en Madrid, en unos momentos de gran actividad: la Primera parte del Quijote le ha traído popularidad y fama y, pese a ser un gran éxito de ventas, su autor sigue viviendo pobremente. El embajador francés, en visita a la Villa y Corte, se sorprende al ver el estado de necesidad del creador del inmortal don Quijote: «¿Pues a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?»[3]. En 1609 ingresa en la Congregación de los Esclavos del Santísimo Sacramento y en 1613 toma el hábito de la venerable Orden Tercera de San Francisco (que enterraba de caridad a los pobres que no podían costearse los gastos fúnebres). Las publicaciones se acumulan en los años centrales de esta década: ese año de 1613 aparecen sus Novelas ejemplares, en 1614 da a las prensas su Viaje del Parnaso y en 1615 suma dos nuevos títulos: publica la recopilación de Ocho comedias y ocho entremeses (ya que no puede estrenar sus obras teatrales, se decide a imprimir todo su repertorio) y, urgido por la aparición el año anterior de la continuación apócrifa de Avellaneda, entrega a sus lectores, por fin, la Segunda parte del Quijote.

El 2 de abril de 1616 pronuncia sus votos definitivos como tercero de San Francisco. Enfermo de «hidropesía» (una dolencia que provocaba una sed insaciable; probablemente diabetes o una enfermedad similar), muere finalmente el 22 de abril en su casa de la calle del León y es enterrado al día siguiente en el convento de las Trinitarias Descalzas, sito en la cercana calle de Cantarranas. Cuatro días antes, el 19 de abril, «puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte», había firmado la emotiva dedicatoria al conde de Lemos del Persiles, que aparecería, ya como obra póstuma, en 1617. Más tarde, los restos mortales del autor del Quijote quedaron definitivamente perdidos en una fosa común, sin posibilidad de ser identificados y de reposar dignamente en un panteón de hombres ilustres.


[1] Podríamos preguntarnos: ¿qué habría sido de Cervantes en América? De haber obtenido esa plaza, seguramente no habría escrito el Quijote, pero quizá sí otras obras inspiradas en la observación de la realidad americana…

[2] La magnífica descripción del hampa sevillana que apreciamos en Rinconete y Cortadillo no tendría la misma viveza, seguramente, sin ese paso por la cárcel sevillana. Algunos autores sugieren que Cervantes comenzó aquí la redacción del Quijote, pues en el «Prólogo» de la Primera parte se afirma que el libro «se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación».

[3] Según refiere la aprobación del licenciado Márquez Torres a la Segunda parte del Quijote, que consigna la aguda respuesta de un caballero que lo acompañaba: «Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo».