El soneto «Ante el “Quijote” de la Academia, impreso por Ibarra», de Manuel Machado

Este soneto de Manuel Machado pertenece a la sección «Proloquios» de su recopilación poética Cadencias de cadencias (Nuevas dedicatorias), publicada en el año 1943. Se trata de una entusiasta evocación de esa joya bibliográfica que es el Quijote impreso por Joaquín Ibarra en 1780, en cuatro volúmenes, a petición de la Real Academia Española y siguiendo sus normas ortográficas y sintácticas. La valoración de esta elegante edición la sintetiza certera y magníficamente el último verso de la composición: «el mejor libro en la mejor imprenta».

El Quijote de Joaquín Ibarra (1780)
El Quijote de Joaquín Ibarra (1780).

El texto del poema es como sigue:

De Elzevirios, de Aldos y Plantinos[1]
insigne sucesor fue Ibarra un día
gloria de la española Artesanía,
sol magnificador de sus caminos…

Logra el trabajo con amor destinos
de Arte supremo. Ibarra lo sabía
y penetró con clásica maestría
del suyo los secretos peregrinos.

De Bodoni y Didot[2] rival triunfante,
la página de Ibarra el sello ostenta
claro, severo, pulcro y elegante.

Y su Quijote insigne representa
la cifra de la gloria culminante:
el mejor libro en la mejor imprenta[3].


[1] De Elzevirios, de Aldos y Plantinos: nombres de ilustres impresores clásicos con los que entronca Ibarra. Con Elzevirios alude a Lodewijk Elzevir —Luis Elzevir I— (1540-1617), fundador en Leiden (Países Bajos) de una larga dinastía de impresores holandeses que permaneció activa hasta 1712, de cuyos talleres se calcula que salieron unas 1.600 ediciones. El humanista Aldus Pius Manutius, Aldo Manuzio (Aldo Manucio en español) o Aldo el Viejo (1449-1515) fue el fundador en Venecia de la Imprenta Aldina, famosa por sus elegantes impresiones de obras clásicas y por la invención de las letras itálicas o cursivas. En fin, Christoffel Plantijn (c. 1520-1589), conocido como Christophorus Plantinus en latín y como Cristóbal Plantino en español, fue otro célebre impresor y librero flamenco. Junto con Arias Montano se encargó de la impresión de la Biblia Políglota Regia, siendo nombrado por ello «architipógrafo regio» por Felipe II. Su no menos célebre imprenta ubicada en Amberes, denominada Officina Plantiniana, se conserva en la actualidad como Museo Plantin-Moretus, por su yerno Jan Moretus, heredero de Plantino en el negocio impresor.

[2] Bodoni y Didot: se refiere a Giambattista Bodoni (1740-1813), impresor y tipógrafo italiano que creó varios tipos de letra serifa que todavía se utilizan en la actualidad (la fuente Bodoni); y a Firmin Didot (1764-1836), grabador, impresor y tipógrafo francés, miembro de la más célebre familia de impresores franceses, al que se le recuerda por sus ediciones de grabados de Giovanni Battista Piranesi y por ser el creador de la técnica de la estereotipia. Al igual que Bodoni, también da nombre a una célebre fuente tipográfica, los caracteres Didot, que tradicionalmente han constituido el tipo estándar nacional para las publicaciones francesas.

[3] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 490.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: oralidad y memoria

A la vista de lo comentado en las varias entradas anteriores —y teniendo en cuenta especialmente el relato «La acción de Numerosa» en el que se menciona expresamente la narración junto al fuego del vivac—, pudiera pensarse que todos los relatos contenidos en este libro están contados por uno o por varios de esos narradores-soldados como si se tratara de una narración-marco (como el Decamerón de Boccaccio, las Noches de invierno de Antonio de Eslava, etc.) en este caso, las diversas historias no serían narradas al calor de una chimenea, junto al hogar de una casa, sino alrededor del fuego del campamento militar.

Fred Roe, «Somewhere at the front. Soldiers around a camp fire at night. Western Front». National Army Museum (Londres, Reino Unido)
Fred Roe, «Somewhere at the front. Soldiers around a camp fire at night. Western Front». National Army Museum (Londres, Reino Unido).

En ese sentido, el título Cuentos del vivac no haría referencia solo a la temática bélica de estos relatos, sino a la circunstancia de su narración oral: ya hemos visto que muchos de ellos (no todos, pero sí una inmensa mayoría) presentan un narrador testigo, que estuvo presente en el suceso que se narra, y que ahora comparte con sus compañeros por su carácter «ejemplar» o, simplemente, por entretener las horas muertas. Dejando aparte «La acción de Numerosa», son catorce los relatos que tienen un narrador testigo («Pae Manípulo», «Pro patria», «El ideal del Pinzorro», «El último cartucho», «La redención de Baticola», «El corneta Santurrias», «El bloqueo», «La pareja del segundo», «El ascenso de Regojo», «El artículo 118», «¡Noche de Reyes!», «El hijo del regimiento», «El vicio del capitán» y «Remoque»); en otros dos el narrador ha sido protagonista del suceso narrado («Andusté» y «La cuña»); y en otro el narrador ha escuchado la historia a otro testigo («El rehén del Patuco»). Al comentar los cuentos, he procurado citar literalmente todas aquellas fórmulas que denotan esa transmisión oral («… antes de deciros…», «… he de contaros…», «… lo que voy a contaros…», «… si me atrevo a contarlo…», «… como os digo»); así como las frecuentes alusiones al recuerdo, a la memoria de esos narradores («Recuerdo yo…», «… me da frío recordar…», «Me acuerdo del corneta…», «… recuerdo con lucidez…», «… ni casi recuerdo bien lo que pasó»). Se trata de narradores que a veces han olvidado los grandes hechos de una gloriosa jornada de armas, pero cuya imaginación quedó vivamente impresionada por un detalle «menor»: un rasgo heroico, un comportamiento particular, la posición de un cuerpo, un rasgo de genio de algún soldado, la muerte de un animal querido o cualquier circunstancia extraordinaria. Son recuerdos que quedaron grabados en su memoria —y en algún caso quedarán también en la del lector— de forma indeleble. Además, en muchas ocasiones esas fórmulas relativas al recuerdo de los hechos y a la narración de viva voz de los mismos son las que sirven para encabezar el relato.

Esta posible interpretación de los Cuentos del vivac como un moderno relato-marco queda sugerida además explícitamente cuando el narrador de «El vicio del capitán» señala: «No sé si otra vez os he hablado de Humaredas» (p. 159), palabras que hacen referencia a la narración de otras historias anteriores por parte de ese mismo narrador. Y queda reforzada si observamos que a través de las páginas del libro se van repitiendo algunos topónimos y nombres de protagonistas: Humaredas ya se mencionaba en «El fin de Muérdago»; el teniente Alpera cuenta «El último cartucho» y, después, un coronel Alpera será protagonista de «La cuña»; Muérdales es el monte en que muere el Patuco y el pueblo en que está sitiado el comandante Regajales en «¡Noche de Reyes!»; «La Amistad» se llama el casino liberal de Rebajales (en «La oreja del Rebanco», y lo mismo el de Humaredas en «El fin de Muérdago»); Pedrales es topónimo citado en «Pro patria» y también el nombre del cabo que narra «De dos a cuatro»; el protagonista de este relato es el teniente Rodaja, en «El artículo 118» se menciona a un tal capitán Rodajo y en «El vicio del capitán» acompaña al narrador un soldado Rodajas, etc. Todas esas repeticiones no parecen, en absoluto, casuales (si lo fueran, indicarían cierto descuido o muy poca capacidad nominativa en el autor), sino que tejen una sutil red de interrelaciones formales —aparte de las temáticas— entre unos relatos y otros.

Por otra parte, la variedad de ambientes (guerra contra los franceses, episodios revolucionarios, escenas de una o de las dos guerras carlistas) y su desorden cronológico en su presentación podrían explicarse por ese mismo motivo del carácter oral de las historias narradas: cada noche se cuenta una distinta, saltando de una época a otra, según las traiga el recuerdo a la memoria del narrador o narradores[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (y 8)

Otros dos relatos pueden ponerse en relación por ser retratos cariñosos de sendos animales[1]: «El perro del tercero de cazadores» y «Rempuja»; su tono los acerca a otros en los que predomina un tono de ternura. En el primero, se nos dice que el chucho Careto es tan amigo del corneta Tobarra que hasta come de su misma escudilla. El coronel del regimiento, al mando de 800 cazadores, tiene que hacer frente a una fuerza superior de caballería. En el momento crucial de la carga enemiga, el perro se lanza contra los caballos y muerde a uno en el belfo, circunstancia que provoca desorden y confusión en el ataque y que, por consiguiente, sirve para salvar al regimiento. De noche, los soldados encuentran el cuerpo del perro convertido en un amasijo de barro y sangre y lo entierran al pie de un chaparro. El corneta Tobarra queda abatido por la pérdida del animal.

Un perro en una trinchera, durante la Gran Guerra.
Un perro en una trinchera, durante la Gran Guerra.

«Rempuja» presenta a Paco Andurrias, un exgastador que marcha ahora en el ejército como cantinero; se le apoda «Tanimientras» porque empieza siempre sus frases con esa expresión. Para tirar de su carro ha comprado un penco viejo al que llama Rempuja, expresión que emplea para animarlo. El cantinero quiere llegar a Cadigüela, para lo cual ha de pasar una dura sierra; los soldados tratan de convencerlo de que el viejo animal, lleno de mataduras y taras, no resistirá la prueba, pero él replica: «Tan y mientras que güela cebá, tira» (p. 193). Sin embargo, el pobre Rempuja se queda en el puerto y su dueño, que tan bien congeniaba con su bestia, le acompaña, llorando. Esa noche, todos los soldados echan en falta el aguardiente, pero recuerdan también la pérdida de Rempuja.

He dejado para el final «La acción de Numerosa», un relato «fantástico» que sorprende, hasta cierto punto, en el conjunto del libro. Los soldados están junto al fuego del vivac y Hormigo anima al sargento Parleño (otro nombre simbólico) a contar «un sueño» —que ha tenido o imaginado en su cabeza—, la guerra librada en el reino de la Aritmética entre los ejércitos de los números: Parleño se decide y relata una batalla entre los números pares y los números impares en la llanura de Pizarreda, que se salda con la derrota final de los pares por la cobardía de los ochos, que a la hora de combatir se convierten en dos ceros (los ceros eran los asistentes). En cualquier caso, le une a muchos de los demás relatos la circunstancia de ser una historia contada por un soldado narrador al calor del fuego, para entretener las veladas de sus compañeros[2].


[1] Baquero Goyanes, El cuento español en el siglo XIX, cit. supra, llamó la atención sobre la importancia que se concede en los relatos cortos del siglo XIX tanto a los animales (pp. 547-562) como a los objetos y seres pequeños (pp. 547-562).

[2] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (7)

Aparte de los ya comentados, quedan cinco relatos que no hallan fácil cabida en los dos apartados anteriores: «La última noche», «Nubecilla de humo», «El perro del tercero de cazadores», «Rempuja» y «La acción de Numerosa».

Los dos primeros pueden agruparse por tratar del mismo asunto, las últimas horas de un condenado a muerte, aunque el desenlace será distinto en uno y otro. En «La última noche» acompañamos a Andrés, un sargento segundo del primer batallón condenado a muerte en consejo de guerra; en realidad, su trágico destino ha estado determinado por un cúmulo de casualidades y por su mala suerte: una noche, su mujer y su hija le acompañaban en la caseta donde hacía guardia; un capitán nuevo, que no conocía su estado civil, al descubrirlo en su ronda acompañado por una mujer, pensó que se trataba de una soldadera, la empujó y cayó con ella la niña, que resultó herida; el sargento, en un acceso de ira, le golpeó en la cabeza con la culata del fusil, causándole la muerte. La noche previa a la ejecución, su mujer acude con la hija para hablar con él a través de la ventana de la celda. Al amanecer Andrés mira el paisaje consciente de que lo hace por última vez; su esposa y su hija llegan presurosas en el último momento y asisten desde lejos al fusilamiento, cayendo ambas de bruces sobre la escarcha. Constituye un acierto este final en el que no se llega a describir la muerte de Andrés (no se relata finalmente su ejecución), sino que la caída de su cuerpo desplomado queda sugerida indirectamente por la otra caída al suelo, la de sus dos seres más queridos.

Jean-Léon Gérome, «La ejecución del Mariscal Ney» (1876). Colección privada (Friburgo).
Jean-Léon Gérome, «La ejecución del Mariscal Ney» (1876). Colección privada (Friburgo).

«Nubecilla de humo», relato dividido en dos capitulillos, plantea también la ejecución de una pena de muerte. En la primera secuencia se cuenta la causa: el sargento Renedo y el cabo Brenes se disputaban una mujer de mala vida, la Rubia; un día se encontraron los dos militares, discutieron, el sargento golpeó al cabo y este le clavó su bayoneta dejándolo muerto; Brenes se dejó prender con total tranquilidad, aunque sabía lo que le esperaba: «Un Consejo de guerra que haría con unas firmas lo que él había hecho con una bayoneta» (p. 200). Es, en efecto, condenado a muerte, porque «La disciplina militar es una diosa que necesita sacrificios de cuando en cuando» (p. 202). En la segunda parte, el condenado sigue haciendo alarde de hombre duro: ya en capilla permanece sereno, inmutable; al salir para ser fusilado, le dan un puro, que enciende y saborea, hasta que, al llegar al punto de la ejecución, lo deja apoyado sobre el hule de su ros, desde donde se levanta el humo. Ya vendado el prisionero, llega el perdón en el último instante; sin inmutarse, el cabo Brenes vuelve a coger el puro y se aleja fumando con absoluta frialdad. Parece como si todo no hubiese sido más que una «Nubecilla de humo» en su vida[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

«San Juan de la Cruz», soneto de Manuel Machado

Siguiendo con la serie de poemas de Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947) que evocan temas y personajes de nuestros Siglos de Oro, copiaré hoy su soneto dedicado a «San Juan de la Cruz». Se trata de la composición que encabeza la sección «Horario» de su libro Cadencias de cadencias (nuevas dedicatorias), publicado en Madrid, por Editora Nacional, el año 1943.

El soneto reza como sigue:

Juan de la Cruz: Poeta del Divino
Amor. Carne del alma, estremecida
de Eternidad en flor. Nardo de vida
hacia otra Vida abierto, peregrino.

Hasta el Supremo Bien fue tu destino
alzar un alma de Beldad transida,
de la ternura por la senda erguida
y el éxtasis que pone en pie el camino.

La gloria del Amado en sus criaturas,
la soledad sonora, la callada
música[1] de divinos embelesos,

del Carmelo las sacras cumbres puras…
Todas las hizo tuyas tu mirada
en el más inefable de los besos[2].


[1] la soledad sonora, la callada / música: eco directo del «Cántico espiritual»: «… la noche sosegada / en par de los levantes de la aurora, / la música callada, / la soledad sonora, / la cena que recrea y enamora».

[2] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 535. Figura publicado con variantes en el número 25, de noviembre de 1942, de la revista Escorial. Ver Ángel Manuel Aguirre, «Verso y prosa de Manuel Machado no incluido en la edición de sus Obras completas», Cuadernos Hispanoamericanos, núms. 304-307, tomo I, octubre-diciembre 1975-enero 1976, p. 126.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (6)

De gran intensidad dramática es «De dos a cuatro». El cabo Pedrales cuenta a los soldados por qué el teniente Rodaja perdió en una noche la negrura de su cabello. Fue una vez que pasaban las ventas de Recova hacia Costillada; muy cerca vivía el padre del, en aquel entonces, soldado Rodaja; este fue enviado de avanzada, de 2 a 4 de la madrugada, con la orden de disparar a cualquier persona que se acercase. Rodaja pasó las dos horas temiendo que su padre, que podía haberse enterado de que su hijo estaba cerca de casa, fuese a verlo y tuviese que disparar contra él; cuando acabó su guardia, apareció con el cabello totalmente blanco: «No le dije nada yo tampoco; sentí como ganas de llorar, y me guardé la historia para que ustedes, que no habéis pasado por estas cosas, supieseis cómo puede pasar una noche de miedo un soldado de gran corazón» (pp. 103-104).

«El hijo del regimiento», con sus 10 páginas, es uno de los pocos relatos que presenta divisiones internas (cuatro capitulillos muy breves). El 4.º regimiento del 2.º cuerpo de ejército marcha en derrota; vivaquea y come su rancho en el llano de Albatera, con la tristeza de su desesperada situación. El coronel Pozazal encuentra un bebé, abandonado por alguna mujer de los pueblos cercanos, que entrega al cocinero Madrépora; el Padre Manzaneque lo bautiza con el nombre Marcialillo (nombre, sin duda, ajustado a la situación). Al amanecer, se reanuda el combate. Los soldados asaltan el cabezo de Aguzahoces, combatiendo cuerpo a cuerpo; Madrépora pelea con el bulto del niño en el brazo izquierdo y con un sable en la mano derecha; «se batía —leemos— como cada hijo de vecino, con la borrachera de la lucha en el corazón» (p. 131). Tienen cien bajas, pero gracias al heroico comportamiento de todo el regimiento consiguen salvar su apurada situación. Los soldados comen ahora felices el rancho de la victoria, y todos recuerdan cómo había luchado el cocinero «animado por la embriaguez de la pelea» (p. 133). El narrador que relata esta historia es uno de esos soldados.

Altas cotas de ternura alcanza Federico Urrecha con «El vicio del capitán», relato una vez más con narrador testigo: «No sé si otra vez os he hablado de Humaredas» (p. 159). Un grupo de soldados pasa el verano como destacamento en ese pueblo. En el casino coinciden con Retama, capitán retirado, manco y muy malhablado, conocido por «su lengua de hacha y su vocabulario pletórico de desvergüenzas» (p. 160). Rodajas y otro soldado, el narrador, le siguen un día y descubren su secreto: el capitán Retama no gasta su dinero en vicios, como alardea en el casino, sino en alimentos para una niña huérfana que ha adoptado del hospicio; hasta se priva del tabaco para comprarle leche; además, en casa el capitán no jura, sino que atiende y mima a la muchacha, «cuidando de aquella intimidad por él creada, para no morirse en la soledad del soldado viejo y arrumbado» (p. 164). Los dos soldados piensan inicialmente comentar en el casino su descubrimiento; pero, conmovidos por la tierna escena que ven, deciden guardan su secreto y no ponerlo en evidencia revelando cuál es el verdadero «vicio del capitán». Este capitán Retama nos recuerda a Muérdago: ambos son militares retirados, ambos están tullidos (cojo uno, manco el otro), ambos exponen sus ideas con energía en el mismo casino de Humaredas… La diferencia entre ambos relatos estriba en que en «El fin de Muérdago» el tono era trágico, al presentar la muerte heroica del viejo héroe; mientras que aquí se nos ofrece un segmento de vida, en el contexto de la guerra, que muestra un comportamiento pleno de ternura y humanidad.

«Remoque» es, como «El idilio de la pólvora», uno de los escasos Cuentos del vivac en que aparece sugerido, aunque no explícitamente desarrollado, un tema amoroso. Una vez más encontramos un narrador testigo: «Fue aquel cabo Remoque una de las figuras más interesantes que he conocido en mi vida de soldado» (p. 261). Herido en el oído en el desastre de Gorrionuela, es conducido a un hospital en el que se enamora de sor Mariposa, una hermana a la que llama así por el aleteo de sus tocas. Cuando su estado de salud se agrava, Remoque dice que solo se confesará si sor Mariposa deja que le dé un beso; tras su inicial resistencia, la monjita se deja besar; entonces el cabo se confiesa y muere acompañado por la hermana y por el narrador[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

«Alvar-Fáñez (retrato)», de Manuel Machado

Este poema de Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947), «Alvar-Fáñez (retrato)», corresponde a la sección «Primitivos» de su libro Museo. El texto es uno de los 19 poemas de ese poemario que figuran en el volumen Alma. Museo. Los cantares (1907), segunda edición de Alma (1902), los cuales se distribuyen en cuatro subsecciones: «Oriente», «Primitivos», «Siglo de Oro» y «Figulinas»[1].

Monumento a Álvar Fáñez

El poema —catorce versos alejandrinos, con rima asonante á a en los 11 primeros y rima aguda á en los tres últimos— reza como sigue:

Muy leal y valiente es lo que fue Minaya;
Por eso dél se dice su claro nombre, y basta.
Hería en los más fuerte haces y de más lanzas
y, hasta el codo, de sangre de moros chorreaba,
el caballo, sudoso, toda roja la espada.

Cuando Ruy le ofrecía su quinta en la ganancia,
tornábase enojado, ni un dinero aceptaba.
Fue embajador del Cid a Alfonso por la gracia…
Mas todos sus discursos fueron estas palabras:
«Ganó a Valencia el Cid, Señor, y os la regala».

… Deste buen caballero, aquí el decir se acaba;
de Minaya Alvar-Fáñez quien quiera saber más,
lea el grande poema que fizo Per Abad
de Rodrigo Ruy Díaz Myo Cid, el de Vivar[2].


[1] Ver para más detalles Eloy Navarro Domínguez, «El “Museo” de Manuel Machado», Philologia Hispalensis, 9, 1994, pp. 17-32.

[2] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 159. Mantengo la forma «Alvar» del original en el título y en el verso 12.