«La fuerza de la sangre» de Cervantes: interpretación y trascendencia

En una entrada anterior me refería al argumento y los temas de La fuerza de la sangre, la sexta de las Novelas ejemplares de Cervantes. En esta de hoy quiero añadir algunas otras consideraciones relativas a su interpretación y trascendencia en forma de reescrituras o adaptaciones posteriores. Con respecto a su título, explica Jorge García López:

Para el cervantismo decimonónico y finisecular, el título de la novela condensó la expresión cervantina de una idea básica del antiguo régimen: la identidad entre nobleza ética y social. De ahí que haya servido para apostillar otros relatos cervantinos que parecen resultado de esa ideología (La gitanilla, por ejemplo, o La ilustre fregona). En esta perspectiva el título vendría a significar “el poder de la ascendencia”, “la vitalidad de lo noble”. Por otra parte, se trata de uno de los pocos títulos de la colección que no expresa ninguna relación con ningún personaje principal, sino que está limitado a describir el hecho fundamental del relato, y, con ello, propone una reflexión sobre el destino de los personajes, e incluso la abstracción de todas sus caracterizaciones en la mera señal de demarcación social (la sangre). Más recientemente, su interpretación ha corrido paralela a la del relato, y en una perspectiva simbólica y religiosa bien podría entenderse incluso “la eficacia del sacrificio”, refiriéndose a la escena nuclear del accidente de Luisico, e incluso pueden rastrearse sentidos de una irónica crueldad. Asimismo, el relato puede entenderse como una exploración de las diferentes asociaciones que pueden darse entre fuerza y sangre (asociando o disociando ambos términos con diferentes sentidos). El título, por otra parte, se convierte en cifra de las llamativas simetrías sobre las que está construido el relato, puesto que resuena en sus líneas finales, acotando el accidente central de la narración y acentuando la verosimilitud del conjunto[1].

La novela de La fuerza de la sangre ha sido considerada entre las menos importantes dentro del volumen de doce relatos publicado en 1613 por Cervantes, pero ofrece muchos elementos de interés, susceptibles de una interpretación simbólica, en particular religiosa, como han hecho notar distintos estudiosos[2]. Así, por ejemplo:

1) El propio nombre de la protagonista, Leocadia, que evoca a santa Leocadia, virgen y mártir cristiana de la Hispania romana (durante la persecución de Diocleciano), cuya festividad se celebra el 9 de diciembre, y es el nombre de la iglesia toledana donde se encuentra el Cristo de la Vega.

2) La sangre derramada del hijo, Luisico, salva a su madre Leocadia de la muerte social, igual que la sangre de Cristo limpia y purifica al hombre de sus pecados.

3) La cuesta que desciende Rodolfo al comienzo de la novela con sus amigos (cuando se cruza con el grupo de las “ovejas”, Leocadia y su familia) simbolizaría su descenso moral. Igualmente, el caballo que atropella a Luisico sería trasunto del impulso sexual de Rodolfo.

4) El hecho de que Rodolfo deje abandonada a Leocadia junto a la iglesia mayor de Toledo (solución sugerida por la propia muchacha) apuntaría a la unión matrimonial final, que anticipa de alguna manera.

LaFuerzadelaSangre_Rodolfo

5) Se manejan en la novela técnicas de claroscuro: es importante la contraposición luz / oscuridad, ceguera / visión. La oscuridad de la casa de Rodolfo simboliza el sepulcro de Leocadia, su muerte social. Al final, la oscuridad dejará paso a la luz.

6) En fin, la crítica ha señalado también la importancia del motivo del niño maravilloso, con precedentes en el folclore y la literatura hagiográfica, que es un claro símbolo de regeneración.

Como valoración de conjunto, me limitaré a copiar de nuevo unas palabras del antes citado García López:

Nuestro relato fue uno de los más elogiados por el cervantismo de fines del siglo XIX, que vio en el título la cifra de una ideología que Cervantes frecuenta (o quizá simplemente utiliza) en alguna otra novela de la colección, sea La gitanilla o La ilustre fregona; y esto a pesar de contener uno de los episodios más duros de aceptar para una mentalidad moderna: que Leocadia “ame” a quien la ha forzado físicamente. Por ahí se le ha achacado en ocasiones lo artificioso del desenlace, sensación reforzada por el laberinto de aparentes simetrías que nos presenta el relato. En otro sentido, la novela refleja con nitidez el rechazo de Cervantes a la idea del honor imperante en la época, y lo hacía explotando una leyenda popular toledana también utilizada por Zorrilla en su obra dramática A buen juez, mejor testigo, pero ya en la época el argumento pasó a las tablas de la mano de Alexander Hardy como La forcé du sang. Sin embargo, la crítica se ha rendido con más frecuencia y entusiasmo a la exégesis de las aludidas simetrías, centradas todas ellas en torno al accidente del pequeño Luis, cuya sangre derramada (evocación del sacrificio de cristo) salvará a su madre de la muerte social. De ahí que las interpretaciones religiosas y simbólicas hayan seducido a la crítica con asiduidad llamativa. La escena inicial, por ejemplo, parece estar penetrada de un simbolismo ético; o bien la iglesia donde Rodolfo conduce a Leocadia para que se oriente en la noche sería símbolo adelantado del desenlace: el matrimonio. En fin, el caballo que atropella a Luisico vale por metáfora del deseo carnal: el de Rodolfo forzando a Leocadia. Más recientemente se ha explorado la carga social que contiene el relato, esbozándose renovados sentidos en el título, donde puede llegarse a entender una afilada y cruel ironía. En la sociedad que le ha tocado en suerte, Leocadia no tiene otra alternativa que convivir con Rodolfo[3].

Terminaré indicando algunos datos sobre la trascendencia de La fuerza de la sangre. Inspirada en una narración medieval legendaria de origen toledano, la novela cervantina daría lugar a su vez a otras recreaciones literarias posteriores como la comedia homónima de Guillén de Castro, No hay cosa como callar de Calderón de la Barca o El agravio satisfecho de Alonso de Castillo Solórzano, en la literatura del Siglo de Oro español; La force du sang, de Alexander Hardy, en el ámbito francés; la leyenda de José Zorrilla A buen juez mejor testigo, en tiempos del Romanticismo; y, ya en nuestros días, María Folgueira ha redactado una nueva adaptación teatral con el título Sangre forzada.


[1] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2001, p. 303, nota.

[2] Un buen estado de la cuestión y repaso bibliográfico puede verse en las páginas que le dedica Jorge García López en su edición (2001, pp. 867-882).

[3] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2001, pp. 303-304, nota.

El tema de la locura en «El licenciado Vidriera» de Cervantes

Sabemos que la acción de El licenciado Vidriera (relato que ocupa el quinto lugar en el volumen de las Novelas ejemplareses escasa porque, en la parte central de la narración, lo que prevalece es la tonalidad satírica (sátira de oficios y algo de crítica literaria, en torno a los poetas y la poesía), que se expresa por medio de frases sentenciosas, refranes, etc. Su estructura narrativa es poco compacta y algunos críticos han discutido incluso su condición de novela, en el sentido de que la parte nuclear del relato no es otra cosa que una mera acumulación de apotegmas, de frases sentenciosas y aforismos. En este sentido, ciertos estudiosos (Icaza, por ejemplo) opinaron que la leve trama narrativa habría sido inventada por Cervantes como una mera excusa para enhebrar los apotegmas del loco, lo verdaderamente importante para él en su intención. De hecho, uno de los principales puntos de interés de la novela es la alienación del protagonista, su locura, derivada de su fuerza imaginativa, que claramente relaciona al personaje con el de don Quijote (aunque también existan diferencias significativas entre ambos entes de ficción).

Sobre este tema de la locura del protagonista ha escrito Juan Luis Alborg lo siguiente:

La locura de Vidriera como ficción novelesca da también qué pensar. Es probable que sólo a un loco se le tolerasen los atrevidos juicios que él se permite, o digamos más bien que el propio Cervantes se permite por boca de su personaje; y en tal caso su locura era un recurso inevitable para intensificar, o hacer posible incluso, la mordacidad satírica. Puede también que Cervantes quisiera esconder, tras la locura de su personaje, una intención mayor[1].

ElLicenciadoVidriera_Viñeta

Por su parte, Harry Sieber, en el estudio preliminar a su edición en Cátedra, ha explicado acerca de Tomás Rodaja:

La fama que ganó antes por sus estudios en Salamanca se transforma en otra mayor a causa de su locura. Su lenguaje humanístico-estudiantil que usaba para comunicar con sus compañeros y maestros, se confronta ahora con el mundo exterior, un mundo ignorante, hipócrita y burlesco. No es posible la comunicación «normal»; la conversación no existe porque tal actividad implica un intercambio apoyado en el discurso de lo que no es capaz Tomás. Está más marginado que antes porque ahora ven los otros que es diferente […]. Se viste como un fraile o ermitaño y su contacto con el mundo no es directo sino a través de una barrera protegida. Esta barrera con el mundo es su locura y le permite hacer y decir cosas fuera de lo ordinario. Así comienza una larga serie de dichos y hechos que confirman su locura y su situación marginada. Un hombre de letras se ve como bufón de la Corte y castigador de gente cortesana. Tomás solo puede tener contacto con el mundo esporádicamente porque cada persona que encuentra forma un mundo en sí sin conexión con las otras[2].

Jorge García López se ha referido a las posibles fuentes manejadas por Cervantes para la génesis de su relato:

Por fortuna, lejos están los tiempos en que se adivinaba en el relato al humanista alemán Karl Barth; ilusión periclitada del cervantismo decimonónico. La moderna investigación de fuentes ha mostrado un nutrido grupo de casos idénticos en la época, reales y literarios. Por citar un ejemplo egregio, la locura vítrea está aludida en las Meditaciones metafísicas de René Descartes. Pero los ejemplos allegados no explican la fijación de la locura en la estructura del relato, y menos el trecho central de la narración; dos ejes temáticos de discutida imbricación: una biografía con interludio de locura y un encadenamiento sentencioso de carácter satírico[3].

Además, el mismo crítico (editor moderno de las Novelas ejemplares en Crítica) explica con claridad el valor simbólico de los tres nombres que se aplican sucesivamente al protagonista (Tomás Rodaja-licenciadoVidriera-licenciado Rueda). Estas son sus esclarecedoras palabras:

El nombre de “Rodaja” posee porte despectivo e implica indeterminación, cuyo cumplimiento se hallaría en el “Rueda” final. La reseña de la vida militar retiene inequívocas referencias biográficas, al tiempo que, junto a sus estudios salmantinos, esboza el tópico de «las armas y las letras», caro al Renacimiento y a Cervantes. Parece tratarse de un recuerdo sentimental, ennoblecido en buena parte, del viejo soldado, que asocia los tercios a sus vivencias italianas. En forma concurrente, el recorrido de Vidriera evoca el viaje cultural del hombre renacentista. El mote “Vidriera” refleja su esquizofrenia paranoide, y resulta altamente simbólico: unido al sentido de “hipersensibilidad”, y asimismo “insociabilidad”, pero también “transparencia” y, por traslación, “agudeza”. El encadenamiento de sentencias en boca del loco enlaza la novela con los libros de apotegmas, género popular en el siglo XVI y grato a Cervantes y se da también en la novela corta italiana. Esta sección ha sido constante objeto de crítica en tanto que se trata de chistes manidos de la época. Pero aquí Cervantes los encadena como una sátira social, de profesiones, con algún pespunte de crítica literaria. Tres figuras se salvan de esta crítica: los actores, los clérigos y los escribanos, aunque estos últimos en forma harto equívoca. La naturaleza satírica de esta sección revela el carácter punzante del licenciado y los perfiles abstractos e inhumanos de su saber. En más de un sentido, Vidriera cumplimenta el programa intelectual y la configuración vital de Rodaja. También en su desequilibrio mental, que se materializa en la relación social de proximidad (búsqueda anhelante de la fama personal) y distancia (temor al prójimo y sátira social). Sanado de su locura y convertido en “Rueda”, marcha a Flandes ante la indiferencia general; rechazo social al conocimiento, y conclusión previsible del proyecto vital de Rodaja. Y ahí se ha visto, también, la mirada retrospectiva de un viejo soldado que pensó un día engrandecer su nombre por las armas y que se sentía despreciado en el cultivo de las letras[4].


[1] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, p. 108.

[2] Harry Sieber, «Introducción» a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. II, p. 12. Y añade; «Tomás se proyecta al vacío, al mundo de las palabras vacías. Como vidrio no puede hacer más que transportar un mundo caótico. No puede transformarlo ni traducirlo en materia para formar una vida íntegra ni integrante. No le queda más que la muerte porque no le dejan encontrar su vida. […] No se le permite convertir un lenguaje humanístico-universitario en una actividad rentable. Ni puede destruir esa locura porque existe en las actitudes de sus clientes. Si las palabras no le facilitan la fama que buscaba, sí transforma la acción sus deseos de eternidad en una trágica realidad. Muere por las armas porque no podía vivir por las letras, «dejando fama en su muerte de prudente y valentísimo soldado» (p. 13).

[3] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2001, p. 265, nota.

[4] García López, en su edición de las Novelas ejemplares, p. 266, nota.

«El licenciado Vidriera» de Cervantes: argumento y estructura narrativa

El licenciado Vidriera, la quinta de las Novelas ejemplares de Cervantes, es un relato de tono realista e intención satírica. Cuenta la historia de Tomás Rodaja, primero estudiante de leyes en Salamanca y más tarde soldado en Italia y Flandes (la crítica ha destacado que la descripción de la vida militar, en Italia sobre todo, se construye con abundantes recuerdos autobiográficos del antiguo soldado que había sido el novelista. Se plantea, pues, aquí el tema de las armas y las letras. A su regreso a Salamanca Rodaja pierde la razón y creerá que es de vidrio, y no de carne y hueso, de ahí su nuevo apelativo de licenciado Vidriera. En efecto, ocurre que se ha enamorado de él «una dama de todo rumbo y manejo» (p. 275[1]), pero él atiende más a sus libros. La mujer, al sentirse desdeñada, «aconsejada de una morisca, en un membrillo toledano dio a Tomás uno destos que llaman hechizos» (p. 276).

Ese hechizo de amor hace que Rodaja enferme gravemente. Logrará curarse de la enfermedad del cuerpo, pero no así del entendimiento,

porque quedó sano, y loco de la más estraña locura que entre las locuras hasta entonces se había visto. Imaginose el desdichado que era todo hecho de vidrio y, con esta imaginación, cuando alguno se llegaba a él, daba terribles voces pidiendo y suplicando, con palabras y razones concertadas, que no se le acercasen, porque le quebrarían, que real y verdaderamente él no era como los otros hombres, que todo era de vidrio de pies a cabeza (p. 277).

En su condición de loco, Vidriera dice la verdad a todos, respondiendo con gran agudeza de ingenio a cuanto le preguntan. Es un personaje popular, todos le siguen y se regocijan con sus palabras, «pese a las amargas realidades que les pone ante los ojos»[2].

Cuando finalmente recobre la razón, seguirá dando las mismas sensatas respuestas que cuando loco, pero ahora ya nadie le hace caso. Sintiéndose despreciado, y también aburrido, decide regresar como soldado a Flandes. Harry Sieber destaca el paso del optimismo del comienzo del relato al pesimismo final: el protagonista «muere por las armas porque no podía vivir por las letras»[3].

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La novela ha sido juzgada negativamente por la crítica, no por carecer de interés, pero sí en el sentido de que el relato no posee una estructura novelística clara. Para algunos estudiosos, la leve trama narrativa está en función de contener la parte verdaderamente importante, que son los apotegmas del loco Vidriera. Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres escriben al respecto:

Icaza […], entre otros, cree que El licenciado Vidriera, de estructura poco compacta, no es más que una mera excusa para engarzar máximas. Lo importante no es eso, sino, como señala Valbuena […], «el mismo tipo del protagonista: su locura en la cual adquieren el verdadero valor las sentencias pronunciadas». La historia de Rodaja no es, creemos, un pretexto, sino una tristísima relación de la vida de un hombre, que cuando, recuperado de su locura, puede rendir sus mejores frutos, es condenado al ostracismo por una sociedad que no quiere oír la verdad de labios de un cuerdo y que, si la admite del loco, es porque su procedencia le permite no plantearse en serio sus propias deficiencias[4].

En opinión de otro crítico, Juan Luis Alborg,

A Cervantes no le interesa sino la locura de su héroe en la que se esmera y profundiza; todo lo que la precede es accesorio. Los viajes de Rodaja, que nada —o apenas— importan para los sucesos posteriores, debieron de ser ideados por el novelista precisamente para equilibrar y hacer más leve la narración, amenazada por la densidad aforística; y habían de ser leves ellos mismos[5].

Por su parte, Jorge García López (reciente editor de las Novelas ejemplares en Crítica) ha explicado la estructura de la novela, las tres secciones narrativas detectables, en relación con el cambio onomástico del protagonista: Tomas Rodaja-licenciado Vidriera-licenciado Rueda. Veamos:

Exceptuando su infancia, se nos cuenta la vida del personaje desde su adolescencia hasta su muerte en Flandes, y esta biografía se articula con naturalidad en tres secciones, que se compaginan con distintos apelativos del personaje, de sentido propio: Rodaja (vida universitaria, experiencia militar y viajes), Vidriera y, al final, Rueda, cuando, sano ya de su locura, pretende integrarse en la sociedad. La forma biográfica unida a la parte sentenciosa vincula nuestra novela a las historias clásicas de corte apotegmático, sea relato filosófico o historia de taumaturgo: las Vidas de los filósofos de Diógenes Laercio, por ejemplo, o la biografía de Apolonio de Tiana. Por ahí se lo ha emparentado con la genealogía de los Demonactes, los Crisipos y otros filósofos de vena cínica. Coqueteos fislosóficos de Cervantes que se hallan también en el Coloquio de los perros. E incluso la locura de nuestro licenciado podría tener un corte erasmista[6].

Y desarrolla su explicación con estas otras palabras, que cito por extenso:

El nombre de “Rodaja” posee porte despectivo e implica indeterminación, cuyo cumplimiento se hallaría en el “Rueda” final. La reseña de la vida militar retiene inequívocas referencias biográficas, al tiempo que, junto a sus estudios salmantinos, esboza el tópico de «las armas y las letras», caro al Renacimiento y a Cervantes. Parece tratarse de un recuerdo sentimental, ennoblecido en buena parte, del viejo soldado, que asocia los tercios a sus vivencias italianas. En forma concurrente, el recorrido de Vidriera evoca el viaje cultural del hombre renacentista. El mote “Vidriera” refleja su esquizofrenia paranoide, y resulta altamente simbólico: unido al sentido de “hipersensibilidad”, y asimismo “insociabilidad”, pero también “transparencia” y, por traslación, “agudeza”. El encadenamiento de sentencias en boca del loco enlaza la novela con los libros de apotegmas, género popular en el siglo XVI y grato a Cervantes y se da también en la novela corta italiana. Esta sección ha sido constante objeto de crítica en tanto que se trata de chistes manidos de la época. Pero aquí Cervantes los encadena como una sátira social, de profesiones, con algún pespunte de crítica literaria. Tres figuras se salvan de esta crítica: los actores, los clérigos y los escribanos, aunque estos últimos en forma harto equívoca. La naturaleza satírica de esta sección revela el carácter punzante del licenciado y los perfiles abstractos e inhumanos de su saber. En más de un sentido, Vidriera cumplimenta el programa intelectual y la configuración vital de Rodaja. También en su desequilibrio mental, que se materializa en la relación social de proximidad (búsqueda anhelante de la fama personal) y distancia (temor al prójimo y sátira social). Sanado de su locura y convertido en “Rueda”, marcha a Flandes ante la indiferencia general; rechazo social al conocimiento, y conclusión previsible del proyecto vital de Rodaja. Y ahí se ha visto, también, la mirada retrospectiva de un viejo soldado que pensó un día engrandecer su nombre por las armas y que se sentía despreciado en el cultivo de las letras[7].


[1] Las citas corresponden a la edición de las Novelas ejemplares de Jorge García López (Barcelona, Crítica, 2005).

[2] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. III, Barroco: Introducción, prosa y poesía, Tafalla, Cénlit, 1980, p. 131.

[3] Harry Sieber, «Introducción» a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. II, p. 13.

[4] Pedraza Jiménez y Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. III, Barroco: Introducción, prosa y poesía, pp. 131-132.

[5] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, p. 109.

[6] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2005, pp. 265-266, nota.

[7] García López, en su edición de las Novelas ejemplares, p. 266, nota.

«La española inglesa»: temas y valoración

Sabemos que este relato cervantino está repleto de lances y peripecias: las dificultades que estorban el amor de los dos jóvenes protagonistas (Isabela y Ricaredo), los celos e intrigas del rival antagonista (Arnesto), el envenenamiento de Isabela con la consiguiente pérdida de su hermosura física (que recuerda el caso similar de Auristela / Sigismunda en el tramo final del Persiles), el cautiverio de Ricaredo en poder de los turcos…, todo ello sobre un apasionante telón de fondo histórico de enemistades políticas y conflictos de religión que Cervantes recrea en su novela con su habitual maestría narrativa. En opinión de Juan Luis Alborg, «Este relato ofrece una curiosa mezcla de novelescas aventuras, de realidad y de viejos recuerdos personales del autor». Y tras resumir brevemente el argumento, comenta:

Este resumen de la acción da idea apenas de los abundantes sucesos con los que aquélla se complica. Cervantes aprovecha una vez más la ocasión de enhebrar episodios de su propia vida militar, que atribuye ahora al héroe de su relato, tales como la lucha contra las galeras turcas, precisamente en el mismo paraje de «las tres Marías», donde él había sido apresado, el posterior cautiverio de Ricaredo en Argel, su liberación por los trinitarios y la procesión ritual en Valencia. El novelista imagina con menos que mediano acierto la parte de la acción localizada en Inglaterra, país que no le era conocido, y pisa terreno firme cuando se sitúa en su país o en el escenario de sus pasadas aventuras[1].

En efecto, uno de los principales puntos de interés de La española inglesa reside en esos recuerdos autobiográficos que introduce Cervantes en el relato, concretamente de sus andanzas como soldado y de su vida de cautiverio: como el autor de las Novelas ejemplares, Ricaredo es llevado a Argel, para ser liberado más tarde por los frailes trinitarios, siendo, de alguna manera, trasunto de su creador. En este sentido, cabe añadir —como apunta Alborg y la crítica, en general— que la ambientación de esta narración es buena y documentada cuando la acción transcurre en el Mediterráneo y en España, no así cuando se sitúa en Inglaterra, país que resultaba desconocido para Cervantes. Igualmente, otro detalle que ha llamado la atención de los estudiosos es el retrato positivo que de la reina de Inglaterra ofrece el novelista, quizá respondiendo a motivos políticos (cabe suponer que la fecha de redacción de La española inglesa coincidiría con alguno de los escasos periodos de paz con el tradicional enemigo de la Monarquía Hispánica. Sobre la imagen que se ofrece de la soberana inglesa, señala el citado Alborg:

Un aspecto ha sido repetidamente notado en La española inglesa: la atractiva semblanza que da Cervantes de la reina de Inglaterra, en contra de la común opinión de todos los españoles de su tiempo, alimentada por la doble hostilidad, política y religiosa; imagen favorable que se acrecienta con la generosa disposición que atribuye a la reina inglesa para con la protagonista de su narración, española y católica. El dato ha sido atribuido a la abierta y humana tolerancia de Cervantes, y también a posibles razones de conveniencia política en aquellos momentos; razones que los eruditos no han conseguido esclarecer del todo[2].

LaEspañolaInglesa_IsabelI

Por su parte, Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres escriben esta explicación al respecto:

Se ha observado repetidamente el tono amistoso con que se describe la realidad inglesa y, muy especialmente, a la reina Isabel I. No olvidemos que a principios de siglo Felipe III reanuda las relaciones con este país y que en 1604 se firma la paz con Jacobo I. Son, pues, razones de tipo político las que impulsan a Cervantes a darnos una visión tan inusitada en la época. También se advierte un anhelo de unificación católica[3].

Por lo demás, los personajes de esta novela, como los de otros relatos idealistas de las Novelas ejemplares, son héroes que reúnen en sus personas belleza física y moral y todo un cúmulo de virtudes. Más que retratos individualizados, Ricaredo e Isabela son arquetipos convencionales, y el remate de la acción va encaminado al final feliz, al triunfo del amor de los jóvenes enamorados, que tanto gustaba al público lector del Siglo de Oro (y, en general, de todos los tiempos).

En fin, Harry Sieber (editor de las Novelas ejemplares en Cátedra) ha destacado la importancia del elemento económico, la continua relación con el dinero que se pone de relieve en distintos detalles de la historia de los dos enamorados:

A primera vista parece una historia sencilla y arquetípica que trata del amor y de los obstáculos convencionales que tienen que superar los jóvenes amantes. Pero como en La gitanilla y en El amante liberal, el amor está muy integrado en el interés, con ducados, escudos y joyas sobre todo, y con la economía en general. Es aquí donde se encuentra uno de los más interesantes temas de la novela. En primer lugar hay que recordar, por ejemplo, que el padre de Isabela es mercader. Su hija y sus bienes —toda su fortuna— desaparecen en el mismo saqueo violento de Cádiz. Con la recuperación de su hija comienza a mejorar su salud económica, porque se marcha de Londres con dinero y unas cédulas reales. […] Esta estrecha relación entre Isabela y el bienestar económico refleja el sistema mercantil que funciona como trasfondo de la historia de amor. […] Hay que notar que las operaciones bancarias descritas por Cervantes ponen de relieve el idealismo, lo irreal de la historia de amor de Isabela y Ricaredo al ligarla fijamente con unas realidades económicas concretas[4].

Y añade Sieber que esta cuestión se extiende a las condiciones económicas de la liberación de Ricaredo, trasunto de las vividas por el propio Cervantes.


[1] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, p. 107.

[2] Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, pp. 107-108.

[3] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. III, Barroco: Introducción, prosa y poesía, Tafalla, Cénlit, 1980, p. 121.

[4] Harry Sieber, «Introducción» a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 29-30.

El soneto de Lope de Vega «¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado…»

Vaya para este Sábado Santo un excelente soneto de arrepentimiento del Fénix —¡tantas veces gran pecador y otras tantas gran arrepentido!—, perteneciente a sus Rimas sacras (1614), el que comienza «¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado…»[1]. En el poema, que se construye como un apóstrofe al Señor (v. 1), el yo lírico se lamenta de lo apartado que ha estado de Dios, pese a sus continuas llamadas; da cuenta de sus zozobras y continuos vaivenes espirituales («Seguí mil veces vuestro pie sagrado / […] / y atrás volví otras tantas, atrevido», vv. 5-7); pero ahora («hoy que vuelvo con lágrimas a veros», v. 12), compungido y humillado ante el Dios humanado, pide quedar clavado con Él en la Cruz para mayor seguridad («clavadme Vos a Vos en vuestro leño, / y tendreisme seguro con tres clavos», vv. 13-14).

Clavos de la Pasión de Cristo

El soneto completo dice así (para más detalles y paralelismos con otros textos de las Rimas sacras remito a las notas):

¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado[2],
y cuántas con vergüenza he respondido
desnudo como Adán, aunque vestido
de las hojas del árbol del pecado[3]!

Seguí mil veces vuestro pie sagrado,
fácil de asir, en una cruz asido[4],
y atrás volví otras tantas, atrevido,
al mismo precio en que me habéis comprado.

Besos de paz os di para ofenderos[5],
pero si, fugitivos de su dueño,
hierran, cuando los hallan, los esclavos[6],

hoy que vuelvo con lágrimas a veros,
clavadme Vos a Vos en vuestro leño,
y tendreisme seguro con tres clavos[7].


[1] Lope de Vega, Rimas sacras, núm. XV, en Obras poéticas, ed., introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, p. 302 (cito por esta edición, poniendo Vos en mayúscula las dos veces en el v. 13). También en Rimas sacras, ed. de Antonio Carreño y Antonio Sánchez Jiménez, Madrid, / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2006, p. 152. Reproducido igualmente en Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, p. 51.

[2] La formulación en el arranque del poema recuerda los tercetos de otro famoso soneto de Lope de Vega, el que comienza «¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?»: «¡Cuántas veces el Ángel me decía: / “Alma, asómate agora a la ventana, / verás con cuánto amor llamar porfía”! / ¡Y cuántas, hermosura soberana, / “Mañana le abriremos”, respondía, / para lo mismo responder mañana!».

[3] desnudo como Adán, aunque vestido / de las hojas del árbol del pecado: según el relato del Génesis, tras pecar en el Paraíso, Adán y Eva toman conciencia de su desnudez, se avergüenzan de ella y se cubren con unas hojas de higuera (o de parra, o del propio manzano, como en el cuadro de Alberto Durero, que es asimismo lo que indican los versos de Lope).

[4] Compárese con el terceto final de otro soneto de Lope también muy conocido, «Pastor que con tus silbos amorosos…»: «Espera, pues, y escucha mis cuidados, / pero ¿cómo te digo que me esperes, / si estás para esperar los pies clavados?».

[5] Besos de paz os di para ofenderos: en sentido estricto sería alusión al traicionero beso de Judas en el Huerto de los Olivos, cuando viene la patrulla a prender a Cristo y el beso es la señal para identificarlo. Pero, en un sentido más amplio, alude a todos los momentos de pecado y alejamiento de Dios, que suponen una ofensa contra el Creador. Como anota Manuel Casado, «Los pecados de quien hora son tan graves como la traición de Judas, que dio a Jesús un beso de paz para identificarle ante los que le iban a prender» (Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, p. 51, nota 7).

[6] fugitivos … los esclavos: los esclavos eran herrados (marcados con un hierro candente) con una S y un clavo, anagrama de la palabra esclavo.

[7] tres clavos: en la iconografía de la Crucifixión, durante el periodo románico se representaba a Cristo clavado a la cruz con cuatro clavos, dos para los manos y dos para los pies; en cambio en el gótico los clavos se reducen a tres, con un solo clavo para los pies, haciendo que uno esté colocado sobre el otro.

El romance «Al levantarle en la Cruz» de Lope de Vega

Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión
(popular)

Ya en años anteriores hemos dado entrada en este blog a poemas de Lope de Vega dedicados a la Pasión y Muerte de Cristo. Así, por ejemplo, los titulados «A Cristo en la Cruz» (romance), «A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», «A la muerte de Cristo Nuestro Señor» o «Al entierro de Cristo», además del soneto que comienza «Muere la vida y vivo yo sin vida…», otro «A Cristo en la Cruz» («¡Oh vida de mi vida, Cristo santo!…») o el célebre «Pastor que con tus silbos amorosos…». Vaya para este Jueves Santo otro de los romances de Lope de Vega dedicado a la Pasión de Cristo, perteneciente a sus Rimas sacras. Tres notas destacan, a mi juicio, en esta composición, formada por 21 cuartetas de romance: por un lado, su construcción como apóstrofe al alma, cuyo esposo es Cristo (se usa este término como vocativo en los vv. 2, 17, 41 y 78), a lo que se suma el empleo de imperativos —o expresiones similares— a ella dirigidos (pasemos a visitarle, llegad y miradle, bien será que estéis despierta, poned el corazón, lleguemos ahora, poned los ojos, estad a su muerte atenta, decidle). En segundo lugar, el romance insiste en el extraordinario sufrimiento físico padecido por Cristo en la cruz (dolor de los clavos al penetrar en sus manos y pies, coyunturas desencajadas, desgarros de la carne, etc.). En último término, el poema incide también en expresar el dolor de María al contemplar la Pasión de su hijo.

Peter Paul Rubens, La elevación de la Cruz. Museo Real de Bellas Artes de Amberes (Amberes, Bélgica)
Peter Paul Rubens, La elevación de la Cruz. Museo Real de Bellas Artes de Amberes (Amberes, Bélgica).

Este es el texto del romance:

Vuestro esposo está en la cama,
alma, siendo vos la enferma;
pasemos a visitarle,
que dulcemente se queja.
En la cruz está Jesús
adonde dormir espera
el postrer sueño por vos;
bien será que estéis despierta.
Llegad y miradle echado,
enjugadle la cabeza,
que el rocío desta noche
le ha dado sangre por perlas[1].
Mas ¿cómo podría dormir?,
que ya la mano siniestra
la clava un fiero verdugo;
nervios y ternillas[2] suenan.
Poned, alma, el corazón
si llegar a Cristo os dejan,
entre la cruz y la mano
porque os le claven[3] con ella.
Mas, ¡ay, Dios, que ya le tiran
de la mano, que no llega
al barreno que, en la cruz,
hicieron las suyas fieras[4]!
Con una soga doblada
atan la mano derecha
del que a desatar venía
tantos esclavos con ella[5].
De su delicado brazo
tiran todos con tal fuerza,
que todas las coyunturas
le desencajan y quiebran.
Alma, lleguemos ahora
en coyuntura tan buena[6],
que no la hallaréis mejor,
aunque está Cristo sin ellas.
Ya clavan la diestra mano,
haciendo tal resistencia
el hierro, entrando el martillo,
que parece que le pesa.
Los pies divinos traspasan
y cuando el verdugo yerra
de dar en el clavo el golpe,
en la santa carne acierta.
Hasta los pies y las manos
de Jesús los clavos entran,
pero a la Virgen María
las entrañas le atraviesan.
No dan golpes los martillos
que en las entrañas no sean
de quien fue la carne y sangre
que vierten y que atormentan.
A Cristo en la cruz enclavan
con puntas de hierro fieras,
y a María crucifican
la alma con clavos de penas.
Al levantar con mil gritos
la soberana bandera
con el Cordero por armas[7],
la imagen de su inocencia,
cayó la viga[8] en el hoyo
y antes de tocar la tierra
desgarrándose las manos[9]
dio en el pecho la cabeza.
Salió de golpe la sangre
dando color a las piedras,
que pues no la tiene el hombre
bien es que tengan vergüenza[10].
Abriéronse muchas llagas
que del aire estaban secas[11]
y el inocente Jesús
de dolor los ojos cierra.
Pusiéronle a los dos lados
dos ladrones por afrenta,
que a tanto llega su envidia
que quieren que lo parezca.
Poned los ojos en Cristo,
alma, este tiempo que os queda,
y con la Virgen María
estad a su muerte atenta.
Decidle: «Dulce Jesús,
vuestra Cruz mi gloria sea.
¡Ánimo a morir, Señor,
para darme gloria eterna!»[12].


[1] el rocío desta noche / le ha dado sangre por perlas: la imagen de las perlas para las gotas de rocío es usual en la poesía áurea; recordemos que Cristo sudó sangre en el Huerto de los Olivos.

[2] ternillas: cartílagos.

[3] os le claven: caso de leísmo.

[4] Las manos fieras de los verdugos tiran de la mano de Cristo para hacer que esta llegue hasta el barreno (agujero hecho con la barrena, instrumento para taladrar) y asirlo a la cruz.

[5] a desatar venía / tantos esclavos con ella: Cristo vino a liberar a todo el género humano de la esclavitud del pecado.

[6] En este pasaje se juega con los dos significados de coyuntura: articulación de un hueso con otro y ocasión.

[7] Cristo alzado en la cruz es como una soberana bandera que lleva representado como escudo de armas un Cordero (Cristo=Cordero de Dios).

[8] la viga: el palo vertical de la cruz.

[9] desgarrándose las manos: aunque más probablemente Jesús habría sido clavado por las muñecas; en efecto, de haber sido clavado por las palmas, el peso las habría desgarrado.

[10] Salió de golpe la sangre … bien es que tengan vergüenza: las piedras se han teñido de rojo con la sangre derramada y es como si se avergonzaran de la acción cometida con Cristo (con esta señal de vergüenza muestran ser más sensibles que los hombres).

[11] Abriéronse muchas llagas / que del aire estaban secas: se refiere a las heridas de los azotes previamente recibidos en el pretorio.

[12] Incluido en Antología de la poesía sacra española, selección y prólogo de Ángel Valbuena Prat, Madrid, Editorial Apolo, 1940, pp. 240-242, por donde cito con algunos ligeros retoques. También en Lope de Vega, Obras poéticas, ed. de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1983, pp. 406-408.

La comicidad escénica en el «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha» de Francisco de Ávila

Además de la verbal, la comicidad escénica del entremés[1] es notable, y así lo subrayan las distintas acotaciones, que nos hablan de vestidos y accesorios ridículos. Escenas que se prestan especialmente a la gestualidad exagerada son la pelea con el arriero, que se defiende con un caldero del ataque de la lanza quijotesca; el sueño —hemos de suponer que profundo— de Sancho Panza mientras su amo se da a la lírica, y luego su despertar sobresaltado; la acción de ser armado caballero don Quijote por el ventero, que debemos imaginar igualmente grotesca; o la ridícula entrada de la supuesta Dulcinea acompañada de otros supuestos caballeros («cuatro pícaros de figurillas») con el consiguiente besamanos.

Don Quijote es armado caballero

Veamos algunos ejemplos de estas dicascalias:

Sale el ventero con una estaca en la mano (acot. inicial).

Hácense a un lado el Ventero y su Mujer y salen a lo pícaro don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero, lo más ridículo que ser pudiere, y don Quijote salga con una lancilla y morrión de papel (acot. tras v. 30).

Sale el Ventero con unas armas de esparto o de guadamací, de modo que provoquen la risa (acot. tras v. 167).

Échase a dormir a un lado en el suelo Sancho Panza, y anda don Quijote alrededor de las armas, a modo de velarlas (acot. tras v. 200).

Sale el Arriero con el caldero y tropieza en las armas y desbarátaselas (acot. tras v. 227).

Dale [don Quijote] con la lanza al Arriero, y él repara el golpe con el caldero (acot. tras v. 241).

Levántase alborotado [Sancho Panza] (acot. tras v. 248).

Vuelve a salir el Ventero con un estoque viejo (acot. tras v. 275).

Dale tres golpes con el estoque y levántase don Quijote (acot. tras v. 297).

Toquen atabalillos, y salen los Músicos delante, y detrás dellos cuatro pícaros de figurillas, y otros cuatro con un palio hecho de una manta vieja, y debajo dél Marina, la moza del ventero, vestida a lo ridículo (acot. tras v. 311).

Van llegando [los caballeros] y besándole la mano [a don Quijote] con mucha cortesía (acot. tras v. 325).

En suma, el Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha de Francisco de Ávila constituye una temprana adaptación teatral del Quijote, interesante por dar comienzo a las versiones dramáticas de la novela cervantina en el teatro breve. Estamos ante uno de los primeros hitos de la que será una fructífera descendencia. La obra, adaptación libre del modelo, toma como punto de partida diversos sucesos de la Primera Parte (en especial los capítulos I, 2-3), pero también se aprecian influencias de la Segunda (la traza del ventero para que Marina desempeñe el papel de Dulcinea y el chiste verbal con los superlativos en –ísimo). En fin, la parodia —parodia de una parodia— se sustenta en una comicidad continuada, notable tanto en el plano verbal como en el escénico[2].


[1] Citaré por la edición de Carlos Mata Induráin, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha», en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre 2005, pp. 935-945, con algún ligero retoque. Las citas del Quijote serán por: Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, 2 vols.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Don Quijote salta al teatro breve: el Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila», en Germán Vega García-Luengos y Rafael González Cañal (eds.), Locos, figurones y quijotes en el teatro de los Siglos de Oro. Actas selectas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, Almagro 15, 16 y 17 de julio de 2005, Almagro, Festival de Almagro / Universidad de Castilla-La Mancha, 2007, pp. 299-313. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

La comicidad verbal en el «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha» de Francisco de Ávila

Varios de los personajes del Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha de Francisco de Ávila[1], incluido don Quijote, usan términos vulgares como reconcomio, bodigo (v. 72), zarandajas (v. 143), regüeldo (v. 165), gargajo (v. 256) o frases hechas y expresiones coloquiales como irse con los diablos (v. 2), va de cuenta (v. 30), quedar a escuras (v. 127), tener las tripas hechas rajas (v. 144), estar hecho un estafermo (v. 199), dormir la zorra entre esos trigos (v. 237), todo saldrá después en la colada (v. 254), ser bienvenida como el agua de mayo (v. 305), ser un contento (v. 309), sol de hebrero (v. 344). El lenguaje coloquial se refuerza con insultos: borracho (vv. 228, 236, 243), vil andante (v. 229), necio (v. 284); algún juramento: por vida de Sancho (p. 252); y un refrán: «Piquen al pueblo, amigos, que aquí hay pulgas» (v. 95).

En cualquier caso, el apartado más productivo es el de las dilogías y juegos de palabras, como este basado en la homofonía de Mancha (topónimo) / mancha:

DON QUIJOTE.- Con eso dejaré nombre en la Mancha.

SANCHO.- Hartas manchas tenemos sin que busques
otra mancha mayor para dejalla (vv. 76-78).

Otra dilogía se basa en las distintas acepciones de velar (v. 283), en un pasaje en el que se juega con ‘velar las armas’ y ‘velar a los muertos’, significado operativo porque Sancho dice que están «muertos de hambre». Similar es el juego dilógico de tragar la tierra ‘desaparecer’ y ‘morir’ (vv. 262-263). Otro chiste verbal surge a propósito de la palabra cadena; don Quijote la ofrece como recompensa tópica a un criado, pero Sancho la entiende en otro sentido:

DON QUIJOTE.- Si esta grandeza alcanzo, Sancho Panza,
al cuello te he de echar una cadena.

SANCHO.- ¡Plegue a Dios que algún día no me vea,
por tu temeridad y tu locura,
metido en una sarta de galeotes,
rapadita la barba y los bigotes! (vv. 270-275).

Galeotes

Más interesante es la dilogía de caballero (‘caballero andante’ y ‘miembro de la nobleza’), pues el sentido en que interpreta Sancho la palabra introduce un indudable elemento de crítica social[2]:

VENTERO.- ¿A qué se obliga el noble caballero
que se tiene por tal?

DON QUIJOTE.- A muchas cosas.

SANCHO.- A no pagar jamás lo que debiere,
a gastar, mal gastado, el mayorazgo;
a jugar, a putear, a darse a vicios,
y no emplearse nunca en buenas obras (vv. 286-291).

Otro recurso verbal es la onomástica burlesca: como vimos, los caballeros que forman la ficticia corte de Dulcinea son el Señor de Sarna, Cangilón de Capadocia, el gran Condestable Papandujo y el Almirante de Modorra. La mención de cada uno de esos nombres da paso a un chiste. Del primero se especifica que es «sangre ilustre del Sabañón barbado» (v. 327). En Cangilón de Capadocia no hay que descartar la alusión sexual a través de la disociación capado; de él se dice que «come muy bien […] morcillas», o sea, que es literalmente un «príncipe de la sangre» (hay chistes similares en algunas comedias burlescas). También la mención de Papandujo se completa con un chiste de Sancho: «Pues échenle entre pajas, no se pierda» (v. 336), ya que papandujo es «pasado de maduro, como sucede en las frutas» (DRAE).

Otro apartado notable de comicidad verbal viene dado por la inclusión de rimas jocosas y esdrújulas: don Quijote / cogote (vv. 60-61); y, en el baile final, don Quijote / almodrote (vv. 312-313 y 349-350) y poco más adelante bigote / don Quijote / almodrote (vv. 356-358). Además, debemos mencionar el soneto pseudo-amoroso de rimas esdrújulas ridículas que declama el caballero, en el que apreciamos también alguna creación verbal jocosa (ándigo por ando, en rima con rostro pándigo):

DON QUIJOTE.- Paredes tenebrosas y escurísimas,
rejas de hierro fuerte y celebérrimo,
escuchad, si queréis, mi mal intérrimo,
si es que estáis a mi pena piadosísimas.
Pero, ¡ay de mí!, que os hallo muy altísimas
y tengo aqueste pecho tan pulquérrimo,
que, aunque quiera llorar mi mal acérrimo,
os hallo siempre crueles y durísimas.
Decidle de mi parte al sol clarífico
de aquesa bella infanta por quien ándigo
de la misma color que están los dátiles,
que me muestre su pecho más magnífico,
que no es razón que tenga el rostro pándigo
quien goza de unas luces tan errátiles (vv. 201-214).

Otro interesante juego se da con los superlativos en –ísimo:

DON QUIJOTE.- … en mí tendréis un rey aplacentísimo.

SANCHO.- Y en mí tendréis un flaco escuderísimo (vv. 341-342),

donde creo que es patente la influencia de un célebre pasaje de la Segunda Parte del Quijote. En efecto, el empleo humorístico del sufijo superlativo en –ísimo recuerda el momento en que Sancho, tras la intervención de la dueña Dolorida (que usa las formas poderosísimo, hermosísima, discretísimos, cuitísima, Manchísima, escuderísimo…), introduce muchos otros superlativos cómicos, aplicando también el sufijo a adjetivos, a sustantivos e incluso a un verbo:

—El Panza […] aquí está, y el don Quijotísimo asimismo, y, así, podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo que quisieridísimis, que todos estamos prestos y aparejadísimos a ser vuestros servidorísimos (II, 38, p. 940)[3].


[1] Citaré por la edición de Carlos Mata Induráin, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha», en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre 2005, pp. 935-945, con algún ligero retoque. Las citas del Quijote serán por: Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, 2 vols.

[2] Ver Alfredo Baras Escolá, «Una lectura erótica del Quijote», Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America, 12.2, 1992, pp. 79-89, p. 85.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Don Quijote salta al teatro breve: el Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila», en Germán Vega García-Luengos y Rafael González Cañal (eds.), Locos, figurones y quijotes en el teatro de los Siglos de Oro. Actas selectas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, Almagro 15, 16 y 17 de julio de 2005, Almagro, Festival de Almagro / Universidad de Castilla-La Mancha, 2007, pp. 299-313. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

El «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha» de Francisco de Ávila: ruptura del decoro y reducción costumbrista

El entremés de Francisco de Ávila[1] es la parodia de una parodia, y la comicidad se logra en distintos niveles y a través de diversos mecanismos. Examinaremos en sucesivas entradas tres aspectos: la ruptura del decoro, la comicidad verbal y la comicidad escénica.

Un aspecto clave de la parodia es el brutal contraste que se establece entre el universo caballeresco en que vive don Quijote y el marco cotidiano de la venta, puesto de manifiesto por Sancho, quien sabe que llegan a «una venta / del tiempo de Pilatos» (vv. 37-38). Se introducen alusiones que, en esa atmósfera de huéspedes y comidas (cfr. la conversación inicial de los venteros), no pueden ser más burlescas: a Alejandro para connotar ‘liberalidad’ (v. 46), a Julio César como ejemplo de militar triunfador (v. 59), la mención de Jerjes (v. 89) en lo que pretende ser un saludo de paz, o la apelación «nobles Alcides» (v. 145) que dirige el ventero a amo y escudero.

Venta

La ruptura del decoro propio del mundo caballeresco se refuerza con continuas alusiones escatológicas (ámbito de lo bajo corporal, sexualidad, enfermedades…). En el terreno de lo amoroso, ya hemos visto la clara parodia en la descripción de Dulcinea; además, don Quijote declama un soneto que parodia los tópicos de la lírica amorosa (lamentos del enamorado ante las rejas de su amada). Añadamos ahora que, rompiendo su imagen de casto y continente amador neoplatónico, don Quijote se nos muestra aquí interesado en los juegos sexuales:

DON QUIJOTE.- ¡Oh, Dulcinea hermosa! ¡Oh, bella infanta!
¡Quién nos viera a los dos en una manta! (vv. 182-183)[2].

En la escena final aparece Dulcinea acompañada por su corte de caballeros, que es más bien una auténtica «corte de los milagros», a tenor de las enfermedades aludidas: catarro (v. 321), sarna (v. 326), sabañón (v. 327), modorra (v. 337). En efecto, estos son los caballeros que llegan a besar la mano a don Quijote:

Van llegando y besándole la mano con mucha cortesía.

MARINA.- Este que llega es el señor de Sarna,
sangre ilustre del Sabañón barbado.

SANCHO.- Es don Quijote muy lisiado dellos.

DON QUIJOTE.- Yo le tendré por mi pariente siempre.

MARINA.- Este es el cangilón de Capadocia;
come muy bien solomos y morcillas,
y otras cosas de puerco.

DON QUIJOTE.- Hame agradado.

SANCHO.- A mí ni más ni menos, porque gusto
de semejantes príncipes.

MARINA.- Aqueste
es el gran Condestable Papanduja.

SANCHO.- Pues échenle entre pajas, no se pierda.

MARINA.- Este es el Almirante de Modorra.

SANCHO.- Con ella estuve yo los otros días (vv. 326-338).

Añadamos la mención, en otros lugares, de palabras como regüeldo (v. 165) y gargajo (v. 256); las frecuentes alusiones a la comida (además de las intervenciones de Sancho quejándose del hambre, se mencionan: medio carnero, una pieza de vaca, seis chorizos, un pernil de tocino, palominos, gallinas, solomos, morcillas, cosas de puerco…) nos sitúan en una atmósfera carnavalesca; en fin, no olvidemos que en el estribillo del baile final se afirma que «Dulcinea y don Quijote / son dos reyes de almodrote» (vv. 312-313 y 349-350). En suma, el plano de lo físico y material predomina claramente sobre el del espíritu[3].


[1] Citaré por la edición de Carlos Mata Induráin, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha», en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre 2005, pp. 935-945, con algún ligero retoque. Las citas del Quijote serán por: Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, 2 vols.

[2] Chiste similar a otros presentes en comedias burlescas y que quizá se podría relacionar con la anécdota de la viuda que se casa con el mozo motilón: «—Para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe y más que Aristóteles» (I, 25, p. 285). Para la tradición erótica de la manta, ver Granja, 2005.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Don Quijote salta al teatro breve: el Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila», en Germán Vega García-Luengos y Rafael González Cañal (eds.), Locos, figurones y quijotes en el teatro de los Siglos de Oro. Actas selectas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, Almagro 15, 16 y 17 de julio de 2005, Almagro, Festival de Almagro / Universidad de Castilla-La Mancha, 2007, pp. 299-313. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

Personajes del «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha» de Francisco de Ávila: el ventero y su mujer

El ventero y su mujer son personajes, en el entremés de Ávila[1], que se proponen burlarse de los dos nuevos huéspedes que llegan a su venta. En este sentido, el «Medraremos con ellos» del ventero en el v. 81 hay que entenderlo, no en sentido crematístico, sino como un medro de risas. Para ello, el ventero entra de inmediato en el juego caballeresco de don Quijote, y es él quien propone armarlo caballero, lo que suscita un gracioso comentario de Sancho:

VENTERO.- Por cierto, caballero, que me huelgo
de veros con tal ánimo y propósito,
que está la triste infanta deseando
que venga algún extraño caballero
a probar su ventura a este castillo,
por ver si su valor y fortaleza
le dan la libertad que ha deseado.
Mas antes que consiga aqueste intento
se ha de armar caballero en esta plaza,
porque de otra manera es imposible
desencantar la fuerza de su encanto.

SANCHO.- ¡Vive Dios, que sospecho que al ventero
le ha pegado, sin duda, don Quijote
la enfermedad que tiene aquestos días,
que todo se le va en caballerías! (vv. 105-119).

Lo que demuestra una vez más que la locura caballeresca es altamente contagiosa. El ventero aporta unas armas ridículas y le arma caballero «a sangre y fuego» (v. 188) con un estoque viejo.

Ventero3

Él es, además, el agente de la burla final. La ventera, aunque había anunciado: «soy peor que el diablo si me enojo» (v. 14), se limita a secundarle en sus acciones. En suma, el ventero y su mujer vienen a ser unos Duques en miniatura, que traman el engaño de mostrar a Dulcinea a los ojos de don Quijote:

MUJER.- La infanta Dulcinea del Toboso
viene, señor, a veros.

DON QUIJOTE.- Ella sea
como el agua de mayo bienvenida.

VENTERO.- ¿Viene todo trazado como dije?

MUJER.- Ya vienen todos con chacota y fiesta,
y Marina, la moza de la venta,
sale que es un contento.

VENTERO.- Pues ¿qué aguarda?

MUJER.- Solo el aviso tuyo.

VENTERO.- Pues comience,
que a fe que ha de ser fiesta nunca vista (vv. 303-311).

Todo preparado, una vez más, para tener un rato de alegre diversión a costa de la locura de don Quijote y la necedad de Sancho Panza. Nótese en este pasaje la acumulación de expresiones que sugieren engaño, burla y diversión: viene todo trazado, chacota y fiesta, ha de ser fiesta nunca vista… Sin olvidar lo que expresa la acotación inmediatamente posterior: «Toquen atabalillos, y salen los Músicos delante, y detrás dellos cuatro pícaros de figurillas, y otros cuatro con un palio hecho de una manta vieja, y debajo dél Marina, la moza del ventero, vestida a lo ridículo» (acot. tras v. 311).

En cuanto al arriero y Marina, no tienen una caracterización especial, tan solo sirven a la comicidad de la pieza: el arriero[2] en la pelea entremesil con don Quijote y la moza en el engaño final[3].


[1] Citaré por la edición de Carlos Mata Induráin, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha», en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre 2005, pp. 935-945, con algún ligero retoque. Las citas del Quijote serán por: Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, 2 vols.

[2] Se dice que el arriero es de Sevilla (vv. 19-21); y cfr. Quijote, I, 2, pp. 48-49: «Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada».

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Don Quijote salta al teatro breve: el Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila», en Germán Vega García-Luengos y Rafael González Cañal (eds.), Locos, figurones y quijotes en el teatro de los Siglos de Oro. Actas selectas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, Almagro 15, 16 y 17 de julio de 2005, Almagro, Festival de Almagro / Universidad de Castilla-La Mancha, 2007, pp. 299-313. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).