Ramón y Cajal, cuentista: «La casa maldita»

Ocupa el tercer lugar entre los Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal el titulado «La casa maldita», un relato algo más largo que los dos anteriores (pp. 90-151), y en mi opinión el mejor de los cinco que forman el libro. Se divide externamente en diez secuencias. Inés y su padre don Tomás, el hidalgo de Rivalta, comentan la próxima llegada de Julián, primo de la muchacha, que vuelve de América rico. Inés, mujer fuerte y muy femenina, dotada de una gran belleza interior, fue educada «inculcándola la ciencia y el arte sin pedantería, la moral y la religión sin supersticiones, la virtud y la dignidad sin orgullo, la benevolencia y la ternura sin histerismos ni gazmoñerías» (p. 91). Julián, por su parte, es un médico con ideas socialistas y escéptico en materias religiosas, que se enamoró de su prima cuando el alma le estaba cambiando de niña a mujer. Inés también se enamoró de él, pero su padre se opuso al matrimonio porque Julián no tenía fortuna, y tuvo que marchar a hacerla. Ocurre que el barco en que regresa Julián naufraga: salva la vida, pero pierde todo su dinero, de forma que vuelve a ser rechazado por el padre de Inés, cuyos sueños de amor y ventura se esfuman nuevamente.

Retrato de Ramón y Cajal, por Joaquín SorollaJulián solo tiene fe en dos realidades: luchar para vivir y vivir para amar. Para volver a hacerse rico en poco tiempo, decide comprar y explotar una finca abandonada, que es conocida como «la casa maldita»: en efecto, corre la leyenda de que todas las personas que la ocupan mueren o enferman antes de un año, desde que la habitó un «perro protestante». Julián instala en la finca un completo laboratorio bacteriológico y detecta un alto grado de insalubridad: la malaria y el paludismo, y no ninguna maldición, son la explicación racional de que todos sus habitantes anteriores enfermasen. Julián sanea la finca, que llama «Villa Inés», y la explota con fortuna. Pasan varios años. Julián ha emprendido campañas de higienización por toda la comarca, convirtiéndose en un apóstol abnegado de la ciencia. Además de su finca, explota unas minas con pingües beneficios que le hacen millonario. Todos ven en él un cacique científico y patriota. Julián e Inés se casan; son felices y tienen varios hijos; ya viejos, muere ella, y Julián, cuando se siente abatido, mira una foto que se tomaron juntos. El relato acaba con esta exclamación: «¡Sí, la vida es buena y la felicidad existe…, sólo que… dura tan poco!» (p. 151).

Desde el punto de vista estilístico, es interesante la descripción de uno de los encuentros amorosos de Julián e Inés (las palabras, el tacto, el beso que se dan…) visto como un proceso bioquímico:

En aquel enajenamiento de la carne exasperada de amor había algo así como ebulliciones de protoplasma fecundo, clamores sordos de células vírgenes de actividad, impulsos centrífugos irresistibles… (p. 121).

El autor introduce varias digresiones, como el «paréntesis lírico-biológico» sobre la Naturaleza creadora de la vida, con una exaltación del amor: «¡Sólo mueren los que no aman!» (p. 125); o el extenso episodio (ocupa las pp. 129-146) de la tertulia de la rebotica de don José, donde se discute sobre el progreso y la civilización, contraponiéndose las luces de la ciencia y los conocimientos racionales a las sombrías leyendas y supersticiones oscurantistas.


[1] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

Ramón y Cajal, cuentista: «El fabricante de honradez»

Santiago Ramón y CajalEl segundo de los Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Ramón y Cajal es «El fabricante de honradez» (pp. 54-89), narración dividida en ocho secuencias. Alejandro Mirahonda, doctor en Medicina y Filosofía, es un eminente hipnólogo que acude a Villabronca —nótese el valor simbólico de los nombres—, donde prepara una experiencia psicológica con un suero antipasional de su invención que modera las pasiones negativas de las personas; con su aplicación busca «la purificación ética de la raza humana y la conversión de los viciosos y criminales en personas probas, decentes y correctísimas» (p. 60). Se aplica la vacuna moral en Villabronca y, en efecto, el vicio huye, viviéndose en el pueblo una verdadera edad de oro.

Pero con esa vida uniforme y aburrida, comienzan a surgir protestas, todos piden que se vuelva a la situación anterior y Mirahonda les aplica la contratoxina pasional, el licor del mal, que no es sino agua. Sin embargo, la contrasugestión surte su efecto y estallan las pasiones reprimidas durante todo un año. Ante la locura agresiva y amenazadora que se desata en Villabronca, el doctor huye, redactando una memoria del experimento en la que concluye:

Todo hace creer que el dolor, la pobreza y la injusticia son leyes inexorables de la vida, íntimos resortes de la ascensión progresiva del espíritu a las cimas del ideal» (p. 87).

Y poco después se explicita la moraleja: quizá en lo porvenir se consiga una convivencia pacífica y honrada de los ciudadanos sin presiones exteriores, pero mientras llega ese momento resulta necesaria la sugestión de la autoridad, la religión y la disciplina.


[1] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

Ramón y Cajal, cuentista: «A secreto agravio, secreta venganza»

Dedico la entrada de hoy a Juan Udaondo Alegre,
descendiente del ilustre don Santiago Ramón y Cajal

Abre la colección de Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal un relato con título calderoniano, «A secreto agravio, secreta venganza» (pp. 11-53), que consta de ocho capítulos. El primero nos presenta al doctor Max von Forschung, profesor de la Universidad de Wurzburgo, de cincuenta años: «Visto de perfil mostraba una de esas cabezas prolongadas en forma de martillo que parecen expresamente fabricadas para golpear obstinadamente en los hechos hasta arrancarles chispas de luz». Vive dedicado por completo a su trabajo científico… hasta que un día le afecta la toxina del amor: se enamora de su ayudante, miss Emma Sanderson, una joven americana doctora en Filosofía y Medicina. Se casan, y durante el viaje de novios descubren un nuevo bacilo. El doctor alcanza el summum de su gloria: desarrolla un trabajo gratificante, tiene el amor de una mujer y le nace un hijo, en definitiva, es feliz. Pero pronto sufrirá el ataque de otro «microbio», el de los celos, provocados por el descubrimiento de un cabello de su otro ayudante, Heinrich Mosser, enredado con otro cabello de su esposa. El doctor siente su honra ultrajada, verifica científicamente el supuesto adulterio y decide que se vengará secretamente.

Santiago Ramón y CajalPara ello, transmite a los amantes la tuberculosis de la vaca. Emma y Mosser se retiran a un sanatorio del Tirol. Mosser se alegra en el fondo de la enfermedad, pues gracias a esta circunstancia están por fin juntos y solos. En cambio para Emma su mal es un castigo del cielo por su engaño. Finalmente, Mosser muere; Emma descubre que estaba fascinada por él: se trataba de una atracción puramente sensual y, una vez muerto, se va alejando poco a poco de su recuerdo. Sinceramente arrepentida, escribe una carta a su esposo pidiéndole perdón. «No hay como la muerte para simplificar los problemas de la honra», comenta irónicamente el narrador (p. 40). El doctor von Forschung, que ha desarrollado un suero antituberculoso, logra curar a su esposa y juntos emprenden una segunda luna de miel en Italia; al tiempo nace una hija. Emma sigue conservándose muy bella, pero él es ya viejo, así que ahora desea encontrar la fuente de la eterna juventud. El doctor descubre el producto contrario, la senilina, un suero que hace envejecer.

En una especie de epílogo, se nos habla de la comercialización del producto, que tiene gran salida como un resorte de control para los gobiernos (al envejecer a los sujetos peligrosos, disminuyen sus actividades delictivas). La narración termina con una desesperanzada reflexión del narrador (aquí identificable con el autor): en España no se necesita la senilina, porque ya se ha dictaminado el desahucio del alma nacional, sin viveza ni inquietudes, «triste legado de edades bárbaras y de una pereza mental de cinco siglos» (p. 53). A lo largo del relato Ramón y Cajal intercala algunas otras ideas, por ejemplo su opinión de que los hombres de ciencia no pueden amar nunca: «Entre una belleza y un microbio, optan por éste» (p. 30). O su consideración de que «Todas las maravillas de la civilización han sido alguna vez puras fantasías de soñadores» (p. 47).


[1] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), literato: sus «Cuentos de vacaciones»

Ahora que acaba de publicarse el Epistolario de Santiago Ramón y Cajal, en edición de Juan Antonio Fernández Santarén (Madrid, La Esfera de los Libros, 2014), no estará de más recordar su faceta como escritor o, si se prefiere, las «distracciones literarias» de un médico histólogo, verdadero creador de la neurociencia moderna.

Ramón y Cajal, EpistolarioNatural de Petilla de Aragón (Navarra), antes de estudiar Medicina Ramón y Cajal trabajó como aprendiz de zapatero y de barbería. Pasó a Cuba con el grado de capitán de los servicios de Sanidad, sufriendo algunas enfermedades que le obligaron a regresar a España. Entonces se dedicó de lleno a sus trabajos de laboratorio y, tras algunos fracasos en oposiciones, logró cátedras en facultades de provincias hasta alcanzar en Madrid la de Histología en 1892. Escribió varios libros y ensayos científicos sobre histología y anatomía patológica, dio conferencias en Europa y América e hizo grandes descubrimientos sobre la morfología y las conexiones del sistema nervioso central, que revolucionaron el mundo científico y le valieron multitud de honores y premios, entre ellos el Nobel de Medicina en 1906, compartido con el italiano Camilo Golgi[1].

Pero Ramón y Cajal, además de prodigioso hombre de ciencia, fue un gran aficionado a la literatura, en el doble plano de la lectura personal y de la escritura. Uno de sus biógrafos ha escrito que en él «hizo mella el lirismo de aquella época revolucionaria y el romanticismo francés. Escribía versos, leyendas y novelas»[2]. En efecto, es autor de varias obras que están entre la autobiografía y el ensayo, con incursiones también en el terreno literario: Charlas de café, Cuando yo era niño… La infancia de Ramón y Cajal contada por él mismo, Mi infancia y juventud, La mujer, Psicología del «Quijote» y el quijotismo, etc. En sucesivas entradas ofreceré algunas notas sobre sus Cuentos de vacaciones. Narraciones pseudocientíficas, libro más propiamente de creación literaria.

La primera edición de esta colección de relatos es la de Madrid, Imprenta de Fortanet, 1905, y luego ha sido reeditada varias veces por Espasa Calpe[3]. Incluye cinco narraciones bastante extensas, más bien novelas cortas que cuentos: «A secreto agravio, secreta venganza», «El fabricante de honradez», «La casa maldita», «El pesimista corregido» y «El hombre natural y el hombre artificial». El denominador común de todas ellas es la presencia de temas fantásticos, con cierto fondo pseudo-científico. En la «Advertencia preliminar» (pp. 7-9) Ramón y Cajal refiere que hacia los años 1885-1886 escribió «doce apólogos o narraciones semifilosóficas y seudocientíficas», de las cuales se decide a imprimir, una vez retocadas, cinco. No son sino «bagatelas literarias» llenas de «sermones científicos y trasnochados lirismos», apunta, y explica también el epígrafe bajo el que se presentan:

El subtítulo de Narraciones pseudocientíficas quiere decir que los presentes cuentos se basan en hechos o hipótesis racionales de las ciencias biológicas y de la psicología moderna. Será bien, por consiguiente (aunque no indispensable), que el lector deseoso de sorprender las ideas y modos de expresión de los personajes de estas sencillas fábulas posea algunos conocimientos, siquiera sean rudimentarios, de filosofía natural y biología general (p. 7).

El autor comenta que sus relatos son un desahogo de su trabajo científico, fruto de su imaginación inquieta, e insiste con modestia en su «pobreza, desgarbo e inconsistencia». Anticipa que el lector observará incoherencias en las ideas expresadas por los personajes, pero esto «es consecuencia de nuestro empeño en que los protagonistas sean hombres antes que símbolos y ofrezcan, por tanto, las pasiones, defectos y limitaciones de las personas de carne y hueso» (p. 9).


[1] Puede verse la biografía de Waldo Leirós, Ramón y Cajal, Barcelona, Ediciones Castell, 1990. También, entre otros estudios, los de Felipe Jiménez de Asúa, El pensamiento vivo de Cajal, Buenos Aires, Losada, 1958; Santiago Lorén, Cajal, historia de un hombre, Barcelona, Aedos, 1954; Gregorio Marañón, Cajal, su tiempo y el nuestro, Madrid, Espasa Calpe, 1951; o Harley Williams, Don Quixote of the microscope: An Interpretation of the Spanish savant Ramón y Cajal (1852-1934), London, Jonathan Cape, 1954.

[2] Leirós, Ramón y Cajal, p. 61.

[3] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955. Hay otras más recientes, una de Madrid, Libros Clan, 1995, con ilustraciones de Mariana Arespacochaga, y otra de Madrid, Espasa Calpe, 1999, con prólogo de José M. R. Delgado.

«Castañas de cajú», un poema javeriano de Marina Aoiz

Este bello poema me fue amablemente enviado por Marina Aoiz[1] para que formara parte de mi libro antológico Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2004, que fue el número 3 de la colección «Biblioteca Javeriana» impulsada por el GRISO. Lo recupero ahora para celebrar con él en el blog la festividad, hoy 3 de diciembre, de nuestro Santo navarro y universal.

San Francisco Javier

CASTAÑAS DE CAJÚ

A mi padre, mi hijo mayor,
mi cuarto hermano y mi cuñado,
todos Javier

Sobre la estera de palma
las estrellas velan su sueño.

Hace dos meses apenas, un velero portugués
depositó en Goa al sexto hijo de Juan de Jaso
y María de Azpilicueta. Este hombre enjuto,
humilde y compasivo, al que esperan los leprosos
como «agua de mayo», alberga en sus verdes pupilas
una sed antigua de amor y justicia.
Sus manos, retoños de nogal, prodigan caricias
sobre los cuerpos enfermos. Pero son sus palabras
vehementes, a veces, contenidas otras,
las que germinan —buena semilla— en los corazones.

Hoy, siete de julio de 1542, Francisco de Xavier
ha llegado a la prisión con una cesta de castañas de cajú
y varios cocos tiernos para ofrecer su agua
a quienes deliran por efecto de esta fiebre tropical.
El hedor es irrespirable, espantoso. El navarro,
con su alma florecida de brezos y blancos espinos,
habla de la bondad que el Buen Jesús trajo del Cielo
para todos los seres humanos de esta tierra. De una
puerta luminosa, habla. De belleza y esperanza.
Y sus palabras, en una lengua desconocida,
se van tornando transparentes. Vibran y refrescan
como un torrente de agua cristalina.
Los presos, enfermos, desahuciados, lo rodean
mientras reparte castañas y sorbos de agua nutritiva.
Sienten la libertad del mar bajo sus pies descalzos.
Una ligereza de espíritu. Algo parecido a la brisa.

Atraviesa el sendero sombreado de palmeras
y llega hasta la playa. Está exhausto. Ha compartido
su pan espiritual con los más pobres y marginados.
Extiende su estera sobre la arena y el rumor del mar
le trae los aromas a tomillo y romero de su sierra.
El río Aragón le arrulla con su canto de almadías.
Asocia la redondez de la cúpula celeste con la hermandad.
El cansancio, con el amor incondicional a todo ser vivo.
Da gracias a Dios por el camino recorrido y por revelarse
a cada instante en su corazón compasivo. No pide
señales ni grandezas. Sólo un poco de bondad,
de la que Jesús trajo a la tierra, para repartirla
con sus caricias, sus castañas de cajú y su agua
de coco bendita. Llora con dulces y amargas lágrimas
por lo que el día le ha enseñado. Invoca a la Virgen.
Vislumbra su fe: fortaleza de piedra; viento de esperanza.

La noche protege los huesos de Francisco.
Las estrellas velan sus sueños. Y María.


[1] Marina Aoiz Monreal (Tafalla, Navarra, 1955) es autora, entre otros libros, de los poemarios La  risa  de Gea (1986), Tierra secreta (1991), Admisural (1998), Fragmentos de obsidiana (2001), El libro de las limosnas (2003), Edelphus (2004), Hueso de los vientos (2005), Don de la luz (2006), Donde ahora estoy en pie frente a mi tiempo (2007), Hojas rojas (2009), Códigos del instante (2009),  El pupitre asirio (2011), Islas invernales (2011) o Génesis (2011).

«El grito silencioso», un relato sanferminero de Jesús Carlos Gómez Martínez

Tres elementos claves en la producción literaria de Jesús Carlos Gómez Martínez son la fantasía, el humor y el tema sanferminero. Baste recordar, en este sentido, sus libros Sanfermines forever, publicado en 1995, o La historia secreta de los kilikis de Pamplona, del año 2001. En esta ocasión quiero comentar uno de sus relatos sanfermineros, «El grito silencioso», que el autor recogió en dos recopilaciones de sus cuentos: Actos de amor ingrato, recopilación de 1993 (el relato ocupa las pp. 11-16), y también en Capricho de faraones, de 1995 (aquí figura en las pp. 55-59).

«El grito silencioso», que va encabezado por una cita de Fenelón: «El verdadero valor consiste en prever todos los peligros y despreciarlos», fue Primer Premio Internacional «Ayuntamiento de Carreño» (Asturias, 1988). Se trata de un relato en tercera persona sobre Javier, experto corredor del encierro de Pamplona. Una gitana le ha vaticinado: «Estos sanfermines te va a matar un toro». A pesar del vaticinio, ha visto a un toro negro que le incita a correr. Presiente que algo no será igual en esa mañana. «Hoy, el miedo fracasará de nuevo» (p. 15). Al final, Javier cae ante el toro Facineroso y los gritos de la gente anuncian su muerte: «Su pensamiento último es para el grito más sentido, que nunca podrá oír» (p. 16), es decir, el de su madre, a la que ya no podrá telefonear para tranquilizarla, como hacía siempre al acabar la carrera.

Cogida en el encierro de San Fermín

La frase corta, impresionista, logra transmitir acertadamente la emoción y la tensión del encierro. El relato tiene también cierto tono de artículo periodístico.

La teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica (y 6)

En definitiva, el Ensayo sobre la novela histórica de Amado Alonso constituye, como ya señalaba en una entrada anterior, una de las principales aportaciones teóricas al análisis de este peculiar subgénero narrativo y, evidentemente, en sus páginas se recogen otros planteamientos valiosos: ideas sobre la relación entre tragedia, epopeya y novela; una breve «Historia de la novela histórica» (pp. 53-72)[1], con especial atención a las obras de Walter Scott; apuntes sobre los momentos de crisis del género, etc.

Walter Scott

En estas entradas solamente pretendía presentar de forma quintaesenciada sus principales aportaciones teóricas, como la pareja de dicotomías historia / arqueología e historia / poesía, su concepto de «perspectiva de monumentalidad» o su visión del subgénero como posible cristalización entrañable de un modo excepcionalmente valioso de sentir la vida; conceptos e ideas que, pese a su ya lejana formulación en 1942, siguen teniendo todavía plena vigencia a la hora de analizar las producciones que se engloban bajo la etiqueta general de «novela histórica».


[1] Cito por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro»,Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

La teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica (5)

Una segunda dicotomía en la teoría alonsiana sobre la novela histórica es la que enfrenta historia y poesía. Ya desde el principio de su formulación teórica insiste Alonso en que «por ningún lado que se le mire se le puede negar a la Historia la calidad de idóneo material poético» (p. 10)[1], aunque reconoce que hay diferencias entre historia y poesía: «La historia quiere explicarse los sucesos, observándolos críticamente desde fuera y cosiéndolos con un hilo de comprensión intelectual; la poesía quiere vivirlos desde dentro, creando en sus actores una vida auténticamente valedera como vida» (p. 18).

Dicho de otra forma, lo que el historiador profundo intuye son relaciones entre acciones y sucesos, mientras que el poeta capta la presencia del vivir personal. En este sentido, las infidelidades históricas que encontramos en algunas novelas de este tipo no son un defecto, sino un carácter constitutivo del género. Más adelante indica que «no hay novela histórica de alguna importancia a la que no se hayan reprochado fallas eruditas» (p. 87), pero ello es así por dos razones: la primera, porque el novelista no está escribiendo un tratado histórico en el que tenga la obligación de atenerse a la verdad con exactitud y rigor científico, sino haciendo literatura, esto es, creando una obra de ficción en la que le están permitidas ciertas licencias poéticas; la segunda, porque al autor le resulta imposible situarse completamente en el pasado, ya que no puede abandonar su perspectiva actual:

Jamás nos ofrecen los novelistas una vida pretérita funcionando otra vez según su propia regulación, jamás se instalan los autores de las novelas históricas dentro de la vida que nos quieren cinematografiar, sino que la ven desde su lejano hoy, interviniéndola permanentemente con criterios de actualidad. No, no es el funcionamiento veraz de un modo pretérito de vida lo que podemos exigir a estos autores, sino su visión actual de aquel pretérito vivir (p. 157).

Eso explica que las novelas históricas no puedan prescindir de los anacronismos, que son debidos a lo que él denomina «perspectiva de monumentalidad». Cedámosle de nuevo la palabra:

Esas insinuantes valoraciones actuales se manifiestan en el adjetivo elegido, en el aspecto elaborado, en el detalle subrayado, en el tono de aceptación o repulsa que la prestación lleva, en la red de cómos y de porqués del agrado o desagrado que lo referido nos va causando, etc. Y a esto es a lo que llamamos sentimiento y perspectiva de monumentalidad, porque la materia histórica elegida se ve en junto alejada del autor, ella allá, en su tiempo remoto, y él acá, en su hoy (pp. 166-167).

Así pues, los anacronismos conscientes —los buscados por el novelista, no los que se deben a su falta de información o a la escasa calidad de la misma— no constituyen un defecto; mas bien sucede lo contrario: esa perspectiva es fuente de placer estético, porque la lejanía de la vida que se presenta hiere favorablemente la imaginación del lector y provoca su emoción (cfr. p. 168).

En suma, la novela histórica renuncia a veces a la creación poética de vidas particulares para dedicarse a las genéricas y a los ambientes culturales (arqueología, no historia); pero es también perfectamente capaz de ese aspecto de la poesía narrativa que consiste en la «manifestación sugestivamente contagiosa de un modo de ver y sentir el mundo y la vida que se nos impone como universalmente valioso» (p. 30). La novela histórica puede alcanzar cotas de «altísima poesía», siempre y cuando el afán reconstructor o arqueologista del escritor no eche por tierra ese propósito. En fin, integrando los tres conceptos fundamentales de la teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica, tendríamos que en este tipo de obras, la historia no es necesariamente un estorbo para la poesía, pero la arqueología: cuanta más arqueología se busque, menos poesía entrará en una novela histórica.


[1] Cito por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro»,Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

La teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica (4)

Amado Alonso se detiene bastante (pp. 88-126)[1] en recordar las opiniones de Alessandro Manzoni sobre las obras de tipo histórico. El autor de I Promessi Sposi (Los novios), en su Carta sobre las unidades dramáticas, hizo una brillante apología del drama histórico, que será mejor cuanto más fiel sea a la historia.

Retrato de Alessandro Manzoni, por Giuseppe Molteni

Pero más tarde, en otro ensayo teórico[2], condenó como género contradictorio toda mezcla de historia y ficción. Para Manzoni, la novela histórica tiene que fracasar necesariamente como historia y como literatura, pues ambos elementos se estorban recíprocamente: la novela histórica fracasa como historia por su parte novelesca; y queda arruinada como novela precisamente por su contenido histórico. Alonso no está de acuerdo con esto, y la mejor prueba que presenta para contradecir al escritor italiano es su propia obra Los novios, que es una de las novelas históricas que alcanza mayores cotas de poesía.


[1] Cito por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

[2] Alejandro Manzoni, De la novela histórica y, en general, de las composiciones mezcla de historia y de ficción, trad. de Federico Baráibar y Zumárraga publicada en el tomo CLI de la Biblioteca Clásica, Madrid, 1891, pp. 267-340.

La teoría de Amado Alonso sobre la novela histórica (3)

Una de las aportaciones fundamentales de la teoría de Amado Alonso tiene que ver con esto que acabo de exponer; me refiero a su formulación de la dicotomía historia / arqueología. Con el término historia se refiere a un proceso, a una sucesión de acciones que entran en la novela, en tanto que la arqueología vendría a ser el estudio de un estado socio-cultural, es decir, del marco o medio histórico en que se sitúan esas acciones. Veámoslo con sus propias palabras:

Vamos a llamar historia a la sucesión de acciones que en su eslabonamiento forman una figura móvil con unidad de sentido; y vamos a llamar arqueología al estudio de un estado social y cultural con todos sus particularismos de época y de país, y cuyo sentido y coherencia no está en la sucesión sino en la coexistencia y en la recíproca condicionalidad de sus elementos: instituciones, costumbres, técnicas, viviendas, indumentaria, alimentación, instrumental, etc. También le interesa a la arqueología el hacer humano, pero no lo individualizable, sino lo despersonalizado, lo genérico al hombre de una época en un país, de modo que, aunque es un hacer que transcurre, se puede considerar como un estado por lo que tiene de habitual y genérico. Se le suele llamar «el espíritu de una época”» (pp. 12-13)[1].

Como vemos, la arqueología es lo que se ha llamado también «el color local», aquel con el que los grandes novelistas históricos (Walter Scott, creador del género; el propio Navarro Villoslada, por citar un ejemplo cercano; Flaubert, con su Salammbô, etc.) consiguen en sus obras una impresión de verdad o, cuando menos, de verosimilitud, «resucitando» ante nuestros ojos la época en que se desarrolla la acción. A ese esfuerzo del novelista por presentarnos de forma viva el retrato íntimo, no superficial, de una época pasada lo he llamado en otra ocasión «reconstrucción arqueológica»[2].

Episodios Nacionales, de GaldósEn una novela histórica —siguiendo con la teoría de Amado Alonso— pueden entrar, en distintas proporciones, lo histórico y lo arqueológico. Ahora bien, cuanto mayor sea la actitud arqueologista, cuanto más se persiga la fidelidad histórica, menos posibilidades habrá para que pueda cristalizar en la novela el elemento poético, pues la arqueología ahoga su posible valor universal. Eso es lo que sucede, según nuestro crítico, con la novela histórica de corte realista, con acciones menos alejadas en el tiempo (recuérdense, por ejemplo, los Episodios Nacionales de Pérez Galdós), que por su deseo de desarrollar al máximo el carácter documental y verista de este subgénero narrativo produjo el descarrío y posterior abandono del mismo (cfr. p. 144). En cambio, la anterior novela romántica, que buscó sus argumentos en épocas lejanas en parte para suscitar la emoción y la actitud evasiva de los lectores, permitió igualmente a sus cultivadores dejar volar su fantasía e imaginación: los autores novelaban sobre tiempos remotos, en un momento en que la historiografía no estaba tan desarrollada como ahora, y eran mayores las libertades que se podían permitir en sus novelas, mezclando con hechos históricos otros pertenecientes a la tradición o a la pura leyenda (un ejemplo señero de esto sería Amaya). En la novela histórica romántica, la verdad novelesca triunfa siempre sobre la verdad histórica.

En definitiva, la «arqueología» no constituye un material adecuado para la construcción novelesca, pero la «historia» sí que resulta apropiada para dicho fin; explica el de Lerín que

como hacer de hombres, la historia es una materia favorable para la forma poética, tanto si pensamos en la creación de vidas particulares henchidas de sentido, como en la manifestación de una visión de la vida, de base afectivo-estimativa, que se nos impone como excepcionalmente valiosa. La arqueología, no. Se puede describir artísticamente, virtuosistamente también, un estado arqueológico. Podrán hacerse sobre él consideraciones de alto valor filosófico. Pero esta creación de concretísima vida personal, privilegio de la poesía en la tragedia, en la epopeya y en la novela, no puede hacerse sobre un material arqueológico (p. 21).


[1] Cito por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942.

[2] Cfr. Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, pp. 269 y ss.