Sobre el pecador arrepentido en «La conversión de la Madalena» de Malón de Echaide

Para este Viernes Santo, la entrada nos la da hecha fray Pedro Malón de Echaide, del que copio —sin otros comentarios— una reflexión suya a propósito del pecador arrepentido (es quien se interroga con ese Quid feci?, ¿qué hice?), a partir de la parábola del hijo pródigo (Lucas, 15, 18), y también el bello soneto que incluye en ese punto de su tratado sobre La conversión de la Madalena (Barcelona, Hubert Gotard, 1588). El pasaje se localiza al final del § 25 de la «Tercera parte del Libro de la Madalena y el estado segundo que tuvo de penitente conforme a la letra del sagrado evangelio»:

Tras este Quid feci? viene luego el Surgam, et ibo ad patrem meum, que dijo aquel perdulario del hijo pródigo [Lucae 15]: Levantareme y volvereme a mi padre. Derrocareme a sus pies y allí lloraré; direle que le he ofendido, y al cielo en que Dios está; que ya no merezco aquel regalado nombre de hijo, perdido por mis maldades. ¡Oh, Padre de misericordia, recíbeme en tu casa! ¡Oh, cuántos jornaleros trabajan en tu hacienda hartos de mantenimiento, y yo, hijo otro tiempo regalado, muero de hambre en tierra ajena!

¿Pues será posible, ¡oh, Padre de clemencia!, que no me querrás recebir si voy a ti? ¿Que me volverás el rostro, que me cerrarás la puerta, que no te acordarás de aquel dichoso tiempo cuando me tenías por hijo y yo a ti por padre; cuando me sentabas a tu mesa, me dabas aquel pan sabroso de tu cuerpo y el vino celestial de tu sangre? Pues ya yo voy a ti, ¡oh, fuente de vida!, ya me contentaré con las migajas que de tu santa mesa sobran, y si me huyeres, bien sé que no podrás apartárteme mucho; ya sé dónde te hallaré; sobre un monte[1] te alcanzaré; allí me esperarás, los pies enclavados[2] porque no me huyas, y cosidas las manos porque no me castigues. Allí me abrirás esa sagrada puerta de tu costado, adonde yo ponga y esconda mi alma y la guarde de tu castigo.

Esta es la vuelta del hijo perdulario, que conoció el estado vil de porcarizo y gañán en que le habían traído sus pecados, como nos lo dijo bien uno en los versos siguientes:

SONETO

De padre y de consejo despedido
aquel mozo, avisado en propios daños,
do libertad, riqueza y pocos años
hicieron siervo al que ante era servido,

viéndose por su culpa tan perdido,
dice allá donde está en reinos estraños:
«¡Qué tarde llegan seso y desengaños,
pues tras guarda de puercos han venido!

Quiérome ir a mi padre a do primero
gocé el nombre de hijo, mal guardado;
quizá querrá por siervo recogerme.

¿Si huye? No hará, que en un madero
me espera el buen Jesús, por mí enclavado,
y el corazón rasgado, a do esconderme»[3].

Cristo crucificado con Toledo al fondo, del Greco


[1] La palabra monte es referencia al Calvario; luego alude a los pies y manos clavados de Cristo en la cruz y la herida del costado por el lanzazo, según los relatos de la Pasión.

[2] Comp. Lope de Vega, Rimas sacras, soneto XIV, vv. 13-14: «pero ¿cómo te digo que me esperes, / si estás para esperar los pies clavados?». Sobre la influencia de Malón de Echaide en Lope, ver Jorge Aladro y Alicia de Colombí-Monguió, «María Magdalena, guía de pecadores: Fray Luis, Malón, Lope de Vega», Anuario de Letras, XXXIV, 1996, pp. 157-224.

[3] Cito por La conversión de la Madalena, ed. de Ignacio Arellano, Jordi Aladro y Carlos Mata Induráin, New York, IDEA, 2014 (colección «Batihoja», 13), pp. 300-301.

Fray Pedro Malón de Echaide (1530-1589)

El agustino fray Pedro Malón de Echaide (Cascante, Navarra, 1530-Barcelona, 1589) es autor del Libro de la conversión de la Madalena (Barcelona, Hubert Gotard, 1588), escrito con un estilo «vehemente y fogoso», que ha llegado a ser calificado de «oriental» por su lujo, gala y adorno[1]. Para Menéndez Pelayo es el «libro más brillante, compuesto y arreado, el más alegre y pintoresco de nuestra literatura devota», «halago perdurable para los ojos». De Malón de Echaide solo nos ha llegado esta obra de La conversión de la Madalena, en la que analiza al personaje bíblico en los tres estados de pecadora, penitente y en gracia, pero debió de escribir otras; por ejemplo, en el propio libro indica que tenía compuesto también un Tratado de San Pedro y otro dedicado a Todos los Santos.

La Magdalena penitente, de Luca Giordano

Fernando González Ollé comenta que el Renacimiento apunta en la prosa navarra algo más tarde que la poesía, aunque «florece de manera espléndida» con esta obra de Malón de Echaide que, tanto por su fecha de publicación como por su talante expresivo, debe ser adscrita al Manierismo. Más tarde se detiene este estudioso en el comentario estilístico de La conversión de la Madalena. Explica que, si bien la finalidad del libro era de naturaleza ascética y pastoral, el autor supo redactar una pieza de factura literaria. Señala:

Unánime se presenta el elogio de los críticos sobre el dominio idiomático exhibido por Malón, que pulsa todos los registros de la lengua, desde el patético al tierno, pasando por el pintoresco. A la anchurosa riqueza de su léxico, castizo en unos momentos e innovador en otros, corresponde una sintaxis variadísima, cuya ductilidad permite adecuarla a cada situación o contenido mental[2].

La presencia de notas coloristas, la luminosidad, el afán visualizador, las briosas descripciones, la maestría en el manejo de las imágenes, los apóstrofes al lector (eco de su práctica oratoria), las escenas dramáticas, la inclusión de una rica fraseología popular y el énfasis oratorio (que supone el manejo de innumerables recursos retóricos) son algunas de las características de la obra destacadas por González Ollé, quien valora positivamente la riqueza literaria de La conversión, si bien matiza:

En ocasiones, sin embargo, su facilidad expresiva hace caer a Malón en el equívoco grotesco, la imagen irreverente, el chiste de mal gusto, aunque sin llegar a los extremos de la corriente conceptista de la oratoria sagrada. Como defecto capital en el estilo de Malón cabe apuntar la desproporción entre el motivo originario de su obra y el voluminoso desarrollo que le prestó[3].

Se refiere, asimismo, a otros dos rasgos destacados de la obra de Malón: por un lado, la raíz agustiniana de la exposición doctrinal acerca de la naturaleza del amor; por otro, la intercalación de algunas poesías, en su mayoría traducciones y paráfrasis bíblicas, que son inferiores a su prosa, aunque a veces estén a la altura de los versos de fray Luis de León, a quien Malón sigue de cerca. De hecho, Menéndez Pelayo se lamentaba de que no hubiese incluido más poemas como intermedio de su rica y florida prosa.

Recordaré, por último, que en La conversión de la Madalena Malón incluye una vigorosa defensa de la lengua castellana (es el momento del debate sobre el valor de las lenguas vulgares y su capacidad para ser vehículos conductores de cultura, para el cultivo de las ciencias y para los comentarios escriturísticos), igual que hace Juan Huarte de San Juan en su Examen de ingenios para las ciencias[4].


[1] José Zalba, «Paginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 351.

[2] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, pp. 128-130

[3] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, p. 134.

[4] La obra de Malón, plena de colorido, imágenes brillantes y galanuras de estilo, ha generado una copiosa bibliografía. Remito, como estudio de referencia general, al libro de Jorge Aladro Font Pedro Malón de Echaide y «La conversión de la Magdalena» (Vida y obra de un predicador), Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998. Y el texto de La conversión de la Madalena puede leerse ahora en la edición crítica de Ignacio Arellano, Jordi Aladro y Carlos Mata Induráin, New York, IDEA, 2014 (colección «Batihoja», 13).

Éxito editorial de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada

Doña Blanca de Navarra, de Navarro VillosladaEl éxito de la primera novela de Francisco Navarro Villoslada[1] fue enorme, como prueban las numerosas ediciones en tan pocos años. Algunas crónicas contemporáneas señalaron que había alcanzado «un triunfo literario desconocido hasta hoy entre nosotros». En los años cincuenta, además de alguna otra edición, llegaron las traducciones, al portugués (1853) y al inglés (dos en 1854, en Londres y Nueva York). En 1861 se publicó en un nuevo periódico ligado a Navarro Villoslada, El Pensamiento Español, y las ediciones siguieron en los años 80 y 90, siendo también numerosas las del siglo XX, en especial a cargo del Apostolado de la Prensa.

La obra se resiente, en su versión definitiva, de algunos defectos motivados precisamente por la forma en que fue redactada, con sucesivos añadidos y correcciones. Se ha comentado que la segunda parte es notablemente inferior a la primera, lo cual es cierto porque —como señala Simón Díaz— «la prematura desaparición de la protagonista disminuye el interés, que no puede lograrse por más que se acumulen intrigas y hechos insólitos»[2]. Navarro Villoslada añadió toda la segunda parte llevado, sin duda, por el éxito que alcanzó la primera, pero también por su deseo explícito de completar la enseñanza moral (la renuncia a la venganza personal de Jimeno, junto con el castigo de la culpable, doña Leonor). En cualquier caso, hay también momentos interesantes en Quince días de reinado, como por ejemplo la escena de la coronación de la reina, de gran sabor arqueológico.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] José Simón Díaz, «Vida y obras de Francisco Navarro Villoslada», Revista de Bibliografía Nacional, VII, 1946, p. 179.

Génesis y estructura de «Doña Blanca de Navarra» (1847) de Navarro Villoslada

Doña Blanca de Navarra es, junto con Amaya, la obra más conocida de Francisco Navarro Villoslada[1], y presenta unos personajes y unos escenarios navarros, en un momento conflictivo (sobrepasada ya la mitad del siglo XV) de la historia del reino de Navarra. En efecto, el autor trata aquí novelescamente unos sucesos históricos ya de por sí altamente dramáticos: la muerte de la Princesa de Viana doña Blanca, fallecida en extrañas circunstancias en 1464, y, tras un paréntesis temporal de quince años, el corto reinado de su hermana doña Leonor, Condesa de Foix, que duró solamente quince días, después de su coronación a finales de enero de 1479.

Atraído por la idea de escribir sobre la turbulenta época que vive Navarra en los años centrales del siglo XV (con el reino dividido por una cruel guerra civil entre los bandos de agramonteses y beamonteses y la presencia, siempre amenazadora, de los tres poderosos reinos vecinos: Castilla, Aragón y Francia), Navarro Villoslada redactó primero los esbozos de una obra dramática. En el archivo del autor se conservan varios de esos borradores, que figuran con distintos títulos: Los bandos de Navarra, El Mariscal, Don Felipe de Navarra, La Penitente… Sin embargo, pronto se dio cuenta de que el tema brindaba mejores posibilidades para ser tratado en forma de novela.

Doña Blanca de Navarra, de Navarro VillosladaAsí, entre octubre de 1845 y mayo de 1846 fue apareciendo en las páginas de El Siglo Pintoresco, uno de los periódicos que Navarro Villoslada dirigía, una novela corta titulada La Princesa de Viana. Más tarde, de diciembre de 1846 a febrero de 1847, publicó en El Español, otro periódico de su dirección, una versión corregida de la misma, ahora con el título de Doña Blanca de Navarra. En ese mismo año de 1846 la novela tuvo dos ediciones, ya en forma de libro (por los editores Gaspar y Roig y Santa Coloma), y una más al año siguiente (Santa Coloma), con el mismo título de Doña Blanca de Navarra y con nuevas correcciones, aunque todavía no había alcanzado su extensión definitiva: hasta entonces la novela constaba solo de diecinueve capítulos; pero después añadió toda una segunda parte, titulada Quince días de reinado, con treinta nuevos capítulos. En el prólogo de esa edición íntegra (Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar y Roig, 1847, «tercera edición corregida y aumentada con una segunda parte») explicaba las razones de la adición:

No es mero capricho, ni exigencia de los editores, ni mucho menos es una mira de especulación el añadir una segunda parte a la novela que al parecer termina en los sucesos del castillo de Ortés. Doña Blanca de Navarra y Quince días de reinado son en verdad dos novelas distintas; pero entrambas se concibieron al mismo tiempo; y si el interés queda cuasi del todo satisfecho en la primera, el pensamiento moral no se desarrolla ni se completa hasta la segunda.

En suma, esta es ya la versión definitiva de la novela, que se titula en conjunto Doña Blanca de Navarra, conservándose el título original de La Princesa de Viana para la primera parte. Dos años después aparecería una nueva edición, Madrid, Gaspar y Roig, 1849, «cuarta edición corregida y aumentada con la segunda parte intitulada Quince días de reinado».


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Características de las novelas históricas de Navarro Villoslada

Todas las novelas históricas románticas —y, entre ellas, las tres de Francisco Navarro Villoslada[1]— presentan unas características comunes: localización preferente en una Edad Media, tópicamente idealizada, cristiana y caballeresca; narrador omnisciente, en tercera persona, que trata de crear una sensación de verosimilitud con frecuentes alusiones a crónicas ficticias; personajes planos, esquemáticos (los protagonistas suelen ser un héroe y una heroína, altamente idealizados, que se aman, pero que han de sufrir la persecución de algún odioso antihéroe); manejo de unas mismas técnicas y estructuras, y de unos mismos recursos de intriga para mantener el interés del lector, etc.

Trafalgar, de Pérez GaldósLa moda de la novela histórica con características románticas siguió en los años 50 y 60, en una verdadera avalancha de títulos, debidos especialmente a los autores que escribían por entregas o para los folletines de las publicaciones periódicas (Ramón Ortega y Frías, Florencio Luis Parreño y, sobre todo, Manuel Fernández y González), de mucha menor calidad literaria[2]. En cambio, en los 70 el modelo cambiaría, pasando a estar constituido por los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, que representan una forma mucho más moderna y realista de entender la novelización de la historia nacional (no ya la poética Edad Media, sino una época mucho más cercana al autor, si no contemporánea).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Para el conjunto de la producción de la novela histórica romántica española, ver especialmente Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976.

Contexto literario de Navarro Villoslada

Francisco Navarro Villoslada[1] puede ser incluido en la nómina de los escritores románticos, con alguna ligera matización. En primer lugar, es un romántico rezagado, especialmente si tenemos en cuenta que su obra más importante, Amaya, plagada todavía de reminiscencias románticas, no llegó hasta la década de los 70, cuando el Romanticismo, como movimiento literario, era ya historia pasada. Es además un romántico de signo conservador, cercano a la tendencia que representan un Chateaubriand, o un Zorrilla en el caso de España, frente a la más exaltada o liberal, cuyos máximos exponentes serían lord Byron o Espronceda. Y un romántico regionalista, por los temas, personajes y escenarios de muchos de sus escritos.

Sir Walter ScottComo novelista histórico, su nombre se agrupa con los de Martínez de la Rosa, Cánovas del Castillo, Castelar o Amós de Escalante por ser todos ellos autores que escriben unas obras bien documentadas, casi eruditas, que incluyen a veces prolijas notas explicativas. En España, ese género de la novela histórica triunfa en los años 30 y 40 de la pasada centuria merced al éxito alcanzado por Walter Scott con Ivanhoe, The Talisman y las Waverley Novels. La imitación de esas obras era garantía casi segura de éxito editorial, razón que llevó a multitud de seguidores —en toda Europa— a copiar los patrones establecidos por el maestro escocés. De esta forma, el magisterio de Scott convirtió a la novela histórica, que ya contaba con varios y ricos antecedentes en épocas pasadas, en un género literario moderno. Los novelistas españoles, y lo mismo los dramaturgos, encontraron en la historia, fundamentalmente la nacional, un inagotable filón de temas y personajes para sus argumentos. En el caso de la novela, fueron primero las meras traducciones de Scott; más tarde llegaron las imitaciones; y, por último, las producciones originales.

Algunos de los títulos más destacados del género serían: Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne (1830),de Ramón López Soler; La conquista de Valencia por el Cid (1831), de Estanislao de Cosca Vayo; Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar (1834), de José de Espronceda; El doncel de don Enrique el Doliente (1834), de Mariano José de Larra; Ni rey ni Roque (1835), de Patricio de la Escosura; El golpe en vago (1835), de José García de Villalta; Doña Isabel de Solís (1837), de Francisco Martínez de la Rosa; El templario y la villana (1840), de Juan Cortada y Sala; y, en fin, la que ha sido considerada unánimemente por la crítica como la mejor obra del conjunto, El señor de Bembibre (1844), de Enrique Gil y Carrasco.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Producción literaria de Navarro Villoslada (y 3)

Entre las obras menores de Francisco Navarro Villoslada[1] hay que mencionar los folletos de propaganda política (La España y Carlos VII, «El hombre que se necesita»), las biografías (Compendio de la vida de San Alfonso María de Ligorio, Estudio histórico militar de Zumalacárregui y Cabrera; de este libro solo escribió la primera parte, con el pseudónimo Thomas Wisdom) y algunas traducciones (los primeros capítulos de Agenor de Mauleón, el de la mano de hierro, de Dumas, García Moreno, presidente de la República del Ecuador, del Padre Berthe).

Doña Toda de Larrea, de Navarro Villoslada

También dejó numerosos trabajos inéditos; especialmente importante resulta un proyecto narrativo sobre la conquista de Navarra, sin concluir, titulado globalmente Pedro Ramírez, que incluye varias novelas históricas; esos borradores se conservan en el archivo del escritor[2], bajo distintos títulos: Doña Toda de Larrea, La madre de la Excelenta, El hijo del Fuerte, Los bandos de Navarra, El cuadrillero de la Santa Hermandad


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] El Archivo de Navarro Villoslada se conserva actualmente en la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Navarra, tras ser generosamente cedido en 1995 por los descendientes del escritor, los Sres. Sendín Pérez-Villamil. De esos trabajos inéditos publiqué Doña Toda de Larrea o La madre de la Excelenta, Madrid, Castalia, 1998.

Producción literaria de Navarro Villoslada (2)

La dama del rey, de Navarro VillosladaFrancisco Navarro Villoslada[1] empleó su pluma igualmente en el teatro, en la poesía y en el artículo de costumbres. Forman su producción dramática La prensa libre (1844), comedia en verso en la que se aboga por la independencia de los periódicos; Los encantos de la voz (1844), intrascendente comedia de enredo, en un acto y en prosa, escrita en colaboración con Manuel Juan Diana; Echarse en brazos de Dios (1855), drama histórico en verso, que retoma algunos episodios de la novela Doña Blanca de Navarra; y la zarzuela de tema vascongado La dama del rey (1855), con música de Emilio Arrieta, que se estrenó sin demasiado éxito.

Como poeta nos legó un ensayo épico titulado Luchana (1840), sobre el tercer asedio de Bilbao por los carlistas en 1836. También escribió, desde sus años juveniles, numerosas composiciones poéticas, en las que predominan los temas de contenido moral y religioso (destacan «A la Virgen del Perpetuo Socorro», «A Pío IX», «Meditación», «Las ermitas», el madrigal «Fuente brota en mi valle…» y el villancico «Al Niño donoso…», de graciosa sencillez).

En su faceta de autor costumbrista, dejó escrito «El canónigo» (1843), recogido en Los españoles pintados por sí mismos, «El arriero» (1846) y «La mujer de Navarra» (1873), bella estampa del carácter de las mujeres montañesas y ribereñas.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Producción literaria de Navarro Villoslada (1)

En el terreno de la literatura, Francisco Navarro Villoslada[1] es conocido fundamentalmente como novelista histórico, autor de Doña Blanca de Navarra (1847), Doña Urraca de Castilla (1849) y Amaya o Los vascos en el siglo VIII (1879). Las tres novelas se ambientan en momentos conflictivos de la historia: en la primera, como luego veremos con más detalle, describe la lucha de bandos en Navarra en el siglo XV; Doña Urraca de Castilla, cuya acción ocurre en Santiago de Compostela en el siglo XII, plantea el enfrentamiento entre ciertos nobles gallegos, la reina de Castilla y León y el obispo Diego Gelmírez; la trama de Amaya, en fin, se sitúa en torno al año 711, poco después de la conquista musulmana, y expone la unión de godos y vascones, tras varios siglos de encarnizada lucha, para defender la religión católica frente al enemigo común, el Islam.

Sin embargo, nuestro autor se acercó, con mayor o menor dedicación y acierto, a muchos otros géneros literarios dentro de la narrativa, la lírica y la dramática[1]. En primer lugar, conviene recordar que escribió algunas novelas no históricas. La primera, El Ante-Cristo (1845), es una narración folletinesca (género de moda en aquellos años), que quedó sin concluir por la quiebra de El Español, periódico en cuyas páginas iba saliendo. Las dos hermanas (también de 1845) es otra obra del mismo estilo, repleta de episodios inverosímiles, en la que no faltan los consabidos amores ideales ni la presencia de un malvado «villano» perseguidor de una de las dos inocentes jóvenes protagonistas. Historia de muchos Pepes (publicada en 1879 en el folletín de El Fénix), mejor escrita y adornada con abundantes rasgos humorísticos, es una novela pseudo-autobiográfica, por reflejar el ambiente de los círculos literarios y periodísticos madrileños de mitad de siglo, que tan bien conocía el autor. Está narrada en primera persona, por boca de Pepe Gil, un personaje que tiene mucho de pícaro, ya que con su astucia intentar medrar a costa de los demás; pero, finalmente, recibe un merecido castigo, quedando desacreditado a los ojos de la sociedad.

Castillo de Marcilla (Navarra)Navarro Villoslada es también autor de numerosos relatos, algunos de los cuales están en la frontera entre el artículo de costumbres y el cuento («Un hombre arruinado», «Hacer negocios», «Un hombre público»). Otros, en cambio, pueden denominarse cuentos con toda propiedad («Mi vecina», «Aventuras de un filarmónico», «El remedio del amor» o «La luna de enero», divertida burla de los excesos románticos). También escribió dos leyendas históricas, ambas de ambiente navarro: «La muerte de César Borja» (ocurrida en 1507 en las cercanías de Viana) y «El castillo de Marcilla» (sobre la defensa de esa fortaleza por doña Ana de Velasco al producirse la conquista castellana).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Últimos años de Navarro Villoslada

Acabada la guerra en 1876, Francisco Navarro Villoslada[1]  se había negado a participar en la reorganización del partido carlista, alegando su precario estado de salud. Pero en 1885, al morir Nocedal padre, acepta el nombramiento como jefe de la Comunión Tradicionalista de España para ser el representante de don Carlos en Madrid. Trata de poner orden en la dividida prensa tradicionalista, enzarzada entonces en numerosas polémicas, pero algunos sectores le dirigen durísimos ataques (acusándole incluso de desertor y traidor al carlismo). Nuevamente desilusionado con la política, renuncia definitivamente a sus cargos y se retira, ahora sí, a Viana. En 1894 participa en la campaña contra las medidas fiscales anunciadas para Navarra por el ministro de Hacienda, Germán Gamazo, escribiendo unas pocas líneas para el número único de Navarra Ilustrada. Sería su última intervención en un asunto público.

Monumento a Navarro Villoslada en Pamplona

Al año siguiente, el día 29 de agosto, moría en la misma ciudad que le viera nacer, rodeado de su familia. A su funeral y entierro acudió el Ayuntamiento de Viana en pleno. Más tarde llegarían otros homenajes: la celebración del Centenario de su nacimiento en 1918, con la colocación de la placa conmemorativa en su casa natal en que se recuerda al «cantor de la raza vasca», la erección de un monumento en Pamplona, a la entrada de los Jardines de la Taconera, y la publicación de un número especial de La Avalancha; la dedicatoria de calles (Navarro Villoslada, Amaya) y de un Instituto de Bachillerato; la celebración del 150 Aniversario de su nacimiento en 1968 (al que se sumó la revista Pregón); y después, en 1995, el Centenario de su muerte, con diversos actos con los que se quiso honrar su memoria.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.