La Navidad de los poetas navarros: José María Pérez-Salazar

Capítulo aparte merece José María Pérez-Salazar, periodista pamplonés nacido en 1912. Está también muy vinculado al núcleo de Pregón, en cuyas páginas, en la Navidad de 1948, publicó un hermoso romance del más puro estilo villancístico, en el que emplea dos rimas distintas:

La buena noche es llegada,
pastores, la Noche Buena.
Ya alumbra largos caminos
lumbre de largas hogueras,
y canta el cielo luceros
y canta limpias estrellas.
Ya cantan ríos y fuentes
rumor de las aguas nuevas;
cantan, alegres de pájaros,
los árboles y las selvas,
y canta flores de Virgen
el prado de nieve fresca.
¡Venid, pastores, al alba,
que el Alba se hizo pureza!
Caminos son de Belén
los que a maravilla llevan.

La Virgen lava pañales
en lo más hondo del río
mientras San José los tiende
en un romero florido…
Estaban las aguas limpias
más que estuviera el rocío,
y el Niño estaba llorando,
porque el Niño tiene frío.
Ya tejieron las estrellas
un paño de lienzo fino
en los telares del cielo,
y un ángel se lo ha traído.
—¿Adónde vas, el pastor,
por este largo camino?
—Voy al Portal de Belén.
Voy a adorar a ese Niño.

En Pregón, invierno de 1952, salió este lindo y musical romance de estructura paralelística, recogido más tarde en su libro Caminos de la tarde (1992):

Bien haya, que el Niño duerme.
Bien haya, que está dormido.
Ríen las flores, bien haya,
con el temblor del rocío.
Bien haya, que duermen, duermen
las sendas y los caminos
que a Ti conducen, bien haya,
y en Ti despiertan dormidos.
Bien haya, porque tu sueño
es el alba que ha venido.
Campanas blancas, bien haya,
que las mueve el Niño, Niño,
¡ay, con sus manos, bien haya,
y es el silencio el sonido!
Bien haya quien oye, oye,
este su toque infinito.
¡Campanas de Dios, bien haya!
¡Bien haya quien las ha oído!

Campanas de gloria que pregonan el gozo de la Natividad del Señor. Para Arbeloa, «el poema transcrito es una especie de saludo gozoso a toda la creación que rodea al Nacimiento dentro de la mejor tradición bíblica»[1]. Un año más tarde, en 1953, publica Pérez-Salazar el soneto «Carne de Dios»:

Carne de Dios venida a creatura
concebida en la luz de la pureza,
cuando la voz del ángel llama y reza
«Dios te salve», porque eres la más pura.

Ya el rigor de la noche te asegura
un aterido trono en la pobreza,
pues se cerró la puerta con fiereza
a que llamaba el cielo con presura.

Senda de ingratitud amarga y fría
en riguroso hielo así cerrada
a quien el sol enciende. Dios venía

y el parto de la luz no halló morada
mientras la voz del cielo repetía:
«Llamé, pero no oíste mi llamada.»

Además, gracias a la generosidad de su hija, la Prof.ª Carmela Pérez-Salazar, del Departamento de Filología de la Universidad de Navarra, puedo ofrecer la transcripción de algunos otros poemas navideños suyos, sonetos no recogidos en ninguno de sus libros[2], como el titulado «Palmera»:

Grácil copa del viento. Seno. Cuna
donde duerme la noche y nace el día,
donde se mece el sol. Epifanía
de todas las estrellas hechas una.

El aire tiene sal; la brisa, espuma,
y sueñan mil espadas, en porfía,
un combate de luz sin agonía,
herida el alba en éxtasis de bruma.

No te vayas, amor. Goza la suave
aventura de verte traspasado
por un dardo velero. Sueño. Nave

donde navega un eco sosegado
hecho distancia que disputa al ave
un vuelo quieto, eterno, inacabado.

Otro lleva por título «Cuna de aurora»:

Así, como rocío en una rosa
—cuna de aurora, luz enamorada—,
esta carne de Dios, nueva y rosada,
pura, a la vez, como ninguna cosa.

Aquí, María. El alma le rebosa.
Y José, el carpintero. Su mirada,
presa de amor, humilde, sosegada
en la quietud de noche rumorosa.

¡Ya se anuncia, Señor, un alba clara
al pastor, a la oveja y al sendero!
¡Ya crepita la luz sobre la jara!

¡Qué despertar de espliego y de romero!
¡Qué júbilo de estrellas se dispara!
¡Qué tierna la presencia del lucero!

Rosa blanca con rocío

De gran belleza son los dos tercetos que cierran el soneto, donde también se pregona el alba —el nacimiento— de Dios. Vemos además cómo algunas imágenes y metáforas se reiteran en estos poemas para nombrar a la Virgen y al Niño nacido: Alba, Sol, Lucero, etc. Otro soneto, sin título, dice así:

Ríe José. Está junto a María,
con el gozo saltándole en el pecho.
Y ríe el Sol, ya cuna, fuego, techo,
convidando de luz a la alegría.

Ríe el pastor. La noche estalla en día.
La tierra siente fruto en el barbecho.
Los caminos del alba se hacen lecho
de la primera huella en nieve fría.

Maravillosamente se abre el cielo.
Una legión de Dios se asoma y canta,
llamando a gloria, júbilo y promesa.

¡Oh, celestial asombro en noche santa!
Cuando todo es amor, vida y anhelo
en blanco despertar de aurora ilesa.

Y uno más, también sin título, pero fechado en 1990:

Con el alba mecida entre sus manos
la Virgen hizo blancos los caminos,
alumbrando de pasos peregrinos
la distancia, los montes y los llanos.

Se juntaron inviernos y veranos
en unidad de rumbos y destinos.
Y se escucharon ecos, ya divinos,
en la noche de paz de los arcanos.

La Virgen, entre tanto, sonreía
en la quietud, la gracia y la dulzura
que acompaña la luz de la llamada.

Era tanto su gozo, su ventura,
que todo ante sí misma parecía
una gran soledad acompañada.

Como hemos podido apreciar, el tema navideño ofrece una recurrencia especial y muy lírica en la poesía de José María Pérez-Salazar.


[1] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 38.

[2] Son tarjetas de felicitación navideña, con textos poéticos de José María Pérez-Salazar ilustrados con dibujos de su hija Carmela Pérez-Salazar.

La Navidad de los poetas navarros: el entorno de «Pregón»

Seguimos todavía en tiempo litúrgico de Navidad (tras la Natividad y la Epifanía, queda todavía la festividad del Bautismo de Jesús), y continuamos, por tanto, con el examen de la Navidad de los poetas navarros.

Un núcleo importante de poesía navideña va a publicarse en la revista Pregón (años 40-70) o por parte de escritores de su entorno. Así, Faustino Corella Estella tiene un poema de 1951, «En Belén está ese cielo», cuyos versos finales rezan así:

En Belén está ese cielo
donde el día se hizo noche,
carne infantil de esperanza
y el Hijo de Dios es hombre.

Más tarde este autor publicó todo un libro de Villancicos. Temas navideños (Pamplona, Gráficas Areta-Amondarain, 1961).

José Díaz Jácome (periodista natural de Mondoñedo, pero afincado en Pamplona) publica en el número de Navidad de 1946 de Pregón una composición con huellas de la poesía tradicional gallega:

La Virgen goza tibias
perlas de llanto.
El Niño resplandece
—flor de milagro—.
San José, pensativo,
lo está mirando.

—Cala, ña xoia,
Rey de la Gloria.

En el establo huele
a romería.
Los pastores, que traen
fiesta de esquilas,
están diciendo al Niño
su melodía.

—Durme, meniño,
Clavel cautivo.

Se ha parado la dulce
gracia del trino.

Solo canta el silencio
con voz de nimbo.
El latido de todo
llora de frío.

—Pecha a boquiña,
Rey de la Vida.

Sube, sube, glorioso
como un incienso,
el aliento del buey
hacia los cielos.
Las alas de un querube
le dan más vuelo.

—Pecha os ollinos,
Cordero mío.

Perlas de llanto

En el mismo número publica otro «que es una donosura», en opinión de Arbeloa:

En lo alto del otero
hay un nido de pastores.
La nieve cerca a la nieve.
El aire huele a canciones.

¡Ay, río ledo,
dame el escorzo de los corderos!

Cada pastor tiene un sueño,
un rebaño y una flauta.
Cada rebaño, la risa
silvestre de una zagala.

¡Ay, senda amiga,
dame la fiesta de las esquilas!

En la alta noche la estrella
enciende un nuncio gozoso.
La hierba, bajo la escarcha,
llora un íntimo alborozo.

¡Ay, musgo breve,
dame el latido fiel de la nieve!

Por los caminos en fiesta
hay un milagro de flores.
Cantan maitines de gloria
las flautas de los pastores.

¡Ay, dulce alba,
dame la pura luz que nos salva!

El tudelano Luis Gil Gómez saca en Pregón, Navidad de 1965, el romancillo titulado «Cántico de paz», que ofrece esta «encantadora descripción del parto»[1] de María:

La noche azulada
girando su rueda
traspuso el recodo
de las leyes viejas.
En las huecas fosas
de cal y de piedra
movieron sus huesos
antiguos profetas.
Señor San José
descuidó la azuela
y endulzó los ojos
un temblor de abeja.
Señora María,
toda rosa y cera,
se oprimió las manos,
dobló la cabeza
y alumbró un Infante,
la flor de Judea.

Víctor Manuel Arbeloa ha valorado así la producción de estos años:

Hay en toda esta tradición navideña, incluso en la mejor […], demasiados lugares comunes, demasiado tomar a la letra el ámbito geográfico del relato bíblico que se viene arrastrando desde los balbuceos del lenguaje medieval. Todo esto que, en los primeros siglos de la lengua escrita, pareció genuino y nuevo, en los últimos años llega a fatigar y a inutilizar aun los más perfilados logros formales. Hay en todos estos poemas que se escriben en Navarra, igual que en el resto de España, un hartazgo de mieles, una orquesta interminable de flautas y rabeles, un batallón pesadísimo de pastores, que saben, que tocan, que hablan, respectivamente, lo mismo que hace cinco o diez siglos[2].

Sigamos recordando algunos otros nombres: Cástor Olcoz, en su primer libro de poemas, del año 1975, incluye el soneto «La Navidad fenece con el día», que «apunta sin miedo a las varias degradaciones de la fiesta divina y humana»[3]:

La Navidad fenece con el día
si cristaliza en musgo o en abeto
y de Belén apenas es boceto
si toda se disuelve en melodía.

Es hueca y desfasada letanía
transcrita sin pudor en un panfleto
si el mensaje se trueca en un boleto
que promete ilusión de romería.

Y si su voz es solo un balbuceo,
eco senil confuso y estridente
del misterio perenne que refleja,

no hay anuncio real, solo siseo,
ruido ambiental que aturde, solamente,
feria cabal, pregón de nochevieja.

Por su parte, el Padre Valeriano Ordóñez tiene algunas canciones navideñas, como la titulada «Tus ojuelos», bellísima (recogida en el capítulo «Tiempo de Navidad» de su libro Intenta orar cantando, Madrid, 1969):

Tus ojuelos me dicen
que vives de amor,
que lloras como un niño
y amas como un Dios.

Por mirar tus ojos
una estrella nace,
y estrellas del alma
en tus ojos abres.


[1] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 43.

[2] Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, p. 39.

[3] Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, p. 41.

La Navidad de los poetas navarros: Urrutia, Martínez Baigorri y Gaztelu

Más cerca de nuestros días, ya en el siglo XX, el tema navideño ha sido líricamente cantado por numerosos poetas. Por ejemplo, Ángel Urrutia, Ángel Martínez Baigorri o Ángel Gaztelu; ¿y quién mejor que este trío de “Ángeles” para cantar el Nacimiento del Niño-Dios?

Ángel Urrutia publica su primer poema navideño en la revista madrileña Signo (30 de diciembre de 1955):

Reclíname al Infante en la palabra
aunque sea inexacta,
aunque no quepa en ella
el Verbo, pronunciado con las letras
humanas de la carne.

En Navidad de 1969, en la revista Pregón, aparece su «Canción de Navidad»:

Para hacer todo el camino
que hay de mi vida a Belén
he de prenderme en el alma
o una estrella o un clavel.

Oro, incienso y mirra llevo
si llevo un poco de luz:
¿por qué no hacerme yo cuna
en vez de hacerme ya cruz?

Ángeles de oro y pastores
llenarán mi corazón,
porque ya siento en el pecho
un nacimiento de amor.

Lanza aleluyas de gloria
este arco-iris de paz;
la Navidad es por dentro,
por fuera no hay Navidad.

La Nochebuena no es noche
porque está llena de luz.
A todos nos ha nacido
el mismo Niño Jesús.

Adoración de los Reyes Magos

Y un año más tarde da a las prensas otro poema más logrado, el soneto «Paisaje de la Navidad», de cadenciosos endecasílabos:

Sobre un manso pesebre Dios se atreve
a ser carne mortal, a la locura
de hacer con nuestro barro su hermosura
mientras cae el silencio de la nieve.

La noche está de frío. Un Niño mueve
el paisaje del musgo y la ternura;
y saltan villancicos de agua pura
al abrazarse el fuego con la nieve.

Los caminos terminan en la cuna
donde nacen de nuevo los caminos
y se inclinan de gozo las palmeras.

Luz de ángeles colgantes, pozos, luna,
corre un espejo y mueve los molinos,
y los hombres se dicen primaveras.

Por su parte, el Padre Ángel Martínez Baigorri, durante su estancia en Bélgica, concretamente el año 1932, vertió al castellano la letra de un villancico flamenco. Dice así:

Un sol ha nacido en la noche.
—Estrellas, ¿sabéis dónde está?
La estrella del alba decía:
—Su aurora brilló en un portal.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Un niño ha nacido en el campo.
No tuvo casa en que nacer,
y el cielo estrellado su manto
le dio a su cuna por dosel.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

—¿Qué nombre pondremos al Niño?
Su padre exclamó: —Salvador.
El Niño sonríe y su pecho
palpita en incendio de amor.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

—¿Qué nombre pondremos al Niño?
Su madre le llama Jesús.
Y luego lo viste de rojo
como ha de subir a la Cruz.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

El cielo calló media hora.
Hermanos, callad y adorad,
que viene vestido de blanco
aquel que nació en un portal.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Ponedle por cuna de oro
en llamas vuestro corazón.
Y haced de silencio de amores
para mecerle esta canción:

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Uno de los catorce sonetos de su libro Dios en Blancura (México DF, 1960) es el titulado «La Navidad de Ser», muy conceptual y teñido de misticismo:

Todo se ha reunido en tu Presencia:
mi Memoria de Ayer y mi Memoria
de Mañana me dan este Hoy en gloria
de todo en Ti para habitar mi esencia.

La esperanza de ser es ya existencia
del ser cumplido, y dicha sin historia
todo lo que era sombra transitoria,
ciencia de un hombre en luz de la conciencia.

Par es tu nombre: el mundo se ha olvidado
del suyo y dice Dios en lo que nombra
seres, y en todos nace un Niño tierno.

En todos es, el Hoy de su pasado,
Presente de ese Ser sobre su sombra
y luz Tú en todos de su Día eterno.

En fin, el Padre Ángel Gaztelu incluye el soneto «De cómo el silencio fue sonoro la noche del Nacimiento» en su poemario Gradual de laudes (1955):

Era el silencio por la noche plena
al filo del feliz alumbramiento,
como rabel que de afinado suena
al menor y sutil tacto del viento.

Velaba su rocío la Azucena,
pesando en su cogollo el firmamento;
y a su peso la nieve, ya serena,
doblaba su candor a cielo atento.

Destellando extremadamente bella,
asombrando la esfera en manso vuelo,
caía al suelo la mejor estrella.

Resuelto en lenguas de alta plata el hielo,
era rabel de amor por la Doncella,
que adormecía en su regazo el cielo.

La Navidad de los poetas navarros: Navarro Villoslada

La literatura de Navarra es una literatura, por lo general, muy costumbrista (aunque siempre hay excepciones, por supuesto). En efecto, si revisamos algunos de los temas concretos en que se han inspirado con preferencia los literatos de nuestra tierra, descubriremos por ejemplo que uno de los más fecundos es la descripción de nuestras celebraciones religiosas: un tema casi obligado para muchos autores es el de las fiestas de San Fermín. De la misma forma, también otras festividades religiosas, como la Navidad y la Epifanía o la Semana Santa, han dejado una huella muy clara, en especial en el género de la lírica. Esos tres conceptos —historia, costumbrismo y religiosidad— conforman una visión muy tradicional de nuestra historia literaria. Y siendo esto así, siendo la literatura en Navarra tan tradicional, tan costumbrista y tan religiosa, nada tiene de extraño el hecho de que los autores navarros —navarros por nacimiento, por adopción, por decisión personal, etc.— hayan reflejado con frecuencia las fiestas más señaladas de nuestro calendario, sabiendo captar desde una perspectiva literaria sus diversos aspectos folclóricos, etnográficos, culturales, anecdóticos…

En lo que se refiere a la Navidad, si acudimos al siglo XVII, podemos mencionar entre los títulos que forman la producción escrita del venerable Juan de Palafox y Mendoza un tratado de ascética que se presenta bajo el título El Pastor de Nochebuena. Práctica breve de las virtudes, conocimiento fácil de los vicios. Por lo que toca a otros poetas navarros del Siglo de Oro, no encuentro el tema concreto de la Navidad. Muchos de ellos son religiosos (Pedro Malón de Echaide, Leonor de la Misericordia, Juan de Amiax, Miguel de Dicastillo, José de Sierra y Vélez, Ana de San Joaquín), y de hecho la poesía ascético-mística abunda entre sus escritos, pero sus temas se centran más bien en otros aspectos religiosos, como la Pasión y Muerte de Cristo, la paráfrasis de salmos bíblicos, etc.

En cuanto al siglo XVIII, ya sabemos que es una época poco dada a las expansiones líricas que escapen del ámbito de la poesía anacreóntica, a lo Villegas y Meléndez Valdés, y tampoco he documentado el tema entre los escasos vates navarros del momento. Por tanto, tenemos que dar un salto hasta el siglo XIX.

Adoracion de los pastores

En esta centuria, no puedo olvidarme de Francisco Navarro Villoslada[1], autor de un villancico «Al Niño Jesús», enunciado por una voz femenina. La muchacha va a ofrecer como regalo al recién nacido unas coplas, pero se queda ronca y no puede cantarle; luego quiere llevarle unos bollos, pero se los come antes de llegar al portal; piensa después en darle la rosa que adorna su cabello, mas se la acaba entregando a su amigo Andrés. Desesperada por no poder entregar nada al Niño-Dios, su madre la consuela diciendo que le ofrezca su llanto, su amor y su fe, regalos que agradarán sobremanera al Señor:

Al Niño donoso
nacido en Belén
unos llevan leche
y otros llevan miel.
Yo que nada bueno
tengo que ofrecer,
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
Hilando en la vela
de mi tía Inés,
unos villancicos
hube de aprender.
Al Niño esta noche
festejar pensé,
cantando las coplas
al son del rabel.
Con otros mancebos
allí estaba Andrés,
aquel zagalillo
que baila tan bien.
De mi voz prendado
quedó al parecer;
me miró, mirele,
suspiró, y se fue.
Ayer todo el día,
¡que día el de ayer!,
del alba a la noche
cantando pasé.
Andrés me escuchaba
con tanto placer,
que por darle gusto
ronca me quedé.
Ya no puedo cantos
al Niño ofrecer:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
En un canastillo
con arte junté
seis bollos, dos tortas
y medio pastel.
Ufana con ellos
echeme a correr…
Como un corderillo
seguíame Andrés.
Husmea los bollos,
levanta el mantel,
los toma, los deja,
los vuelve a coger.
Una de las tortas
me comí con él,
luego un bollo, y otro,
y aun otro después.
Cuando tres quedaron
yo me acongojé:
vergüenza me daba
llevar solo tres.
Seguimos comiendo,
¿que había de hacer?
Yo comer, comía,
¡pero bien lloré!…
Sin tortas el Niño
se queda por él:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
La cándida rosa
que adorna mi sien,
después del fracaso
llevarle pensé.
Cata que el goloso
me asalta otra vez,
la rosa pidiendo
que llevo a Belén.
Le ofrezco mil otras
de nuestro vergel,
pero Andrés se empeña
en que esa ha de ser.
Con ceño le miro,
me llama cruel,
y adentro, en el alma,
sentí no sé qué.
Temblaba el mancebo,
temblé yo también,
y mano a mis trenzas
eché sin saber.
¡Ay, madre del alma!,
creerlo podéis:
la flor a sus manos
cayó… sin querer.
Por él soy al Niño
tres veces infiel:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?

La madre.

—Hija arrepentida,
ven conmigo, ven;
cuando al Niño veas,
póstrate a sus pies.
Llora, que tu llanto,
tu amor y tu fe
le saben más dulce
que leche con miel.
Su bendita Madre,
si llorar te ve,
te alzará en sus brazos,
llorando también.

Es un villancico que tiene toda la gracia de la poesía popular, de la que toma el verso repetido «madre, la mi madre». Su sencilla versificación (se trata de un romancillo con rima aguda en –é) da al conjunto un aire de suma ligereza, de alegría casi infantil.


[1] Sobre el autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; y Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Literatura, periodismo y política, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018.

Poesía de Adviento: un poema del Padre Jesús del Castillo

Muchos son los escritores que a través de los siglos han querido cantar el Nacimiento de Dios, y lo han hecho en los tres grandes géneros literarios: el narrativo, el lírico y el dramático. En cualquier caso, el terreno que mejor se presta a una evocación subjetiva del tema navideño es precisamente el de la poesía[1]. En los próximos días, dedicaré algunas entradas a reproducir y comentar algunos poemas navideños del ámbito hispánico, que van desde los albores literarios medievales hasta nuestros días, pero hoy quisiera copiar un poema del Padre Jesús del Castillo titulado «Adviento».

Nacido en Sada de Sangüesa (Navarra), el Padre Jesús del Castillo ha sido durante muchos años párroco de la Parroquia Catedral de San Bernardo (Santiago, Chile). En el 2006 celebró sus 50 años de ministerio sacerdotal y hoy goza de un merecido descanso. Cuenta en su haber con poemas navideños como «Revelación» o «Ante el misterio de Belén (aplicación de sentidos)», pero aquí transcribo uno suyo dedicado al Adviento, por ser este —el de la marcha esperanzada hasta la Navidad— un aspecto no muy frecuentemente tratado por quienes han abordado este concreto ámbito temático.

Virgen María con violetas

El poema dice así:

El Adviento se viste de violetas.
Es, en el alma, tensión de espera.
No es aún la cosecha:
es primavera.

El Adviento es hambre de pan,
clamor de profetas;
es mugido en los establos
y cónclave en las estrellas.

El Adviento es llamada en los cielos,
luna que al sueño despierta,
suave temblor de alborada que alerta,
pasos de peregrinos que inquietan.

El Adviento es gravidez
que viene pidiendo urgencias.
Ya están convocados ángeles y reyes,
pastores, pesebre y bueyes…

El Adviento es Ella, es la Virgen bella,
serena, ante el cuenco de pajas que ya se quiebran.
Ya se escucha el «Gloria» en las lejanías.
El Adviento es Ella: ¡Santa María!

[1] Ver Carlos Mata Induráin, La Navidad en las letras españolas y en los poetas navarros, Pamplona, Universidad de Navarra, 2006.

Pedro de Górriz Moreda y su leyenda «La cadena de las Navas»

Poeta y prolífico autor teatral, Pedro de Górriz Moreda (Pamplona, 1846-Madrid, 1887) cultivó con asiduidad el género cómico, alcanzando cierto renombre en su tiempo. Así, escribió para la escena ¡Por un teniente!, Tercero interior, Madrid se divierte, Retreta, Cante hondo, El Retiro, La vuelta de Ruiz, Tute de yernos, La partida de bautismo, Levantar la caza, La mantilla blanca, El primer trompa, Género de punto, Año nuevo, vida vieja, Don Antonio, El fin del mundo, Los caciques de Villanueva, N. N., Buena estrella y varias obras más en colaboración. Como narrador, ganó la pluma de oro en el Certamen del Ayuntamiento de Pamplona de 1884 con la leyenda histórica «La cadena de las Navas»; al año siguiente se premió su Cancionero popular navarro, composición escrita en 50 cuartetas, y «Mis montañas»; y en 1886 otra leyenda en prosa titulada «La cruz negra»[1].

«La cadena de las Navas. Leyenda», dividida en doce breves capítulos, se presentó bajo el lema: «La leyenda no es la historia: donde esta empieza, aquella termina». Su protagonista es Íñigo Portillo, un joven menestral enamorado de Blanca, la hija del hombre de guerra don Tristán de Olano. Íñigo, que sueña con la dorada espuela de caballero, decide alistarse como ballestero en la mesnada de don Gutierre de Lodosa para la guerra que el rey don Sancho el Fuerte prepara contra los moros. Marcha con don Tristán y llega el día de la batalla de las Navas de Tolosa, el 16 de julio de 1212. Tristán muere matando enemigos; Íñigo, por su parte, también pelea «como un león» y consigue tomar la bandera y un trozo de las cadenas que rodean la tienda del Miramamolín. El rey don Sancho decide que ese será su blasón y promete nombrarlo caballero. Un año después se celebra la boda de Blanca e Íñigo, que ha sido elegido alférez mayor del reino; sin embargo, en un arca guarda un trozo de cadena que le recuerda su origen humilde.

Batalla de las Navas de Tolosa

Igual que sucede en otros relatos de autores navarros contemporáneos, cabe destacar la inclusión de elementos arqueológicos, especialmente por medio del empleo de un léxico perteneciente al campo semántico de las armas: contera, capacete, almete, montante, arnés de Vizcaya, loriga milanesa… Los diálogos insertos en la leyenda no revisten especial interés.


[1] Cfr. Fernando Pérez Ollo, Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. V, pp. 401-402.

Iturralde y Suit (1840-1909) y sus «Tradiciones y leyendas navarras»

Juan Iturralde y Suit (Pamplona, 1840-Barcelona, 1909) es el gran impulsor de la Asociación Euskara de Navarra, que se presentó en Pamplona el 6 de enero de 1878. Fue además concejal en el Ayuntamiento de la capital navarra, académico correspondiente de San Fernando y de la Historia y formó parte de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra, de la que fue secretario. Sus relatos, muchos de los cuales se publicaron en la propia Revista Euskara, aparecieron coleccionados en forma de libro póstumamente[1].

Juan Iturralde y Suit

En un primer deslinde, podemos apreciar que en esas colecciones, junto con cuentos y leyendas históricas, aparecen mezclados otros trabajos de signo muy distinto. Por ejemplo, hay artículos eruditos de temas variados («Las guerras civiles de Pamplona en el siglo XIII», «Un conquistador navarro en el Nuevo Mundo», «Los castillos de Navarra durante la Edad Media», «La caza en Navarra en los tiempos pasados», «El tributo de las tres vacas», «Las cruzadas de Navarra en Tierra Santa», «Memoria sobre las ruinas del Palacio Real de Olite», «Prehistoria en Navarra»…), o bien relatos y descripciones de viajes («Recuerdos de Ujué», «El monasterio de Irache», «Una visita al castillo de Javier»…), que para nuestro objeto actual no nos interesan.

El resto de relatos propiamente literarios pueden clasificarse[2] en los siguientes apartados, que enumero de menor a mayor grado de ficcionalización:

1) Estampas y evocaciones líricas. Iturralde está dotado de una fina sensibilidad poética y en varias de estas semblanzas, al par que capta perfectamente la majestuosidad del paisaje navarro —o de las ruinas históricas conservadas—, evoca los momentos épicos, las pasadas grandezas del Antiguo Reyno, que constituyen el contrapunto del momento de decadencia espiritual que se vivía entonces. Tales evocaciones románticas —pero no de pura evasión, sino cargadas de significado y simbolismo— son «Una noche en Roncesvalles» (boceto de «La batalla de los muertos»), «Las voces del viento en los Pirineos navarros», «Las brisas de los montes euskaros», «La selva. Aguiriko-eliza», «El viejo espíritu de Navarra» o «El desolado de Rada». Algo diferentes son «Junto al hogar», pórtico de la edición de 1912, que es una invitación a la reflexión, en soledad y silencio, sobre la vida (concebida como «viaje doloroso por sendas sembradas de espinas», «valle de amarguras», «vía dolorosa», pero con el consuelo de la esperanza cristiana siempre al fondo); y «El triunfador de la muerte», una reflexión sobre Dios, que es quien la vence.

2) Un segundo grupo lo formarían las leyendas, que podrían separarse en fantásticas («El organista loco de Iranzu», con un tema similar al de «El Miserere» de Bécquer, y «Salkindaria. El traidor»); e históricas, basadas bien en un hecho propiamente histórico, bien en un suceso perteneciente al ámbito más vaporoso e impreciso de la tradición: «Los perros de Martín abade», «La campana de Nájera», «La leprosa. Balada», «El castillo de Tiebas», «Un episodio de la historia de Pamplona», «El santuario de San Juan del Ramo», «La leyenda de San Virila de Leyre», «El puente de Miluce» o el fragmento de «El castillo de Amayur». Otra narración como la titulada «Juan Fermín de Leguía» se acerca a un hecho histórico que es además cuasi-contemporáneo del autor (un episodio de la guerra de la Independencia en el año 1813), con menos posibilidades por tanto de idealización al narrarlo.

3) Apólogos o ejemplos. Son relatos como «El ruiseñor de Errota-zuri», «La paciencia y la limosna», «La felicidad» o «Las lágrimas de la tribulación», con personajes-tipo y una fuerte carga simbólica, en los que se propone una enseñanza, ya a la conciencia de todo el pueblo vascongado (en el primero), ya a cada lector en particular (en los otros tres, cuyos títulos resultan bien significativos).

4) Cuentos satíricos y morales. Guardan cierta relación con los anteriores por su carga didáctica, aunque aquí se presentan unos personajes algo más individualizados y una historia narrativa mejor desarrollada. Incluyo en este grupo «La ínsula de los Penelópidas (Cuento que no lo parece)», que es una parábola que opone los términos de la dicotomía progreso vs. tradición en la Europa moderna; «Del por qué los franceses cuando se ocupan de las cosas de España carecen de sentido común (Cuento)», explicación chistosa del desconocimiento por parte de los franceses de las cosas de España; «El padre Saturnino», sátira del Estado moderno, uniformador y centralista, que devora a sus propios hijos, las provincias o territorios periféricos que lo componen; «Un congreso de protestantes en Pamplona», repaso cómico de algunas sesiones del Ayuntamiento en las que los concejales no hacen más que protestar por todo (de ahí el juego dilógico del título); o «Las santas misiones de El Imparcial», que vuelve a contrastar los intereses contrapuestos de las provincias y de la capital centralista.


[1] Obras de D. Juan Iturralde y Suit,vol. I., Cuentos, leyendas y descripciones euskaras, Pamplona, Imprenta y Librería de J. García, 1912, con prólogo de Arturo Campión; y Obras de don Juan Iturralde y Suit, vol. III, Tradiciones y leyendas navarras, con prólogo de Carmelo de Echegaray, Pamplona, Imprenta y Librería de García, 1916. En fechas más recientes, Segundo Otatzu Jaurrieta ha publicado dos tomos de sus Obras completas que incluyen sus narraciones y leyendas: Obras,vol. I, Cuentos y leyendas navarras y Obras, vol. II, Cuentos, leyendas e historia, Pamplona, Mintzoa, 1990.

[2] Adapto —con ciertas modificaciones— la clasificación que ofrece Campión para la producción global de este autor en su introducción a Obras de D. Juan Iturralde y Suit,vol. I, cit., pp. CLVIII y ss.

Breve apunte sobre Juan Huarte de San Juan (1529-1588)

De entre los autores navarros del siglo XVI cuyas obras presentan un carácter más didáctico que literario, destaca Juan Huarte de San Juan, natural de la merindad de Ultrapuertos (nació en San Juan de Pie de Puerto en 1529, y moriría en Linares, Jaén, en 1588). Cursó estudios de Humanidades en Huesca y de Medicina en la Universidad de Alcalá entre 1553 y 1559. Vivió en varias ciudades españoles: Huesca, Granada, Baeza (de la que fue nombrado médico vitalicio el año 1566 por Felipe II) y Linares. Contrajo matrimonio con Águeda de Villalba, con la que tuvo siete hijos.

Juan Huarte de San Juan

Juan Huarte de San Juan es autor de una obra que pronto se hizo famosa, el Examen de ingenios para las sciencias (Baeza, Juan Bautista de Montoya, 1575). El libro, cuyo título completo es Examen de ingenios para las sciencias. Donde se muestra la diferencia de habilidades que hay en los hombres, y el género de letras que a cada uno responde en particular, contó con varias reediciones en pocos años: Pamplona, 1578; Bilbao, 1580; Valencia, 1580; Huesca, 1581, etc. y con traducciones a varias lenguas europeas.

Portada de Examen de ingenios para las sciencias

Esteban Torre Serrano, uno de los editores modernos del Examen[1], ha destacado la actualidad de la obra de Huarte de San Juan:

Al cabo de cuatro siglos, la lectura de este libro extraordinario ofrece poco que perdonar y mucho que agradecer. Sus páginas son, ante todo, un regalo para los oídos que saben disfrutar con las palabras sencillas y claras, portadoras de un pensamiento transparente. El objetivo principal de Juan Huarte es el establecimiento de un principio de justicia distributiva, según el cual cada uno debe ocuparse solo de aquellas tareas para las que está realmente capacitado. De una distribución racional de los trabajos […] se seguirían los mayores beneficios para el individuo y para el conjunto de la sociedad. La verdadera orientación profesional habría de partir del examen previo de las capacidades naturales, que para Juan Huarte dimanan de la constitución del cerebro, es decir, de su «naturaleza», que no es otra cosa sino el «temperamento de las cuatro calidades primeras».

Esas cuatro calidades primeras son calor, frialdad, humedad y sequedad, que dan origen a los cuatro elementos (aire, fuego, tierra, agua) y a los cuatro humores (sangre, cólera, melancolía, flema). Según se encuentren mezclados en cada individuo, tendremos los distintos temperamentos. Respecto al género del Examen, copio estas esclarecedoras palabras del mencionado crítico:

Dada la complejidad de los elementos —filosóficos, científicos, literarios— que intervienen en la obra de Juan Huarte, no resulta fácil su clasificación en el conjunto de las manifestaciones del espíritu humano. Se le suele aplicar una fórmula de compromiso, «prosa didáctica» o «literatura ideológica», que trata de soslayar, entre otros, el debatido problema de los géneros literarios. Lo cierto es que el Examen de ingenios para las ciencias se inscribe, por derecho propio, en la gran Historia de la Cultura española. El admitir, o no, la «literariedad» de este hermoso libro depende del concepto mismo que se tenga de literatura.

El estilo de Huarte de San Juan es claro y sencillo, siendo la suya una prosa que busca la concisión y el equilibrio, una naturalidad típicamente renacentista. Torre Serrano recuerda todavía un elemento más, la inclusión de rasgos de finísimo y contenido humor, que «dan una nota de auténtica y castiza galanura a los temas —tan serios— que se estudian en el Examen». Y evoca el elogioso juicio que le mereciera a Rufino J. Cuervo: «Fuera del valor científico de Huarte, que todos han reconocido, me parece que este escritor es modelo acabado de estilo y lenguaje didáctico, claro, preciso, sencillamente elegante».

La posible influencia ejercida por la obra de Huarte de San Juan en el Quijote ha dado lugar a algunas entradas bibliográficas. Es posible que Cervantes pudiera inspirarse en la lectura del Examen para determinados pasajes de su inmortal novela y para trazar el carácter del cuerdo-loco hidalgo manchego. Fue sobre todo Rafael Salillas, en su obra de 1905 Un gran inspirador de Cervantes. El doctor Juan Huarte y su «Examen de ingenios», quien más insistió en las deudas contraídas por el alcalaíno con el tratado del navarro de Ultrapuertos.

Una última cuestión que cabe recordar al referirnos a Juan Huarte de San Juan es la «apasionada defensa» de la lengua castellana que realiza en el capítulo VIII del Examen:

De ser las lenguas un plácito y antojo de los hombres, y no más, se infiere claramente que en todas se pueden enseñar las ciencias, y en cualquiera se dice y declara lo que la otra quiso sentir. Y así, ninguno de los graves autores fue a buscar lengua extranjera para dar a entender sus conceptos; antes los griegos escribieron en griego, los romanos en latín, los hebreos en hebraico y los moros en arábigo; y así hago yo en mi español, por saber mejor esta lengua que otra ninguna.


[1] Esteban Torre, que editó el Examen en los años 1976 y 1988, es autor de un estudio titulado  Ideas lingüísticas y literarias del doctor Huarte de San Juan (1977). Ahora puede consultarse además la excelente edición a cargo de Guillermo Serés (Madrid, Cátedra, 1989).

Francisca Sarasate Navascués y sus «Cuentos vascongados» (1896)

Francisca Sarasate Navascués (La Coruña, 1853-Pamplona, 1922) fue hermana del músico Pablo Sarasate y esposa de Juan Cancio Mena, de ahí que firmase algunos libros como Francisca Sarasate de Mena. Lo más interesante de su producción literaria es una colección de Cuentos vascongados (Barcelona, 1896), que incluye trece relatos, localizados todos —de forma imprecisa— en pueblos de Navarra o las Provincias Vascongadas.

Cubierta de Cuentos vascongados
Cuentos vascongados

En cierto modo, se asemejan a los cuentos de Antonio de Trueba, en el sentido de que ofrecen un elogio de la vida sencilla en el campo, aunque su calidad sea inferior con mucho. De casi todos ellos se desprende una enseñanza (algunos títulos son reveladores: «La caridad bien entendida…», «Antes que te cases, mira lo que haces»), aunque esa carga moralizante no llega a ser demasiado abrumadora. En algún caso la enseñanza no solo se deduce del ejemplo presentado, sino que se formula explícitamente; por ejemplo, en «Sueños de color de rosa» —que recuerda los Cuentos de color de rosa de Trueba—, hay una reflexión sobre el juego, presentado como una pasión que «absorbe todo, aniquila todo, rompe los lazos de parentesco y amistad, imposibilita de sentir y es ciega de tal modo que se asiste a las mayores catástrofes con la indiferencia de los estoicos» (pp. 37-38).

Estos Cuentos vascongados son narraciones sencillas, tanto por su forma como por su contenido: en efecto, entran en ellos historias y vidas vulgares, contadas sin grandes complejidades desde el punto de vista técnico. Es más, atendiendo a su estructura, algunos finales parecen algo precipitados, como si estuviera sin desarrollar plenamente la acción planteada; o bien sucede lo contario, algunos relatos son llevados hasta un extremo exagerado en sus últimas líneas, como si se buscara un efecto de sorpresa impactante sobre el lector (en «El ideal», tras el fallecimiento de Amado, Rosa muere sin que quede muy claro por qué; la muerte de Sofía y de César en «¡Noche triste!» es igualmente muy folletinesca). Cierta originalidad en la construcción presenta «¡Me aburro!», pues se trata de un cuento epistolar: el texto lo constituyen tres cartas dirigidas por Elvira, que veranea en San Sebastián, a una amiga; el desenlace se presenta en una postdata añadida a la tercera.

Los personajes no siempre están bien trazados y a veces resultan contradictorios: por ejemplo, Pura, de «El ideal», se hace simpática al lector porque es maltratada, pero en realidad es una mujer casquivana que galantea con todos y merece nuestra antipatía; en «Gavón» (mantengo las grafías del original) se insinúa que Fermín es el hermano amable y cariñoso con su madre, mientras que Esteban es el malo, pero al final sucede al revés; la Rosa de «Sermón perdido» viene a comportarse como un don Quijote femenino, aunque en el fondo no pase de ser una deslenguada mujer de mala vida. Esas contradicciones y vacilaciones de carácter, que en otras circunstancias (por ejemplo, en una novela) podrían ser consideradas aciertos de caracterización —la vida no es como parece; la vida es más compleja de como se nos presenta a primera vista—, más bien pueden tenerse aquí por defectos debidos a impericia narrativa de la autora.

En algunos de estos cuentos apenas existe el diálogo: se ha reducido al mínimo, o bien ha quedado sustituido por el estilo indirecto. En conjunto, el mejor relato tal vez sea «Contra viento y marea», que ocupa el primer lugar del volumen. Narra la historia de una viuda joven con varios pretendientes que termina casándose con su criado Sancho, pese a la oposición de todo el pueblo y de su propia familia: Catalina ha de defender su decisión tal como indica el título para triunfar de la hipocresía y el rechazo general, viendo al final premiado su esfuerzo con un matrimonio feliz.

Francisca Sarasate es autora de otras obras: Un libro para las pollas (1876), que es una novela didáctica destinada a la educación de las señoritas, Horizontes poéticos. Libro rítmico (1881), Amor divino (1882), Fulvia o los primeros cristianos (1888), novelita corta escrita a la manera de la Fabiola del cardenal Wiseman, Romancero aragonés (1894), Poesías religiosas (1899) y Pensamientos místicos (1910).

Nicasio Landa (1830-1891), médico y literato pamplonés

Nicasio Landa y Álvarez de Carballo (Pamplona, 1830-1891), conocido como el Dr. Landa, médico militar cofundador de la Cruz Roja Española y escritor, dirigió la Revista Euskara en 1878-1879 y es autor de obras seudo-literarias como Un viaje a Canarias (1863) o La campaña de Marruecos. Memorias de un médico militar (1880).

Monumento a Nicasio Landa en PamplonaEn el panorama del cuento literario cultivado en Navarra en el siglo XIX nos interesa especialmente su relato «Los primeros cristianos de Pompeïopolis. Leyenda de San Fermín», escrito para el Certamen del Ayuntamiento de 1882, aunque finalmente lo dejó fuera de concurso al ser elegido como miembro del jurado. Conoció una segunda edición (Pamplona, Imprenta Provincial, 1891), a cargo de la Diputación de Navarra. Es una narración de dieciséis páginas con la que el autor desea «acreditar más y más el amor y veneración que los hijos de Pamplona sienten por su glorioso patrono San Fermín, el primer cristiano de Pompeïopolis».

En el prólogo afirma que se ha ceñido a la verdad histórica (cita los autores y fuentes que ha manejado, así como los hallazgos arqueológicos que le han servido para las referencias a antigüedades romanas de Pamplona). «En lo demás —advierte— he dejado correr la imaginación, mas no a rienda suelta sino ajustando todos los detalles» a los conocimientos históricos de que disponía. La leyenda se divide en cuatro capítulos: «Las Thermas de Pompeyo», «La casa de Firmo», «El templo de Diana» y «Cristo vence, Cristo reina» más un «Epílogo» que presenta el martirio de San Fermín en Tolosa. Lo mejor es con mucho el sabor de época: los amplios conocimientos del autor se reflejan en el empleo de un léxico preciso (atrium, impluvium, apodyterium, pallium, vermiculatum, tepidarium, exedra…) y en las propias notas que coloca al pie con explicaciones. Y si bien es cierto que todo ello proporciona verosimilitud a lo contado, ese tono erudito recarga innecesariamente y hace un tanto pesada la narración.

Es autor igualmente de «Una visión en la niebla. Los guerreros euskaldunas», relato que recuerda a algunos de Iturralde y Suit: el narrador está contemplando el paisaje pirenaico desde la cumbre del pico de Larrhun, cuando se levanta la niebla; los montes semejan entonces castillos y el murmullo del viento suena como unos pasos: el narrador «ve» a los primitivos euskos, hijos de Aitor; a los éuskaros o cántabros; a multitud de guerreros euskaldunas, protagonistas de diversos hechos gloriosos a lo largo de los siglos: cruzados, navegantes y descubridores, guerrilleros, soldados de las guerras carlistas y coloniales…

La aportación bibliográfica más completa sobre este interesante personaje corresponde al libro de José Javier Viñes titulado El Doctor Nicasio Landa: médico y escritor. Pamplona 1830-1891, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura-Institución Príncipe de Viana, 2001.